Kurenai,

El Hijo del Dolor

Capítulo 9:

Tolginet, parte 1

- Día libre -

 

            Kurenai miraba el horizonte de Tolginet, apoyado en la puerta de embarque del Phionix, mientras el viento movía su pelo y sus ropas. La travesía, desde que habían abandonado la luna de Kitenided, habitada por el maestro Kael, hasta el aterrizaje en las afueras de Umbirgue, puerto espacial principal de Tolginet, había abarcado casi 10 horas de viaje, gracias a la lentitud con que navegaba el Phionix. Esto era debido a que Joan prefería entrar desapercibido, ya que todavía podían estar en búsqueda y captura. Es por eso, que Kurenai durmió todo el trayecto, despertándose una hora antes del amanecer. El amanecer de Tolginet era impresionante, gracias a los minerales de la tierra, el horizonte brillaba en un armónico destello multicolor. Puede que fuera un planeta de mafias y criminales, pero eso no quitaba la hermosura del territorio, desolador y a la vez lleno de vida. La brisa fresca amortizaba el calor que desprendía sol mañanero. La mirada de Kurenai, perdida, daba a entender, que el chico disfrutaba de la brisa, junto a la visión. Pero junto a eso, muchos pensamientos envolvían la mente del muchacho. Y sobretodo recuerdos. Y Kurenai odiaba recordar.

- Ya… ¿ya es de día? – Pregunto una femenina voz. Aun con el tartamudeo, debido a que se acababa de despertar, se reconocía perfectamente la voz de Dhalia. Kurenai no se molesto ni en mirarla ni en contestar, volviendo a sus pensamientos.

- ¿Es que no vas a contestar? – preguntó la chica, mientras se situaba delante del chico y cruzaban miradas.

- ¿Es que no es evidente que está amaneciendo? - Este apartó su mirada, volviéndose a otro lado. Pero, percatándose de una cosa, volvió a mirar extrañado a una Dhalia, que ante la cara de Kurenai, se quedo sorprendida.

- ¿Qué es eso? – Pregunto Kurenai mirando las vestimentas de la chica. Esta vestía el mismo camisón con el que durmió en la mansión del maestro Kael.

- ¿No te acuerdas? Nos lo prestó el Maestro Kael para dormir, y a mi me gustó tanto que le pedí que me lo regalara – Contestó Dhalia girándose sobre sí misma, y mostrando al chico el pijama. Este la observó tan detenidamente que hizo sonrojar un poco a Dhalia.

- ¿Qué… qué pasa? – contestó la chica tartamudeando, algo nerviosa.

- ¿No crees que es un poco corto de abajo? – Opinó Kurenai. Dhalia se miró a si misma. La ropa en si no tenia pantalones, y el mismo camisón así la veces de falda. Y para ser ciertos era algo corta.

- Bueno, como es un pijama, no creo que pase na… - Dhalia dio la espalda a Kurenai para alejarse a la vez que le contestaba. Pero no termino de hablar cuando sintió con se le levantaba la “mini falda”. Se giró rápidamente y vio como Kurenai la miraba, sin ni siquiera intentar ocultar su culpabilidad.

- Así se te verán las bragas – Dijo el chico seriamente. Dhalia, enojadísima, se lanza hacia él intentando pegarle. Este se esquivaba todos los golpes rápidamente.

- ¡Eres un cerdo y un guarro! – Gritaba Dhalia mientras lanzaba un puñetazo detrás de otro.

- Solamente te intento advertir de esa posibilidad. A mi tus bragas no me gustan en absoluto – Respondió el chico, que seguía esquivando golpes. Esto enfureció más a Dhalia.

- ¿Así que no te gustan? ¿Qué tienen de malo, eh? ¡Pues vete a mirárselas a otra si tanto asco le tienes! – Dhalia parecía cansarse de tanto golpe, y al rato, los puñetazos se volvieron tan débiles, que Kurenai no se molestaba ni en esquivarlos. Poco a poco, se fue acercando al muchacho, hasta que se desplomó encima de él, agotada de cansancio.

- Esto te pasa por ir tan rápido desde tan temprano – Decía Kurenai mientras oía el aliento de Dhalia. La chica seguía junto a Kurenai, mientras recuperaba fuerzas. Pero aun recuperada, no dejaba de apegarse al chico.

- Oye Kure, después de todo esto, ¿que harás? – Preguntó la padawan. El chico suspiró.

- ¿Tan segura estás de que habrá un después? – El chico miró al silo, sin ni siquiera molestarse de que Dhalia estuviera prácticamente encima de él, apoyándose – No deberías pensar tanto en el futuro. El futuro no es inmediato, el pasado no es moldeable. Solo nos queda el presente. Vive tu vida, vive tu presente – Finalizó el chico.

- Para ser un vagabundo, sabes mucho de filosofía –

- Una cosa no tiene que ver con la otra – Respondió Kurenai. Dhalia finalmente puso las manos sobre su pecho y se empujó para atrás, separándose del muchacho. Sonrió y dio una patada a la tierra, creando una humareda de arena. Se giró nuevamente y miró al horizonte.

- Pero me es imposible no mirar al futuro, y preguntarme que va a ser de mí. Intento buscar sentido a lo que hago, a lo que estoy haciendo y a lo que haré, pero ninguno de ellos encaja. Por una vez, me gustaría sentirme en una vida, no monótona, sino en una vida definida – decía Dhalia bajo la atenta mirada de Kurenai – Una vida que tenga ganas de vivirla – Finalizó. Kurenai no dejaba de mirar a la chica, que pensaba en voz alta.

- No te preocupes, tan pronto como pueda, te llevaré a Corusant, donde podrás plantearte las cosas de otra manera – Respondió Kurenai mientras empezaba a caminar.

- A Corusant… - Dhalia murmuró el nombre del planeta, hasta que se dic cuenta de que Kurenai se marchaba en la puerta de embarque, dejándola sola. Esta corrió rápidamente y se metió en el ascensor.

- ¡Me ibas a dejar afuera! – gritaba Dhalia.

- Eso te pasa por no estar atenta y estar soñando despierta –

- No se como puedes cambiar de actitud tan rápidamente – Los dos chicos terminaron de subir, en la parrilla de Salida de Carga. Para acceder al pasillo donde se encontraban las puertas de las habitaciones debían de entrar en la sala donde se conectaban todas las Salas de Ataque (Cañones de Protones, Arrojador de Bombas Sónicas, etc.), y subir por unas escaleras, que conectan con el final del Pasillo, después del Camarote 9. Una vez allí, los dos muchachos recorrieron uno detrás del otro el pasillo, llegando a la sala principal. Allí se encontraban, Joan, que se dedicaba a atornillar y destornillar un aparato que tenía en las manos, y Akubit, que ordenaba las cosas.

- Hola parejita ¿Dónde estabais? Os habéis perdido el desayuno – Saludo Joan al ver que Kurenai y Dhalia entraban. Dhalia saludo con una sonrisa y Kurenai con la mirada. Este último se sentó  enfrente de Joan, mientras este no dejaba de arreglar lo que tenia en manos.

- ¿Que se supone que tenemos que hacer hoy? – Preguntó Joan.

- Nada. Podéis tomaros el día libre – Respondió Kurenai mientras se tumbaba en el sillón.

- ¿Y tu que vas a ser? – Preguntó Dhalia mientras intentaba buscar un sitio donde sentarse.

- Cosas que a ti no te incumben – Respondió el chico. Dhalia frunció el ceño y se sentó encima de la barriga de Kurenai, ya que su cuerpo ocupaba todo el sillón. Los dos chicos se miraron.

- Seguro que no tienes que hacer nada y te haces el interesante – advertía Dhalia.

- Piensa lo que quieras – Refunfuñó Kurenai. Joan sonreía al ver la escena, mientras Akubit se inmiscuía como observador.

- Parecéis más compenetrados de lo habitual, parejita – Añadió Joan, cosa que hizo que los muchachos se replantearan su actitud. Se sentaron bien en el sillón, unos al lado del otro.

- Tengo que llevar a Meimi a un médico – Respondió Kurenai a los presentes.

- ¿A un médico? ¿Está enferma? – Pregunto sorprendido Joan.

- Meimi sufre amnesia, por eso está con nosotros. ¿No lo sabias? - Respondió Dhalia. Joan se quedó cabizbajo y meditabundo un instante, mientras dejaba el objeto con el que estaba trabajando a un lado. Todos se quedaron mirándolo un rato, este se dio cuenta y  se alzó de pié, sonriendo.

- Déjamelo a mí, yo me encargaré de ese trabajito – Propuso Joan. Kurenai le miró seriamente, Mientras que Dhalia lo hacia extrañada.

- Está bien. Te daré la dirección de uno antes de separarnos – Añadió Kurenai, poniéndose de pié.

- ¿Separarnos? – Preguntó Akubit, que se inmiscuía por primera vez en la conversación.

- Sí. Estad todos listos abajo en media hora. Nos dirigiremos a Umbirgue – Añadió Kurenai antes de marchar por el pasillo.

            En Umbirgue, un chico de unos 13 años de edad, pelo corto y castaño, se paseaba con los brazos cruzados por medio de las calles de la avenida principal, mientras refunfuñaba y deba patadas a todo lo que se le pusiera por delante. Vestía túnica negra y no ocultaba un sable láser que portaba sin pudor. También traía consigo un saco lleno de papeletas y un “acoplador de carteles” bastante voluminosos. Miraba las paredes y después de hacer aparentemente una elección, se acercó a uno de ella y activó el aparato, dejando un el cartel colocada y pegado en la pared.

- No sé por que mi maestro me manda un trabajo tan desdichado como el de colocador de panfletos. Esto es trabajo para gente de menos calibre que yo – Se quejaba el chico, que se aseguraba que el cartel no se moviera – ¡Se supone que los sith somos los que mandamos, no los que trabajamos! – Gritaba el muchacho ante la desesperación. Justo en ese momento, sonó el aparato de telecomunicaciones del chico, haciendo que se detuviera a contestar.

- Kler, ¿Has terminado de fijar ya todos los carteles? – Preguntó la seria voz del transmisor.

- No maestro, todavía me quedan algunos – Responde el susodicho Kler

- Apresúrate, pronto volveremos a Kameu, para seguir con lo planeado –

- Si maestro – Finalizo la comunicación Kler, que refunfuñando, agarró los carteles que le quedaban, y se dispuso a terminar.

            Kurenai ya había dicho todo lo que tenia que decir, y el grupo se trasladaba a Umbirgue en el aerodeslizador de la nave. Al parecer, Joan y Meimi deberían ir a ver el tratamiento de amnesia de Meimi, todos los demás se podrían considerar libres de obligaciones, incluso la de volver a Phionix. Si alguno no quisiera, por cualquier motivo, seguir con el grupo, podría quedarse en el planeta sin objeción alguna. Eso sí, los que siguieran con la misión, deberían reunirse de antes del atardecer en el aerodeslizador, ya que cuando cayera la noche, el Phionix partiría, sin esperar a nadie. Nadie se quejó de nada, pero era nadie entendía su Kurenai quería deshacerse de gente o simplemente quería ser muy estricto, ya que eran la primera vez que muchos de ellos recibían esas normas de tripulación tan raras.

-¿Y tu que vas a hacer? – Preguntaba Dhalia, que iba en el asiento de detrás de Kurenai. Kurenai conducía, y de copiloto estaba Joan. Y atrás iban Meimi, Akubit, Dotaf y Dhalia. Esta última, apoyada en el sitio del piloto, intentaba hablar con Kurenai.

- Otras cosas… - contestó Kurenai, que no dejaba de mirar el desierto, y de dirigir el vehículo hacia el horizonte, donde se veía la silueta del puerto espacial.

- ¿Te puedo acompañar? – Preguntó de nuevo la chica.

- No – Respondió secamente Kurenai. Dhalia lo miró y se volvió a sentar con los brazos cruzados.

- ¿Por qué no le dejas que te acompañe? – Preguntó Joan, haciendo que Kurenai le mirara sorprendido un momento.

- Tu sabes como me gusta hacer las cosas a mí – Kurenai parpadeó un poco, al ver que se estaban acercando cada vez más a Umbirgue – Además, me seguirá aunque le repita lo contrario mil veces –

- Parece que la conoces bien – dijo Joan. Kurenai, pensando lo dicho por Joan, finalmente sonrió.

- Tiene una mente simple, todo lo que hace es evidente – Al oír esto, Joan sonrió y se volteó a ver a Dhalia, que algo enojada miraba a un lado del desierto. Pero también era verdad que tenía la mirada perdida.

- No seas tonto; no existe una sola mujer en el universo con la mente simple – respondió Joan, que volvía a mirar hacia delante.

            En Kameu, el palacio democrático, ya había sido transformado en un Núcleo político y social del planeta, donde se alzaba por todas partes el símbolo del Sith. Era impresionante como un edificio que antes representaba la belleza y determinación del gobierno democrático y de la república, ahora se convirtiera en una construcción que imponía por toda su arquitectura el poder del Sith y su grandeza. Los habitantes, a veces, se quedaban mirándolo atemorizados, y sin esperanza, mientras seguía con sus labores de reconstrucción. Darth Hulmid, que ya se había instalado en su nuevo edificio, paseaba por los pasillos de este, mientras dirigía a algunos de sus sirvientes.

- Lord Darth Hulmid – anunciaba uno de sus criados – Los científicos del sótano 14 desean hablar con usted. Al parecer han terminado el trabajo encomendado – Finalizó. Hulmid afirmo la exigencia, y se dirigió al susodicho sótano. En él, se encontraba un laboratorio ultra avanzado, donde unos robots se movían y hacían pruebas sin parar, y otros científicos los supervisaban. Al entrar Darth Hulmid, Todos dejaron sus quehaceres y saludaron respetuosamente. El lord sith asintió y se dirigió a uno de los científicos.

- Maestro, hemos encontrado lo que buscabais – acertó a decir el profesor antes de que se acercaran a la pantalla principal. En esta se empezaron a visualizar algunas imágenes. En ella aparecían cinco esferas de colores.

- Esto, señor, son los objetos con los que el nuevo sistema Huertbo se apoyará, de los cuales saldrá la suministración de energía para poder funcionar – Mostró el científico – Como puede ver, señor, son esferas con diversos colores. Exactamente hay cinco esferas, las cuales poseen un gran poder cada una de ellas. Según nuestras investigaciones, ese poder se puede transformar en energía neutrica para reactores, y daría suficiente energía cada una de ellas para un año – Darth Hulmid seguía atento las explicaciones con mirada seria – Pero según las investigaciones de su procedencia, hemos descubierto que las esferas simplemente son la llave para un poder mayor. En unas circunstancias muy definidas, las Esferas se unirían por un periodo de tiempo, dando lugar a la salida de ese poder mayor – Finalizó el científico.

- ¿Y que es ese poder mayor? – Pregunto Hulmid. El científico negó con la cabeza.

-  Solo somos conciente de eso. Según un holocrón encontrado los archivos sobre el tema, “Las esferas son la llave de la puerta que oculta la verdad”. Curiosamente, el holocrón solo poseía esa información –

- ¿Y ahora donde se encuentran las esferas? –

- Hasta hace poco, las esferas viajaban juntas, pero curiosamente, hace algunos días, se separaron y ahora, como puede ver, están todas desperdigadas – Respondió el profesor mostrando un mapa de la zona galáctica. En ellas eran señaladas con un punto las cinco esferas – Según una filtración del Palacio Jedi en Corusant, obtenido por uno de nuestros espías, Los jedi ya estaban al corriente de la existencia de estos artilugios desde hace generaciones, cuando uno de los alumnos de Skywalker le llevó a este una de estas esferas. Al parecer, en ese tiempo, se decidió investigarlas, y al saber sus funciones, se le encomendó a un jedi de alto rango la protección de las 5 esferas, pasando de maestro a alumno este trabajo –

- Me suena esa historia. Pero, ¿Se conoce el portador actual de las esferas? –

- Según la cronología, el Maestro Dnomaid Wo, se encargaba hasta hace unos años de la protección explicita de las esferas. Después pasó a su alumno… Lone Redstar – El científico sacaba algunos papeles, mientras los leía – Pero se desconoce su paradero desde hace años, además de que se dice que abandonó y desertó del código – Finalizo. Darth Hulmid miró un poco la pantalla para observar el paradero de susodichas esferas.

            Mientras, el grupo ya había llegado a Umbirgue, donde se había separado. Mientras Meimi y Joan partían hacia una clínica, Dotaf pidió amablemente a Akubit que la acompañara a hacer unas cosas. Kurenai solamente advirtió a todos que se encontraban en un planeta sith, y que no armaran mucho escándalo, antes de irse por su lado, dejando a Dhalia sola. Esta al ver como todos se iban por su lado, pateó una piedra y suspiró. Era evidente que no había avanzado nada con respecto a sus amistades y alianzas en el grupo, y que siempre acaba sola. Akubit y Dotaf siempre iban juntos, Meimi no tenía vergüenza en pedirle a nadie una invitación, y Joan y Kurenai se movían solos por cualquier sitio como si fuera su casa. Pero ella, que no tenia nada que hacer Se aburría.

- Estúpido Kurenai, como se le ocurre dejarme sola – Se quejaba apoyada en el aerodeslizador. Pero de un salto se  puso firme y lista para salir - ¡Le voy a perseguir! ¡Para que vea que no es tan fácil librarse de mí! – Y partió por donde estaba el chico. Este, sin embargo, no estaba lejos de donde habían dejado el aerodeslizador. Se había ocultado bajo capucha y capa, al mejor estilo de un Lord Sith. Finalmente entró en un recinto parecido a un cuartel de contrabandistas. Eran un sitio donde las armas no se ocultaban, lleno de carteles de trabajos “poco éticos”, y de carcajada y risas. Allí Kurenai, preguntó algunas cosas, y nadie pareció sorprenderse de verlo.

- ¿Que quieres hoy? – pregunto uno de los que se sentaba al lado de Kurenai.

- Información, como siempre – respondió Kurenai. El hombre sonrió.

- Últimamente el trabajo escasea. Las cosas no son como hace años, como la última vez que viniste. Desde que los sith se han hecho con el control del planeta, todos los movimientos tienen que ser más secretos y cuidados. Ya no hay tantas peleas de mafias y los jefes se intentan ir del planeta. La cosa escasea - El hombre se apoyó en la mesa - Aun así, seguro que hay algo para que mates el rato – finalizó.

- ¿Has sabido algo del planeta Dohinure?–

- Yo no, pero Keruin acaba de volver de un viaje que hizo al planeta, pregúntale a él – El hombre se levantó, mientras saludaba a unos amigos que acababan de entrar - Últimamente al viejo Keruin le ha entrado la vena moralista, y le ha dado por conseguir un trabajo honrado. Esta trabajando en la Cantina “Ojo avizor”. ¡Seguro que no dura mucho! – Termino despidiéndose el hombre. Kurenai lo miro, como se marchaba, para después volver a mirar a la mesa. Pero sus pensamientos se interrumpieron cuando empezó a oírse cierto alboroto en la sala, algunos cuchicheos y silbidos provocativos. Kurenai alzó la vista a la entrada para ver como Dhalia, algo avergonzada ante las miradas, se dirigía hacia él. Todo el mundo la seguía con la mirada, mientras que le habrían paso entre la multitud, al final se sentó junto a Kurenai.

- ¿Que les pasa? – Preguntaba Dhalia incomoda con las miradas.

- Esta gente está tan metida en su trabajo que poco tiempo le quedan para las mujeres. Por eso cada vez que ven a una se emocionan, sea de la especia que sea. Es su forma de desahogarse un poco – Respondió Kurenai - ¿Y tu a que has venido a aquí? – Preguntó.

- Pues… a molestarte un rato - decía la chica sonriente. Kurenai suspiró.

- Bueno, supongo que así evitaré que te metas en líos –

- Oye que eres tu el que me dejaste sola –

- Sabes cuidarte sola ¿no? –

- Si… - Dhalia, sonrió antes de continuar su frase –…pero prefiero que me cuides tú – Al oír esto, Kurenai se quedo bastante sorprendido. Dhalia, al ver la cara del chico, también empezó a extrañarse.

- ¿Qué te pasa? – Preguntó. Al poco tiempo, Kurenai despertó, ahora con una sonrisa.

- Nada. Solo que me recuerdas a alguien – Con esa sonrisa, el chico se levantó, y partió a la salida. Dhalia, quedo algo transpuesta por lo dicho por el chico, pero después corrió junto a él.

            Meimi y Joan caminaban juntos, a pesar que la una estaba enojada, y el otro estaba tan pendiente de no perderse que no lo notaba.

- ¿Pero se puede saber a donde vamos? ¡Nadie me ha dicho nada aún!- Gritaba en ángel al piloto, que seguía sin atenderle - ¿Me escuchas Joan? – Al oír esto, el chico se percata de que le está hablando.

- Vamos a un médico – afirmo el pequeño piloto. La ángel se extrañó.

- ¿Un Médico? ¿Estas enfermo? –

- No. Se supone que la que esta enferma eres tú. Tienes amnesia, ¿recuerdas? – Los dos personajes se detuvieron. Meimi, asustada, y Joan, enfadado. El chico rompió el papel donde Kurenai le había apuntado la dirección. A continuación, lo soltó, haciendo que volaran todos los trocitos.

- Pero parece que no lo necesitas ¿me equivoco? – Dijo finalmente Joan. Mientras Meimi no sabia donde mirar.

            Mientras, Akubit y Dotaf, paseaban por otras calles del puerto espacial. Iban lentamente, y paseaban bastante tranquilos.

- Parece que toda la mala fama de este planeta no es para tanto – decía Akubit.

- Si, creo que es simplemente es un desértico y montañoso planeta de transportistas – Responde Dotaf. Pero en una de las paredes de la calle, una multitud está reunida a lo que parece un cartel. Al ver esto, la pareja se acerca a curiosear. Cual fue la sorpresa al ver un cartel con la cara Kurenai.

“Se busca”

“Responde al nombre de Kurenai. Viste usualmente entero de negro, y posee dos sables láser de pequeño tamaño. Muy peligroso. Se dará buena recompensa por su entrega, preferiblemente muerto”

“P.D.: Esta usualmente acompañado de un extraño grupo igual de peligroso”

“Entrega a: Palacio Gubernamental Sith”

 

Tanto Akubit como Dotaf no sabían donde mirar. Solo podían oír los murmullos del público del cartel.

- No parece muy fuerte… -

- Seguro que no son tan peligrosos…-

- Me parece haberlo visto antes – Eran algunas frases que se oían. Dotaf y Akubit se alejaron tan silenciosamente como habían aparecido. Akubit seguía sonriendo, como siempre, y Dotaf miraba seriamente al frente. Y siguieron caminando como si nada hubiera pasado.

            De vuelta a Kameu, Hulmid ya había vuelto a la sala de audiencias del Palacio. Meditaba mientras esperaba a un invitado. La sala de audiencias era una gran habitación, solo con una puerta de entrada y salida. Esta era grande. Cuando se entraba, enseguida se pisaba una alfombra roja. Esta, alargada, cortaba la sala en dos, para acabar llegando a una especie de trono. Pero antes de eso, se debía cruzar un puente, el cual unía dos lados de un foso el cual no se leí el final. Por otro lado, Cuando llegabas al final de la alfombra, solo había espacio para dos personas, ya que do estaba rodeado del foso, incluso el trono. Hulmid estaba sentado en él, mientras meditaba. De pronto, n guardia imperial entró.

- Se presenta una visita, Lord Darth Hulmid. Dice que usted mismo lo ha mandado a llamar. Es el señor Darth Naip – Al oír esto, Hulmid asintió con la cabeza. El soldado entendió, y dejo pasar al recién llegado. Este vestía ropas negras, con una capa voluminosa que se movía placidamente a cada movimiento de él. Era un wukee, de pelo negro oscuro, y Alto como pocos. Poseía un guante en la mano derecha, además del cinturón donde portaba su sable láser, más grande de lo normal. Aparte de eso y la capa, no bestia nada más.

- “¿Me mandó a llamar, maestro?” – Pregunto telepáticamente Darth Naip.

- Así es, mi experimentado aprendiz. Necesito que viajes inmediatamente a Tolginet, y que hagas un trabajo allí –

- “Se me ha informado que Darth Recnac y su aprendiz Kler se encuentran ya en dicho planeta” –

- Si, pero ya sabes como son. Además creo que ya vuelven a Kameu, seguramente a pedirme cuentas. Prefiero que actúes tú. –

- “Si así lo desea, maestro” – Respondió finalmente Naip, mientras Hulmid sonreía.

            Dhalia y Kurenai, seguían caminando por Umbirgue, uno detrás de otro, como siempre. Y como siempre, Dhalia hablaba y hablaba, mientras que Kurenai intentaba soportar esa “tortura” lo más bien posible.

- …Yo creo que si fuera una princesa en un gran palacio de un hermoso planeta, si que vendría un príncipe azul a casarse conmigo, como en los libros. Cuando estudiaba el código jedi, me pasaba horas y horas en la biblioteca Jedi leyendo libros de esos, y siempre me tenía que echar. Pero después siempre volvía al otro día – Dhalia iba a continuar hablando cuando vio que Kurenai no parecía atenderle -¡¿Me estás atendiendo?! – gritó desesperada. Kurenai giró la cabeza un momento, sin dejar de caminar.

- Estabas hablando que tu verdadero sueño era ser una princesa en un planeta, y casarte con un príncipe. Que esa idea la sacaste de unos libros que siempre lees y que siempre te echan de la biblioteca para que pares de leerlos – Respondió Kurenai, mientras volvía a girar la cabeza para mirar al frente. Dhalia le seguía algo sorprendida.

- Al final si que me estabas haciendo caso… - Dhalia sonrió – ¿Y a ti que libros te gustan? –

- ¿Y a ti que te importa? –

- Bueno, así sabría de tus gustos, y hablaríamos de cosas que te gusten y no te aburrirías-

- A mi no me gusta hablar innecesariamente… -

- ¡Eres un chico muy pesado! No se ni como te ibas a casar… - Kurenai se giró de repente.

- ¿Como sabes tú que yo me iba a casar? – Preguntó algo enfadado.

- ¡Me lo dijiste tu mismo en Kitenuded! – Gritó enfadada Dhalia. Kurenai quedó pensativo.

- Hmmm… Tienes razón. Pero eso no te incumbe. Nada de lo que a mi me pase te tiene que importar. Deberías preocuparte en ti misma, antes de estar preguntando cosas como que tipo de lectura frecuento – Los dos chicos ya se iban a poner a discutir, cuando aparecieron en escena Akubit y Dotaf.

- Vaya pareja, ya están peleando de nuevo – Sonrió Akubit.

- Dejaos de boberías y prestad atención – Grito Dotaf.

- A mi no me grites, aprendiz de sith – Respondió Dhalia.

- ¡Tranquilizaos las dos! - Intervenía Kurenai, al ver que las dos chicas se iban a matar mutuamente.

- Mirad – Dijo finalmente Dotaf mostrando un cartel de “Se Busca” que había arrancado en el camino. Kurenai y Dhalia leyeron el cartel donde la cabeza de Kurenai tenía precio.

- Parece que todos te quieren mucho aquí ¿no, Kurenai? – Añade Dhalia dándole un empujón con el brazo a Kurenai

- ¡A callar! – Respondió este, mientras agarraba el cartel en sus manos. Se le pasaron muchas cosas por la cabeza, pero finalmente rompió el papel en pedazos.

- Bien, cambio de planes. El Phionix partirá dentro de una hora. Dotaf y Akubit, avisad al Joan y Meimi, para que al medio día se enciendan motores con quienes halla en el Phionix. Dhalia, tu ve con ellos, y si Joan te dice que necesita algo para la nave, cómpraselo o  no, según tu juicio, con este dinero – dijo poniendo una bolsa con varios créditos.

- ¿Y tu que harás? – preguntó la chica, mientras apretaba la bolsa de dinero contra su pecho.

- Tengo una cosa que resolver –

- ¡Pero en este planeta estas en busca y captura! – Grito Akubit.

- Da igual, iré con cuidado – respondió Kurenai mientras se encapuchaba y salía corriendo mientras se perdía entre la multitud. Dhalia a punto estuvo de salir detrás de él, pero Dotaf le agarró del hombro.

- El sabe lo que hace, sino no lo haría – Le dijo la sith a la padawan.

- ¡Pero puede que no vuelva vivo! –

- ¡Si lo hará! ¡Confía en él como el confió en ti al darte el monedero! – criticó Dotaf. Las dos chicas se miraron un momento a los ojos, y Dhalia apartó la vista para fijarlas en el monedero.

- Está bien – Dijo finalmente, mientras los tres empezaron a correr.

            Joan y Meimi se encontraban sentados en el suelo a la entrada de un callejón, apoyados en la pared, mientras miraban a la gente pasar.

- ¿Como supiste que no tengo amnesia? - Preguntó Meimi.

- Por tu comportamiento, parecías saber muy bien lo que hacías. Además, tú misma me dijiste cuando recién llegamos al Phionix, que fuiste la piloto de tu nave. Evidentemente, no deberías haberlo recordado. No se si has cometido algún otro error, pero parece que nadie se ha dado cuenta –

- ¿Ni Kurenai? –

- Kurenai es joven, y todavía demasiado inocente. Si a eso sumamos que es un chico, pues es normal que se sienta bien ante un bello ángel, se despreocupe, y no sospeche ni preste atención. Puede que por eso lo dejó pasar, sin darle mayor importancia –

- ¿Y tu porque no hiciste lo mismo? –

- Porque soy mas viejo, y se en que acaban estas cosas. Tú escondes algo importante, lo sé, porque nadie crea una mentira tan grande por una pequeñez – Suspiró finalmente Joan, mientras pateaba una piedra. Meimi lo miró.

- ¿No vas a preguntar que es lo que escondo? –

- No -

- ¿Y que vas a hacer? – preguntó el ángel

- Nada. Cada uno tiene sus motivos para actuar como lo hace, y yo no soy quien para juzgarlo. Supongo que lo haces porque tienes que hacerlo, y no porque quieres. Pero solo el tiempo dirá si lo que has hecho está bien o mal – Joan se levantó finalmente, mientras que Meimi se ponía de cuclillas antes de levantarse. Los dos se miraron un momento.

- ¿Tu también escondes algo, verdad? – Preguntó Meimi. Joan la siguió mirando. Después apartó la vista y la clavó en el cielo.

- Sí… – Respondió.

            Kurenai entró en la Cantina “Ojo Avizor” mientras cerraba detrás suya la puerta. Miró a todos los presentes mientras estos charlaban sin hacerle mucho caso. Por precaución, se puso la capucha, tapándose la cara. Caminó hasta la barra, mientras seguía interrogando con la mirada el lugar. Era una cantina bastante común, llena de gente con multitud de raza, y de muy poca simpatía. Mientras los trabajadores se ganaban la vida sirviendo, los ociosos clientes se dedicaban a beber y reír al son de la música tocada por la orquesta. Al llegar a la barra, tiró de la camisa de una camarera.

- ¿Si? ¿que desea? – Preguntó la chica.

- Estoy buscando a Keruin, ¿sabe donde puedo encontrarlo? – pregunto Kurenai.

- Sí, se encuentra en la cocina – respondió la chica, borrando la sonrisa que seguramente iba dirigida solo a clientes - ¡Keruin, tienes visita! – gritó. De la cocina, un hombre de unos 52 años se asomó. Pelo corto, algo canoso, bigote alargado y un ojo mecanizado le caracterizaban. Además, vestía unas ropas de cocinero. Al ver al encapuchado negro, sonrió.

- ¡Lone! ¡Cuánto tiempo! – Dijo mientras clavaba el cuchillo que tenia en la mano en un borde de la mesa. Gritó algo en la cocina, mientras se sacaba el delantal, par después dirigirse a Kurenai - ¿Cómo ha estado el hijo pródigo? – Al oír esto, Kurenai sonrió… continuará

 

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