Lo que Escuché del Gnomo Putzlerlin
 
(parte de este cuento est´┐Ż en "historias del cerro")
 
  Prologo.

Anoche, mientras conversaba con Putzlerlin, un gnomo que conocí en un viaje interno, éste me contó una historia. Más que interesante, la encontré inquietante y por supuesto que entretenida. No me consta que sea real. Ésta surgió al servirle una quinta copa de vino, momento en el que su mirada se fijó en la botella que se vaciaba inevitablemente.

Putzlerlin habla de una forma algo anticuada, tal vez por su edad (no la sé, pero en general los gnomos suelen nacer viejos) o simple esnobismo. Por respeto a su relato, y para no cambiar la intencionalidad que éste quiso darle a las palabras voy a tratar de ser lo más literal posible.

-fdoC

Parte I.

Es sumamente interesante.
Es fascinante lo que tiene Ud. en sus manos.
Déjeme contarle la historia de tan noble recipiente que ellas envuelven con tan poca delicadeza.

Esta botella, de origen eslavo y cuya llegada a la zona de Atacama no es menester contar en esta ocasión, proviene de la mesa del antiguo Rey Goiclavlisic, soberano dado a las bebidas fermentadas de toda índole (se cuenta que incluso fermentaba orina de jóvenes colorinas vírgenes, líquido que mezclaba con esencias de amapola y bebía antes y después de hacer el amor).

Se cuenta que un día el rey tuvo una larga y secreta reunión con un extraño y pequeño personaje llamado Alberich. Al saber, días después que este enano atacó las hijas del Rhin y les robare el oro, se envolvió en una profunda depresión. Tal fue su tristeza que se volvió invisible. Dejó sus deberes y también sus placeres, incluso de hacerle el amor a sus princesas y por lo tanto de beber aquél brebaje en base a orina.

Esto provocó una gran conmoción entre todas las jóvenes colorinas vírgenes del reino, pues entregar su orina al Rey era el mayor de los honores que cualquiera de ellas podría soñar.
En menos de tres años estaban ya todas muertas, algunas por suicidio, otras por depresión, pero la mayoría murió por no querer volver a orinar.

El pueblo quedó inquieto, perder tantas mujeres jóvenes en tan poco tiempo no era algo que los iba a dejar tranquilos. Se exigió la abdicación del rey, el que tuvo que dejar su trono, sus princesas y sus vírgenes muertas.

De Goiclavlisic no se supo más hasta que una tarde de otoño, caminando por los bosques del sur de Alemania, un escultor llamado Goldmundo lo invitó a su taller.
Ya no como rey sino como simple paseante, sin escolta ni atuendos, el ciudadano se convirtió en aprendiz del arte de la escultura.

Una buena tarde, Goldmundo fue junto al aprendiz a visitar un gran amigo (y secreto amante se dice incluso), un monje llamado Narciso. Éste los recibió sencilla pero muy cariñosamente en el monasterio. La visita duró varios días, tiempo durante el cual Goiclavlisic fue enamorándose de todo cuanto le rodeaba, los muros, los íconos, las formalidades, las palabras y pensamientos de todos quienes por el monasterio en silencio caminaban.
Maravillado. Goiclavlisic rogó a Narciso que le permitiese seguir su camino de santidad.

Luego de varios años se le entregó el hábito y es de esta forma que el rey Goiclavlisic se convertiría en Fray Goic. Como tal, Fray Goic se volvió experto en el arte de soplar vidrio y entregó una gran cantidad de obras a diversas catedrales de Europa, siendo la mayoría destinadas para Bohemia, donde se hizo famoso por sus cristales de colores.
Luego de 23 años, Fray Goic decidió volver a su tierra natal. Al llegar nunca reclamó el trono ni menos se identificó de otra forma que no haya sido Fray Goic. Fue en su nuevo taller que el fraile inventara la forma que actualmente conocemos de las botellas, de hecho el color verde se debe a la delicada mezcla de orina matinal (esta vez la suya) con extractos de tallo de amapola.

Parte II.
El amanecer del solsticio de verano de aquél año fue marcado con la fecha de la invasión de Ervec por los nibelungos de Alberich, iniciando con ello una dura y sangrienta guerra territorial. Nada hubiese sabido de ello Fray Goic si no fuera por un esbelto joven sajón de nombre Robin. Éste, en recientes nupcias venía recorriendo las lejanas comarcas al otro lado de los montes Kerchak, llegó huyendo de las fuerzas invasoras con un contundente bolsón lleno de oro y plata a refugiarse donde Fray Goic.
El Fray era ya conocido y reconocido por el pueblo de la comarca como un alma noble y quitado de bulla, por lo que Robin no dudó en acudir a él. Robin, cuya costumbre de robar a nobles trajo de Sajonia, entregó todo el botín al fraile para que le ayude a construir un ejército de resistencia.
Estos bárbaros acontecimientos fueron suficientes para extraer todo el resentimiento por años guardado en el fondo de su corazón. Goic. Tomó el oro, una botella de vidrio, (una que había decidido guardar para una ocasión especial), desempolvó su espada y se puso en marcha a reclutar los nuevos Guerreros de la Liberación.
Más de 10,000 soldados consiguió en menos de un mes. El oro de Robin no fue suficiente para armarlos a todos así es que los campesinos fueron con sus hoces y sus martillos los albañiles.
La batalla fue muy dura, de los 11,345 soldados finalmente sensados, sólo 3 sobrevivieron, tres hombres de 16 años cada uno y tres hombres solos que lograron finalmente derrocar al tirano Pavlov (los 11,342 que murieron les permitieron llegar a las catacumbas donde éste se hallaba escondido).
Estos tres hombres eran guerreros provenientes de las tierras helenas, de nombres Strathos, Poretos y Araguimis (dícese que ellos dieron luego nacimiento al mito de los tres mosqueteros). Los tres declararon ante el reino el regreso del rey Goiclavlisic quien no menos temprano que tarde recordó todos los deberes y obligaciones reales y quiso para ello celebrar con su botella y cuchillería real.
No grande fue su sorpresa cuando ni lo uno ni lo otro encontró el rey.

- Fin Parte 2, esto sigue

 
     
 
 
 
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