La Adoración en la Congregación de los Sagrados Corazones
Las Constituciones de los
SS.CC. son como la "Carta Magna" de la Congregación en la que se contienen
los principios que le dan sentido en medio del mundo y de la Iglesia.
También se recogen en ella cómo viven los religiosos y religiosas su
seguimiento de Jesús mediante los votos de pobreza, castidad y obediencia,
la forma de organizarse (gobierno), la forma de acoger a los nuevos miembros
(formación), etc...
Algunos artículos referidos a la "Adoración".
Artículo 4
Conscientes del poder del mal que se opone al Amor del Padre y desfigura su
designio sobre el mundo, queremos identificarnos con la actitud y obra
reparadora de Jesús.
Nuestra reparación es comunión con El, cuyo alimento es hacer la voluntad
del Padre y cuya obra es reunir por su Sangre a los hijos de Dios dispersos.
Ella nos hace participar de la misión de Cristo Resucitado, que nos envía a
anunciar la Buena Noticia de la salvación. Al mismo tiempo reconocemos
nuestra condición de pecadores y nos sentios solidarios con los hombres y
mujeres víctimas del pecado del mundo, de la injusticia, del odio.
Finalmente, nuestra vocación reparadora nos estimula a colaborar con todos
aquellos que animados por el Espíritu, trabajan por construir un mundo de
justicia y de amor, signo del Reino.
Artículo 5
En la Eucaristía entramos en comunión con la acción de gracias de Jesús
Resucitado, Pan de Vida, Presencia del Amor.
La celebración eucarística y la adoración contemplativa nos hacen participar
en sus actitudes y sentimientos ante el Padre y ante el mundo. Nos impulsan
a asumir un ministerio de intercesión y nos recuerdan la urgencia de
trabajar en la transformación del mundo según los criterios evangélicos.
Como nuestros Fundadores, encontramos en la Eucaristía la fuente y la cumbre
de nuestra vida apostólica y comunitaria.
Artículo 53
1.
La adoración eucarística es una parte esencial de la herencia de
nuestra Congregación y de sus misión reparadora en la Iglesia.
2.
Dentro de nuestra vida religiosa apostólica, la adoración se enraíza
en la celebración de la Eucaristía y es un tiempo de contemplación con Jesús
resucitado, el Hijo amado del Padre que ha venido para servir y dar su vida.
3.
En la adoración:
a) nos
unimos a su intercesión incesante ante el Padre, a su clamor en solidaridad
con la humanidad herida por el pecado;
b) y somos empujados a entregarnos más plenamente a la misión, para que "por
El, con El y en El" nuestra vida y el mundo -liberados del mal y del pecado-
den gloria al Padre.
4.
a) Cada comunidad buscará formas concretas y significativas para
vivir la adoración y mantener de forma continua en su vida la referencia a
la Eucaristía.
b) Como expresión de nuestra actitud permanente de adoración, cada hermano
se compromete a pasar diariamente un tiempo ante el Santísimo Sacramente,
que será determinado por los Capítulos Provinciales.
Estatuto 17
Se colocará el Santísimo Sacramento en los oratorios de nuestras comunidades.
EN TORNO A NUESTRA ADORACIÓN
Antes me preocupaba no saber rezar, pero oí al Padre Coudrin esta sencilla enseñanza: "para hacer oración solamente hay que acercar el corazón al Corazón del Buen Dios" (Buena Madre).
El misterio de adoración que se nos ha encomendado no es personal, es un don
de Dios ofrecido a la Congregación, forma parte de la misión, de ahí que la
adoración por una parte nos marca el apostolado pero, a la vez, la adoración
está marcada por lo que vivimos en la realidad de nuestro mundo, por el
sufrimiento de los débiles, los marginados, los que no cuentan.
A la adoración llevamos el paso de la vida, las situaciones de injusticia,
los fracasos, las angustias y las esperanzas de nuestros hermanos y las
hacemos nuestras, entrando así, de esta manera, en la actitud profunda del
siervo sufriente de Yahvé (Is 53).
Nuestros fundadores no nos han dejado una doctrina bien estructurada sobre
el Ministerio de la Adoración Eucarística, pero nos han dado la experiencia
de cómo vivirla. Su respuesta al Señor en una fidelidad valiente y
comprometida, su actitud de servicio, su celo por el Reino y la comunión en
los valores evangélicos los hace intuir una familia de hermanas, hermanos y
laicos que se situará en el corazón de la Iglesia.
Es verdad que la Adoración no es el único rasgo importante de nuestra
vocación en la Congregación. Es verdad, no es el único, pero tiene una
importancia muy grande, pues, tiñe la forma en que nos relacionemos con el
mundo y con Dios. Quien hace la Adoración tendrá siempre una mirada a favor
de los pecadores, pues, intercede por ellos ante Dios. Quien hace Adoración
buscará caminos nuevos de fraternidad entre los humanos y pensará en lo que
es la justicia entre los mismos. Quien hace Adoración tendrá también una
perspectiva mejor acerca de lo que significa el pecado en nuestro mundo como
egoísmo y negación de la fraternidad y, por eso, de Dios mismo.
Hacer la Adoración frente a la Eucaristía significa reconocer la ruptura
tremenda de la unidad, que es la huella que nos deja el pecado. Hacer la
Adoración frente a la Eucaristía es practicar el signo sacramental que nos
exige una respuesta de servicio a los hermanos en vistas a la fraternidad,
justamente, cuando nuestro mundo está quebrado por la división. No es pura
casualidad que nuestra Adoración se inicia durante el tiempo de la
Revolución francesa, que fue un tiempo de cambio importantísimo en el mundo.
La presencia sacramental del Señor actualiza la pasión permanente de todos
los que sufren y nos invita a entrar en el dinamismo de la resurrección que
es vida abundante para todos. En ese dinamismo entramos a través de la
contemplación del misterio y de la intercesión por todos los que sufren,
ensanchando nuestro propio corazón desde los ambientes en que nos movemos
hacia todo el mundo, con una clara conciencia del pecado personal y
colectivo que crucifica hoy a los hermanos e impide el desarrollo del
Evangelio. La hacemos entrando en el Corazón de Jesús, en sus sentimientos,
para mirarlo todo según sus criterios y actitudes y ofrecer también nuestra
vida para hacer vivo el amor de Dios en la historia.
La adoración es, ante todo, eucarística. Su punto de referencia
esencial, como tipo de oración, es la celebración de la eucaristía.
Sin ella no tiene sentido, o dicho positivamente, sólo lo tiene en
referencia a ella. Por eso decimos que ella es "prolongación de la
eucaristía". La celebración de la misa es a la vez la vertiente de la que
brota la adoración, y el mar a la que llega, cargada con la vida recorrida.
Por eso, la adoración no puede ser "cosificada" como si lo que adorásemos
fuese la hostia en sí misma. Lo que queremos hacer es orar junto a Cristo
presente, junto al sacramento de Dios que prolonga en la historia la
actualidad del misterio pascual: Cristo padece, muere, resucita y vive
glorioso en el mundo. En ese misterio nos sumergimos cada vez que hacemos
adoración.
Del misterio pascual la adoración enfoca con particular sensibilidad la
pasión y muerte de Cristo, reconociendo en ella ese "misterio de iniquidad"
que sigue presente en el mundo. El pecado sigue hiriendo el corazón del
mundo, tal como hirió de muerte al Corazón de Jesús. En toda situación de
pecado, de violencia, de atropello y de muerte de un ser humano, es Cristo
el que sigue padeciendo. En los pobres, los marginados, los que sufren con
cualquier tipo de sufrimiento, se prolonga en la historia la pasión del
mismo Cristo.
El adorador seguirá a Jesús su Señor, en esta postura de oblación por sus
hermanos y así se identifica con quien se ha consagrado a seguir en este
mundo.
El asunto no es fácil. Decir que nos ofrecemos al Padre puede parecer una
fórmula bella y piadosa y nada más. Se trata de algo de lo que depende
nuestra calidad y el sentido de nuestra vida. Vivir en una actitud de
entrega al Padre es un movimiento que sólo podemos tener desde una
experiencia de Hijos, por haber experimentado lo mismo que Jesús.
No estamos diciendo nada nuevo, pero esto está en la tradición de adoración
de nuestra Congregación y de muchas congregaciones. Lo interesante e
importante es darle un sentido actual. No podemos vivir de fórmulas que no
responden a nuestro sistema de vida y que se han ido anquilosando hasta el
punto de perder su atractivo y su vigencia entre nosotros.
Entender la Adoración como un ministerio en la Congregación por el que cada
hermano vive esa entrega al Padre en su seguimiento de Jesús. Es una postura
de vida y un criterio para mirar al mundo con el que nos relacionamos en
nuestros trabajos pastorales con un sello particular.
Más o menos en estos términos hemos vivido haciendo que nuestras
experiencias comunes de adoración siguieran en torno a lo que aprendimos. El
que se nos hable de ministerio nos estimula y hace comprender que la
adoración se diferencia de nuestra oración personal, justamente, por su
sentido ministerial: es un servicio que nuestra familia religiosa rinde
dentro de la Iglesia.
Con el pasar del tiempo hemos ido descubriendo que en la Adoración que hace
la Congregación hay un espacio de pura contemplación, que no está centrado
propiamente en el pecado del mundo sino, por el contrario, en la santidad y
el Amor de Dios. Se trata de maravillarnos del Amor de Dios y de cómo inunda
las relaciones fraternas. Es un tiempo que no exige respuesta ni preguntas
sino que es un espacio en que uno, simplemente, está, y une su corazón al
Corazón de Dios. Las palabras están de más. No hay que decirle nada a Dios,
simplemente gozar de su presencia.
En ese estar frente a Dios vamos descubriendo no sólo lo que Dios es, sino
lo que vamos siendo nosotros, gente que cumple su ministerio orante a su
Dios desde una experiencia de pequeñez, filiación y admiración a un Dios que
se nos ha manifestado en la vida que llevamos.
Viene luego un tiempo de contemplación de lo bueno y lo malo que pasa por
nuestro mundo. Descubrimos la gracia del Señor que recorre nuestros caminos
y también vemos con dolor como el pecado es una fuerza que atraviesa toda la
vida de los hombres y va produciendo muerte allí donde el egoísmo ha negado
la vida de los otros.
En todas ellas los pobres ocupan un lugar privilegiado. Es con ellos que "queremos echar nuestra suerte", acompañando sus esperanzas y sufrimientos y orientando todo nuestro servicio en construir un mundo más justo. La adoración se sitúa en una luz "reparadora" distinta, más consciente del protagonismo de los pobres y del compromiso liberador en el que, con ellos y desde el Evangelio de Jesús -Buena Noticia para los sufrientes-, estamos empeñados día a día en nuestros trabajos y servicios. Se trata de restaurar y transformar el mundo herido por el pecado personal y las estructuras de pecado, entrando en los sentimientos de Cristo que sigue sufriendo en muchos.
LA REPARACIÓN
"Conscientes del poder del mal que se opone al
Amor del Padre y desfigura su designio sobre el mundo queremos
identificarnos con la actitud y obra reparadora de Jesús, ... nuestra
reparación es comunión con Él, ... nos hace participar de su misión..."
(Const. 4).
Desde la contemplación de Jesús - en la Eucaristía - "somos empujados a
entregarnos más a la misión para que `por Él, con Él y en Él´ nuestra vida y
el mundo, liberado del mal y el pecado, den gloria al Padre" (Const.
52).
El espíritu de reparación que hemos heredado nos lleva a situarnos
solidariamente al lado de los que sufren y carecen de todo poder, a fin de
completar lo que falta a los padecimientos de Cristo, como dice San Pablo.
Una manera determinada de "mirar la realidad":
lo que funciona bien, no necesita reparación. Si miramos a la creación, a la
historia, a cómo viven los hombres y mujeres de nuestro tiempo, y no
solamente los que tenemos cerca , y pudiéramos decir lo que pone el Génesis
en boca de Dios al contemplar la secuencia de la obra de la creación: "Y vio
que todo era bueno...", no habría nada que arreglar.
Mirar la realidad como es, tal como está: solamente quien cierra los ojos, o desvía la mirada hacia otro lado, o está dormido, puede mirar lo que nos rodea y decir "todo está bien", solamente un ciego puede ver nuestro mundo de "color de rosa".
Así fue como vieron la realidad el Buen Padre y la
Buena Madre. Sea acertado o no el
enfoque de su mirada, lo que tenían delante de sus ojos no era un "paraíso",
en aquellos tiempos turbulentos de la Revolución Francesa.
Así fue como vio Dios la suerte de la humanidad
al enviar a su Hijo al mundo, plantando su tienda entre los hombres y
haciéndose uno de nosotros. Se convierte en el primer "reparador" a través
de su vida, sus actitudes y su obra: enteramente entregado a liberar de
cuanto desfigura el designio de Dios sobre el mundo, un designio de Amor y
de salvación. Un plan de Dios que encuentra límites para su realización no
en sí mismo, pero sí en el hombre que es siempre libertad para lo mejor y
para lo peor.
No es posible cantar ingenuamente la "gloria de la
creación" y nada más. Ante la situación
de su tiempo y del nuestro, hay que abrir los ojos a la realidad, mirarla
con los ojos de Dios, del amor de Dios a la creación, y desde ahí decir:
"nada es imposible...". Y ofrecernos para que Dios nos utilice como
instrumento en la realización de su proyecto para el mundo.
Desde el dolor de Dios.
Desde la sensibilidad de entonces, dolía a los Fundadores también el
"dolor" de Dios por lo que la situación religiosa creada en Francia
significaba de desprecio y desatención a su obra y a su Iglesia. Por eso
había que desagraviar a un Dios que ha apostado enteramente por el hombre y
se ve ahora rechazado por éste.
Hoy sabemos que nada duele más a Dios que la quiebra de su plan de salvación y de felicidad para el hombre. Nada duele más a Dios que el dolor de sus hijos. En esa dirección de continuar la obra salvadora de Jesús hacia la utopía del Reino, se concreta hoy el dinamismo de la reparación. Así la reparación se convierte en ese espacio que hace brotar y orienta la expresión de nuestro compromiso misionero y de nuestro celo apostólico.
(Provincia de Andalucía - España)