TRIANGLE

“I Love you”

 

Pocos capítulos han llevado la firma exclusiva de Chris Carter en el guión y la dirección, pero ninguno de ellos nos ha dejado indiferentes. Éste es, con diferencia, el más divertido, confuso y brillante de todos los que nos ha ofrecido.

Quizá en otro momento de la serie este capítulo no tendría tanta importancia y significación (recordemos “The Field Where I Died” de estilo diferente pero similar contenido y temática), pero ahora se transforma en el capítulo clave para entender los lazos afectivos que unen a los protagonistas y sus colaboradores. En realidad más bien parece que Chris haya organizado la delirante pero bien montada historia del barco fantasma única y exclusivamente para demostrar que la unión entre Mulder y Scully es más fuerte que cualquier otra cosa en el mundo, hasta el punto que el uno arriesgaría su vida por el otro. En este sentido, se podría obviar toda la historia del barco pues al fin y al cabo no sabemos si sale de la alucinada mente de Mulder tanta paranoia o si simplemente somos nosotros los que seguimos los pasos de nuestro agente favorito y nos estamos volviendo locos. Pero por otro lado, eso sería injusto porque denegaríamos a Chris el reconocimiento que se merece como gran narrador que es por haber construido un brillante cuento, al parecer con toda la intención del mundo, que logra transmitirnos muy intensamente el ambiente de locura y confusión que preside el cerebro del pobre Mulder.

 

Explicar la historia por encima, sin entrar en detalles ni juzgar su aparente falta de sentido, es (sorprendentemente) simple: Mulder decide ir a la caza del “Queen Mary”, un barco que desapareció durante la II Guerra Mundial en el Triángulo de las Bermudas y que ha resurgido esperando que alguien vaya a descubrir sus tesoros. Pero el llamado “Triángulo del Diablo” le jugará una muy mala pasada al agente y cuando despierte se verá en medio de un conflicto bélico, sin entender absolutamente nada de nada, vapuleado por los británicos que le creen un espía y atemorizado por los nazis (comandados por el Fumador y su hijo-sabandija Spender) que se lo quieren cargar. En medio de la absoluta paranoia que está viviendo, cree enloquecer aún más cuando se encuentra cara a cara con una pasajera sospechosamente parecida a Scully, a quien intentará convencer de que todos están locos menos él (¿os suena verdad?) y que ha de seguir sus instrucciones para que su vida vuelva a tener otra vez sentido (si es que alguna vez la ha tenido). Paralelamente y en tiempo real, Scully y los Tiradores Solitarios se verán en una desenfrenada búsqueda del inconsciente de Mulder en una barco angustiosamente vacío y silencioso.

 

El argumento suena muy sencillo, pero la paranoia que cada imagen desprende es muy difícil de explicar con palabras; es de esas veces en que una imagen vale más que mil palabras y para ilustrar esta afirmación nada mejor que las desesperadas caras del pobre Mulder al ver desfilando a todos sus colegas y/o enemigos por el barco, ignorándole absolutamente y tratándole como un chalado, claro que en la vida real también lo hacen ¿quizá era lo que nos quería decir metafóricamente Chris?

Las imágenes de Mulder en el barco tratando de convencer a la tripulación que la guerra ha acabado y que han de volver son de una brillante resolución técnica y argumental, pero nada comparado con las impagables escenas de una Scully totalmente descolocada y desesperada por conseguir una pista del paradero de su compañero.

Resulta muy gratificante ver a nuestra rígida y racional detective de siempre perdiendo la cabeza y los papeles por el inconsciente de Mulder y sacando a relucir esa pasión volcánica y ese temperamento ardiente que intuimos que lleva dentro y que se manifiesta solo cuando es absolutamente necesario. La actuación de Gillian Anderson es absolutamente brillante, basta con ver el muestrario de caras que exhibe, que van desde la absoluta desesperación cuando cae en la cuenta que ha metido la pata hasta el fondo a la euforia absoluta cuando besa a Skinner (gracias Chris, has destruido el mito que tachaba a nuestros héroes de fríos, impasibles y poco pasionales) y se sabe triunfadora, pasando por la pícara sonrisa de chica mala que sabe que ha hecho algo ilegal y se alegra de ser tan pérfida. En poco más de cuarenta minutos hemos conocido más facetas de la esquiva personalidad de Scully que en más de cinco años de sufrimiento y actuaciones al límite. La actriz se desprende en este episodio de su imagen de pelirroja mojigata, encorsetada, puritana y frígida, además de  desquitarse haciendo por primera vez un papel cómico a la altura del de su compañero en “Small Potatoes” (¿habrá pique?), demostrando a sus detractores que no sólo no es una inexpresiva muñequita sino que además es capaz de demostrar una pasión, una entrega y una sensualidad con gestos y miradas, sin necesidad de caritas de niña mona (léase Meg Ryan) o simpatía de insoportable diva campechana (poned a Julia Roberts o a quien más os apetezca). GA es una actriz de gran carácter, de gestos y emociones contenidas cuando la escena requiere esa tensión sexual que tanto caracteriza a la serie, pero también sabe soltarse la melena y dar rienda suelta a esa vampiresa insatisfecha y ardiente que deja en evidencia su hermosa mirada de vez en cuando. Y todo esto lo consigue sólo con su cuerpo y sus ojos.

Tampoco Mulder se queda atrás en las escenas en que por enésima vez trata de convencer a todo bicho viviente de que sus teorías tienen algún sentido, sólo que aquí cuenta con el agravante de que esta vez le han de creer para que su vida vuelva a su caótica (pero ansiada) normalidad. No se puede pasar por alto que en esta temporada más de un capítulo ha tratado, aunque muy exageradamente (el ejemplo de “Dreamland”, no por menos acertado, justifica con creces el adjetivo de bizarro que tantas veces hemos aplicado a la mente de nuestro agente favorito), esta especie de obsesión de Mulder de volver a su estado de orden aún perdiendo la oportunidad de vivir esa aventura salvaje y retorcida que el cuerpo le pide.

 

La calidad del montaje, la iluminación, los escenarios y decorados, el guión, es tan superior al de muchos bodrios hípermillonarios que asolan nuestras salas cada verano que no merecen ni comentario: como ya he comentado las imágenes a veces hablan por sí solas y evitan la monótona sensación de que estamos atrapados en la vulgaridad disfrazada (y disculpada) de cine. Pero no puedo resistir la tentación de comentar la parte final del capítulo como parte de mi rendido homenaje a la persona que hace que semana tras semanas abandonemos nuestra gris monotonía en busca de las sensaciones que esta brillante fantasía con visos de realidad nos proporciona.

Los diez últimos del capítulo son, por definirlo de alguna forma, sencillamente gloriosos. A ritmo de música de ‘slapstick’ y de la frenética carrera paralela que Mulder y Scully recorren para reencontrarse nos topamos con todo tipo de situaciones, desde lo más absurdo (genial evocación de los hermanos Marx en el juego al gato y al ratón por los pasillos) a lo más peligroso, pasando por el más romántico de los momentos que paradójicamente y visto lo visto entre nuestros héroes es el que menos nos lo parece de este capítulo y de la serie entera.

A destacar la magistral utilización de planos superpuestos y de la sorpresa de la 'split screen', para muchos una absoluta licencia personal a modo de capricho de CC en su afán de superarse y demostrar porqué se le considera el genio de la tele inteligente. Pero lo que no creo es que Chris únicamente quiera deslumbrarnos con sus virguerías y su dominio del lenguaje cinematográfico y de todos los aspectos de la narración y la imagen; es obvio que ambas escenas transcurren en épocas distintas, luego se han de presentar de manera radicalmente contrapuesta pero si esa era la finalidad, se podía haber ahorrado tanta pirueta y simplemente ir intercalando ambas realidades paralelas, elaborando un adrenalítico montaje acorde con el espíritu del capítulo y de vibrante score de Snow. Si no lo ha hecho así no es por puro capricho: todo en XF tiene su explicación y este capitulo no va a ser menos; es evidente que ambas escenas son radicalmente distintas, no solo por la época sino, lo que es más importante, por el tempo narrativo y la actitud de los personajes. La escena de Mulder y la Scully del 39 es igual de speedíca que el score y transcurre sin aliento, con ambos dando tumbos de un lado a otro, sin saber dónde van a acabar ni cómo. Por el contrario y aunque el espectacular ritmo de la música nos lleve inconscientemente a seguir la historia linealmente, la escena actual tiene un tempo absolutamente distinto: Scully y LGM recorren el fantasmal y cuasi sepulcralmente silencioso barco casi de puntillas, como temiendo despertar a los muertos, sin rumbo fijo pero con la certeza de que han de seguir adelante. Un montaje simultáneo de ambas escenas hubiera “acelerado” la segunda involuntariamente por efecto de la inercia de la música y de los acontecimientos en la primera escena y nos impediría advertir el segundo matiz que introduce la cámara partida: el estado de ánimo de los personajes principales es tan diferente como el momento que están viviendo: Mulder está frenético, asombrado, alucinado, pero, sobretodo, se lo está pasando pipa. Ahora sí está convencido de que todo es un sueño en el que se reflejan sus angustias, sus temores y sus sentimientos, pero lo más importante es que en él está su adorada Scully (y por cierto esta estructura narrativa será descaradamente calcada por el delfín Spotnitz en ‘Field Trip’, con mucho acierto por su parte, tot s’ha de dir). El resto (CSM impersonando again la maldad elegante y despóticamente divertida, Spender escudado tras el poder de papi lanzando improperios a diestro y siniestro, feliz de por una vez ser él quien acojona a los demás, Kersh y su espíritu rasta...) ya no importa; ha de vivir el momento y la gran aventura que se le presenta. Recorrer un barco fantasma inmerso en la vorágine paranoica pre- II Guerra Mundial de la mano (física y mentalmente) de una reticente pero irresistiblemente swing Scully quizá no era su idea de fin de semana, pero el extraño cerebro de nuestro héroe funciona diferente al del resto de los mortales y por eso disfruta como un enano de la situación y en cierto modo se siente feliz  (es una felicidad Mulderiana, ya me entendéis). De ahí que sus escenas alternen la humorística batalla en la sala de baile (un nostálgico guiño de CC a las pelis de su -seguramente freak- infancia) con su delirante huida por el laberíntico navío.

Este acusado cambio de ritmo contrasta con su angustia inicial, sus vacilantes pasos por un túnel caprichoso e irreal que no comprendía. Pero ahora se siente partícipe de la locura, la disfruta y he ahí que las escenas del baile reflejen su estado de ánimo, la ebullición constante de emociones que están golpeando su mente y su corazón.

Y la escena final en el “Queen Mary” sólo se entiende bajo este prisma: Mulder siente ese infantil deseo que TODOS hemos tenido alguna vez de participar activamente en una fantasía irreal que sabemos terminará al sonar el monstruoso ring del despertador; sabemos que es nuestra mente la que sostiene los tenues rayos de realidad en nuestros incluso más escalofriantemente verosímiles sueño, pero si por nosotros fuera nos meteríamos de pleno en él, mandaríamos al rábano al traicionero subconsciente y nos erigiríamos héroes y protagonistas de una peli de gran presupuesto, filmada en morfeovisión y, of course, con un deslumbrante happy end. Pues precisamente estas ideas recorren en forma de flash la juguetona mente de Mulder cuando todo se para a su alrededor y se da cuenta de que está A SOLAS con su Scully. Quiere ser el dueño de su fantasía; ha reconocido los elementos, los demonios que le acosan y le angustian en su desoladora realidad, las figuras protectoras que le reconfortan (el buenazo de Skinner, siempre tan a punto), pero si ha sido capaz de controlar sus emociones y no enloquecer ante tan embarullada paranoia lo lógico y sensato es que consiga que su sueño acabe bien y ¿qué le falta? ¡Bingo! Su amada. Pero, anda, si la tiene cogida de la mano, rendida y derretida antes sus irresistibles incoherencias (¡qué más quisiera!) y ¿por qué no darnos el terrible gustazo de cumplir nuestro más prohibido, anhelado e híper XXX sueño ya que todo va a volver a la normalidad y nadie se va a enterar? Lo que pasa es que a Mulder ese lógico planteamiento le sabe a poco y el gustazo que se da traspasa los límites de lo tolerable (y la cordura) aún para una aturdida Scully que no está segura de si su supuesto salvador está lo suficientemente en sus cabales, no sea que todo sea un sucio truco para mojar y en realidad estén tan en peligro como al principio. Pero por supuesto no se niega ni tiene ningún tipo de remilgo. Aguanta estoicamente el húmedo beso que Mulder se niega a terminar (conté 10 excitantes segundos, en los cuales nuestros ritmos cardíacos, los de Mulder, Scully y los x-philes, se incrementaron al menos en 20 pulsaciones), lo disfruta descaradamente y pide en secreto que NUNCA se acabe y cuando el caramelo se deshace finalmente se apunta otro tanto a su favor con un muy erótico izquierdazo (los tortazos a lo femme-fatale le saben a poco a nuestra insaciable vampiresa después del calentón que se acaba de pegar). Mulder, que por supuesto se lo esperaba (y lo deseaba, pues por el mismo precio tiene sesión sadomaso) le lanza la más irresistible de sus sonrisas y la deja compuesta y con beso. ¡Ahí queda eso, baby!

 

La autentica Scully, en cambio, tiene el ánimo por los camarotes y a medida que pasan los minutos y la urgencia apremia acuciantemente se siente cada vez más impotente y desolada por algo que no comprende pero teme. Su cambio de actitud es aún más visible que en Mulder: ha pasado de ponerse en un embarazoso ridículo ante todos, “besar” a superiores (vamos, si lo estabas deseando, confiesa... ;) ) y envalentonarse ante sucios traidores, a resignarse a esperar lo peor, sabiendo que quizá no ha hecho lo adecuado; tal vez ahora lamente haber perdido su linda cabecita, ese sentido común que tantas veces les ha salvado de la inminente y desastrosa catástrofe y haber pensado las acciones más fríamente para minimizar los errores. De todas formas también es plenamente consciente de que para comprender a su partner hay que meterse literalmente en su piel y sentir lo que él siente y ver lo que ve, de manera que comportándose alocadamente como él, siendo impulsiva por segunda vez en su vida (aunque "Never Again" fuera más una estupidez de adolescente inmadura que otra cosa) y siguiendo a su desatado corazón ha logrado al menos llegar a tiempo para presenciar o evitar la desgracia. Aunque al enfriarse su entusiasmo la pesada sombra de la incertidumbre se ha instalado en su agudo sentido común y sienta que ha pasado por alto algo muy importante que la va a abocar al fracaso.

Es por este cambio de actitud que sus aceleradas reacciones del principio que impulsaron el ritmo de la cámara de CC a cotas cuasi insostenibles se tornen ahora pausadas reflexiones, vacilantes movimientos que a cada momento reflejan lo que está sufriendo: de ahí la insoportablemente inquietante calma del barco y su angustioso silencio. El peligro acecha y ella lo está oliendo.

 

La posterior escena en el hospital, además de hermosa, sobrecogedora, emotiva, tierna, dulce, reveladora y un largo etcétera de acaramelados adjetivos poco usuales en XF, nos confirma que todo ha sido un sueño y que el pobre Mulder aún cree estar viviéndolo: al igual que nos ocurre al despertarnos después de haber experimentado una intensa vivencia virtual en el mundo de Morfeo sentimos como si parte de ella hubiera traspasado la conciencia y la hubiéramos trasladado a la realidad, o al menos se ha incorporado inequívocamente a nuestro pozo de recuerdos imborrables y memorables y nos aferramos febrilmente a ella completamente convencidos de que OCURRIÓ. Mulder siente el deseo de revivir parte de esa emocionante historia (y su anhelado final), cree ingenuamente que los demás le leen los pensamientos y comprenderán su febril delirio porque él lo ha vivido, no importa que pareciera un sueño.

Por eso elige de todo ese fantástico viaje el momento más especial, el que siempre recordará y tendrá grabado con ardiente fuego en su reconfortado corazón y se lo hace saber a la interesada (y supuestamente enterada y cómplice). No le importa si ha estado a punto de morir, de volverse loco, de alterar el curso de la historia y condenar a la humanidad a un desgraciado y desolador futuro. Eso SÍ fue un sueño. Pero Scully era real, la tenía a su lado como siempre, sentía el latir de su corazón, la pasión y la firmeza de los fuertes reflejadas en sus hermosos ojos, incluso actuaba como ella, le reñía como haría ella en una situación similar ¡¡y le creyó!! Como tantas veces ha hecho la buena de Scully sin más argumentos donde asirse que las disparatadas divagaciones de su compañero. Por tanto no le queda más remedio que pensar que era la auténtica Scully  y que él NO ha soñado que la quería, que la besaba. Eso era REAL.

Por eso cálida e inocentemente le suelta una encendida y apasionada declaración que en cualquier otra serie/peli habría ido acompañada de chirriante música celestial, mojigatos suspiros de fondo, ojitos de perrito en celo y babas. Pero como en XF eso no ocurre vemos como Mulder se lo suelta con una naturalidad y desparpajo desarmantes porque está convencido que su sueño (si es que ha existido más allá de su delirio premortem) llevaba un mensaje oculto y ése era que rompiese las barreras que impedían que su corazón y su cerebro se concentrasen al mismo tiempo en la persona a quien más ama y dictasen sentencia. Mulder quiere a Scully, lo saben ambos (y los Shippers, y los NoRomos, y CC y hasta los marcianos de Venus), y por eso duda que haya sido un sueño: su mente ha ideado una estratagema para abrirle los ojos a la evidente verdad y hacerle reaccionar. De ahí que le confiese tan abiertamente sus sentimientos a una Scully que por mucho que se martirice convenciéndose de que la declaración es más producto de la enferma mente de su compañero después de 6 años de abstinencia sexual, sabe de sobra que le acaba de decir la verdad y lo que es peor, se lo ha soltado con tanta convicción y confianza que no puede evitar sentir un vuelco en el corazón y presentir un dulce cambio en su vida.

La escena final le da la razón a Mulder; no le duele la mejilla, seguro que ni tan siquiera tiene un microscópico rasguño, pero da igual: está enamorado y su fértil imaginación está tejiendo una realidad fantástica en la cual el beso a su amada será el clavo al que se aferrará cada vez que la mínima sombra planee sobre su amor. Snif, ¡qué bonito!

 

Todo lo anteriormente expuesto satisfacerá plenamente a los Shippers (aunque la mera visión del episodio les habrá colmado de tanta felicidad para tantos años que serían capaces de besar hasta a un NoRomo) pero el resto de aficionados pensarán que es un review partidista y poco riguroso. Están en lo cierto. La interpretación que hasta el momento he dado de ‘Triangle’ es tan sólo una de las múltiples que se pueden presentar y no es con la que estoy más de acuerdo. He descifrado el capítulo en clave shipper, es verdad, pero esa es la más superficial de las lecturas que se me ocurren y quiero exponer mis razones:

Lo que nunca voy a entender por muchas excusas que pongan es que los NoRomos odien este capítulo por considerarlo shipper. No se dan cuenta de lo terriblemente injustos que son al negar a CC un triunfo que claramente se merece, sólo porque su ofuscación y aversión hacia el MSR les impide ver más allá de lo que hay. De todas formas esto únicamente ocurre con los shippers y noromos más exacerbados; ambos veneran el show pero sólo uno de sus aspectos y reponden a estímulos tan reprochables como: “Si Mulder y Scully no aparecen, entonces no hay MSR, entonces no me gusta el capítulo”, pensaría un shipper intransigente, relegando clásicos como ‘Musings of a Cigarette Smoking Man’ o ‘Unusual Suspects’

 

 

THE BEST: Ab-so-lu-ta-men-te TODO.

THE WORST: Que Scully en su inconsciente locura NO bese a Frohike (snif)

QUOTE: ‘So, in case we never meet again…’ (¿seguro que era por eso, Mulder?)

PERSONAJE: Indiscutiblemente Dana Scully, o mas bien GA que consigue una performance magistral (aunque eso sea extensible a muchos otros episodios) sobre un personaje al que antes no se había enfrentado, el de alocada inconsciente abiertamente enamorada. La belleza de GA deja completamente embelesada a la cámara (y a CC, que una vez más expone claramente su complejo de voyeur ante la ardiente ginger) y ésta se recrea en ella, en largos primeros planos, en exhaustivas y erótico-voyeurísticas miradas, en intentos de penetrar más allá de su barrera glacial y alcanzar el fuego ardiente de su privilegiado corazón. GA no necesita tan siquiera una línea para demostrar lo soberbia actriz que es; solo con mirar a la cámara ya la inunda con la intensidad de sus celestiales ojos, la dulzura de sus hermosas facciones, la intensidad y pasión de su ardiente cabellera. GA domina como nadie el lenguaje corporal y aquí lo deja patente para mostrar la evolución del personaje de tonta desesperada a amante trágica, de (involuntaria) salvadora de la humanidad a dulce madre comprensiva. Y todo sin alterar un ápice el tono de voz o hacer la mínima mueca, solo jugando con su expresión y gestos. ¡DD debería pensar en matar a CC por mostrarse tan genuinamente enamorado de GA!.

IMAGEN: La más altamente erótica, sensual, sexy, es un pequeño detalle que sólo los x-philes sabemos apreciar. CC se marca un tanto a su favor evocando ‘Pusher’ (¿guiño a Vinnie?) y la sublime escena en que Mulder con la más dulce de las caricias despierta a Scully y trasladándola a la vorágine paranoica de este episodio. Los neófitos no notarán nada especial, pero a mí se me puso la piel de gallina al ver a Mulder rozando de la forma más exquisita la cintura de Scully (de una forma más soft aún que en ‘The Unnatural’, lo que ya es decir), con su inocente y frágil mirada de puppet abandonado; la ternura con que atrae la atención de su compañera es totalmente conmovedora (y muy eficaz, que se lo pregunten a una Scully que temblaba más que un flan) y ese momento pasará a la historia de XF como uno de los que más UST han emanado nunca (directamente detrás del de ‘Pusher’ en el ranking. Chapeau CC, eres the best.

ESCENA: Toda la vertiginosa maratón de Scully por la oficina general del FBI sorteando todo tipo de conspiradores y ratas chivatas. Tanto su brillante ejecución (la steadycam adquiriendo Scully POV nos sumerge más en el desconcierto y la locura de los intensos momentos) como la impecable actuación de GA merecieron un Emmy (que claro, no tuvieron).

CULPABLE: CC consigue al fin consagrarse como God en el Olimpo de la 1013 ofreciéndonos un episodio en apariencia aparatoso, fatuo y pretencioso pero de factura sencilla y hecho visceralmente con el corazón. No importa si el guión tiene más agujeros que la nave que desapareció en la Antártida o si CC juega descaradamente a ganar su ansiado Emmy como director (su sudor y esfuerzo le ha costado): éste es el capitulo más personal de CC y por ende de la serie (aunque pareciese imposible superar PMP). Y eso tiene mucho valor.

 

 

                

 

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