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Ponencia presentada en el Primer foro: Una ciudad para un futuro sustentable, llevado a cabo el sábado 27 de octubre de 2007 y organizado por Socialdemocracia, APE

La sustentabilidad del desarrollo urbano en México… ¿una utopía?

Arq. Jorge David Villagómez Fernández (*)

“Hoy cualquier iniciativa económica, política, social o cultural tiene que ser evaluada en la perspectiva de los grandes embates internacionales, que definirán la fisonomía del mundo en el nuevo siglo. Los países que firman acuerdos de libre comercio comprometen, hipotecan el futuro de sus países –sin consulta a la ciudadanía– por un tiempo indefinido”.

Emir Sader

“El TLC de Bush padre y Salinas significó en 1993 el desmantelamiento del campo mexicano y de la planta productiva nacional, la migración de campesinos mexicanos a Estados Unidos y la cancelación de una vía propia de desarrollo para el país.

     El Plan México de Bush hijo y Calderón sienta en 2007 las bases del desmantelamiento del Estado nacional, convierte al pueblo mexicano en objetivo estratégico en las futuras guerras de Estados Unidos y culmina el distanciamiento de nuestro país con el resto de América Latina”

Luis Javier Garrido

1. Un poco de historia (origen del problema):

A partir de la revolución industrial momento histórico considerado como “el motor” de la urbanización del mundo, el pensamiento sobre la ciudad cambió rápida y drásticamente. En su inicio, la ciudad fue considerada como un objeto diferenciado del territorio que la contenía, vuelta hacía sí mismo, con una dinámica propia diferente y semiindependiente del contexto inmediato que la rodeaba; con el tiempo, dicho enfoque fue derivando gradualmente hacia una mejor comprensión de la relación simbiótica entre la ciudad y su área rural inmediata o hinterland de la cual dependía directamente sobre todo por razones de abasto de materia prima y de alimentos ya que la ciudad había dejado de producirlos para orientar su producción y economía a la transformación de los productos provenientes de dichas áreas rurales y a su comercialización. Así, fueron desarrollándose paulatinamente cada vez más los llamados productos industrializados y servicios urbanos especializados con la consecuente formación de nuevas clases sociales compuestas por industriales, obreros, mercaderes y administradores urbanos, y ya no solamente por campesinos, terratenientes y nobles.

     Con el tiempo, a éste planteamiento sobre la nueva naturaleza de la ciudad que además de considerar los aspectos de orden económico productivo como elementos estratégicos para ordenar armónica y eficientemente el crecimiento de la misma se le fueron sumando el análisis de los elementos de carácter socio cultural, político administrativo y sobre todo últimamente los de carácter medio ambiental, con el objetivo de avanzar hacia una planeación estratégica mucho más integral ya no sólo a nivel intraurbano sino ahora a nivel regional y en su última fase con alcances internacionales, dando lugar a la formación del segundo grado de influencia territorial de la ciudad conocida comúnmente como metropolización.

     De manera simultánea al ritmo que ha venido marcando el actual espíritu económico liberal extremo en búsqueda de la mayor rentabilidad al menor plazo posible, la ciudad se ha convertido en la entidad productora de bienes y servicios de menor costo y en el mercado cautivo y consumidor por excelencia de los apetitos económicos de la globalización, sin embargo, de manera paralela y en sentido contrario a la macrocefalia generada por las nuevas megalópolis, ha venido creciendo la preocupación por los impactos o externalidades negativas que dicho modelo de desarrollo urbano está produciendo en el medio ambiente natural tanto inmediato como a nivel regional, continental y hasta mundial, y por tanto, añadiéndose a la complejidad del análisis, la búsqueda de una racionalidad urbana o de un prototipo que puede ser llamado: desarrollo urbano sustentable.

 

2.     El paradigma de la sustentabilidad (o nostalgia del edén perdido):

Traigo a cuento lo expresado por la connotada investigadora inglesa Susanne Langer en su libro “Philosophy in a new key” donde señala que:

“en el universo intelectual, de vez en cuando aparecen ciertas ideas que impactan con tremenda fuerza, que parecen resolver todo, que aportan nuevas categorías de análisis, que prometen explicar todo o casi todo. Todo mundo se avanza sobre ellas a explotarlas en sus posibles extensiones, generalizaciones y derivaciones. Pero una vez familiarizados con ella, le damos su justa dimensión, si es valedera tendrá aplicaciones en el campo a que pertenece y formarán parte de nuestro arsenal intelectual, pero ya no tienen aquel promisorio alcance”.

     Estos nuevos paradigmas llegan aclarando las insuficiencias de un modelo en decaimiento que se muestra ineficiente para explicar las variables de algún fenómeno social o urbano del momento. Los nuevos paradigmas ofrecen una nueva y fresca visión sobre los viejos problemas, aportando nuevas herramientas de análisis pero una vez probada su eficiencia con la implementación y experimentación afloran sus propias limitaciones y surge así su verdadera dimensión tanto analítica como operativa; e incluso pueden caer en desuso ó en el olvido, repitiéndose una vez más el ciclo.

     Este proceso de gestación-conceptualización-impacto-degradación del conocimiento parece corresponderle en esta ocasión al paradigma de la sustentabilidad urbana así como correspondió anteriormente a otros como sería el caso de la participación ciudadana en la gestión urbanística, que, recordarán surgió con grandes expectativas ya que según la teoría, por este medio se lograrían obtener por fin mejores resultados en cuanto a lograr la conveniente involucración ciudadana y por ende se podrían construir, por fin, consensos socialmente comunes y materializar objetivos en materia de desarrollo urbano.

Entre paréntesis: vale la pena recordar que al inicio de la planeación urbana en nuestro país, el concepto de la participación ciudadana era un asunto de poca relevancia y prácticamente de nula aplicación ya que el Estado era quien asumía “paternal” y unilateralmente la responsabilidad de los procesos y estrategias del desarrollo nacional en general y de la planeación regional y urbana en particular.

     Pocos años después, ubicados ya en un incipiente marco de “apertura democrática”, el proceso de gestión urbana pasó a convertirse en la parte fundamental, en la pieza clave del proceso de planeación del desarrollo urbano, que sin embargo quedó en un intento fallido más a pesar de haberse integrado éste propósito en la elaboración y aprobación de los diversos planes y programas de desarrollo urbano. En la práctica el potencial de éste objetivo fue reducido a su mínima expresión como fue la figura de la consulta pública encargada a las juntas de colonos con todos sus vicios de parcialidad y cota de poder o bien a las oficinas de los ayuntamientos sin mayor estrategia de información e incorporación (retroalimentación) de las demandas ciudadanas. Quedando en mero simulacro de consulta ante las dificultades operativas por la falta de una adecuada metodología y sin seguimiento ante las claras contradicciones de lo estipulado en los planes y los hechos de la realidad, además de las contradicciones y cancelaciones de las propias metas de desarrollo nacional.

     Este fenómeno de enanismo mental expresado mediante la apropiación indiscriminada y acrítica de modelos extranjeros es más común de lo deseable en éste país tan ávido de buscar y copiar paradigmas y modelos de desarrollo externos sin mayor rigor de análisis ni consistencia moral, pero que permite a funcionarios y políticos en turno presentarse como conocedores e innovadores en la conducción del país ante un grupo mayoritario de ciudadanos carente de información y de educación crítica suficiente para evaluar dichas “propuestas” (baste recordar la diputada local quién copió literalmente reglamentos de un país latinoamericano y los expuso localmente como propuesta personal con la mayor “naturalidad” y cinismo, y peor aún sin consecuencias).

     Todo pareciera indicar que la estrategia de importar, trasladar acríticamente (tropicalizar, dicen unos) los últimos paradigmas, las concepciones filosófico políticas, los programas o modelos de desarrollo generados en los grandes centros intelectuales y tecnológicos de los países hegemónicos sólo han servido para retroalimentar y mantener vivo el propio y deficiente modelo local y la estructura del sistema político burocrático que los avala sin dejar mayor huella o transformación de su paso que mantener el status quo: “renovarse para seguir igual”, parece ser la consigna.

     Éste país ha tenido que inventarse cada seis años para seguir siendo desafortunadamente igual o peor; donde se ignoran los pocos logros alcanzados por administraciones anteriores y se desprecia la riqueza en conocimientos que esfuerzos anteriores han aportado. Este país vive en una especie de Condena de Sísifo (personaje mítico eternamente condenado a impulsar hacia la cima una enorme piedra, sin éxito).

     En este sentido es que debo manifestar mi pesimismo ante la posibilidad de alcanzar metas de cierta relevancia en materia de sustentabilidad urbana en éste país, por las siguientes razones:

  1. Los rudos tiempos actuales de un brutal, antisocial y ambientalmente depredador neoliberalismo globalizado, en donde los tradicionales conceptos nacionalistas y sus concreciones geográficas-económicas-políticas en los cuales estaba fundada la entidad cultural de un país o región, han quedado supeditadas, sometidas, a las presiones de los corporativos empresariales hegemónicos mundiales cuya finalidad es la apropiación del mercado y el aumento ilimitado del consumo de prácticamente cualquier cosa que se venda, la mayoría inútiles, con tendencia monopólica cada vez mayor, eliminando a su paso o reduciendo a su mínima expresión las capacidades y posibles competencias locales, lo que a la larga buscar inducir a la dependencia a regiones y países periféricos en los principales aspectos de la vida política, económica, tecnológica y cultural. La relación que ésta tendencia guarda con los centros urbanos es directa ya que los centros urbanos representan los principales mercados de producción y consumo, que son objeto de discordia y objetivo central de los capitales transnacionales: las ciudades son el mayor mercado jamás imaginado, concentrado y cautivo a dominar. Hoy por hoy, ya no es necesario conquistar territorios, se esclavizan mercados consumidores.

  2. La naturaleza de la ciudad: hay que hacer notar que la naturaleza de cualquier gran ciudad es esencialmente contraria a la noción de sustentabilidad. No hay producto social más insustentable que la propia ciudad ya que todo lo que existe en la ciudad es o ha sido objeto de transformación radical, nada tiene que ver con la naturaleza original de las cosas. La ciudad misma es un producto material, espacial, económico, político y social contrario a la noción de sustentabilidad. Su carácter contrario está claramente expresado por los diversos aspectos característicos de la vida urbana como son: el grado de concentración de las actividades urbanas, la naturaleza misma de las actividades típicas urbanas como son: la transformación de la materia prima, la prestación de servicios de distribución y mercadotecnia para la difusión y el incremento del consumo y los servicios profesionales-; por la cantidad y diversidad de insumos que la ciudad demanda del medio ambiente para el sostenimiento y producción de las actividades urbanas; por el volumen y velocidad de sus requerimientos energéticos de electricidad, gasolina, agua, alimentos y un sin fin de materias primas provenientes de diversas regiones, sean próximas o cada vez más lejanas; por la intensidad de la demanda de espacio necesario para uso habitacional, industrial, comercial, de circulación, etc.; todo ello promovido por el afán de incrementar cada vez más y más rápidamente la generación de riqueza económica a costa de lo que sea necesario, sean bienes naturales o bienes sociales. En escasas casos he observado que se analicen las externalidades negativas que dicho modelo económico y de crecimiento urbano acarrea consigo, como es el hecho de mantener rezagados del desarrollo general a los grupos sociales más débiles quienes viven todavía en condiciones parecidas al siglo XIX (sin acceso a servicios de educación, salud, empleo regular).

  • “El capitalismo, para elevar la tasa de ganancia, busca reducir por todos los medios el salario de los trabajadores. Se reducen al máximo los salarios indirectos o diferidos, como las pensiones y las jubilaciones, atacando al IMSSS o al ISSSTE, robando a mansalva a los trabajadores y dándoles sus ingresos a los especuladores financieros, y sobre todo, aumenta la intensidad del trabajo (para sacar plusvalía relativa) y se alarga todo lo posible la jornada laboral (obteniendo plusvalía absoluta)". La Jornada, mayo del 2007, Guillermo Almeyra, Economista.

     Así mismo, induce al fenómeno nada casuístico de mantener en la marginalidad a un porcentaje conveniente de trabajadores de bajos salarios para que compitan con el menor costo posible de mano de obra en la producción de mercancías y servicios urbanos; aunado a ello, la desigualdad existente en cuanto al acceso y disfrute de medios fundamentales para una vida de calidad: el espacio familiar suficiente de una vivienda adecuada complementada con suficientes espacios colectivos como parques, jardines y bosques con franco acceso público; contrastado en los hechos por un reducido grupo social selecto que disfruta de la mayor accesibilidad a ambientes naturales de calidad mientras que otros ni siquiera cuentan durante generaciones con la infraestructura urbana básica pagada por recursos públicos. Hay que señalar además la retribución irresponsable que las ciudades y los ciudadanos hacemos al medio ambiente natural que nos da sustento: nuestras ciudades regresan al medio ambiente que las rodea como “pago” por los servicios ambientales recibidos: basura, desechos tóxicos, agua y mantos freáticos contaminados, cuencas resecadas, deforestación, usos de suelo inadecuados, etc., etc.

“Las trasnacionales, mal llamadas agroindustrias, tienen un estilo de desarrollo (Oswaldo Sunkel dixit) que se caracteriza por el reemplazo de los mecanismos de mercado; generación de cambios casi irreversibles en las economías y sociedades nacionales; disminución de las opciones que se abren a los gobiernos para establecer estilos autónomos de desarrollo; homogenización de patrones de producción, comercialización; uso masivo de los medios de comunicación y consumo; intensificación de la explotación de los recursos naturales; generación sin precedente de desechos contaminantes que afectan agua, atmósfera y suelo; formación de una élite trasnacional identificada con sus patrones de consumo y cultura. Por ello, no tienen inconveniente en arrasar bosques, zonas protegidas, comunidades y pueblos indígenas”. La Jornada, Marcos Roitman Rosenmann.

     Todo ello nos indica que la naturaleza y la razón de existir de nuestras ciudades -y de la sociedad que la habita-, está basada en la producción indiscriminada de objetos de consumo, innocuos y nocivos, necesarios y superfluos, así como en la concentración de procesos de producción y distribución al menor costo posible y en el mantenimiento de un mercado de alto consumo que retroalimente el proceso al infinito, lo cual es contrario al sentido racional del consumo de bienes, a la recuperación programada de insumos sobre todo de carácter natural y la conservación de cualidades ambientales (contrario a las cotidianas parcelaciones autorizadas de parques y bosques públicos de la ciudad), además de impulsar los derechos sociales y la distribución equitativa y oportuna de beneficios económicos. Todas ellas nociones fundamentales de sustentabilidad urbana. En consecuencia la ciudad y nuestra sociedad actual -gobierno y sociedad- no creo que esté en condiciones político-culturales para avanzar hacia procesos racionales y científicos en búsqueda de un verdadero desarrollo. Ambos agentes, ciudad y sociedad, exigen vorazmente producir, consumir y desechar.

  1. Por otro lado, no olvidemos el viejo y gastado paradigma económico que rige aún la mente económica de nuestros funcionarios e inspira la formulación de programas federales, estatales y municipales; alimenta la mente y acción de políticos y empresarios en turno: la creación de riqueza es la forma de salir del subdesarrollo. Evidentemente la fórmula es demagógica porque no especifica a qué género de riqueza se refiere, con qué recursos, a partir de cuando?, de qué modo, cuánto tiempo, con qué formas de evaluación y responsabilidad, y desde luego una vez generada, de qué modo y a quienes se distribuirían los beneficios de dicha riqueza? Son preguntas perturbadoras que por el hecho de cuestionar el modelo en donde unos cuantos sí alcanzan los beneficios del mismo, se ignoran, se posponen, se disfrazan, etc., sin embargo, dicho argumento falaz lo podemos escuchar cotidianamente emitido por algún importante funcionario público o empresario en su afán de dar cátedra de economía.

  2. Por último, el tipo de planeación urbana que se realiza en nuestras ciudades se basa fundamentalmente en el frustrante intento de ordenar los usos del suelo y los modos e intensidades de la edificación de predios, con una “estrategia” de actualización periódica que en síntesis termina siendo de carácter más bien correctivo que preventivo, etc., son claras muestras de un modelo de planeación urbana relativamente simple de aplicar –que sirve para cumplir con los programas de la administración en turno-, pero que es ineficaz de fondo ya que no considera en su análisis, ni revisa o reflexiona las causas y efectos de un modelo de desarrollo y de planeación urbana que acrecienta la desigualdad y segregación social. No prescribe con oportunidad los impactos o costos sociales ni ambientales derivados de las contradicciones estructurales de dicho modelo de desarrollo económico urbano. En suma, es un modelo de planeación “ilustrativo” porque, en el mejor de los casos, expresa fielmente cómo están sucediendo las cosas, pero escasamente prevé estrategias y acciones consistentes y transformadoras de la realidad a mediano y largo plazo, es decir no planea nada. Si a eso le añadimos las contradicciones y los vicios característicos de nuestras administraciones públicas urbanas “responsables”, quienes se muestran coludidos en un mismo interés y propósito personal: el enriquecimiento rápido de funcionarios y empresarios inmobiliarios a través de disfrazar acciones ilegales o contrarias a derecho público, poco margen de maniobra queda para los que no tienen poder político o económico, o sea, la gran mayoría de la ciudadanía.

     Desde luego que, desde el punto de vista teórico, la ciudad sustentable merece ser considerada la mejor conceptualización o modelo urbano ideal a alcanzar; es la visión más compleja y elaborada que el hombre ha podido plantearse para intentar en alguna medida garantizar las condiciones de bienestar para su propia sobre vivencia y la de sus próximas generaciones, pero temo que requiere ir en contradicción con el modelo de desarrollo general y urbano establecido hasta ahora. Los principios fundamentales de una vida social, política, económica y ambiental sustentable, como son: democracia, derecho, equidad, justicia, participación, igualdad de oportunidades, distribución de la riqueza, etc., todas inherentes a una sociedad verdaderamente sustentable no los veo aplicables a corto plazo, insisto, en nuestro país. Tendríamos que vivir primero un largo proceso de desarrollo cultural social, un crecimiento en la madurez política que no veo resuelta a corto plazo, sobre todo antepuesta a las enormes diferencias socioeconómicas actuales. Tenemos una gran mayoría de la sociedad ocupada principalmente en sobrevivir, en medio comer, en conseguir un mejor empleo, con poco tiempo para reflexionar, sin tiempo para analizar los grandes hechos cotidianos y exigir a las autoridades y empresarios el cumplimiento de metas sociales y la repartición de oportunidades de desarrollo; para exigir en fin, sus propios derechos y asumir responsabilidades.

     Son tantos los años de atraso, inclusive de retroceso, y tanta las diferencia y deuda social que éste país tiene con su propio territorio y sus ciudadanos, que difícilmente lo veo compatible ante las evidencias contundentes de tanta ambición económica, política y empresarial disfrazada de desarrollo. Por ello es que, de acuerdo a ésta tendencia y a los hechos públicos de los últimos tiempos, no veo viable que como sociedad, vayamos a acceder a los rasgos mínimos de  sustentabilidad social,(1) económica, política, ni mucho menos urbana, sin pasar antes por un gran cambio social que pudiera darse no pacíficamente. Nos han llevado al extremo del abandono, la indiferencia y la desigualdad.

“los suburbios de las ciudades del tercer mundo son el nuevo escenario geopolítico decisivo”.

Mike Davis

     Por lo anteriormente expuesto considero que la meta de avanzar de manera franca hacia la sustentabilidad urbana es, en estos momentos, una Utopía en éste país. Sin embargo, como Utopía (modelo) cumple cabalmente con la función de orientar, de motivar, de dar cuerpo a la imagen-objetivo deseable y deseada por un gran grupo social consciente, honesto, humano e inteligente, es decir, da luz al largo camino por recorrer juntos.  La sustentabilidad no puede ser propósito de una sola persona o pequeño grupo, es trabajo de una sociedad, de un país en conjunto.

     Lo positivo son la formación de pequeños grupos sociales que organizadamente muestran cada vez más su inconformidad ante las decisiones unilaterales de un gobierno que pretende no verlos ni oírlos, pero que ahí están.

 

3. Imperioso observar los hechos más que palabras (las contradicciones y el peso de la inercia):

Para sustentar mi acre opinión me dediqué a observar las acciones, los hechos, tanto de autoridades o funcionarios públicos de los tres niveles de gobierno, así como las acciones de las más importantes empresas que inciden en la  vida pública de éste país. Cuando uno observa los actos de las personas, de la sociedad en general o de las autoridades en particular, cuando analizamos los hechos más que a las palabras o discursos, es ahí donde surgen, desde mi punto de vista, las verdaderas posibilidades de alcanzar una meta común, o bien salen a luz las contradicciones entre el discurso y los actos concretos, las incongruencias. Las palabras pudieron haber sido una expresión de buenos deseos, de buenas intenciones que suelen quedar sólo en eso, por tanto, sirven sólo como referentes de algo que se prometió sin un real compromiso, pero que políticamente era conveniente decir ya que era lo que la gente necesitaba escuchar en el momento, fenómeno muy común en tiempos de campaña política: la demagogia.

     Debemos entonces revisar algunos hechos concretos seleccionados de manera aleatoria, apoyándome en un medio público de información de alcance nacional respetable, informado, crítico y sin consigna de por medio. Van pues algunos botones nacionales de muestra:

 

En lo económico social:

Difícil creer en la sustentabilidad en un país que favorece la formación del hombre más rico del mundo, cuyos ingresos en el último año fueron al ritmo de 2.2 millones de dollares por hora con una fortuna total equivalente al 6% del PIB nacional, contrastando con un deprimido contexto social de 60 millones de pobres y 40 millones de ellos en indigencia. Característica de un modelo que privilegia la concentración del ingreso, y donde además, los que menos tienen pagan cada día mayores impuestos y los grupos empresariales pagan cada vez menos. (En 1992 los empresarios contribuyeron con el 3.1% del PIB y con el 2.8% en el 2006; mientras que los trabajadores pagaron un ISR sobre sus salarios equivalente al 2.1% del PIB, en el mismo período). La recaudación de impuestos en México es del 15% del PIB, que es mucho menor al promedio recaudado (36%) en países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos. O sea, que somos pobres, inequitativos y derrochadores.

 

En lo económico político:

Difícil creer en la sustentabilidad, donde los culpables del subdesarrollo nacional siempre son otros el mercado internacional del algodón, del maíz, del café, la caída del precio del petróleo, las crisis de la bolsa de New York, y no los titulares de las diversas secretarías nacionales responsables de desarrollar los programas y estrategias de desarrollo en función de la defensa de los recursos e intereses nacionales.

     Difícil creer en la sustentabilidad en un país como “México que está lleno de obstáculos a la competencia –declaró a Los Angeles Times George Grayson, especialista del College of William and Mary. Qué aún está lleno de monopolios públicos y privados y cuellos de botella”. (La Jornada, Domingo 11 de marzo de 2007, sección Economía).

 

En lo político social:

  • Difícil creer en la sustentabilidad mundial, cuando se le otorga el premio Nobel de la Paz a un personaje reconocido por su belicosidad.

  • Difícil creer en la sustentabilidad, cuando se observa a las instituciones (actuar) como instrumentos de dominación que han sido creadas y sostenidas para que una clase social privilegiada tenga el dominio y pueda, continuar la explotación de las clases subalternas, legitimarse como poder expoliador y garantizar los principios liberales y/o neoliberales. Jorge Gómez Naredo.

  • Cuando son tapadas con mantas tricolores las mantas de protesta en el zócalo de la ciudad de México con el apoyo de elementos del Estado Mayor Presidencial para de ésta manera, cercar el zócalo de la ciudad de México e impedir que el pueblo asistente en protesta se mezclara con parientes y amigos cercanos a los funcionarios federales. (15 de septiembre del 2007).

  • Cuando se prefiere gastar en resolver problemas del parque vehicular particular (socialmente menos requerido) en vez de desarrollar programas y sistemas de transporte público urbano eficientes y de calidad.

  • Cuando en la ciudad el peatón, el ciclista, quedan material y legalmente desprotegidos respecto de la atención otorgada a los vehículos. Donde ser peatón, ciclista o motociclista es jugarse la vida a cada momento por carecer de infraestructura vial, de accesibilidad y de protección legal suficiente y adecuada, y sin siquiera ser tomados en cuenta en la consulta de los programas de movilidad urbana, ni escuchados en sus demandas por las autoridades correspondientes.

 

En lo energético ambiental:

  • Difícil creer en la sustentabilidad, cuando un país se da el lujo de desperdiciar 30 años (1978 a 2007) de acceso a una voluminosa y noble renta petrolera (superior a 50 mil millones de dollares en 2006), y que por razones no claras poco a poco se nos va de las manos el destino de tanto dinero generado con recursos nacionales y sin exigir responsabilidad alguna.

“Mira, me dijeron, lo que nosotros producimos es petróleo, eso nos permite comprar todo lo demás, así que no hay necesidad de afanarse”. Venezolanos consultados para explicar porqué todas las mercancías existentes en sus supermercados eran de origen extranjero, incluyendo el ron (supuesta bebida nacional). Qué tan cerca estamos de este apático criterio?.

  • Difícil creer en la sustentabilidad, cuando hay que sumar 30 mil millones de dollares al fondo perdido de recursos provenientes de la ordeña fiscal de PEMEX, que se diluyeron en el gasto corriente. Ni un peso en obras de infraestructura, escuelas, carreteras, hospitales, restauración de sistemas de riego (por los que su fuga el 80% del agua). Ni un peso para mantenimiento, en exploración, explotación de nuevos campos petroleros, ya no digamos en refinerías, etc., etc. (según algunos estudios en diez años podríamos estar importando crudo). Y los responsables…?

  • Difícil creer en la sustentabilidad, cuando se prefiere construir una planta productora de electricidad en La Parota en el río Papagayo en Guerrero, afectando a 25 mil personas que perderían sus viviendas, tierras de cultivo, etc., a un costo de mil millones de USD, para generar electricidad por 5 horas en promedio que sería trasladada a los grandes centros de consumo. Pero para la población local no habría: ni electricidad, ni empleo en la construcción, ni posibilidad de conservar lo que tenían. (La alternativa sería construir en 14 puntos ya localizados 14 pequeñas o medianas plantas para producir energía de 8 a 10 horas diarias; una parte destinada para los grandes centros y otra para la región. La zona inundada y los costos bajarían sustancialmente, y se crearían además empleos para los habitantes de la región).

  • Difícil creer en la sustentabilidad, cuando se compran equipos aero generadores de electricidad, diseñados sin conocer las condiciones del viento en la zona de La Ventosa, Oaxaca, lo cual da como resultado la quema de 5 de los 7 generadores instalados en 1994, lo cual muestra la pésima planeación de la CFE. (Para un aprovechamiento racional no sólo de los equipos sino de nuestros recursos naturales, sería indispensable la planeación a largo plazo. Con un equipo técnico humano que acumule las experiencias y desarrolle soluciones en base a un plan energético para 20 o 25 años, con metas parciales evaluadas en periodos menores).

 

En lo ecológico ambiental:

  • Difícil creer en la sustentabilidad, cuando se dejan secar 13 de los 20 manantiales existentes en una comunidad de Oaxaca como resultado de la explotación minera que realiza una compañía extranjera y que ahora amenaza con contaminar la microcuenca que abastece a esa zona enclavada en la sierra norte. Los funcionarios de Conagua habían exentado a la empresa de obtener la autorización de impacto ambiental.

  • Difícil creer en la sustentabilidad, cuando a pesar de haberse incrementado los recursos de la Sagarpa en los últimos 7 años, estos han sido aplicados fundamentalmente para cubrir gastos que no tienen impacto directo en la producción como son: gastos en la operación de la propia secretaría, en proyectos de docencia, y otros, todos con poco impacto en la cadena productiva. Así, mientras que el presupuesto general se incrementó en un 18.2 % del 2000 a la fecha, los recursos canalizados a Procampo apenas registran un promedio real anual de 1.66 %. Resultado de ello ha sido la disminución de la superficie cultivada, en la producción de granos básicos, y consecuentemente, en la soberanía alimentaria del país.

 

En lo urbano habitacional-ambiental:

  • Difícil creer en la sustentabilidad, cuando las mismas autoridades municipales extienden permisos para un desarrollo habitacional en el área del manantial denominado Los Colomitos (fuera de lo establecido en el plan municipal de desarrollo urbano por ser declarada zona de inundación y recarga de mantos acuíferos). “No obstante la importancia de éste manantial, se ha venido atacando vil e impunemente por la construcción de un desarrollo habitacional que fue autorizado de manera irregular”, dijo el  Titular de la Semades.

  • La amenaza de urbanización existente sobre el Bosque del Nixticuil, (cercano a GDL), por carecer de la necesaria protección ambiental y de un programa de mantenimiento adecuado.

 

En cuanto a la relación campo-ciudad (breve crónica de los últimos años):

La acción combinada de apertura de fronteras a la importación de alimentos, privatización y desregulación ha despoblado al campo. Según un informe del banco Mundial desde que México forma parte del TLCAN, el campo ha perdido la cuarta parte de su población.

     Quienes negociaron el tratado (parte mexicana) sabían que eso iba a suceder. Según ellos era un paso necesario para la “modernización”, pues una nación no podría tener 30 por ciento de su población en el medio rural. Había pues que drenarla: mandarla a las ciudades.

     Afirmaron que era más fácil asistir a los campesinos como pobres en las grandes ciudades que hacerlo en las comunidades rurales. Dijeron que importar granos básicos y oleaginosas era bueno para México y para sus sectores más desfavorecidos, porque era más barato que producirlos aquí. Prometieron que nuestro nicho de mercado sería la agricultura semitropical.

     Nada de eso sucedió. La apertura comercial puso a competir a desiguales en condiciones de igualdad y arrasó con los agricultores nacionales. Los programas de combate a la pobreza en las ciudades y la dotación de servicios en las colonias pobres de las grandes urbes decayeron. El campo se convirtió en una inmensa fábrica de pobreza que pulsa a la población más joven, escolarizada y emprendedora.

     Por supuesto, quienes negociaron o inspiraron tan desastroso acuerdo comercial están muy lejos de haber rendido cuentas de su desaguisado. Por el contrario fueron premiados…

 

En síntesis:

Espero haber mostrado con unas cuantas perlas la fuente de mi escepticismo; soy el primero en lamentar tal estado de cosas. Soy parte de una generación que fue educada en el amor hacia el país, y en la creencia en el trabajo honesto, diario y fructífero. Pago rigurosamente mis impuestos a pesar que no veo correspondencia en la calidad de los servicios que recibimos como ciudadanos. Francamente los tiempos actuales o mejor dicho, los actuales hechos nacionales y locales, me tienen preocupado, ocupado y decepcionado.

     No veo un proyecto claro y digno de país, ni mucho menos programas y estrategias de desarrollo económico, político, energético, ambiental, social  y urbano congruentes con la imagen de un país pujante y autónomo (hasta donde sea geopolíticamente posible), con un sentido ciudadanizado de nación consciente y compartido.

     Por el contrario, escucho demasiada demagogia y observo una clara tendencia a ocultar, disfrazar, el estado real de las cosas y una cínica falta en la petición de cuentas y responsabilidades. Veo a la población abandonada a su propia suerte, a sus pocos o muchos recursos, pero sin cohesión. Veo desmantelada las bondades de la educación social, de atención a la salud y a la capacitación técnica, agropecuaria, pesquera, minera, etc., que de sustento al proyecto productivo de nación; actividades motoras de un país que así expresaría su confianza en sí mismo para alcanzar mejores etapas de desarrollo. Veo mucha soberbia y abuso sobre todo de autoridades públicas incrustadas en el poder y aferradas en ignorar la opinión y conocimientos de un pueblo que muchas veces tiene mejores respuestas para algunos de los problemas de ésta nación.

     Desde mi punto de vista, abordar las metas que exige el profundo sentido de la sustentabilidad no puede darse de otra manera si no es de manera socialmente compartida como proyecto de nación, Estado y sociedad en un mismo propósito, con un marco legal exigente y eficaz. No basado en promesas si no en hechos.

     El paradigma de la sustentabilidad es uno propósitos más nobles que he conocido, pero que fácilmente corre el riesgo de que por su complejidad se vea reducido en la práctica a meras recetas de forma y no de fondo, y entonces hacernos creer que vivimos en una sociedad y ciudad sustentables porque tenemos paseos dominicales en bicicleta o porque se construyen más puentes peatonales que pocos usan; o porque ocultamos cada vez más lejos la basura sin tratamiento, o porque traemos agua desde distancias cada vez más lejos sin pagar los costos reales, o porque los imecas duran menos tiempo concentrados, etc., en fin, una serie de aspectos superficiales que sin dejar de ser útiles, desvían la atención de los problemas estructurales o de fondo que tiene el modelo actual de de ciudad, de gobierno y de sociedad.

     Agradezco mucho su atención.


(1) Para ilustrar cuáles podrían ser algunos rasgos mínimos, señalo los del Instituto Mexicano para la Competitividad: un sistema de derecho confiable y objetivo, un manejo sustentable del medio ambiente, mantener la macroeconomía estable y tener  gobiernos eficientes y eficaces. Que me parecen absolutamente insuficientes y con una claro énfasis económico y no social. Más de los mismo.

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