En las profundidades
Cuando entré en las alcantarillas el olor de los cadáveres se hizo más intenso. Pronto pude ver la razón por la que los poceros habían llamado a la policía y la del agente Philips para pedirnos ayuda. Había montones de cadáveres por todas partes, cada uno en un estado diferente de putrefacción. Estaba claro que el que había hecho eso se había acomodado en el lugar. Mi nombre es Scott McKenzie y mi más bien extraño oficio es encargarme de criaturas infernales como la que yo sospechaba que estaba detrás de esta matanza. Revisé mi escopeta recortada, la salvaje Lucy y avancé por el alcantarillado entre los cadáveres. El resto de mis compañeros estaba patrullando otras zonas de la ciudad. Durante un rato no oí ni el más ligero susurro, el sitio parecía un cementerio. Y de repente apareció, un cadáver salió despedido hacia con tanta fuerza que no pude esquivarlo y me arrojó al suelo. Antes de que pudiera levantarme la criatura me derribó nuevamente al suelo arrojándose con todo su peso encima mía. Era más o menos de mi tamaño, tenía forma humana, pero sus manos terminaban en espantosas garras de siete u ocho dedos alargados y muy afilados, mucho, tanto que rajó mi cazadora de cuero de arriba abajo . Me la saqué librándome de él momentáneamente y me abalancé a recuperar mi escopeta que la había perdido en su primer ataque. Giré con velocidad y disparé un par de veces. El primero le rozó en la cara provocándole una espectacular herida y esquivó el otro. Dio un salto y se sumergió de nuevo en las sombras. No se podía hablar de éxito, pero al menos sabía que el bicho sangraba.
Estaba herido, volvería tarde o temprano, no tenía pinta de dejar las cosas a medias, y los cadáveres que me rodeaban eran la prueba más evidente. Cargué mi escopeta y me escondí entre los cadáveres. El hedor era insufrible y la humedad pegajosa no ayudaba mucho.
Afortunadamente no tuve que esperar mucho pues tras unos quince minutos aparecieron la criatura del principio con la cara ensangrentada y otras compañeras todas gruñendo. Salté de mi escondite y le volé la tapa de los sesos a un par de ellas. Las otras reaccionaron al instante echándose sobre mí. Me arrojé sobre mi izquierda y rodé, con lo que logré evitarlas a casi todas pues una vio venir mi maniobra y se me tiró al cuello pero lo que se encontró fue mi cuchillo de sierra clavado en su vientre.
Pero eran demasiadas para mí y ellas lo sabían. Hicieron un círculo alrededor mía. No contaron con que un miembro de mi grupo, los cazadores de demonios, es
telépata, no le había avisado hasta entonces porque creía que podía manejar la situación pero hasta un tozudo como yo soy capaz de reconocer cuando estoy en inferioridad.
Y así antes de que pudieran despedazarme vivo llegó el resto de mi grupo y acabamos con ellas en el típico coser y cantar. Un bonito final para una historia que se había complicado cosa mala.