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Capítulo 6: EL VERDADERO PARTIDO por Sandra Hernández Martín |
Matsuyama ya sabía lo que iba a ocurrir a continuación. Lo había
sabido desde el principio, cuando había tomado la decisión de despejar el
balón. Volvió a caer de espaldas al suelo; pero, aunque el dolor en su
magullada espalda fue intenso, no podía compararse con la punzada que sintió
en el corazón. Japón iba a quedarse con diez.
- ¡Es mano! -gritó Gentile inmediatamente.
Como si una prolongación del líbero italiano se tratase, el estadio
al completo pareció enloquecer, o eso le pareció a Matsuyama. El banquillo de Italia saltó casi al campo, protestando la acción, mientras los
japoneses
protestaban la falta a su portero a la par. Los jugadores de ambos equipos trataron de echarse
encima del árbitro, cada uno con distintas peticiones.
Y, mientras tanto, el árbitro corría hacia la posición de Matsuyama, que se había levantado lo más deprisa que le dejaba su espalda. Cada pitido del colegiado
parecía traspasar a Hikaru como una espada.
Cuando el colegiado levantó la tarjeta roja el estadio vibró de la
misma forma que cuando Italia había marcado el gol. Mientras los italianos
lo celebraban, Hikaru sintió un nudo en la garganta. Sabía que tenía que pasar, pero le parecía casi irreal. Era la primera vez en su vida que era expulsado; dejaba a su
equipo perdiendo y con diez.
- O sea, que ha visto la mano, pero la falta al portero no la ha visto, ¿no? -los gritos de Soda devolvieron
a Hikaru a la realidad. No se había
acordado de protestar la acción anterior, sumido en sus preocupaciones.
- ¿Qué pasa? ¿Está ciego o algo por el estilo? -Wakabayashi se salía de
sus casillas. Estaba tan enfadado que hablaba mitad inglés, mitad alemán sin darse cuenta-. ¿Qué hace falta para que nos pite una falta a
favor? ¿Que
nos rompan una pierna? ¡Y encima me expulsa a un defensa! ¡Esto es increíble!
- ¡Árbitro, eres un... -iba a decir Hyuga. En los ojos del delantero se
veían las ganas de llegar a las manos. Estaba harto de la actitud del
colegiado hacia Japón, harto de ser discriminado abiertamente.
- ¡Hyuga, no! -le detuvo el propio Matsuyama. Temeroso de que su equipo
se quedara con nueve, el doce japonés enganchó a Hyuga y lo apartó del
árbitro a duras penas.
- ¡Déjame, Matsuyama! -le gritó Hyuga de muy malos modos. A decir verdad, Hikaru estuvo tentando a
hacerlo. La fiereza de Kojiro era
legendaria, y en esos momentos estaba cabreado de verdad.
- ¡NO, Hyuga! -dijo a pesar de todo. Matsuyama era uno de los
pocos que se atrevían a enfrentarse a Hyuga directamente. Le agarró por los hombros y le miró a los ojos, sosteniendo la furiosa mirada del
tigre-. ¿Quieres acompañarme
al vestuario antes de tiempo? Quedan menos de quince minutos -le gritó. Kojiro gruñó por toda respuesta-. ¡El equipo te necesita! ¡Tienes que darle
la vuelta al marcador y demostrar de qué madera estás hecho! ¡Tienes que
hacerlo!
Ambos lo negarían rotundamente si se lo preguntaran, pero en aquel momento se hizo manifiesta
la similitud de caracteres entre los dos. Hikaru y Kojiro, por mucho que quisieran negarlo, por mucho que
se peleasen y que estuviesen siempre compitiendo, eran muy parecidos. La garra, la entrega, el orgullo, el
no rendirse jamás... Hikaru se controlaba más, Kojiro era más impulsivo... pero en el fondo eran tan
parecidos que les ocurría lo que a los polos de igual signo de los imanes, que acaban repeliéndose. En
aquella situación no fue así. Kojiro asintió lentamente.
- Vete. No pierdas más tiempo -le dijo Hyuga, apartándose bruscamente-. Tengo goles
que meter.
A su alrededor, las cosas se habían calmado sin más tarjetas gracias a la rápida intervención de
Tsubasa y Misaki, así como de Jito, que arrastró
a Wakabayashi a su portería antes de que lo amonestaran. Matsuyama salió corriendo hacia los vestuarios para perder menos tiempo, recibiendo abucheos
por gran parte del público y miradas tristes por parte de sus compañeros. Soda le gritó que tenía una pequeña radio
en su bolsa de deportes (la llevaba desde que había sido expulsado contra Francia, pues lo había pasado
fatal sin saber cómo iba el partido), y que la cogiese. En la puerta del túnel de vestuarios le esperaba
Misugi Jun con una chaqueta del chándal.
- ¿Te encuentras bien? -le preguntó su compañero de cuarto, entregándole
la prenda. Matsuyama negó con la cabeza, se sentía incapaz de hablar-. Hiciste
lo que tenías que hacer -le dijo Misugi con tono amable-. La tarjeta roja directa son dos partidos de sanción, ¿lo sabías? -le preguntó.
- Si -respondió Matsuyama-. Lo sabía -dijo con voz queda entrando en el túnel. Pero no se fue a los
vestuarios. Se quedó en el túnel, sin entrar
al campo pero en una posición que le permitía ver lo suficiente del terreno
de juego. Sabía que si entraba en los vestuarios se volvería loco haciendo
conjeturas, a pesar de la radio de Soda, así que decidió quedarse allí.
Los italianos sacaron la falta directa, prometiéndoselas muy felices. Pero el ánimo de Japón estaba
encendido. Les habían pisoteado
claramente durante todo el partido y, a pesar de ello, no habían pitado todo lo que tenían que pitar. El gol de Italia era ilegal y la expulsión
había estado precedida de una falta. El partido en si había sido una gran
injusticia casi desde que había comenzado.
Aquello no podía quedar así.
- ¡Se acabó! -gritó Soda, entrando a uno de los atacantes italianos y haciéndose con el balón-. ¡Ahora os
vais a enterar de quiénes somos!
Soda avanzó por su banda con decisión. Estaba tan enfadado, tantos
eran sus deseos de venganza que ninguno de los defensas pudo pararle y, si tuvo algún problema, se apoyó en Sorimachi, que se
mantuvo a su vista en todo momento. Llegado el momento, centró hacia Tsubasa, aunque este aún
estaba lejos de la portería, en una zona donde Italia aún ejercía poca
presión.
- ¡Esta vez tiene que ir dentro! -le gritó a su capitán. El pase fue
perfecto, al pie. Tsubasa miró a Soda y asintió-. Por Matsuyama, esto será gol -murmuró el lateral para sí.
- ¡Juntos, Tsubasa! -le dijo Misaki, llegando a su lado.
Y la "pareja de oro" se preparó para realizar el
"twin shoot". En
su portería, Gino Fernandez sonrió confiado. Había estudiado a aquellos dos,
a toda la selección japonesa, y estaba seguro de que podía parar cualquier
tiro que fuesen capaces de hacer.
- ¡Dejadles que tiren! -les dijo el italiano a sus compañeros. Y tiraron.
El balón salió con gran potencia y haciendo giros extraños, pero la expresión de seguridad de
Fernandez no cambió un ápice. Podía pararlo. Era un tiro complicado, pero él era el mejor portero de
Europa. Podía pararlo.
Claro, que el mejor portero de Europa no imaginaba lo que iba a
suceder. La aparición de Hyuga fue rapidísima, tanto que Gentile, que se
había tomado el marcaje del delantero japonés como algo personal, ni le
vio moverse. Kojiro saltó a por el balón y, según venía, empalmó su "tiro
del tigre" de volea, imprimiendo mayor potencia al "twin shoot". Si el
disparo combinado de Tsubasa y Misaki ya era peligroso de por si, con la
potencia añadida de Hyuga se convertía en un tiro imparable.
Cuando Fernandez quiso darse cuenta de la situación, el balón ya
se había colado en su portería. El "mejor portero de Europa" había hecho
la estatua, no había olido el gol que le acababan de meter. El pitido del
árbitro (al fin a favor de Japón), lo confirmó. El partido estaba empatado.
- ¡El partido comienza ahora! -gritó Kojiro con orgullo.
Mientras los italianos terminaban de creérselo, Nitta pasó al lado
del atónito portero raudo como una flecha y recogió el balón del fondo de la portería, para llevarlo al centro del campo. Quedaban menos
de cinco
minutos, y Japón no quería perder un tiempo precioso. La única celebración
que se permitieron los japoneses fue la rapidísima mirada que dirigió Hyuga a Matsuyama, pues le había visto en el túnel de
vestuarios. El delantero
japonés miró a Hikaru y levantó el dedo índice en su dirección, permitiéndose una leve sonrisa torcida que fue correspondida desde el túnel. Matsuyama comprendió. Aquel era sólo el
primero y, de alguna manera, sentía que había participado en aquel magnífico gol. Aquel
gesto se quedó entre los dos.
Ahora le entraron las prisas a Italia. Sin duda arrepentidos de
haber estado encerrados tanto tiempo cuando podían haber intentado marcar
otro par de goles (algo difícil, dado como había jugado la defensa japonesa)
y echando de menos a su delantero Marco, los italianos se apresuraron a
sacar de centro. Pero Japón, después de lo que había tenido que aguantar durante el partido, no estaba dispuesto a irse del
campo sin la victoria.
Y lo dejó bien claro en cuanto los italianos pusieron el balón en juego.
Misaki salió disparado hacia el esférico y, luego de forcejear con uno de
los centrocampistas (ni siquiera supo con cual), lo recuperó para su equipo.
- ¡Cuatro minutos! -gritó Misugi desde el banquillo. No necesitó repetirlo
para que Japón se lanzase al ataque.
Misaki combinó con Takeshi para avanzar por el campo contrario. Al jugar de forma tan parecida se
entendían muy bien. Mientras tanto, Tsubasa, Nitta, Sorimachi y Hyuga se adentraron casi en el área
italiana, los cuatro separados para obligar a la defensa y al portero a dividir su atención en cuatro frentes.
- ¡Al diez y al nueve! -ordenó Gentile, convencido de que ni Nitta ni Sorimachi
iban a ser los encargados del último tiro. Se equivocó. El balón de Misaki fue directo al joven delantero del Musashi-. ¡¿Qué?!
-exclamó Gentile. Pero reaccionó bien. Fue el único defensa con la suficente rapidez como para corregir su
carrera y salir a su encuentro.
Pero aquella vez Nitta decició que no iba a tirar, y dejó pasar el
balón, que siguió su trayectoria y fue a acabar en los pies de Tsubasa, que
se adelantó a los defensas italianos, que se habían despistado con la reacción de Nitta. Además, Italia no estaba acostumbrada a aquel
juego rápido; estaban acostumbrados a defender, a ralentizar el juego hasta que se adaptase a sus características. Cuando el juego iba
demasiado rápido, hacían falta y lo paraban. Pero ahora la furia japonesa, unida a sus propias prisas, les jugó malas pasadas. No supieron reaccionar.
- Es tuyo, Tsubasa -murmuró Matsuyama, desde el túnel de vestuarios,
apretando los puños. El encargado del campo, que no le perdía de vista para evitar que entrase en el terreno de juego, le miró
comprensivo. No
entendía ni palabra de lo que decía, pero podía imaginárselo.
El capitán japonés se había dado cuenta de todo eso, y no esperó
a que sus contrarios se recuperasen. Con aquella maestría tan suya disparó su "drive shoot" a bocajarro y a la izquierda. Si de
lejos el tiro de Tsubasa era potente, la cercanía lo hacía endiablado. Fernandez se estiró hacia ese
lado, y no le quedó más remedio que agarrar el balón con la mano izquierda. Pero aquella mano era su mano
mala, y no pudo sujetar el esférico.
Cuando el balón traspasó la línea de gol y se clavó en la red, amenazando con traspasarla, los
aficionados japoneses estallaron. Por un
momento, parecía que había más orientales que europeos, tal era la alegría.
- ¡Si! -gritó Wakabayashi, desde su portería. Japón se ponía por delante y encima él ganaba a Fernandez. Era perfecto. Estuvo tentando de abrazar
a Ishizaki (el compañero que tenía más cerca) y plantarle dos besos, pero por fortuna para la dignidad de ambos, Ryo ya había salido corriendo a celebrar el gol con
Tsubasa.
Japón se tomó su tiempo para celebrar su gol, para dar rienda suelta
a su alegría de una vez por todas, ante las prisas de los italianos. Quizás
se demoraron más intencionadamente, pero nadie les iba a quitar esos momentos
de gloria.
- ¿Cuánto queda? -preguntó Soda a gritos al banquillo, mientras se señalaba
la muñeca izquierda, como si llevara un reloj. Misugi le contestó levantando dos dedos: dos minutos-. ¡Eeeeh! ¡Vamos todos atrás! -les
gritó a sus compañeros, sonriendo con mala idea-. ¡Vamos a encerrarnos como ellos! ¡Que sepan lo que se
siente! -propuso. Pero Tsubasa dijo que jugarían como siempre. A pesar de que la mayoría de sus
compañeros hubieran aceptado de buena gana la propuesta de Soda, al final se hizo lo que decía el
capitán,
que para algo lo era-. Aguafiestas -murmuró Soda, finalmente. Observó que, a su lado, Jito
sonreía torvamente.
El árbitro añadió un par de minutos más, pero
Italia no tuvo nada que hacer. A pesar de contar
con grandes jugadores, la mayoría eran de
corte defensivo, y su ataque dejaba mucho que desear. Japón terminó ganando aquel partido.
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Bueno,
¿alguien dudaba que Japón ganaría? Sólo espero haberle puesto algo de
emoción al partido. En cuanto al encuentro, tengo que agradecer a Matías Ordóñez (si, otra vez) y a
Elumey Di Palma por contestar
a mis preguntas sobre los jugadores italianos (ellos saben a qué me refiero) con tan buena disposición.
Ya se que luego me he inventado los nombres (me da más libertad a la hora
de escribir) pero para mí la intención es lo que cuenta, chicos.
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