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CONGREGACIÓN DE LOS SAGRADOS CORAZONES DE JESÚS Y DE MARÍA Y DE LA ADORACIÓN PERPETUA DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO DEL ALTAR |
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Es una Congregación religiosa apostólica de derecho pontificio, fundada por Pierre Coudrin y Henriette Aymer de la Chevalerie. Hermanos y Hermanas, constituyen una sola Congregación aprobada como tal por el Papa Pío VII en 1817. NACIDA CON LA REVOLUCIÓN FRANCESA En el verano de 1792, llega la tormenta revolucionaria en Poitiers. Pedro Coudrín, joven sacerdote de 24 años, tiene su vida en peligro: está perseguido por los revolucionarios. Encuentra un escondite en un falso granero, muy pequeño y allí permanece 5 meses. En su forzado retiro, reza y se preocupa por el pueblo que sufre. Allí es donde hace nítida la llamada de Dios a extender el evangelio por el mundo entero. Pedro Coudrín sale de su soledad y clandestinamente, se convierte en una especie de “maqui de Dios”. Con la colaboración de una joven, enriqueta Aymer, funda en Navidad de 1800 una Congregación Apostólica. Sus miembros se consagran a Dios mediante votos públicos de pobreza, castidad y obediencia, para vivir la misma forma de vida de Jesús, compartiendo la vida fraterna. Somos una Congregación: 1. Apostólica: la actividad apostólica pastoral, misionera, educativa o social, es el sello de su servicio a la Iglesia y el mundo. SU CARISMA 2. Vivir
el amor de Dios, especialmente por una vida de fraternidad
intensa, con sencillez y espíritu de familia, abiertos a todos los
pueblos. SU
ESPIRITUALIDAD VOCACIÓN Y MISIÓN DE LA CONGREGACIÓN Constituciones SS.CC. Capítulo I 2. «La consagración a los Sagrados Corazones de Jesús y de María es el fundamento de nuestro Instituto.» (Buen Padre) De ahí deriva nuestra misión: contemplar, vivir y anunciar al mundo el Amor de Dios encarnado en Jesús. María ha sido asociada de una manera singular a este misterio de Dios hecho hombre y a su obra salvadora: es lo que se expresa en la unión del Corazón de Jesús y el Corazón de María. Nuestra consagración
nos llama a vivir el dinamismo del Amor salvador y nos llena de celo por
nuestra misión.
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3. «En Jesús encontramos todo; su naci-miento, su vida y su muerte: he ahí nuestra Regla» (Buen Padre) Hacemos nuestras las actitudes, opciones y tareas que llevaron a Jesús al extremo de tener su corazón traspasado en la Cruz. En nuestro seguimiento
radical de Cristo, María su Madre, modelo de fe en el Amor, nos precede
en el camino y nos acompaña para entrar plenamente en la misión de su
Hijo. 4. Conscientes del poder del mal que se opone al Amor del Padre y desfigura su designio sobre el mundo, queremos identificarnos con la actitud y obra reparadora de Jesús. Nuestra reparación es comunión con El, cuyo alimento es hacer la voluntad del Padre y cuya obra es reunir por su Sangre a los hijos de Dios dispersos Ella nos hace participar de la misión de Cristo Resucitado, que nos envía a anunciar la Buena Noticia de la salvación. Al mismo tiempo reconocemos nuestra condición de pecadores y nos sentimos solidarios con los hombres y mujeres víctimas del pecado del mundo, de la injusticia, del odio. Finalmente, nuestra
vocación reparadora nos estimula a colaborar con todos aquellos que
animados por el Espíritu, trabajan por construir un mundo de justicia y
de amor, signo del Reino. 5. En la Eucaristía entramos en comunión con la acción de gracias de Jesús Resucitado, Pan de Vida, presencia del Amor.
La celebración eucarística
y la adoración contemplativa nos hacen participar en sus actitudes y
sentimientos ante el Padre y ante el mundo. Nos impulsan a asumir un
ministerio de intercesión y nos recuerdan la urgencia de trabajar en la
transformación del mundo según los criterios evangélicos. Como
nuestros Fundadores, encontramos en la Eucaristía la fuente y la cumbre
de nuestra vida apostólica y comunitaria. 6. Nuestra misión nos urge a una actividad evangelizadora. Esta nos hace entrar en el dinamismo interior del Amor de Cristo por su Padre y por el mundo, especialmente por los pobres, los afligidos, los marginados y los que no conocen la Buena Noticia. Para que el reinado de Dios se haga presente, buscamos la transformación del corazón humano y procuramos ser agentes de comunión en el mundo. En solidaridad con los pobres trabajamos por una sociedad justa y reconciliada. La disponibilidad para las necesidades y urgencias de la Iglesia, discernidas a la luz del Espíritu, así como la capacidad de adaptación a las circunstancias y acontecimientos, son rasgos heredados de nuestros Fundadores. El espíritu misionero
nos hace libres y disponibles para ejercer nuestro servicio apostólico
allá donde seamos enviados a llevar y acoger la Buena Noticia. 7. Vivimos nuestra
vocación y misión en comunidad. La sencillez y el espíritu de familia
son el sello de nuestras relaciones dentro de la Congregación
internacional, que quiere estar abierta a todos los pueblos. Nuestra
vida en común da testimonio del Evangelio y hace convincente nuestro
anuncio del Amor Redentor. 8. Los Hermanos y Hermanas de nuestra familia religiosa constituyen una sola Congregación, y cada rama goza de personalidad jurídica autónoma, con legislación, estructuras de gobierno y de formación, vida comunitaria y patrimonio temporal propios. Nuestra familia religiosa tiene desde su fundación un solo carisma, una sola misión, una sola espiritualidad. Hermanas y Hermanos asumen juntos la responsabilidad de mantener y afianzar la unidad, conscientes de que constituye un valor significativo. Promover esta unidad compete de manera especial a los Gobiernos de ambas ramas en sus diferentes niveles Los Gobiernos Generales
de los Hermanos y de las Hermanas son conjuntamente, en última
instancia, garantes de unidad de toda la Congregación. 9. Desde sus orígenes
la Congregación tiene una rama secular; sus miembros se comprometen a
vivir la misión y el espíritu de la Congregación; se rige por los
Estatutos propios aprobados por la Santa Sede.
. LA MOTTE D´USSEAU- Cuna de la Congregación |
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