
|
DECLARACIÓN DE PRINCIPIOS
Por Benjamín Anaya
A lo largo de veinticinco
años, un grupo forjado en la tradición de la diversidad sonera,
se ha responsabilizado de la parte festiva en todas las luchas sindicales,
civiles, obreras, estudiantiles y magisteriales, en el México de
las desigualdades y la cultura despótica.
|
|
Por Alberto Híjar Descubrir la asociación entre un cancionero y una declaración de principios, bien pensado, no es raro en las tareas de Salario Mínimo, un grupo insólito en varios sentidos. Salario Mínimo denuncia
con
su práctica los sometimientos. El mayor, condensado en su nombre
propio. También el de pueblos enteros oprimidos pero en lucha, incorpora
a su repertorio la más célebre canción de León
Chávez Teixeiro sobre la vida de las mujeres que a diario la ven
irse “como la mugre en el lavadero”, el de obreros y campesinos a quienes
llaman a levantarse. Salario Mínimo desarrolla una política
muy precisa de circulación y valoración. Sin dejar de amenizar
fiestas variadas, su presencia fuerte es en los actos de lucha popular,
donde usualmente no reciben más paga que el afecto de los asistentes
y en casos excepcionales, alguna ayuda económica. Esto determina
una práctica de circulación que a su vez concreta una valoración
pública enteramente opuesta y distinta a la parafernalia del mercado
de emociones televisivas.
Hubiera sido tachado de vil provocador quien hubiera insinuado que el Tri fuera capaz de vender presentaciones al PAN, al PRI o a Televisa. Pues bien, ya todo eso pasa y El Salario permanece. No fomenta el grupo el lamento,
sí el grito. A contracorriente de una tendencia urbana singularmente
lacrimosa, que llora las masacres, las desapariciones y las persecuciones
injustas, sólo para estar en el juego de la izquierda desorganizadora
de civilistas, Salario introduce cantos con referencia a la leyenda de
su encuentro en la mochila de un combatiente muerto. Los Chalchareros,
notable dueto conosureño, lo difundió en los setenta, en
los setenta y ochenta fue el canto fúnebre de las Fuerzas Populares
de Liberación de El Salvador, con el arreglo de Yolocamba I’tá
con su parte declamada y su contundente frase: “porque el que murió
peleando vive en cada compañero”. Usada como final del espectáculo
del Teatro Escambray de Cuba, en su gira de solidaridad con la Revolución
Popular Sandinista en 1980. Una de las consignas finales del dueto salvadoreño:
“porque el color de la sangre jamás se olvida, los masacrados serán
vengados”, la han incorporado algunas organizaciones mexicanas. La otra
no, por su alta combatividad: “compañeros caídos en la lucha,
juramos vencer”.
El Salario se encuentra entre la catarsis del reventón y la politización necesaria. La vida del grupo y de cada uno de sus integrantes se concreta en el jaloneo constante, entre el deber histórico-social y la cotidianidad asalariada y enviciada, con sus fetiches mercantiles y sus retos sociales destructores. De El Salario no se puede decir que cumpla la descripción de Salvador Díaz Mirón sobre los “plumajes que cruzan el pantano y no se manchan”, sino que la tendencia farandurela por supuesto que determina modos de vida y de convivencia. Pero hay aquí una reflexión social imposible de reducir a la vida privada. El Salario ha vuelto una ruptura tendencial con la familia burguesa, su organización colectiva. Asumir la vecindad como modo de vida ha determinado una transformación de la célula familiar con una participación fundamental de las mujeres. Las apariencias que engañan, ocultan una convivencia solidaria que ha sido la garantía de supervivencia del grupo, concretada en el lugar principal de vivienda y reunión que poco a poco y con mil sacrificios constituye una vivienda digna. Esta vivienda alberga el estudio que originalmente fuera cuarto de juegos infantiles, convertido ahora en centro de ensayos y ciclos de reflexión de muy diversos problemas actuales y es también un modesto y pequeño estudio de grabación. Al fondo del patio, donde eventualmente hay fiestas y ensayos, este espacio es parte orgánica de un modo de vida colectivo muy cercano a la comuna. Mutualidad llaman los Salarios a la convivencia mensual donde cada quien aporta algo del alimento para el cuerpo y el alma. De aquí la reproducción social, sus hijos y amigos. Como el lugar está en la colonia Puebla, por el oriente proletario de la ciudad capital de México, el personal de todo esto, guarda lo bueno y lo malo de la educación de barrio y región urbana. Los niños que usaron para sus fiestas el local del fondo, son ahora integrantes de la orquesta donde tocan bien afinados los instrumentos de viento y las percusiones que han elegido. Es necesario recuperar el sentido festivo de El Salario, su origen guerrerense, sus cuerpos de trabajadores, sus rostros y sus atavíos. Es ésta una presencia fuerte porque distancia a sus públicos del glamour de la industria del espectáculo o de la cuidadosa y rentable transgresión roquera. Nada tienen de esto los Salarios, sino son como cualquier trabajador, sólo que han elegido el tono tropical en su música, para dar lugar a un sentido festivo irreductible a los ritmos mercantiles, Salario usa la música en un sentido organizador, animador de la lucha popular, solidario con la liberalización antiimperialista, ahí donde se dé. Esto es tod y es mucho, porque no es fácil sostener veinticinco años para ver crecer a los hijos, incorporados al grupo con nuevas necesidades. De aquí la pertinencia de celebrar un aniversario con un cancionero que en sí y por sí es una Declaración de Principios, que hubo que explicar porque no es obvio su pleno sentido liberador. |