En Colombia el Sagrado Corazón de Jesús 


A modo de síntesis, destacaremos algunos datos. Todo parte de una frase de ese problemático libro de la Biblia que se titula Cantar de los Cantares: "Tus senos son más deliciosos que el vino". Uno de los primeros padres de la Iglesia, Orígenes (185-254), decide interpretar la palabra seno como principio espiritual del amor; mas inmediatamente lo traduce por pecho, costado. Rufino, que se da a la tarea de verter el texto griego (traducción, a su vez, del hebreo) al latín, trueca el pecho original por corazón. La inexactitud de Rufino, unida a la fantasía exegética de Orígenes, da lugar al refundimiento de los conceptos de amor y corazón. Un nuevo trasvasamiento del texto bíblico, esta vez al español, por Desclée de Brouwer, produce esta variante, más grata para la sensibilidad moral de la Iglesia: "Mejores son que el vino tus amores". Orígenes había apuntado otros sentidos simbólicos de la palabra seno: interioridad, intimidad y sabiduría. Con el tiempo, la riqueza significativa del símbolo se amplía: la llaga del corazón es puerta que permite internarse en la fuente de todos los misterios, de donde corazón implica también sabiduría sobrenatural sobre la base del amor como sentimiento de unión; el sentido de centralidad no le es extraño al símbolo: el Corazón de Cristo es también corazón de la Iglesia (san Buenaventura); en la Edad Media, cuando se instaura el culto místico, se le agrega el concepto de reparación, derivación necesaria del pecado: el Corazón de Cristo es símbolo de dolor que mueve a la penitencia para reparar los agravios que se le han hecho. Con los caballeros de la Orden del Temple (año 1308), el símbolo empieza a cobrar valor como elemento distintivo e imagen de combate, como siglos más tarde se manifestará también, de manera más clara, entre el grupo campesino monárquico de los chuanes en Francia (s. XVIII). A san Juan Eudes (s. XVII) se le debe el culto litúrgico y el embrollamiento del símbolo de una de las tres personas de la Trinidad atribuyéndole tres corazones en lugar de uno: el corporal, el espiritual y el divino, aunque no contento con su corazonada el santo inventa también el Sagrado Corazón de María. Cristo tercia en cuatro oportunidades, por revelación, ante una disputa de eudistas y jansenistas en torno a la inexistencia e invenerabilidad del corazón carnal. La depositaria de las visiones es santa Margarita María de Alcoque (1647-1690), que recibe explícitas instrucciones: 1) los hombres deben amar al Corazón de Jesús; 2) deben venerarlo "en forma de corazón de carne, con la llaga de la lanza visible, ceñido por espinas y en la parte superior una cruz"; 3) deben comulgar los primeros viernes de cada mes y orar entre las 11 y las 12 de la noche del jueves previo; 4) deben celebrar fiesta en su honor el octavo día después del Corpus. Así el símbolo y su culto prácticamente se completan y quedan sentadas las bases de su evolución iconográfica. En 1765 el papa Clemente XIII aprueba oficialmente el culto y, tras una seguidilla de consagraciones locales, en un arranque de euforia sin precedentes, León XIII, en 1899, consagra el mundo entero y al género humano al Sagrado Corazón de Jesús.

De suma importancia es el papel político que empieza a cumplir el símbolo y sobre todo a partir del s. XIX, cuando la Iglesia, fundiéndolo con el símbolo de Cristo Rey, lo emplea para combatir movimientos liberales anticlericales, como el liberalismo posrevolucionario en Francia o la Kulturkampf en la Alemania de Bismarck. Alcanzamos a entender que el sueño que alimenta la Iglesia, y que tiene el sabor de la nostalgia por el poder perdido, es el de alcanzar el "reinado social de Jesucristo", corporizado éste, por supuesto, en la persona de su humilde vicario en Roma. Las palabras del dominico Christian Duquoc son significativas: "Los católicos deben restaurar triunfalmente a Cristo Rey en los parlamentos y gobiernos; la acción católica no debe cejar hasta lograr abolir toda ley laica". Recogiendo experiencias felizmente superadas por la historia, el dominico pretende revivir la fundamentación del poder terrenal por el divino, para condenar como sacrilegio toda tentativa contraria a un gobierno amparado por Dios. El paso de las consagraciones al Sagrado Corazón, desde esta perspectiva, parece algo más que un gesto simbólico. Y efectivamente, la consagración de nuestro país al sacratísimo símbolo tiene consecuencias políticas, ideológicas y sociales nada desdeñables.

Nuestro ingreso al mundo de la cultura escrita está vinculado al Corazón de Jesús: el primer libro impreso en la Nueva Granada es la novena al Sagrado Corazón del padre Juan de Loyola (1739). El movimiento emancipador de 1810 no fue ajeno a su influencia: los seguidores de Nariño declararon a Jesús Nazareno "Generalísimo de los Ejércitos de Cundinamarca". Ya asentado el gobierno republicano, al Sagrado Corazón y a sus principales defensores, los jesuitas, les toca afrontar tiempos difíciles, pues los gobiernos liberales del Olimpo Radical, de tendencias masónicas, positivistas y ateas, se propusieron levantar una barrera definitiva entre Iglesia y Estado laicizando por entero el estamento público; su celo anticlerical incluyó una nueva expulsión de jesuitas (Tomás Cipriano de Mosquera, maestro masón grado 33, se encargaría de firmarla).

Cuando a los conservadores les llega el turno de gobernar, el movimiento clericalista conoce su período de esplendor: Miguel Antonio Caro crea el partido católico, el gobierno apoya al papa durante la crisis de su poder temporal, surgen las organizaciones laicas católicas... y se concreta uno de los mayores logros de la Iglesia colombiana: en la Constitución de 1886 se reconoce a Colombia como nación católica obediente y cercana al papado, se declara al catolicismo religión oficial y como tal se le promete respeto y protección "como elemento esencial del orden social", medida que incluye la enseñanza católica obligatoria en las instituciones educativas y los restantes puntos consignados en el concordato anexo. La propagación de consagraciones de municipios y departamentos a partir de entonces semeja la incontenible y contagiosa extensión de una fiebre endémica. El fenómeno, conocido como plebiscito nacional, no terminará hasta ganar la consagración del país. Pese a la instrumentalización que hacen los conservadores del símbolo del Sagrado Corazón, éste se libra de quedar reducido a una imagen partidista. No hay que olvidar que no todos los liberales adoptaron posiciones extremistas frente al clero y la religión. De hecho, mucho lamentaron que los religiosos les negaran la absolución e incluso los sacramentos. Cuando a finales de la guerra de los Mil Días (1902) monseñor Bernardo Herrera Restrepo, arzobispo de Bogotá, propone como medida conciliadora entre conservadores y liberales un Voto Nacional, la idea encuentra favorable acogida entre los dos partidos. Pero este voto, naturalmente, asumiría un cariz enteramente religioso: el símbolo de ese voto sería un templo ofrendado, cómo no adivinarlo, al Sagrado Corazón de Jesús (para quienes lo ignoren, se trata de la iglesia de la plaza de los Mártires, en Bogotá). La autora, a quien ha de reconocérsele una intachable imparcialidad, declara que el símbolo del Sagrado Corazón, "políticamente neutro desde entonces se erige como garante de la gestión del Estado por la paz, convirtiéndose en un símbolo nacional, patrimonio de todos".

El estudio concluye exponiendo las tareas de las organizaciones de oración y de acción social surgidas a la sombra del símbolo; curiosidades como la llamada "Cristilandia", un modelo corporativo de gobierno propuesto por el padre Félix Restrepo, quien vio en Colombia el país ideal para su instauración, y que en fin de cuentas no era otra cosa que el cadáver tantas veces exhumado del poder de la Iglesia unido en feliz matrimonio al político para producir el sistema perfecto de gobierno; curiosidades como las milagrosas curaciones debidas a la enloquecedora repetición de la jaculatoria "Sagrado Corazón, en Vos confío", los últimos ecos de la apoteosis del símbolo y finalmente su crepúsculo, que halla su estocada mortal, al menos para su dimensión política, en el hecho de que la Corte Constitucional, en 1994, declarara que la consagración del país al Sagrado Corazón no era sustentable en la Constitución de 1991, pues contradecía el mandato de libertad de cultos, lo que "implica que ni el estado ni el gobierno pueden comprometerse en actos religiosos que de hecho son particulares".

El ensayo no propone conclusiones que pudieran revelar posiciones políticas o religiosas personales. La actitud es respetuosa y distanciada. Este campo abierto incita al lector a sacar sus propias consecuencias, sobre todo en lo referente al papel político de la Iglesia en nuestra historia. Siendo un hecho sabido que los movimientos ideológicos encuentran por lo general una fundamentación o explicación económica de fondo, cuando no al menos una inevitable relación con factores de este tipo, echamos de menos una profundización del estudio en este sentido, pues estamos convencidos de que, tras las avanzadas evangelizadoras y las políticas del clero íntimamente comprometidas con asuntos terrenales, algo debe moverse que no sea enteramente celestial o puramente simbólico.

Finalmente, tras la lectura del libro resulta difícil sustraerse a una consideración especulativa: ¿no habría sido menor la violencia en Colombia si no hubiera ingresado este símbolo (o cualquiera que lo suplantara) en nuestra historia? Una reevaluación del papel político de la Iglesia en nuestra historia, es factible de intentarse a partir de las luces arrojadas por esta singular obra.

ÉDGAR ORDÓÑEZ NATES

 


 

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  Cuadro de texto: En Colombia el Sagrado Corazón de Jesús 
A modo de síntesis, destacaremos algunos datos. Todo parte de una frase de ese problemático libro de la Biblia que se titula Cantar de los Cantares: "Tus senos son más deliciosos que el vino". Uno de los primeros padres de la Iglesia, Orígenes (185-254), decide interpretar la palabra seno como principio espiritual del amor; mas inmediatamente lo traduce por pecho, costado. Rufino, que se da a la tarea de verter el texto griego (traducción, a su vez, del hebreo) al latín, trueca el pecho original por corazón. La inexactitud de Rufino, unida a la fantasía exegética de Orígenes, da lugar al refundimiento de los conceptos de amor y corazón. Un nuevo trasvasamiento del texto bíblico, esta vez al español, por Desclée de Brouwer, produce esta variante, más grata para la sensibilidad moral de la Iglesia: "Mejores son que el vino tus amores". Orígenes había apuntado otros sentidos simbólicos de la palabra seno: interioridad, intimidad y sabiduría. Con el tiempo, la riqueza significativa del símbolo se amplía: la llaga del corazón es puerta que permite internarse en la fuente de todos los misterios, de donde corazón implica también sabiduría sobrenatural sobre la base del amor como sentimiento de unión; el sentido de centralidad no le es extraño al símbolo: el Corazón de Cristo es también corazón de la Iglesia (san Buenaventura); en la Edad Media, cuando se instaura el culto místico, se le agrega el concepto de reparación, derivación necesaria del pecado: el Corazón de Cristo es símbolo de dolor que mueve a la penitencia para reparar los agravios que se le han hecho. Con los caballeros de la Orden del Temple (año 1308), el símbolo empieza a cobrar valor como elemento distintivo e imagen de combate, como siglos más tarde se manifestará también, de manera más clara, entre el grupo campesino monárquico de los chuanes en Francia (s. XVIII). A san Juan Eudes (s. XVII) se le debe el culto litúrgico y el embrollamiento del símbolo de una de las tres personas de la Trinidad atribuyéndole tres corazones en lugar de uno: el corporal, el espiritual y el divino, aunque no contento con su corazonada el santo inventa también el Sagrado Corazón de María. Cristo tercia en cuatro oportunidades, por revelación, ante una disputa de eudistas y jansenistas en torno a la inexistencia e invenerabilidad del corazón carnal. La depositaria de las visiones es santa Margarita María de Alcoque (1647-1690), que recibe explícitas instrucciones: 1) los hombres deben amar al Corazón de Jesús; 2) deben venerarlo "en forma de corazón de carne, con la llaga de la lanza visible, ceñido por espinas y en la parte superior una cruz"; 3) deben comulgar los primeros viernes de cada mes y orar entre las 11 y las 12 de la noche del jueves previo; 4) deben celebrar fiesta en su honor el octavo día después del Corpus. Así el símbolo y su culto prácticamente se completan y quedan sentadas las bases de su evolución iconográfica. En 1765 el papa Clemente XIII aprueba oficialmente el culto y, tras una seguidilla de consagraciones locales, en un arranque de euforia sin precedentes, León XIII, en 1899, consagra el mundo entero y al género humano al Sagrado Corazón de Jesús.
De suma importancia es el papel político que empieza a cumplir el símbolo y sobre todo a partir del s. XIX, cuando la Iglesia, fundiéndolo con el símbolo de Cristo Rey, lo emplea para combatir movimientos liberales anticlericales, como el liberalismo posrevolucionario en Francia o la Kulturkampf en la Alemania de Bismarck. Alcanzamos a entender que el sueño que alimenta la Iglesia, y que tiene el sabor de la nostalgia por el poder perdido, es el de alcanzar el "reinado social de Jesucristo", corporizado éste, por supuesto, en la persona de su humilde vicario en Roma. Las palabras del dominico Christian Duquoc son significativas: "Los católicos deben restaurar triunfalmente a Cristo Rey en los parlamentos y gobiernos; la acción católica no debe cejar hasta lograr abolir toda ley laica". Recogiendo experiencias felizmente superadas por la historia, el dominico pretende revivir la fundamentación del poder terrenal por el divino, para condenar como sacrilegio toda tentativa contraria a un gobierno amparado por Dios. El paso de las consagraciones al Sagrado Corazón, desde esta perspectiva, parece algo más que un gesto simbólico. Y efectivamente, la consagración de nuestro país al sacratísimo símbolo tiene consecuencias políticas, ideológicas y sociales nada desdeñables.
Nuestro ingreso al mundo de la cultura escrita está vinculado al Corazón de Jesús: el primer libro impreso en la Nueva Granada es la novena al Sagrado Corazón del padre Juan de Loyola (1739). El movimiento emancipador de 1810 no fue ajeno a su influencia: los seguidores de Nariño declararon a Jesús Nazareno "Generalísimo de los Ejércitos de Cundinamarca". Ya asentado el gobierno republicano, al Sagrado Corazón y a sus principales defensores, los jesuitas, les toca afrontar tiempos difíciles, pues los gobiernos liberales del Olimpo Radical, de tendencias masónicas, positivistas y ateas, se propusieron levantar una barrera definitiva entre Iglesia y Estado laicizando por entero el estamento público; su celo anticlerical incluyó una nueva expulsión de jesuitas (Tomás Cipriano de Mosquera, maestro masón grado 33, se encargaría de firmarla).
Cuando a los conservadores les llega el turno de gobernar, el movimiento clericalista conoce su período de esplendor: Miguel Antonio Caro crea el partido católico, el gobierno apoya al papa durante la crisis de su poder temporal, surgen las organizaciones laicas católicas... y se concreta uno de los mayores logros de la Iglesia colombiana: en la Constitución de 1886 se reconoce a Colombia como nación católica obediente y cercana al papado, se declara al catolicismo religión oficial y como tal se le promete respeto y protección "como elemento esencial del orden social", medida que incluye la enseñanza católica obligatoria en las instituciones educativas y los restantes puntos consignados en el concordato anexo. La propagación de consagraciones de municipios y departamentos a partir de entonces semeja la incontenible y contagiosa extensión de una fiebre endémica. El fenómeno, conocido como plebiscito nacional, no terminará hasta ganar la consagración del país. Pese a la instrumentalización que hacen los conservadores del símbolo del Sagrado Corazón, éste se libra de quedar reducido a una imagen partidista. No hay que olvidar que no todos los liberales adoptaron posiciones extremistas frente al clero y la religión. De hecho, mucho lamentaron que los religiosos les negaran la absolución e incluso los sacramentos. Cuando a finales de la guerra de los Mil Días (1902) monseñor Bernardo Herrera Restrepo, arzobispo de Bogotá, propone como medida conciliadora entre conservadores y liberales un Voto Nacional, la idea encuentra favorable acogida entre los dos partidos. Pero este voto, naturalmente, asumiría un cariz enteramente religioso: el símbolo de ese voto sería un templo ofrendado, cómo no adivinarlo, al Sagrado Corazón de Jesús (para quienes lo ignoren, se trata de la iglesia de la plaza de los Mártires, en Bogotá). La autora, a quien ha de reconocérsele una intachable imparcialidad, declara que el símbolo del Sagrado Corazón, "políticamente neutro desde entonces se erige como garante de la gestión del Estado por la paz, convirtiéndose en un símbolo nacional, patrimonio de todos".
El estudio concluye exponiendo las tareas de las organizaciones de oración y de acción social surgidas a la sombra del símbolo; curiosidades como la llamada "Cristilandia", un modelo corporativo de gobierno propuesto por el padre Félix Restrepo, quien vio en Colombia el país ideal para su instauración, y que en fin de cuentas no era otra cosa que el cadáver tantas veces exhumado del poder de la Iglesia unido en feliz matrimonio al político para producir el sistema perfecto de gobierno; curiosidades como las milagrosas curaciones debidas a la enloquecedora repetición de la jaculatoria "Sagrado Corazón, en Vos confío", los últimos ecos de la apoteosis del símbolo y finalmente su crepúsculo, que halla su estocada mortal, al menos para su dimensión política, en el hecho de que la Corte Constitucional, en 1994, declarara que la consagración del país al Sagrado Corazón no era sustentable en la Constitución de 1991, pues contradecía el mandato de libertad de cultos, lo que "implica que ni el estado ni el gobierno pueden comprometerse en actos religiosos que de hecho son particulares".
El ensayo no propone conclusiones que pudieran revelar posiciones políticas o religiosas personales. La actitud es respetuosa y distanciada. Este campo abierto incita al lector a sacar sus propias consecuencias, sobre todo en lo referente al papel político de la Iglesia en nuestra historia. Siendo un hecho sabido que los movimientos ideológicos encuentran por lo general una fundamentación o explicación económica de fondo, cuando no al menos una inevitable relación con factores de este tipo, echamos de menos una profundización del estudio en este sentido, pues estamos convencidos de que, tras las avanzadas evangelizadoras y las políticas del clero íntimamente comprometidas con asuntos terrenales, algo debe moverse que no sea enteramente celestial o puramente simbólico.
Finalmente, tras la lectura del libro resulta difícil sustraerse a una consideración especulativa: ¿no habría sido menor la violencia en Colombia si no hubiera ingresado este símbolo (o cualquiera que lo suplantara) en nuestra historia? Una reevaluación del papel político de la Iglesia en nuestra historia, es factible de intentarse a partir de las luces arrojadas por esta singular obra.
ÉDGAR ORDÓÑEZ NATES
 

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