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Cuadro de texto: "EN JESÚS ENCONTRAMOS TODO..." 


 
En Jesús encontramos todo, su nacimiento, su vida y su muerte: he ahí nuestra regla. Estas palabras del numeral tres de las constituciones de la Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús y de María, a nivel personal las considero de un alto contenido cristológico, es nada mas y nada menos una afirmación que trata de abarcar la totalidad de la realidad histórica y divina de Jesús. Tener en cuenta su nacimiento, no es otra cosa que hablar de la disposición del Dios padre de hacerse presente en la humanidad, con su humanidad a través de su hijo.

Hablar del nacimiento de Jesús, como acontecimiento histórico, hoy no cabe la menor duda, en pensarlo, pues, grandes estudiosos se han encargado de corroborarnos este acontecimiento, que en otros tiempos era puesto en tela de juicio. Hablar de Jesús hoy, es hablar o ubicar la realidad de una persona bastante particular en los años 6-7 a.c. en Palestina, bajo el poderío imperial de Augusto. Es de aquí en adelante que no solo presuponemos, sino que también los escritos neotestamentarios (evangelios) nos dan algunos aportes para hacer esquemas cortos, incluso con bastante probabilidad de dudas para armar una biografía exacta sobre Jesús de Nazareth, el hijo del carpintero y de aquella mujer abnegada llamada María. Ahora bien, tratar de dar razón sobre el suceso de la visitación como preámbulo a la gestación y el nacimiento, pienso que es aún materia gruesa y de alta envergadura para los grandes exegetas o estudiosos.

Pienso que junto con la realidad histórica de Jesús, siempre será objeto de estudio y atención, su vida enmarcada por sus acontecimientos (hechos y acciones), y sus palabras (dichos), los cuales fueron vistos y determinados en muchas ocasiones, como una contraposición de los esquemas institucionales de su época.

En consonancia con lo anterior, cabe decir, que Jesús desde muy temprana edad hizo conciencia de su papel u obra (Lc 2,49). Las cosas del Padre no tenían espera en él, por ello era necesario contar con el aval del altísimo de los cielos en el que había total complacencia, para con su Hijo amado. (Mt 3,17). Es, desde el acontecimiento del bautismo en el que Jesús, actúo, con el mayor celo, sentido por alguien en la humanidad, era el Dios Hijo, preocupado por las cosas del Dios padre impulsado por el Dios Espíritu. La máxima expresión del mensaje se había hecho presente (Lc 4, 18-19). La manifestación del Reino se podía experimentar, y de esta manera el Reino, se convirtió en el mensaje central de la predicación de Jesús, - el Reino- como un anuncio a todo el mundo. Sin embargo en muchas ocasiones,  solía advertir “quien tenga oídos para oír, que oiga” (Mc 4, 12), pero os más reacios para con esta nueva oportunidad  suelen ser los ricos, los que se tienen a si mismos por justos y desprecian a los demás, en cambio los pobres, los que sufren, los marginados, las prostitutas, los pecadores, etc... Son evangelizados y ocupan el lugar de aquellos que se tenían por justos, pero que, por su culpa no entran ya al banquete del Reino. Este es para todos los que escuchan, acogen el evangelio y lo ponen en práctica, pues “el mensaje de Jesús es mensaje de alegría o himno definitivo ofrecimiento de gracia por parte de Dios” 1. “El mensaje del precursor es un llamamiento a la conversión y si esta se da, promete la futura liberación; Jesús anuncia la salvación como ya presente y eficaz aunque todavía no plena y perfecta”. 2

En este aspecto de la vida  de Jesús, centrado en su mensaje pienso que la originalidad del maestro, el Rabbonni, el hijo de David, consiste no solo en haber dado una dimensión salvífica. Con su anuncio, promete el cumplimiento de todas las ansias, esperanzas y anhelos del hombre en orden a un cambio fundamental de todas las situaciones. La esperanza primigenia que asumieron los profetas del antiguo testamento, en el sentido que en el tiempo de la redención, cuando llegue el Reino de Dios, acabará todo dolor, todas las lágrimas y toda la angustia, se le apropió Jesús: “Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, a los pobres se les anuncia el mensaje de salvación (Lc 7, 22ss)”. Podemos afirmar, mediante, sustento de sin número de pasajes bíblicos como Jesús, él, en persona, es el misterio del Reino de Dios que “No quiero ser de otro mundo, sino el viejo mundo transformado en nuevo”. 3
 
Los evangelios en general dejan muy claro que Jesús orienta toda su vida a partir de Dios y de su reinado. Está siempre dispuesto a hacer la voluntad del padre, al que se siente unido. Pero ese querer de Dios no era una especie de película que estuviera grabada en la mente de Jesús, reflejara todo y permitiera conocerla de antemano. Si Jesús hubiera tenido conciencia previa de todo, su predicación y su compromiso hubiera sido una simple ficción. Su misma muerte habría sido una comedia. De hecho, no conocía a priori, cual era la voluntad de Dios en cada momento. Asume la historia, con todo lo que tiene de imprevisible, fortuito y casual. No le debió resultar fácil aceptar el querer de Dios en ciertos momentos como en Getsemaní. Allí, vió claramente que se acercaba el gran momento en que se iba a decidir todo, tuvo miedo: “mi alma esta triste hasta el punto de morir”. (Mc 14, 34); “Voy a orar” (Mc 14, 32). Pide que se “aparte aquella hora” (Mc 9, 14-36). Decía a si mismo: “padre: todo es posible para ti, aparta de mi esta copa, pero que no sea lo que yo quiero sino lo que quieras tú” (Mc 14, 36). Jesús sale fortalecido de la prueba, confía en que Dios lo librará por dura que se presente la prueba o tentación. Cabe decir que algunos teólogos presuponen algunos indicios de una toma de conciencia progresiva de la muerte de Jesús vista desde los sinópticos y ponen en boca de Jesús palabras que anuncian de antemano su pasión.

Finalmente, creo que este último acontecimiento en la vida del Jesús histórico (su pasión, como camino a la redención de la humanidad ), hoy también lo podemos ubicar en un contexto específico de Palestina, en tiempos del procurador Poncio Pilato, la muerte del desconcierto, la del grito de abandono, “Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?”. (Mt 27, 46). Una pregunta final de filiación, pues ya los demás lo habían abandonado a partir de una negación y traición, al parecer el mensaje del Reino, los signos del Reino (milagros) no alcanzaron a calar tan hondo, no como él lo esperaba, sino como la respuesta objetiva, frente, a la oportunidad salvífica de quienes participaban de él. La manifestación del Reino que para algunos fue vista como una entera revolución en contraposición de la ley y la tradición lleva a Jesús a un juicio, un juicio injusto, pues al que no se le encontraba culpa, se le debía inculpar, así, la blasfemia, la popularidad (que preocupa a las autoridades), el desconcierto (pues sin haber frecuentado la escuela, enseña con autoridad, tolera en su compañía personas con las cuales se contrae impureza (Mc 2, 16). ), la provocación de crisis radical (coloca su autoridad por encima de la de moisés, la ley), motivos políticos, la insurrección y el fraude; lo llevan a un doble proceso: político y religioso que  finaliza en la condena de la cruz. Es así, como en la pasión y muerte Jesús llevó hasta el límite su solidaridad de amor y misericordia con los pecadores, los pobres y los que sufren, lugares predilectos del Reino. Los pobres y oprimidos por diversas formas de justicia y explotación humanas, ven en Jesús a uno de ellos y esta visión les ayuda a transformar la desesperación y el pesimismo en una esperanza liberadora. En la pasión, el amor preferencial de Jesús por los pobres y todos los que sufren, llega a su punto culminante.

Encontrarlo todo en Jesús para un miembro de la familia Sagrados Corazones es estar desde muy temprano en las cosas del padre, (como Jesús en su infancia), colaborando en el anuncio del reino (como Jesús en su vida pública), sin importarnos que esto nos lleve al límite de nuestras vidas (como Jesús en su muerte redentora).
Yimy Padilla Fuentes, ss.cc

1 K. Walter, Jesús el cristo, verdad e imagen. Pág. 79, Sígueme, Salamanca, 1984
2 B. A. Charria. O.P. Jesucristo ungido y liberador. Pág. 161 USTA, Bogotá 1997
3 L Boff. Jesucristo el liberador. Indo American Press. Bogotá 1ªEdición Pág. 71

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