EL PADRE COUDRIN Y SU VIDA RELIGIOSA.
INTRODUCCIÓN.
En este trabajo trataré de mostrar la vida del Padre Josehp Marie Coudrin y también su que hacer teológico, aunque no fue un gran canonista deja una gran enseñanza que vale la pena rescatar, no solo para la congregación de los sagrados Corazones, sino para toda la Iglesia. El Padre Coudrin fue llamado el “buen Padre” dentro de la comunidad, rescatando así su sentido paternal dentro de la comunidad y la Iglesia. Mostraré las facetas del buen Padre en como: el pastor, el fundador, el misionero que fue, en estos tres punto se desarrolla un celo apostólico que lo invita a dar su vida por los demás.
EL PASTOR.
El P. Coudrin fue ordenado sacerdote en marzo de 1792. La crisis religiosa de la revolución Francesa ya se había transformado en un cisma; pues la mayoría de los obispos habían huido al extranjero y la mayor parte de los sacerdotes en contra del juramento constitucional se preparaban para marcharse, ya estaban lejos de su comunidad. El buen Padre decidió quedarse para no abandonar a los fieles; esto fue una decisión valiente, pues no quería abandonar las ovejas, a ejemplo de su Maestro Jesús.
Este servicio directo de servicio de las almas, a la que alimenta un celo ardiente por la venida del reino de Dios, marca de alguna forma su personalidad de manera tan profunda y definitiva que puede verse en ella un rasgo típico que la define. Él no es teólogo, ni autor espiritual, ni canonista en el sentido en que entendemos hoy estas palabras. El P. Coudrin es ante todo un pastor. Durante los acontecimientos del terror, se mantiene con riesgo de su vida, al servicio de todos sin distinción, sin mezclar las consideraciones de las personas la fe en Nuestro Señor Jesucristo Glorificado: Él ayuda a los pobres, a los campesinos, a los nobles encarcelados, a los sacerdotes arrepentidos de su juramento cismático, o simplemente a aquellos que tienen miedo de salir de su escondite como lo estuvo él en su escondrijo de la Motte d´Usseau.
Durante toda su vida consagra lo mejor de su tiempo al gobierno de diversas diócesis como vicario general, y atender a los fieles que llegaban hasta él o que él iba a buscar. Su congregación es como una prolongación de su celo, pues no sólo la pone al servicio de las más urgentes necesidades de la Iglesia de Francia, como la enseñanza, la formación del clero, la evangelización del campo, sino que promueve, en cuanto le es posible la difusión de la fe cristiana, enviando misioneros en lo posible a todo el mundo.
El P. Coudrin era un enamorado de la Iglesia, “siendo nosotros miembros de la Iglesia de Jesucristo debemos reconocer múltiples rostros a partir de las comunidades locales que son las nuestras y a través de las cuales nos insertamos en el pueblo de Dios. La Iglesia no ha sido nunca una idea, es una innumerable multitud de rostros de hombres y mujeres y menos jóvenes, de niños y adolescentes... cuya diversidad es condición misma de su comunión”.[1]
Para el buen Padre la Iglesia no está identificada con la institución o la jerarquía, cualquiera sea la importancia que le haya otorgado a la obediencia mostrada a los superiores. La Iglesia no ha sido tampoco para él solamente un pueblo de Dios en el sentido colectivo, de un conjunto de individuos reunidos por una llamada y una decisión común. Esto lo ha demostrado discreta pero realmente, arriesgando su vida al llevar el viático a un moribundo o con el hecho de recoger la abjuración de algún sacerdote para que reencuentre el camino con la Iglesia universal, “en un tiempo en el que no se podía poner un pie afuera, no se podía tener un descuido de lo contrario era capturado por los revolucionarios”.[2]
El buen Padre era de mucha oración para no ver en la Iglesia su realidad misteriosa de Cuerpo de Cristo, del que, el Espíritu Santo hace la unidad. “si la Iglesia no tiene su unidad en ella misma, es que debe su existencia a Aquel que es su cabeza: Jesucristo. A esta cohesión del cuerpo invita el Padre Coudrin a sus primeros discípulos en el reglamento primitivo: en Jesús encontramos todo: su nacimiento, su vida, su muerte, he ahí nuestra regla”.[3] Nuestro fundador comprendió que la Iglesia no puede comprenderse como una sociedad particular con sus interese y derechos, sino, que debe estar abierta al horizonte entero de la humanidad y del cosmos (aunque suene un poco exagerado)ya que Dios invita a tener intimidad con él.
El Padre Coudrin en el granero de la Motte d´Usseaure flexionaba, “me hice sacerdote con intención de sufrirlo todo, de sacrificarme por el Buen Dios y de morir, si fuera necesario, por su servicio”.[4] Él había decidido dejar pues su granero para ir, con riesgo de su vida, a ofrecer su ministerio a las poblaciones privadas de pastor. Pues para él era tan importante el bienestar espiritual como el bienestar físico de las personas.
El buen Padre durante el tiempo que estuvo escondido en el granero de su pariente él se dedicó de forma constante a la oración y a la lectura de la historia de la iglesia. Aunque estaba escondido pedía que se le informara acerca de la persecución de la iglesia y de los no juramentados, estando ahí se encontró con una lectura de la leyenda del obispo de Caprais (esta lectura provoca la salida del granero) ofrecida a la meditación de los fieles en el oficio del 20 de octubre. “cuantos puntos comunes entre la situación de la diócesis de Agen donde vivía Caprais hacia los años 300 y la del departamento de Vienne en 1792, el mismo clima de persecución, de devastación de la Iglesia, el mismo valor también de los fieles como la de Sainte Foi cruelmente martirizada en tiempo de Sainte Caprais. Pues los fieles no se atemorizaban al oír las amenazas lanzadas contra ellos y su valor engendraba valor. De esta manera mientras Saint Foi sufria el suplicio del lecho de bronce, el obispo Caprais, inquieto por la espantosa persecución, erraba fugitivo, buscando por doquier con la más tierna solicitud a su rebaño dispersado, hasta que al fin, llega a la cima del monte que se eleva cerca de la ciudad... se detiene, turbado su espíritu por las desgracias que amenazaban la ciudad, no puede evitar un secreto pavor. En la turbación que lo agita, dirige su mirada hacia la ciudad y percibe a la joven Foi atormentada por los suplicios más crueles. Eleva sus ojos, mira el cielo y con la más ferviente oración, suplica al señor que le dé la victoria a la santa, en e combate que ella sostiene... Él no se cree con menos valentía y seguro de la victoria se prepara al martirio. El prefecto le hace conducir hasta el tribunal, y sin atemorizarse del aspecto terrible de los que le rodean, Caprais se presenta sereno ante el gobernador. Este comienza interrogándole por su nombre, patria y antepasados. Mi nombre es Caprais, es más bello que todos los títulos del mundo: soy cristiano purificado por las aguas del bautismo y confirmado por la consagración episcopal, me llamo Caprais”.[5] No es otra la actitud de Coudrin al salir de la Motte d´Usseau; el llevará dignamente el nombre de su predecesor en la fe.
Para Coudrin fue un tiempo bendito estar en el granero, ya que tuvo como una especie de purificación en el momento de estar físicamente seco, sin poder hacer uso adecuados de los servios sanitarios, su cuerpo despedía una olor que según cuentan se envenenaba así mismo, esto le toco sufrir por defender la vida, dado las gracias que después ve la necesidad de salir de aquel sitio para ayudar y dar a conocer el evangelio pero vividos en su realidad que no era nada fácil.
Las principales ocupaciones de Coudrin en el granero, fueron la oración y la lectura sobre historia de la Iglesia, no una lectura superficial, sino meditada que de alguna manera le hace descubrir las múltiples facetas de la verdadera Iglesia de Jesucristo, él amará esta Iglesia no con una mentalidad eclesiástica, sino, con conciencia eclesial, de esta forma el buen padre escribe a un amigo, “una vez más amigo mío, se debe honrar el sacerdocio y no creer que sólo nosotros podemos hacer algo, sobretodo cuando no conocemos a los hombre ni sabemos lo que les conviene”.[6]
El buen padre da autonomía para que cada uno cumpla su papel, que asuma la responsabilidad y por tanto muestre y dé toda su capacidad, reconoce los talentos de cada uno y le da oportunidad para que de alguna forma los ejerza y por esta razón exhorta y en ocasiones regaña cuando esto no se da. “Parece mi buen amigo, que tenéis a vuestra gente y vuestros feligreses sin respiro, les digo que no lo hagáis, ya que cuando más se reprime a la gente, más imbéciles se los hace, y dificulta que se desarrollen como personas libres, según el mandato de Dios”.[7]
EL VALOR DEL TRABAJO DEL BUEN PADRE.
El buen padre tenía un gran valor, y que fue muy importante para él t que le ayudo a afrontar las adversidades que se presentaron y con esto también ayudo de algún modo a la humanidad. Dentro de la vida del buen padre se enmarcan tres facetas importantes de valor: valor para ser parte de una gran todo, valor de permanecer solo y el valor de aceptar el hecho de que fue llevado por el poder creativo que existe en cada persona, el buen padre utilizo esta faceta para utilizarlo en su trabajo. El Padre Coudrin era parte de la Iglesia universal, y por ese hecho estaba dispuesto a permanecer solo, es decir, dispuesto a tener ideas y opiniones contrarias a la mayoría en su tiempo, y vio su trabajo como trabajo de Dios, la fuerza creativa dentro de él. Un hombre valeroso, un hombre de fe, es aquel que hace planes para el futuro a pesar del hecho de conocer, como todos los hombres, debe morir. Era tanta la confianza que el buen Padre tenía en Dios que siguió pensando en la nueva congregación, aún en plena persecución y siguió pensando en la expansión en medio de las disputas con las autoridades eclesiásticas. El ejercitó su valor a pesar de las variadas amenazas, no solamente de los que estaban al mando de la revolución, sino, también por parte de algunos obispos que lo conocían.
Como segundo aspecto de la valentía es la manera como usaba el poder para captar y de alguna manera dar forma a la realidad. Él vive envuelto en problemas que a pesar de estar casi sólo no pierde el sentido de su vida y por la cual toma la opción de hacerse cura. En su época él se enfrento al dilema del juramento de lealtad al estado, se enfrentaba a una Francia despojada de muchos religiosos y a una tierra que más que nunca necesitaba de gentes para cubrir los campos de misión. El buen padre decide trabajar como vicario de muchas diócesis, pero también era fundador de una comunidad religiosa, pero a pesar de todo esto, había podido dar forma a la realidad que se presentaba y no fue absorbido por las exigencias contrarias.
Otro aspecto de su valor es su talento para determinar por sí mismo decisiones directas en el centro de su propia existencia, para realizar sus potencialidades, pues el buen padre es un hombre totalmente integrado, trabaja de una forma en la que pueda lograr lo que se ha propuesto, de laguna forma realizar su vocación a la que ha optado. La acciones del Padre Coudrin fueron todas dirigidas hacia la consecución del trabajo encomendado por Dios, pues nunca perdió la vista de su destino sin antes tomar en consideración sus muchos trabajos.
En nuestra congregación, el verdadero héroe es el Padre Damián de Molokai. Su trabajo entre los leprosos fue realmente el trabajo de una persona valerosa. Su valentía es conocida en todo el mundo y esto tiene razón de ser. A su manera el Padre Coudrin permaneció como un faro de valor para todos los miembros de la congregación y en especial para la Iglesia de Francia, al punto que tuvo que enfrentarse al mismo clero por ser y pensar de una forma diferente.
Tal vez en estos días muchos de nuestros hermanos y hermanas podrían recurrir a la vida del fundador en el caso de cual sería el camino a seguir si sufrieran el acoso de las autoridades políticas y eclesiásticas. “Dejarles negarse a escuchar las piadosas admoniciones de los cobardes y seguir resueltamente el ejemplo del fundador que se negó a vender su alma para apaciguara políticos y eclesiásticos”.[8]
Ciertas personas están llamadas a ir más allá de su propia realización personal: Están llamadas a cambiar su momento en la historia con una sacudida eléctrica de la afirmación espiritual con la que sus semejantes son de alguna forma son despertados y sacudidos y llenados con entusiasmo de hacer algo diferente por ellos mismos y mucho más por los demás, de ésta forma lo hizo el padre Coudrin, que no fue sólo su valor lo que la gente admiro de él, sino también su disposición para asumir riesgos para la gloria de Dios. Para el padre Coudrin el riesgo que corre está al nivel de la fe, no siendo para él solo buenos pensamientos y sentimientos, pues la fe determina lo que la gente hace.
EL BUEN PADRE COMO SUPERIOR.
En los escritos se ve que el Buen Padre jamás se sintió “propietario” de su comunidad. Él ve con mucha claridad que la obre no es suya: “uno de los nombre que él emplea con más frecuencia para designarla es: la obra de Dios”.[9] La fundación, su crecimiento, el desarrollo del instituto se le parecen como la acción, a veces milagrosa, de la providencia de Dios, que manifiesta su amor de mil maneras. Él siente la necesidad de integrarse a la comunidad, sin buscar en la autoridad un pretexto para situarse por encima de ella. Ejerce su autoridad con un agudo sentido de las personas, y él es consciente y sabe que no tiene el monopolio de las Ideas. Reconoce el carisma de profecía de la buena Madre (es quien ayuda en la fundación de la nueva comunidad, mujer de mucha oración y acción), no sin antes haberla puesto primeramente a prueba.
El Buen Padre gestiona su obra como un buen guía, teniendo la preocupación de no malgastar la fuerzas jóvenes que el señor le envía: “no exponer la salud”. Ante esto estimula, alienta y reprende pero lo hace con discreción, él es comprensivo y lleno de ternura para con las personas, no por esto deja de decir la verdad, por dura que sea, pero cuando es necesario , pues nadie fue más abierto a la colaboración y al diálogo que él, pues con frecuencia pedía el consentimiento y el parecer tanto de los superiores como de los hermanos.
“El buen Padre sigue al tanto día a día la marcha de las casas de las casas y el comportamiento de las casas”: “tenedme al corriente... sed puntual al escribirme”. [10] para él, el fervor de las almas, la libertad de las conciencias, todo, así como la salud de los cuerpos, es objeto de sus preocupaciones. No limita sus atenciones sólo a los religiosos, sino que las extiende a sus familias, a los feligreses, y los que están marginado y dolidos por la revolución. Él está menudo ausente de las casas, está presente en todas las comunidades para animar su espíritu y la acción, para que no se duerman en las cosas y pierdan el sentido de su vida.
Él se sabe el representante de Dios, lleva en todo una tranquilidad de espíritu, una fe en la providencia, una rectitud de intención y de mirada una naturalidad y una sencillez de procedimiento, se debe tener en cuenta que él es un conductor de hombre. Es siempre realista, con un realismo hecho en disposiciones naturales y de confianza en Dios, fundado en la caridad de Cristo y la convicción de hacer la “obra de Dios”. Si hay alguna cosa que el P. Coudrin ignora, es verdadera diplomacia, que se sirve de las personas y busca caminos tortuosos para llegar a sus fines. Siempre es claro en todo. Sabe bien lo que piensa y lo que quiere, y lo propone con firmeza, pero dejando a cada uno su propia responsabilidad.
[1] LE PERE COUDRIN. Cahiers de Spiritulite ss. cc. Numero 13. Edita: REINADO SOCIAL. Madrid 1987.
[2] Ibid pag 11
[3] REGLA DE VIDA. Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús y de María. Roma 1970.
[4] LE PERE COUDRIN. Cahiers de Spiritulite ss. cc. Nuero 12. Edita: REINADO SOCIAL. Madrid 1987.
[5] Ibid pag 15
[6] Ibid pag 18
[7] Ibid pag 29
[8] Ibid pag 70
[9] REGLA DE VIDA. Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús y de María. Roma 1970.
[10] Ibid Pag 62