Mi Ultima Verdad

 

I

             Después de analizar intransi­ta­bles recuer­dos escon­didos como fósiles en mi memoria lo he descubierto: la búsqueda frené­ti­ca por la verdad es en si misma un sin sentido cruel y estúpi­do. Y al aceptarlo, mis facultades me abandonan y mi piel se estre­cha.

             Mi lucidez ha socavado una vez más mi vida para convertirla en un manojo de grises con­tornos, iluminados por una luz mortecina amenazante a cada momento de extinguir su vida, y así, esfumar los últimos despojos de mi exis­ten­cia.

             He presenciado y vivido una realidad fatal al descubrir ese maldito papel firmado por Goodman. Mi alma comprende por fin la más funesta de las pruebas posibles de concebir: es preferi­ble vivir en la ignorancia a poseer la verdad.

             La verdad es despiadada y criminal, destroza nuestros sentidos perforando a quemarropa nuestra alma, cercenando la inteligen­cia en instantes súbitos. La ignorancia nos permite vivir sin recaer en hechos, luga­res, personas, casualidades, signi­ficados ocultos o visibles. Es preferible ignorar la verdad, es preferible no darnos cuenta cuan inútiles somos peleando contra causas inderrotables. Somos ­perecederos e incapaces de volver atrás acciones propias o ajenas, somos impotentes, angustiosamente impotentes. Al reconocerlo me condeno a una cárcel abominable y frívola. Así por lo menos me aseguro una vida más pura, sin el conocimiento de las razones de ésta realidad vil, asqueante y sin sentido.

 

 

II

             La mañana del lunes 8 de Agosto de 1994, desperté más tarde de lo acostumbrado, me lavé rápidamente la cara y salí en el auto tan deprisa como me fue posible hacia las oficinas del I.O.S.COR.[1], maldi­je una y otra vez a la compañía de luz por ha­berme corta­do la energía eléctrica y desactivar el des­perta­dor. Pensé tiempo des­pués en esto como una odiosa casualidad, pero luego lo recon­side­ré: si hubie­se despertado tem­prano, hubiese encontrado a Sebastián Andrés Good­man en su despacho, este me hubiera dado los pape­les que necesitaba y no me habría hecho falta ir por ellos a su oficina y revol­ver todas sus cosas en su ausencia. En todo caso, ¿por qué fui justa­men­te yo quien encon­tró el maldito papel?, ¿por qué cayó su maletín abriéndose y mos­trándome su compartimiento secreto?, ¿por qué no esperé su regre­so?, ­qui­zás fue por nuestra “antigua” amis­tad, y digo “antigua” entre comi­llas porqué luego del hecho, su desapa­rición mate­rial fue total, nadie supo más de él, a parte, si hubiese permanecido en la ciudad, nada me hubiese impe­dido de una vez y por fin, intentar matarle a raíz de una teoría (la cual expli­ca­ré más ade­lan­te), quien aturdió mi alma atormentándome duran­te toda aquella interminable jornada.

             Pero volviendo a los hechos, recuerdo llegar dando saltos apresurados a las escaleras de la entrada de Obra Social, ubicadas en ese tiempo en la peatonal Junín, casi esquina Rioja. Fui inmediatamente a decirle a María (la secre­taria de Sebastián), me anunciara para pedirle los papeles, pero ella me comunicó sin dejar de atender su trabajo –hace uno ratito se fue a casa de gobierno–. Me puse muy molesto y decidí penetrar a hur­tadillas a su oficina. Seguro Usted pensará en lo ridículo de intentarlo por la mañana, y este es otro punto inexplicable, ¿cómo lo logré?, un edificio públi­co donde su acceso comunicaba a un patio estilo colonial (fue construido en una casa de este tipo), era preciso pasar por allí para ir a cualquier lado y era prácticamente imposible pasar inadvertido. Es verdad, es irrisorio pensar que nadie me vio, pero fue así, entré y salí sin ser visto y sin dejar rastros de mis pasos por el despacho de Andrés.

             Una vez dentro empecé por su escritorio, buscaba los documentos de su amigo, quienes me permitirían concretar un impor­tante negocio de muchos miles de dólares (como Sebastián me dijo cuando me planteó el asunto). Revisé en sus cajones con mis llaves, las cuales la casualidad hizo fuesen iguales (¿por qué DiOs mío, por qué?), después de revolver y revolver una y otra vez en todos ellos, di con el último, el más bajo. Allí había un pequeño male­tín forrado en cuero negro, lo extraje con cuidado para no desordenar nada. Cuando intenté abrirlo sentí unos pasos y en un movimiento estú­pido se me enganchó el pullover con la cerra­dura de la pequeña maleta y cayó al piso, sin ver el estado en el cual quedó, fui tras la puerta, y manteniendo intranquilo la respi­ración esperé. Los pasos se detuvieron del otro lado frente a mí, por su ritmo y su tilde supuse, para luego con­fir­marlo: era el interven­tor de turno. Quedó un momen­to parado, pensé la abriría de un momen­to a otro, y como explicar mi estancia allí, yo, Ernes­to Longo­ni, un simple em­plea­ducho admi­nistrativo sin peso ni impor­tancia dentro de la institu­ción, pescado de improviso revisan­do los papeles del Gerente Admi­nistrativo, muy poco creíble mis alusiones a la amistad con Goodman, todo sería inútil, y considerando a ésta poco fuerte como para soportar una cosa así, un terror descono­cido hasta esos momentos se apoderó de mi. En ese instante me di cuenta cuan estú­pi­do era, ¿quien me había creído para tomar tamaña determi­nación con las cosas perso­nales de An­drés?, él seguro no perdonaría mi imper­tinen­cia, hasta hoy no sé cuál fue el motivo del impulso, no encuentro sentido al hecho, al prin­cipio pensé que era por cerrar el trato con Stron­berg antes de su viaje a España a las 10 de la maña­na de ese día, pero no reconozco en eso un motor, había algo más fuerte y oscuro, ni ebrio hubiese tomado una resolu­ción como la tomada esa jornada. Hoy, al meditarlo más distante, creo firmemente en la existencia de energías ocultas, y ésta hipótesis se hace más fuerte cuando recuerdo los sucesos posteriores a aquel instante, detrás la puerta de la fría y aseada habitación.

             Cuando el interventor se alejó con su característico paso tranquilo, fui a guardar las cosas y encontré el maletín abierto, en su interior no había nada, absolutamente nada. Lo revise. Por el golpe se entreabrió una pequeña cajuela de metal interna y secreta, forrada con la misma tela de todo el inte­rior de la pequeña maleta. El golpe con el suelo dio justo en el costado donde se encontraba ella.

             Había allí una carta escrita en alemán, la cual me dispuse a leer. Aprendí ésta lengua en el colegio secundario cuando ésta materia era dictada como asignatura opcional, nunca supuse me servi­ría para tan cruel empresa. No creo necesario trans­cribir textualmente la carta (no creo poder olvidar jamás la frialdad de sus letras), ésta dejaba muy en claro lo siguiente:

             <<El Miércoles 10 de Agosto de 1994, 2 terro­ris­tas austríacos a las ordenes de Hietzel prepararían un explosivo y uno de ellos la pon­dría a las 12:30 PM en las insta­la­ciones de la Facul­tad de Cien­cias Exactas. La bomba debía ser prepa­rada con mate­riales traídos por Haüer desde Medio Oriente. Este partiría el 8 de Agosto a las 10 AM a Viena para contar sobre la marcha del plan. Hiet­zel debería comuni­car el 9 a las 10 AM la con­firma­ción del acto. Los 3 perso­najes esca­pa­rían lleva­dos por colabo­rado­res (no decía sus nom­bres), desde la playa Molina Punta el 10 a las 12:45 PM, en un velero por el río Paraná hasta Paraguay y desde allí para Africa. Los pasa­portes y permisos de navega­ción corrían por parte de los cola­borado­res>>.

             Después de leer y releer la carta (supuse haber tenido un error de traducción) caí sentado sobre el piso como una gran bolsa de papas. Me apresuré a guardar todo y lo más sor­pren­den­te: la pequeña maleta no estaba rota, una verdadero milagro. Luego de ordenar todo, salí de la oficina con sumo cuidado. Y como dije anteriormente, nadie me vio.

             Una vez en mi escritorio, intenté poner calma al torbe­llino de mis pensamientos, pero me era imposible lograrlo, las ideas nacían inconexas y asiladas para desaparecer en la misma condición. Vino la secre­ta­ría de Sebas­tián y me extra­jo del venda­val de supo­si­ciones y conjetu­ras.

             –Goodman me dejó la tarjeta de un tal S­tron­berg y dijo que no te olvides de llamarlo antes de la 9:30 al hotel– se detuvo, me contempló desconfiada e inquisitiva continuó –¿Se puede saber donde estuviste para tener esa cara?, estás pálido, ¿mataste a alguien?–.

             La miré desconcertado y apocado contesté –Estoy des­compuesto, no me siento bien, acabo de venir del baño... vomité, algo me cayó mal– Fue muy inteligente lo de la nausea para lograr sacármela de encima. Ella me miró con una mueca muy distante a la comprensión y pronunció –debés comer cada porquería vos. Todos los solte­ros son iguales– mientras se alejaba de mi escritorio para desaparecer segundos después tras la puerta de mi sección.

             Mi interior estaba en plena tormenta, me formulaba un sin fin de pre­gun­tas sin res­pues­tas, sin terminar de concretarse una de ellas por com­pleto ya era sacu­dido por otra nueva cues­tión. Recaía una y otra vez en dudas como éstas: <<¿por qué ha­brían de hacer­lo?, ¿para qué?, ¿cuál era el fin?, segu­ra­mente>> pensé en un ataque de luci­dez <<Hietzel es el hijo de puta de Sebastián y Haüer es Stron­berg, y si es así ¿por qué Goodman me eligió a mí para reali­zar ese dichoso negocio?>>. Mucho tiempo después pude contestar esa pregunta: me habían considerado un posible “colaborador”, Sebastián dejó la hoja firmada con el maletín abierto porqué suponía (estoy seguro de ello) cual sería mi comportamiento al llegar y no encontrarlo, y de esa forma, una vez al tanto de todo, estudiar mis actitudes al conocer la verdad, y decidirse al fin si era o no un aliado en su causa. Sentí un miedo atroz, esa hipótesis me asustaba (la cual hasta el día hoy sigo afirmando), además, los otros 2 integrantes quizás trabajaban en el I.O.S.COR. también, tal vez eran mis compañeros y, lo peor de todo, quizás me vigilaban.

             No soporté más el aire asfixiante de la oficina y salí apresurado a sentarme en unos de los canteros de la calle Junín. Mi nerviosismo me hacía temblar, como si al pie de un enorme edificio sintiese el temblor de la tierra, la cual desmoronará la gran mole, arrastrando en su destrucción mi insignificante vida.

 

 

III

             Estuve sentado media hora respirando profundamente por la nariz y exhalando el aire por la boca, deci­dido a escapar del lugar me levan­té y fui a hacia la calle Rioja en busca de mi auto. No sopor­taba la idea de meter­me en la asque­rosa víbora públi­ca y dedi­carme a mi sórdi­do y estúpido traba­jo por un segun­do más.

             Fui hasta la costanera en marcha regular, mis pensa­mien­tos me impedían concentrarme del todo en la calle. Llegué a la Caba­ña[2], pedí una cerveza y me senté frente al río para meditar con tranquili­dad, pero me era realmente imposible. Entre mi vida y la realidad se abría un sendero intransitable, y lo peor de todo, debería recorrerlo solo. Ensimismado con las imágenes de los abismos que encontraría a mi paso, meditaba mi situación, perdiendo a cada segundo la tranquilidad característica de mi personalidad relajada y serena.

             Si por un solo momento hubiese podido reflexionar con la sufi­ciente objetividad, hubiera podido llegar a una solución más o menos aceptable. Pero el miedo me paralizaba. No era el temor de ver pere­cer a centenares de perso­nas ino­cen­tes en una catástrofe des­piadada y maligna, era, ahora lo sé, el temor de perecer con ellos, el terror de ser descubierto y aniquilado por Sebastián Andrés Goodman o por alguno de su grupo. Seguro Usted, cuando lea éstas líneas, pensa­rá en ello como algo repulsivo y egoísta, tiempo después lo medité con mayor tran­quilidad, y me di cuenta la inexistencia de tal sentimiento, fue el ins­tin­to de supervi­vencia quien me guió a sentir eso y a proceder como lo hice.

             Volviendo a los hechos. Descubrí un grupo de jóvenes bebiendo y riendo cerca de mi mesa y los miré sin atinar en la posibilidad de ser tomado como un simple curioso.

             –Hernan, ¿cuando rendís la materia que reventaste en la mesa pasada?– preguntó una de las chicas a un muchacho sentado justo frente a ella.

             –Dentro de una semana. Este atorrante rinde conmigo– con­tes­tó señalando a uno de sus compa­ñeros. Sentí una abrup­ta deses­peración al verlos tan indefensos e ignoran­tes frente a lo que sabía, pasaría en 2 fugaces días. Inten­té descubrir su Universidad: eran justa­mente de “esa”. Me levan­té dis­puesto a decirlo todo y me acerqué a su mesa. Al llegar a ellos, dejaron de charlar para concentrar su mirada y su atención en mi persona. Fregaba nervioso mis manos y me recuerdo imposibi­litado de ha­blar­les, en mi cerebro daban vueltas cuestiones como éstas: ¿que decir?, ¿cómo hacerlo?, ¿me cree­rán?, ¿pasa­ré por loco?.

             –¿Te pasa algo fiera?– preguntó amenazante uno de ellos y no pude contestar, mi mente registraba sus rostros, como si intuyese su desaparición en el atentado.

             –¿Necesitás algo?– inquirió intranquilo otro, mi mirada cambió, la de ellos también. Una alterada incertidumbre se dibujaba en sus facciones, una triste impotencia en las mías.

             –Van a poner una bomba en Ciencias Exactas en 2 días– escupí movido por la incontinencia de mi verdad. ¡Qué tonto fue decirlo de esa manera!, pero no podía intentarlo de otra forma, mi alma no lo dejaba, mi corazón parecía estallar mientras sentía como abruptos chispones de sangre me reco­rrían dando estruendosos martilleos a mi sien. Ellos me mira­ron y algu­nos levan­ta­ron las cejas en una expre­sión tragi­cómi­ca, otro con estu­por, otro con asombro. Recuerdo a uno diciendo risueño –¿Una bomba en la UNNE? ¡claro!. ¡Andá a decir­les que la pongan en la casa del profe­sor de Mate­má­ti­ca A!– y otros se echaron a reír al oír estas pala­bras.

             <<No me creen, tienen que hacerlo, pero están en su derecho de dudar de un tipo que se les acerca a decirles que van a poner una bomba en su Univer­sidad. No se dan cuenta de mi sinceridad... me toman por loco>> en medio de estos pensa­mien­tos traté una vez más.

             –Créanme por favor, es un grupo terro­ris­tas– uno de los más risueños replicó eléctrico y jocoso –¡qué novedad che!–, ignorándolo continué –no se porqué lo van hacer, pero si sé que no tie­nen que ir a la Facul­tad dentro de 2 días. A las 12 y media del mediodía van hacerla esta­llar– pronuncié abrupto y violento, uno de los jóvenes se levan­tó, me empujó y gritó –andate a la mierda o te cago a patadas–, me miraba con descaro y maldad, bajé la vista y me retiré abrumado.

             Compren­dí cuan estú­pida, irrisoria y sórdida era mi empresa. Sería tomado como loco, me encerra­rían, y lo peor de todo, después del atentado me buscarían por todos lados (si llegase a escapar al encierro) como único nexo con los terro­ris­tas y me inculpa­rían por encu­bri­mien­to. La impoten­cia de los servi­cios de Inte­li­gencia Argen­tinos los lleva­ría a cual­quier cosa con tal de encon­trar un culpable, como pasó después del aten­tado a la Embajada y a la AMIA. Entonces se me ocu­rrió lo que catalogué en ese momento, una buena idea: llama­ría a la policía y explica­ría la situa­ción, llamaría cuantas veces sean necesarias. Pero no, me ras­trea­rían la llamada y me agarrarían, –seguro– me dije –lo mejor sería comunicarles hoy mismo, mañana y el día del atentado–.

             Anduve por la ciudad dando vueltas y vueltas sin saber donde ir, sin saber como ni donde encontrar un alma caritativa que creyese en mi. Pasaban las horas y las mismas torturantes dudas daban vueltas en mi mente de manera iterativa y recursiva, siempre recaía sobre los mis­mos puntos, donde no encontraba una respuesta, a mi entender, satis­fac­toria.

             Entre tantas vueltas vi a Sebastián en su coche alre­de­dor de las 6 de la tarde en la cancha de Paddle ubicada en 25 de Mayo y San Lorenzo. Decidí seguirlo. Fue hasta un supermercado sobre la avenida 3 de Abril. Esperé fuera por temor a ser descubierto en la pesqui­sa. Salió a los 20 minutos, subió con una bolsa a su coche y se marchó a su departamento. Este, por si no lo mencio­né antes, estaba ubica­do en un edificio sobre la avenida costa­nera.

             Guardó su coche en el estacionamiento y subió a su piso. Dejé mi auto por la calle Quintana y entré al inmueble. Esperé el ascen­sor y subí al piso cuarto donde estaba el departamento de Andrés.

             A milímetros de su puerta procuré escu­char algo, apenas atiné a sentir una conversación telefónica en Alemán. Saldría en una hora hacia un hotel del centro a encontrarse con alguien. En ese ins­tan­te el ascen­sor llegó al piso y me escurrí hasta el rellano de la esca­lera ubicada a pocos centímetros de la puerta. No alcancé a ver a la persona que desapa­reció detrás de la puerta de Sebastián. Volví a repetir la acción e intenté escuchar algún vesti­gio de la charla. Solo llegó hasta mi un murmu­llo inin­te­li­gi­ble. Una puerta se abrió y de ella salió un hombre de unos 40 años, me ende­recé para salir cami­nando como si justo salie­ra del departamento de Hietzel rumbo a la calle.

             Me metí al auto y me dispuse a esperar.

             Salió con su visitante, persona no conocida por mí (lo supuse uno de los colaboradores del “gru­po” o peor aún, uno de ellos), subió a un peugeot y desapareció en la avenida. El bastardo se marchó en su auto minutos después rumbo a ese dichoso “punto de encuentro”, como recuerdo llamarlo en esos momentos aciagos.

             Se detuvo en la entrada del Hotel Guaraní, estacioné en la cuadra anterior y bajé co­rrien­do para intentar ver algo, pero fue inútil, había desa­pare­cido. Me dirigí al auto y me senté a esperar. Las horas pasa­ron, como el hijo de puta no salía me dormí.

 

 

IV

             Desperté por los rayos del sol. Exaltado y macilento miré mi reloj, eran las 7:45. Me acomodé en el asiento del coche y fregué con mis manos mi rostro para intentar despabilarme y decidir mis próximos pasos a un día del atentado. No recuer­do exac­tamen­te cuales fueron mis pensamientos en esos momentos, pero si puedo afirmar el hecho de haber resuel­to súbitamente arran­car el coche y dirigirme a la oficina.

             Entré apresurado, marqué tarjeta y fui a mi oficina. Me serví café y simulé trabajar con la intención de poder proyectar las horas futuras de mi incrédulo destino.

             A los 45 minutos de estar sentado en mi silla, sin aun haber podido planificar nada, se apare­ció María.

             –Ernesto. El señor Goodman te espera en su oficina, dice que vayas en seguida porqué tiene algo importante que decirte– Levan­té la vista y la vi observando con cuidado mi rostro, como si buscase una explicación a mi estado. Esta mujer siem­pre se interesó por mí, se sentía atraída o algo así, pero pese a eso, no podía dejar de advertir de su mirada una especie de lás­ti­ma gentil. Respondí –decile que voy cuando termine de hacer esto–. Asintió y se marchó.

             <<¿Que quiere decirme?, ¿por qué tanta urgencia en verme y hablarme?>>, como no encontré respuestas inmediatas a mis incertidumbres decidí ir a enfrentar al cruel hipócrita, dueño en esos momentos de muchas vidas inocentes.

             En el camino me crucé con María y la saludé bajando la cabeza para evitar todo tipo de comunicación, pero ella no se dio por aludida y agarrándome el brazo y mirando con insinuante desconcierto preguntó –¿Cómo estás de tu malestar, te recuperaste?– Era evi­den­te, quería entablar diálogo, esquivando su mirada y su sinceridad contesté –Si, estoy mejor, espero que no me agarre otra decaída– Ella quedó parada esperando continuar la charla, pero yo seguí camino hasta toparme con la puerta del Gerente de Administración. Este no me hizo esperar y pasé enseguida a su oficina.

             Sentado, tomando un café y fumando, lo escuchaba sin prestarle atención realmente. Sebastián hablaba por teléfono con no sé quién, en mi cabeza, al verlo sentado tan seguro de sí, llegaron re­cuer­dos a mí, los cuales había olvidado su existencia hasta esos momentos.

             Cuando ingresé a primer año de veterinaria (fue mi único intento por estudiar una profesión), tenía un compa­ñero muy aficionado por la literatura. Una vez me leyó un frag­men­to de un libro de Dostoiewski donde un persona­je llamado Rodion Raskolnikof, sostenía una teoría sobre la existen­cia de 2 clases de hombres. Uno de ellos eran los hombres ordi­narios, y los otros eran los extra­ordina­rios. El personaje dejaba muy en claro las dife­rencias entre ambas, las más importantes se basan en las siguientes ideas: los seres ordi­narios son los encarga­dos de mante­ner a la raza humana a través de los tiem­pos, son los encargados de pro­crear más seres huma­nos. No son capa­ces de salirse del redil impuesto por la sociedad, como ovejas, solo pueden obedecer las orde­nes de su pastor y no es facti­ble encon­trar en ellos un signo de espon­tanei­dad crea­do­ra. Por el contrario, los seres extra­or­di­narios, son los encar­gados de llevar a la raza hacia el progreso con sus ideas reno­vado­ras o con sus descubri­mientos y hazañas, son los posee­dores del don de la esponta­neidad creadora. Entre ellos nom­braba a Napoleón, Copérnico, Newton y otros. Expli­caba: si Newton tuviese que haber matado a un ejército de inocentes para dar a conocer a la humanidad sus descubri­mientos, este poseía el derecho de hacer­lo y la salvedad de no sentir culpa por ello, porqué la justicia de los hombres no podía juzgarlo por ser sus revela­ciones de impor­tancia vital para el desarro­llo y el bien de la huma­nidad toda. Concluía su teoría definiendo: si una persona tiene la posibilidad de hacer un bien a la humani­dad, en nombre de este bien, posee el derecho moral de matar a cualquier ser humano que le impida llevar a cabo su fin.

             Recuerdo haber discutido el tema y sostener mi desacuerdo con dicha teoría por ser tan anarquista.

             –Si al­guien hubiese matado a Hitler, ¿su crimen hubiera merecido casti­go?– razonó mi amigo.

             –Sí, porqué hubiese matado a un ser humano sin impor­tar lo que este pueda o halla hecho. Además, ¿con que autoridad moral una persona puede juzgar a priori si su acción será o no un bien para la humanidad?– contesté.

             –No, si ese hombre es extraordinario sabrá que su acción es un bien y entonces tendrá la autoridad y el derecho. No me vas a negar ahora que si una persona hubiese matado a Hitler se hubiese podido salvar millo­nes de vidas inocen­tes– concluyó él.

             Luego de ese día, no recuerdo haber pensado nunca más en el tema, hasta verlo tan hipó­critamen­te postrado detrás de su escritorio, comentándome sus clásicas frivolida­des, y en su male­tín se hallaba la razón por la cual morirían centenares de perso­nas inocentes. La idea de asesinarlo surcó mi mente como un desco­munal relámpago en una noche oscura y cerrada. Mien­tras él hablaba me imaginé esperándolo en la esca­le­ra de su depar­tame­nto con un revolver en las manos. Lo concebí descendiendo del ascen­sor sin apuro alguno y sin supo­ner que justa­mente yo lo esperaría para matarlo. En esos momentos perdí la total noción de la realidad, para sumergir­me por com­ple­to en un lúgubre recuerdo y olvi­dar de esa mane­ra toda cone­xión con el pre­sen­te y con el significado de la existencia humana, la cual hasta hoy encuentro inexplicable.

              Recuerdo sen­tir, en la penum­bra de la esca­li­na­ta, el terror asfi­xiar mi cora­zón. Mis manos tem­blaban y sudaban nerviosas, la respi­ración se me dificultaba cada vez más. Salí de la tenue clari­dad al verlo llegar a su puer­ta, al advertir mi presencia dio vuel­ta su rostro, y luego giró por comple­to su cuerpo y comenzó a ob­ser­varme detenida­mente, en sus facciones no existían el menor vestigio de sorpresa, entonces lo comprendí, estaba al tanto de todo, ellos sabían mi conocimiento de sus planes.

             Sentí clava­dos en mi sus ojos fríos y calculadores, jadeaba agitadísimo hasta el punto de serme casi imposible respirar. Intentaba buscar el significado de su mirada, trataba de penetrar por sus retinas y descubrir las causas de su actitud, el secreto escondido en su alma, el mensaje encriptado de sus facciones. Aterrado desen­fundé el arma y apunté a su cabeza. Todos escu­cha­rían el estruendo y me vería en la necesidad de salir corrien­do, pero esto no era motivo suficiente para acobardar mi heroica misión. En que situa­ción tan vil me veía inmis­cui­do, me repug­naba la idea de ver su sangre cho­rreando por todo el piso, manchando las paredes, me aterraba la idea de apretar el gatillo y matar. El miedo se apoderó de toda mi naturaleza y me sentí imposibilitado, tanto de huir, como de disparar.

             Su mirada cambió de repente, se transformó en la de un corde­ro quien presu­po­ne su muerte y me dio lásti­ma, pero allí comprendí su postura: era una treta para despertar en mi, un ser ordinario, compa­sión, y poder sacarme el arma y matar­me. A este descubrimiento se le unió el re­cuer­do de mi amigo y el dere­cho moral de salvar a centena­res de vidas inocentes, y disparé.

             La sangre saltó con furia, sentí su calor desmesurado en mi rostro, en mis manos. Su vaho denso inundó el pasillo y penetró por mis narices.

 

 

V

             Al parecer me desvanecí en medio de la charla de mi asqueroso amigo. Des­perté senta­do en un sillón detrás del escri­to­rio de Sebas­tián, mientras María me ofrecía un vaso de agua.

             Andrés me aconsejó marcharme a casa a descansar y mañana regresar si mejoraba. También me sugirió la idea de visitar a un médico, y fue más lejos aun, me reco­mendó uno y pensé sería un colaborador del grupo, y la idea crispó mis nervios. Seguramente estaban al tanto de todo, sabían cada uno de mis movimientos, no se porqué ésta idea se in­crus­tó en mi mente y me persiguió durante esos días y aun me persigue.

             Todos los sucesos posteriores a esa mañana me son muy difí­ciles de rememorar tal cual sucedieron, pero trata­ré de darle un senti­do e intentaré por sobre todo no mez­clar la realidad con mis alucinaciones.

             Salí de la oficina y fui al quiosco ubica­do exac­ta­men­te en diagonal a la entrada del I.O.S.COR. No sé que busca­ba, ni tampoco como descubrí en el Clarín una nota de tapa sobre un líder de un grupo terrorista Austríaco. Compré el diario y leí el artículo, en él encontré muchas res­puestas a mis conflictuadas dudas. La noticia narraba el siguiente hecho: El 10 de agosto, la justicia Argentina debería extraditar a Austria al susodicho terrorista atrapado meses antes en las cercanías de Río Gallegos. Este personaje había escapa­do de la justicia Austríaca el año pasado.

             Entonces lo vi todo muy claro, los motivos del atentando estaban clarísimos. <<¿Por que en Corrientes?, por la inexisten­te seguri­dad civil, y la poca que hay prote­ge la Socie­dad Israelita, y claro, si a los únicos que siempre cagan con bombas son a los judíos, quizás lo pensaron ellos también y por eso quieren reventar la UNNE. Pero aun así, a pesar de esto, ¿por qué elegir un lugar tan lejos de la Capital Federal?, Corrientes es algo así como un lugar perdido en la nada, ¿por qué Corrientes entonces?, podrían hacerlo en la UBA, deben haber otros motivos>>.

             Tiré el diario y caminé hasta donde había dejado el auto, pero nunca llegué a él. Recorrí las calles sin conocimiento alguno de mis actos, sumer­gi­do en mis pensamientos, sin reparar absoluta­mente en nada del mundo exterior.

             <<Y claro, ¿cómo no van a hacerlo?, es como derrumbar un castillo de naipes en una tormenta. Si tan solo alguien lo supiese, quizás algo se pudiese hacer>> decidido por éstas últimas elucubraciones me dirigí a un teléfono público y llamé a la poli­cía.

             –Van a poner una bomba en la UNNE– se alarmaban y toma­ban notas, pero al continuar –mañana a las 12:30 PM– se echaban a reír y me tomaban el pe­lo. ¿Por qué lo hacían Dios mío, por qué?, se burlaban diciendo cosas como –Claro, que terrorista precavido, nos avisa con un día de anticipación, anda a cagar que si te agarramos te vamos a hacer mierda– o también –si claro, en la UNNE, como no–, los imberbes estaban acos­tumbrados a las denuncias de un explosivo en un colegio justo una hora antes de su detonación, y todos sabemos a estas alturas que lo hacen los mismos estudiantes del cole­gio para zafar de algún examen, o también pueden hacerlos algunos gra­ciosos pelo­tu­dos sin nada que hacer.

             Y así pasaron una a una todas las comisarías, el depar­ta­mento de bomberos, seguridad civil, comando radio­eléc­tri­co y demás entidades “De Bien Público”.

             Llegué hasta la punta Mitre, me acomodé contra un árbol y prendí desesperanzado un cigarrillo. Si bien quería matar a Sebastián, me concebía como un ser ordi­nario impo­si­bi­li­tado de llevar a cabo mi plan. Cuando me convencía de hacerlo, venían a mí los recuerdos de mi visión en la oficina de Goodman y me juzgaba un ser tan indigno, tan vulgar, tan inservible, tan, tan sin saber que hacer imposibi­litado de toda acción. Me sentía como si después de la batalla más cruel e indigna para proteger una antigua ciudad atestada de inocentes, era el único sobreviviente de un gran ejercito, y no tenía el valor de defender con mi existencia las vidas recluidas detrás de los portales que protegíamos. <<¿Por qué he de sacri­fi­car mi vida por una ciudad que jamás me dio nada?>> mentía, era mi ciudad, me había visto nacer, crecer, vivir, gozar, llorar. Eran seres inermes, dejados a la suerte de un siniestro crimen por mi com­pli­cidad en el acto más atroz de toda la historia de mi provin­cia natal. Y yo no haría nada para detener la catástrofe, ¡no haría nada!, y me levantaba enceguecido de ira y pateaba el árbol, arrancaba el césped, golpeaba con mis puños el piso, y volvía a deci­dir enfrentar a Sebas­tián y matarlo de un tiro, pero la cobar­día me derretía, me destruía, me paralizaba y entonces recaía en otra mentira: si lograba matarlo, me enorgullecería de un acción noble y extraordinaria, pero la humanidad nunca se enteraría, es más, si no llega­sen a encontrar la maldita carta en el porta­folios, sería culpable de asesinato y estaría confinado a una cárcel fría y húmeda por el resto de mis días.

             Tal vez mi error fue pensar demasiado, y analizar todos los pro y los contra, pero aun así, no justifico mi cobardía, no acepto mi sumisión a mis cualidades de hombre ordinario. Me doy demasiado asco para proseguir con las reflexiones de aquellos momentos de mi vida.

             Creo haber estado un par de horas en ese lugar dando vuel­tas y vueltas a las mismas ideas una y otra vez, para luego verme sentado en el bar frente a la facultad toman­do whisky y mirando absorto, sin saber como proceder, y para colmo, con una enorme culpabilidad empezando a remor­derme la con­ciencia.

             Entré a la universidad luego de un par de horas de estar observándola, caminé por sus pasillos, advertí cuantos jóvenes se movían rápido, se reían, se abrazaban, se pasaban apuntes, leían carteles, subían y bajaban por las escaleras, y la explosión me ensordeció, la explosión subió desde el piso por las paredes hasta el techo y todo voló por los aires, la sangre teñía los escombros, la sangre corría por mis manos, rostros perdidos en un infierno, rostros deformados, cuerpos aplastados.

             Una lágrima corrió por mi mejilla, un suspiro lento salió de mi pecho, un plomizo silencio ensordeció mis oídos, una niña me preguntó algo que no alcancé a entender y siguió su camino mirando mi cuerpo paralizado en una pared, su imagen desapareció por la escalera del final del corredor. Y pude ver sus restos bajo una viga partida. Su mano se estiró e intentó pedir auxilio, sus gemidos eran ininteligibles.

             Sacudí mi cabeza, el pasillo volvió a ser como lo recordaba, suspiré aliviado, aun había tiempo para impedirlo, y tomé la resolución: matar a Goodman.

             Salí y corrí hasta dar con mi auto. Fui hasta mi casa y busqué mi arma, cargué las balas y me dirigí hacia la costanera a toda marcha. En el camino miré la hora, Andrés tardaría por lo menos media hora en llegar a su depto, –perfecto, así tendré tiempo para prepararme–. Una lluvia furiosa e incesante empezaba a derramarse sobre la ciudad hasta el punto de hacer difícil ver a través del cristal del auto­móvil.

             Estacioné el coche a la vuelta del edificio para no despertar sospechas. Me introduje en él pasadas las 9 y media de la noche. Esperé paciente en la oscuridad de la escalera, mis manos estaban en los bolsillos del sobretodo, empuñando con fuerza la pistola. Escuché ruidos de ascensor, miré la hora, asomé mi oído cuanto pude para intentar escuchar, los pasos se alejaron y entraron en otro departamento del piso. Empecé a inquietarme en demasía, me costaba respirar, mi corazón bombeaba sangre con violencia, mis manos tem­blaban, mi cuerpo se estremecía súbitamente movido por un pánico descomunal. Y por fin escu­ché otra vez el ascensor, pero siguió de largo, mi nerviosismo estaba a punto de con­ver­tirse en histeria, pero hacia esfuer­zos sobrehumanos por controlarlos. De nuevo el ascensor, imaginé continuaría, pero no, se detuvo en el piso y la puerta se abrió, desde la penumbra del hueco de la escale­ra pude ver la silueta de Sebastián apareciendo, protegí mi imagen en la tenue luz despedida por una lámpara del piso infe­rior. Un fuerte relámpago iluminó mis facciones contracturadas por el espanto y su sonoro estruendo me hizo temblar.

             Andrés encendió la luz del pasillo y fue hacia su apar­ta­mento, calcé mi dedo junto al gati­llo, sentía la transpiración chorrear por él. Se paró y buscó las llaves, solo Dios sabe porqué no las traía en sus manos como siem­pre hacía, entonces pensé <<sabe que lo espero>>, e intempes­tivo­ salí a la luz.

             –¡Epa che!... ¿que pasa?... estás empapado– exclamó asustado por mi aparición. Apretaba el arma dentro del gabán contra mi pierna, quise sacarla y apuntarle pero me fue imposible, estaba paralizado. Frías gotas caían rápidas por mis mejillas desde mis cabellos, intentando tal vez hacerme entrar en contacto con la realidad.

             –¿Querés pasar a tomar algo?, por lo menos pasá a secar­te– dijo con un servi­lis­mo repugnante, el cual hasta hoy me da nau­seas. Y fue eso exacta­mente lo sucedido, vomité, vomité co­mo una canilla, como una tormenta de vomito cayendo sobre él, man­chan­do su hermoso traje de color azul, la nausea liberó en mi toda la presión y la desesperación, la cual maniataban mi espíritu dejándolo casi sin vida. Quedó alelado mirán­dome.

             –Creo que estás muy mal... insisto, deberías visitar al médico que te recomendé–. Exclamé un adiós forzado (hasta hoy no se como logré articular palabra en esa situación) y corrí por las esca­le­ras hasta llegar a mi auto. Llegué a mi casa tan rápido como pude y completa­mente mojado me tiré sobre la cama e impo­ten­te, lloré por mi sórdida desgracia.

 

 

VI

             Desperté cerca de las 9 de la mañana. Era el día, explo­taría la bomba y todo terminaría, y en lo sucesivo debería vivir cargando con la pesada cruz en mi conciencia.

             Observaba la imagen de Cristo colgada en la pared y parecía tratar de descubrir en ella un mensaje secreto y cifrado especialmente para mí. Levanté mi mano y toqué el frío cuadro con las yemas de los dedos y un escalofrío me recorrió desde la nunca hasta los pies sacudiendo mi cuerpo hasta el punto de estremecer toda mi humanidad. Por instantes me parecía ver los labios de Jesús moverse, después presentía se me caería encima su retrato con toda la mampostería, poniendo fin a mi tortura. Y ese sentimiento me alegraba. Después caía en la realidad y comprendía lo imposible de esto. Hacia terribles esfuerzos por centrar mi atención en el fondo del cuadro, su forma parecía por momentos una nube para transformarse luego en un avión, en una estrella, en una habitación destruida, en una oración, en una estúpida confesión de mi alma inescrupulosa: Nada tenía sentido en mi ignominiosa vida, era incapaz de enfrentarme a mí mismo y llevar a cabo mi decisión. Era vil. Era una nada.

             La lluvia lenta y maciza caía sobre la ciudad como un gran velo entristecedor y melancólico, me levan­té pusilánime oyendo el ruido de las gotas gol­pean­do estertoreas las ­cha­pas de mi techo de zinc, me dirigí al living, ­pa­rado fren­te al ventanal contemplé las burbu­jas en los charcos de mi pequeño patio. Sentía mi cuerpo muy pesa­do, me costaba mucho pensar y fijar la aten­ción en cosa algu­na, la cabeza me daba vuelta como en un carrusel fuera de control, mi espíritu se encontraba despo­seído de ánimo alguno.

             Busqué un cigarrillo y me senté en el sillón del living. Desfilaban por mis ojos escenas de las jornadas anteriores como en una gran pantalla de cine. Mi coraje pisoteado golpeaba mi conciencia, como si necesitase salir para gritar su verdad y su dolor, pero este lo tiranizaba de manera descomunal, reprimiendo todos sus frustrados intentos. Mi alma había sido desaforadamente aniquilada por las circunstancias, y tiesa en mi interioridad, tra­taba de no desangrarse por las heridas infligidas por mí. Inten­ta­ba coor­di­nar mis ideas, pero me era impo­si­ble, mi inte­ligen­cia atur­dida, se perdía en los laberintos de mi cerebro sin saber como encontrar la salida.

             Fui a mi dormi­to­rio y armé una valija con la inten­ción de marchar­me de la ciudad lo antes posi­ble, me vestí, llevé la maleta al baúl del auto y marché rumbo al banco, donde conseguí sacar toda mi plata.

             Eran las 10 de la mañana, entré en el auto con el dinero y perma­necí rígido. Concebí el plan de marchar­me de Co­rrien­tes por temor a enfrentar la verdad del atentado y sus horren­das consecuencias, quería fugarme, esa es la palabra exac­ta: FUGA. Huir al destino de ser una persona ordinaria, pusilánime y falaz, de ser incapaz de salvar a una multi­tud de vidas huma­nas. Por más intentos, nunca pude escapar a ésta evidencia, siempre existían voces dentro de mí recordándome aquello, quienes me sumían en el caótico descenso a mis infiernos interiores, lugar temido por la mayoría de los hombres, por verse allí como en realidad son. Pero esto nadie lo aceptará jamás, nadie soportará ésta verdad sin caer en abruptas depresiones (dispuestos a esquivar cueste lo que cueste). Aunque todos estemos dispuestos a decir –sí, me banco lo que sea y le hago frente– es una vil mentira armada con desenfado y tranquilidad. Es tan difícil apurar el trago amargo de la vida: ser común a todos, sin esa estúpida frase “soy un tipo especial”, ser igual a todos, por el simple hecho de ser así: seres sin gracia, perdidos en una humanidad desbastada por la carencia de individualidad, sin valores, aturdidos, escupiendo al ser mismo, lánguidos, mezquinos, frívolos.

             Al darme cuenta de lo infame de mi proyecto decidí una vez más inten­tar algo y bajando del coche me dirigí a un telé­fo­no público. Otra vez se repitió la misma estúpida historia: –De nuevo vos, anda a cagar hijo de puta– e inclusive llegué a escu­char –Es el hijo de puta que nos quiere joder– y otro le contestaba –Mandálo a la concha de su madre–.

             Desanimado fui a la facultad. Dejé el auto a unas cuadras y caminé hasta ella. No había ni un solo policía, no había ningún responsable de la seguridad de los hombres, no había nadie, por lo menos podrían haber mandado a uno, por lo menos podrían haber tenido la mínima duda, pero no, o quizás la tuvieron, pero fueron muy cobardes para ir hasta allí y presenciar con sus propios ojos lo cierto de la bomba.

             Eran las 11 y me senté en el bar de la facultad para meditar sobre la situa­ción. En esos momentos vi doblar por San Lorenzo a una perso­na, creía conocerlo de algún lado, pero me fue imposible saber de donde. Venía caminando por la acera de la facultad, ingresó en ella y desapareció tras la muchedumbre transitante. Refle­xio­né <<Tal vez es un ex compa­ñe­ro de secun­daria o tal vez de la facul­tad, pero ¿Por qué su rostro me resulta tan inquietante?>>, aparté el interés por este pensa­mien­to y me dedi­qué por com­pleto a la entra­da de cien­cias exac­tas, sin prestar cuidado a mí alrededor, pero sin despe­gar los ojos de mi obje­tivo.

             <<Si pudiera encontrar la forma de hacerme escu­char, si pudie­ra captar la atención de todas estas perso­nas. ¿Cómo carajo hago para que me crean?, ¿Cómo debe ser, como Dios mío?>> y en medio de estas cavila­cio­nes vi nuevamente a “esa” perso­na en la entrada y algo en él volvió a llamarme poderosamente la atención. Un fíat Duna se acercó con rápida marcha, se abrió la puerta trasera izquier­da frente a la puerta de la UNNE, el individuo subió y se aleja­ron veloz­mente favore­ci­dos por el semáfo­ro en verde. Quedé mirando como el auto se iba y al desa­parecer me di cuenta: entró con un maletín y salió sin él. Acto segui­do recor­dé su rostro: había visitado a Sebastián en su depar­tamento. Sentí dentro de mí la irremediable seguridad, la bomba estaba en la facul­tad. Miré el reloj, eran las 12 en punto, me levan­té y empecé a cami­nar hasta llegar al borde de la vere­da, el mozo se acercó y preguntó –¿puede pagar antes de retirarse señor?– y contesté –Hay una bomba en la UNNE– atónito no supo como actuar.

             Empecé a vociferar preso de pavor, giran­do mi cuerpo hacia todos lados, la gente paraba y me obser­va­ba, otros ni detenían su marcha y gesticulaban con la cabeza la desaprobación total de mi acto mientras seguían caminando como si nunca me hubiesen visto, creía oírles decir –Parece mentira que en Corrientes se vean estas cosas, ¿por que no encerrarán bien a los locos quiero saber yo?– llegué hasta la puerta y tomé a algu­nos por el brazo y les implo­ré, pero no se largaban. Me examinaban como a un loco, trataban de esquivarme, me gritaron. Pero nadie se fue, nadie creyó en mi, nadie.

             Después de este hecho me cuesta demasiado rememorar lo suce­dido, creo olvidarlo por el estado neurótico en el cual me encontraba. Me veo escondido en el baldío de la cortada de la calle Catamarca esperando que los policías se dis­per­sen. Una vez afuera miré la hora y ante mi sorpresa eran ya las 12 y media y no se había escuchado estallido alguno, una mezcla de ignorancia y atontamiento se apode­raron de mi juicio, turbado y con­fun­di­do me dirigí a mi auto y una vez dentro prendí nervioso un ciga­rrillo.

             <<Fue todo una alucinación, la carta, el artículo, fue todo una mentira imaginada por mí, fue todo mentira, ¿Me estaré volviendo loco?>> segun­do a segun­do una dicha indescripti­ble se apro­pia­ba de mi cuerpo y de mi alma y volvía a estremecerme, pero ésta vez por una alegría imposible de contener.

              <<Tal vez no tuvieron el valor de hacerlo porqué yo conocía sus planes, si, eso fue lo que pasó, tuvieron miedo de verse delatados y de ver frustrado el atentado, y todo gracias a mí, todo gracias a mí. Ya sabía que ese Goodman era un cagón hijo de puta. Sí, ahora que recuerdo su cara en su casa cuando intenté matarlo, sí, era de miedo, sí, es un cagón de mierda, siempre tuvo miedo. No pudieron hacerlo porqué intervení. ¿Y el tipo del maletín?, ni sé en realidad si traía o no un maletín, a parte, si lo llegaban hacer no iban a traer ellos mismos la bomba minutos antes de su explosión>> y grité eufóri­co –¡SÍ!– Poco a poco me sentía libe­ra­do del gran peso, volví a mirar la hora, eran ya las 12:50, aspi­ré una profun­da boca­nada de humo y lo exhalé, no me costaba respirar, podía hacerlo con facilidad. Animado, encendí el auto.

             El vorágine estruen­do de la explo­sión sacudió la ciudad.

 

 

VII

             Mis manos sobre el volan­te, el cigarri­llo consumiéndose en mis labios, petrifica­do durante minutos eternos. Como si el tiempo se hubiese detenido para imprimir en mi aquella escena aberrante, con el único fin de nunca jamás desaparecer de mi memoria. Como una huella de mi miseria y mi inutilidad.

             Llegaban hasta mí los gritos ahoga­dos de locura y deses­pera­ción de la multitud, gargantas desgarradas y estremecidas, alaridos histé­ricos pi­diendo auxi­lio, pude ver la gente corrien­do aloca­da en direc­ción al aten­ta­do, en sus facciones contracturadas y deformadas una mueca de incre­du­lidad, la cual creo imposible llegar a olvidar algún día. Sobre el cielo empezaba a alzar­se una nube inmen­sa de polvo negro y dentro de mi auto mi alma se empeque­ñecía hasta desa­parecer, se arrinco­na­ba, se escapaba de la realidad, se estre­mecía y se crispaba de dolor, asfi­xiada de angustia.

             No tuve el valor de bajar e ir a ayudar, en medio del desor­den y el caos me marché a casa.

             Durante los días siguientes estuve ence­rrado sin salir siquiera a comprar cigarrillos, tirado en mi habi­tación, mogolisado por las imágenes de un frívolo tele­vi­sor quien repetía las escenas de las ruinas, y me sentía cada vez más infame e inútil. Un peso inconmensurable me aplastaba a la cama, una distancia intransitable me alejaba de la realidad.

             De la uni­ver­si­dad no quedó nada, todos los edificios linderos estaban totalmente destrui­dos, solo permane­cían unas mam­pos­terías casi impercepti­bles. Varias veces entrevista­ron a perso­nas diciendo haber escuchado y visto a una persona avisan­do aloca­da, al describirla me di cuenta que jamás me identificarían, sus descripciones eran totalmente erradas y diferían unas de otras, pidieron a dicha perso­na se pre­sen­te a las autoridades, pero me sentía incapaz de hacerlo, tenía miedo, estaba aterrado por lo que podría pasar­me, y entonces tomé la decisión de ocultar para siempre de la justicia de los hombres mi verdad.

             La televisión parecía expe­ri­men­tar un in­creí­ble sadismo mos­trando los ros­tros de los fami­liares de los desapa­recidos al pie de la destruc­ción, las imágenes parecían decir –Miren a estos infelices, miren como sufren de dolor, presten atención como lloran y como pierden el control y se enloque­cen, ¿ven como se nota su frustrada esperanza?, ¿no es dolorosa su irreal ilusión?, ¿No es diver­ti­do?– las fac­cio­nes compungidas y desfiguradas por el ho­rror eran desgarradoras, sus ojos pare­cían tras­lu­cir un incré­du­lo ánimo, el cual a cada momento amena­zaba con extin­guirse y derribar los muros de su espejismo, para enfren­tarlos con la desventurada realidad de la perdida irremediable de sus seres queri­dos. Para siempre.

             Tirado sobre las sábanas calientes de mi cama, escuchan­do el zumbido de mi ventilador, miré una y otra vez, derruido por la aflicción, todos los noticiosos del país. Y entonces volvía a mí la escena en el pasillo del departamento de Good­man y tuve la certeza (hasta hoy no se porqué la tuve), que de haber­lo matado, todo lo suce­dido no hubiese pasado nunca, y me sentía tan vil, tan nulo, tan estúpida­mente miedo­so.

             Lloraba, bebía whisky, como si así pudiese esca­par de mi culpa. Mi impo­tencia no tenía lími­tes, la bajeza aplastando mi espíritu no poseía dimen­sio­nes, me sentía un criminal, un asesino, una sucia y vacía boardilla abandonada en un decrépi­to edifi­cio de una sórdida ciudad.

             Cuando el atentado dejó de ser novedad, a los 4 días de haber pasado, la TV dejó de pasar a cada rato noticias sobre él y se remitió a flashes, después de unos días más, a sim­ples comentarios sobre los adelantos, las muer­tes, y las casi inexistentes vidas salvadas desde los escom­bros. Como si a nadie más le importase. Todo era un inmundo negocio, las imágenes, los informes especiales, las entrevistas a polí­ticos importantes, todo era un sucio negocio a costi­llas de los pobres muertos y de sus desconsolados familiares. Nunca fue informar el objeto, el sentido primordial siempre fue lucrar. Entonces aquellas atormentadas imágenes parecían decir –Miren a estos idiotas, da mucha plata la publicidad que las empresas a las cuales les importa el país, pagan para figurar en estos momentos, porqué hay gente como ustedes que no se despegan del televisor y consumen toda ésta mierda–.

             A la semana y media no quedaban ruinas sin levantar y nada por hacer en Corrientes y menos en Argentina, no podía seguir pisando el suelo traicionado tan vilmente. Decidí exi­liar­me en Monte­vi­deo. Aquí estoy desde hace 5 años, trabajo de mozo en un bar de la Avenida 18 de Julio. Es impo­si­ble pre­ten­der borrar de mi interior todos los sucesos narrados y así espe­rar una vida más digna de la cual llevo. Es difícil vivir en un lugar donde uno se siente extra­ño y donde las costumbres y espacios comunes no tienen un significado para uno, es un exilio, un yerto destierro.

             Traté de superarlo, pero me fue inútil, todas los pensa­mientos y reflexiones a los cuales fui capaz de arribar fueron mentiras para no ver la realidad: No tuve la capacidad moral para cometer el crimen, y por mi incapaz personalidad perecie­ron centenares de personas inocentes.

             Preguntas giran hoy en mi mente: ¿que habrían hecho ustedes en mi lugar?, ¿que habrían sido capaces de hacer?, ¿hasta donde habrían podido llegar?. En este fin de siglo, solo en el cine existen los héroes.

             Hoy encendí mi televi­sor, mostraban un acto en Co­rrien­tes recordando el atentado, y decidí escribir ésta confe­sión, decidí escribir mi última ver­dad.



[1] Instituto de Obra Social de Corrientes

[2] Bar ubicado en una terraza sobre el rio Paraná

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