UNA REFLEXIÓN PARA
JÓVENES EN BÚSQUEDA
Muchas
veces a los jóvenes viene presentada una fe estática, cerrada, fría,
entristecida, desesperanzada, no implicada. Pero los jóvenes buscan la
felicidad y parece que no creen que existe la felicidad. Aquella que Jesús
ha prometido, aquella que Jesús llama “mi felicidad”, una felicidad que
Jesús quiere “plena”, aquella que nadie en el mundo puede “robarnos”.
He aquí
como alguien ha sentido la fascinación de Jesús pensando en las infinitas
realidades, en las cuales hoy El se esconde para hacerse buscar, para
seducir otra vez el corazón de los jóvenes.
Si
Cristo naciera hoy tendría la cara de un niño negro.
Si Cristo viviera hoy habitaría en un barrio de invasión.
Si Cristo creciera hoy tendría sobre sí las cicatrices de un
jovencito mutilado por
las minas.
Si
Cristo viniera educado hoy podría permitirse solo un abecedario.
Si
Cristo comiera hoy conocería solo un platico de arroz.
Si
Cristo descansase hoy dormiría sobre una estera.
Si
Cristo trabajase hoy viviría como un jornalero de la ciudad.
Si
Cristo estuviera aquí hoy no tendría miedo de vivir entre las prostitutas
desamparadas.
Si
Cristo estuviera aquí no tendría miedo de acoger un homosexual perdido en
la indiferencia.
Si
Cristo estuviera aquí hoy no tendría miedo de lavar las llagas de un
enfermo terminal.
Si
Cristo estuviera aquí no tendría miedo de llenarse la casa y jugar con los
niños maltratados y abusados.
Si
Cristo estuviera aquí hoy no tendría miedo de dormir con los mendigos en
la acera.
Si
Cristo estuviera aquí hoy no tendría miedo de pararse con los drogadictos
sin esperanza.
Si
Cristo estuviera aquí hoy no tendría miedo de consolar la madre divorciada
y afligida.
Si
Cristo estuviera aquí hoy no tendría miedo de consolar la joven
embarazada, abandonada y desconsolada.
Si
Cristo estuviera aquí hoy no tendría miedo de besar al enfermo de SIDA o
el leproso que se muere.
Si
Cristo estuviera aquí hoy no tendría miedo de sonreír y acoger al “gamin”
de la calle al cual han robado un riñón.
Si
Cristo estuviera aquí hoy no tendría miedo de acoger a un loco alcohólico
a quien nadie quiere acercarse.
Si
Cristo estuviera aquí hoy no
tendría miedo de acoger los últimos entre los últimos.
Si
Cristo estuviera aquí hoy no tendría
miedo de meter trastorno y vida durante nuestras celebraciones
religiosas.
Si
Cristo estuviera aquí hoy no tendría miedo de poner guerra allá donde
existe solo una dormida paz de los corazones.
Si Cristo estuviera aquí hoy no tendría miedo de echarnos en
cara por no haberlo reconocido.
Si
Cristo estuviera aquí hoy no tendría miedo de decirme que no dude nunca en
El.
Si
Cristo estuviera aquí hoy no tendría miedo de amonestarme por no haberle
buscado suficientemente.
Si
Cristo estuviera aquí hoy no tendría miedo de invitarme a no tener miedo
si El me invita a seguirle.
Pero El
ya estuvo acá: está acá.
¿Qué
pasó?
¿No lo
vemos o acaso ya lo hemos olvidado?
Afortunadamente en cada siglo hay quien nos recuerda su paso y estadía
entre nosotros.
Gente
sin miedo que toma en serio las actitudes y sentimientos de Jesús: siguen
sus pasos.
En el
siglo pasado tuvimos a Teresa de Calcuta y en el siglo antepasado a
Damián de Molokai.
Damián,
como Jesús, amó, vivió y sirvió sin miedo, ni prevenciones a los últimos
de su tiempo: los leprosos de la isla de Molokai.
Los tocó
y se identificó con ellos, supo “ensuciarse las manos”, de tal manera que
vivió y murió leproso: último entre los últimos, feliz de dar la vida por
aquellos que ya no tenían nombre ni el derecho de vivir.
Condenado por los “sanos” y
limpios del mundo, mostró con
su vida que“ no hay amor más grande que dar la vida” por aquellos que ya
no se cuentan entre los vivos.
Hoy
también hay “muertos vivos”, hay muchos Molokai.
Jesús,
como siempre busca personas
que le presten las manos y el corazón para seguir sirviendo: busca
corazones ardientes para seguir amando y sanando situaciones sin
esperanza.
¿Encontrará hoy quien le haga confianza?
¿Y tu que…..?.