|
|
El escritor y
la creación literaria
Por: Samuel Cavero
Escribir es un maravilloso acto
creador de hacer una original arquitectura, de construir con nuestras
manos su primer diseño, planear en el buen sentido los personajes y el
argumento de la obra para luego día a día en la más estricta soledad
tender sus primeras columnas y cimientos (escribiendo, claro está)
armando bien las paredes. No apurar ni desesperarse, el edificio se hace
imponiendo su forma y belleza con el esfuerzo del propio creador. Por lo
menos así es cuando se escribe una novela o un cuento de cierta
densidad, hay que primeramente planear antes de emprender la aventura,
luego una vez que se tienen en mente las ideas se debe sujetarlas
escribiéndolas para no perderlas, ejercer premeditadamente un control de
lo que va a suceder.
A
veces, la dureza de la vida no nos deja tiempo para estar a solas con
las palabras. El oficio del escritor, el escribir, es el oficio más
solitario del mundo. Una novela y el cuento exige un rigor casi ascético
de soledad, aislamiento tan necesario para que se produzca el proceso de
iluminación creativa en el escritor. Hoy, lo sabemos, el retiro exige
muchas renuncias, pero también es verdad que no está desprovisto de
justificaciones. Para un escritor que se precie de creador la necesidad
de estar solo es una necesidad de primer orden. Se busca la soledad para
ver claro fuera de un turbión de rostros e ideas. Se busca la soledad, y
en ello radica el límite de nuestra situación, para respirar mejor, para
volver a ser libre, para sentirse dios, para desmontar las herramientas
que nos permitirán hacer de la palabra un oficio artesanal, como el de
un orfebre.
El arte procede por medio de connotaciones que se van acumulando y
construyen unas verdades, pero estas verdades lo son en la medida en que
el consenso las acepte como verosímiles. En el arte no se trata nunca de
verdades, que es teóricamente inasible, sino de verosimilitud. Y este es
otro viejo problema teórico, nos dice Augusto Roa Bastos, no sin razón.
“La verosimilitud nunca ha tenido los estrechos límites que tiene para
quienes escriben sobre mundos más próximos pues la fascinación que
ejercen sobre el lector los relatos de Roa Bastos se basa en que junto a
la civilización y por debajo de ella está ese hombre múltiple y cruzado
con una compleja cultura superpuesta a una herencia ancestral en la que
se muestra la inmensa variedad del ser humano”.
Pero escribir más allá del simbolismo de la arquitectura -arquitectura
de una novela, sería un buen título-, es un acto que desborda a la obra,
es precisamente aceptar ver como el mundo transforma en discurso
dogmático una palabra que sin embargo se ha querido hacer depositaria de
un sentido ofrecido, escribir es pretender romper con la esclerosis de
los antiguos sistemas y lo que ya antes se ha escrito, es en buena
cuenta dejar que otros cierren por si mismos la propia palabra de uno, y
por tanto no es más que una proposición de la que nunca se sabe la
respuesta. Escribir es también una manera de mostrarse aunque el
escritor no sea en realidad como quiere mostrarse, es lo que he llamado
ponerse una careta, asumir un rol de asesino, de impostor, de navegante,
de detective, de amante obseso, en fin…según sea el personaje prototipo,
es una forma de teatralizar con la pluma. ¿Qué es la escritura para
Samuel Cavero? La escritura es oficio maravilloso de recrearse y
teatralizarse uno mismo, algo así como un acto vital fisiológico –que
llama a confidencias- para quien realmente ama la escritura, como yo.
Escribir para mí se convierte en el testimonio de compulsiones
eléctricas y de resistencias a escribir. Escribir es un proceso lento de
desatar obsesiones y aclararlas, de trompearme con ellas, de conciliar,
de hacer la paz o la guerra, o disfrazarlas según sea. Es además, muchas
veces aunque no siempre, un proceso de auto-análisis vivencial para
liberar energías y tensiones acumuladas ¿qué mejor terapia que aquella
de escribir donde uno es el médico y a la vez el paciente? ¿Dónde uno es
el juez y el criminal? Pregunto ¿esto no es teatralizar?
El proceso de escribir libera energías escondidas, ellas salen
expandiéndose quizá al lector en una y mil preguntas, sacude lo que ya
existe, lo recrea, lo envuelve, lo dice de muchas maneras, da aliento al
mundo, en suma permite respirar de diferente manera a los lectores, con
ello quiero decir que después de haber leído una obra sobretodo si es
provechosa el lector ya no será el mismo de antes, habrá cambiado,
espero que para bien, pues toda lectura al final de cuentas es siempre
provechosa, estimulante, ejemplarizadora, dignificadota, exploradora de
mundos y sensibilidades. Stephen King dice una gran verdad: “Si no hay
ninguna objeción, me gustaría aclarar algo lo antes posible. No hay
ningún depósito de Ideas, Central de relatos o Isla de Best-sellers
enterrados. Parece que las buenas ideas narrativas surjan de la nada,
planeando hasta aterrizar en la cabeza del escritor: de repente se
juntan dos ideas que no habían tenido ningún contacto y procesan algo
nuevo. El trabajo del narrador no es encontrarlas, sino reconocerlas
cuando aparecen” (Mientras escribo, Pág.32)
Todo tema es válido para el escritor, incluso los cuerpos no animados
pueden adoptar la vida de ese Dios creador. La histoire de l’Oeil de
George Bataille es la historia de un objeto. ¿Cómo puede tener historia
un objeto? El hecho de las aventuras de un objeto que pasa de mano en
mano, que cambia de propietario enriquece el poder creador de esta
novela moviéndose dentro de un imaginario.
Se puede escribir de cualquier tema hasta del más obsceno (y en esto
discrepo con la escritora Mari Paz Ovidi, notable pluma) si es que se
hace un tratamiento artístico de cuidado en el uso de las palabras, las
expresiones y las intenciones. Se puede escribir de de ciencia ficción,
de terror, en fin, pero con clase. Stephen King se confiesa: “Estaba
avergonzado. Desde entonces me he pasado muchos años (creo que
demasiados) avergonzándome de lo que escribía. Me parece que hasta los
cuarenta no entendía que casi todos los escritores de novelas, cuentos o
poesía de quienes se ha publicado siquiera una línea han sufrido alguna
u otra acusación de estar derrochando el talento que les ha regalado
Dios. Cuando una persona escribe siempre hay otra con ganas de
infundirle mala conciencia. No tiene mayor importancia”. (Op. Cit.
Pág.42)

|
|