AnArKiSmO:�mOvImIeNtO fIkTiZiO o ReAl?
EL MOVIMIENTO ANARKISTA
El movimiento anarkista en su estructura est� compuesto por peque�os centros de poder que se desarrollan, act�an, juzgan, condenan, absuelven, deciden y se equivocan como todos los centros de poder. La funci�n que desarrollan es semejante a la de sindicatos y partidos al servir de enlace entre las exigencias del capital y las presiones del embate de clase. Su �ptica es la de sumar el mayor n�mero posible de personas bajo una sigla o bandera. En este caso, el poder se mide en base al n�mero de militantes, o mejor, el n�mero de grupos federados (que la cosa impresiona m�s en cuanto no se sabe si un grupo est� constituido por 2 o 200 militantes). Muchos compa�eros est�n m�s atentos a los congresos y a las reuniones que a las propias luchas; m�s inclinados a redactar art�culos filos�ficos para las revistas que insisten en publicarles que al compromiso personal; no tan preocupados en atacar al poder como en tratar de molestarlo lo menos posible para seguir disponiendo de peque��simos espacios donde luchar o donde ilusionar con su lucha. La verdad es que en Italia el movimiento es, en su mayor parte, un movimiento ficticio. Quitando raros casos, est� fuera de las luchas. Luchas que no pocos grupos y federaciones se atribuyen. Alg�n grupo va m�s adelante y se complace haci�ndonos conocer sus experiencias dentro de alg�n consejo de f�brica o comit� de barrio.
Lo que aqu� queremos subrayar es que, a menudo, detr�s de toda esta tendencia o colectivo se pueden encontrar algunas personalidades m�s fuertes que otras, que acaban por construir un verdadero y propio centro de poder, administr�ndolo en perfecta armon�a con las reglas universales del poder. No falta, y es evidente de modo particular en el movimiento anarkista italiano la tendencia a sobrevalorar la importancia del movimiento en sentido espec�fico como elemento dinamizador de la revoluci�n libertaria. Es de nuevo la man�a del crecimiento cuantitativo, de la fuerza num�rica, tanto m�s fuerte y desconcertante cuanto menos se es, y cuanto m�s lejos se est� de las condiciones que hacen posible el crecimiento mismo. Resumiendo, tenemos pues un movimiento que se coloca como depositario de un patrimonio de ideas, an�lisis y experiencias bien precisas, pero que no tiene una relaci�n directa con las luchas. Falta su presencia en las masas, que se considera como condici�n ��nica� de su mismo llamarse movimiento anarkista. Pero no todos los compa�eros que se sit�an dentro de este movimiento comparten las ideas susodichas, no todos se acomodan a la espera de un crecimiento cuantitativo que debe producirse dentro del movimiento, crecimiento determinante para cualquier acci�n a desarrollar �en las� masas. Algunos ven el problema en sentido opuesto. En general este distinto an�lisis es realizado por los denominados grupos aut�nomos, aunque no es para nada homog�neo o universalmente aceptado.
MOVIMIENTO FICTICIO Y MOVIMIENTO REAL
Consideramos como movimiento anarkista ficticio el conjunto de los compa�eros que administran una posici�n de poder dentro del movimiento, que no hacen un preciso trabajo anarkista contribuyendo al crecimiento de la conciencia revolucionaria en las masas, sino que se limitan a presidir las reuniones y congresos, tratando de dirigir a los compa�eros m�s j�venes o menos preparados hacia lo que ellos consideran los principios indiscutibles del anarkismo. Quedan los otros compa�eros que por debilidad o por aquiescencia acaban por adecuarse a las decisiones que son tomadas siempre por las mismas personas. Esos, aunque comprometidos en las luchas concretas desnaturalizan el significado mismo de la necesidad de la delegaci�n y no se ocupan de prepararse de modo tal que v�lidamente se contrapongan a la �tiran�a� del compa�ero m�s competente o de m�s autoridad.
El resto del movimiento comprende dos direcciones bien precisas: los que teorizan la necesidad de la minor�a espec�fica, constituy�ndose como vanguardia destinada a tutelar los sacros principios del anarkismo (o anarko-leninismo); y los aut�nomos, que se debaten entre entre el est�mulo originario del crecimiento y una nueva visi�n del movimiento en sentido real En el caso de que estos �ltimos grupos se autoconsideren los depositarios de la verdad y, como tales, destinados a recoger la herencia de las sacras virtudes anarkistas del pasado, su destino est� se�alado con anticipaci�n. Muy prestos tambi�n ellos encontrar�n a su l�der (si no lo han encontrado ya) y marchar�n en las filas del movimiento ficticio; en el caso de que giren la mirada fuera de la organizaci�n, hacia la realidad concreta de las luchas, entonces tal vez sean los compa�eros m�s indicados para darnos un nuevo an�lisis de la esencia y las posibilidades de un movimiento anarkista real. Pero, en general, el movimiento anarkista no molesta mucho y se le deja dormitar en paz. La ilusi�n democr�tica abre espacios de acci�n imaginaria ante los ojos de muchos compa�eros y los induce al error.
EL MOVIMIENTO ANARKISTA REAL
La parte no desde�able del movimiento anarkista internacional que est� constituida por los grupos aut�nomos, como hab�amos indicado, no tiene un derecho mayor que cualquier otra, a declararse parte -o constituyente- del movimiento anarkista real. Tambi�n aqu� se pueden verificar fen�menos de concentraci�n elitista, de elefantismo obtuso, de atraso en los an�lisis en en las estrategias de lucha. Al contrario, nos parece que el lugar m�s seguro para buscar el movimiento anarkista real est� fuera de los esquemas y de las iglesias. Se sit�a en las masas que en concreto plasman sus postulados en la confusi�n y en los cambios de opini�n, en los errores y en los titubeos, pero con un notable esfuerzo de autoorganizaci�n de la lucha, empleando en ellos una estrategia anarkista de aproximaci�n a la revoluci�n social. Pero esta b�squeda en las masas no se puede hacer de modo ciego. En las masas explotadas la organizaci�n de los ataques al poder (patronos, sindicatos, partidos) es un hecho espont�neo, emergente de modo inmediato del proceso de explotaci�n. En estas luchas se dan un m�nimo de condiciones para el crecimiento de un movimiento real que no es cuantificable en t�rminos de grupos o federaciones, sino que, indirectamente, resulta medible sobre la base del n�mero de acciones de un cierto tipo que son realizadas sobre la base de la circulaci�n de ciertas ideas, sobre la base de la respuesta que ciertas ideas reciben en determinados ambientes de explotaci�n. En esta perspectiva las tesis anarkistas del pasado no pueden ser aceptadas de forma sagrada, sino que deben ser le�das en clave de actualidad, como modelos de acci�n y no como estereotipos momificados.
S�lo de este modo se podr� tener un movimiento anarkista real que no resulte atrasado frente a los est�mulos te�ricos procedentes de las situaciones reales impuestas por el movimiento real de los trabajadores. Este, resistiendo a la eliminaci�n f�sica en las c�rceles y en los manicomios, rechazando jugar el rol asignado por el poder, desarrolla una organizaci�n aut�noma que puede tambi�n llegar a formas bien precisas de articulaci�n. El movimiento anarkista real no puede ser extra�o a esta germinaci�n organizativa espont�nea: obligatoriamente debe formar parte de ella tratando de garantizar la esencia libertaria que emerge del movimiento de base: la lucha contra todo tipo de poder. Pero este movimiento anarkista real no debe asumir ninguna forma de prevalencia sobre las organizaciones del movimiento de los trabajadores y no puede ser administradas por especialistas iluminados capaces de mantenerlas en vida en momentos de cansancio. El punto esencial a no olvidar es que estos famosos momentos de reflujo lo son para el movimiento ficticio de los trabajadores, no para el movimiento real, sometido en todo instante a la presi�n incansable de la explotaci�n y el genocidio.
EL MOVIMIENTO FICTICIO Y EL DOMINIO DE LO APARENTE
Nosotros somos partidarios de la organizaci�n, pero la organizaci�n no puede ser un problema en s� misma, aislada de la lucha; un obst�culo para acceder al combate de clase. El conjunto organizativo despegado de la realidad cae en el dominio de lo aparente y se eleva a la categor�a de catedral en el desierto. En su interior se producen todo tipo de disputas entorno a las estrategias y t�cticas, que nada tienen que envidiar a las reales; s�lo que todo sucede en mundo ficticio. El motivo de esta situaci�n se deberia buscar en la existencia de peque�os centros de poder que empujan a muchos compa�eros a rotar en torno a ellos, mientras los pocos que administran estos centros, en base a la ley de cualquier organizaci�n de poder, no pueden hacer otra cosa que continuar administr�ndolos. Nos parece que estos compa�eros, aunque de buena fe, son responsables directos de esta situaci�n si contin�an sin hacer nada al respecto. Es verdaderamente extraordinario el esmero con el que son embalsamadas ciertas momias por quien deber�a ser por definici�n contrario a todo tipo de conservadurismos. En sustancia es la ilusi�n producida por la apariencia lo que empuja a estos compa�eros a comprometerse en algo que no tiene sentido si no es considerado un fin en s� mismo. De ah� las grandes fatigas para mantener en pie organizaciones que s�lo tienden a perpetuarse a s� misma esperando que llegue el d�a glorioso de pasar a la acci�n.
El proyecto revolucionario anarkista parte del contexto espec�fico de la realidad de las luchas. No es un producto de la minor�a, no es elaborado por �sta y exportado al movimiento de los trabajadores, que lo adquiere en bloque o a plazos. El proyecto revolucionario no es ni siquiera una realizaci�n acabada en todas sus partes. Los anarkistas no deben imponer su conciencia de minor�a revolucionaria a la clase trabajadora. Actuar en este sentido significa, involuntariamente, perpetuar la violencia leninista. Al contrario, participando en el proceso de autoorganizaci�n de la masa, trabajando dentro, no como te�ricos pol�ticos o especialistas militares, sino como masa, se puede evitar el obst�culo insuperable de la minor�a separada que intenta �viajar� hacia la totalidad de la masa, pero no sabe decidirse sobre la metodolog�a a emplear. Es necesario partir del nivel real de las luchas, del nivel concreto y material del combate de clase, construyendo peque�os organismos de base, aut�nomos, capaces de colocarse en el punto de coincidencia entre la visi�n total de la liberaci�n y la visi�n estrat�gica parcial que la colaboraci�n revolucionaria hace indispensable. No se trata pues de propaganda, de �hacerse conocer� por las masas, no se trata de acceder a los grandes medios de comunicaci�n, no se trata de hablar en televisi�n a millones de espectadores; se trata de realizar en cada hecho de la lucha de masa la conciencia revolucionaria de la minor�a, transformando en hecho-concreto la conciencia que en convento minoritario, quedaba en simple abstracci�n; haciendo que la necesidad del comunismo advertida por las masas se realice, poco a poco, en una concreci�n cotidiana, en una organizaci�n material de la vida.
�QUE MOVIMIENTO?
Pero, en definitiva �qu� cosa debemos entender por movimiento anarkista? Pensamos que debe ser entendido en el sentido m�s amplio de t�rmino, como el conjunto de todas las fuerzas que luchan por la realizaci�n de una revoluci�n social libertaria; pero pensamos tambi�n que la cristalizaci�n oficial de algunos componentes de este movimiento, el ponerse c�modo sobre tem�ticas escol�sticas, el encerrarse en conventos que escupen sentencias de absoluci�n o condena, haya acabado, al d�a de hoy, por transformar la parte m�s grande de este movimiento en un pesado e in�til carroz�n ideol�gico. Sin embargo, m�s all� de la estructura, que est� matando todo, hay compa�eros, individuos que intentan luchar por su ideal, que ven con claridad como este choque continuo con la estructura acaba por oprimirlo cuando deb�a exaltarlo y hacerlo realizable. Estos compa�eros son los destinatarios privilegiados de nuestro discurso.
LA ORGANIZACION
La organizaci�n espec�fica de las masas explotadas se da a trav�s de la autoorganizaci�n. Esta puede extenderse en el curso del combate y del desarrollo de las contradicciones, pero sin perder su fundamento espont�neo de autorregulaci�n. Esto garantizar� la persistencia de una estructura horizontal, �nica salvaguardia para continuar la lucha. El aislamiento es la causa de la derrota revolucionaria, no s�lo sobre el plano militar, sino, m�s todav�a, sobre el pol�tico. Ello no es posible cuando el organismo actuante no es producto de un dualismo (organismo de masas-organizaci�n espec�fica), sino que es la masa misma la que extiende su actividad estructur�ndose de modo aut�nomo. Todo est� todav�a por hacer en esta direcci�n. La masa desarrolla e incrementa diariamente su necesidad de comunismo, elabora su propia teor�a, determina sus enemigos. No podemos continuar qued�ndonos en lo cerrado de nuestros grupos, meditando an�lisis y proponiendo estrategias de acci�n como producto de un organismo que se considera interlocutor privilegiado de la masa. Debemos poner al rev�s el razonamiento, dejar de contarnos y comenzar a contar a los explotados y guettizados.
DE NUEVO SOBRE EL ERROR DEL CRECIMIENTO CUANTITATIVO DE LA MINORIA
La vieja ideolog�a cuantitativa se puede transferir bajo la forma de objetivaci�n de la minor�a misma. El compromiso por la lucha viene dado por la b�squeda del crecimiento del movimiento espec�fico, de la minor�a. No debemos basarnos en las propias perspectivas y en los intereses propios, utilizando las ocasionales instancias del movimiento de los trabajadores como detonador del proceso de desarrollo y de amp!iaci�n, sino, al contrario, el punto de partida debe ser la transformaci�n de la realidad misma, esto es, la transformaci�n de la relaci�n existente entre autoorganizaci�n y delegaci�n de las luchas. Por eso, el �terreno� sobre el que comprometerse s�lo puede ser el propuesto por los est�mulos de la realidad misma, tomando en cuenta, como sabemos, que estos est�mulos est�n divididos entre el empuje hacia la autoorganizaci�n de las luchas y el impulso hacia la delegaci�n. Si en un barrio crece el descontento por ciertas carencias del poder que causan disfunciones (aumento de la explotaci�n), esto no significa que el barrio est� dispuesto a autoorganizar la lucha para resolver el problema inicial, hacer disminuir la explotaci�n que lo golpea y pasar a profundizar la lucha por otros objetivos m�s generales y m�s espec�ficamente revolucionarios. A menudo, todo lo que est� dispuesto a hacer es esperar para ver qu� camino es el m�s eficaz para obtener aquello de lo que carece.. Por este simple motivo, sindicatos y partidos pueden en todo momento obligar al poder a eliminar las contradicciones y, haci�ndolo as�, a apagar las luchas. Nuestra tarea no puede ser, por tanto, s�lo la de llegar antes que ellos, sino la de introducir la lucha en un cuadro m�s amplio, en un proyecto revolucionario m�s complejo, que pueda desplazar la relaci�n autoorganizaci�n-delegaci�n! del lado de la autoorganizaci�n. Y esto no es posible encerr�ndose en el hecho en cuanto tal, en la acci�n como fin en s� misma, o peor todav�a, en una perspectiva de crecimiento cuantitativo de la minor�a.
En estos �ltimos tiempos, la necesidad de comprender bien esta relaci�n se hace m�s apremiante. Podemos decir que el disenso se ha institucionalizado. La contestaci�n, el formular peticiones no ortodoxas, una cierta animosidad de la base, cosas que hasta ayer causaban un cierto p�nico en los sindicatos y en los partidos, hoy pueden ser objeto de debate en las instituciones. Mediante la discusi�n, la apertura, las asambleas de base, el di�logo, se impone, de forma limpia y sin escorias, lo que quiere el poder. Por tanto, el obietivo de intervenci�n no puede ser establecido a priori, sino que va delimit�ndose en el curso de la intervenci�n misma y sobre la base de las modificaciones que ello causa sobre la realidad de las luchas. No puede valorarse en base a resultados objetivos inmediatos por alcanzar, porque esta tambi�n puede ser tarea de partidos y sindicatos; no puede ni siquiera valorarse en base a una ideolog�a a priori, que acaba por hacerse afirmaci�n maximalista y, muchas veces, inoperante frente a una realidad que se va estructurando sobre una serie de contradicciones. Si, por ejemplo, nos limit�semos a denunciar las condiciones de los encarcelados, ser�amos sin duda �tiles a los compa�eros a los compa�eros que sufren la represi�n; pero limit�ndo. nos a esto, condenar�amos nuestra intervenci�n a quedar en manos de una minor�a externa que se acerca a la realidad y la divisa, se bate por ella y, - al l�mite, hace algo por cambiarla a mejor. Pero este �cambiar a mejor� es �til tambi�n para el poder que, antes o despu�s, debe tambi�n decidirse a adoptar sistemas m�s refinados y socialdem�cratas de represi�n; sistemas igualmente, si no m�s, eficaces. La acci�n pr�ctica de la minor�a es la realidad de las luchas es, pues, la de impulsar el desarrollo de la autoorganizaci�n, rompiendo con el delegacionismo y el dirigismo, aunque est� camuflado de proyecto revolucionario.
LA FRAGMENTACION DE LA REALIDAD DE LAS LUCHAS
La existencia misma del poder y de la explotaci�n es el indicio m�s seguro de la fragmentaci�n de la realidad de las luchas. En caso de que �stas lograsen fundirse en una acci�n homog�nea, es decir, hiciesen prevalecer la tendencia a la autoorganizaci�n, el poder ser�a barrido. Y dado que este �ltimo aprecia perfectamente el peligro, se organiza en consecuencia. Sus aliados m�s eficaces: los partidos y los sindicatos. Esta fragmentaci�n no se traduce en una distinci�n de niveles seg�n la presencia reformista, tecnocr�tica o revolucionaria. Es una fragmentaci�n que desciende en vertical, en profundidad. Una realidad de lucha en una f�brica, barrio, guetto, escuela, manicomio, etc. no es nunca calificable como �realidad� reformista, tecnocr�tica, revolucionaria, etc., siempre tiene un conjunto de problemas y de est�mulos que la caracterizan, un conjunto de tendencias y prejuicios, de separaci�n y de empe�o, de compromisos y de toma de conciencia. S�lo cerrando los ojos se puede admitir, por definici�n, que la minor�a es monol�tica porque ha tomado conciencia, mientras que la realidad es fragmentaria porque ha de ser conquistada por la minor�a. En realidad las cosas son muy distintas, el proceso es, para ambos elementos de esta relaci�n, una tendencia y una constante modificaci�n.
Alfredo M. Bonanno
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