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Cuadro de texto: EL VERDADERO DISCÍPULO
 
Estamos viviendo en una época donde existen muchas iglesias y cada una tiene sus seguidores, pero aquí trataré de acercarme al significado del verdadero discípulo de Jesucristo, mas  no a las características.
Antes de seguir seriamente a Jesús, hay que pensarlo bien. ¿Quién de vosotros queriendo edificar una torre, no se sienta primero y calcula los gastos a ver si tiene para terminarla? El verdadero discípulo de Jesucristo debe declarar la guerra al mundo, debe levantar un edificio espiritual. Se trata de construir una torre muy elevada, la de la perfección, y de combatir a enemigos poderosos. Para construir a esta torre y combatir a estos enemigos, es necesario renunciara a la familia, a sí mismo y a los bienes de la tierra.
En el Nuevo Testamento encontramos muchas formas de exigencia que Jesús le hace a la gente que lo sigue. Lc 14,26, nos deja ver que para seguirle es necesario apartarse de la familia y aun de su propia vida, encontramos otros ejemplos muy similares de renuncia y exigencias de aquel que quiera ser su discípulo en: Mat 10, 37-38; 16,24; Lc 14,33; Mat 19, 21; Luc 9, 23; Jn 13,15; Lc 18,22.
Por estas palabras de Jesús que podemos encontrar en las citas bíblicas anteriores, podemos notar que excluye del número de sus verdaderos discípulos a todos aquellos que no quieren renunciar  a sus parientes, a sí mismo, a los bienes de la tierra, y a los que no quieren llevara la cruz y seguirle. Tales son las condiciones impuestas por Jesús que sin el cumplimiento de ellas los deberes del discípulo no se cumplen sino a medias, así como el deber de ser luz del mundo y sal de la tierra. Mat 5,13.
La sal tiene la propiedad de preservar de la corrupción, de conservar las cosas y de dar sabor a los alimentos. Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad asentada sobre un monte, ni se enciende una lámpara y se la pone bajo el celemín, sino sobre el candelero para que alumbre a cuantos hay en la casa. Así ha de lucir vuestra luz ante los hombres, para que viendo vuestra buenas obras glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos. Mt 5, 14-16. Por tanto para ser un seguidor de Jesucristo, es preciso haber renunciado a todo esto. Sin estas condiciones no se puede hacer nada. 
Esta renuncia es la misma que le exige al joven rico del Evangelio que le preguntó qué es lo que debía hacer para ser perfecto. Había cumplido toda la ley y Jesús le dice: Una cosa te hace falta todavía, si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes, dalo a los pobres y tendrás un tesoro en los cielos, ven y sígueme. Al oír esto se entristeció porque tenía muchos bienes. Y Jesús dijo a sus discípulos: En verdad os digo, cuán difícilmente entra un rico en el reino de los cielos. Así vosotros no podéis servir a Dios y a las riquezas porque donde está tu tesoro está tu corazón, Mt 6,21. Las riquezas son las espinas que ahogan la buena semilla de la palabra de Dios que cae en el corazón, Mat 13,22, pues la raíz de todos los males es la avaricia, y muchos, por dejarse llevar de ella, se extravían en la fe, y a sí mismos se atormentan con muchos dolores, 1 Tm 6, 8-10. 
Por esto nuestro Señor pide a los quieren seguirle, la renuncia total de los bienes  de la tierra y una buena disposición de seguir a quien no tiene ni una piedra para apoyar su cabeza. Por ello, no hay que pensar en volver al mundo, ni si quiera para los negocios propios. Jesús responde  a uno que le pide permiso para despedirse de los suyos antes de seguirle: nadie que después de haber puesto la mano sobre el arado y mire atrás es apto para el reino de Dios, Lc 9,62. Los apóstoles también dejaron todo y siguieron a Jesús, nosotros hemos dejado todas las cosas y te hemos seguido, Mac 10,28. 
En relación con lo que decía al principio en cuanto a tomar la cruz, Mat 16, 24; 10, 38; Lc 9, 23; 14, 27, podemos ver que en estas palabras de Jesús, es necesario, en primer lugar, tomar su cruz, de lo contrario no se puede ser su discípulo. Es una condición esencial. En segundo lugar, no solamente hay que tomarla, sino que es necesario llevarla. Por último es preciso llevarla cada día. El que acepta llevar su cruz escoge por herencia la pobreza, el sufrimiento, el sacrificio, la abnegación, la muerte, en sí, acepta una vida totalmente opuesta al mundo, a las criaturas, a la naturaleza.
La cruz es el esfuerzo constante que se hace por observar la ley del Señor. Es el yugo el Evangelio que hemos asumido por nuestra libertad, es el conocimiento de esta vida tan diferente de la de los hombres. El sufrimiento está ligado a la condición del discípulo. Hay que sufrir para seguir a Jesucristo por los caminos difíciles que nos señala. Podemos decir entonces que la cruz es el reglamento de una comunidad, las persecuciones que han sido predichas, los odios del mundo. La cruz nos representa todas las penas que sentimos. Estas pueden venir de Dios, del prójimo y de nosotros mismos. 
El que quiera ser un verdadero discípulo de Jesús, no lo debe hacer para vivir cómodamente como un burgués, para situarse en la vida, amontonar dinero, disponer de tiempo y ser más feliz que los otros, uno no se hace discípulo para llevar una vida agradable, más cómoda que la de los demás, no, si se hace uno discípulo es más bien para cargar con la cruz, con una cruz más pesada que la de las gentes del mundo, para llevar una vida más dura, más perfecta, más costosa a la naturaleza. Es para sufrir, para trabajar, para seguir a Jesucristo y a Jesucristo flagelado, perseguido, pobre, coronado de espinas. 
San pablo nos muestra los frutos y efectos que hayamos al aceptar la cruz de Jesús, los encontramos en sus cartas, 1Cor 15,31; 2 Cor 4, 9-17. 
Entonces… ¿Cómo seguir a un hombre que camina tan de prisa y que asciende tan alto si se está impregnado por toda clase de cosas exteriores y temporales, si se está apegado a todo lo que puede frenar la marcha? Solamente después que hayamos renunciado a nosotros mismos, a las criaturas y a la tierra, y hayamos llevado nuestra cruz, podremos verdaderamente seguir a Jesucristo. Cuando Jesús elige a los doce apóstoles, los elige para que estén con El, para que no le abandonen, para que le sigan a todas partes, para que estén unidos a El. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos, Jn15, 5.  
Seguir a Jesús es ir donde va El, es hacer todo lo que El hace, es no abandonarle nunca y seguirle, aun a los lugares difíciles, es imitarle en todo lo que sea posible, es seguir sus ejemplos, es llegar a ser otro/a. Es poder decir como Pablo: somos imitadores de Cristo. También es ir con El al pesebre para hacerse pobre. Es ir con El a Egipto para compartir su destierro y su pobreza; es permanecer con El en Nazaret, en el silencio, para llevar allí una vida oscura y escondida, es ir con El al destierro para ayunar y orar .Es recorrer las ciudades y las aldeas para instruir a los ignorantes, consolar a los afligidos, curar a los enfermos y anunciar la salvación del mundo.
Es combatir contra los vicios y luchar contra el mal con energía y firmeza; es caminar en medio de persecuciones e injusticias, es subir al calvario para morir allí, es dejarse clavar y morir en la cruz para obedecer a Dios y salvar el mundo. Es no solamente seguirle exteriormente, obrando como El obra, siguiendo sus ejemplos, sino también revistiéndose de su espíritu, Fil 2,5, es llenarse de espíritu de humildad, de pobreza, de mansedumbre y de caridad, 1 Jn 2,6. Sígueme en mi espíritu, no se trata de hacer lo que se quiera, lo que a uno le venga en gana, sino lo que Jesucristo piensa y quiere. 
Pero ¿Cómo debemos ser verdaderos seguidores de Jesucristo? 
La fe es importante para el seguimiento. Poderosas razones hay que Jesús nos da para que le sigamos: Yo soy el camino la verdad y la vida. Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no andará en tinieblas sino que tendrá la luz de la vida, Jn 8,12.  El amor, la generosidad, también nos hace ver la forma de ser discípulos. 
Ningún discípulo está sobre su maestro, Lc 6,40. Bástele al discípulo ser como su maestro y al siervo como su Señor, Mat 10, 25. Nada de pereza, de desgana, de negligencia. No seguir de lejos sino de cerca. La gloria de mi Padre está en que seáis mis discípulos y llevéis mucho fruto. Se puede seguir a alguien de cerca, de lejos, o de ningún modo. 
Para terminar, podemos decir que hay tres clases de discípulos: Los buenos, lo malos y los perfectos. 
Los buenos siguen de lejos. Buenos párrocos y buenos coadjutores hay muchos. Se contentan con cumplir lo necesario, lo que marca la ley, lo que está mandado, llevando una vida tranquila, y trabajando, eso sí, haciendo todo lo que sea menester, pero no yendo más allá, no entrando en la vida de Jesucristo, en su pobreza, en sus padecimientos. Los malos no siguen de ningún modo, no hacen nada, más bien escandalizan. Los perfectos siguen de cerca. Son los que sienten la necesidad de seguir a Jesucristo de más cerca, los que imitan su pobreza, su caridad, su entrega, su sacrificio y se esfuerzan en asemejarse a El lo más posible. Hay muchos buenos pero esto no  es suficiente, es necesario ser mejor todavía, tener más vida.
Un verdadero discípulo glorifica más a Jesucristo que cien discípulos que son solamente buenos.
 Arnoldo Fernández, ss.cc
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