Las Vacas
 
Están en todas partes, nos rodean, nos atacan. Son las vacas que vienen... (2003-2006)
 
 

Vacas

Vacas,
Vacas verdes,
Vacas rojas,
Vacas que suben
Que bajan,
que van y vuelven.
Vacas bien,
Vacas mal
Vacas hediondas y
Vacas perfumadas.
Vacas flacas,
Vacas gordas,
Vacas inmaculadas y
Vacas de mierda.
Vacas cabronas,
Vaca, la vaca que las parió.

 

Papel Arrugado

Llevo como veinte minutos sentado en el borde de la vereda, esperando que lleguen, sin saber a ciencia cierta si lo harán por este lado de la ciudad.

La gente pasa por mi lado sin verme, la dinámica urbana lo hace a uno seguir en sus propósitos sin notar las pequeñas diferencias del ambiente. ¿Porqué habrían de ver más que alguien sentado, como parte de pavimento? Que incómodo sería si todo aquel que pasara se detuviese a preguntarme por mi estado de ánimo, mi salud, a comentar de lo caro que está el tiempo y lo feo que se pone la ciudad los días de vacas. Por favor, déjenme en mi anonimato, tranquilo, sentado, esperando las vacas pasar.

Al bajar la mirada hacia la acera veo, a mis pies, una bola de papel arrugado. Juraría que un minuto atrás no estaba allí.
Claro, las cosas comienzan a existir sólo desde el momento que tomamos conciencia de ellas. El problema de esto es que al comenzar a existir para uno, también lo hacen para el resto de mundo, y con una especie de luz especial que hace que todos miren hacia ella.

Ahora, como yo le di la maldita existencia, es obvio que para todos soy yo quien la dejó allí. Me siento cochino, sucio. ¿Cómo es posible que ande tirando basura al suelo? Un Gormes me dice desde el interior de mi cabeza que lo recoja y vuelva así a mi cómodo anonimato.

- Pero si no fui yo, alguien más debe haberla tirado allí.
- No importa, desde el momento que no quisiste recogerla pasó a ser tu responsabilidad.
- No pienso, me niego absolutamente a hacerlo. Es al recogerla que reconozco su autoría.

Me hago el huevón como si no viese el papel. Entonces siento que la gente ya no sólo me mira, sino que lo hace con desprecio. Más encima se ha multiplicado, ahora una bolsa de papas fritas acompaña la otrora solitaria bola de papel arrugado.

La angustia comienza a llegar, quiero recogerlos, estiro mi mano hacia ellos y comienzo a ver todas las colillas de cigarro botadas, más papeles por allá, es como si toda la basura de la ciudad ahora me extendiera sus manos para ser adoptada. Comienzo a hundirme en ella, a ahogarme en papeles, cáscaras, hojas. Todos vienen hacia mí huyendo de su abandono. Las bolsas se abren generosas empapándome de restos de fruta podrida, cueros de pollo y otras santas mugres. ¿Por qué no puede uno volver a la ceguera inicial, la ignorancia primera?

 

Amanecí muerto

Amanecí muerto. Seguramente me atropelló una vaca corriendo por la vereda. Las vacas suelen hacer eso entre 4 y 5 de la mañana. Especialmente en días previos a un feriado largo. Es increíble como puede un bicho de esa envergadura correr tanto sólo por llegar antes que el sol a los fines de semana largo. No me acuerdo muy bien cómo fue que me morí. Es una lástima, siempre quise estar lúcido en ese momento. Definitivamente nunca le achunto, es la tercera vez que muero y siempre me encuentra desconcentrado, con sobredosis o alguna otra cosa.

Decían que el aviso iba a llegar con un mínimo de 3 días de anticipación. Nada. Nunca en ninguna de mis perras vidas me ha tocado un aviso. Mentiras.

No entiendo por qué uno siempre cae con el mismo truco. Vienen, se presentan (nuevamente), te cuentan toda la historia, te explican por qué la vez siguiente es imposible que no llegue un aviso y uno, idiota que es, lee, se impresiona y firma el contrato (nuevamente). Es así.

Bueno, amanecí muerto y no tengo idea de qué me morí. Lo más divertido de todo fue que mi muerte no sólo no me fue avisada, sino que fue absolutamente inesperada incluso para los Gormes. Al cabo de unas horas de haberme "matado" ya estaban haciendo las gestiones para revivirme.

- Seguramente un problema en el sistema, a veces perdemos el control -decían.
- No se preocupe que inmediatamente lo devolvemos a su lugar.

Y claro, como ellos hacen y deshacen, me resucitaron. Lo malo fue que el proceso duró más de lo normal y, obviamente, los vivos ya me habían enviado al depósito. Érame yo, uno entre cientos de desechos de vidas, todos apilados, en las posiciones más insólitas. Ni el más depravado de los torcidos sexuales podría imaginar tal espectáculo (obviamente, para interés de la historia, estábamos todos desnudos, hombres y mujeres mezclados).

Afortunadamente, el sistema de conservación funciona de mil maravillas. Desde que se descubrió que los cuerpos podían ser re-implantados, ya no se los entierra como antes. Se guardan.

Junto conmigo había varios más que estaban vivos. Parece que la caída del sistema fue algo mayor de lo que pensé. Todos emitían quejidos (de placer). Era extraño. No sé si era agradable o no. No me gustaba pero tampoco me disgustaba completamente. Sentir todos estos cuerpos juntos, apretados me provocaba cierto goce turbio. Un pecho en mi cara, un pene contra mi estómago, una mano que me acariciaba el trasero. Esto fue realmente extraño. Aproveché de sentir ese pecho tibio y erecto en mis labios por un buen rato, al mismo tiempo que mis manos, dentro de lo posible, acariciaban lo que imagino era una vagina.

La verdad nunca me había tocado llegar a este lugar. Es increíble. Siento que alguien me está mojando. No sé si es producto de un orgasmo femenino o masculino. No alcanzo a llevar mi mano a esa parte de mi cuerpo. Imagino que es una mujer que ha posado sus últimos espasmos de placer en mi espalda. Me siento raro.

 

Transformers

Ahí están las vacas reunidas, todas negras, fumándose la última hierba antes de salir corriendo. Pedro se siente extraño, si bien siempre sintió curiosidad por ellas, nunca había estado en un lugar con tantas juntas a la vez.

Las personas pasaban por el costado, algunas con un ligero gesto de reproche, otras como si nada especial sucediese. Es cada vez más difícil sorprenderse en la fauna urbana. Incluso por temor, algunos hacen como si no vieran nada, como si no oliesen nada.

Había una conexión, pero no lograba descifrar cuál era. Pedro definitivamente no era ni pensaba ser vaca. No estaba eso entre sus preocupaciones. El lugar se llenaba cada vez más. Deben ser cerca de las cuatro de la madrugada y el olor a vaca se le hace ya insoportable. El parque no es tan grande, pero a ellas no parece importarles. Su fiesta es grosera. Los roncos mugidos parecen más bien rugidos de una tigresa en celo.

La transformación ya ha comenzado y les ve por primera vez los dientes y colmillos. Grandes y afilados como los tendría un carnívoro de su tamaño. Algunas ya han saltado sobre el cuello de las más rezagadas en la transformación, entregando la comida a las sobrevivientes.

El frío de la madrugada da paso a un extraño viento tibio que parece volverlas locas y hambrientas.

Luego de la primera, otras comenzaron a abalanzarse, feroces, sobre sus hermanas desgarrándolas, partiéndoles las carnes y lanzarse con sus hocicos rojos dentro de las calientes y humeantes entrañas.

Una vez satisfecha su hambre, comienza una patética escena sexual donde lo que la naturaleza no les diera era reemplazado por sus largas lenguas e incluso las colas. Algunas, descontroladas, destrozaban las vaginas de sus compañeras al intentar penetrarlas con los cuernos.

Los mugidos eran ya escalofriantes. El rojo y negro ha invadido el parque que en sus atardeceres suele cobijar parejas homosexuales.

Son cerca de las siete de a mañana y ya no hay ninguna vaca, sólo los camiones de las carnicerías de la ciudad.

 

Vacabar

La primera impresión al abrir la puerta es de estupor. No se ve absolutamente nada, sólo se siente el ruido, música y humo. Poco a poco la vista va acostumbrándose y comienza a descifrar siluetas. Siluetas de vacas. Vacas negras y sin manchas. El dato parecía bueno.

A medida que las pupilas se dilatan, va percibiendo manchas en las vacas. Esto tiene más sentido por el precio y el barrio. No se podía pedir más. Todos los demás estaban tranquilos, sentados o de pié, bebiendo lo suyo sin meterse con nadie. La música repentinamente cambia y sube el volumen, con lo que el ambiente se llena con algo de intranquilidad.

Una vaca, la de las manchas más grandes, se acerca a la puerta para bloquearla. La intranquilidad aumenta; se nota por los movimientos erráticos de los asistentes, todos saben a lo que vienen pero aparentan, torpemente, no saberlo. Nadie habla, todos tratan de no toparse con la vista del otro, sin embargo sus patéticas poses los delatan. La música se ha vuelto insoportable y comienza el espectáculo.

 
     
 
 
 
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