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El paisaje del mar muestra su cuerpo inmenso, eterno
e inacabable. Cada movimiento de una ola recrea ese cuerpo color esmeralda
o de oro que llena nuestros ojos hasta los horizontes. Es un mar que está
cargado de peces, de dioses, de sirenas y de nubes. Y estos objetos juegan
y recrean la fantasía del poeta. En la sierra, en cambio, cada cerro
gigante visto desde la profundidad, crea en cada pico encendido el rostro
de un Dios, un rostro que parece estar en la inmovilidad de nuestros
caminos y en la cercanía de nuestras casas. Esos dioses tutelares están
siempre atentos y vigilantes, parecieran observarnos desde lo alto,
determinar el acontecer de nuestros destinos.
Juan Paredes Carbonell es
el ciudadano privilegiado por vivir entre esas dos regiones del Perú: La
costa con su mar pegado a ella; y los Andes, con su tiempo relativamente
lento y con alas extendidas también hacia el océano. Él
tiene la sensibilidad del hombre arraigado y dual en el sentido de las
herencias culturales, en el sentido de las elecciones hacia una u otra
cultura para el desplazamiento mental de su creación literaria. También en
su recepción intelectual como escritor, puede situarse en ese puente
conductor que nos provee de dos esencias fundamentales.
En ese dualismo material y espiritual de lo que
somos -sobre todo los hombres costeños-, como figuras o seres arraigados a
dos o varios mundos, tomamos el buen pisco y comemos el rico cebiche,
jugamos al sapo o al fútbol, así como bailamos el huayno o la marinera. En
estos motivos hemos formado lo cotidiano sobre la vida y sobre las cosas,
hemos formado nuestro carácter y nuestras costumbres. Y por eso, es que a
veces, en nuestras decisiones oscilamos tanto en la elección de lo uno
como de lo otro. Y dentro de ese sincretismo mental que brota natural e
instantáneo, llenamos los planos de lo poético.
Y en lo peculiar de las metáforas que buscamos y hallamos en la poesía,
mostramos los colores más puros y brillantes, como también los hechos de
sus matices que le dan fuerza y el impulso necesario.
Pero Juan Paredes Carbonell gusta de los colores
brillantes que tiene el mar y las arenas y las orillas, gusta del
movimiento del ir y venir de las olas que le hacen ver los ciclos
circulares de las cosas dentro de sus metáforas y reflexiones poéticas.
Allí están los ciclos de la vida y del sueño apacibles, casi en el reposo
intacto de sus dioses que están sumergidos en historias que discurren en
tiempos horizontales. Entre esos espacios gigantescos de la geografía
peruana comparada con la europea, se ve una naturaleza relativamente en el
reposo de las olas y, tal vez, la perturbación que brota de algún Dios
antiguo que busca la posesión de una Ninfa.
En la poesía de Juan Paredes Carbonell, no brota el
ritmo de los grandes rascacielos, ni el movimiento de las inmensas
autopistas, ni siquiera se nota el pulso de una
ciudad mediana como lo es Trujillo. El poeta pareciera que se hallara en
la contracción de un tiempo antiguo y en reposo.
Cuesta, a veces, diferenciar cada mundo poético al
elegir en cada grano de arena y cada ornamento que llena el espíritu del
poeta. Cerniéndolos, se separa lo que pertenece a uno y a otro tiempo, se
sabe de sus ingredientes, de la preparación y su articulación.
Todo un espíritu que se abre siempre como página
nueva en verdaderos creadores al relacionar ese estado de emociones y de
lo que se está hecha nuestra levadura.
Pero, no lo es, en los que solamente recepcionan el
mundo venido desde ultramar, y solamente buscan el collage o una alquimia
en su quinta esencia, ambigua en sus trazos, pero que representa el
espíritu de otra velocidad, de otro tiempo y del movimiento de otras
grandes urbes con sus ritmos disfurcantes.
2.- Ya en agosto último, en mi breve visita a
Trujillo, la Ciudad de la Primavera, en el Perú, tuve la ocasión de
comentar su libro La Familia Sagrada. Juan Paredes Carbonell
es profesor universitario, poeta, ensayista, esposo abnegado; y sobre lo
último, ello lo confiere en los últimos tramos de este libro de poesías
celebrado en septiembre.
El poeta trabaja con la palabra, y en cada frase de
su elección su voz resuena experimentada, nos muestra un sintetismo
poético que trastoca también el lenguaje
minimalista. Su voz, a veces, cae como susurro de una hoja que ante el
viento describe una parábola, ella es la que más se escucha en la
singularidad de la ofrenda hacia la amada, a quien simboliza con ese
bello cuerpo del mar y del amor. Mar de savia: Mujer/ eres dócil a
mis requerimientos/ a mi solicitud/ ciega/ Me siento tal un macho cabrío/
que salta sobre tus posaderas/ y te ama/ Mas/ primero bramo de exaltación/
de felicidad/ suprema.
El libro nos presenta un contenido con un desenlace
en tres partes. También el título del libro: La Familia Sagrada,
es un título invertido del libro del joven Carlos Marx y de Federico
Engels, y cuya obra conjunta se llamó la Sagrada Familia (Die
heilige Familie, escrito por primera vez en Alemania, en 1844).
El amor marca el inicio de los cuadros de esta
poesía, le sigue la etapa de la creación de los hijos, y después el de la
familia cabalmente formada. La trinidad en un proceso es lo que describe
el concepto poético de este libro.
El amor brota desde las primeras páginas de su
intimismo, y aquellos versos que dirige a la amada recogen el sensualismo
vital, que está más cercano a los mares de nuestras vidas. Algunos versos,
parecieran óleos a lo Bartolomé Esteban Murillo (Sevilla 1618-1682), donde
un niño goloso va comiéndose las uvas de un huerto. También ver el cuadro
de este pintor: Los niños de la concha. Este pintor español
también ha pintado la obra La Sagrada Familia del pajarito.
Casualidad?
Te conozco. En ti desfallecida/alza belleza sus
senos/ ahuécase en el dorso y en dulce movimiento/ se alarga en el pubis
temeroso, y desciende en armonía de formas/ hasta el hermoso pie con sus
diez conchas.
Pero quién no es sensualista en el norte peruano,
tierra de la cultura Moche. Acaso, aquellos grandes orfebres y ceramistas
antiguos no desarrollaron el Arte del erotismo en su sensualismo de forma
panteísta. Y acaso, estas no son las formas naturales y expansivas de un
símbolo que es el mar. Hay muchos ceramios y objetos de uso mochicas y
chimús que muestran la grandeza de este Arte. Aquí ese sensualismo se
expande en los labios gruesos y en los ojos cerrados de los amantes, y en
las manos que tocan los cuerpos mismos. Te
estremeces en mis brazos/ cuando te pesco y aprisiono en mi atarraya ...
La poesía de Juan Paredes Carbonell no condensa el
llanto ahogado de lamentos de los viejos románticos, venidos desde
ultramar en su etapa tardía; tampoco sus versos son la plasticidad de un
deseo cerebral, sino para el vate, el amor es el gozo de un acto
descarnadamente natural, necesario y vital entre los hombres, como lo es
el retrato aura de un huaco mochica en su sensualismo genérico como
unidad de tierra y de mar y de vida. Aquí el poeta, ante el amor hace su
confesión lírica al reclamar lo amplio de lo andino en su germinación
puquial, en el canto alegre del alba o la estrella que se enciende. Y es
que el poeta no solamente pone en actividad un sentido vital de su cuerpo,
sino activa todos los sentidos de sus sensaciones y su mente, logrando con
ello una integración total del cuerpo y del espíritu.
Amanece el deseo del alba/ Tú comprendes que el
sólo mirarte/ es una invitación a rozarnos/ sobre el musgo/ Hay un acuerdo
tácito/ entre tu vientre / y mi vientre/ para agredirse como dos insectos/
salvajes con amor.
El mar es la amplitud de esas sensaciones, de ese
movimiento de vida permanente, es el cuerpo y la prolongación del ser, el
símbolo genérico que refleja el cosmos y su movimiento expansivo, pero
también es la fuente de la creación. El poeta con este simbolismo,
describe el cuerpo de la amada, y juega con los elementos de ese cuerpo
líquido. Algunos de esos símbolos procedan de la mitología greco-romana.
De ese mar ( cien por ciento peruano), fluye la ola, y las mareas y
aquella resaca que anda en el iris y el cerebro del hombre poeta y adulto.
Y los elementos de ese mar le sirven al poeta para ese juego erótico y de
condensación lírica sensualista.
Soy el Dios Neptuno que reina/ bajos tus aguas
turbu/ lentas/ se sumerge y emerge/ de tu región abismal/ Triunfante/ Mi
trípode de algas/ tu cabellera corta de peces luminosos/ mi barba
inextricable/ ¡Oh viejo y sagaz Neptuno/ y cómo te divierte el mar!
El mar de Juan Paredes Carbonell está hecho en
acuarelas y con el pincel espeso y luminoso que tiene los colores del
pintor alemán Kandinsky. Colores fuertes, brocha rigurosa para reflejar la
luminosidad de los detalles y las diferencias de matices. Rojos son sus
atardeceres, y verdes son las algas, azul es el cielo; y en ese mar
habitan los peces y los cangrejos, y los muymuyes, aquellos seres que
siempre hace original el ambiente de la costa. En las aguas de ese
mar-mujer y del titán que la acecha decididamente, surge la figura de un
Dios griego. Pero el verso, nos dice más: que el poeta es un Dios mochica,
ruidoso en su retumbar de zampoñas con el viento para atraer y embelesar a
la amada, para poseerla.
Verano/ El calor obligándonos a estrujarnos
encabritados/ mirando el cielo raso... Me tomas de la mano/ unes tu
costilla a mi costilla/ y así marchamos decididos a meternos/ en el mar.
Juan Paredes Carbonell toma
la luz de su poesía en el cuerpo de la mar, que es también el cuerpo de
una mujer, con la cual nos regocijamos y con la cual gozamos en las horas
de las dudas y desdichas.
Hagamos el amor me dices/ me atijeras el
cuerpo/ con las dos columnas de tus piernas/ y siento que peces de
colores/ me iluminan las arterias/ inundándome la piel... Sé que tu sexo
es hermoso/ como un ojo de agua/ y como un ojo de agua/ palpita/ trémula/
cuando te toco.
El erotismo de Juan Paredes Carbonell nos habla de
espacios de la alegría, de la comprensión, de la felicidad y del encanto
que nos induce a hallar el verdadero amor en los deseos y las sensaciones
de los cuerpos. Su erotismo parte de una fusión vital y natural, no de una
naturaleza agredida o de lo algo que se le agrede, como permanentemente
leo en alguna poesía feminista, hecha con versos directos, con actos
agresivos y hasta brutales en la forma de como tratar el cuerpo en una
relación sexual.
En los versos de Juan Paredes Carbonell todo está
asignado por aquella sensación de nuestros sentidos: La mar y la tierra,
la arena y la orilla, la ola y el movimiento, el cuerpo y el gozo, la sal
y la nube. Y las sensaciones que se descubren
ante la imaginación, vibran con sus confesiones. Nada es artificial. Ni
las imágenes se condicionan a algo que nos enajena. Al contrario, las
imágenes nos resultan casi puras y humanas y naturales.
La imaginación te fundó/ mitad pez/ mitad
mujer/ Ulises se rindió a tus encantos/ a tu canción maravillosa y
oceánica/ Yo me tiendo como una oruga sobre tus aguas quieto y salobre/
tal pez abismal/ hasta perderme aquí/ acullá/ en tus profundidades.O
también en estos versos: Apuesto a que las olas se quejan/ en el
mar/ y revientan en tus acantilados/ en tu bajo vientre/ por donde a veces
repto/ como una criatura/ y vuelvo a nacer de nuevo/ otra vez/ y otra
vez..
Siento también que el poeta quisiera recoger un
sensualismo germinal, en su acto creativo con la palabra: Entre la amada
y el Yo-personal, aunque el Yo-personal, a veces, resulte más determinante
en esta relación. Pero, también, el poeta acude a lo simple en esa
búsqueda, y pone a la amada a la misma altura de su devoción, sin llegar a
los burdos intelectualismos y barullos de retorta.
Amarte es tan simple/ que ya ves/ basta
estirar las manos/ el deseo/ la piel/ para saber que tu boca guarda/ para
la mía/ leche/ y miel... O también: El mundo es tan
pequeño para los dos/ Nuestro amor lo trasvasa todo/ colmándonos hasta los
bordes. En otros versos escribe: Sólo sé que te amo/ y que
mi cuerpo te busca/ desesperado/ cuando rocía el cielo/ en la madrugada/ y
no te encuentro.
Siempre me gustó la estética pictórica de Jerónumus
Bosh y sus magníficos cuadros que muchas personas pueden entender por la
fantasía que describen, y que hasta los niños españoles aman cuando
visitan el Museo Del Prado, en Madrid. Todos los observadores pueden
entender la pintura de El jardín de las delicias. Y esta
comprensión sensualista de Juan Paredes Carbonell, lo puede comprender
cualquier lector que lea sus versos. Frente al mar/
todo se enternece/ se olvidan los pesares/ las diosas ondulan sus caderas/
dejan que las olas se estremezcan/ y mueran a sus pies.
Hay los recuerdos evocativos del pasado y son los
espacios subjetivos e intimistas que recrean también la mente del poeta.
Aquí el pasado y el presente se unen en los momentos lúcidos de la
ubicación espacial diferente, y el poeta busca la línea oblicua para
anudar las reminiscencias de esos cambios escénicos: Ríes porque
sílaba a sílaba me descarno/ y curvo cielo y colinas, seto azul
circundándome, susurra de olmos/ y voz de trémulas aguas; porque a
juventud engaño/ con nubes y colores/ que la luz ahonda.
Estas escenas reminiscentes, casi pastoriles que
surgen de su eco evocativo, me hacen también recordar a los espacios del
verbo del Maestro Lope de Vega, - aunque en otro tiempo, forma y
disposición-. También, me da la impresión, que Juan Paredes Carbonel, va
hurgando más en la oscuridad de Góngora y Argote, en cuanto a la
disposición de la aliteración dentro de ciertas estructuras que surgen de
su pluma. Y es, en esta aliteración de la palabra, y en sus formas
comprimidas y relampagueantes, que hallamos el acto de la creación de la
palabra en la forma de su verbo reminiscente. Ellas son como sombras
ante el viento que van formando el movimiento de una ola, y que marchan
con el poeta hasta la orilla aconsejada.
La línea del mar se llena de los ojos del asombro. La
arena a su paso contiene sus huellas. El asombro del poeta recepciona lo
que los sentidos captan y los recuerdos llenan esa línea de los
horizontes: Quienes vienen a la playa/ es para tomar la brisa en sus
aletas/ mirar el mar a lontanaza/ escribir con el dedo gordo del pie/ un
nombre/ una imagen/ larga como el horizonte que se desvanece allá/
sumergirse en el golfo/ estrecho de tu océano...
El tiempo evocativo nos enseña a ver la totalidad de
los símbolos de mar, los antiguos y los modernos, y los que están en su
inmensidad y en sus orillas, y los cuales en cualquier momento recogen
nuestras sensaciones, se nos vienen a la memoria con cada ola y nos traen
un acto de lucidez.
La recepción del mar en la poesía de Juan Paredes
Carbonell, es la recepción del cuerpo azul, un cuerpo no solamente
contemplativo sino vivo, un gran campo que hace transmutar nuestros
sentidos. El cuerpo del mar es el cuerpo de la vida y el más bello de
todos, y al que el poeta hace el símbolo de su poesía. Ese cuerpo es el
que detiene el ayer, y el hoy. Y el tiempo evocativo pasa vertical y
horizontal y circular en la dialéctica de la regresión de la memoria.
Esos ciclos son los que generan ciertas metamorfosis
en la vida de los hombres, los que nos enseñan a ver diferentes puntos
vitales como relaciones o nexos necesarios en nuestras vidas, en donde
hacemos concientes el presente y el futuro.
Es domingo/ y las playas se cubren/ de niños y
de algas/ muy-muyes/ caracolas... A tu lado la vida es una sensación/ a
paz perpetua/ a felicidad/ a filo de agua/ a luz de remojo.
He referido que el mar no solamente es un elemento
contemplativo en la poesía de Juan Paredes Carbonell, sino el elemento
vivo y tierno de su creación. Allí bajo el amor nace la gestación en sus
fases: En su rotar de nueve meses/ entre Virgo y Capricornio/ nada
mi hija en tus entrañas...flota como un pez/ sin cola...
3.- Romanticismo o no?
(Juan Paredes Carbonell ha escrito, asimismo, que es
y no es también un poeta romántico). La duda lo invade: No sé si
escribir de este modo/ es romanticismo o no/ estilo/ siglo XVIII o XIX./
Importa poco saber si escribo/ igual que ayer./ El amor no tiene historia.
El trabajo poético de Juan Paredes Carbonell nos
vale también para revalorar lo que acontece con nuestra cultura, y para
perfilarla dentro de su dinámica espiritual nueva. En mi concepto la
poesía de Juan Paredes Carbonell viene de diferentes fuentes, describe las
parábolas literarias de las cuales estamos hechos con este sincretismo
recepcionado de dos culturas. La que hallamos en la dinámica propia y la
que ha influido en nuestra historia y destinos y la que nos ejercita el
mundo moderno.
Las diversas raíces escriturales de Juan Paredes
Carbonell, en nada tienen que ver con algún romanticismo sui -géneris o
tardío, ya sea éste definido en algunas de sus etapas o valoraciones.
Lo que veo en la poesía de Juan Paredes Carbonell, es
mas bien un lirismo que viene desde la poesía simbolista y universal
escrita para cualquier época, como muda comprimida de diferentes escuelas
y que su vena recoge y recicla en la transición de diversos elementos,
tomando también, entre ellos, los de la tradición de la lírica quechua.
Este lirismo tampoco es algo puro en su expresión y sus estructuras.
Veamos esta alquimia: Tomé tus manos y los
llené de imágenes/ tomé tus labios y los sembré/ de besos de sonetos/
endecasílabos versos libres/ y también reproches. En otro poema
escribe: Qué fuera sin ti la casa/ la sala de estar/ la cocina/ los
dormitorios abiertos a la noche/ cada una de las cosas donde/ existe el
toque tuyo/ un rastro de tus manos y el/ perfume que fluye de/ tu cuerpo a
cada instante... Lo que observo, es que el poeta mismo se esmera
en su trabajo creativo por darle una renovación en su contenido amoroso.
En algunas instancias de esa lírica y de búsqueda erótica sobre el papel
brota la lírica de un cántaro profundo soplado por los bemoles del Señor
de Zipán.
Hay también la apelación de elementos modernos, que
los vemos por ejemplo, ya en los títulos de los poemas: Eclosión, El
mar a toda máquina, gestación. También vemos dentro
de su poesía elementos griegos y judaicos, como por ejemplo:
Neptuno, Ulises, Comunión, Adán y Eva, etc.
Juan Paredes Carbonel es el poeta que
sueña, y que a veces se queda detenido en una parte del tiempo evocativo,
pero solamente dentro de su relatividad temporal hasta cuando el amor le
abre sus desenlaces, y la amante le muestra su cuerpo marino para entender
los momentos más bellos
de un sueño en los instantes
vividos por su juventud. Ello no tiene nada que ver con un romanticismo
evocativo o del sufrimiento, sino de gozo pleno y de inquietud natural. El
mismo hace esta aseveración: El amor no tiene historia.
Juan Paredes Carbonell, se ajusta a
esta relación eterna del amor y expone su tiempo evocativo frente al mar.
El mar es un cuerpo que crea SIEMPRE lo continuo del amor permanente.
Importa poco saber si escribo/ igual que ayer.
Pero qué poeta no vive y hace esa
relación entre los tiempos de sus vivencias? Quién no ha situado su
biografía en un instante del tiempo, hecho gota, para conocer lo que uno
es, lo que hubiera sido, lo que pudo ser bajo una posibilidad diferente? Y
también para saber, cómo fue aquella vida comparada con los saltos de
vallas dados por otros hombres de nuestros países, en el continuo ascender
o descender de la velocidad y del vértigo de las urbes?
El poeta advierte una duda,
entre la forma de escribir y la forma de pensar y de ser: No sé si
escribir de este modo/ es romanticismo o no/ estilo/ siglo XVIII o XIX.
Él no nos habla que es un romántico, no hace un modelo o un
concepto del romanticismo. El libro no respira romanticismo, sino adhiere
de una u otra forma algún ingrediente de esa escuela, que de alguna u otra
forma pervive entre nosotros.
Juan Paredes Carbonell no es el poeta
contemplativo, que va al pasado y allí encierra un viejo sueño, sino el
poeta que hace reflexivas sus vivencias, y muestra sus mutaciones en el
devenir de una vida, exponiendo su mundo en una biografía amorosa.
El libro, como ya hemos expuesto,
recoge el mar en toda la amplitud y en su simbolismo, tiene una relación
con la naturaleza marina y la familia. Si ello, es romanticismo o no, creo
ver, cuando el poeta opta con sus imágenes por la defensa intacta de ese
mundo marino, cuando él desea conservar con sus símbolos y sus dioses
viejos a ese mundo, casi en una declaración de amor a lo eterno y lo que
debe perdurar para la Humanidad.
Pero, quién no lucha en nuestros días
por preservar a la naturaleza, cuando nos llegan las clarinadas de su
conservación hasta de los países industriales que han atentado contra
ella, y han violentado sus leyes. En esa lucha se han volcado todas las
clases y grupos sociales que antes habían estado en pugna. Hasta las
clases conservadoras y liberales alzan sus voces por la preservación de la
vida. Y este hecho, ya es un momento regresivo en la dialéctica, que ha
detenido la lucha, aunque sea en ese punto, por la conservación de nuestro
mundo.
A Juan Paredes Carbonell,
no se lo puede asociar tampoco como el observador y el conservador de una
sociedad anterior, o de un feudo de un tiempo pasado, ni al poeta que
busca el detenimiento del tiempo. Tampoco lo es en el sentido biológico,
de la selección natural, como algunos grupos sociales y conservadores y
hasta fascistas lo pregonan.
El Perú tiene diferentes culturas, diferentes formas
de producción, diferentes formas de vida en sus regiones infinitas,
diversos movimientos y diversas formas de pensar. En el Perú total hay
procesos ideológicos y culturales diferentes. Formas de vida diferentes
que deben salir como aluviones de la inspiración de muchos de nuestros
poetas. Y sus trabajos deberían de ser analizados en formas diferentes,
mostrando al Perú cultural e integral en sus versiones diferentes y sus
sincretismos diferentes, que forman el cuerpo y el espíritu del hombre
peruano, sobre todo, en una de sus grandes regiones.
Final:
La familia Sagrada recoge, en su
última parte, a la familia como una expresión social necesaria, para el
desarrollo vital de esa cédula social, y en forma particular para el
poeta. Ya he dicho, que el poeta no busca la
utopía futura, ni el tiempo de oro, ni un modelo definido para todos los
individuos o grupos sociales. El poeta mismo es el espejo de sí mismo en
la biografía de sus impulsos y sus deseos y de lo que él es como ente
social. Su biografía, desde el inicio que vierte el tiempo del amor en el
cuerpo del mar, revierte después en el tiempo de la gestación con los
hijos como frutos de ese amor, y con ello deviene en la familia.
La Familia Sagrada,
observa como los tiempos cambian en sus ritmos apacibles y duros, también
nos muestra los momentos de alegría y de pesimismo. Ve lo que se sucede
en los procesos de la vida desde sus inicios y en los tramos finales. El
tiempo lo abre el poeta en su propia piel vivida, en su optimismo y
pesimismo. También el vate medita como los grandes Maestros de la
Literatura sobre lo efímero de la Vida, en sus logros y virtudes.
La vida vuela en menos de lo
que canta un gallo...
Muchos días fueron de cal y de
arena...
El amor se convirtió en
sabiduría...
Las copas de oro de las
jardineras/ lucen brillantes de fragilidad/ libres de impurezas...
El hombre sólo es hombre cuando
la mujer le fortalece/ el corazón y le da bríos a su vida...
El amor se ha vuelto compañía/
soledad de dos...
Viviremos en el corazón de
nuestros hijos...
Hay también reflexiones del tiempo
que fue y del que brota un sentimiento de lo que nos es anhelado, cuando
ya el tiempo no es vital, como lo fue antes, en el tiempo del mar, que es
eterno e inacabable, y del hombre que es breve y perecedero: Cuántos
años pasaron desde que me sembré en tu cuerpo?... Cada minuto que pasa
enluta nuestra felicidad recíproca... Dimos cabida a nuestro amor/ el amor
de nuestros hijos/ poesía mía/ etereno resplandor de cada día.
Todos estos versos brotan en comunión
con la familia, como lo ha sido el humanismo de todos los tiempos, vital e
imperecedero. Hay brotes clásicos y hasta románticos en sus versos, pero
estos versos son de las aguas de otros ríos: del poeta que vive en las
costas donde un mar está ligado a su vida, a su influjo y a sus pasiones;
y con este mar el poeta tramonta en su oleaje, y no en un reciclaje
solamente. Para ello hay que explicar que el mar, por lo menos, en
Alemania, tiene aguas frías, aún en la primavera. Para darse una idea de
ello, ver mi Pág. Web, bajo el rubro: „Los sombreros de Dayana“.
El joven Carlos Marx, escribía versos
de amor en el estilo clásico y romántico a su amada Jenny von Westpfhalen.
Carlos Marx, el filósofo genial de la filosofía alemana moderna,
también amaba lo clásico y se complacía leyendo los versos del
romántico alemán Heinrich . Lo clásico también amaba Federico Engels,
amigo de Marx, y con quien escribió el libro la Familia Sagrada (1844),
uno de los libros claves en el desarrollo de la teoría marxista, y del
método del desarrollo dialéctico de la historia en la confrontación y
esclarecimiento con los jóvenes hegelianos.
Juan Paredes Carbonel es el poeta que
no solamente ve como los tiempos
cambian en sus ritmos apacibles y duros dentro de su piel, sino que es su
testigo con la pluma y con la palabra creada por el amor, y por eso se
ajusta a este tiempo. Él
escribe libros de poesías en un país multicultural y de sangres diversas
y de varias naciones, concatenadas en un abrazo de lo que llamamos
Literatura Peruana.
José Pablo
Quevedo
Bernau,
2008.
http://www.josepabloquevedo.com/
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