La plaza estaba fría y solitaria. En su centro él, desnudo y sin pensamientos, sentado sobre el piso y cubierto por una gruesa manta de lana, detrás de sí el amanecer reaparecía sobre la desierta mañana de aquel domingo atroz.
Ella lo vio y se acercó hasta su
corazón, arrodillándose delante de él lo besó lentamente, y luego una a una
sus ropas fueron cayendo al suelo helado. Bajo la frazada, los dos en silencio,
sin mirarse ni mirar, sentados y solos ante el silencio, presenciando lo
eterno, quien en esos momentos poseía la forma del alba sobre la arboleda del
centro del pueblo. Solos ante lo eterno, sin mirarse ni mirar.
Un tren pasó a lo lejos dejando en
el aire una estela de humo ennegreciendo el cielo otoñal, solo un tenue sonido
llegó hasta ellos y se mezcló con los recuerdos de todos los años vividos.
Y el bandoneón del abuelo sobre el
mostrador, sumido en su silencio mortal.
Un tango gris y sombrío cubrió de
manera especial la glacial alborada, y en todo el pueblo solo la melodía
entristecedora que tantas veces escucharon juntos cerca del viejo vagón.
El abrigo cayó y sus cuerpos se
esfumaron al infinito. El barrio enmudeció en soledad. En su profundo
silencio: una mueca de él y una sonrisa de ella grabada en el gran paredón de
la antigua estación.
Sobre la mesa de su casa una
botella de ginebra por la mitad. Una hoja inmóvil atrapada por la lapicera,
toda una confesión, toda una ilusión y en sus palabras:
Después de todo
soy
esto y nada más
Entre tantos otros y sin nada por dar
olvidado
en ésta ridícula ciudad
sin
vida
olvidado
cerca del alumbrado bulevar
Mi alma está perdida
mi cuarto me
espera lleno de humedad
entre
sus paredes quedan
pocas
imágenes por recordar
En este desposeído lugar
no necesito
disfraces
solo
tengo un tango y mi pena
que
mi corazón ya no puede albergar
Ella lo leyó y lloró. La miró y la
invitó a caminar sobre la muerta alfombra otoñal.
Él buscaba a sus muertos vivos
desde todos los rincones de la ciudad. Los buscaba entre los rostros
enfurecidos de una trágica discusión sin sentido.
Un día, el camino arenoso y
desierto volvió a escuchar sus pasos tristes, ella lo tomó de la mano y lo guió
lejos, hasta el centro del destino, y allí se mostraron sin mentiras, como solo
el amor es capaz de mostrar.
Sus muertos vivos no sintieron la
ausencia, él sí. ¿Importaba eso hoy?, después de tantas caminatas por Constitución,
por Retiro, por Chacarita, por Congreso, ¿importaba?, ¿Le serviría hoy ver sus
rostros conocidos?, Hoy, cuando era tarde, porqué sabía que los había perdido,
que nunca, pero nunca, se habrían podido descubrir el uno al otro.
Una vez tomó un arma en una casa
alejada y la llevó a la sien, cerró los ojos y recordó todas las emociones de
su vida: ¿de que le servía ponerse mal si podía sentir dolor?, ¿Valía el dolor
si podía sufrir?, ¿Sufrir si podía destrozarse con sueños irrealizables, con
metas inalcanzables, con horizontes inexistentes?. ¿Por qué beber si podía
emborracharse?, Si podía ahogarse en alcohol. ¿Por que querer si podía amar?,
¿Amar si podía idolatrar?, ¿idolatrar si podía...
El arma en la sien y abrió sus ojos
negando la verdad del intransitable laberinto de sus recuerdos, y al ver una
foto su rostro se inundó de la fría y triste lluvia otoñal, que se apoderaba de
cada vestigio de su ser consagrándolo al sufrimiento total de lo imposible de
negar.
Salió como loco y subió a un tren
para irse lejos, muy lejos de su dolor, y ante sus desconsoladas lágrimas la
vio. Ella lo abrazó y acarició su rostro. --Ya pasó-- murmuró a su oído y
salieron del bar para escapar de la gris ciudad. Se escondieron en las
montañas, se escondieron...
El bandoneón se volvió a escuchar y
ambos se dieron vuelta, el abuelo los miró entristecido, enternecido, y
atravesando un mar de luz desapareció. Ellos se levantaron para seguirlo
dejando atrás la taciturna habitación. En su lugar: una navaja colgando de la
mano de él, dos cuerpos nadando en un océano de sangre.
El tren se volvió a escuchar
pasando por el arrabal, el crepúsculo volcaba toda su ira sobre la metrópoli y
la vida, sin rencores, ocupó su sitio cerca del gran amor de cristal.