Misión desesperada
Un gran prado verde y un día soleado. Eso era todo lo que pedía Notti, el gran escarabajo pelotero de las praderas, jefe de un pueblo orgulloso y trabajador, como el de los escarabajos peloteros. La tierra en la que había vivido durante toda su vida él y sus antepasados se creía ahora amenazada por las garras mecánicas del hombre.
En una gran reunión hace ya tres noches, todos los jefes de todos los poblados habían escogido a un representante para ir a hablar con los humanos y llegar a un trato justo. Justicia era lo único que pedían. Esa misma noche hubo una gran celebración de despedida en homenaje al valiente guerrero que defendía sus derechos. Notti se marchó antes de romper el alba.
Con el paso apresurado, sabe que no le queda ya mucho tiempo, avanza metro a metro hasta la gran ciudad. En realidad, apenas hay diez kilómetros de la pradera a la ciudad, pero para un gran escarabajo pelotero como él, es casi una distancia insalvable en tan poco tiempo. Sus alas hace ya mucho tiempo que dejaron de ser funcionales, debido al poco uso y a la edad, y ahora no son más que un vestigio de lo que fueron. Su única baza, sus enormes patas, acostumbradas al trabajo y la fatiga, no dejan de dar un paso después de otro.
Sabe perfectamente que otros muchos lo intentaron antes que él, en otro tiempo y en otro lugar, pero que conociendo la respuesta, no puede dejar su empresa. Incitado por su espíritu de superación, camina de día y de noche, y los períodos dedicados al descanso y al comida se reducen considerablemente según pasan los días. Llega un momento, en el que ya no tiene hambre, y se cree afortunado , porque así podrá avanzar más. Alza la cabeza por entre las hierbas, y divisa los altos, altísimos edificios de la ciudad. Mañana llegará. Puede tomarse un pequeño descanso. Descansa la vista. Sólo un poco.
Un gran temblor de tierra lo despierta repentinamente. Sacude la cabeza y la levanta por encima de la hierba. Lo que ve lo aterroriza. Una gran rueda neumática avanza hacia él con paso rápido y constante. Sólo tiene unos segundos para reaccionar, o todo se habrá acabado. Calcula bien las fuerzas que le quedan y echa a correr en el momento preciso. La enorme rueda pasa justo al lado de su cabeza. se siente feliz y sonríe. Pero su sonrisa se borra enseguida cuando ve que la rueda que casi lo mata pertenece a una de las muchas máquinas excavadoras que se dirigen a su pradera. Querría correr a avisar a sus amigos, pero sabe que jamás llegará a tiempo. un grito sordo recorre la pradera.