HISTORIA

DEL

PUNTO DE CRUZ

Un poco de historia del punto de cruz

A partir de éstos humildes orígenes, ésta actividad artesanal fue evolucionando para convertirse en una técnica decorativa y ornamental. Y así nos han llegado fragmentos antíguos de ropa hallados en yacimientos arqueológicos de Egipto (500 a.de C.) o del Asia Central (850 a. de C.) donde aún hoy se utiliza en los trajes traqdicionales de aquellas regiones.

El punto de cruz es una de las técnicas más antiguas de bordado: parece ser que en Asia central se han encontrado retales de seda bordados con un punto muy similar al punto de cruz, que se remontan al 850 d.C.

El verdadero punto de cruz, idéntico al que se realiza actualmente, hizo su aparición en Europa durante la Edad Media, para luego difundirse ampliamente durante el Renacimiento. Ya en el año 1500 empezaron a circular los primeros esquemas, verdaderos modelos de temas típicos y recurrentes: decoraciones florales, heráldicas y religiosas, llenas de símbolos como cruces, cálices y palomas. Las telas sobre las que se bordaban no comprendían aún el algodón, sino que eran el lino, la seda y la lana. También se disponía de pocos hilos de colores. Durante mucho tiempo el más difundido fue el rojo, capaz de soportar mejor que los demás los lavados.

El punto de cruz pasa a ser el pasatiempo principal de las mujeres, sobre todo de aquellas que esperaban a sus matridos, prometidos, hermanos... mientras se iban de expediciones o a guerrear. En éstas interminables esperas, las castellanas por ejemplo, copiaban a punto de cruz los motivos de las alfombras que se traían desde el cercano Oriente, entre cruzada y cruzada. Los bordados eran ribetes ornamentales para dobladillos y mangas de trajes masculinos y femeninos. Pero tambien lo fue como tipo de bordado campesino tradicional en Europa, que se empleaba para decorar distintos tipos de artículos, desde enseres para el hogar hasta prendas de uso cotidiano

Durante el Renacimiento, la afición se extiende por toda Europa y entra a formar parte de la educación femenina. De ésta manera aparece el sampler o muestrario, que eran unas piezas de tejido donde las niñas y jóvenes bordaban grecas, flores, símbolos religiosos, letras,... etc., para ejercitarse. Estos muestrarios se trasmitirían de generación en generación, quedando como un patrimonio familiar y constituyendo una verdadera enciclopedia de consulta, sobre la cual sería posible encontrar el motivo mas adecuado para la realización de una determinada labor.

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En el año 1500 comienzan a circular los primeros diagramas impresos, procedentes de Italia y Alemania, con motivos florales y animales inspirados en Oriente y su heráldica. En el s.XVII llegan los nuevos colorantes procedentes de América. Económicos y fáciles de usar, permiten teñir los hilos con colores llamativos, teniendo el rojo y azul como colores predominantes para bordar sobre fondos blancos y a los negros y marrones para definir contornos: los resultados llegan a ser asombrosos. Hacia el año 1700, los dibujos se ennoblecen, se complican se hacen mas realistas y por fin, en la segunda mitad del s. XVIII comienzan a aparecer los primeros paisajes.

...Y así llegamos al s.XIX, considerado como la edad de oro para el punto de cruz. Desde América, donde es introducido junto con otras tradiciones del viejo continente, hasta Europa, el punto de cruz alcanza su máximo apogeo. Se puede decir que llega a estar al alcance de todos los hogares los medios necesarios para su realización. y todo ello gracias al desarrollo de la industria textil, que permitió la fabricación de telas de algodón e hilos en muchísimos colores, a la difusión de las revistas, y en particular a los diagramas coloreados a mano sobre base cuadriculada: de las tipografías de Berlín salen la inmensa mayoría de esquemas cuadriculados para su distribución por toda Europa. El punto de cruz se llega a convertir en una verdadera pasión y motivo de enseñanza en las escuelas primarias...

Sin embargo, con la llegada del s.XX, las modas y las aficiones cambian. Las mujeres prefieren otros puntos y otros adornos y con altibajos, el punto de cruz a duras penas va persistiendo así hasta después de la II Guerra Mundial. A comienzos de los años 80, vuelve a reaparecer ayudado por la aparición de revistas especializadas, el empuje de casas fabricantes (como la veterana DMC, Coats,...) con sus nuevos tipos de telas y colores de hilos, la publicación de colecciones de prestigiosas editoriales, la formación de nuevas diseñadoras, la publicidad y el marketing, etc, que hacen que las mujeres vuelvan a él desde el punto de vista del ocio, del hobbie y el entretenimiento

La utilización de ornamentos y muebles sagrados, que precisaban adornos y decoraciones, contribuyó de forma determinante en la difusión del bordado. El trabajo de aguja se realizaba a menudo en los conventos por las manos pacientes de las religiosas. Además, en estos primeros centros de educación femenina, cada chica de buena familia aprendía a bordar y marcar su propia lencería.

No se trataba, en aquellos tiempos, de una labor sin importancia porque como se hacía la colada muy pocas veces al año, era necesario poseer mucha lencería y poderla identificar fácilmente entre la de toda la familia. El punto de cruz se reveló como la técnica más adecuada para esta finalidad: fácil, rápido y practicable incluso para la alumna menos atraída por el bordado. Dibujar las propias iniciales con aguja e hilo fue seguramente para muchas mujeres la primera forma de escritura, y los famosos "trabajos de prueba" (samplers, marquoirs o ensayos), sobre los cuales se bordaban diversas variantes de letras y números, se convirtieron en instrumentos de alfabetización, esto es, en verdaderos ejercicios de lectura y escritura.

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En el siglo XVIII los bordados empezaron a hacerse con más adornos y la naturaleza se representaba de manera mas realista: flores y frutas se elaboraron con mas deta]les y colores más intensos. Si las figuras humanas del siglo anterior habían sido generalmente bíblicas y mitológicas como santos, ángeles y sirenas, en los siglos XVIII y XIX se prefirieron las escenas campestres con pastores, rebaños, campesinos y vendimiadores.

El siglo XIX fue seguramente el siglo de mayor éxito para el punto de cruz. Los grandes progresos de la imprenta permitieron satisfacer la demanda creciente de esquemas y modelos: parece ser que en 1840 se publicaron más de catorce mil. También los avances de la química y de la industria textil hicieron cada vez más agradable el trabajo de las bordadoras: se disponía de hilos de muchos colores y a los tejidos tradicionales se añadieron el algodón y el organdí.

No sólo se bordaba en los conventos, sino que también se hacía en los salones; el punto de cruz pasó de ser una asignatura obligatoria en las escuelas a un pasatiempo de moda e incluso fue un signo de distinción típicamente femenino. La mujer afirmaba su papel de "ángel del hogar" decorando cada ángulo de su casa: toallas, centros, cojines, reposapiés, fundas para sillas, tapetes, cortinas, barandillas, paneles contra el fuego, etc. No se escapaban del bordado, además de bolsos de noche y para el trabajo, ni siquiera las pantuflas y las protecciones para los relojes del marido (o del enamorado). Incluso la escritora e intelectual George Sand, atrapada por la pasión hacia su amante veneciano, bordó en punto de cruz todo un salón.

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En la época romántica los trabajos se enriquecieron con frases dedicadas a padres, amigos y enamorados, y se celebraban las alegrías de la vida familiar, del amor y de la amistad. Cada cuadro expresaba un mensaje, un voto o una promesa; el nombre del ser amado lejano se bordaba en todas las variantes caligráficas en señal de entrega y fidelidad.

Con el romanticismo se pusieron de moda incluso sentimientos como la tristeza, el luto, la melancolía y la nostalgia: fue entonces cuando aparecieron en los paisajes los sauces llorones, los restos de antiguos monumentos, urnas, sepulcros y columnas rotas y cubiertas de hiedra. Hacia el final del siglo XIX, con el gusto por lo exótico, en particular por lo chinesco, se adquirió de nuevo el placer por los colores luminosos y los objetos puramente decorativos.


Un retorno inesperado
En los primeros decenios de nuestro siglo llegó el declive del punto de cruz. Sólo se aprendía y se practicaba en las escuelas y los escolares lo olvidaban pronto, en algunos casos para pasar a técnicas de bordado más complejas y refinadas, y en otros para odiar de forma definitiva la aguja y el hilo. A pesar de que la práctica del bordado ha ido desapareciendo día a día, en los años ochenta y de forma inesperada recobró vida. El gusto y la pasión por la técnica del punto de cruz volvieron a la vieja Europa desde Estados Unidos, donde los descendientes de los pioneros habían sabido restituir frescura e inventiva a la tradición de sus antepasados.

Quizás empujadas por la nostalgia de épocas menos frenéticas que la nuestra e ignorando el prejuicio que suponían los "trabajos femeninos" como actividades repetitivas que precisan tiempo robado a la inteligencia, también las mujeres de nuestro tiempo han descubierto el placer de la creatividad, el deseo de dejar una señal única y personal a través de la aguja y el hilo.


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