Relatos
de la Era Prodigiosa
Lección de Historia
Era un perfecto día de otoño. Empezaba a refrescar y las hojas ya
formaban una incipiente alfombra en las calles. Los niños apuraron su paso para
no perder el aerobus que les llevaría a la escuela, a apenas doscientos kilómetros
de allí.
Ese día, la maestra estaba de especial buen humor, pues le encantaba ver
cómo las copas de los árboles se teñían de amarillo, y luego, muy
gradualmente, perdían sus hojas. Cuando por fin se sentaron todos los niños en
sus respectivos asientos, la maestra comenzó:
-Bueno,
queridos. Hoy os voy a contar una leyenda.
A la maestra le encantaban las leyendas, tan llenas de magia y misterio,
y sin embargo, tan llenas de verdad.
-Hoy
os voy a contar la leyenda de porqué nuestro país se rige por una democracia.
La historia empieza hace ya mucho tiempo, de cuando aún no había aerobuses, ni
Ultragamez. Imaginaos si fue hace nucho tiempo, que la Humanidad no conocía más
que tres pequeños planetas, entre ellos éste, y los viajes espaciales eran carísimos
(los niños exclamaron todos a la vez un enorme ¡Ohhh!).
Entonces la Humanidad no era una unidad, sino un conjunto de pequeños o
grandes pueblos. Dios, al ver que esta situación se prolongaba ya demasiado
tiempo, que su pueblo no era uno, y que las guerras habían acabado ya con la
confianza en los vecinos, decidió intervenir, como ya lo había hecho ya a su
debido momento. Envió Dios entonces una señal que todos comprendieran. Se
comunicó con todos los jefes espirituales del mundo, apelando a su sentido común,
y a todos le dijo que enviaría una corona (una corona de oro y diamantes, con
pequeños rubíes engarzados), y que eligiría a uno entre todos los hombres
para dirigir a la Humanidad al lugar que le correspondía por derecho. También
dijo que todo el mundo sabría quién era el elegido, porque cuando se pusiese
la corona el rayo de sol más puro lo iluminaría completamente.
Dios hizo aparecer la corona en un lugar recóndito, pero seguro, e hizo
saber hasta al último de los mortales dónde estaba, para que nadie fuera
excluido. Pero ocurrió una cosa terrible. Uno de los que fueron a probarse la
corona había urdido un maléfico plan para robarla.
Y de hecho lo consiguió,
dejando en su lugar una burda copia de plástico. Resultó que como nadie salía
elegido, y no se podía adorar al soberano, se adoró a la corona. Se creó una
secta que contaba sus seguidores por miles. Lo más curioso es que todo el mundo
sabía que la corona era de plástico pero nadie decía nada por si la ira
divina lo fulminaba en el acto.
Al final, el ladrón consiguió fundir el oro y extraer todas las gemas,
y se hizo increíblemente rico, pues los materiales eran de primerísima
calidad. Y en un arrebato de genialidad, urdió un segundo y aún más maléfico
plan. Con el dinero ganado, compró a todos los líderes religiosos del planeta,
para que lo reconociesen como soberano, y anatemizasen a la estúpida corona de
plástico y sus fieles seguidores.
Y fue así como, por fin, la Humanidad se hizo uno.