Young Saint Seiya
NOTAS DE UN PIANO
por Sandra Hdez.
La puerta del lujoso salón se abrió lentamente y un muchachito rubio de unos
ocho años de edad entró en la habitación dejando la puerta abierta. Los ojos
del niño, unos ojos brillantes del color azul del cielo, se abrieron de par en
par, maravillados ante la basta colección de objetos de arte, de jarrones
antiguos y de hermosos cuadros que adornaban aquella habitación. Sin embargo el
jovencito pronto recordó lo que le había llevado allí, y se puso a recorrer
la estancia con la mirada. Al parecer buscaba algo.
- Ah, ahí está la dichosa pelota -dijo con fastidio. Encima de un
enorme sillón blanco que parecía muy confortable reposaba un balón rojo. El
niño agarró la pelota-. A ver si con esto me deja...
El resto de sus palabras
se perdieron, pues sus ojos se habían vuelto a fijar en algo. Era un piano de
cola blanco, al igual que el sillón, y el suelo de mármol, y la pared de
escayola... El chico no pudo resistirse; algo más fuerte que él le impulsó a
acercarse al piano. Sus pequeños dedos rozaron la madera nacarada de la caja de
resonancia; la superficie era fría y suave... ¡Que sensación tan
familiar!
Dejó la pelota roja en
el suelo y se sentó en el taburete, delante del piano. ¿Cuántas veces había
hecho aquello a lo largo de su corta vida? Su mente voló a días antiguos en
otra tierra mucho más fría, a días de felicidad al lado de la persona más
importante de su mundo... Los recuerdos se sucedían, a veces sin orden
aparente: una cálida sonrisa, unas manos de finos dedos sobre las teclas del
piano que le enseñaban dónde tenía que poner los suyos, unos ojos azules, las
risas de ambos; y una y otra vez la maravillosa sonrisa de su madre.
Llevado por los recuerdos
el niño abrió la tapa con delicadeza, las teclas blancas y negras hicieron su
aparición. Tocó la primera casi con miedo, pero sonó bien. Acto seguido,
comenzó la melodía primero bacilante pero después más segura. Era una
canción sencilla y dulce, una antigua nana rusa que el niño sabía de memoria,
pues estaba grabada en su alma... Hasta que oyó un golpe detrás de él.
¿Qué estaba haciendo?
¡No debería estar tocando aquel piano! Asustado por lo que podría pasarle si
le pillaban con las manos en la masa, el chaval se dio media vuelta en el
taburete, sólo para encontrarse con otro niño de extraño cabello verde. Se
tranquilizó de inmediato al reconocerle como aquel niño que era apodado
"el llorón" por los huérfanos de la Fundación Kido.
- ¿Qué haces aquí? -le preguntó al recién llegado-. ¿Te encuentras
bien? -dijo después, algo preocupado al ver se frotaba la rodilla con gesto
dolorido. Debía haberse dado un buen golpe con la mesita que estaba a los pies
del sillón.
Este alzó la cabeza y
asintió tímidamente. Tenía unos ojos inmensos, del mismo color de su cabello,
y muy brillantes. Nunca se había dado cuenta hasta ahora de aquel detalle,
claro que tampoco lo conocía mucho, ni siquiera recordaba su nombre. Eso si,
como de costumbre había estado llorando recientemente, sus mejillas tenían los
surcos húmedos dejados por las lágrimas.
- ¿Seguro que estás bien? -volvió a preguntar.
Pero en aquel momento una
tercera figura hizo entrada en la habitación.
- ¡Aquí estás, enano! -dijo un tercer niño castaño, señalando al
chico del pelo verde, que se encogió de miedo con sólo verlo-. ¿Creías que
ibas a poder escapar de mi,
nakimushi1? -le preguntó, cogiéndole del
brazo con fuerza.
- ¡Quita! -le suplicó el niño del pelo verde. El otro sólo se rió
con ganas.
- Te vas a enterar. Tatsumi tiene a tu hermano muy ocupado, esta vez no
lo tendrás para defenderte, así que no
te vas a librar de una buena paliza... -le aseguró con aire fanfarrón.
O eso habría hecho de no
haber recibido un tremendo golpe en la cara con un balón rojo. El niño del
pelo verde aprovechó para liberarse y esconderse tras un sillón, mientras el
agredido contenía las lágrimas a duras penas.
- Déjale en paz, Jabu -dijo el niño rubio, el autor del lanzamiento. Si
conocía el nombre del recién llegado, ¡como para no conocer al chico más
idiota de la mansión!.
- ¡Hyoga! -exclamó el tal Jabu, que no se había percatado de su
presencia-. ¿Para que te metes? -preguntó mirándole con odio.
- Por que quiero -contestó el otro tan tranquilo, al parecer nada
intimidado por la fanfarronería de Jabu. Aquella pose de seguridad no gustó
nada a Jabu, estaba acostumbrado a que le temiesen-. ¿Por qué siempre vas
contra él? No te hace nada... -le dijo Hyoga.
- ¡Porque es un niño llorón! -contestó Jabu, como si eso sirviese de
escusa para todo.
- Bueno, ¿y qué? -preguntó Hyoga encogiéndose de hombros-. Tú eres
una sabandija, un fanfarrón, un abusón, un idiota, un creído, un pelota...
-enumeró Hyoga con sarcasmo.
O al menos esa era su
intención. No podía estar muy seguro de si había dicho las cosas que quería
decir, porque todavía no dominaba muy bien el japonés. Sin embargo la
reacción de los otros dos chicos le confirmó que había estado acertado. El
niño del pelo verde reía divertido desde su escondite, pero se tapó la boca
con ambas manos rápidamente para que Jabu no le oyera. Este apretó los puños,
la cara se le puso roja de ira e hizo intención de irse a por Hyoga, pero este
jugó su última carta.
- Mira. Saori me ha mandado a recoger eso -dijo, señalando el balón
rojo que estaba junto a Jabu. Dejó el resto en el aire-. Quizás si se la
llevas tú...
A Jabu se le iluminaron
los ojos ante la posibilidad. ¡Seguro que Saori-san se pondría contentísima
si se la llevaba él mismo! ¡Quizás hasta jugara con él! Ya ajustaría las
cuentas más tarde con el llorica, y con el otro.
- ¡Pues claro que yo se la llevaré! -dijo de inmediato, cogiendo la
pelota-. Tu no mereces ni estar cerca de ella,
gaijin2
tonto. ¡Seguramente eres tan
tonto que no entenderías lo que te dijese!
Y después salió
corriendo pasillo arriba, riéndose y creyéndose muy listo por lo que acababa
de decir. Hyoga puso los ojos en blanco y resopló.
- Cada día es más idiota -dijo después, cruzando los brazos y
sacudiendo la cabeza-. Oye, ese ya se ha ido -le dijo al niño del pelo verde,
que seguía escondido.
Este asomó sólo los
ojos por detrás del sillón, parpadeó un par de veces y, al darse cuenta de
que Hyoga decía la verdad, se puso de pie al fin.
- Gracias -le dijo al final, con una tímida vocecilla. Hyoga se encogió
de hombros y se metió las manos en los bolsillos del pantalón-. Pero te has
metido en un lío -dijo después. El chico rubio enarcó una ceja sin entender-.
Jabu te pegará por ayudarme.
- Que lo intente -replicó Hyoga muy seguro de si mismo, con una sonrisa
traviesa bailándole en el rostro. La sonrisa se contagió al chico del pelo
verde-. Yo soy... -comenzó a presentarse.
- Hyoga, lo se -se adelantó el otro. Hyoga enrojeció ligeramente,
avergonzado de no saber el nombre de aquel niño cuando él si sabía el suyo-.
Todos lo saben -añadió, para sorpresa de Hyoga-. Yo me llamo Shun -se
presentó el pequeño.
- ¿Todos lo saben? -preguntó Hyoga.
- Todos te conocen, porque dicen que no eres japonés. -Shun se detuvo,
dudando si continuar o no-. ¿Es verdad? -preguntó al fin, echándole
valor.
Hyoga tuvo que poner
mucha atención para enterarse de lo que había dicho, porque aquel niño
hablaba muuuy bajito, pero finalmente asintió como respuesta.
- ¿De dónde eres? -siguió preguntando Shun, al ver que el otro no
tenía ningun reparo en contestar. Hyoga se quedó pensando un momento.
- No se decirlo -admitió después, no sin cierto sentimiento de
vergüenza.
- ¿No sabes? -preguntó Shun, extrañado.
Shun recordó que el
resto de los niños (con Jabu a la cabeza, como no) llamaban a Hyoga
gaijin. Pero no sólo murmuraba sobre su origen;
también le habían dado fama de ser antipático y de no hablar con los demás.
Decían que siempre estaba solo y que no le gustaba la compañía de la gente.
Sin embargo a Shun no le parecía tan extraño ahora. Había sido amable y le
había ayudado y había respondido a sus preguntas sin enfadarse y...
De repente el niño lo
entendió todo: no era que Hyoga no quisiese hablar con los demás, ¡era que no
sabía cómo hacerlo bien! Como era de otro país, no hablaba bien el japonés.
De hecho, ya había notado el acentro raro, que pensaba mucho antes de hablar y
que incluso así a veces se le trababan las palabras.
- ¿No sabes decirlo en japonés? -preguntó Shun otra vez.
Sonrió compasivo al ver
que el otro negaba con la cabeza, avergonzado. Si hubieran avanzado algo más en
las clases de griego que recibían de la Fundación Kido quizás Hyoga podría
decirle cuál era su país.
- Si al menos tuviésemos un mapa -dijo Shun.
Hyoga volvió a recorrer
la estancia con la mirada. En aquella maravillosa habitación había un montón
de estanterías, y en ellas muchos libros.
- Quizás alguno tiene mapas -propuso Hyoga, y se puso a buscar.
- ¡No! -le previno Shun-. ¡No debemos tocar las cosas que no son
nuestras! -recordó.
- Pero yo quiero saber... -dijo Hyoga, mirándole a los ojos.
Shun no pudo resistirse y
se unió al otro niño en la búsqueda del atlas. Fue él quien lo encontró y
quien se lo enseñó a Hyoga. Este lo agarró con ambas manos y comenzó a pasar
páginas, hasta que dio con la imagen que buscaba. Con los ojos brillantes y sin
dudarlo un segundo, puso el dedo índice encima del inmenso país del que
procedia.
- ¡Rusia! -leyó Shun entusiasmado. Luego miró a Hyoga y sonrió, este
le devolvió la sonrisa. ¡Que gran triunfo! Era como si hubiesen descubierto un
nuevo continente o algo vital para la humanidad.
- Rusia -repitió Hyoga con cierta dificultad al principio-. Rusia -dijo
después, más suelto.
- Tenemos que irnos de aquí antes de que alguien nos pille -recordó
Shun.
Hyoga asintió y dejó el
libro en su lugar mientras el otro pequeño le esperaba en la puerta. El ruso
llegó a su lado y ambos salieron al inmenso pasillo, cerrando la puerta tras de
si para no levantar sospechas.
- Oye, Shun -dijo Hyoga antes de andar por el corredor. Su compañero
volvió la cabeza y le miró-. Muchas gracias.
- De nada -murmuró el otro, feliz por haber sido de utilidad.
Después comenzaron a
andar por el pasillo uno junto al otro, mientras Hyoga explicaba a Shun cómo
había ido a parar a la habitación del piano por culpa de la orden de Saori.
Por su parte, el otro pequeño le dijo que él venía huyendo de Jabu, que
quería pegarle, cuando oyó la canción y no pudo evitar pararse a mirar;
había entrado tan deprisa que había chocado con la mesa.
- Me dio pena que dejases de tocar -confesó Shun con sinceridad-. Era
una canción tan bonita...
Hyoga sonrió y asintió
con la cabeza, sus sentimientos le impedían decir nada más. Ambos habían
llegado sin más problemas al final del pasillo. Tras la puerta en la que se
encontraban se abría la zona de entrenamiento, el lugar donde estarían todos
los chicos. Shun agarró del brazo a Hyoga y le detuvo cuando este iba a cruzar
el umbral.
- Quizás quieras que entremos por separado -le dijo al niño ruso,
bajando la cabeza-. A lo mejor no quieres que te vean conmigo. Quizás se rían
de ti y se metan contigo si te ven con el
nakimushi...
La respuesta de Hyoga fue
pasar un brazo por los hombros de Shun y obligarle a entrar en la habitación de
esa manera. Shun no pasó por alto las caras de sorpresa de los demás al verles
entrar así, e incluso vio algún gesto de burla; pero Hyoga parecía estar por
encima de aquello. Caminaba junto a Shun como si lo hubiese hecho siempre, como
si los dos pequeños se conociesen de toda la vida.
- Eh, Shun -dijo Hyoga entusiasmado, pero aún sin soltarle-. ¿Te
enseño a tirarte del trampolín? -le propuso señalando la plataforma que se
levantaba a veinte metros del suelo.
Pero Shun casi no podía
verla. Las lágrimas habían acudido a sus ojos sin que lo pudiera evitar.
Sabía que había
encontrado su primer amigo.
1 Nakimushi: Bebé llorón, literalmente.
2 Gaijin:
Extranjero.
Por si a alguien todavía le cabe alguna duda al respecto, Hyoga
es mi personaje favorito de
Saint Seiya, seguido, aunque un poco lejos, por Shun... Sobre todo cuando eran "peques", ¡eran tan
monos!. ^_^
Comentarios, quejas y demás a
[email protected]