ARCHIVO PÚBLICO DEL COMANDANTE
CLOMRO
Informe Clomro-3 LA MANIPULACIÓN MUNDIAL
SEGÚN DIVERSAS FUENTES
Sección II FUENTES
Subsección A LIBROS Y AUTORES
Parte V AUTORES, TEXTOS Y TEMAS
Émile Cioran
La cosmovisión de un esclarecido
Definir a Emile Cioran como a una persona que ha alcanzado la
suficiente claridad de lo que sucede en la Tierra, no pretende
situarlo en el plano de los "iluminados", entendiendo
por tales a esos sujetos que proyectan una cierta magia, una luz,
una transmisión de "Fuerza Divina" bajo la que se
supone que están inspirados. Un esclarecido no necesariamente es
quien puede guiar a otros hacia la iluminación, en cuanto a
establecer una conexión cósmica, espiritual con lo Superior.
Debería ser así, claro, pero sería demasiado pretensioso
llegar a tanto en medio de una realidad tan dificultosa, que en
ella la confusión prevalece por sobre todo. Una confusión en la
cual todo parece estar claro, según lo que las creencias
religiosas enseñan. Por eso, el sólo hecho de advertir que tal
claridad es falsa, ya es mucho. El sólo hecho de advertir que
todo es engañoso, es demasiado. Aunque se ignore dónde está la
verdad, el sólo hecho de identificar la mentira oculta detrás
de los dogmas oficializados como verdades, es haber logrado
esclarecimiento. No un esclarecimiento al punto tal de saber
dónde está Dios o dónde está el camino a las estrellas. Pero
sí el necesario esclarecimiento para no confundir con Dios a
deidades inferiores y no confundir el espinoso camino de la vida
en un mundo fuera de orden, con la senda espiritual de elevación
cósmica que rige en los mundos dentro del orden universal.
Cioran ha logrado esa claridad.
Ha confiado más en su
propia percepción de la realidad, que en la interpretación que
de ella han hecho -o no han querido hacer- los que simplificaron
todo el problema existencial con explicaciones dogmáticas,
sustentadas en supuestas revelaciones divinas que se pierden en
la noche de los tiempos. Cioran no ha creído en supuestas
transmisiones hechas por deidades a profetas, ni en la
metafísica aristotélico-tomista que fabricó un Dios a imagen y
semejanza del que le hacía falta a la sensación de desamparo
divino que experimenta el humano. Prefirió aceptar la realidad
tal como es, y reconocerse como habitante de un mundo demasiado
lejano del alcance controlador de un Dios que represente al Bien;
un mundo evidentemente en manos de alguien con propósitos
hostiles a nuestra evolución como seres libres y plenos.
Su pensamiento parece
situarnos al borde del abismo, en un callejón sin salida: nos
muestra lo mal que están las cosas y por obra de qué fuerzas
cósmicas, pero no ofrece ninguna escapatoria. No sugiere que la
solución esté aquí o allá... No oficia de guía que conduzca
a la luz. Se limita a reconocerse como incapaz de encontrar la
verdad que en la Tierra parece ausente. Se circunscribe a
mantener la guardia alta para no ser vulnerado por la mentira que
impera en el mundo. Se queda en la oscuridad, sin buscar una
salida, pero conciente de que la cosa es oscura, y no bajo la
engañosa apariencia de claridad con que se la ha pintado.
Pesimista, nihilista
según la visión de los que creen que hay motivos para ser
optimistas (motivos que la realidad a diario se encarga de
desacreditar) Cioran ha basado en el realismo, más allá de
pesimismos y optimismos, su diagnóstico de la enfermedad que
sufre el planeta. No ha dicho hacia dónde hay que ir, pero al
menos ha mostrado claramente hacia dónde o por dónde es mejor
no ir. Su propuesta no procura una solución global, no se pone
en el papel de un salvador del mundo. Se limita a sugerir que
cada uno se resista a toda esta trama; evadirse de todo esto, en
autoprotección, en busca de sobrevivir a tanto engaño. Un
inspirado en el pensamiento de Cioran podrá no saber a dónde
va, pero sí de dónde consigue irse, de qué logra liberarse,
contra qué se rebela, y de qué realidad no está dispuesto a
seguir formando parte. Lo cual, en un mundo tan engañoso, es ya
bastante.
El aciago demiurgo
Parte inicial
Con excepción de algunos casos aberrantes,
el hombre no se inclina hacia el bien: ¿qué dios le impulsaría
a ello? Debe vencerse, hacerse violencia, para poder ejecutar el
menor acto no manchado de mal. Cada vez que lo logra, provoca y
humilla a su creador. Y si le acaece el ser bueno no por esfuerzo
o cálculo, sino por naturaleza, lo debe a una inadvertencia de
lo alto: se sitúa fuera del orden universal, no está previsto
en ningún plan divino. No hay modo de ver qué lugar ocupa entre
los seres, ni siquiera si es uno de ellos. ¿Será acaso un
fantasma?
El bien es lo que fue o será, pero lo que
nunca es. Parásito del recuerdo o del presentimiento,
periclitado o posible, no podría ser actual ni subsistir
por sí mismo: en tanto que es, la conciencia le ignora y no lo
capta más que cuando desaparece. Todo prueba su
insustancialidad; es una gran fuerza irreal, es el principio que
ha abortado desde un comienzo: desfallecimiento, quiebra
inmemorial, cuyos efectos se acusan a medida que la historia
transcurre. En los comienzos, en esa promiscuidad en que se opera
el deslizamiento hacia la vida, algo innombrable debió pasar,
que se prolonga en nuestros malestares, si no en nuestros
razonamientos. Que la existencia haya sido viciada en su origen,
ella y los elementos mismos, es algo que no se puede impedir uno
suponer. Quien no haya sido llevado a afrontar esta hipótesis al
menos una vez por día habrá vivido como un sonámbulo.
Es difícil, es imposible creer que el dios
bueno, el "Padre", se haya involucrado en el escándalo
de la creación. Todo hace pensar que no ha tomado en ella parte
alguna, que es obra de un dios sin escrúpulos, de un dios
tarado. La bondad no crea: le falta imaginación; pero hay que
tenerla para fabricar un mundo, por chapucero que sea. Es, en
último extremo, de la mezcla de bondad y maldad de la que puede
surgir un acto o una obra. O un universo. Partiendo del nuestro,
es en cualquier caso mucho más fácil remontarse a un dios
sospechoso que a un dios honorable.
El dios bueno, decididamente, no ha sido
dotado para crear: lo posee todo, salvo la omnipotencia. Grande
por sus deficiencias (anemia y bondad van parejas), es el
prototipo de la ineficacia: no puede ayudar a nadie... No nos
agarramos a él más que cuando nos despojamos de nuestra
dimensión histórica; en cuanto nos reintegramos a ella, nos es
extraño, nos es incomprensible: no tiene nada de lo que nos
fascina, no tiene nada de monstruo. Y es entonces cuando nos
volvemos hacia el creador, dios inferior y atareado, instigador
de los acontecimientos. Para comprender cómo ha podido crear,
hay que figurárselo presa del mal, que es innovación, y del
bien, que es inercia. Esta lucha fue, sin duda, nefasta para el
mal, pues debió sufrir la contaminación del bien: lo cual
explica por qué la creación no puede ser enteramente mal.
Como el mal preside todo lo que es
corruptible, que es tanto como decir todo lo que está vivo, es
una tentativa ridícula intentar demostrar que encierra menos ser
que el bien, o incluso que no contiene ninguno. Los que lo
asimilan a la nada se imaginan salvar así al pobre dios
bueno. No se le salva más que si se tiene el valor de separar su
causa de la del demiurgo. Por haberse rehusado a ello, el
cristianismo debía, durante toda su carrera, esforzarse en
imponer la inevidencia de un creador misericordioso: empresa
desesperada que ha agotado al cristianismo y comprometido al dios
que quería preservar.
No podemos impedirnos pensar que la creación,
que se ha quedado en estado de bosquejo, no podía ser acabada ni
merecía serlo, y que es en su conjunto una falta, y la
famosa fechoría, cometida por el hombre, aparece así como una
versión menor de una fechoría mucho más grave. ¿De qué somos
culpables, sino de haber seguido, más o menos servilmente, el
ejemplo del creador? La fatalidad que fue suya, la reconocemos
sin duda en nosotros: por algo hemos salido de las manos de un
dios desdichado y malo, de un dios maldito.
Predestinados los unos a creer en un dios
supremo, pero impotente; los otros en un demiurgo; los otros,
finalmente, en el demonio, no elegimos nuestras veneraciones ni
nuestras blasfemias.
El demonio es el representante, el delegado
del demiurgo, cuyos asuntos administra aquí abajo. Pese al
prestigio y al terror unidos a su nombre, no es más que un
administrador, un ángel degradado a una tarea baja, a la
historia.
Muy otro es el alcance del demiurgo: ¿cómo
afrontaríamos nuestras pruebas si él estuviese ausente? Si
estuviésemos a su altura o fuésemos sencillamente un poco
dignos de ella, podríamos abstenernos de invocarle. Ante
nuestras insuficiencias patentes, nos aferramos a él, incluso le
imploramos que exista: si se revelase como una ficción, ¡cuál
no sería nuestra desdicha o nuestra vergüenza! ¿Sobre qué
otros descargarnos de nuestras lagunas, nuestras miserias, de
nosotros mismos? Erigido por decreto nuestro en autor de nuestras
carencias, nos sirve de excusa para todo lo que no hemos podido
ser. Cuando además le endosamos la responsabilidad de este
universo fallido, saboreamos una cierta paz: no más
incertidumbre sobre nuestros orígenes ni sobre nuestras
perspectivas, sino la plena seguridad en lo insoluble, fuera de
la pesadilla de la promesa. Su mérito es, en verdad,
inapreciable: nos dispensa incluso de nuestros remordimientos,
puesto que ha tomado sobre él hasta la iniciativa de
nuestros fracasos.
Es más importante encontrar en la divinidad
nuestros vicios que nuestras virtudes. Nos resignamos a nuestras
cualidades, en tanto que nuestros defectos nos persiguen, nos
trabajan. Poder proyectarlos en un dios susceptible de caer tan
bajo como nosotros y que no esté confinado en la sosería de los
atributos comúnmente admitidos, nos alivia y nos tranquiliza. El
dios malo es el dios más útil que jamás hubo. Si no lo
tuviésemos a mano, ¿a dónde se encaminaría nuestra bilis?
Toda forma de odio se dirige en última instancia contra él.
Como todos creemos que nuestros méritos son desconocidos o
pisoteados, ¿cómo admitir que una iniquidad tan general sea
obra del hombre tan sólo? Debe remontarse más arriba y
confundirse con algún tejemaneje antiguo, con el acto mismo de
la creación. Sabemos, pues, con quién tenérnosla, a quién
vilipendiar: nada nos halaga y nos sostiene tanto como poder
situar la fuente de nuestra indignidad lo más lejos posible de
nosotros.
En cuanto al dios propiamente dicho, bueno y
débil, nos concertamos con él cada vez que no hay en nosotros
ni rastro de ningún mundo, en esos momentos que le postulan,
que, fijos en él de golpe, le suscitan, le crean, y
durante los cuales remonta de nuestras profundidades para la
mayor humillación de nuestros sarcasmos. Dios es el luto de la
ironía. Basta, empero, que ésta se refuerce, que se imponga de
nuevo, para que nuestras relaciones con él se agrien y se
interrumpan. Nos sentimos entonces hartos de interrogarnos a su
respecto, queremos expulsarle de nuestras preocupaciones y de
nuestros furores, incluso de nuestro desprecio. Tantos le han
infligido golpes antes de nosotros, que nos parece ocioso venir
ahora a encarnizarnos en un cadáver. Y, sin embargo, cuenta
todavía para nosotros, aunque no sea más que por el pesar de no
haberle abatido nosotros mismos.
Para evitar las dificultades propias del
dualismo, se podría concebir un mismo dios cuya historia
transcurriría en dos fases: en la primera, sabio, exangüe,
replegado sobre sí mismo, sin ninguna veleidad de manifestarse:
un dios dormido, extenuado por su eternidad; en la
segunda, emprendedor, frenético, cometiendo error tras error, se
entregaría a una actividad condenable en sumo grado. Esta
hipótesis aparece a la reflexión como menos neta y menos
ventajosa que la de los dos dioses rotundamente distintos. Pero
si se encuentra que ni una ni otra dan cuenta de lo que vale este
mundo, siempre se tendrá el recurso de pensar, con algunos
gnósticos, que ha sido echado a suertes entre los ángeles.
(Es lamentable, es degradante asimilar la
divinidad a una persona. Nunca será una idea ni un principio
anónimo para quien haya practicado los Testamentos. Veinte
siglos de altercados no se olvidan de un día para otro. Se
inspire en Job o en San Pablo, nuestra vida religiosa es
querella, desmesura, desabrimiento. Los ateos, que manejan tan
gustosamente la invectiva, prueban a las claras que apuntan a alguien.
Deberían estar menos orgullosos; su emancipación no es tan
completa como suponen: se hacen de Dios exactamente la misma idea
que los creyentes.)
El creador es el absoluto del hombre
exterior; el hombre interior, en revancha, considera la creación
como un detalle molesto, como un episodio inútil, entiéndase
nefasto. Toda experiencia religiosa profunda comienza donde acaba
el reino del demiurgo. No tiene nada que hacer con él, lo
denuncia, es su negación. En tanto que él nos obsesiona, él y
el mundo, no hay medio de escapar de uno y de otro, para, en un
ímpetu de aniquilamiento, alcanzar lo no creado y disolvernos en
ello.
A favor del éxtasis -cuyo objeto es un dios
sin atributos, una esencia de dios- se eleva uno
hacia una forma de apatía más pura que la del mismo dios
supremo, y si uno se sumerge en lo divino, no por eso se deja de
estar más allá de toda forma de divinidad. Ésa es la etapa
final, el punto de llegada de la mística, mientras que el punto
de partida era la ruptura con el demiurgo, el rehuse a
confraternizar todavía con él y a aplaudir su obra. Nadie se
arrodilla ante él; nadie le venera. Las únicas palabras que se
le dirigen son súplicas invertidas; el único modo de
comunicación entre una criatura y un creador igualmente caídos.
Al infligir al dios oficial las funciones de padre, de creador y de gerente, se le expuso a ataques de resultas de los cuales debía sucumbir. ¡Cuál no hubiera sido su longevidad si se hubiese escuchado a un Marción, que de todos los heresiárcas es el que se ha erguido con más vigor contra el escamoteo del mal y que ha contribuido en el mayor grado a la gloria del dios malo por el odio que le ha profesado! No hay ejemplo de otra religión que, en sus comienzos, haya desperdiciado tantas ocasiones. Seríamos con toda seguridad muy diferentes si la era cristiana hubiera sido inaugurada por la execración del creador, pues el permiso de abrumarle no hubiese dejado de aliviar nuestra carga y de volver así menos opresores los dos últimos milenios. La Iglesia, al rehusar incriminarle y adoptar las doctrinas a las que no repugnaba hacerlo, iba a comprometerse en la astucia y la mentira. Por lo menos, tenemos el consuelo de constatar que lo más seductor que hay en su historia son sus enemigos íntimos, todos los que ella ha combatido y rechazado y quienes, para salvaguardar el honor de Dios, recusaron, a riesgo del martirio, su condición de creador. Fanáticos de la nada divina, de esa ausencia en que se complace la bondad suprema, conocen la dicha de odiar a tal dios y de amar a tal otro sin restricción, sin reservas mentales. Arrastrados por su fe, hubieran sido incapaces de descubrir la pizca de birlibirloque que entra hasta en el tormento más sincero. La noción de pretexto no había nacido todavía, ni tampoco esa tentación, completamente moderna, de ocultar nuestras agonías tras alguna acrobacia teológica. Una cierta ambigüedad existía empero en ellos: ¿qué eran esos gnósticos y esos maniqueos de toda laya sino perversos de la pureza, obsesos del horror? El mal les atraía, les llenaba casi: sin él, su existencia hubiera estado vacante. Le perseguían, no le dejaban ni un instante. Y si sostenían con tanta vehemencia que era increado, es porque deseaban en secreto que subsistiese por siempre jamás, para poder gozar y ejercer, durante toda la eternidad, de sus virtudes combativas. Habiendo, por amor al Padre, reflexionado demasiado en el adversario, debían acabar por comprender mejor la condenación que la salvación. Tal es la razón por la que habían captado ten bien la esencia de este mundo. La Iglesia, tras haberles vomitado, ¿será acaso tan hábil como para apropiarse de sus tesis, y tan caritativa como para prestigiar al creador, para excomulgarle finalmente? No podrá renacer más que desterrando las herejías, más que anulando sus antiguos anatemas para pronunciar otros nuevos.
Tímido, desprovisto de dinamismo, el bien
es incapaz de comunicarse; el mal, atareado muy por el contrario,
quiere transmitirse y lo logra, puesto que posee el doble
privilegio de ser fascinante y contagioso. De este modo, se ve
más fácilmente extenderse y salir de sí a un dios malo que a
uno bueno.
Esta incapacidad de permanecer en sí mismo,
de la que el creador debía hacer una demostración tan
irritante, la hemos heredado todos: engendrar es continuar
de otra forma y a otra escala la empresa que lleva su nombre, es
añadir algo a su "creación" por un deplorable remedo.
Sin el impulso que él ha dado, el deseo de alargar la cadena de
los seres no existiría, ni tampoco esa necesidad de suscribirse
a los tejemanejes de la carne. Todo alumbramiento es sospechoso;
los ángeles, felizmente, son incapaces de ello, pues la
propagación de la vida está reservada a los caídos. La lepra
es impaciente y ávida, gusta de expandirse. Es importante
desaconsejar la generación, pues el temor de ver a la humanidad
extinguirse no tiene fundamento alguno: pase lo que pase, por
todas partes habrá los suficientes necios que no pedirán más
que perpetuarse y, si incluso ellos acabasen por zafarse, siempre
se encontrará, para sacrificarse, alguna pareja espeluznante.
No es tanto el apetito de vivir lo que se
trata de combatir, como el gusto por la "descendencia".
Los padres, los progenitores, son provocadores o locos.
Que el último de los abortos tenga la facultad de dar la vida,
de "echar al mundo"..., ¿existe algo más
desmoralizador? ¿Cómo pensar sin espanto o repulsión en ese
prodigio que hace del primer venido un medio-demiurgo? Lo que
debería ser un don tan excepcional como el genio ha sido
conferido indistintamente a todos: liberalidad de mala ley que
descalifica para siempre a la naturaleza.
La exhortación criminal del Génesis:
Creced y multiplicaos, no ha podido salir de la boca del dios
bueno. Sed escasos, hubiese debido sugerir más bien, si
hubiese tenido voz en el capítulo. Nunca tampoco hubiese podido
añadir las palabras funestas: Y llenad la tierra. Se
debería, antes de nada, borrarlas para lavar a la Biblia de la
vergüenza de haberlas recogido.
La carne se extiende más y más como una
gangrena por la superficie del globo. No sabe imponerse límites,
continúa haciendo estragos pese a sus reveses, toma sus derrotas
por conquistas, nunca ha aprendido nada. Pertenece ante todo al
reino del creador y es sin duda en ella donde éste ha proyectado
sus instintos malhechores. Normalmente, debería aterrar menos a
quienes la contemplan que a los mismos que la hacen durar y
aseguran sus progresos. No es así, pues no saben de qué
aberración son cómplices. Las mujeres encintas serán un día
lapidadas, el instinto maternal proscrito, la esterilidad
aclamada. Con razón en las sectas en que la fecundidad era
mirada con recelo, entre los Bogomilos y los Cátaros, se
condenaba el matrimonio, institución abominable que todas las
sociedades protegen desde siempre, con gran desesperación de los
que no ceden al vértigo común. Procrear es amar la plaga, es
querer cultivarla y aumentarla. Tenían razón esos filósofos
antiguos que asimilaban el fuego al principio del universo y del
deseo. Pues el deseo arde, devora, aniquila: juntamente agente y
destructor de los seres, es sombrío e infernal por esencia.
Este mundo no fue creado alegremente. Sin
embargo, se procrea con placer. Sí, sin duda, pero el placer no
es la alegría, sólo es su simulacro: su función consiste en
dar el cambiazo, en hacernos olvidar que la creación lleva,
hasta en su menor detalle, la marca de esa tristeza inicial de la
que ha surgido. Necesariamente engañoso, es él también quien
nos permite ejecutar cierto esfuerzo que en teoría reprobamos.
Sin su concurso, la continencia, ganando terreno, seduciría
incluso a las ratas. Pero es en la voluptuosidad cuando
comprendemos hasta qué punto el placer es ilusorio. Por ella
alcanza su cumbre, su máximo de intensidad, y es ahí, en el
colmo de su éxito, cuando se abre súbitamente a su irrealidad,
cuando se hunde en su propia nada. La voluptuosidad es el desastre
del placer.
No se puede consentir que un dios, ni
siquiera un hombre, proceda de una gimnástica coronada por
un gruñido. Es extraño que, tras un período de tiempo tan
largo, la "evolución" no haya logrado agenciarse otra
fórmula. ¿Para qué iba a cansarse, por otro lado, cuando la
ahora vigente funciona a pleno rendimiento y conviene a todo el
mundo? Entendámonos: la vida misma no entra en disputa, es
misteriosa y extenuante a placer; lo que no es el ejercicio en
cuestión, de una inadmisible facilidad, vistas sus
consecuencias. Cuando se sabe lo que el destino dispensa a
cada cual, se queda uno pasmado ante la desproporción entre un
momento de olvido y la suma prodigiosa de desgracias que resulta
de ello. Cuanto más se vuelve sobre este tema, más se convence
uno de que los únicos que han entendido algo son los que han
optado por la orgía o la ascética, los libertinos o los
castrados.
Como procrear supone un desvarío sin nombre,
cierto es que si nos volviésemos sensatos, es decir,
indiferentes a la suerte de la especie, sólo guardaríamos
algunas muestras, como se conservan especímenes de animales en
vías de desaparición. Cerremos el camino a la carne, intentemos
paralizar su espantoso crecimiento. Asistimos a una verdadera
epidemia de vida, a una proliferación de rostros. ¿Dónde y
cómo seguir todavía frente a frente con Dios?
Nadie es sujeto continuamente de la obsesión
del horror; sucede que nos apartamos de él, que casi le
olvidamos, sobre todo cuando contemplamos algún paisaje del que
nuestros semejantes están ausentes. En cuanto aparecen, se
instala de nuevo en el espíritu. Si uno se inclinase a absolver
al creador, a considerar este mundo como aceptable e incluso
satisfactorio, aún habría que hacer reservas sobre el hombre,
ese punto negro de la creación.
Nos es fácil figurarnos que el demiurgo,
convencido de la insuficiencia o de la nocividad de su obra,
quiera un día hacerla perecer e incluso se las arregle para
desaparecer con ella. Pero también se puede concebir que desde
un comienzo sólo se atarea en destruirse y que el devenir se
reduce al proceso de esa lenta autodestrucción. Proceso
despacioso o jadeante, en las dos eventualidades se trataría de
una vuelta sobre sí mismo, de un examen de conciencia, cuyo
desenlace sería el rechazo de la creación por su autor.
Lo que hay en nosotros de más anclado y de
menos perceptible es el sentimiento de una quiebra esencial,
secreto de todos, dioses incluidos. Y lo que es notable es que la
mayoría está lejos de adivinar que experimenta ese sentimiento.
Estamos por lo demás, merced a un favor especial de la
naturaleza, destinados a no darnos cuenta de ello: la fuerza de
un ser reside en su incapacidad de saber hasta qué punto está
solo. Bendita ignorancia, gracias a la cual puede agitarse y
actuar. ¿Qué tiene por fin la revelación de su secreto? Su
impulso se rompe de inmediato, irremediablemente. Es lo que le ha
sucedido al creador o lo que le sucederá, quizás.
Haber vivido siempre con la nostalgia de
coincidir con algo, sin, a decir verdad, saber con qué... Es
fácil pasar de la incredulidad a la creencia o inversamente.
Pero ¿a qué convertirse y de qué abjurar, en medio de una
lucidez crónica? Desprovista de sustancia, no ofrece ningún
contenido del que se pueda renegar; está vacía y no se reniega
del vacío: la lucidez es el equivalente negativo del éxtasis.
Quien no coincide con nada, tampoco
coincidirá consigo mismo; de aquí provienen esas llamadas sin
fe, esas convicciones vacilantes, esas fiebres privadas de
fervor, ese desdoblamiento del que son víctimas nuestras ideas y
hasta nuestros reflejos. El equívoco, que regula todas nuestras
relaciones con este mundo y con el otro, lo guardamos en primera
instancia para nosotros mismos; después lo hemos expandido a
nuestro alrededor, a fin de que nadie escape, a fin de que
ningún viviente sepa a qué atenerse. Ya no hay nada claro
en ninguna parte: por nuestra culpa las mismas cosas se tambalean
y se hunden en la perplejidad. Lo que nos haría falta es el don
de imaginar la posibilidad de rezar, indispensable a cualquiera
que aspira a su salvación. El infierno es la oración inconcebible.
La instauración de un equívoco universal es
la proeza más calamitosa que hemos realizado y la que nos hace
rivales del demiurgo.
No fuimos felices más que en las épocas
en que, ávidos de ocultamiento, aceptábamos nuestra nada con
entusiasmo. El sentimiento religioso no emana de la
constatación, sino del deseo de nuestra insignificancia, de la
necesidad de revolcarnos en ella. Esta necesidad, inherente a
nuestra naturaleza, ¿cómo podrá satisfacerse ahora que ya no
podemos vivir a remolque de los dioses? En otros tiempos eran
ellos los que nos abandonaban; hoy somos nosotros los que los
abandonamos. Hemos vivido a su lado demasiado tiempo como para
que hallen gracia a nuestros ojos; siempre a nuestro alcance, les
oíamos rebullir; nos acechaban, nos espiaban: no
estábamos ya en nuestra casa... Ahora bien, como la experiencia
nos lo enseña, no existe ser más odioso que el vecino. El hecho
de saberle tan próximo en el espacio nos impide respirar y hace
igualmente impracticables nuestros días y nuestras noches. En
vano, hora tras hora, meditamos su ruina: ahí está, atrozmente
presente. Todos nuestros pensamientos nos invitan a suprimirle;
cuando por fin nos decidimos, un sobresalto de cobardía nos
encoge, justo antes del acto. De este modo somos asesinos en
potencia de quienes viven en nuestros parajes; y por no poder
serlo de hecho, nos recomemos y nos agriamos, indecisos y
fracasados de la sangre.
Si, con los dioses, todo pareció más
sencillo, es porque, siendo su indiscreción inmemorial, habría
que acabar con ella, costase lo que costase: ¿acaso no eran
demasiado molestos para que fuese posible guardarles aún
miramientos? Así se explica que, al clamor general contra ellos,
ninguno de nosotros podía dejar de mezclar su vocecita.
Cuando pensamos en esos compañeros o
enemigos varias veces milenarios, en todos los patrones de las
sectas, de las religiones y de las mitologías, el único del que
nos repugna separarnos es de ese demiurgo, al que nos apegan los
males mismos de los que nos importa que sea la causa. En él
pensamos a propósito del menor acto de la vida y de la vida sin
más. Cada vez que le consideramos, que escrutamos sus orígenes,
nos maravilla y nos da miedo; es un milagro aterrador, que debe
provenir de él, dios especial, completamente aparte. De
nada sirve sostener que no existe, cuando nuestros estupores
cotidianos están ahí para exigir su realidad y proclamarla.
¿Se les opondrá que ha existido quizá, pero que ha muerto como
los otros? No se dejarán desanimar, se atraerán en resucitarlo
y durará tan largo tiempo como nuestro asombro y nuestro miedo,
como esta curiosidad indignada ante todo lo que es, ante todo lo
que vive. Dirán: "Triunfad sobre el miedo, para que sólo
subsista vuestro asombro". Pero para vencerle, para hacerle
desaparecer, habría que atacarle en su principio y demoler sus
fundamentos, volver a edificar ni más ni menos que el mundo en
su totalidad, cambiar alegremente de demiurgo, entregarse, en
suma, a otro creador.
Frase final del libro:
Estamos todos en el fondo de un infierno,
cada instante del cual es un milagro.
Frases sueltas
La prueba de que este mundo no es un éxito, es que puede uno compararse sin incidencia con el que se supone que lo ha creado...
Mis dudas sobre la providencia no duran nunca mucho: ¿quién, fuera de ella, estaría dispuesto a asignarnos tan puntualmente nuestra infaltable ración de derrota cotidiana?
El rechazo del nacimiento, de nacer, no es otra cosa que la nostalgia de ese tiempo antes del tiempo.