A Plena Vista
Era el día de la inauguración. El Museo de Tecnología abría sus puertas a todos los ansiosos de sumergirse en le conocimiento entre los que me encontraba yo. Miles de terminales de ordenador nos esperaban en la sala principal, listas para darnos acceso a la mayor base de datos que haya conocido la humanidad. Era un gran edificio de metal y cristal con enormes ventanas que dejaban pasar la luz solar. Verlo en un día despejado era todo un espectáculo.
Con el retraso acostumbrado en estos eventos una azafata se nos acercó al primer grupo de visitantes y nos indicó que podíamos entrar. Detrás de las puertas de bronce se nos mostró un largo pasillo de cristal que daba directamente a la calle. Podías ver a la gente caminando de un lado a otro, unos al trabajo, otros a comer...
Llegamos charlando animados al final del pasillo. La azafata abrió la puerta y, entonces vimos algo que nos heló la sangre, la sala estaba inmersa en el más absoluto caos, todas las terminales estaban destrozadas, salían columnas de humos de todas partes, y en el centro de todo ese caos había dos criaturas metálicas con una forma de recordaba la de un lagarto, de sus pequeñas y afiladas cabezas salían cables que chisporroteaban rompiendo el silencio que imperaba en la sala. Pronto la azafata reparó en sus compañeros, dos técnicos estaban completamente despedazados encima de una mesa redonda que ocupaba una esquina. Era la zona de bebidas, alcanzó a balbucear la aterrada azafata.
Siguiendo mi instinto de supervivencia hice lo que consideré lo más lógico, salir corriendo en silencio. No sabía qué diablos eran esas criaturas y no quería vérmelas con ellas. Desgraciadamente no todos compartieron mi opinión y uno arrojó una silla contra las criaturas. La reacción fue fulminante, rugieron furiosas, me paré y miré hacia atrás, lo que vi fue simplemente aterrador, se abalanzaron sobre él y en menos de lo que tardo en escribir esto lo redujeron a pedazos no más grandes que una mano. Entonces nos lanzamos todos en una carrera desesperada hacia la salida. Podía sentirlos detrás saltando de víctima en víctima, acabando uno a uno con nosotros. De vez en cuando dirigía una mirada hacia la calle, y para mi sorpresa vi que la gente se detenía a contemplarnos como si fuera un espectáculo. Algunos estaban señalándonos.
Estaba a un metro de la puerta cuando sentí una punzada de dolor en la espalda, me habían alcanzado, pero no iba a dejar que acabaran conmigo sin presentar lucha. Haciendo acopio de fuerzas me lancé contra la puerta, chocamos yo y la criatura que me había golpeado. Me levanté de golpe y abrí la puerta, pero antes de que pudiera salir me ensartó uno de sus brazos metálicos en el pecho y lo sacó provocándome una hemorragia masiva. Me tambaleaba cosa mala pero conseguí llegar a la calle, donde conseguí ayuda a duras penas. Escribo esto en el hospital, y lo que más me irrita cuando recuerdo esto es que todo ocurrió a plena vista y nadie intervino. (Las criaturas han desaparecido y nadie sabe de dónde salieron, y nunca lo sabremos.)