Guadalajara, Jalisco, a 15 de noviembre de 2008.
Mtro. José Luis Rodríguez Flores
Presidente de Socialdemocracia, APE
Bienvenidas y bienvenidos sean a este encuentro que nos permite confraternizar con los protagonistas de un segmento de la izquierda en Jalisco cuya travesía a partir de la década de los cincuenta del siglo XX, dejó una huella imborrable. Permítanme que a nombre de Socialdemocracia, Agrupación Política Estatal, agradezca a todas y todos ustedes su invaluable presencia en este significativo momento, que pretende evitar quedar atrapado en la retrospectiva de un camino transitado para que sus ecos puedan en una recuperación crítica, valorarse en el presente y proyectarse al futuro.
Lo que hoy nos convoca, es un evento para reconocer la trayectoria política de destacados militantes del Partido Comunista Mexicano que integran una generación que se atrevió a transitar una ruta llena de riesgos e incertidumbres en un proceso cuya duración se extiende por más de cinco décadas. Al hacerlo, procedemos como todo intento humano por intentar desentrañar la trascendencia de los acontecimientos históricos que protagonizaron, de cómo éstos incidieron en la conformación del presente y cual es su legado histórico para las generaciones del futuro.
El acto trasciende más allá de la satisfactoria motivación que hoy nos congrega, porque la trayectoria política de los hoy homenajeados constituye una expresión de las luchas de la sociedad jalisciense y del imaginario social que instituye lo nuevo. Hoy a la distancia, podemos comprender mejor que aún como mujeres y hombres de izquierda con convicciones que los llevaron a actuar políticamente, no estuvieron nunca exentos de tener que dirimir la disyuntiva entre la capacidad transformadora de la acción política que conlleva toda apertura del pensamiento y la autocomplacencia del conservadurismo como práctica al que conduce irremediablemente la clausura del pensamiento.
No podemos ya por desgracia, reconocer en vida a los pioneros que durante las décadas de los 20, 30 y 40 del siglo pasado dieron los primeros pasos para sentar en Jalisco las bases de una izquierda independiente del poder central que procesaba la consolidación del Estado-nación. Sin el sacrificio y el heroísmo anónimo de muchos de ellos, difícilmente pudiéramos estar reunidos en esta ocasión para reconocer a los hoy homenajeados. Más sin embargo, podemos por fortuna escuchar los ecos de la determinación en sus acciones en los versos que parecen imperecederos compuestos en honor de José Díaz, fundador junto con David Alfaro Siqueiros del Sindicato Rojo de Oficios Varios en Cinco Minas, asesinado de manera artera y uno de cuyos fragmentos expresa:
Yo no me doy, decía el hermano José
seguiremos en la lucha, hasta morir o vencer
Y en esta ruta, resulta impostergable también recuperar el legado de los “héroes del Magallanes” fusilados en España en 1936. Hoy, cumplimos de manera modesta la exhortación que hiciera en su libro Mi Testimonio Valentín Campa, una de las figuras emblemáticas de la izquierda mexicana, para reconocer en este acto el sacrificio de los jóvenes comunistas Manuel Zavala de 21 años y Carlos Gallo Pérez de 23 años originarios de Guadalajara, así como de Ricardo Solórzano originario de Ameca, quienes marcharon a la península ibérica en el barco español Magallanes para defender a la República y luchar contra el fascismo, y quienes con serenidad y valor supieron encarar las torturas y el pelotón de fusilamiento de los franquistas.
A la luz de los dramáticos acontecimientos de las décadas precedentes como los señalados, la militancia política en el entonces Partido Comunista Mexicano y las organizaciones políticas de la izquierda de los años 50, requería algo más que la convicción en los ideales ante la adversidad de un mundo hostil. Hay que recordar que la Segunda Guerra Mundial y la disolución de la Internacional Comunista, trajeron consigo las áreas de influencia y la guerra fría, que provocaron a su vez el mundo bipolar y el equilibrio nuclear. Y una de las consecuencias más nefastas de la división entre Oriente y Occidente, fue la consolidación del autoritarismo en el ejercicio del poder. Para la sociedad y la izquierda de la región, la guerra fría significó la larga noche del fortalecimiento de las dictaduras y de los regímenes autoritarios en los países de América Latina.
Después del callismo, la etapa totalitaria del régimen de la Revolución Mexicana que condujo a la clandestinidad al Partido Comunista de México, la gestión del cardenismo parecía haber despejado una nueva perspectiva histórica para nuestro país. Sin embargo, la sombra de la división mundial en dos sistemas socioeconómicos creados a partir de la segunda guerra, desató en el continente americano la histeria anticomunista, la proscripción y la persecución no solo de los comunistas, sino de todo aquél que se atreviera a sustentar un pensamiento crítico.
Y en ese ambiente de asfixia política, todo intento democratizador era combatido sin piedad. No es de extrañar que la década de los cincuenta fuera prolífica en la variedad de luchas sociales de los trabajadores por la libertad y la democracia sindical. A ello contribuyó el corporativismo que acompañó la consolidación del Estado nacional al institucionalizar el charrismo y establecer en la legislación secundaria el monopolio de la representación sindical, integrando una figura perversa de sometimiento de los trabajadores que no obstante la inconstitucionalidad decretada ya por la Suprema Corte de Justicia de la Nación, persiste hasta nuestros días como una práctica que patentiza la democracia ausente en la mayoría de los sindicatos.
En este contexto, en Jalisco es de destacar la determinación de ferrocarrileros como Basilio Bañuelos Cisneros, Jesús Ramos Molina, Jesús Ceja, Carlos Vázquez Orozco y Manuel Rodríguez, los cuales no solo ingresaron al Partido Comunista, sino que participaron de manera activa y a la vez sufrieron la represión en el movimiento ferrocarrilero de 1958-1959, de Manuel Cázares dirigente sindical en Cementos Guadalajara, de José Díaz Carrillo dirigente de la sección local en Tamazula del sindicato azucarero, de Manelik Godínez Guerrero quien participó en el movimiento de los telegrafistas, de Félix López quien a contracorriente pudo actuar entre los trabajadores de Correos, de las profesoras Josefina Ortiz Mariotte y Ma. Guadalupe Ortega quienes organizaron y participaron en el movimiento de los maestros de la sección 47 del SNTE, de médicos de la talla de Francisco Briseño, Jorge Delgado Reyes, Enrique Aguilera Prado, Rafael Espinoza Bonilla, Alfredo Vázquez Castellanos y Alfonso Partida Labra, quienes abrieron brecha en los sindicatos y las instituciones de salud.
No podemos tampoco olvidar la determinación de abogados como el Lic. Jesús Gutierrez Marín, militantes abnegados como Apolinar Rentería, Marcial Hernández, Angel Estrada Haro, Lenin Michel y José Flores, estos dos últimos a su vez dirigentes estudiantiles en el Politécnico de la Universidad de Guadalajara, o el papel destacado de dirigentes estatales del Partido Comunista como Mario Rivera, el Profr. Reyes Fuentes, Castillo Cobos, el Dr. Enrique Hernández Aguilera, Alfredo Sánchez Islas, Lorenzo Vázquez, Lolita Vidrio, Angelina Acosta y el Dr. Alfonso Partida Labra. Es de destacar el caso de Alfredo Sánchez Islas, quien no obstante las descalificaciones aún dentro del propio partido, mantuvo siempre la firmeza y la convicción de sus ideales.
Y en ese duro batallar, cayeron asesinados dirigentes campesinos como Albino Valadez, Leonardo y Refugio Sandoval en Tequila en 1956. La exploración de este camino transitado requiere desde luego una reconstrucción histórica exhaustiva que no excluya ni discrimine a ningún protagonista, pero por ahora, con los trabajos ya editados y los datos disponibles proporcionados por los sobrevivientes, todos ellos deben ser considerados con todo merecimiento auténticos forjadores de una izquierda independiente que no solo desafió, sino que pudo sobrevivir a los embates de la derecha radical jalisciense y a la expresión local autoritaria del Leviatán.
Como parte de esa generación, Samuel Meléndrez Luévano, Luciano Rentería Estrada y Gilberto Enríquez García que ya no está entre nosotros, jugaron un destacado papel. Como todos sus compañeros de generación, fueron víctimas también del clima de estigmatización generado por el conservadurismo de la derecha social y política jalisciense, la persecución y la cárcel de un régimen político autoritario y además, testigos de asesinatos de compañeros entrañables. Compartieron así los dramas de la sobrevivencia y el acoso constante, pero siempre contaron con la solidaridad de sus familias y de sus compañeros de partido.
El costo que se tuvo que pagar en la lucha por intentar construir una alternativa independiente del poder fue muy alto, pues en general es el precio que todo autoritarismo pretende cobrar al desafío a su poder despótico. Pero ellos hicieron algo adicional, algo que aparenta lo intangible pero de enorme significado y trascendencia. Ante el dogmatismo partidista que entonces prevalecía en el seno del movimiento comunista internacional se atrevieron a dudar, aquello que Carlos Marx consideró la cualidad más importante del hombre, pues en medio del dogma fueron paulatinamente construyendo una visión herética. Y en este sentido, la duda se convirtió en una virtud y de ninguna manera en motivo de sospecha, dado que aquélla es la fuente de la imaginación y la creatividad en la vida.
Es evidente que esta visión no hubiera podido surgir sin el XX Congreso del PCUS de 1956 y el juicio histórico al estalinismo. El “informe secreto” de Kruchov no solo reveló los crímenes de Stalin, sino que fue el preludio de una crisis que culminó con el colapso del socialismo real en 1989. Tampoco hubiera podido emerger, si estos protagonistas no hubieran participado aún con las resistencias procreadas por las certezas del dogma, en el prolongado proceso que llevó al PCM a actuar con independencia en el seno del movimiento comunista internacional, contribuir a la unidad de la izquierda mexicana al reconocer su pluralidad y colocar como parte esencial de su ideario político la lucha por la democracia.
El mérito por lo tanto, fue atreverse a pensar por sí mismos. Ya sabemos que los que se atreven a dudar, encuentran salvo contadas ocasiones la incomprensión de sus pares a partir de ancestrales culturas autoritarias, como ha sucedido en el caso de México y de Jalisco. Encarar el paradigma en el pensamiento dominante de su campo político, repensar la cultura de la que formaron parte y buscar rutas propias como ellos lo hicieron resultó siempre una apuesta arriesgada, pues la institución de lo nuevo encuentra siempre la resistencia de lo instituído.
Y esto es precisamente lo que hoy se requiere ante la crisis financiera global, la primera crisis del capitalismo en la era de la globalización, ante la cual la izquierda está emplazada a recuperar la brújula repensando los antiguos y recuperando nuevos paradigmas. Aunque varias fórmulas económicas construidas en los dos siglos precedentes contienen todavía fundamentos vigentes, no pueden por sí mismas cimentar todas las respuestas a la economía globalizada. La propia fórmula de la socialdemocracia, tanto Mercado como sea posible y tanto Estado como sea necesario, no resulta fácil en su aplicación.
En otro campo, el pensamiento único que postuló el fin de la historia después de la caída del Muro de Berlín, ha resultado en esencia un fundamentalismo de mercado que se expresa en el decálogo de instrumentos de política económica neoliberal que el Consenso de Washington diseñó y que durante tres décadas, se ha aplicado como dogma en los países en desarrollo y en América Latina por los discípulos predilectos de la política monetarista. Hoy, este dogma promovido sin el menor rubor en las ultimas décadas por el conservadurismo delirante de Ronald Reagan y Margaret Thatcher ha colapsado y la crisis de Wall Street ha puesto en evidencia la inoperancia de un modelo económico basado en el dejar hacer y el dejar pasar.
El reto de las sociedades modernas por lo tanto es lograr el justo equilibrio entre el Estado y el Mercado, donde el Estado adquiera la centralidad perdida y la sustentación del mismo esté basada en la legitimidad que solo puede otorgar la ciudadanía. Pero un paso en esa dirección ante la democracia ausente en las instituciones económicas globales, impone un tránsito del Consenso de Washington a una nueva gobernabilidad global, lo cual implica entre otras premisas las necesarias reformas de los organismos financieros internacionales y del comercio: el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización Mundial de Comercio.
En consecuencia, esta inmensa tarea no puede realizarse a espaldas de la experiencia histórica del siglo XX. Si, como lo evidencian la crisis energética y alimentaria, el hambre y la pobreza en vastas regiones del planeta, estamos ante el hecho incontrovertible de que el capitalismo depredador en la era de la globalización ha profundizado la desigualdad social y regional a escala global y acelerado el cambio climático que amenaza la supervivencia del planeta. Pero sin repensar en las catastróficas consecuencias que trajo para la humanidad y para el ideal socialista, la cancelación de las libertades en el socialismo real, no se irá a ninguna parte, cuando mucho, a repetir las tragedias que ya padeció la humanidad, pero en mayor escala.
Si la democracia y el socialismo integran valores perdurables porque constituyen proyectos civilizadores de la humanidad, entonces nunca debieron haberse disociado. Sin embargo, como todos sabemos la disociación aconteció precipitada por la desunión en la izquierda europea que terminó por despejar el camino al fascismo que condujo a las dos guerras mundiales, los genocidios y los totalitarismos. Si algo hay que aprender de la centuria anterior, es que la libertad y la equidad social no deben bifurcarse y constituir en todo caso los ejes vertebradores del pensamiento y la acción política de un renovado socialismo democrático.
Deberíamos aprender entonces del siglo XX, la lección de que ya no puede existir socialismo sin libertad, pero tampoco democracia sin equidad social. La fortaleza del movimiento mundial de las izquierdas radica en la no separación de este binomio que debe ser indisoluble y en la herencia histórica del carácter cosmopolita del pensamiento socialista y democrático. Por eso, hoy más que nunca requerimos desprendernos de todos los esquemas anacrónicos que reiteradamente han conducido a derrotas inexplicables. La apuesta que la izquierda hizo por la democracia en nuestro continente, deriva de su propia experiencia en la lucha contra el autoritarismo que tuvo que enfrentar, pero no ha resultado nada sencilla su construcción.
A este respecto, resulta revelador el texto de la presentación del Informe sobre La Democracia en América Latina, auspiciado por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo cuyo contenido expresa:
“La construcción democrática se plasma a través de la política. Y aquí sucede algo similar a lo que acabo de señalar: también la política tiene graves carencias, lo que ha producido un rechazo creciente en nuestras sociedades hacia quienes la ejercen. Este informe no es benévolo a la hora de mostrar la gravedad de la crisis de la política y los políticos. Pero estos políticos son los que han dado las luchas, los que han optado entre costos, los que han pagado con su prestigio u honor sus defectos o faltas. No tienen la pureza de quienes sólo asumen el riesgo de opinar. Muchos tienen la sencilla valentía de pelear en un escenario donde, las más de las veces, lo que se confronta no son grandes ideas, sino pasiones y miserias. Algunos temen y abandonan, otros cometen errores y –de una u otra manera- pagan por ellos, pero una mayoría hizo más que opinar acerca de cómo deberían ser hechas las cosas. Lo intentaron, apostaron, perdieron, y muchos volvieron a intentarlo. Algunos con éxito.”
Por todo ello, no puedo omitir en este acto el vacío que nos deja la reciente partida de dos compañeros, incansables luchadores sociales y por la democracia: José Zamarrita de la Peña, “Pepe Zamarripa” como todos lo conocimos, quien dedicó los últimos años de su vida a la organización del movimiento ciudadano y de la izquierda en Jalisco y Gilberto Rincón Gallardo, con el que recorrimos como el decía, largos tramos de la vida siempre renovados y con quien aprendimos a explorar nuevas rutas, pues como en todo espacio político no se puede escapar al dilema de renovarse o morir. Si algo innovó Rincón Gallardo en este caminar, es la exploración de nuevos códigos culturales para una izquierda urgida de una renovación política ante el pragmatismo reinante que cercena su espíritu transformador.
Es por todo eso, que con toda justicia nuestros homenajeados merecen nuestra gratitud y reconocimiento, pues no obstante que cambiaron tanto al abrazar la causa de la democracia, lograron al mismo tiempo mantener siempre viva la esperanza socialista.
Este homenaje, en si mismo implica el reconocimiento del otro, nos conduce a la valoración y comprensión de la significación de las acciones realizadas por otros y es el camino ineludible para la conformación de nuestra propia identidad y de toda comprensión humana. Congratulémonos por poder compartir este momento.
Muchas gracias.
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