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Ponencia presentada en el Primer foro: Una ciudad para un futuro sustentable, llevado a cabo el sábado 27 de octubre de 2007 y organizado por Socialdemocracia, APE |
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La sustentabilidad del desarrollo urbano en México… ¿una utopía? Arq. Jorge David Villagómez Fernández (*) |
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“Hoy cualquier iniciativa económica, política, social o cultural tiene que ser evaluada en la perspectiva de los grandes embates internacionales, que definirán la fisonomía del mundo en el nuevo siglo. Los países que firman acuerdos de libre comercio comprometen, hipotecan el futuro de sus países –sin consulta a la ciudadanía– por un tiempo indefinido”. Emir Sader |
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“El TLC de Bush padre y Salinas significó en 1993 el desmantelamiento del campo mexicano y de la planta productiva nacional, la migración de campesinos mexicanos a Estados Unidos y la cancelación de una vía propia de desarrollo para el país. El Plan México de Bush hijo y Calderón sienta en 2007 las bases del desmantelamiento del Estado nacional, convierte al pueblo mexicano en objetivo estratégico en las futuras guerras de Estados Unidos y culmina el distanciamiento de nuestro país con el resto de América Latina” Luis Javier Garrido |
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1. Un poco de historia (origen del problema): A partir de la revolución industrial –momento histórico considerado como “el motor” de la urbanización del mundo–, el pensamiento sobre la ciudad cambió rápida y drásticamente. En su inicio, la ciudad fue considerada como un objeto diferenciado del territorio que la contenía, vuelta hacía sí mismo, con una dinámica propia diferente y semiindependiente del contexto inmediato que la rodeaba; con el tiempo, dicho enfoque fue derivando gradualmente hacia una mejor comprensión de la relación simbiótica entre la ciudad y su área rural inmediata o hinterland de la cual dependía directamente sobre todo por razones de abasto de materia prima y de alimentos ya que la ciudad había dejado de producirlos para orientar su producción y economía a la transformación de los productos provenientes de dichas áreas rurales y a su comercialización. Así, fueron desarrollándose paulatinamente cada vez más los llamados productos industrializados y servicios urbanos especializados con la consecuente formación de nuevas clases sociales compuestas por industriales, obreros, mercaderes y administradores urbanos, y ya no solamente por campesinos, terratenientes y nobles. Con el tiempo, a éste planteamiento sobre la nueva naturaleza de la ciudad que además de considerar los aspectos de orden económico productivo como elementos estratégicos para ordenar armónica y eficientemente el crecimiento de la misma se le fueron sumando el análisis de los elementos de carácter socio cultural, político administrativo y sobre todo últimamente los de carácter medio ambiental, con el objetivo de avanzar hacia una planeación estratégica mucho más integral ya no sólo a nivel intraurbano sino ahora a nivel regional y en su última fase con alcances internacionales, dando lugar a la formación del segundo grado de influencia territorial de la ciudad conocida comúnmente como metropolización. De manera simultánea al ritmo que ha venido marcando el actual espíritu económico liberal extremo en búsqueda de la mayor rentabilidad al menor plazo posible, la ciudad se ha convertido en la entidad productora de bienes y servicios de menor costo y en el mercado cautivo y consumidor por excelencia de los apetitos económicos de la globalización, sin embargo, de manera paralela y en sentido contrario a la macrocefalia generada por las nuevas megalópolis, ha venido creciendo la preocupación por los impactos o externalidades negativas que dicho modelo de desarrollo urbano está produciendo en el medio ambiente natural tanto inmediato como a nivel regional, continental y hasta mundial, y por tanto, añadiéndose a la complejidad del análisis, la búsqueda de una racionalidad urbana o de un prototipo que puede ser llamado: desarrollo urbano sustentable.
2. El paradigma de la sustentabilidad (o nostalgia del edén perdido): Traigo a cuento lo expresado por la connotada investigadora inglesa Susanne Langer en su libro “Philosophy in a new key” donde señala que: “en el universo intelectual, de vez en cuando aparecen ciertas ideas que impactan con tremenda fuerza, que parecen resolver todo, que aportan nuevas categorías de análisis, que prometen explicar todo o casi todo. Todo mundo se avanza sobre ellas a explotarlas en sus posibles extensiones, generalizaciones y derivaciones. Pero una vez familiarizados con ella, le damos su justa dimensión, si es valedera tendrá aplicaciones en el campo a que pertenece y formarán parte de nuestro arsenal intelectual, pero ya no tienen aquel promisorio alcance”. Estos nuevos paradigmas llegan aclarando las insuficiencias de un modelo en decaimiento que se muestra ineficiente para explicar las variables de algún fenómeno social o urbano del momento. Los nuevos paradigmas ofrecen una nueva y fresca visión sobre los viejos problemas, aportando nuevas herramientas de análisis pero una vez probada su eficiencia con la implementación y experimentación afloran sus propias limitaciones y surge así su verdadera dimensión tanto analítica como operativa; e incluso pueden caer en desuso ó en el olvido, repitiéndose una vez más el ciclo. Este proceso de gestación-conceptualización-impacto-degradación del conocimiento parece corresponderle en esta ocasión al paradigma de la sustentabilidad urbana así como correspondió anteriormente a otros como sería el caso de la participación ciudadana en la gestión urbanística, que, recordarán surgió con grandes expectativas ya que según la teoría, por este medio se lograrían obtener por fin mejores resultados en cuanto a lograr la conveniente involucración ciudadana y por ende se podrían construir, por fin, consensos socialmente comunes y materializar objetivos en materia de desarrollo urbano. Entre paréntesis: vale la pena recordar que al inicio de la planeación urbana en nuestro país, el concepto de la participación ciudadana era un asunto de poca relevancia y prácticamente de nula aplicación ya que el Estado era quien asumía “paternal” y unilateralmente la responsabilidad de los procesos y estrategias del desarrollo nacional en general y de la planeación regional y urbana en particular. Pocos años después, ubicados ya en un incipiente marco de “apertura democrática”, el proceso de gestión urbana pasó a convertirse en la parte fundamental, en la pieza clave del proceso de planeación del desarrollo urbano, que sin embargo quedó en un intento fallido más a pesar de haberse integrado éste propósito en la elaboración y aprobación de los diversos planes y programas de desarrollo urbano. En la práctica el potencial de éste objetivo fue reducido a su mínima expresión como fue la figura de la consulta pública encargada a las juntas de colonos con todos sus vicios de parcialidad y cota de poder o bien a las oficinas de los ayuntamientos sin mayor estrategia de información e incorporación (retroalimentación) de las demandas ciudadanas. Quedando en mero simulacro de consulta ante las dificultades operativas por la falta de una adecuada metodología y sin seguimiento ante las claras contradicciones de lo estipulado en los planes y los hechos de la realidad, además de las contradicciones y cancelaciones de las propias metas de desarrollo nacional. Este fenómeno de enanismo mental expresado mediante la apropiación indiscriminada y acrítica de modelos extranjeros es más común de lo deseable en éste país tan ávido de buscar y copiar paradigmas y modelos de desarrollo externos sin mayor rigor de análisis ni consistencia moral, pero que permite a funcionarios y políticos en turno presentarse como conocedores e innovadores en la conducción del país ante un grupo mayoritario de ciudadanos carente de información y de educación crítica suficiente para evaluar dichas “propuestas” (baste recordar la diputada local quién copió literalmente reglamentos de un país latinoamericano y los expuso localmente como propuesta personal con la mayor “naturalidad” y cinismo, y peor aún sin consecuencias). Todo pareciera indicar que la estrategia de importar, trasladar acríticamente (tropicalizar, dicen unos) los últimos paradigmas, las concepciones filosófico políticas, los programas o modelos de desarrollo generados en los grandes centros intelectuales y tecnológicos de los países hegemónicos sólo han servido para retroalimentar y mantener vivo el propio y deficiente modelo local y la estructura del sistema político burocrático que los avala sin dejar mayor huella o transformación de su paso que mantener el status quo: “renovarse para seguir igual”, parece ser la consigna. Éste país ha tenido que inventarse cada seis años para seguir siendo desafortunadamente igual o peor; donde se ignoran los pocos logros alcanzados por administraciones anteriores y se desprecia la riqueza en conocimientos que esfuerzos anteriores han aportado. Este país vive en una especie de Condena de Sísifo (personaje mítico eternamente condenado a impulsar hacia la cima una enorme piedra, sin éxito). En este sentido es que debo manifestar mi pesimismo ante la posibilidad de alcanzar metas de cierta relevancia en materia de sustentabilidad urbana en éste país, por las siguientes razones:
Así mismo, induce al fenómeno nada casuístico de mantener en la marginalidad a un porcentaje conveniente de trabajadores de bajos salarios para que compitan con el menor costo posible de mano de obra en la producción de mercancías y servicios urbanos; aunado a ello, la desigualdad existente en cuanto al acceso y disfrute de medios fundamentales para una vida de calidad: el espacio familiar suficiente de una vivienda adecuada complementada con suficientes espacios colectivos como parques, jardines y bosques con franco acceso público; contrastado en los hechos por un reducido grupo social selecto que disfruta de la mayor accesibilidad a ambientes naturales de calidad mientras que otros ni siquiera cuentan durante generaciones con la infraestructura urbana básica pagada por recursos públicos. Hay que señalar además la retribución irresponsable que las ciudades y los ciudadanos hacemos al medio ambiente natural que nos da sustento: nuestras ciudades regresan al medio ambiente que las rodea como “pago” por los servicios ambientales recibidos: basura, desechos tóxicos, agua y mantos freáticos contaminados, cuencas resecadas, deforestación, usos de suelo inadecuados, etc., etc. “Las trasnacionales, mal llamadas agroindustrias, tienen un estilo de desarrollo (Oswaldo Sunkel dixit) que se caracteriza por el reemplazo de los mecanismos de mercado; generación de cambios casi irreversibles en las economías y sociedades nacionales; disminución de las opciones que se abren a los gobiernos para establecer estilos autónomos de desarrollo; homogenización de patrones de producción, comercialización; uso masivo de los medios de comunicación y consumo; intensificación de la explotación de los recursos naturales; generación sin precedente de desechos contaminantes que afectan agua, atmósfera y suelo; formación de una élite trasnacional identificada con sus patrones de consumo y cultura. Por ello, no tienen inconveniente en arrasar bosques, zonas protegidas, comunidades y pueblos indígenas”. La Jornada, Marcos Roitman Rosenmann. Todo ello nos indica que la naturaleza y la razón de existir de nuestras ciudades -y de la sociedad que la habita-, está basada en la producción indiscriminada de objetos de consumo, innocuos y nocivos, necesarios y superfluos, así como en la concentración de procesos de producción y distribución al menor costo posible y en el mantenimiento de un mercado de alto consumo que retroalimente el proceso al infinito, lo cual es contrario al sentido racional del consumo de bienes, a la recuperación programada de insumos sobre todo de carácter natural y la conservación de cualidades ambientales (contrario a las cotidianas parcelaciones autorizadas de parques y bosques públicos de la ciudad), además de impulsar los derechos sociales y la distribución equitativa y oportuna de beneficios económicos. Todas ellas nociones fundamentales de sustentabilidad urbana. En consecuencia la ciudad y nuestra sociedad actual -gobierno y sociedad- no creo que esté en condiciones político-culturales para avanzar hacia procesos racionales y científicos en búsqueda de un verdadero desarrollo. Ambos agentes, ciudad y sociedad, exigen vorazmente producir, consumir y desechar.
Desde luego que, desde el punto de vista teórico, la ciudad sustentable merece ser considerada la mejor conceptualización o modelo urbano ideal a alcanzar; es la visión más compleja y elaborada que el hombre ha podido plantearse para intentar en alguna medida garantizar las condiciones de bienestar para su propia sobre vivencia y la de sus próximas generaciones, pero temo que requiere ir en contradicción con el modelo de desarrollo general y urbano establecido hasta ahora. Los principios fundamentales de una vida social, política, económica y ambiental sustentable, como son: democracia, derecho, equidad, justicia, participación, igualdad de oportunidades, distribución de la riqueza, etc., todas inherentes a una sociedad verdaderamente sustentable no los veo aplicables a corto plazo, insisto, en nuestro país. Tendríamos que vivir primero un largo proceso de desarrollo cultural social, un crecimiento en la madurez política que no veo resuelta a corto plazo, sobre todo antepuesta a las enormes diferencias socioeconómicas actuales. Tenemos una gran mayoría de la sociedad ocupada principalmente en sobrevivir, en medio comer, en conseguir un mejor empleo, con poco tiempo para reflexionar, sin tiempo para analizar los grandes hechos cotidianos y exigir a las autoridades y empresarios el cumplimiento de metas sociales y la repartición de oportunidades de desarrollo; para exigir en fin, sus propios derechos y asumir responsabilidades. Son tantos los años de atraso, inclusive de retroceso, y tanta las diferencia y deuda social que éste país tiene con su propio territorio y sus ciudadanos, que difícilmente lo veo compatible ante las evidencias contundentes de tanta ambición económica, política y empresarial disfrazada de desarrollo. Por ello es que, de acuerdo a ésta tendencia y a los hechos públicos de los últimos tiempos, no veo viable que como sociedad, vayamos a acceder a los rasgos mínimos de sustentabilidad social,(1) económica, política, ni mucho menos urbana, sin pasar antes por un gran cambio social que pudiera darse no pacíficamente. Nos han llevado al extremo del abandono, la indiferencia y la desigualdad. “los suburbios de las ciudades del tercer mundo son el nuevo escenario geopolítico decisivo”. Mike Davis Por lo anteriormente expuesto considero que la meta de avanzar de manera franca hacia la sustentabilidad urbana es, en estos momentos, una Utopía en éste país. Sin embargo, como Utopía (modelo) cumple cabalmente con la función de orientar, de motivar, de dar cuerpo a la imagen-objetivo deseable y deseada por un gran grupo social consciente, honesto, humano e inteligente, es decir, da luz al largo camino por recorrer juntos. La sustentabilidad no puede ser propósito de una sola persona o pequeño grupo, es trabajo de una sociedad, de un país en conjunto. Lo positivo son la formación de pequeños grupos sociales que organizadamente muestran cada vez más su inconformidad ante las decisiones unilaterales de un gobierno que pretende no verlos ni oírlos, pero que ahí están.
3. Imperioso observar los hechos más que palabras (las contradicciones y el peso de la inercia): Para sustentar mi acre opinión me dediqué a observar las acciones, los hechos, tanto de autoridades o funcionarios públicos de los tres niveles de gobierno, así como las acciones de las más importantes empresas que inciden en la vida pública de éste país. Cuando uno observa los actos de las personas, de la sociedad en general o de las autoridades en particular, cuando analizamos los hechos más que a las palabras o discursos, es ahí donde surgen, desde mi punto de vista, las verdaderas posibilidades de alcanzar una meta común, o bien salen a luz las contradicciones entre el discurso y los actos concretos, las incongruencias. Las palabras pudieron haber sido una expresión de buenos deseos, de buenas intenciones que suelen quedar sólo en eso, por tanto, sirven sólo como referentes de algo que se prometió sin un real compromiso, pero que políticamente era conveniente decir ya que era lo que la gente necesitaba escuchar en el momento, fenómeno muy común en tiempos de campaña política: la demagogia. Debemos entonces revisar algunos hechos concretos seleccionados de manera aleatoria, apoyándome en un medio público de información de alcance nacional respetable, informado, crítico y sin consigna de por medio. Van pues algunos botones nacionales de muestra:
En lo económico social: Difícil creer en la sustentabilidad en un país que favorece la formación del hombre más rico del mundo, cuyos ingresos en el último año fueron al ritmo de 2.2 millones de dollares por hora con una fortuna total equivalente al 6% del PIB nacional, contrastando con un deprimido contexto social de 60 millones de pobres y 40 millones de ellos en indigencia. Característica de un modelo que privilegia la concentración del ingreso, y donde además, los que menos tienen pagan cada día mayores impuestos y los grupos empresariales pagan cada vez menos. (En 1992 los empresarios contribuyeron con el 3.1% del PIB y con el 2.8% en el 2006; mientras que los trabajadores pagaron un ISR sobre sus salarios equivalente al 2.1% del PIB, en el mismo período). La recaudación de impuestos en México es del 15% del PIB, que es mucho menor al promedio recaudado (36%) en países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos. O sea, que somos pobres, inequitativos y derrochadores.
En lo económico político: Difícil creer en la sustentabilidad, donde los culpables del subdesarrollo nacional siempre son otros –el mercado internacional del algodón, del maíz, del café, la caída del precio del petróleo, las crisis de la bolsa de New York–, y no los titulares de las diversas secretarías nacionales responsables de desarrollar los programas y estrategias de desarrollo en función de la defensa de los recursos e intereses nacionales. Difícil creer en la sustentabilidad en un país como “México que está lleno de obstáculos a la competencia –declaró a Los Angeles Times George Grayson, especialista del College of William and Mary–. Qué aún está lleno de monopolios públicos y privados y cuellos de botella”. (La Jornada, Domingo 11 de marzo de 2007, sección Economía).
En lo político social:
En lo energético ambiental:
“Mira, me dijeron, lo que nosotros producimos es petróleo, eso nos permite comprar todo lo demás, así que no hay necesidad de afanarse”. Venezolanos consultados para explicar porqué todas las mercancías existentes en sus supermercados eran de origen extranjero, incluyendo el ron (supuesta bebida nacional). Qué tan cerca estamos de este apático criterio?.
En lo ecológico ambiental:
En lo urbano habitacional-ambiental:
En cuanto a la relación campo-ciudad (breve crónica de los últimos años): La acción combinada de apertura de fronteras a la importación de alimentos, privatización y desregulación ha despoblado al campo. Según un informe del banco Mundial desde que México forma parte del TLCAN, el campo ha perdido la cuarta parte de su población. Quienes negociaron el tratado (parte mexicana) sabían que eso iba a suceder. Según ellos era un paso necesario para la “modernización”, pues una nación no podría tener 30 por ciento de su población en el medio rural. Había pues que drenarla: mandarla a las ciudades. Afirmaron que era más fácil asistir a los campesinos como pobres en las grandes ciudades que hacerlo en las comunidades rurales. Dijeron que importar granos básicos y oleaginosas era bueno para México y para sus sectores más desfavorecidos, porque era más barato que producirlos aquí. Prometieron que nuestro nicho de mercado sería la agricultura semitropical. Nada de eso sucedió. La apertura comercial puso a competir a desiguales en condiciones de igualdad y arrasó con los agricultores nacionales. Los programas de combate a la pobreza en las ciudades y la dotación de servicios en las colonias pobres de las grandes urbes decayeron. El campo se convirtió en una inmensa fábrica de pobreza que pulsa a la población más joven, escolarizada y emprendedora. Por supuesto, quienes negociaron o inspiraron tan desastroso acuerdo comercial están muy lejos de haber rendido cuentas de su desaguisado. Por el contrario fueron premiados…
En síntesis: Espero haber mostrado con unas cuantas perlas la fuente de mi escepticismo; soy el primero en lamentar tal estado de cosas. Soy parte de una generación que fue educada en el amor hacia el país, y en la creencia en el trabajo honesto, diario y fructífero. Pago rigurosamente mis impuestos a pesar que no veo correspondencia en la calidad de los servicios que recibimos como ciudadanos. Francamente los tiempos actuales o mejor dicho, los actuales hechos nacionales y locales, me tienen preocupado, ocupado y decepcionado. No veo un proyecto claro y digno de país, ni mucho menos programas y estrategias de desarrollo económico, político, energético, ambiental, social y urbano congruentes con la imagen de un país pujante y autónomo (hasta donde sea geopolíticamente posible), con un sentido ciudadanizado de nación consciente y compartido. Por el contrario, escucho demasiada demagogia y observo una clara tendencia a ocultar, disfrazar, el estado real de las cosas y una cínica falta en la petición de cuentas y responsabilidades. Veo a la población abandonada a su propia suerte, a sus pocos o muchos recursos, pero sin cohesión. Veo desmantelada las bondades de la educación social, de atención a la salud y a la capacitación técnica, agropecuaria, pesquera, minera, etc., que de sustento al proyecto productivo de nación; actividades motoras de un país que así expresaría su confianza en sí mismo para alcanzar mejores etapas de desarrollo. Veo mucha soberbia y abuso sobre todo de autoridades públicas incrustadas en el poder y aferradas en ignorar la opinión y conocimientos de un pueblo que muchas veces tiene mejores respuestas para algunos de los problemas de ésta nación. Desde mi punto de vista, abordar las metas que exige el profundo sentido de la sustentabilidad no puede darse de otra manera si no es de manera socialmente compartida como proyecto de nación, Estado y sociedad en un mismo propósito, con un marco legal exigente y eficaz. No basado en promesas si no en hechos. El paradigma de la sustentabilidad es uno propósitos más nobles que he conocido, pero que fácilmente corre el riesgo de que por su complejidad se vea reducido en la práctica a meras recetas de forma y no de fondo, y entonces hacernos creer que vivimos en una sociedad y ciudad sustentables porque tenemos paseos dominicales en bicicleta o porque se construyen más puentes peatonales que pocos usan; o porque ocultamos cada vez más lejos la basura sin tratamiento, o porque traemos agua desde distancias cada vez más lejos sin pagar los costos reales, o porque los imecas duran menos tiempo concentrados, etc., en fin, una serie de aspectos superficiales que sin dejar de ser útiles, desvían la atención de los problemas estructurales o de fondo que tiene el modelo actual de de ciudad, de gobierno y de sociedad. Agradezco mucho su atención. (1) Para ilustrar cuáles podrían ser algunos rasgos mínimos, señalo los del Instituto Mexicano para la Competitividad: un sistema de derecho confiable y objetivo, un manejo sustentable del medio ambiente, mantener la macroeconomía estable y tener gobiernos eficientes y eficaces. Que me parecen absolutamente insuficientes y con una claro énfasis económico y no social. Más de los mismo. |
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