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Homenaje
en reconocimiento a la trayectoria política de una generación

Entre la bruma del tiempo: las huellas secretas  del porvenir
Mtro. Armando Martínez Moya
Comentario previo
No obstante que en nuestro estado aún sigue prevaleciendo una configuración segmentada de un conservadurismo perverso, herencia histórica y presencia de una derecha aldeana y dogmática que se entronizó en Jalisco desde principios del siglo XX y que desde entonces ha deambulado por el poder con diferentes rostros y posiciones, la sociedad tapatía ha venido resintiendo, a contracorriente, una serie de cambios importantes, evidenciado con la irrupción de un prometedor ambiente participativo, la presencia de una prensa que ha abierto resquicios para el cuestionamiento público del régimen, el registro de voces críticas antes consideradas inexistentes; la conformación de agrupaciones civiles tapatías que se involucran en la defensa del ambiente, de los inmigrantes; vigilantes de las endebles conquistas apenas vigentes en nuestro país: como la lucha contra la impunidad, contra el sida, por la autonomía sindical, por una ciudad más humana, contra los especuladores inmobiliarios, por las mujeres, por los jóvenes, por los movimientos en defensa del voto, etcétera.
      
Ahora que vemos todo esto como algo que intenta formar parte del paisaje político tapatío, arraigándose tímida pero paulatinamente en nuestra circunstancia cotidiana, entonces; es entonces cuando nos preguntamos cómo se gestó en el tiempo esta posibilidad de un cambio que sigue siendo esperanza e instrumento de la lucha democrática. Desde esta perspectiva es justo entonces ahora preguntarse quiénes fraguaron un hálito de voluntad; quienes dedicaron su vida para que Jalisco y México pudiera irse encaminando a una sociedad sustentada en la democracia y la justicia social.
      
La presencia de ese clima de búsqueda, de esa tendencia social encaminada a  influir en la vida y la sociedad jalisciense, permite entender el sentido y la importancia de quienes desarrollaron una lucha histórica en condiciones drásticamente diferentes, difíciles, en otros tiempos, conformada por una estirpe de hombres y mujeres que, a contracorriente, buscaron –como diría Rimbaud–: cambiar la vida.
      
Lucha que fue legando la estela de un largo batallar por la justicia y que, con el tiempo, ha rendido frutos en la cristalización de libertades que son aún cabezas de playa e intentan apenas irrumpir esforzadamente, y no sin grandes obstáculos, en nuestra vida política contemporánea.Las huellas del presente
Esta larga batalla por la historia, como diría Lucian Febré, descubre en el rostro de hoy los indicios de añejas batallas de los antecesores. El presente tiene raíces, huellas, indicios que parecen disiparse ante las brumas del tiempo. Rastros que son parte de una historia secreta de quienes desde la trinchera de la izquierda dedicaron sus vidas a una lucha que, parafraseando la vieja consigna gritada y cantada por miles, reza luminosa en las páginas del Manifiesto del Partido Comunista: !!!proletarios de todos los países, uníos!!!”
      
Izquierda llevada en las entrañas como un sueño, como la concreción elemental del logro de la equidad; izquierda que sin embargo no era lo que es hoy, que no sabía de dietas y comisiones, viajes con todo incluido, ni micrófonos a la puerta del auto ni cabildeos y poses de frivolidad insulsa. Sino una izquierda militante, social, perseguida, con amenazas pero llena de quimeras, vigilada, viviendo en un campo de penurias, sujeta a la represión de tiempo completo, izquierda de agallas, nocturna y a la luz del día, repartiendo clandestinamente volantes en las fábricas, izquierda de mítines callejeros, pintas de madrugada.
      
Una izquierda crecida como un río a contracorriente, gravitando en correlación de fuerzas desiguales que, ante el tumulto de un mundo arrebatado por un régimen monolítico, autoritario, sin libertades políticas, ni libertad de prensa, buscó encender conciencias, organizar a los trabajadores. Buscando en su destinatario natural a las clases subalternas, avasallada entonces por el corporativismo totalitario del partido único, enclavado en las organizaciones de comercio, de transportes, fabriles, de locatarios, del mercado informal, del mundo estudiantil; de jaliscienses adormilados con el “como México no hay dos” ; ciudadanos que en la época del llamado milagro mexicano, primero, y luego por el implacable desarrollo estabilizador, lanzaba desde el alemanismo la consigna chapucera de: primero crear riqueza, después repartirla. Nunca ha llegado ese día.
      
Todo fue un contubernio clientelista: jaliscienses que pagaban su cuota de afiliación priísta para obtener un favor, un trabajo, un puesto callejero o en un mercado, al ayuntamiento; un permiso de taxi, ingresar en una empresa por medio del sindicato “charro”.
      
El “milagro Mexicano”, eslogan machacado desde la propaganda oficial, referencia obligada para una fidelidad a toda prueba.  Régimen que todo lo promete sexenalmente pero que nunca podrá cumplir. En esas atmósferas clientelares, gravitó como una referencia iconoclasta, gallarda, roja, estridente, más como un signo de moralidad pública, que como una simple referencia política e ideológica, el Partido Comunista Mexicano, pues todos entonces se santiguaban. Una amenaza latente. Cuídense de él.
      
Años cincuenta, la ciudad aún no conmemora su millón de habitantes y en los pliegues se opera la pérdida de la independencia obrera con la ofensiva alemanista. En la Facultad de Ciencias Químicas se conocen Samuel Meléndrez y Gilberto Enríquez. Fraternal abrazo que duró casi medio siglo, hasta que Gilberto pago su tributo a la tierra, temporada de un vínculo filial por la lucha a favor de los desheredados. Ambos fueron integrándose a una militancia vertiginosa en el Partido Comunista en Jalisco, organización que tenía ya una raigambre en diferentes sectores del mundo fabril de Guadalajara.
      
Samuel, originario de Autlán, influido en un pensamiento libertario por su padre, ya se había vinculado en su adolescencia con la militancia izquierdista desde la preparatoria. Desde entonces, su fidelidad a las causas sociales no se apagó nunca. Ha sido su vida un caleidoscopio que miró siempre al porvenir. Diputado comunista a la 53 legislatura, fue la segunda generación de la izquierda auténtica en nuestro parlamento mexicano. Corresponsal de prensa comunista en Praga y plegado a la condena contra la maquinaria soviética contra la libertad de los partidos en el mundo. Eurocomunista. Gestor, organizador, negociador. Agitador. Una vida entregada a la militancia social.
      
Células comunistas vertebradas desde la persuasión y la honestidad en un mundo de la adherencia obligada por las mafias de los Hernández Loza y su esposa Lupita. Células que se diseminaron y en donde el esfuerzo tenaz de Samuel y Gilberto permitió que se fueran diseminando, consolidando o continuar con el legado militante de décadas atrás, la relación y reclutamiento con los médicos, los universitarios, los maestros, los obreros textiles, los panaderos, los ferrocarrileros, los camioneros, y otros sectores productivos.
      
En el fluir de su laboriosidad casi misionera, pero con tesón y furia rebelde, Samuel y Gilberto fueron haciendo equipo. Y de entre las decenas -y en importantes coyunturas cientos de jaliscienses- ingresaron al partido la materia prima de un sector con dignidad moral: gente común, gente honesta.
      
Ellos le dieron a la identidad comunista dignidad y gallardía, cuando en los meandros de la dirección federal de seguridad, era sinónimo de un criminal listo para la conjura. Con su trabajo redimensionaron las palabras y los nombres. El socialismo como aspiración dejó de ser el reino del demonio y se edificó como ruta emancipadora, como referente obligado para quienes no se dejaron avasallar por la propaganda del Estado.
      
Junto con otros muchos comunistas, no dejaron ellos mismos, Samuel y Gilberto, ser clientes asiduos de las celdas de la policía judicial. Convencidos a ser desde entonces sujetos al escrutinio del poder policíaco. No hubo seguramente en Jalisco comunista que más haya visitado la cárcel que Gilberto Enríquez. Valga la dimensión humorística que él tomó siempre afablemente, pues para evitar que fuera a caer en las mazmorras de la cárcel del municipio y ser torturado, su padre, que trabajaba como funcionario en la policía municipal, lo mandaba apresar protegiéndolo en la cárcel de la ciudad de los posibles tormentos de los trogloditas judiciales.
      
Gilberto Enríquez, simpático por naturaleza, periodista nato. Excelente redactor. Conversador afable y orador incendiario. Como imagen emblemática y evocadora, lo recuerdo un día trepado en lo alto de un camión urbano arengado a los chóferes que se habían lanzado a la huelga.
      
La militancia nunca fue multitudinaria pero sí ejemplar, como dirigentes y organizadores Samuel y Gilberto actuaron al unísono, convocando a la militancia en diferentes frentes; izando simbólica y materialmente la hoz y el martillo, la bandera roja púrpura de Lenin, fueron cabeza y guía de militantes que hicieron de su trabajo político una vocación arriesgada pero lúdica, absolutamente filiales. De entre ellos sobresale por su pundonor: Luciano Rentería, conocido desde entonces con el cariñoso sobrenombre de Chano. Entonces muy joven, viniendo de un pueblo zacatecano donde ya desde entonces con su familia de comunistas  lucho contra los curas para que se fundara una escuela infantil oficial.
      
Chano era un joven generoso, que se convirtió, en la militancia persistente en un hombre íntegro, siempre dispuesto a prestar su ayuda y colaboración desinteresada para todo lo que necesitara el partido. Constante en las movilizaciones, en el boteo, en los mítines, en el volanteo, en las reuniones. Chano es la historia de una entrega y una convicción a toda prueba.
      
Que mejor ejemplo que su digna y persistente y valiente lucha al frente de los familiares de presos y desaparecidos políticos en Jalisco. Fue, desde que asumió esa responsabilidad, el canal más confiable e informado de la vida de los presos políticos de Jalisco.
      
Señoras y señores, no puedo en esta oportunidad más que apuntar algunas ideas sobre estas tres grandes personalidades que condensan la participación colectiva de muchos esfuerzos anónimos.  Mucho más hay que decir. Solo queda la consigna de que en su honor, debemos reverdecer laureles y continuar su legado.
      
Finalmente, no quisiera dejar de mencionar aquí dos nombres. Pues como diría Octavio Paz, nombrar las palabras es la significación plena de que las cosas viven y existen. Recordar a José Galíndez, comunista capitalino que en su estancia en Guadalajara se adhirió a plenitud a los militantes del Zonal 3. Ha muerto en el 2007. Y a Andrés Orrego, comunista chileno que en su exilio en Guadalajara acogió con afabilidad y convicción a los comunistas de la universidad. Falleció en Santiago de Chile en este año.
      
Compañeros: En algún cementerio de alguna ciudad, o difuminada sus cenizas en algún horizonte, la tumba simbólica de Gilberto Enríquez solo contiene su nombre. Agreguemos desde aquí, también simbólicamente cada quien alguna frase a su epitafio para que quede imperecedera su memoria y venza totalmente el olvido. Gracias.

Guadalajara, Jal., a 15 de noviembre de 2008.

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