ARCHIVO PÚBLICO DEL COMANDANTE
CLOMRO
Informe Clomro-3 LA MANIPULACIÓN MUNDIAL
SEGÚN DIVERSAS FUENTES
Sección II FUENTES
Subsección A LIBROS Y AUTORES
Parte V AUTORES, TEXTOS Y TEMAS
Juan Atienza
La gran manipulación
cósmica
10
De cómo el pez grande
vino a comerse al pez chico
La escala dimensional de la evolución
Si intentásemos establecer la sucesión
evolutiva de los seres del cosmos a niveles de conciencia
dimensional -y tendré que pedir excusas por lo que me temo que
pueda parecer una definición muy poco ortodoxa-, deberíamos
partir de una conciencia- punto, que correspondería, en líneas
generales, al que llamamos mundo mineral. Una piedra o un grano
de arena, un objeto natural o artificial inorgánico, está en
un lugar preciso, ocupa un espacio limitado y no puede
desarrollar la energía necesaria para su autodesplazamiento. Si
es que existe en este ser objeto algún tipo de conciencia -y no
hay nada que impida pensar que la posee- esa conciencia estará
constreñida al punto exacto de su ubicación. Es, pues, una
conciencia que podríamos llamar adimensional (aunque, de
hecho, sabemos que ocupa un espacio que contiene las tres
dimensiones, si bien no podrá tener conciencia de ello).
El mundo vegetal crece y se desarrolla por sí
mismo, nace y muere y crece, aunque tampoco tiene la capacidad de
desplazarse. Su punto de referencia espacial está en su contacto
con la tierra y, a partir de ella, su camino hacia arriba
(tronco, ramas, hojas, flores) y hacia abajo (raíces). Su
eventual conciencia sería la línea, es decir, la unidimensionalidad.
Avancemos la sospecha que le asaltará a más
de un lector: no hay, de hecho, un límite estricto que sirva de
frontera definida a los seres de la naturaleza. Del mismo modo,
no existiría un punto en el que se pudiera afirmar taxativamente
que, antes de él, sólo hay conciencia adimensional y, al otro
lado, otra unidimensional (y así sucesivamente). Tomo
voluntariamente bloques enteros de conciencia y pienso que
cada cual podrá representarse, por su cuenta, esas zonas de
nadie en las que se produce el paso de un tipo de conciencia al
siguiente. Continuando, pues, con la escala iniciada, nos
encontraremos ante los seres inferiores del reino animal, que
tienen conciencia primaria de desplazamiento superficial, como
podría tenerla un supuesto ser de dos dimensiones. Un
gusano de seda tiene conciencia de la hoja de moral que devora y
por la que se desplaza, pero ignora esencialmente los volúmenes.
Sin embargo, ese mismo gusano, llegado al ápice de su evolución
física, deja súbitamente de comer, se envuelve en la seda que
él mismo segrega por centenares de metros, hasta formar un
capullo, y muere materialmente, se pudre y se seca dentro de su
caparazón para resucitar -pues se trata de una auténtica
resurrección y hasta he sentido tentaciones de escribirla con
letras mayúsculas- en una mariposa de vida precaria que, durante
unas horas, es casi capaz de volar, de palpar los límites
de una conciencia tridimensional.
Si continuamos analizando la conducta de los
animales superiores (incluyendo ya en ellos desde insectos y
crustáceos capaces de saltar o de volar, hasta los simios
antropoides), nos daremos cuenta de que, en ellos, como en la
mariposa, hay ya una conciencia tridimensional que les
permite captar instintivamente la altura, la profundidad o los
contornos de su espacio vital, moverse entre ellos y mantenerlos
como límite de captación.
Por su parte, el ser humano, en tanto que
grado evolutivo inmediato, se mueve, lo mismo que los animales
superiores, en un espacio que sus sentidos -nuestros cinco
sentidos más ese sexto sentido mental del que hablan los
orientales- dictan como tridimensional y que, por lo tanto,
limita su percepción inmediata. Sin embargo, un grado superior
de conciencia -llamémoslo su condición de animal racional- le
lleva a intuir, aunque sea de modo primario, la dimensión
inmediata, de la que en cierto modo se siente -nos sentimos tú y
yo, amigo racional- esclavo. Se trata del concepto del tiempo,
de la dimensionalidad temporal que domina el curso de nuestra
existencia y marca la pauta, tengamos o no conciencia clara de
ella, de eso que denominamos nuestra trascendencia.
Tú mi da´ una cosa a mé, ío ti dó una cosa a té
Hace ya unos treinta años, cuando el
movimiento llamado neorrealista convirtió a Italia en una
potencia mundial en la industria cinematográfica, se realizó
una película en color, Carrusel napolitano, tal vez la
primera en aquel mundo latino de la segunda posguerra mundial, en
la cual, en clave de espectáculo musical, surgían una vez más
todas las lacras y los terribles avatares de un mundo que había
aprendido algo -no mucho, por desgracia- de los centenares de
millones de muertos que habían producido cuatro años de
contienda.
En aquella película había un número -repito
que se trataba de un film musical- en el que todos los
componentes jugaban al toma y daca casi cósmico que patentizaba
la mutua dependencia de los seres humanos: "Tú me das una
cosa a mí, yo te doy una cosa a ti", decían, haciendo
intercambio de las cosas más peregrinas que cabría imaginar en
el mundo.
Viene a cuento aquel recuerdo -que para muchos
será ya prehistórico- con la interdependencia que podríamos
establecer y que, de hecho, existe ya en todos los seres que
pueblan el cosmos. Todo le sirve a alguien. Nada hay que,
de uno u otro modo, no sea útil a otro, que lo habrá de tomar a
cambio de algo que él, a su vez, puede proporcionar a un
tercero. El mundo, en este sentido, es un constante intercambio
de necesidades y de hartazgos entre los entes que lo pueblan.
Los seres de conciencia unidimensional, el
universo de los vegetales (dicho de modo amplio y necesariamente
inexacto, sólo estructuralmente válido), se nutren del mundo
adimensional de los minerales, extrayéndoles directamente las
sustancias necesarias para cumplir su función vital.
Los animales primarios, por su parte, extraen
su alimento principal de las plantas, que previamente han tomado
de la tierra las sustancias nutricias. A su vez, los animales
más evolucionados, lo mismo que los seres humanos, se alimentan
indistintamente de materias vegetales y de otros animales, en una
especie de síntesis alimentaria y vital que se hace
progresivamente complicada, en tanto que ha de nutrir órganos
también progresivamente más evolucionados que hace que las
funciones vitales exijan una mayor complejidad acorde con los
estudios evolutivos de seres con necesidades de nutrición
diversas, según los órganos que hayan de mantener. El mundo
exige ese escalonamiento, del mismo modo que lo exigen todos los
seres que lo componen, de tal modo que aquello que toman de los
estadios inferiores de la evolución supone síntesis cada vez
más complejas y, a su vez, hacen entrega de elementos todavía
más complicadamente sintetizados a los que forman parte del
escalón evolutivo inmediato. Con escasas variantes, que creo que
sólo servirían para confirmar los hechos, así se establece la
armonía de la naturaleza.
El hombre en tanto que ser que se alimenta
A medida que los seres de la naturaleza
alcanzan grados superiores de conciencia, sus necesidades
alimentarias se diversifican y, sobre todo, tienen que cubrir
campos cada vez más amplios. Sí, por ejemplo, a una planta le
basta con sintetizar alimentos que le proporciona la tierra y que
toma del aire para crecer y echar hojas y ramas y frutos, a una
oruga sedera le será necesario tomar de la hoja de la morera
sustancias que no sólo le permitan alimentarse y crecer, sino
también fabricar la seda que le dará la posibilidad de
envolverse en el capullo del que habrá de salir la mariposa con
toda su complejidad orgánica. Un mamífero, por su parte,
necesitará que los alimentos ingeridos le den robustez de
músculos y una vitalidad sanguínea que le permita regar un
cerebro relativamente desarrollado, más toda una serie de
vísceras con funciones tremendamente complejas y diversificadas.
El ser humano, por su parte, posee una
capacidad de raciocinio supuestamente superior a la de cualquier
animal. De hecho, el rasgo distintivo de la especie humana es
precisamente la razón. Pues bien, esa capacidad debe también
ser alimentada, porque todos sabemos que surgen cierto tipo de
taras cerebrales que son ocasionadas por la carencia de
sustancias concretas necesarias para esa particular y compleja
función y para nada más. Pensemos igualmente que, en el caso
del ser humano -lo mismo que en el de muchos otros animales y
hasta en el de las plantas- la alimentación no se lleva a cabo
únicamente por la vía digestiva (directa, podríamos decir),
sino por otros muchos caminos. Hay una alimentación producida
por el sueño, por la respiración y hasta existen -aunque no
siempre se practiquen- una alimentación emocional y una
alimentación intelectual, cuya carencia puede también
causar trastornos que afecten a la personalidad humana. Y créase
que no lo digo como metáfora, sino que esas necesidades existen
realmente como tales, como energías vitales que deben cubrirse y
fomentarse, precisamente porque el ser humano, aunque muy a
menudo de modo inconsciente, es un sujeto tan inserto en su
propia evolución como pueda serlo el gusano de seda, y no
podemos pensar en modo alguno que se ha alcanzado un límite
evolutivo más allá del cual no podremos pasar. No sólo no es
así, sino que esa evolución forma parte integrante de la
naturaleza humana, del mismo modo -sólo que con mucha mayor
complejidad- que forma parte de la naturaleza de los animales
inferiores la utilización o absorción de determinados alimentos
que les permitirán la conservación de la especie en su lucha
continua por sobrevivir a la selección natural. En líneas
generales, el ser que mejor y más razonablemente atienda a sus
necesidades vitales y alimentarias será siempre el que tenga
mayores probabilidades de supervivencia y, por tanto, de
evolución selectiva.
Vemos, pues, que cada especie -y el ser
humano, en tanto que es especie, hace lo mismo- se alimenta de lo
que le proporcionan las criaturas en su estadio evolutivo
inferior, usa sus energías y su capacidad primaria de síntesis
de los alimentos naturales que, en estado puro, serían ya
imposibles de asimilar, y muestra su nivel evolutivo por el uso
que hace de su preponderancia sobre esos otros seres. Pero no
deja de resultar curiosa esa dificultad progresiva en los
procesos de asimilación; más que curiosa, significativa, puesto
que se acentúa en razón directa con la complejidad orgánica de
los seres a todos sus niveles y, naturalmente, al nivel mismo de
su percepción o conciencia de la dimensionalidad, agudizada al
máximo en el ser humano, que es el ser racional por excelencia.
Cualidades y dimensiones
Partimos del hecho, universalmente admitido
(a pesar de lo cual habría que someterlo a un análisis de
certeza) de que el ser humano se distingue precisamente por su
cualidad de ser racional. La razón y sus consecuencias es lo que
distingue, pues, a la humanidad. Del mismo modo, cada estadio
evolutivo de la naturaleza se distingue por una cualidad que,
curiosamente, marcha paralela con el sentido de conciencia
dimensional que antes especificábamos. De modo que la conciencia
adimensional se corresponde con la cualidad de la inercia,
la unidimensional con el impulso, la bidimensional con el
instinto y la tridimensional con la voluntad. El ser
humano, a cuestas con su conciencia cuatridimensional -por más
errada e inexacta que tenga la concepción temporal- es el de
tentador de la razón. En esquema, la pauta evolutiva
sería así:
| Especie | Conciencia dimensional | Cualidad |
| Minerales Vegetales animales i. animales s. seres humanos ? ... |
adimensionalidad unidimensionalidad bidimensionalidad tridimensionalidad cuatridimensionalidad pentadimensionalidad |
inercia impulso instinto voluntad razón ? |
Partiendo, pues, del grado más
evolucionado racionalmente conocido -el género humano, es
decir, nosotros- cabe afirmar que cada grado sucesivo de
evolución, cada especie, está en condiciones de dominar y de
manipular a todas las que se encuentran en estadios inferiores.
El vegetal domina al mineral (a la tierra) y se alimenta de él.
Y así sucesivamente hasta el ser humano, que, provisto de su
suprema arma mental (la razón en cuestión) domina, manipula, y
se aprovecha a todos los niveles de los seres que evolutivamente
le anteceden. Este factor le confiere lógica (racional)
conciencia de superioridad y le hace suponer, por medio de esa
suprema arma que tiene consigo, que se encuentra en la cúspide
del poder cósmico o, al menos, del poder planetario.
Pensemos un poco, aunque sea, de momento, al
menos, para sacar conclusiones aparentemente perogullescas. ¿Por
qué cada especie es vencida y manipulada por las que poseen la
conciencia dimensional un grado al menos superior? Creo que la
respuesta es casi obvia: porque cada una de las cualidades
inferiores ignora visceralmente a las que la siguen,
aunque sepa que están ahí. Y, en consecuencia, no puede
sustraerse conscientemente a su lógica agresión. Hablando en
términos dimensionales -que son precisamente los que nos van a
servir para captar en lo sucesivo la manipulación de la que
somos nosotros mismos objeto- hemos de admitir que cada
conciencia dimensional carece de las condiciones necesarias para
captar el ataque y el dominio que se ejerce sobre ella desde otro
plano dimensional.
Si imaginamos la conciencia del gusano
(bidimensional) sólo capaz de entender a su manera la superficie
sobre la que discurre su existencia, una agresión llegada desde arriba
o desde abajo la encontrará inerme. Hagamos la prueba si
queremos. Coloquemos a nuestra oruga sedera sobre su hoja de
moral. Acerquémosle un palito desde el nivel de la superficie de
la hoja; la oruga se moverá en dirección contraria. Sin
embargo, si ese acercamiento lo efectuamos desde arriba, la oruga
será incapaz de captarla y podremos atravesarlo sin que el pobre
bicho llegue a saber nunca desde dónde le ha llegado la
agresión y sin haber podido hacer absolutamente nada para
evitarla o para defenderse de ella.
La razón, ¿punto final?
Hemos tomado tan a pecho nuestra supuesta
cualidad de reyes del planeta que, echando mano de nuestra arma
suprema -la consabida razón, esa Razón que hasta hicieron Diosa
Suprema los sans-culottes de la Revolución Francesa-, y
con la ayuda de todas las fuerzas de presión de que disponemos,
nos hemos fabricado a nuestra imagen y semejanza toda una teoría
del poder racional, de la que nos hemos constituido en cúspide,
cima y corona. Y hemos sido tan orgullosos y nos hemos sentido
tan satisfechos con nuestras posibilidades que, más allá de esa
cúspide sobre la que nos hemos izado, sólo admitimos -y eso no
siempre- a un Supremo Hacedor sobre el que descargamos todo
aquello que cae fuera de nuestro entendimiento.
Claro que sucede también que, ocasionalmente
-y por más creyentes que seamos o que nos hayan pretendido hacer
a lo largo de nuestro ya prolongado proceso histórico-, surgen
fenómenos que, aunque resultan incomprensibles para nosotros,
resultaría también ridículo y bochornoso adjudicárselos a esa
divinidad suprema que nos hemos fabricado a nuestra imagen y
semejanza. Y entonces nos encontramos, como dicen en los pueblos,
con el culo al aire; totalmente desasistidos, incapaces de racionalizar
los hechos que no tienen razón y sin la menor posibilidad
de definirlos, es decir, de transformarlos o de dominarlos y
hasta de defendernos de su agresión, cuando la hay. Por el
contrario, son fenómenos que nos dominan a nosotros, que juegan
a pídola con nuestra suprema razón y la enfangan y la
inutilizan lo suficiente como para que empecemos a dudar de ella
en tanto que cualidad suprema en la evolución natural de las
especies.
La cosa viene a plantearse como un gran
despropósito cósmico. ¿Creíamos que la razón, nuestra
razón, lo podía absolutamente todo? ¡Pues toma irracionalidad
a espuertas pudiendo con ella! ¿Nos imaginábamos la cúspide de
una escala evolutiva sin más límite que nuestro Dios
infantilmente infinito o nuestra no menos deificada razón?
¡Pues toma absurdos fenómenos que se ríen de nosotros y en
nuestras propias barbas y nos dejan inermes frente a una realidad
que, deliberadamente, por orgullo supremo, habíamos tratado de
borrar!
Objetos (y conceptos) no identificados
A lo largo de nuestra historia de seres
racionales y pensantes, inventores de tecnología y presuntos
soberanos del planeta, han estado surgiendo constantemente ante
nuestras conciencias fenómenos que la razón ha sido incapaz de
explicar, aunque, siguiendo un proceso lógico del pensamiento
racional, ha tratado de encajar en determinadas coordenadas de
nuestra mente cuadriculada. La necesidad de dar un cauce a los
fenómenos evidentemente irracionales es la que, al fin y al
cabo, ha obligado al ser humano a inventarse a Dios, pero el
orgullo de sentirse propietario exclusivo de todo un planeta es
lo que, por su parte, le ha inducido a establecer escalas serias
de comunicación o estadios conscientes de relación con Él. El
ser humano, con toda su aureola de racionalismo, se sentía en la
misma cumbre que había fabricado y todo cuanto no entraba en los
límites de su entorno racional se atribuía -o se sigue
atribuyendo ocasionalmente- a la divinidad abstracta. Y esa
atribución dejaba al hombre siempre como dueño y señor
-o como inquilino privilegiado- de su propio entorno. Dios
absorberá lo que quede del ser humano después de la muerte;
Dios -y sólo Él- marcará los límites del comportamiento
humano; Dios habrá sido el fabricante de la pirámide evolutiva
de la que constituimos la cumbre y el que habrá colocado al
hombre en su puesto inamovible.
El cuanto a todos los fenómenos que escapan a
la clasificación racional y que surgen en nuestro entorno, que
están ahí mismo y que no pueden negarse, identificarse ni
catalogarse (y ni siquiera adjudicarse a la divinidad, porque son
demasiado cotidianos, demasiado "de andar por casa"
para adjudicárselo directamente), hemos optado por varios
caminos, que se han sucedido a lo largo de la historia, según
haya dominado en nuestra civilización racional el sentimiento de
dependencia divina o la razón científica a ultranza, con todos
los estadios intermedios por los que hemos atravesado.
La primera explicación, propia de estadios
deístas o de épocas dominadas por la manipulación secundaria
de los grupos de presión de origen o de extracción religiosa,
viene a atribuir cualquier manifestación de fenómenos no
identificados a emanaciones o a enviados del dios
de turno: dioses menores, sefirots, santos o ángeles que
proceden de la divinidad, que son "sus hijos" como
nosotros somos "su obra", o sus enviados, que vienen
como portavoces de sus advertencias y que -lógicamente- se
presentan de manera prodigiosa e intangible, como corresponde a
su categoría de origen divino.
A medida que la ciencia avanza en el discurrir
de la historia, muchos fenómenos que anteriormente carecían de
explicación racional ya la tienen. Consecuentemente, la
cotización divina baja muchos enteros e incluso, en numerosas
ocasiones, se ha de declarar en quiebra o, al menos, en
suspensión de pagos. Una tormenta puede ser explicada y
prevista, como puede explicarse -y dicen ya que preverse- un
terremoto. Se sabe que una hierba (antes milagrosa) o un agua
(antes sagrada) pueden curar determinados males. Se sabe por qué
se producen fenómenos antes divinizados. Como consecuencia,
surge una segunda explicación a cuanto aún continúa sin ser
explicado. O debemos esperar, pues ya llegará en su día el
momento de esa explicación, en cuanto la ciencia lo descubra, o
se trata de alucinaciones que no son más que producto de mentes
temporalmente (o perennemente) afectadas por alguna conexión
defectuosa en sus circuitos racionales.
La tercera solución viene, en cierta manera,
de la transferencia del concepto divinal al mundo de la ciencia
racionalista. Conociendo -mal, por supuesto- los avances
científicos y presuponiendo -todavía peor- las perspectivas que
aguardan a la ciencia en el futuro más o menos próximo que se
nos avecina, un sector cada vez más numeroso de la humanidad se
ha planteado la evidente existencia de otras humanidades
en otros sistemas planetarios del Universo, suposición
evidentemente lógica, que a estas alturas no admite duda ni
suspicacias y que incluso los remisos del deísmo religioso a
ultranza aceptan sin posibilidad de contraponer una negativa
racional. A continuación, han adjudicado a tales humanidades un
grado de avance tecnológico-científico ligeramente
superior al nuestro (suponiendo siglos o milenios de desfase
cultural y tratándose de sólo unos grados, a los que nosotros,
sin duda, llegaremos -o llegarán nuestros científicos, o
nuestras multinacionales manipuladoras- el día menos pensado) y
nos las han traído a nuestro mundo, dispuestas en muchos casos
(demasiados) a asumir el papel de unas divinidades abstractas y
moribundas que ya no cotizan lo suficiente en la bolsa de la
credibilidad o de la credulidad humana.
Cada cosa en su sitio
Todo menos admitir -porque para eso somos
nosotros, la Humanidad, la cúspide de la evolución natural, o
al menos eso nos hemos creído- que hay o que puede haber
entidades que viven una conciencia dimensional superior a
la nuestra y que, sin que nosotros tengamos la menor posibilidad
de detectarlas (a menos que ellas consientan o provoquen la
detección) conviven en nuestro mundo y con nosotros lo mismo que
nosotros convivimos con las ovejas, los cerdos, las vacas o las
orugas sederas. Y, para más exactitud, haciendo con nosotros
exactamente las mismas cosas que nosotros hacemos con los
animales o con los vegetales de los que nos servimos y nos nutrimos.
He dicho nutrimos y la palabra puede parecer
incluso un poco o un mucho caníbal o vampírica. Y no es que yo
vaya ahora a negar que lo sea y rasgarme la túnica para afirmar
que dije digo donde digo Diego. Nada de eso. He hablado de
nutrición y he querido expresar precisamente eso: nutrición,
canibalismo, alimento, comida, subsistencia, vitaminas y
proteínas e hidratos de carbono
o la materia o la energía
que puede servir de sustitutivo o de complemento nutricio a las
entidades que, sin saberlo nosotros racionalmente, están
ahí y nos manipulan, porque ése es su derecho dimensional y
natural: el de manipularnos, exactamente lo mismo que nosotros
-¡los amos del mundo no lo olvidemos!- estamos o nos
consideramos en el derecho de devorar y dirigir y manipular a los
seres de conciencia dimensional inferior.
Vamos a tratar de establecer un paralelismo
hipotético a modo de ejemplo. Intentemos comprender realmente
nuestra situación trasladando, lo mismo que hacíamos en la
escuela, una determinada figura o una concreta función al plano inmediatamente
inferior. Si logramos recordar cómo, en los problemas de
geometría espacial, trasladábamos las figuras y los volúmenes
a las hojas de papel -bidimensionales y planas-, podremos
hacernos cargo y captar el problema que ahora se nos plantea. En
el fondo, casi me parece mentira la evidencia de que todo en este
mundo de conciencias y de dimensiones sea tan terriblemente
simple, tan visceralmente captable. Pero lo cierto es -y esto lo
supieron ya hace muchos siglos los heterodoxos matemáticos
seguidores del místico de los números, Pitágoras- que el
universo no es más que numerología. ¡Y pobre del científico
que no sea capaz de comprenderlo y que domina lo que, en
realidad, le está dominando a él e indicándole, por cifras y
por líneas y superficies e incógnitas y volúmenes e
integrales, lo que es realmente el Universo!
El juego de la razón produce monstruos
Nosotros somos, para el mundo de lo
suprarracional, lo mismo que el mundo de los animales superiores
para nosotros. Nosotros dominamos ese mundo con la razón, que
supera al entendimiento de nuestras bestias, pero a nosotros se
nos está dominando y se nos manipula mediante una
supra-racionalidad -o irracionalidad, porque ese mundo no tiene
nada de racional ni de razonable- que jamás podríamos ser
capaces de comprender.
Si algo distingue a cualquiera de los hechos o
de los fenómenos que llamamos malditos o fortianos es
precisamente el que, contra todo pensamiento racional, carecen de
un porqué y, sobre todo, se encuentran absolutamente ajenos a
nuestro fundamental concepto del dualismo, es decir, de la
perspectiva racional por excelencia.
La razón, que nos caracteriza como seres
pensantes, nos hace ver el mundo como un constante enfrentamiento
de opuestos. Nos es imposible emitir juicios de valor si
carecemos de la medida que nos comparará un hecho y nos lo
situará en esa tabla que tenemos establecida para todos los
niveles vitales. Llamaremos mala a una cosa en tanto podemos
compararla con la bondad de otra. Decimos de una cosa que es
luminosa en tanto que nos la representamos como contraria a la
oscuridad. Algo es amable por contraposición con lo que es
odioso y algo es negro si no tiene nada de blanco o de color. Si
vemos un lado del rostro de una persona no vemos el otro (salvo
que seamos cubistas, pero ya volveremos sobe eso), y si decimos
que algo está frío es porque sentimos su ausencia de calor.
En cambio, nos encontramos esencialmente
inquietos y sin posibilidad alguna de reaccionar cuando surge
algo que nos resulta imposible de catalogar en las perspectivas
del dualismo. Fijémonos en el fenómeno OVNI, que es la muestra
más palpable e inmediata con la que se nos presenta, cada vez
con más insistencia, el universo de lo irracional. Nadie de los
que se ha ocupado del fenómeno, nadie de cuantos lo han vivido o
lo han juzgado, han podido zafarse de una pregunta primaria que
forma parte de nuestro mundo lógico y cuadriculado de la
dualidad: ¿es el fenómeno OVNI bueno o malo para el ser humano?
Si leemos a los investigadores o preguntamos a los testigos,
seguro que todos, de un modo o de otro, tienen formada su idea y
la defienden a capa y espada. Pero sucede que esa idea nunca es
única; que las opiniones se dividen en un cincuenta por ciento.
La mitad responde: es bueno; y la otra mitad jura que es algo
malo, perverso, negativo y peligroso para la humanidad.
Los que afirman la bondad del fenómeno son
quienes, de alguna manera, lo han deificado y le han transferido
la fe religiosa perdida o apagada. Para ellos, el fenómeno OVNI
es un sustituto de ese Dios que ha muerto a manos de la
tecnología científica y, como tal, resume todo cuanto de bueno
y deseable queda en las mentes respecto a ese concepto del
Paraíso Perdido que fue el cielo, convertido por la astronomía
en simple y puro cosmos. Los OVNIS y quienes parecen ir dentro de
ellos son criaturas enviadas desde un mundo esencialmente mejor y
han llegado hasta nosotros para redimirnos de nuestros pecados,
de nuestra incredulidad, de nuestra ciencia equivocada y de los
peligros que nosotros mismos estamos provocando.
Los que se aferren a la maldad intrínseca del
fenómeno, juzgan a través de animales extrañamente
desangrados, de testimonios -ciertos- de mentes que se han
dislocado definitivamente después de un contacto, de familias
rotas tras una supuesta llamada extraterrestre. Pero,
fundamentalmente, suponen malo el fenómeno precisamente a causa
de su impenetrabilidad, de su constante juego con los parámetros
racionales, de su negativa a ser explicado, catalogado, analizado
y, en consecuencia, vencido.
Ni bueno ni malo, sino todo lo contrario
Fijémonos en un hecho que, a mi modo de
ver, podría arrojar un poco de luz -aunque no fuera mucha- a la
hora de enfrentarnos con la creencia de un encaje dualista de los
hechos fortianos y, como resumen y ejemplo de todos ellos, del
fenómeno OVNI en todas sus fases. ¿Nos hemos detenido alguna
vez a pensar que nuestro concepto del bien y del mal, del amor y
del odio, de lo izquierdoso y de lo derechista, está referido
siempre a nosotros y jamás a la naturaleza y al resto de las
especies que la componen? Cuando damos muerte a una res para
comerla, o cuando arrancamos una lechuga para hacernos con ella
una ensalada, no nos planteamos en modo alguno si somos buenos o
malos con el cordero o con la hortaliza, sino que esas
cosas son buenas para nosotros.
Siguiendo la misma vía de pensamiento,
planteémonos el caso del rebaño de vacas o de cabras que cuidan
nuestros pastores, tratando de llevarlo a los mejores pastos,
haciendo que coman la mejor hierba y engorden. ¿Lo hacen acaso
por altruismo? Si lo hiciera por eso el pastor -es decir, si
confesase que su único afán era proporcionar felicidad a sus
animales-, todos nosotros le tildaríamos de loco, de absurdo, de
irracional, porque -diríamos- los seres inferiores a nosotros,
en su totalidad, están ahí precisamente para servirnos o para
que nosotros nos sirvamos de ellos. Lo tonto e ilógico sería
detenernos a pensar en si obra mal el leñador con el árbol que
abate a golpe de hacha, o el fabricante de seda con las mariposas
que no dejará nacer, o el pescador dominguero que vuelve de su
jornada con media docena de truchas en la cesta. Sólo pensamos
en una eventual mala acción hacia los demás seres de la
naturaleza cuando esa acción no reporta provecho alguno para
quien la lleva a cabo. Sutil juicio de valor, porque estamos
comprobando ya, día a día -y hoy ha llegado ya a constituir uno
de los problemas fundamentales de nuestra supervivencia- que
muchos de los actos que ha cometido y sigue cometiendo el ser
humano en su supuesto beneficio y siguiendo sus necesidades
inmediatas, están comprometiendo seriamente nuestro futuro y
nuestra subsistencia. Pero no se trata de eso aquí y ahora, sino
de que hemos conformado nuestra razón y nuestra moral
(igualmente racional) a nuestro exclusivo beneficio.
Vamos ahora de nuevo con el fenómeno
irracional, con la presencia entre nosotros de lo esencialmente
falto de lógica y carente de razón. Ese fenómeno OVNI, ¿es
bueno o malo, al margen de lo que opinen los testigos y los
investigadores, los contactados y los curiosos?
Analicemos su comportamiento, al margen de
juicios y al margen también de su radical inexplicabilidad. Ante
todo, trasponiendo cuanto acabamos de apuntar respecto a nuestro
propio concepto moral, tendríamos que prescindir de que se trate
de un fenómeno bueno o malo para nosotros, del mismo modo que no
nos planteamos si nosotros somos buenos o malos con respecto a
las demás especies de la naturaleza. En todo caso (pero me
imagino que sería demasiado pedir) tendríamos que preguntarnos
o tratar de saber, dentro de lo posible y prescindiendo del
pensamiento racional demasiado consciente, si se trata de un
fenómeno o de un conjunto de fenómenos que llega desde planos
dimensionales distintos y si, desde ellos, actúa sobre nuestra
especie y sobre todas las demás y nos las manipula en su propio
provecho, en la única manipulación ante la cual el ser humano
tendría que conformarse irremisiblemente a ser sujeto pasivo.
La cosa que viene de ninguna parte
Vamos a recordar de nuevo lo que comentaba
anteriormente respecto a nuestra acción sobre la conciencia
presuntamente bidimensional de la oruga. Decía que, si nos
aproximamos a ella desde su propio plano de conciencia -la
superficie de la hoja sobre la que vive- advertirá la presencia
de un elemento extraño y presuntamente agresor, mientras que si
la aproximamos desde arriba, sólo nos advertirá cuando estemos
en su propio plano dimensional. Supongo, siguiendo con la misma
experiencia, que si nos aproximamos a la oruga desde abajo y
atravesamos la hoja sobre la que se encuentra, sólo captará
nuestra presencia (o la presencia del objeto que hayamos
empleado, rama, aguja o bisturí) cuando atravesemos ese plano
¡y el ningún otro instante distinto! E incluso entonces, sólo
se dará cuenta de que allí hay algo e ignorará qué es
y de dónde procede. Y, todavía más allá, ese agujero que
eventualmente habremos perforado en su hoja no será tal agujero
para la oruga, sino un espacio de nada, puesto que,
presuntamente, carece de la capacidad de advertir los planos
dimensionales, mientras que un agujero (para nosotros) supone que
hay algo, al menos, debajo de él.
Observemos ahora el otro paralelismo que vamos
a intentar dilucidar. Un OVNI o una formación entera de OVNIs
surge de nadie-sabe-dónde, incluso muchas veces -a los testigos
me remito- de esa superficie del mar que ha hecho plantearse a
tanta gente (incluso a gobiernos concretos, aunque nunca lo hayan
hecho público oficialmente) que existen "bases
submarinas" de esos presuntos ejércitos galáctico. Si
recordamos el que fue en su día célebre caso del seminarista de
Logroño, la entidad ufológica -o lo que fuera aquello- se
presentó súbitamente en su cuarto, sin venir de parte alguna, y
comenzó a manipular todos los aparatos -radio, tocadiscos y no
recuerdo qué más, supongo que hasta el reloj- como siguiendo un
juego del absurdo más sorprendente e inexplicable.
El fenómeno, pues, exactamente lo mismo que
los fantasmas de la tradición de la novela gótica inglesa o las
almas del Purgatorio del mito de don Juan, se filtran a través
de la solidez de los muros materiales y hasta parecen formarse en
el cielo -podríamos decir, parecen materializarse a
partir de la nada, del ningún-lugar- y, de la misma manera, se
desintegran en la nada, después de haber realizado acciones que
-confesión de sabios científicos que a veces parecen
convertirse en locos alucinados- no podrían jamás haberse
realizado técnicamente, científicamente. O sea racional y
lógicamente. O sea, también, que los OVNIs son capaces de
romper todas las leyes establecidas a partir del comportamiento
de los cuerpos físicos, de los cuerpos tridimensionales, que son
los que estamos en disposición de apreciar, calibrar, juzgar,
dominar y entender.
El fenómeno OVNI ha de plantearse, pues,
contra todos los intentos que se han hecho y que se sigan
haciendo, como una manifestación radicalmente incomprensible e
inaprehensible, al menos desde una perspectiva física, corporal.
Ni siquiera se ha podido establecer si tales objetos están
compuestos por algún tipo de materia. Aparentan tenerla
muchas veces, surgen a nuestra percepción como naves metálicas
-o plásticas, vaya usted a saber-, brillantes, con luces muy
determinadas, de colores, con unos movimientos precisos, aunque
desafían las leyes físicas de la materia. Incluso han dejado y
siguen dejando huellas en la tierra, precisas y concretas
-huellas que, por otro lado, serían paralelas a las que nosotros
dejaríamos sobre la hoja de la morera sobre la que discurre la
vida de la oruga sedera, pero falta siempre la prueba de su
materialidad concreta. Y, al decir prueba, me estoy refiriendo al
objeto concretísimo, al fragmento preciso, al pedazo o esquirla
o resto material de cualquier tipo, a no ser las señales
de combustión que surgen, tan a menudo y que sólo afectan a la
materialidad del objeto -plantas o tierra- consumido, quemado y
destrozado.
No puedo evitar el recuerdo de algo que me
decía una vez mi buen amigo Juanjo Benítez, investigador
incansable y pateante empedernido del fenómeno, cuando un día
me confesaba: "Mi mayor ilusión sería lanzarle un cantazo
a un OVNI y escuchar el ¡clong! de la piedra sobre su superficie
metálica. No necesitaría más pruebas de su existencia".
Creer, no creo, pero haberlos, háyalos
Las palabras -no sé si las ha escrito
alguna vez- de Juanjo Benítez son reveladoras de la radical
inseguridad que provoca, en todos nosotros, la presencia sentida
y nunca probada de los fenómenos supradimensionales. Porque va
todo un mundo desde la seguridad que estos fenómenos
"están ahí" a la prueba -imposible- de su presencia.
En este sentido, sin embargo, yo me atrevería
a sugerir una causa -tan irracional como el fenómeno mismo- que,
en cierto modo, lo justifica, si no lo puede demostrar. Para mí,
y en la mayoría de sus manifestaciones -y no sé si atreverme a
decir que en todas sus manifestaciones-, el fenómeno es
paralelo, al menos en síntesis o estructuralmente, a todos los
demás fenómenos de tipo paranormal que se plantean en nuestro
mundo de comprensiones parciales. Por supuesto, la presencia de
OVNIs es equivalente a la de las apariciones que analizábamos en
páginas anteriores, con la diferencia de que, mientras éstas
son asumidas por los grupos de presión religiosos que manipulan
las creencias -y ese hecho de asumir el fenómeno puede tomarse
(dualísticamente) en sentido positivo o negativo, según acepten
o nieguen su eventual sacralidad-, el fenómeno OVNI está siendo
acaparado por grupos de neocreyentes, que cifran su existencia en
el hecho de aceptar la presencia de supuestos extraterrestres
semidivinales -o totalmente divinizados- que llegan a la tierra
con la misión específica de salvarnos de nosotros mismos y de
nuestros evidentes y peligrosísimos errores, que pueden dar al
traste con la ecología galáctica o con un equilibrio
(supuestamente racional) establecido por las eventuales
conciencias extraterrestres, mucho más avanzadas
-tecnológicamente, claro- que nosotros.
Lo más curioso de este enredo es cómo, en un
mundo dominado por la tecnología, que cifra el progreso
-confundiéndolo por desgracia con la evolución- en los logros
mecánicos de las grandes compañías multinacionales, que son la
pauta de nuestra medida presuntamente evolutiva, y en sus equipos
de investigación (recordemos y tengamos en cuenta las esperanzas
absurdas de la informática, puestas como meta de nuestros
próximos años), la mente de muchísimos seres humanos se
desvía peligrosamente, asociando la presencia y hasta los
presuntos mensajes del mundo supradimensional a humanoides
tecnólogos que vienen de otros planetas a contarnos (y,
naturalmente, a convencernos) de una superioridad mental y
científica que nosotros tendríamos la obligación de deificar e
incluso de adorar y convertir prácticamente en rito religioso,
en acto mágico, en materialísima manipulación salvífica
proporcionada por quienes, supuestamente, llegan a este mundo
para sacarnos de nuestros errores integrales y enseñarnos el
camino de nuestra redención. Un camino que, en esencia, no
difiere un ápice de aquel otro que les trazara un día Yavé a
los israelitas mosaicos, cuando les lanzó a tumba abierta por el
desierto del Sinaí para sufrir todas las penalidades posibles
que el hombre-piara-ganado puede resistir a mayor gloria de su
presunto dueño y salvador.
Pastores y ovejas
Por mi parte, estoy absolutamente
convencido de que no es gratuito, ni mucho menos, el paralelismo,
simbólico en el Evangelio, del pastor y de las ovejas, del mismo
modo que no es casual ni arbitrario el que yo mismo, líneas más
arriba, haya colocado a los pastores como ejemplo de nuestra
condición de "ganado" apto para servir a las supuestas
o sospechadas necesidades de determinadas entidades
supradimensionales que nos utilizan de un modo que a nosotros nos
ha de resultar, esencial y visceralmente, inaprehensible, al
menos mientras nos empeñemos en aferrarnos a nuestro
racionalismo a ultranza y no seamos capaces, en tanto que
especie, de reconocer nuestro puesto exacto en el orden
establecido en el cosmos. (Naturalmente, me estoy refiriendo
estrictamente a un puesto que nosotros no hemos elegido,
sino que, en cierto modo, nos ha sido asignado. Y del mismo modo
que la cabra o la oveja no han elegido libremente su inserción
en el contexto del rebaño, pero tienen que aceptarla, porque hay
una entidad -el pastor- que las manipula irremisiblemente y al
que tienen que obedecer, en persona o a través de sus ayudantes
los perros, así nosotros hemos de asumir nuestro papel de ganado
alimentario de conciencias situadas dimensionalmente por encima
de nosotros).
Atención, porque creo que es importante
señalar que todas estas apreciaciones son meramente objetivas.
Quiero decir que atañen a la humanidad como masa y sólo en
tanto que tal humanidad no adquiera conciencia clara y definida
de que existe efectivamente una auténtica -y no meramente
supuesta- evolución, a la que cósmicamente tiene todo el
derecho de acceder. Pensemos que el ser humano, desde el hombre
de Pekín o el australopiteco de hace dos o tres millones de
años, ha pasado efectivamente del estadio evolutivo que hoy
adjudicamos, con muy pocas variantes, a los animales superiores
-con una conciencia dimensional caracterizada únicamente por el
predominio de la voluntad- y que llegó a la conciencia racional
definida como propia de la humanidad tras una síntesis de la
evolución natural de la especie: de todas las especies. Hoy, ese
mismo hombre se cree señor absoluto del planeta. Pues bien,
pensemos que esa evolución existe, que es un hecho y que tenemos
derecho a ella, en tanto que seres naturales que formamos parte
de un Universo en expansión (o sea, en evolución). Sólo
fuerzas muy determinadas, que nosotros mismos podríamos alcanzar
si no nos vence la manipulación cósmica, pueden oponerse a que
esos estadios evolutivos sean una realidad alcanzable.
¿Por qué?
Por un motivo que podríamos comprender
claramente si fuéramos capaces de transferir, una vez más, el
problema planteado sobre la conciencia bidimensional. Pensemos en
el pastor una vez más: ¿consentiría en que sus ovejas, sus
cabras, sus vacas o sus cerdos comenzasen a expresar su deseo de
libertad y de independencia, y se negasen a obedecer sus órdenes
o las órdenes secundarias de los perros? ¿Comprendería acaso
que esos seres tienen derecho (cósmico derecho, si queremos) a
elegir el momento, la circunstancia y el lugar de su propia
evolución hacia estados de conciencia superiores?
Supongo yo que en todo el universo existe una
ley de estabilización (digo si será dimensional), que induce a
sus entidades a intentar en su momento la propia superación,
pero sin consentir que las entidades inmediatamente inferiores
tengan acceso al estadio que lógicamente, con su paso, quedaría
vacío. Supongo también -y la experiencia humana viene a
demostrarlo en cierto modo- que ese paso evolutivo no se produce
de modo total, ni siquiera masivo. Y que es absolutamente
necesario que una minoría abra lentamente el camino, antes de
que, poco a poco, a lo largo posiblemente de unos cuantos miles
de años, el resto de los componentes de la familia con
conciencia dimensional común alcance el siguiente escalón
evolutivo.
¿Cómo se comporta la entidad llamada OVNI o,
en general, el fenómeno paranormal en su más amplio sentido,
con respecto a la posible evolución humana y a los intentos más
o menos conscientes del hombre por alcanzarla?
Conciencia evolutiva y avance cultural
Distingamos, ante todo, la evidente
diferencia que existe entre el concepto que tenemos de avance
cultural y el auténtico sentido de lo que llamamos evolución, y
esto aunque ambos términos hayan sido demasiado a menudo
confundidos y, consecuentemente, tergiversados. El avance
cultural, en términos generales, es una radical y constante
afirmación de las coordenadas científicas, por las que el ser
humano se mueve en tanto que conciencia racional y razonante. La
cultura es sólo afirmación teórica de un racionalismo que
confirma al ente humano en sus esquemas lógicos y en la
sublimación -nunca negativa- del mundo sensorial sobre el que se
basan los parámetros de la conciencia racionalista.
La evolución supone, de hecho, el salto del
ser humano hacia estratos más reales del entendimiento integral;
hacia la superación, en fin, de ese racionalismo que caracteriza
al hombre como especie, para el que ni siguiera nos hemos
preocupado de buscar un nombre apropiado, pero que supone la
liberación de las percepciones sensoriales y la comprensión del
universo a partir de otras fuentes superiores de conciencia.
Quiero decir con estas distinciones que, en su
raíz, nada tiene que ver (o, al menos, no tiene por qué tener
la menor relación) la altura cultural con el grado de evolución
real que pueda alcanzar un individuo o un grupo humano
determinado. Un gran científico racionalista puede encontrarse
en un estadio evolutivo infinitamente inferior, como ente
consciente, al de un bonzo de un monasterio japonés o un
anacoreta copto, que tal vez ni siquiera sepan escribir su propio
nombre. Lo cual no impide que, en términos generales, una
conciencia culturalmente desarrollada esté en mejores
condiciones para emprender el camino hacia el siguiente peldaño
evolutivo que un cerebro obtuso o insuficientemente preparado en
las lides intelectuales.
A partir de esta afirmación, en cualquier
caso, tendremos que sacar la conclusión de que, no teniendo nada
específico en común la vía evolutiva del ser humano con la
altura cultural alcanzada a niveles personales, del grupo o área
económica, social o étnica, esas áreas serán tratadas a
distintos niveles de manipulación por las entidades que en esa
manipulación dimensional adopta según los sujetos culturales
sobre los que haya de actuar o los grupos sociológicos en los
que tenga que influir.
Estructura manipuladora del fenómeno de las apariciones
Las llamadas apariciones constituyen,
seguramente, el nivel más inmediato de manipulación dimensional
que se ejerce sobre el individuo humano a niveles culturales. Y
no me refiero únicamente a las que, con plácemes o rechazos de
los poderes religiosos establecidos, se manifiestan como
contactos divinales de raíz cristiana o de cualquier otro credo,
sino a aquellas otras que surgen como presencia de entidades
supuestamente extraterrestres que vienen, lo mismo que las
vírgenes y los arcángeles, como aparentes portadoras de
mensajes de salvación.
En todos los casos se da, por parte de los
sujetos receptores, un grado precario de cultura. Suele tratarse
de analfabetos, jóvenes pueblerinos de escuela primaria o
parroquial -catecismo, palo y tentetieso- o seres con escaso
grado de formación que, curiosamente, parecen adquirir un baño
de cultura después del contacto. En todos estos seres se da
igualmente una enorme dosis de credulidad, que se manifiesta
inmediatamente, sin dudas y sin ningún tipo de planteamiento
crítico. La aparición es asumida en su aparente realidad desde
el primer instante y sus mensajes son transmitidos en cuanto
comienzan a revelarse. Las órdenes -porque siempre hay órdenes
e incluso, en muchos casos, órdenes que no admiten réplica- se
aceptan sin rechistar y sin poner en duda su autenticidad, y del
mismo modo se reemiten a todos cuantos quieran oírlas,
presuntamente el mundo entero, aunque su influencia sea
generalmente restringida.
Por parte de la entidad contactante, hay
diversos niveles de acercamiento, que suelen darse de modo
sucesivo y en un orden perfectamente establecido de antemano.
Surge, en primer lugar, una presentación de credenciales: yo soy
Tal. La tarjeta de identidad está avalada por el mismo modo de
presentarse y por el grado de manipulación secundaria del
receptor. Al creyente se presentará como celestial, al no
creyente -racionalista ateo, a su modo- como entidad
extraterrestre. Y hasta el disfraz irá acorde con el show
representado.
El segundo paso vendrá dado por una
manifiesta preocupación ante el estado en que se encuentra el
planeta. Y, en general, esa preocupación vendrá a responder a
la preocupación presente en el inconsciente colectivo de los
individuos. Ahí entra de lleno el mensaje antibolchevique de
Fátima o la profunda preocupación por el avance del peligro
nuclear en los extraterrestres.
Tercer paso: la entidad viene a resolver este
caos político, bélico, prebélico, o simplemente tecnológico,
que puede terminar con la vida del hombre sobre la tierra (o con
la fe ciega en los valores religiosos reconocidos, que viene a
ser lo mismo: muerte del cuerpo, muerte del alma). Mas para que
la misión obtenga resultados satisfactorios, los seres humanos
tienen que colaborar intensamente. ¿Cómo? Volviendo a las
costumbres buenas, a las creencias convenientes, a
la oración positiva, al sacrificio redentor, rechazando
de plano al mismo tiempo los malos sistemas políticos,
las nefastas teorías racionalistas y los negativos
pensamientos que apartan de las viejas y sanas creencias. Es
decir, que se trata de meter en los seres humanos la idea del
moralismo dualista a todos los niveles, hacerles ver que existe
algo muy malo que se contrapone a lo esencialmente bueno, que es
lo que se debe mantener a toda costa. Hay que promover amor
frente al odio, hay que aprender a distinguir (o hay que
mantener, cueste lo que cueste) el valor de los contrarios;
sostener, fomentar, conservar y defender unos principios
esencialmente dualistas que son, no lo olvidemos, la base misma
de la realidad sensorial propia del grado evolutivo que hemos
recalcado al principio como propio e inherente a la conciencia
tridimensional del ser humano.
Sólo entonces se emprende el cuarto paso:
llevar a la práctica la supuesta redención del género
humano. Las órdenes son entonces tajantes. Hay que sufrir
por los demás, hay que sacrificarse, hay que lanzar
plegarias a coro (y mejor cuanto más numeroso y heterogéneo sea
ese coro), hay que convertir el lugar preciso de la aparición en
un auténtico ombligo del mundo, en el que se concentren
al máximo las energías de toda una humanidad que clame al
unísono por la salvación redentora (espiritual y física). Unos
prodigios sabiamente dosificados y ciertos, como los que ya
comentábamos, bastarán para mantener, durante el tiempo que
haga falta, la concentración masiva de un conjunto humano que se
dará cita allí del mismo modo -y no es metáfora gratuita- que
las ovejas se concentran a su hora y bajo las órdenes del
pastor, en el redil o en el aprisco.
Hay, pues, en este asunto de las apariciones,
una doble vertiente que no debemos pasar por alto. Por un lado,
se condiciona a los fieles -y doy a la palabra su sentido
más amplio- para el mantenimiento a ultranza de los principios
del dualismo propios de la conciencia dimensional del género
humano, es decir, para el mantenimiento a ultranza del status de
dependencia frente a cualquier deseo o cualquier intención de
evolución. Por otro lado, se provoca una fortísima
corriente de energía colectiva -enfermos, penitentes,
disciplinantes y corifeos- en un centro presuntamente divinizado
que parece apto, a juzgar por su secular implantación mágica,
para canalizar esa energía hacia un destino que no podemos en
modo alguno adivinar, pero que, sin duda alguna, resulta útil
para alguien o para algo.
Casos, modos y maneras del contacto personal
Hace unos años se dio en Gran Canaria un
caso que no es seguramente único, pero que tuvo un resultado que
resume, por su carácter violento, otros muchos que tienen
consecuencias menos espectaculares. Fue la historia de dos
muchachos de poco más de quince años que, desde tiempo atrás,
aseguraban mantener contactos con entidades extraterrestres
mentoras por medio de la ouijá. En el verano de 1979, los
mensajes se hicieron progresivamente esperanzadores para ambos,
porque anunciaban la inmediatez de un posible contacto personal
con los presuntos maestros. Un día, la ouijá concretó una cita
en uno de los parajes más solitarios y desolados del noroeste de
la isla. Allí acudieron los dos chicos en un día tórrido de
agosto, recorrieron bajo el sol kilómetros de tierra calcinada
sin que llegara a producirse el esperado contacto, hasta que uno
de ellos, ya entrada la tarde, comenzó a sentir serios
trastornos que, ya anochecido, le obligaron a pedir a su
compañero que fuera a buscar ayuda, porque él no podía
siquiera moverse. El pueblo más cercano, San Nicolás, quedaba a
unos quince kilómetros, lo cual supuso tres horas largas de
camino hasta llegar a él. Ya de madrugada, el chico regresó con
un médico y algunos vecinos donde se encontraba su compañero.
No encontraron de él más que un montón de despojos
carbonizados, que la guardia civil tuvo que recoger con palas,
porque se deshacían al menor contacto. El forense dictaminó
muerte por insolación aguda y el muchacho superviviente pasó,
al poco tiempo, a un hospital psiquiátrico.
He dado cuenta de un caso límite, en el que
lo trágico sustituyó a toda una serie de características
dramáticas que, rozando alternativamente lo mágico y lo
-aparentemente- lógico, lo serio y el chiste, el sainete y el
teatro del absurdo, conforman todo un mundo de contactos en el
que se dan visitas a planetas desconocidos, aparición de
cualidades paranormales, invitaciones a tortitas de maíz,
curaciones inexplicables e ilógicas, redención de alcohólicos
y de drogadictos, profecías que nunca o muy pocas veces se
cumplen, nombramiento de representantes galácticos en la tierra
(que se convierten automáticamente en mesías creadores de
nuevas sectas), rupturas de vínculos familiares, coitos
intergalácticos, traslaciones prodigiosas, actos de vampirismo
con bestias y personas, suicidios rituales y un montón de
variantes que harían la lista interminable e inútil para
cuantos siguen, más o menos de cerca, el proceso o la
investigación de estos fenómenos.
¿Qué hay de común en todos estos contactos?
Aparentemente, nada. En realidad, el absurdo esencial del hecho
en sí mismo, la dependencia aparentemente voluntaria del
contactado para el resto de sus días, como propagandista directo
o indirecto de unas entidades que han surgido precisamente para
que él las proclame y sirva de testigo de su existencia y de
emisor de energías, que, como en las concentraciones masivas de
fieles creyentes, pueden resultar útiles. Porque, sea
cual sea la variante del contacto, existe fundamentalmente una
emisión de emociones por parte del contactado, aunque sean
mínimas y, en muchos casos, inconscientes. Pero hay, sobre todo,
una creación o un intento de creación de cierto ambiente
general, que tiende a implantar en las conciencias que lo
captan el convencimiento -o eventualmente la prueba- de que hay
algo o alguien muy por encima de ellos, algo que deben tener en
cuenta para siempre, como entidad superior que domina
irremisiblemente al ser humano, física y psíquicamente, más
allá de su voluntad. Algo o alguien que puede hacer de ese ser
humano en cuestión lo que le venga en gana en cuanto quiera o en
cuanto ese ser humano se desmande e intente ejercer libremente su
propia voluntad. Algo o alguien que, además de todo eso, resulta
inaprehensible, incomprensible e imprevisible, tres factores
fundamentales de dependencia que dan al hombre la misma
inseguridad en sus propias posibilidades evolutivas que la que
procede de un dios arbitrario premiador de sus buenos y
castigador de sus malos, en épocas de predominio de fe y
de poder religiosos. Aquí se trata también de fe, tan fuerte y
tan fanática como la otra, pero la diferencia estriba, aparte
las presuntas pruebas, en que el objeto de la fe no es
ningún espíritu intangible, sino unas entidades que se
patentizan como poseedoras de un grado sumo de conocimiento y de
poder emanado de un aparente y colosal e incomprensible avance en
el campo de una tecnología científica imposible de asimilar.
En estos casos, aparte dramatismos absurdos y
crueldades en apariencia gratuitas, cabe destacar que los
contactados son, por regla general, gentes de inteligencia media,
de estudios medios y, bien por su personalidad o por la
circunstancia personal anterior al contacto (el ejemplo de
alcohólicos o drogadictos redimidos), seres con una cierta merma
en su capacidad de discernimiento personal. En estos casos, el
choque del contacto directo y dramático, eminentemente
emocional, tiene efectos prolongados y, aunque no tenga como
consecuencia una concentración de seguidores histéricos o
dolientes (los mesías contactados suelen reunir en torno suyo
grupos relativamente reducidos, pero profundamente fieles y
convencidos), el efecto consecuente del contacto marca, lo sepan
ellos o no, todos los actos de la existencia.
Los sembradores de inquietud
Si cualquiera de estos contactos citados en
el apartado anterior llega ante una mente científica clara y
fría, la sensación que produce es la de un ser que o bien ha
tenido alucinaciones, o ha fabricado, con ánimo de llamar la
atención, todos los elementos de su historia, o intenta
justificar una actitud o unas determinadas cualidades personales
forjándose un entorno mítico particular. Incluso cabe pensar
que si esa mente analítica y fríamente científica se tropezase
en un momento de su vida con un intento de contacto como los que
relatábamos, lo rechazaría como alucinación momentánea y
simplemente interna que habría que evitar a toda costa.
Para estos casos, la manipulación irracional
adopta métodos muy distintos: uno de ellos, que ya está
extendiéndose de modo alarmante, aunque sus protagonistas suelen
guardar silencio por temor a perder el crédito científico de
que gozan, se ejerce sobre los investigadores que acceden a
estudiar el comportamiento de los contactados del grado
anteriormente descrito. Estos científicos comienzan a encontrar
extrañas y presuntamente lógicas relaciones de causa a efecto,
constatan que los contactos guardan en su inconsciente toda una
serie de experiencias y de datos que no salieron a la luz en sus
declaraciones aparentemente alucinadas. Comprueban que se dan
coincidencias no tan absurdas, que hay un encadenamiento de
hechos que, aun dentro de su contexto esencialmente ilógico,
guarda indudables raíces de verosimilitud y, sobre todo, de
sinceridad y de experiencia "sin trampa ni cartón". Y
esos hechos, si bien no les afectan (al menos en apariencia)
hasta el punto de proclamar sin más la presencia entre nosotros
de los "poderosos extraterrestres", les colocan en un
estadio de conciencia inquieta y expectante, propicia al fin y al
cabo para que, en un instante dado, puedan entregarse de lleno a
la convicción de que hay, efectivamente, unas entidades que
pueden dominarnos y a cuya voluntad o conocimiento o poderes no
hay más solución que plegarse. Dejarse manipular, a la postre.
El otro método, paralelo en cierto modo al
que acabo de exponer, sólo que todavía sin cobayas contactados
que sirvan (como los niños de las apariciones) de
receptores-emisores, es el de los contactos
"oficiales", representados fundamentalmente por un caso
conocido ya a nivel internacional como el asunto Ummo.
En líneas generales, puesto que un
conocimiento más profundo del caso puede encontrarse ya
publicado en varios libros, se trata de una serie limitada de
intelectuales, artistas, científicos y hombres de letras, todos
ellos serios y con un prestigio indudable en círculos que no
pueden dudar de su palabra, que reciben periódicamente
comunicaciones escritas, llegadas desde los más distintos
lugares, en las que se les va dando cuenta de la existencia y de
la presencia en la tierra y entre ellos de un grupo impreciso de
personas casi humanas, procedentes de un lugar
perfectamente localizable en el mapa celeste. Estos seres, no se
sabe con exactitud con qué fines concretos (aunque, oficialmente,
lo explican absolutamente todo), cuentan la historia de su
llegada, las circunstancias de su permanencia entre nosotros, sus
conocimientos, sus creencias y hasta su estructura fisiológica y
vital. Narran su cosmogonía y su teogonía, su nivel de
civilización, el sistema sociopolítico por el que se rigen
presuntamente, sus relaciones, sus apuros entre los humanos para
no delatarse, su aspecto físico, su idioma (que emplean a
menudo, hasta el punto de que ya casi podría confeccionarse una
gramática ummita), su sistema numérico y métrico, los
principios científicos y tecnológicos de sus naves espaciales
incluso -aunque de un modo un tanto críptico- su manera de
actuar y sus métodos para establecer relación con los seres
humanos de la tierra. Muy probablemente olvido algo -tal vez sus
relaciones con otros seres de la galaxia- pero, en líneas
generales, eso es todo y sólo queda adentrarse en los mensajes
para comprobar en lo posible qué revelan, más allá de lo que
los presuntos ummitas han intentado contar. Así vemos:
a) una estricta e indudable coherencia lógica
y tremendamente racional, sin cabos sueltos que pongan
súbitamente sobre la pista de una eventual mentira que podría
hacer que todo el sistema creado se tambalease;
b) una muestra palpable -aparentemente al
menos- e incontrovertible de que hay razas extraterrestres a las
que nuestra ciencia y nuestra tecnología tardarán probablemente
siglos enteros en alcanzar.
Cada acto, cada interrogante, cada
sospechado absurdo, cada una de las actitudes tiene una respuesta
para los presuntos ummitas, de tal modo que, sin apenas
resquicios y basándose únicamente en las numerosas
comunicaciones que llevan enviadas hasta la fecha -aunque hay
temporadas de silencio-, se podría reconstruir, al menos en sus
hitos principales, todo el proceso cultural, histórico, social e
incluso psíquico de una raza humanoide de algún punto de la
galaxia, que se ha colado de rondón en nuestro entorno para
observarnos y -dicho con todo disimulo, evitando palabras
directas y aprovechando incluso presuntas dificultades de
expresión que dejan las cosas ligerísimamente nubladas-
manipularnos, dominarnos, influir sobre nosotros y sobre nuestros
esquemas vitales. Y ello a pesar de que los presuntos mensajes
ummitas están haciendo constante alusión a sus intenciones
manifiestas de no influir un ápice en los destinos de la
humanidad terrestre.
La grieta
El impacto ummita sobe los destinatarios de
sus mensajes es indudable. Y lógico. Nadie puede quedar
indiferente ante ellos. Todo cuanto se deduce de esa ya
numerosísima correspondencia es perfectamente coherente y, por
si fuera poco, cuando científicos de toda solvencia -físicos,
matemáticos, ingenieros- han sido requeridos para contrastar
datos, fórmulas o sistemas expuestos en los mensajes, han
corroborado, sin lugar a dudas razonables, que ese supuesto mundo
tecnológicamente avanzadísimo sobre nuestros actuales logros
científicos es perfectamente posible, que nada se opone a su
existencia.
La pregunta, la duda, la sospecha visceral
ante una trama epistolar tan perfectamente tejida surge, sin
embargo, cuando nos planteamos una serie de preguntas que sólo
tienen respuestas vagas o carecen simplemente de respuestas.
(Porque, ante todo, hay que advertir que la comunicación con los
presuntos ummitas es unilateral y que nadie -al menos que yo
sepa- ha logrado establecer contacto con ellos por propia
voluntad).
Una pregunta: ¿por qué tanta proclama
repetida de respeto a la independencia y el libre albedrío del
género humano y, paralelamente, ese bombardeo de pruebas que
nadie, en principio parece haber pedido?
Otra: ¿por qué tantas reticencias y tantas
promesas de no inmiscuirse en nuestros asuntos y tantas rogativas
a los destinatarios para que no se dejen influir por un supuesto
sistema que, en realidad, está metido a tornillo en sus mentes,
hasta el punto de que no hay uno solo de ellos -entre los que yo
conozco, al menos- que no se conozca de memoria la vida y
milagros (sí, dije milagros) de los ummitas y no los haya tomado
como presunto ejemplo, o hasta como posible historia del futuro
inmediato de la humanidad terrestre? (Una historia que, en
líneas generales, no es evolutiva, naturalmente, sino de
triunfo más o menos disimulado de ese racionalismo que a
nosotros mismos nos está encarcelando dentro de nuestra misma
conciencia dimensional. Y fíjese quien esto lea cómo, en una de
sus últimas misivas -última a la hora de redactar estas
líneas- felicitan a los humanos por los últimos vuelos
espaciales norteamericanos y olvidan, porque eso hay que
olvidarlo, que suenan mejor mentar otras cosas, los millones de
seres humanos que se mueren de hambre mientras se dilapidan
dólares y rublos en la carrera espacial).
Y todavía unas preguntas más, dirigidas a
todos mis amigos que reciben periódicamente mensajes
telefónicos y epistolares de Ummo (aunque sé que no han de
hacerme caso): ¿por qué organizáis reuniones periódicas para
intercambiar noticias y lucubraciones con ummíticos motivos?
¿No os dais cuenta de que eso -no entro en lo que realmente
sea- está ejerciendo la más increíble manipulación de vuestra
curiosidad, de vuestra dependencia, de vuestro interés -tan sano
y objetivo como queráis verlo- hacia algo que os está
extorsionando, dirigiendo inconscientemente vuestras vidas hacia
donde le place, mientras os muestra una realidad que los
investigadores convertís en libros, los periodistas en noticia y
los artistas en obra de arte, "ad maiorem gloriam
Ummi"?
Ummo -yo sólo lo llamaría componente número
N de la gran manipulación cósmica a la que el ser humano está
sometido desde los albores de la historia, del mismo modo que él
ha sometido a las conciencias dimensionales inferiores- es una
fuerza que actúa sobre un sector intelectual y culto de la
sociedad humana a niveles propios de éste, del mismo modo que
actúa sobre los niños de Fátima o del Palmar de Troya a sus
correspondientes niveles mentales. Y tan inteligente es manipular
así como tonto sería hacer llegar cartas metafísicas de Ummo a
las niñas de Garabandal o hacer aparecerse a la Virgen María y
al arcángel Miguel ante cualquiera de los actuales destinatarios
de los mensajes ummitas.
Cada contacto se lleva a cabo, por parte de
las conciencias manipuladoras, de acuerdo con las coordenadas
mentales o culturales de sus víctimas (aunque las llamo
víctimas en un sentido amplísimo), y de ese modo se alcanza un
espectro excepcionalmente amplio de la sociedad recipiendaria. En
el fondo, es el mismo método que el ser humano sigue con su
ganado: no trata del mismo modo a los inquilinos de un corral de
gallinas que a un rebaño de vacas, ni le damos el mismo alimento
o administramos los mismos estímulos a un perro y a un loro.
Cada especie, como cada estrato cultural en el género humano,
necesita una estimulación muy determinada y distinta y
específica, acorde con la personalidad y la conciencia de cada
grupo genérico o cultural. Nosotros, los seres humanos, lo
sabemos y del mismo modo hemos de presumir que lo saben (y cabe
que incluso mucho mejor que nosotros) las entidades de conciencia
dimensional inmediatamente superior, que se sirven de nosotros a
su placer y hacen que les seamos útiles y que les sirvamos de
alimento, tal como nosotros buscamos la utilidad y el alimento en
las especies que nos anteceden. Y, del mismo modo exactamente que
no admitiríamos en modo alguno la rebelión de nuestros cerdos
si pidieran la reivindicación y el derecho a abolir la
festividad de san Martín -que, como todo el mundo sabe, es la
fecha fija de ejecución masiva de puercos en los pueblos
peninsulares-, tenemos que comprender que nuestros presuntos
pastores traten a toda costa de impedir nuestro rechazo a la
sumisión en la que necesitan mantenernos para dar sentido y
razón a su propia, particular y desconocida -para nosotros-
existencia.
La cuestión que ahora se plantea es si
nosotros, efectivamente, debemos plegarnos a esa exigencia y
permitir que todo siga exactamente igual como hasta ahora, sin
tomarnos la oportunidad de acceder al grado de evolución al que
-supongo yo que lógicamente- tenemos derecho en tanto que
conciencia cósmica.
Los arduos caminos
hacia la libertad
12
El hombre al encuentro
de sí mismo
Decía Gurdjieff a sus dicípulos -y lo
recoge Ouspensky en una vasta exposición de las enseñanzas de
su maestro¹- que la humanidad, en tanto que entidad total, es
incapaz de evolucionar. «Lo que nos parece ser progreso o
evolución es una modificación parcial que puede ser
contrabalanceada por una modificación correspondiente en la
dirección opuesta». Para este insólito maestro caucasiano,
extrañamente estructuralista, que constituye uno de los ejemplos
más recios e independientes de la enseñanza trascendente del
siglo XX, el ser humano, en tanto que especie, está
irremisiblemente condenado a ser máquina durante su
existencia y a dejarse arrastrar por los acontecimientos que se
le imponen -por lo que aquí he llamado la manipulación a todos
sus niveles- sin que nunca sea capaz de levantarse sobre sus
propios condicionamientos para alcanzar estadios evolutivos de la
conciencia que puedan colocarle en condiciones de vivir una
Realidad acorde con sus presuntas necesidades evolutivas.
En tanto que máquina, los individuos
de la especie humana no pueden evolucionar conjunta y
masivamente, porque -dice Gurdjieff- «no existe evolución
mecánica. La evolución del hombre es la de su conciencia. Y la
conciencia no puede evolucionar inconscientemente. La evolución
del hombre es la de la voluntad, y la voluntad no puede
evolucionar "involuntariamente". La evolución del
hombre es la evolución de su poder de "hacer", y el
hacer no puede ser el resultado de lo que "sucede"».
Sin embargo, Gurdjieff admite y proclama una
evolución a niveles individuales. «Las posibilidades de
evolución existen y se pueden desarrollar en individuos aislados,
con la ayuda de los conocimientos y de los métodos apropiados
(
)
Un hombre tiene que comprender esto: que su evolución
no interesa sino a él. A ningún otro le interesa. Y no debe
contar con la ayuda de nadie. Porque nadie está obligado a
ayudarle y nadie tiene la intensión de hacerlo. Por el contrario
-por favor, ruego echar una mirada menos superficial sobre
los capítulos precedentes-, las fuerzas que se oponen a la
evolución de las grandes masas humanas también se oponen a la
evolución de cada hombre. Toca a cada uno chasquearlas. Mas si
un hombre puede chasquearlas, la humanidad no puede hacerlo.»
Individuo y humanidad
Vayamos por partes. Lentamente. Con la
tranquilidad de un tiempo que existe únicamente como dimensión espacial
desconocida o inaprehensible.
Sucede a veces que los conceptos referidos a
esa constante y perenne necesidad del ser humano por saber
y vivir lo que existe más allá de la frontera de su
comprensión se tergiversa. Sucede también, en consecuencia, que
los maestros -y Gurdjieff lo era y dio muestras patentes de su
condición- se sienten a menudo desbordados por la humanidad
misma, exactamente igual que el repartidor municipal de caramelos
en las fiestas de los pueblos, que tiene en sus manos la
milésima parte de los dulces que podrían satisfacer a los
niños de la aldea y opta por tirarlos al aire para que los
recoja quien sea más listo, o más despierto
o más
fuerte, o más bruto y dispuesto a merendarse a los demás.
(Recordemos el ejemplo agárthico, tergiversado y asumido a su
imagen y semejanza -léase conveniencia manipuladora- por un
nazismo visceral consecuentemente convertido en partido
dogmático y mesiánico).
No creo que nadie abrigue duda alguna respecto
a que la posibilidad de una evolución existe. Pero entre el
hecho de que esa evolución, o superación, o paso a siguientes
niveles de percepción de la Realidad -con el consiguiente poder
que ello puede implicar- sea cosa de individuos aislados o de la
humanidad entera, va todo un mundo de matices, de motivos y hasta
de condicionamientos que se atornillan, desde tiempos perdidos de
la historia, a circunstancias condicionadoras del comportamiento
de los seres humanos hacia sus semejantes. Porque, queramos o no
reconocerlo, existe una diferencia de años luz entre el hombre
que busca alcanzar la trascendencia en beneficio propio y para el
ejercicio del poder sobre los demás, y aquel otro que se adentra
por los entresijos de la propia superación para entregar sus
resultados al prójimo, como ayuda para un mundo menos
condicionado por las innumerables manipulaciones que le acosan.
Me parece importante esta distinción porque,
como ya hemos tenido oportunidad de ir comprobando a lo largo de
las páginas precedentes, la manipulación cósmica actúa
indefectiblemente sobre la humanidad, haciendo uso de una ley
vital y sirviéndose de su situación de ventaja en el proceso
evolutivo de las especies, mediante el ejercicio de un poder
omnímodo sobre ella y nutriéndose de su energía, de sus
deseos, ¡e incluso de su razón sensorial!, para su propia
pervivencia, exactamente lo mismo que nosotros, los seres
humanos, ciframos nuestro contexto vital en el poder que nuestra
conciencia dimensional -la razón- ejerce sobre los seres
inferiores que nos siguen en el ciclo evolutivo.
Las dos caras de la moneda
No se trata ahora de sacar a la luz
conceptos morales más o menos periclitados y, sobre todo,
inútiles en un contexto en el que la dualidad racional ha de
quedar necesariamente eliminada. Se trata, simplemente, de luchar
un poco con las palabras con las que hemos de expresarnos
-creadas en un contexto dualista, como todo nuestro sistema
mental- y extraer de ellas y a pesar de ellas un sentido de
solidaridad con la especie humana (y no sólo con un determinado
sector elegido de la misma), a la hora de calibrar el porqué de
que un determinado individuo o un grupo de individuos aspire a
alcanzar el nivel evolutivo que realmente le corresponde a toda
la especie y que únicamente las fuerzas manipuladoras, creadoras
de la tecnología por un lado y de creencias ciegas por otro, han
logrado y siguen intentando impedir con todas sus fuerzas, desde
su estrato de potencia abstracta supradimensional.
Creo que, a la hora de razonar (si tal
cosa es realmente posible) sobre el estado dimensional que sigue
a la conciencia racionalista en la que estamos inmersos, todos
estaríamos de acuerdo en convenir en la inoperancia de un factor
del que hemos dado cuenta cumplida y sobrada en estas páginas:
el dualismo. Un dualismo que forma parte y es consecuencia
directa de nuestra percepción sensorial y que ha venido a
constituir todo el germen de nuestros sentimientos morales y
estéticos, de nuestras ideas religiosas y políticas, y hasta de
nuestros principios científicos, afectivos y trascendentes
(puesto que, aun sin propósito previo aparente, hemos conferido
a nuestra idea -falsa- de la trascendencia unos signos de reconocimiento
dualista que son los que han contribuido esencialmente a la
incomprensión última del concepto).
Partiendo, pues, de esa inoperancia dualista,
tendríamos que convenir en que ese paso evolutivo, que Gurdjieff
a su modo y otros maestros al suyo calificaron de necesariamente
individual (y creo que no cabe ponerse en desacuerdo con la
idea), tiene que estar condicionado, para ser válido, a un
propósito de servir de cabeza de puente al resto de la
humanidad y de ningún modo a ser utilizado como barca con la que
vadeemos el río de la dimensionalidad para luego hundirla y
apedrear desde la otra orilla, con armas mucho más poderosas, al
personal que se quedó al otro lado. Si sucede lo segundo, el ser
humano individual o el grupo que ha dado el salto no será en
modo alguno una entidad evolucionada en el sentido más amplio y
justo del término, sino un vampiro o una secta vampírica que
utilizará su posición privilegiada para alimentarse, mediante
cualquier tipo de manipulación, de la energía de sus
congéneres, del mismo modo que el resto de la humanidad se
alimenta de la de los seres reconocidamente inferiores. Y no
caben ahí protestas orgullosas de un supuesto dualismo
definitivamente abolido y superado, ni echar mano de estados de
conciencia presuntamente superiores que se encuentran ya «más
allá del bien y del mal». El hombre «fuerte» (pienso en el
hombre evolucionado, en el que es definitivamente capaz de dar el
salto dimensional de su propia evolución) lo es mientras su
brazo puede izar a los débiles, no mientras su pie pueda
aplastarlos o hundirlos todavía más en el fango de la
manipulación. Usando un ejemplo que sólo el budismo ha
expresado con claridad, aunque esa claridad haya sido
tergiversada repetidamente, no es el auténtico evolucionado el
místico que alcanza el nirvana y se libera
definitivamente de las reencarnaciones, sino el boddhisattva que,
pudiéndolo alcanzar, regresa voluntariamente con los hombres
para empujarles y señalizarles en camino que él ya ha
recorrido.