"Qué Han Hecho?”

Por RD Rivero ,  24 de mayo de 2003

 

**versión final**

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Este sitio es cálido; demasiado cálido. Es verano ahora y las partes superiores de mi cripta son inhóspitas. Debo retirarme, a lo profundo y aún más profundo, al abierto abismo sepulcral. Cierro los ojos y me estremezco en tal perspectiva. A pesar del terror y el presentimiento, es imprescindible e imparable -inevitable- simplemente no tengo elección, otra vez debo volver al abismo inescrutable e insondable. A esos laberintos húmedos y oscuros de edades olvidadas. A esas catacumbas de lo indecible, lo demasiado grotesco y horroroso para describirlo con detalle. Directo y de frente debo entrar a esas profundidades para hibernar por la temporada de lo que es mi porción en la vida

Cómo deseo que no fuera así –aún- no es el temor a lo misterioso de este mundo lo que temo, sino a lo que aguarda más allá de la muerte verdadera y final.

 En el futuro, si el destino me permite un futuro, me gustaría mudarme hacia el sur. Hacia el sur a las Regiones Polares. Sería lo más fácil para mis nervios, el soportar esa extensión árida de hielo y nieve. Pues por lo menos allí las temperaturas no suben. Pero, ay, estoy encerrado en esta cuna, por el momento, para siempre. Perdonen mi melancolía -parece que he adoptado el comportamiento frío y sin vida de las piedras de esta endemoniada morgue.

 Desciendo con sentimientos mezclados. Desprecio la cripta, mas me siento afortunado de haberla encontrado. Ignoro su propósito original. Su intención, como sus creadores, hace mucho tiempo que se han perdido. ¿No es extraño, que alguien tan expresamente vivo resida perpetuamente en una tumba? Todo el universo es solo una ilusión tercamente persistente. Es voluntad -todo lo que es y será jamás es un acto de inagotable voluntad.

 Desciendo. No necesito de antorchas, mis sentidos felinos son sumamente sensibles. Sumamente y antinaturalmente sensibles. No necesito compañía, me entrené en ello. Los otros que alguna vez fueron de mi clase están seguramente muertos. El alimento y el agua, esas arraigadas necesidades biológicas, son saciadas por las frescas y subterráneas corrientes y por la ‘vida básica' de los intestinos del Tercer Planeta que ahora forman la grapa de mi dieta.

 Doy gracias a los dioses que mi organismo está intacto o verdaderamente -

 La naturaleza de mi presente maldición, como me he acostumbrado a llamarle, me desconcierta sin fin en sus detalles. ¿Cómo sucedió? ¿Cómo continúa? Me espanta y no lo admito libremente. La oscuridad y la sombra son todo -pero yo no siempre estuve tan agudamente afligido. En una vida anterior yo era Tygro. Era un Thundercat. ¡Cómo ha destruido el tiempo el significando de esas palabras!

 Las memorias están durmientes mas tan frescas como ayer. Bengalí -otro Thundercat– y yo volvíamos de los restos dispersos de nuestro planeta hogar, Thundera, a la soledad callada de nuestro hogar adoptivo, el Tercer Planeta adoptiva. Un grupo de asteroides entre el espacio interestelar había despertado nuestra curiosidad en nuestra camino a las agonizantes ruinas. Ahora, con nuestro trabajo completo, intentamos explorar la rara formación un poco más cerca.

 Tal conglomeración de materia en el espacio de otro modo vacío era verdaderamente excepcional. Inmediatamente produje dos teorías para explicar su existencia y se las conté a mi compañero tigre. Primero: una estrella había intentado formarse en esa vecindad pero se había atascado en el proceso y en su lugar se produjeron varios planetoides. Segundo: una estrella se había formado inimaginables eones atrás y el objeto  había estallado -tal como lo hace a menudo al morir- siendo los asteroides inactivos todo lo que quedaba de la materia una vez luminosa. Concluí que sería imposible distinguir la correcta de las dos -pero para mi sorpresa Bengalí me corrigió..

 Si las piedras se habían formado de la nova, el centro de la estrella debería permanecer; sólo necesitábamos buscarlo.

 Sonreí y maniobré la nave por la piscina de esos objetos misteriosamente tranquilos. Era emocionante pero peligroso, pues aunque la mayoría de la materia visible fuera obscenamente grande y evitable, la gran mayoría de los prehistóricos escombros era pequeña e imposible de rastrear por el radar del vehículo. Fue ese hecho en particular lo que finalizó prematuramente nuestra aventura: una piedra el tamaño de una fruta aplastó partes cruciales del motor y en ese desfile de esferas de hierro y níquel fuimos enviados fuera de control, impotentes e indefensos.

 Estábamos a merced de las indiferentes leyes del movimiento y de los hambrientos caprichos de la gravitación universal. Al rodear un planetoide excesivamente grande, por primera vez desde que nos habíamos separado en ese grupo, estábamos frente al sistema estelar del Tercer Planeta. Una idea se nos ocurrió simultáneamente: si extirpamos la mayor parte de la masa de la nave espacial podríamos, apenas, ganar suficiente velocidad para escapar del impresionante tirón del asteroide. En el momento más oportuno, el compartimiento de cabina se separó, sus cohetes autónomos, débiles y todo, nos aceleraron lejos de lo que momentos antes había sido el resto del vehículo.

 Pero nuestros esfuerzos de última hora fueron en vano: la aceleración se convirtió en desaceleración. Frenamos, nos detuvimos y caímos de vuelta a la piedra mellada y perforada. Estábamos condenados y nos preparamos para el impacto -de algún modo, de algún modo en esa confusión lancé una llamada de socorro -

 De lo que sigue no recuerdo nada. El choque, la explosión -y el dolor- la experiencia no está grabadaa permanentemente en mi memoria y permanece perdida para siempre.

 Abrí los ojos a una inundación de incandescencia. Pensé, sinceramente pensé que estaba muerto. Pero gradualmente mis sentidos -lo que percibí eran mis sentidos - volvían y me di cuenta claramente de que no había muerto.

 Estaba solo en una cámara que no era demasiado grande, ni demasiado pequeña. Las paredes eran de yeso viejo y marchitados. El techo era una telaraña compleja de instalaciones fijas y tuberías por las que pasaban líquidos sumamente fríos y que cubría una cubierta de escarcha. El piso era un trozo sólido de yeso, polvoriento y punteado por charcos de agua.

 Me puse de pié, examiné mi cuerpo como mejor pude en mi fatigado estado. Yo estaba cansado y mis sentidos eran lentos y deliberados. Había un olor raro de alcohol y petróleo adheridos a mi piel pero como no tenía cicatrices visibles, ni ningún hueso roto, deseche el efecto asqueroso a la artes médicas que me habían salvado de la destrucción. Extrañas y desconocidas eran para mí esas entonces y lo siguen siendo ahora. Verdaderamente, era simplemente mi desnudez lo que me perturbó por el momento y sólo entonces advertí la amarga y fría corriente de aire.

 Una puerta en el distante rincón se abrió -un par de pasos y sombras entraron.

 Froté mis ojos que juré me engañaban cuando vi a las criaturas responsables de mi rescate. Las cabezas eran grandes; las caras carecían de expresión: frentes lisas, ojos y labios que no parpadeaban, curiosamente pálidos y carentes de sangre, tiesos e inmovibles. Los brazos y piernas eran desproporcionadamente largos y delgados. El torso, al que los miembros estaban conectados, eran antinaturalmente planos. La cintura imposiblemente delgada. El abdomen raramente hinchado, dilatado. Sin pelo y desnudo, las cosas  brillantes en tonos tierra eran indistinguibles entre los sexos.

 El dúo, Kra y Kranos, hablaron en un dialecto uniforme del idioma de galaxia que era remotamente familiar. Nos comunicamos bien, no obstante y aprendí que ellos eran doctores quienes entendían que tenia muchas preguntas pero que sentían que estaba demasiado débil mas recibir las respuestas. Ellos me dirigieron a una segunda cámara mejor más grande y mejor iluminada que la primera. Y allí -fui asegurado-  no estaría solo pues habría asistentes, supuse que enfermeras, estacionados para observarme regularmente.

 Mi mentalidad y sensibilidad fueron registradas por una extraña serie de dispositivos fotoeléctricos. Mi temperatura no se tomó. No se extrajo sangre. Pruebas tan triviales como medir el pulso o la tensión arterial no existía en su vocabulario médico. Extraño y excepcional, pero cuando estudié a mis anfitriones -auto denominados Ia -reuní razones para las peculiaridades.

 Sus colores pálidos, teoricé, eran resultado de su fina sangre clara. Yo no sé exactamente que me dirigió a creer eso a excepción de la analogía. Su unidad aparente con la temperatura del ambiente señalaba un metabolismo de sangre fría. En Thundera y en el Tercer Planeta los invertebrados de sangre fría tienden a tener sangre clara. Ellos hablaban sin indicar inspiraciones. Ellos hablaban sin pausa. Y eso, también, sostuvo mi teoría. Si mi analogía de sangre fría, de invertebrado se extendía, los Ia no tenían pulmones -ellos respiraban por hoyos en la piel abdominal. Y así se explicaba la desnudez generalizada.

 Mi hipótesis parecía ser superficialmente auto consistente pero necesitaba pruebas, pruebas sólidas. Necesitaba saber que tanto podía estirar la analogía evolutiva. Así que casualmente, muy casualmente, me acerqué a un enfermero y, cuando pasé entre un enorme instrumento a otro, fingí resbalar por uno de los muchos charcos del piso. Para evitar la caída, toqué el abdomen de la cosa -todo muy natural- para sentir alguna estructura y función internas pero para mi horror yo no sentí nada. ¡Nada! El punto que había tocado llegó a estar parcialmente hundida y permaneció así por eternidades hasta que los doctores Kra y Kranos volvieron y aliviaron a mis supervisores.

 Los tres salimos de ese cuarto hacia un vestíbulo que se dirigía más y más profundo en la colmena del planetoide y su laberinto de túneles y cámaras interconectadas. La arquitectura orgánica del estilo insectoide disparó mi curiosidad innata y, conversando, aprendí que la nave había chocado cerca de su entrada principal, un gran portal poco usado por las criaturas pues eran extraordinariamente solitarias y bastantemente autosuficientes para resistir al aislamiento perpetuo. Aprendí, también, que había sido rescatado del naufragio y la atmósfera delgada de gases nocivos del asteroide por un equipo de doctores especialmente entrenados –todos los Ia eran doctores, enfermeros y pacientes rutinariamente y en ese orden. Y entonces, en el idioma más raro que consideré era una corrupta traducción de propia lengua, me dijeron que yo había sido ‘revivido' por sus métodos avanzados e incomparables.

 “Qué hay de Bengalí?” pregunté, deteniéndome bajo las deslumbrantes bombillas desnudas que colgaban precariamente del techo. “No me han dicho nada acerca de Bengalí.”

 Kra y Kranos se detuvieron en las sombras, mirándose uno al otro bastante nerviosos. ¡Nerviosos! Por FIN, una emoción traicionaba y distorsionaba sus nudosos y retorcidos rostros.

 “Usted estaba solo,” dijo uno - honestamente yo no podía distinguir uno del otro.

 “No se encontró a nadie más.” continuó el otro.

 “¿La nave, está entera? Lo debemos buscar!”

 Estaba tan seguro de que el objeto tácito de mi tentativa era reunirme con Bengalí -pero en respuesta a las noticias yo entré en pánico y me aterroricé. Bengalí -ah, Bengalí- que podría haberle acontecido a él en esos momentos enloquecedores en los que yo carecía de impresiones claras. ¿Había sido expulsado en el ultimo momento? ¿O había él –estaba él... enterrado, escondido dentro del naufragio, destruido y desfigurado por la hostilidad del espacio exterior en una odiosa abominación más allá del reconocimiento de algo que estuvo alguna vez vivo?

 “Usted está todavía débil -usted -“

 Verdaderamente lo estaba -y con los terribles pensamientos girando en mi cabeza casi me desmayé.

 Nada quedaba del vehículo sino metal quebrado y torcido. La atmósfera estática estaba demasiado contaminada por las cenizas de la destrucción de la nave espacial para permitir realizar una búsqueda adicional. Me aseguraron adicionalmente que cualquiera que se encontrara en esa mezcla de vapores no viviría mucho tiempo.

Suspiré e incliné la cabeza. ¿Qué diría Leono? Era una locura indecible lo que había conducido a la tragedia. El defecto era mío -lo confesé en voz alta -y comencé a decir al amistoso Ia cómo era que Bengalí y yo habíamos venido al grupo rocoso.

“La señal de rescate alcanzará a los Thundercats,” dije -y otra vez los doctores se miraron preocupados. “Seré rescatado.”

Una vez más me dijeron que estaba demasiado débil y poco preparado -y según ellos hablaban presentí en su tono que mis anfitriones pensaban que mi esperanza de ir a casa era pura ilusión.

Fui llevado a un vestíbulo: a la izquierda había una puerta de vidrio y espuma, a la derecha había un corredor oscuro. Se me dijo que era libre de explorar la instalación a mi gusto, pero siempre estaba expresamente prohibido entrar más allá de esas dos áreas designadas. El aire era allí más cálido que en el resto de la colmena y en particular, cerca de la puerta, oí un ruido lánguido y eléctrico. Yo no estaba incómodo, al ser ignorante de sus costumbres y su sociedad yo no tenia razón del todo para temer el área. Mas hice caso de su advertencia y me dirigí lejos del lugar.

 El tiempo era medido por los Ia meramente por duraciones relativas. Los relojes carecían de los símbolos para distinguir los numerales. Sólo sonidos que aparecían y desaparecían alternadamente marcaban el paso del ‘tiempo' para varios procesos. Los calendarios, aún la noción de días era extraño a mis anfitriones igualmente extraños. Sospeché que las criaturas absolutamente no entendían el paso de espacios de tiempo prolongados hasta que recibí una declaración bastante vaga de un enfermero en respuesta a mis preguntas: parecía que ellos enumeraban la duración de su existencia por cuántas veces ellos se sumergían -e incluso me dijeron que era un asunto ordenado.

 El alimento y la bebida eran deficientes y mis súplicas por sustento se toparon con una curiosidad confusa o fueron desechadas por los más compasivos de los raros habitantes de la colmena como una memoria fantasmal del pasado. La verdad sea dicha, con la devastadora pérdida de Bengalí, yo no estaba de humor para comer. Y, así, yo imagino que el impulso era verdaderamente más una memoria de la necesidad biológica que un deseo verdadero de  restaurar mi digestión.

 Para esperar el momento de mi rescate, exploré la sociedad Ia. Era un sistema cooperativo construido sobre unidades de dos o múltiplos de dos. Ellos trabajaban en laboratorios, mezclando y preparando sustancias químicas. Cuidaban de los enfermos. Mejoraban la colmena. Alguna que otra vez se detenían a descansar dentro de cámaras construidas aparentemente para ese tipo de actividad ‘nocturna'. Me recordó un nido de hormigas sin reina y verdaderamente me sorprendió la estructura descentralizada. No vi liderazgo de ningún tipo. Ciertamente los doctores tenían un aire de autoridad pero sólo en cuestiones médicas.

 Al moverme de nivel en nivel, me di cuenta de que me observaban  -no de un modo opresivo o amenazador. Era una preocupación expresa por mi salud y bienestar. Fui interrogado con respecto al estado de mis sentidos, mis facultades. De otro modo, nadie me prestó atención, nadie cuidó de que yo -un total extranjero- entrara a las profundidades de su mundo clandestino. Ellos sólo parecieron tener inconveniente en -o al menos demostrar preocupación- cuando expuse lo que había implicado antes  -que sería rescatado por mis amigos Thundercat. Gradualmente, muy gradualmente, me di cuenta por qué los temblores de temor y preocupación mutada vencieron sutilmente a su comportamiento de otro modo distante e indiferente: me di cuenta de que sería su prisionero por siempre.

 El tiempo -segundos, minutos, horas- que cosa tan espantosa era. Pasarían días antes de que mis amigos recibieran mi señal de auxilio. Días más antes de que ellos se lanzaran al espacio para venir por mí. Mas días para localizar el grupo de asteroides. Horas para encontrar el planetoide. Minutos para asegurar las escotillas del  asteroide. Segundos para que yo corra hacia sus brazos expectantes. Y aún así, era inconsciente al paso de los nanosegundos.

 Mi rescate sería pronto, pero ¿cuándo? ¿Cuándo?

 No tenía mas armas que mi agudeza y adecuadamente armado con ella, resolví determinar la verdad de lo que los Ia eran y por qué estaban tan determinados a estar solos.

 Sufro de una mente aguda. Una mente científica, agudamente entrenada. Pasaron días -eso asumí- en mi observación. Advertí que el territorio prohibido era totalmente evitado y mientras yo permanecía en el vestíbulo, reflexioné cuál de los dos males explorar primero: la puerta o el corredor. Opté por el pasillo y empecé inmediatamente. Se dirigía hacia arriba, curiosamente, pues en tales niveles altos todas las cosas se dirigían hacia abajo. Al llegar al final del pasillo, me encontré con tres puertas cerradas. Tomó sólo el más leve de esfuerzo mi parte para abrirlas -un hecho que reveló la debilidad física inherente de las criaturas.

 Atravesé una puerta a la vez.

 La primera se abrió a una cámara inmensa, fría y oscura. El techo alto y abovedado era o vidrio o inexistente pues mostraba a plena vista  la multitud de estrellas de la creación completa. Pero eso no era todo lo que me quitó el aliento  -pues dentro de los soportes esqueléticos que sostenían las paredes superiores estaba mi nave experta, cuidadosamente reconstruida. No estaba intacta sino dañada y destruida por el choque y la explosión, tenia la apariencia general de un rompecabezas y era muy, muy sobrecogedor.

 Inspeccioné el armazón: descubrí la ubicación del accidental bombardeo inicial, y no descubrí una sola huella de Bengalí.

 La segunda puerta se abrió a una pequeña cámara algo más familiar. Un interruptor cerca de la puerta accionaba sus luces incandescentes que eran considerablemente más brillantes y más calientes que cualquiera que había visto o sentido en el laberinto entero de la colmena. Estaba en, me di cuenta, un cuarto de emergencia, con mesas quirúrgicas cubiertas por tela y paredes blancas adornadas con gabinetes de suministros médicos.

 Destapé una mesa para pronunciar repulsión pues bajo su cubierta había órganos Thunderianos claramente mutilados. Sintiendo nauseas y simplemente sorprendido fuera de guardia, yo cubrí la mesa y traté de escapar de ese cuarto del horror -traté, hasta que un sonido, un gemido de calidad inhumana asaltó mis oídos. Me di la vuelta para mirar por ultimas vez, vi otra mesa cubierta, una mesa cuyo contenido obscuro se movían clara pero imprecisamente. Luchando con todos los impulsos del sentido común indicándome escapar, yo me aproximé. Ignorando el peligro a mi cordura, yo tiré de la lona.

 El chillido espantoso regresó –sólo que esta vez era mío. ¿O había sido mío todo el tiempo?

 Era Bengalí -las partes de él que sobrevivieron al naufragio. La cabeza conectada al cuello, cuello conectado al pecho - todo bajo de las costillas estaba cortado. El brazo izquierdo, también, estaba perdido y sólo parte del brazo derecho permanecía intacto. Mas no era eso -ese cadáver mutilado -eso hizo que mi sangre se helara. Era que... estaba vivo. Giró su cabeza. Enfocó sus ojos en mí.

 Gritando en el pasillo, choqué contra Kranos -que estaba inusitadamente solo -y, enfurecido, lo tomé en mis garras de modo que él estaba impotente para resistir y juntos atravesamos esa tercera puerta que ese anti climáticamente se abrió a un armario de utilerías.

 “Qué tipo de demonios depravados e inhumanos son ustedes?” demandé. “¿Qué han hecho??”

 “No se trastorne,” contestó el doctor, débilmente. “Usted ha visto muy poco.”

  “¿Qué han hecho?”

 “Su compañero -tratamos de revivirlo pero nosotros no sabiamos que él no sería completamente funcional.”

 “¿Completamente funcional? El es un cadáver!”

 “Sí.”

 Solté mi presa alrededor de su cuello – no tenia otro efecto que amortiguar su voz.

 “¿Es que no lo ha advertido? ¿No se le ha ocurrido? Nuestro mundo se destruyó y tuvimos que adaptarnos -evolucionar. Pero con la pérdida del ambiente que nos sostenía nuestro destino era cierto y verdaderamente inevitable al fin. Aún así, mientras tanto, experimentamos y perfeccionamos la ciencia que nos sostiene -para siempre.”

 Nada era para siempre, insistí. Todas las cosas deben morir -ah, cómo lo deseo. Y según pronuncié tal declaración imagino que se reía. Reía -sí -y confesó que ellos ya estaban muertos.

 Lo qué yo había confundido con una naturaleza de sangre fría era, de hecho, muerte fría. Ninguna sangre corría por sus venas desplomadas, sólo linfa de desechos moleculares. Ningún aliento, inhalado ni exhalado, llenaba sus pulmones marchitados, había sólo un débil tupo de difusión de oxígeno a través de sus pieles delgadas, sedosas.

 “¿Cómo fue posible?” pregunté, débilmente.

 “Por voluntad.,” contestó, seriamente. “Nada existe excepto voluntad. Nosotros nos hicimos vivir y con la ayuda de nuestro refinado conocimiento nosotros mantuvimos intacta la función de nuestras mentes.”

 A regañadientes, le permití dirigirme de ese corredor a esa puerta. Esa puerta prohibida de vidrio y espuma. Habiendo visto lo que había visto, habiendo aprendido lo que había aprendido, supongo que él sentía  que era seguro mostrarme el resto de los secretos de planetoide. Un aire aromatizado y estancado, tan caliente como un primavera suave y lluviosa, se descargaba detrás de la puerta -una puerta cuyos materiales eran aislantess comunes.

 El aire, jadeé, estaba demasiado caliente. Kranos inclinó la cabeza, al decir, sin aliento, que yo no debía permanecer dentro por demasiado tiempo y que no me seguiría. Asentí y me arrastré en ese oscuro y apretado pasillo.

 Era un túnel por el cual circulaba aire caliente, impulsado por abanicos, supuse. El zumbido, que reconocí perteneciente a motores eléctricos, confirmó mi sospecha de que viajaba a través del tubo de escape de un inmenso dispositivo congelador. Gas amarillento escapaba de las uniones antiguas, corroídas de los tubos que eran bastante grandes e incómodamente calientes. Me recordó tubos cubiertos de escarcha y todo pareció tener verdadero sentido. Todo el interior del asteroide se mantenía frío y controlado por el trabajo de esa máquina infernal.

 Yo sentía demasiado calor y a me preocupe inmediatamente al advertir que no sudaba. Pero tuve poco tiempo para ser preocuparme pues inmediatamente descubrí que había entrado en una cámara tan inmensa que achicaba cada construcción artificial que hubiese visto jamás. Sus tubos, conductos y mamparas atravesaban por el centro de piedra y formaban una sima vasta y de muchas millas de profundidad. Por encima de ella, había lo era un ventilador proporcionalmente grande cuyas hojas veloces oscurecían el techo y las vistas del espacio estrellado. A través de orificios en la cara inferior del ventilador circulaba lo que había creído era la atmósfera delgada y asquerosa.

 Estaba casi listo para retirarme, volver al doctor que me aguardaba, pero un punto parpadeante de luz de un hoyo en la mampara distante atrapó mi atención. A través de pasarelas delgadas y puentes desvencijados, yo llegué a la fuente de luz -una ventana- y miré otra colección de escondidos secretos.

 Supe entonces lo qué eran los “sumergimientos” que les ayudaban a medir el tiempo y sus “vidas”.

 Tinajas grotescas de oro y ébano, conectados uno al otro por una miríada innumerable casi orgánica de viaductos, fue llenado al borde con una mezcla de alcohol y petróleo. Aire disuelto, aminoácidos y carbohidratos -alimentos nutritivos esenciales y fundamentales- rotos hasta sus formas mas básicas completaban los ingredientes de que fortificaban ese fango. De uno en uno los Ia entraron en las tinas y eran sumergidos por momentos prolongados tan intensos que los vivos no podrían duplicar jamás. Era, tristemente, cómo las criaturas se abastecían de nuevo con las substancias esenciales de la animación que el método de su muerte les privaba. Sin los órganos era imposible que ellos se sostuvieran por mucho.

 Una raza de cadáveres reservados y paranoicos. Una raza que me admitió rápidamente entre sus rangos -¿por qué? ¿Trazas de humanidad? ¿O razones demasiado indecibles de contemplar? Pues entonces se me ocurrió que quizás ellos se cansaron de su vida como no-muertos y querían volver a la normalidad –siendo yo, de algún modo, el instrumento de esa posibilidad. Bengalí, con su cuerpo mutilado y destripado era inútil para ellos, pero yo -intacto –permanecía como una esperanza -

 Había visto bastante.

 Las escaleras del servicio me llevaron de las pasarelas a la orilla de los orificios justo bajo el omnipresente girar del ventilador. Las corrientes eran fuertes y temí o caer al abismo o la muerte instantánea de las hojas giratorias. Pero mi peso y las fuerzas de la fricción conspiraron para mantenerme a salvo. Y sin mirar atrás me aventuré fuera del interior de la roca hacia la superficie -superficie libre y árida.

 La atmósfera del planetoide: su composición, era insondable, todos los temores sobre su toxicidad fueron extinguidos por el hecho de que vivía. Denso y tibio. Dominado por las tendencias opuestas del escape de aire caliente y la extensión del espacio exterior, su clima era una combinación de frentes semejantemente diferentes.

 Era evidente para mí que sólo una porción pequeña del mecanismo refrescante era dedicado a mantener sus cuerpos, ya en un estado metabólico depravado, de decaer enteramente. Pero una porción grande existía para mantenerlos enteramente a salvo de los procesos generadores de calor que producía la mezcla de las tinas -los procesos mismos que sostenían su existencia antinatural. Era todavía un misterio para mí de donde obtuvieron el poder pero asumí -y permití descansar a mi mente-que una civilización e incluso una muerta, tendría suficiente tiempo y oportunidad de desatar lo arcano del cosmos y de allí explotar los secretos que necesitase.

 Yo me estremecí, medio en terror, medio en admiración, a la luz de las estrellas que testificaban con callada dignidad la vastedad de la creación. Estaba solo y en paz -calmo y completo. Alcancé el cráter donde la nave había chocado, me tendí a lo largo de su apacible cuesta y caí dormido profundamente.

 ¡Ah, pesadilla de pesadillas! Si sólo la ondulación de párpados pudiera deshacer lo que se había hecho. Pero, ay, no debía ser. No se me otorgaría respiro del tormento cruel e inhumano que desde entonces consume mi vida.

 Una nave Thundercat llegó -eran Leono y Cheetara. Ellos me encontraron, débil y desconcertado mas vivo y alerta. Yo les dije que Bengalí estaba muerto y suplique salir de los asteroides tan pronto como fuera posible. Una vez a bordo –a salvo, a bordo- y lejos, yo inicié la amarga y lamentable narrativa de mi historia.

 Me recuperé en la Torre del Augurio. Era verano y el calor reunió fuerza haciendo mi lugar favorito una tina llena con agua fría, muy fría. Pumara me examinó -pero se alejó apresuradamente y sin explicación. Comunicaciones secretas la siguieron -y Linzo y los gemelos se retiraron discretamente al Cubil Felino. Fui dejado solo -el comienzo de sin aviso de mi exilio crudo -y por varios días anduve de un lado a otro en esas premisas oscuras y sombrías, tratando, bastante desesperadamente de encontrar sentido a lo que había acontecido al mundo.

 Aunque estaba en casa, confié cada vez menos en el reloj hasta que parecía que día y noche se habían unido en una entidad degenerada, vaga y sin forma. Por grados advertí que necesité menos alimento y agua y se me ocurrió que las ideas de hambre y sed eran solo los reflejos arraigados de memorias desconectadas. Busqué alimento cuando y únicamente, cuando mi bienestar se debilitaba. Los sueños, también, se habían extinguido -Kra, Kranos y su clase existían sólo dentro de mis fantasías diurnas.

 Yo me desperté una medianoche a la vista gloriosa de una luna llena -y a una realización más completa del terror absoluto. Temblores de horror cayeron sobre mí. Entonces y sólo entonces, en perfecta reflexión, en el solemne consuelo, lo advertí. Al yacer calladamente, yo me dí cuenta una nueva y terrible anormalidad, de la mayor pasmosa consecuencia -la consecuencia que destruyó mi vida como un Thundercat y creó mi vocación actual de paria - no puedo culpar a los Ia, ellos practicaron la única medicina que conocían -pues, verán ustedes, yo no respiraba mas.

 Fin

 

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