| El Mensaje Vac�o de la Mariposa. | |||||||
| Ibas caminando solitario, con un rumbo que cre�as haber optado, y murmuraste -llegar� a la otra orilla cuando el viento deje de soplar- y recordaste cuando eras ni�o invocando estas palabras, te viste sentado en tu sillita en el patio de la casa de tus padres, bajo el sol fresco de la siesta, las aguas de la pileta de un celeste intenso, reflejaban su brillo consumiendo tu atenci�n infante e inocente, y dijiste por primera vez en tu vida sin saber que significaba ni de donde proven�a la idea: -�Llegar a la otra orilla cuando el viento deje de soplar?- Y la brisa te acarici� el rostro de una manera incre�blemente real haciendo m�s fuerte la sensaci�n de haber pronunciado palabras eternas que la Naturaleza, tu Naturaleza, hab�a puesto en tus labios. Y hoy, cuando lo volv�s a pronunciar, ya sab�s cuan perennes son. �Hasta donde te hab�a impulsado el viento?, �Hasta donde te hab�as dejado llevar?. Juzgabas inalcanzable la tierra de los Hombres, porque tu tierra, tu casa, estaban en llamas, y vos estabas dentro. | |||||||
| Pero seguiste andando hasta plaza San Mart�n donde buscaste un asiento. Una persona estaba en el mismo banco que elegiste, era desgarbado y lo sentiste cansado pero feliz, lo viste avejentado y sosegado, lo pensaste chofer de colectivo o taxista. | |||||||
| Vos intentabas escapar de la casa en llamas de tu alma, y por eso no pod�as concentrarte en vos y levantabas la vista observando las personas evadi�ndote, la gente desfilaba ante tus ojos, vetustas, apuradas, contemplativas, lujuriosas, concentradas, orgullosas, soberbias, iracundas, envidiosas, como las clasificaste en tu sutil soberbia al perderte del todo en la vanidad, porque el conocimiento te excitaba. | |||||||
| Dijiste muy seguro de tus palabras -desfilan mostr�ndose aunque crean no hacerlo- miraste al hombre sentado a tu lado -aquella por ejemplo no puede caminar por su gordura- la se�alaste -sigue al marido que va delante a quien por su forma de caminar se nota que lo cagaron a patadas en su pobre vida, esa mujer se nota que se est� arrepintiendo de haber comido tanto, de ser como es, m�rele la expresi�n facial como se acongoja en cada paso, mire como el marido se va dar vuelta y cansado va suspirar y se volver� dar vuelta y seguir� caminado...- concluiste expectante de verlo, ansioso de tu poder para ver el futuro. Un futuro que no era el tuyo. | |||||||
| El hombre se dio vuelta y sin detener la marcha exhal� cansado un borbot�n de aire al verla alej�ndose tanto, mir� delante nuevamente y sigui�, y pensaste que intentaba llegar al hotel donde los viste dejando los regalos y descansando, ella se saca las joyas de encima como solt�ndose de las grandes cadenas de la aparici�n en P�blico, demostrando al fin en la intimidad de sus cuartos quienes son y como son realmente, y luego se echa en la cama, el viejo duerme hace horas, ella apaga la luz a duras penas teni�ndose que mover por completo por su desmesurada contenci�n de grasas, y al fin, resoplando agotada, duerme mirando el techo, deseando no comer m�s, deseando acabar, anhelando la hora de cenar... cre�as realmente en lo que pensabas, y de ah� el poder de crear tu realidad, una realidad de gordas como esa y de ancianos cansados donde en definitiva te mostrabas tal cual eras vos. En tus vicios, en tus incontinencias. | |||||||
| -Y, hay de todo en esta ciudad- concili� el hombre y te viste incluido en tal afirmaci�n, vos, un desconocido, conjeturando sobre otros desconocidos. | |||||||
| Sentiste un cosquilleo en tu mano derecha, llevaste a ella tu atenci�n y descubriste posada una mariposa con sus alas plegadas de unos 7 cent�metros, cubierta de pelos de un intenso marr�n. Ella despleg� sus alas de un color rojizo de fondo, 3 figuras azabaches similares a c�rculos sim�tricos en ambos lados. | |||||||
| -Mire que hermosa- dijiste a tu interlocutor quien prest� atenci�n y asinti� con agrado ante tal espect�culo expresando -Nacen de gusanos y viven casi un d�a, luego mueren- y se quedaron contempl�ndola, 10 minutos despu�s desapareci� entre los �rboles. El hombre se levant� y se alej� en silencio, caminando lentamente, fue entonces cuando lo pensaste -he desandado muchos caminos, he desaprendido muchas actitudes; por momentos siento que el viento ha dejado de soplar, no es necesario tender, no hay un lugar porque todo lugar es el lugar, no hay tiempo porque el tiempo es ahora. Me veo en una orilla extra�a de un continente m�s extra�o aun, lejos, la tierra hedonista e hip�crita de los hombres- | |||||||
| Entonces cre�ste haber dejado la casa en llamas, cre�ste dejarla y te fuiste caminando lentamente y en paz por la colina cuesta arriba de aquel continente extra�o, desde las alturas viste las llamaradas y seguiste subiendo. | |||||||
| Cre�ste una y otra vez que las llamas no te alcanzar�an, y ahora, cuando est�s descansando en este bosque, el calor sube y en tu sue�o sospechaste que escapabas de las llamas, pero cuando las lenguas de fuego cayeron a tu alrededor intentando abrazarte te pusiste de pie huy�ndo. | |||||||
| La cima se ve�a cercana y seguiste hacia ella, antes de llegar te diste vuelta y viste el territorio en llamas en todo su esplendor, seguiste subiendo y llegaste. Miraste las alturas contemplando el infinito, el sol se puso y la noche se ti�� de un rojo infernal, el mundo ard�a. | |||||||
| Intentaste descansar en las enramadas de aquel ocaso y fue entonces cuando ca�ste y rodaste cuesta abajo golpeando tu cuerpo y tu cabeza una y otra vez, en las arremolinadas vueltas ve�a las flamas salt�ndote, incendi�ndote, carbonizando tu carne. | |||||||
| Rodaste hasta la casa nuevamente. Entraste con tu cuerpo en llamas porque te resist�as a aceptar tu desesperaci�n, te sentaste a la mesa del comedor diario sintiendo como tu cuerpo era fuego y carb�n, y luego carne, continuamente en el desfilar de tu sufrimiento, en el t�trico deambular de tus sentimientos, de tus anhelos, de tus desaforados instintos. El viento soplaba avivando las piras de tus sensaciones, hasta ocultar la visi�n de las cimas de la desesperaci�n. El Universo Ard�a. | |||||||
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| Y ahora, �c�mo sigue?, Te preguntaste y el escalofri� subi� y baj� por tu columna vertebral. Entonces pensaste ser atento a los subverticios sigilos de tu conducta. Nada ser�a m�s importante que vivir con buen �nimo y calmo, atento a deseos y pensamientos, logrando donde sea, con quien est�s, hagas lo que hagas en el instante que sea: no enga�arte con tus propias ilusiones, no atarte a formas ni conceptos. Tal fue tu conclusi�n para intentar volver a salir, y como un demonio ef�mero ardiendo en llamas incomprensibles para �l, volviste a ti mismo de tan desesperado que estabas, volviste encendido y con un par de cadenas rotas, con algunas ilusiones descre�das, con menos im�genes en tu pensamiento. Y finalmente, te diste cuenta que la manera de salir era advertir el vac�o de todas las im�genes de tu pensamiento. Y que salir 2 veces en 1 misma secuencia, solo significaba que realmente no hab�as salido, no estar�as diciendo que saliste si estuvieras afuera. | |||||||
| Observ� entonces en el espejo mis arrugas, en un instante las llamas tras mis ojos ardieron con br�o, mis lentes reflejaban la luz del ascensor. Y yo, como el reflejo de mi ser a trav�s de una realidad ciega, me v� bajando del elevador caminando por el pasillo perdi�ndome en el fondo, y al fin, traspasando la puerta de mi casa, entrando en mi santuario, intentando pluralizarme en el vac�o. | |||||||