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MEMORIAS

By Juana Gorriti

Lima, 1858

CARMEN PUCH

Al Visitar Orcones, Güemes había traído una orden de mi padre; y pocos días después habíamos abandonado aquella tumultuosa morada, con sus belicosos huéspedes y su tráfago guerrero, y nos hallábamos a quince leguas de distancia en un lugar solitario aunque risueño y bellísimo, habitando un inmenso edificio de aspecto feudal, coronado de una elevada torre. He hablado ya en estas memorias de ese hermoso castillo, semi- monástico y semi- guerrero, monumento del poder jesuítico. El ariete revolucionario lo ha destruído, y sólo queda ahora a la admiración del viajero la magnífica torre, rodeada de gigantescos montones de ruinas.

Al llegar allí caí enferma, y todo lo que vi entonces, fue bajo la influencia de la fiebre. En uno de esos momentos sentí un gran ruido de carruajes y de caballos: la casa hasta entonces tan solitaria resonó con las voces y los pasos de muchas personas que iban y venían. Todos estos rumores que yo percibía al través del delirio, tomaban en mi cerebro una forma fantástica que agravó mi dolencia, sumergiéndome en un profundo letargo que duró dos días.

Cuando volví en mí, estaba sentada a mi cabeza una mujer tan hermosa, de una belleza tan celestial, que en mi simplicidad infantil, volví apresuradamente los ojos hacia la imagen de las Mercedes que estaba sobre mi cama, creyendo que la divina Señora había dejado su dorado cuadro. Pero la Madre de Dios estaba siempre allí y allí también estaba aquella mujer maravillosa, bella, con las seducciones que pudo soñar la más ardiente imaginación; con sus grandes ojos de un azul profundo, sus negras pestañas, sus dorados rizos, que ondulabam voluptuosamente en torno de su blanco cuello, mientras ella hablaba alegre y festiva, sonriendo con su celeste mirada y haciendo con su linda boca un momito hechicero como aquel de Esmeralda. De vez en cuando volvíase a mi y posaba su mano en mi frente y luego se dirigía a mi madre prodigándole palabras tan dulces y seductoras como el acento de su voz.

A su lado hallábase de pie un joven de dieciséis años; y si algo podía compararse a la belleza de esa mujer, era sin duda la de aquel mancebo. Tenía, como ella, hermosos ojos azules, aunque de una expresión severa y varonil; los mismos rubios y rizados cabellos cuadraban su altiva frente, la misma graciosa sonrisa iluminaba su bello semblante. Parecían dos gemelos, en la semejanza de sus facciones y en la ternura con que se contemplaban.

De repente oyóse afuera un grande ruido. Voces tumultuosas mezcadas de vivas y aclamaciones resonaron en el patio: y abriéndose la puerta con estrépito, se precipitó en el cuarto un grupo de criados en cuyo centro venían dos recién llegados, dos oficiales de dragones, uno de ellos traía un pliego en la mano, y ambos gritaban con el entusiasmo de esos tiempos. ¡Hemos triunfado! ¡vencimos a los realistas! ¡ni uno solo se ha escapado! ¡viva la patria!.

¡Viva Gorriti! - exclamó la hermosa mujer que estaba a mi lado alzándose sublime e inspirada como una sibila.

 

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