Mi Ultima Verdad
I
Después de analizar intransitables recuerdos escondidos como fósiles en mi memoria lo he descubierto: la búsqueda frenética por la verdad es en si misma un sin sentido cruel y estúpido. Y al aceptarlo, mis facultades me abandonan y mi piel se estrecha.
Mi lucidez ha socavado
una vez más mi vida para convertirla en un manojo de grises contornos, iluminados
por una luz mortecina amenazante a cada momento de extinguir su vida, y así, esfumar
los últimos despojos de mi existencia.
He presenciado y
vivido una realidad fatal al descubrir ese maldito papel firmado por Goodman.
Mi alma comprende por fin la más funesta de las pruebas posibles de concebir: es preferible vivir en la ignorancia a poseer
la verdad.
La verdad es
despiadada y criminal, destroza nuestros sentidos perforando a quemarropa nuestra
alma, cercenando la inteligencia en instantes súbitos. La ignorancia nos
permite vivir sin recaer en hechos, lugares, personas, casualidades, significados
ocultos o visibles. Es preferible ignorar la verdad, es preferible no darnos
cuenta cuan inútiles somos peleando contra causas inderrotables. Somos perecederos
e incapaces de volver atrás acciones propias o ajenas, somos impotentes,
angustiosamente impotentes. Al reconocerlo me condeno a una cárcel abominable y
frívola. Así por lo menos me aseguro una vida más pura, sin el conocimiento de
las razones de ésta realidad vil, asqueante y sin sentido.
II
La mañana del lunes 8
de Agosto de 1994, desperté más tarde de lo acostumbrado, me lavé rápidamente
la cara y salí en el auto tan deprisa como me fue posible hacia las oficinas
del I.O.S.COR.[1], maldije
una y otra vez a la compañía de luz por haberme cortado la energía eléctrica
y desactivar el despertador. Pensé tiempo después en esto como una odiosa
casualidad, pero luego lo reconsideré: si hubiese despertado temprano, hubiese
encontrado a Sebastián Andrés Goodman en su despacho, este me hubiera dado los
papeles que necesitaba y no me habría hecho falta ir por ellos a su oficina y
revolver todas sus cosas en su ausencia. En todo caso, ¿por qué fui justamente
yo quien encontró el maldito papel?, ¿por qué cayó su maletín abriéndose y mostrándome
su compartimiento secreto?, ¿por qué no esperé su regreso?, quizás fue por
nuestra “antigua” amistad, y digo “antigua” entre comillas porqué luego del
hecho, su desaparición material fue total, nadie supo más de él, a parte, si
hubiese permanecido en la ciudad, nada me hubiese impedido de una vez y por
fin, intentar matarle a raíz de una teoría (la cual explicaré más adelante),
quien aturdió mi alma atormentándome durante toda aquella interminable jornada.
Pero volviendo a los
hechos, recuerdo llegar dando saltos apresurados a las escaleras de la entrada
de Obra Social, ubicadas en ese tiempo en la peatonal Junín, casi esquina
Rioja. Fui inmediatamente a decirle a María (la secretaria de Sebastián), me
anunciara para pedirle los papeles, pero ella me comunicó sin dejar de atender
su trabajo –hace uno ratito se fue a casa de gobierno–. Me puse muy molesto y
decidí penetrar a hurtadillas a su oficina. Seguro Usted pensará en lo
ridículo de intentarlo por la mañana, y este es otro punto inexplicable, ¿cómo
lo logré?, un edificio público donde su acceso comunicaba a un patio estilo
colonial (fue construido en una casa de este tipo), era preciso pasar por allí
para ir a cualquier lado y era prácticamente imposible pasar inadvertido. Es
verdad, es irrisorio pensar que nadie me vio, pero fue así, entré y salí sin
ser visto y sin dejar rastros de mis pasos por el despacho de Andrés.
Una vez dentro empecé
por su escritorio, buscaba los documentos de su amigo, quienes me permitirían
concretar un importante negocio de muchos miles de dólares (como Sebastián me
dijo cuando me planteó el asunto). Revisé en sus cajones con mis llaves, las
cuales la casualidad hizo fuesen iguales (¿por qué DiOs mío, por qué?), después
de revolver y revolver una y otra vez en todos ellos, di con el último, el más
bajo. Allí había un pequeño maletín forrado en cuero negro, lo extraje con
cuidado para no desordenar nada. Cuando intenté abrirlo sentí unos pasos y en
un movimiento estúpido se me enganchó el pullover con la cerradura de la pequeña
maleta y cayó al piso, sin ver el estado en el cual quedó, fui tras la puerta,
y manteniendo intranquilo la respiración esperé. Los pasos se detuvieron del
otro lado frente a mí, por su ritmo y su tilde supuse, para luego confirmarlo:
era el interventor de turno. Quedó un momento
parado, pensé la abriría de un momento a otro, y como explicar mi estancia allí,
yo, Ernesto Longoni, un simple empleaducho administrativo sin peso ni
importancia dentro de la institución, pescado de improviso revisando los
papeles del Gerente Administrativo, muy poco creíble mis alusiones a la
amistad con Goodman, todo sería inútil, y considerando a ésta poco fuerte como
para soportar una cosa así, un terror desconocido hasta esos momentos se
apoderó de mi. En ese instante me di cuenta cuan estúpido era, ¿quien me
había creído para tomar tamaña determinación con las cosas personales de Andrés?,
él seguro no perdonaría mi impertinencia, hasta hoy no sé cuál fue el motivo
del impulso, no encuentro sentido al hecho, al principio pensé que era por
cerrar el trato con Stronberg antes de su viaje a España a las 10 de la mañana
de ese día, pero no reconozco en eso un motor, había algo más fuerte y oscuro,
ni ebrio hubiese tomado una resolución como la tomada esa jornada. Hoy, al
meditarlo más distante, creo firmemente en la existencia de energías ocultas, y
ésta hipótesis se hace más fuerte cuando recuerdo los sucesos posteriores a
aquel instante, detrás la puerta de la fría y aseada habitación.
Cuando el interventor
se alejó con su característico paso tranquilo, fui a guardar las cosas y
encontré el maletín abierto, en su interior no había nada, absolutamente nada.
Lo revise. Por el golpe se entreabrió una pequeña cajuela de metal interna y
secreta, forrada con la misma tela de todo el interior de la pequeña maleta.
El golpe con el suelo dio justo en el costado donde se encontraba ella.
Había allí una carta
escrita en alemán, la cual me dispuse a leer. Aprendí ésta lengua en el colegio
secundario cuando ésta materia era dictada como asignatura opcional, nunca
supuse me serviría para tan cruel empresa. No creo necesario transcribir
textualmente la carta (no creo poder olvidar jamás la frialdad de sus letras),
ésta dejaba muy en claro lo siguiente:
<<El Miércoles
10 de Agosto de 1994, 2 terroristas austríacos a las ordenes de Hietzel prepararían
un explosivo y uno de ellos la pondría a las 12:30 PM en las instalaciones
de la Facultad de Ciencias Exactas. La bomba debía ser preparada con materiales
traídos por Haüer desde Medio Oriente. Este partiría el 8 de Agosto a las 10 AM
a Viena para contar sobre la marcha del plan. Hietzel debería comunicar el 9
a las 10 AM la confirmación del acto. Los 3 personajes escaparían llevados
por colaboradores (no decía sus nombres), desde la playa Molina Punta el 10
a las 12:45 PM, en un velero por el río Paraná hasta Paraguay y desde allí para
Africa. Los pasaportes y permisos de navegación corrían por parte de los colaboradores>>.
Después de leer y
releer la carta (supuse haber tenido un error de traducción) caí sentado sobre
el piso como una gran bolsa de papas. Me apresuré a guardar todo y lo más sorprendente:
la pequeña maleta no estaba rota, una verdadero milagro. Luego de ordenar todo,
salí de la oficina con sumo cuidado. Y como dije anteriormente, nadie me vio.
Una vez en mi
escritorio, intenté poner calma al torbellino de mis pensamientos, pero me era
imposible lograrlo, las ideas nacían inconexas y asiladas para desaparecer en
la misma condición. Vino la secretaría de Sebastián y me extrajo del vendaval
de suposiciones y conjeturas.
–Goodman me dejó la
tarjeta de un tal Stronberg y dijo que no te olvides de llamarlo antes de la
9:30 al hotel– se detuvo, me contempló desconfiada e inquisitiva continuó –¿Se
puede saber donde estuviste para tener esa cara?, estás pálido, ¿mataste a
alguien?–.
La miré desconcertado
y apocado contesté –Estoy descompuesto, no me siento bien, acabo de venir del
baño... vomité, algo me cayó mal– Fue muy inteligente lo de la nausea para
lograr sacármela de encima. Ella me miró con una mueca muy distante a la
comprensión y pronunció –debés comer cada porquería vos. Todos los solteros
son iguales– mientras se alejaba de mi escritorio para desaparecer segundos
después tras la puerta de mi sección.
Mi interior estaba en
plena tormenta, me formulaba un sin fin de preguntas sin respuestas, sin
terminar de concretarse una de ellas por completo ya era sacudido por otra
nueva cuestión. Recaía una y otra vez en dudas como éstas: <<¿por qué habrían
de hacerlo?, ¿para qué?, ¿cuál era el fin?, seguramente>> pensé en un
ataque de lucidez <<Hietzel es el hijo de puta de Sebastián y Haüer es
Stronberg, y si es así ¿por qué Goodman me eligió a mí para realizar ese
dichoso negocio?>>. Mucho tiempo después pude contestar esa pregunta: me
habían considerado un posible “colaborador”, Sebastián dejó la hoja firmada con
el maletín abierto porqué suponía (estoy seguro de ello) cual sería mi
comportamiento al llegar y no encontrarlo, y de esa forma, una vez al tanto de
todo, estudiar mis actitudes al conocer la verdad, y decidirse al fin si era o
no un aliado en su causa. Sentí un miedo atroz, esa hipótesis me asustaba (la
cual hasta el día hoy sigo afirmando), además, los otros 2 integrantes quizás
trabajaban en el I.O.S.COR. también, tal vez eran mis compañeros y, lo peor de
todo, quizás me vigilaban.
No soporté más el aire
asfixiante de la oficina y salí apresurado a sentarme en unos de los canteros
de la calle Junín. Mi nerviosismo me hacía temblar, como si al pie de un enorme
edificio sintiese el temblor de la tierra, la cual desmoronará la gran mole,
arrastrando en su destrucción mi insignificante vida.
III
Estuve sentado media
hora respirando profundamente por la nariz y exhalando el aire por la boca, decidido
a escapar del lugar me levanté y fui a hacia la calle Rioja en busca de mi
auto. No soportaba la idea de meterme en la asquerosa víbora pública y dedicarme
a mi sórdido y estúpido trabajo por un segundo más.
Fui hasta la costanera
en marcha regular, mis pensamientos me impedían concentrarme del todo en la
calle. Llegué a la Cabaña[2],
pedí una cerveza y me senté frente al río para meditar con tranquilidad, pero
me era realmente imposible. Entre mi vida y la realidad se abría un sendero
intransitable, y lo peor de todo, debería recorrerlo solo. Ensimismado con las
imágenes de los abismos que encontraría a mi paso, meditaba mi situación,
perdiendo a cada segundo la tranquilidad característica de mi personalidad
relajada y serena.
Si por un solo momento
hubiese podido reflexionar con la suficiente objetividad, hubiera podido
llegar a una solución más o menos aceptable. Pero el miedo me paralizaba. No
era el temor de ver perecer a centenares de personas inocentes en una
catástrofe despiadada y maligna, era, ahora lo sé, el temor de perecer con
ellos, el terror de ser descubierto y aniquilado por Sebastián Andrés Goodman o
por alguno de su grupo. Seguro Usted, cuando lea éstas líneas, pensará en ello
como algo repulsivo y egoísta, tiempo después lo medité con mayor tranquilidad,
y me di cuenta la inexistencia de tal sentimiento, fue el instinto de supervivencia
quien me guió a sentir eso y a proceder como lo hice.
Volviendo a los
hechos. Descubrí un grupo de jóvenes bebiendo y riendo cerca de mi mesa y los
miré sin atinar en la posibilidad de ser tomado como un simple curioso.
–Hernan, ¿cuando
rendís la materia que reventaste en la mesa pasada?– preguntó una de las chicas
a un muchacho sentado justo frente a ella.
–Dentro de una semana.
Este atorrante rinde conmigo– contestó señalando a uno de sus compañeros.
Sentí una abrupta desesperación al verlos tan indefensos e ignorantes frente
a lo que sabía, pasaría en 2 fugaces días. Intenté descubrir su Universidad:
eran justamente de “esa”. Me levanté dispuesto a decirlo todo y me acerqué a
su mesa. Al llegar a ellos, dejaron de charlar para concentrar su mirada y su
atención en mi persona. Fregaba nervioso mis manos y me recuerdo imposibilitado
de hablarles, en mi cerebro daban vueltas cuestiones como éstas: ¿que decir?,
¿cómo hacerlo?, ¿me creerán?, ¿pasaré por loco?.
–¿Te pasa algo fiera?–
preguntó amenazante uno de ellos y no pude contestar, mi mente registraba sus
rostros, como si intuyese su desaparición en el atentado.
–¿Necesitás algo?–
inquirió intranquilo otro, mi mirada cambió, la de ellos también. Una alterada
incertidumbre se dibujaba en sus facciones, una triste impotencia en las mías.
–Van a poner una bomba
en Ciencias Exactas en 2 días– escupí movido por la incontinencia de mi verdad.
¡Qué tonto fue decirlo de esa manera!, pero no podía intentarlo de otra forma,
mi alma no lo dejaba, mi corazón parecía estallar mientras sentía como abruptos
chispones de sangre me recorrían dando estruendosos martilleos a mi sien.
Ellos me miraron y algunos levantaron las cejas en una expresión tragicómica,
otro con estupor, otro con asombro. Recuerdo a uno diciendo risueño –¿Una
bomba en la UNNE? ¡claro!. ¡Andá a decirles que la pongan en la casa del profesor
de Matemática A!– y otros se echaron a reír al oír estas palabras.
<<No me creen,
tienen que hacerlo, pero están en su derecho de dudar de un tipo que se les
acerca a decirles que van a poner una bomba en su Universidad. No se dan
cuenta de mi sinceridad... me toman por loco>> en medio de estos pensamientos
traté una vez más.
–Créanme por favor, es
un grupo terroristas– uno de los más risueños replicó eléctrico y jocoso –¡qué
novedad che!–, ignorándolo continué –no se porqué lo van hacer, pero si sé que
no tienen que ir a la Facultad dentro de 2 días. A las 12 y media del
mediodía van hacerla estallar– pronuncié abrupto y violento, uno de los
jóvenes se levantó, me empujó y gritó –andate a la mierda o te cago a
patadas–, me miraba con descaro y maldad, bajé la vista y me retiré abrumado.
Comprendí cuan estúpida,
irrisoria y sórdida era mi empresa. Sería tomado como loco, me encerrarían, y
lo peor de todo, después del atentado me buscarían por todos lados (si llegase
a escapar al encierro) como único nexo con los terroristas y me inculparían
por encubrimiento. La impotencia de los servicios de Inteligencia Argentinos
los llevaría a cualquier cosa con tal de encontrar un culpable, como pasó
después del atentado a la Embajada y a la AMIA. Entonces se me ocurrió lo que
catalogué en ese momento, una buena idea: llamaría a la policía y explicaría
la situación, llamaría cuantas veces sean necesarias. Pero no, me rastrearían
la llamada y me agarrarían, –seguro– me dije –lo mejor sería comunicarles hoy
mismo, mañana y el día del atentado–.
Anduve por la ciudad
dando vueltas y vueltas sin saber donde ir, sin saber como ni donde encontrar
un alma caritativa que creyese en mi. Pasaban las horas y las mismas
torturantes dudas daban vueltas en mi mente de manera iterativa y recursiva,
siempre recaía sobre los mismos puntos, donde no encontraba una respuesta, a
mi entender, satisfactoria.
Entre tantas vueltas
vi a Sebastián en su coche alrededor de las 6 de la tarde en la cancha de
Paddle ubicada en 25 de Mayo y San Lorenzo. Decidí seguirlo. Fue hasta un
supermercado sobre la avenida 3 de Abril. Esperé fuera por temor a ser
descubierto en la pesquisa. Salió a los 20 minutos, subió con una bolsa a su
coche y se marchó a su departamento. Este, por si no lo mencioné antes, estaba
ubicado en un edificio sobre la avenida costanera.
Guardó su coche en el
estacionamiento y subió a su piso. Dejé mi auto por la calle Quintana y entré
al inmueble. Esperé el ascensor y subí al piso cuarto donde estaba el
departamento de Andrés.
A milímetros de su
puerta procuré escuchar algo, apenas atiné a sentir una conversación telefónica
en Alemán. Saldría en una hora hacia un hotel del centro a encontrarse con
alguien. En ese instante el ascensor llegó al piso y me escurrí hasta el
rellano de la escalera ubicada a pocos centímetros de la puerta. No alcancé a
ver a la persona que desapareció detrás de la puerta de Sebastián. Volví a repetir
la acción e intenté escuchar algún vestigio de la charla. Solo llegó hasta mi
un murmullo ininteligible. Una puerta se abrió y de ella salió un hombre
de unos 40 años, me enderecé para salir caminando como si justo saliera del
departamento de Hietzel rumbo a la calle.
Me metí al auto y me
dispuse a esperar.
Salió con su
visitante, persona no conocida por mí (lo supuse uno de los colaboradores del
“grupo” o peor aún, uno de ellos), subió a un peugeot y desapareció en la
avenida. El bastardo se marchó en su auto minutos después rumbo a ese dichoso
“punto de encuentro”, como recuerdo llamarlo en esos momentos aciagos.
Se detuvo en la
entrada del Hotel Guaraní, estacioné en la cuadra anterior y bajé corriendo para
intentar ver algo, pero fue inútil, había desaparecido. Me dirigí al auto y
me senté a esperar. Las horas pasaron, como el hijo de puta no salía me dormí.
IV
Desperté por los rayos
del sol. Exaltado y macilento miré mi reloj, eran las 7:45. Me acomodé en el
asiento del coche y fregué con mis manos mi rostro para intentar despabilarme y
decidir mis próximos pasos a un día del atentado. No recuerdo exactamente
cuales fueron mis pensamientos en esos momentos, pero si puedo afirmar el hecho
de haber resuelto súbitamente arrancar el coche y dirigirme a la oficina.
Entré apresurado,
marqué tarjeta y fui a mi oficina. Me serví café y simulé trabajar con la intención
de poder proyectar las horas futuras de mi incrédulo destino.
A los 45 minutos de
estar sentado en mi silla, sin aun haber podido planificar nada, se apareció
María.
–Ernesto. El señor
Goodman te espera en su oficina, dice que vayas en seguida porqué tiene algo importante
que decirte– Levanté la vista y la vi observando con cuidado mi rostro, como
si buscase una explicación a mi estado. Esta mujer siempre se interesó por mí,
se sentía atraída o algo así, pero pese a eso, no podía dejar de advertir de su
mirada una especie de lástima gentil. Respondí –decile que voy cuando termine
de hacer esto–. Asintió y se marchó.
<<¿Que quiere
decirme?, ¿por qué tanta urgencia en verme y hablarme?>>, como no
encontré respuestas inmediatas a mis incertidumbres decidí ir a enfrentar al
cruel hipócrita, dueño en esos momentos de muchas vidas inocentes.
En el camino me crucé
con María y la saludé bajando la cabeza para evitar todo tipo de comunicación,
pero ella no se dio por aludida y agarrándome el brazo y mirando con insinuante
desconcierto preguntó –¿Cómo estás de tu malestar, te recuperaste?– Era evidente,
quería entablar diálogo, esquivando su mirada y su sinceridad contesté –Si,
estoy mejor, espero que no me agarre otra decaída– Ella quedó parada esperando
continuar la charla, pero yo seguí camino hasta toparme con la puerta del
Gerente de Administración. Este no me hizo esperar y pasé enseguida a su
oficina.
Sentado, tomando un
café y fumando, lo escuchaba sin prestarle atención realmente. Sebastián
hablaba por teléfono con no sé quién, en mi cabeza, al verlo sentado tan seguro
de sí, llegaron recuerdos a mí, los cuales había olvidado su existencia hasta
esos momentos.
Cuando ingresé a
primer año de veterinaria (fue mi único intento por estudiar una profesión),
tenía un compañero muy aficionado por la literatura. Una vez me leyó un fragmento
de un libro de Dostoiewski donde un personaje llamado Rodion Raskolnikof,
sostenía una teoría sobre la existencia de 2 clases de hombres. Uno de ellos
eran los hombres ordinarios, y los otros eran los extraordinarios. El
personaje dejaba muy en claro las diferencias entre ambas, las más importantes
se basan en las siguientes ideas: los seres ordinarios son los encargados de
mantener a la raza humana a través de los tiempos, son los encargados de procrear
más seres humanos. No son capaces de salirse del redil impuesto por la
sociedad, como ovejas, solo pueden obedecer las ordenes de su pastor y no es
factible encontrar en ellos un signo de espontaneidad creadora. Por el
contrario, los seres extraordinarios, son los encargados de llevar a la
raza hacia el progreso con sus ideas renovadoras o con sus descubrimientos y
hazañas, son los poseedores del don de la espontaneidad creadora. Entre ellos
nombraba a Napoleón, Copérnico, Newton y otros. Explicaba: si Newton tuviese
que haber matado a un ejército de inocentes para dar a conocer a la humanidad
sus descubrimientos, este poseía el derecho de hacerlo y la salvedad de no sentir
culpa por ello, porqué la justicia de los hombres no podía juzgarlo por ser sus
revelaciones de importancia vital para el desarrollo y el bien de la humanidad
toda. Concluía su teoría definiendo: si una persona tiene la posibilidad de
hacer un bien a la humanidad, en nombre de este bien, posee el derecho moral
de matar a cualquier ser humano que le impida llevar a cabo su fin.
Recuerdo haber
discutido el tema y sostener mi desacuerdo con dicha teoría por ser tan anarquista.
–Si alguien hubiese
matado a Hitler, ¿su crimen hubiera merecido castigo?– razonó mi amigo.
–Sí, porqué hubiese
matado a un ser humano sin importar lo que este pueda o halla hecho. Además,
¿con que autoridad moral una persona puede juzgar a priori si su acción será o
no un bien para la humanidad?– contesté.
–No, si ese hombre es
extraordinario sabrá que su acción es un bien y entonces tendrá la autoridad y
el derecho. No me vas a negar ahora que si una persona hubiese matado a Hitler
se hubiese podido salvar millones de vidas inocentes– concluyó él.
Luego de ese día, no
recuerdo haber pensado nunca más en el tema, hasta verlo tan hipócritamente
postrado detrás de su escritorio, comentándome sus clásicas frivolidades, y en
su maletín se hallaba la razón por la cual morirían centenares de personas
inocentes. La idea de asesinarlo surcó mi mente como un descomunal relámpago
en una noche oscura y cerrada. Mientras él hablaba me imaginé esperándolo en
la escalera de su departamento con un revolver en las manos. Lo concebí descendiendo
del ascensor sin apuro alguno y sin suponer que justamente yo lo esperaría
para matarlo. En esos momentos perdí la total noción de la realidad, para sumergirme
por completo en un lúgubre recuerdo y olvidar de esa manera toda conexión
con el presente y con el significado de la existencia humana, la cual hasta
hoy encuentro inexplicable.
Recuerdo sentir, en la penumbra de la escalinata,
el terror asfixiar mi corazón. Mis manos temblaban y sudaban nerviosas, la
respiración se me dificultaba cada vez más. Salí de la tenue claridad al
verlo llegar a su puerta, al advertir mi presencia dio vuelta su rostro, y
luego giró por completo su cuerpo y comenzó a observarme detenidamente, en
sus facciones no existían el menor vestigio de sorpresa, entonces lo comprendí,
estaba al tanto de todo, ellos sabían mi conocimiento de sus planes.
Sentí clavados en mi
sus ojos fríos y calculadores, jadeaba agitadísimo hasta el punto de serme casi
imposible respirar. Intentaba buscar el significado de su mirada, trataba de
penetrar por sus retinas y descubrir las causas de su actitud, el secreto
escondido en su alma, el mensaje encriptado de sus facciones. Aterrado desenfundé
el arma y apunté a su cabeza. Todos escucharían el estruendo y me vería en la
necesidad de salir corriendo, pero esto no era motivo suficiente para
acobardar mi heroica misión. En que situación tan vil me veía inmiscuido, me
repugnaba la idea de ver su sangre chorreando por todo el piso, manchando las
paredes, me aterraba la idea de apretar el gatillo y matar. El miedo se apoderó
de toda mi naturaleza y me sentí imposibilitado, tanto de huir, como de disparar.
Su mirada cambió de
repente, se transformó en la de un cordero quien presupone su muerte y me
dio lástima, pero allí comprendí su postura: era una treta para despertar en
mi, un ser ordinario, compasión, y poder sacarme el arma y matarme. A este
descubrimiento se le unió el recuerdo de mi amigo y el derecho moral de
salvar a centenares de vidas inocentes, y disparé.
La sangre saltó con
furia, sentí su calor desmesurado en mi rostro, en mis manos. Su vaho denso inundó
el pasillo y penetró por mis narices.
V
Al parecer me
desvanecí en medio de la charla de mi asqueroso amigo. Desperté sentado en un
sillón detrás del escritorio de Sebastián, mientras María me ofrecía un vaso
de agua.
Andrés me aconsejó
marcharme a casa a descansar y mañana regresar si mejoraba. También me sugirió
la idea de visitar a un médico, y fue más lejos aun, me recomendó uno y pensé
sería un colaborador del grupo, y la idea crispó mis nervios. Seguramente
estaban al tanto de todo, sabían cada uno de mis movimientos, no se porqué ésta
idea se incrustó en mi mente y me persiguió durante esos días y aun me
persigue.
Todos los sucesos
posteriores a esa mañana me son muy difíciles de rememorar tal cual sucedieron,
pero trataré de darle un sentido e intentaré por sobre todo no mezclar la
realidad con mis alucinaciones.
Salí de la oficina y
fui al quiosco ubicado exactamente en diagonal a la entrada del I.O.S.COR.
No sé que buscaba, ni tampoco como descubrí en el Clarín una nota de tapa
sobre un líder de un grupo terrorista Austríaco. Compré el diario y leí el
artículo, en él encontré muchas respuestas a mis conflictuadas dudas. La
noticia narraba el siguiente hecho: El 10 de agosto, la justicia Argentina
debería extraditar a Austria al susodicho terrorista atrapado meses antes en
las cercanías de Río Gallegos. Este personaje había escapado de la justicia
Austríaca el año pasado.
Entonces lo vi todo
muy claro, los motivos del atentando estaban clarísimos. <<¿Por que en
Corrientes?, por la inexistente seguridad civil, y la poca que hay protege
la Sociedad Israelita, y claro, si a los únicos que siempre cagan con bombas
son a los judíos, quizás lo pensaron ellos también y por eso quieren reventar
la UNNE. Pero aun así, a pesar de esto, ¿por qué elegir un lugar tan lejos de
la Capital Federal?, Corrientes es algo así como un lugar perdido en la nada,
¿por qué Corrientes entonces?, podrían hacerlo en la UBA, deben haber otros
motivos>>.
Tiré el diario y
caminé hasta donde había dejado el auto, pero nunca llegué a él. Recorrí las calles
sin conocimiento alguno de mis actos, sumergido en mis pensamientos, sin
reparar absolutamente en nada del mundo exterior.
<<Y claro, ¿cómo
no van a hacerlo?, es como derrumbar un castillo de naipes en una tormenta. Si
tan solo alguien lo supiese, quizás algo se pudiese hacer>> decidido por
éstas últimas elucubraciones me dirigí a un teléfono público y llamé a la policía.
–Van a poner una bomba
en la UNNE– se alarmaban y tomaban notas, pero al continuar –mañana a las
12:30 PM– se echaban a reír y me tomaban el pelo. ¿Por qué lo hacían Dios mío,
por qué?, se burlaban diciendo cosas como –Claro, que terrorista precavido, nos
avisa con un día de anticipación, anda a cagar que si te agarramos te vamos a
hacer mierda– o también –si claro, en la UNNE, como no–, los imberbes estaban
acostumbrados a las denuncias de un explosivo en un colegio justo una hora
antes de su detonación, y todos sabemos a estas alturas que lo hacen los mismos
estudiantes del colegio para zafar de algún examen, o también pueden hacerlos
algunos graciosos pelotudos sin nada que hacer.
Y así pasaron una a
una todas las comisarías, el departamento de bomberos, seguridad civil,
comando radioeléctrico y demás entidades “De Bien Público”.
Llegué hasta la punta
Mitre, me acomodé contra un árbol y prendí desesperanzado un cigarrillo. Si
bien quería matar a Sebastián, me concebía como un ser ordinario imposibilitado
de llevar a cabo mi plan. Cuando me convencía de hacerlo, venían a mí los
recuerdos de mi visión en la oficina de Goodman y me juzgaba un ser tan
indigno, tan vulgar, tan inservible, tan, tan sin saber que hacer imposibilitado
de toda acción. Me sentía como si después de la batalla más cruel e indigna
para proteger una antigua ciudad atestada de inocentes, era el único
sobreviviente de un gran ejercito, y no tenía el valor de defender con mi
existencia las vidas recluidas detrás de los portales que protegíamos.
<<¿Por qué he de sacrificar mi vida por una ciudad que jamás me dio
nada?>> mentía, era mi ciudad, me había visto nacer, crecer, vivir,
gozar, llorar. Eran seres inermes, dejados a la suerte de un siniestro crimen
por mi complicidad en el acto más atroz de toda la historia de mi provincia
natal. Y yo no haría nada para detener la catástrofe, ¡no haría nada!, y me
levantaba enceguecido de ira y pateaba el árbol, arrancaba el césped, golpeaba
con mis puños el piso, y volvía a decidir enfrentar a Sebastián y matarlo de
un tiro, pero la cobardía me derretía, me destruía, me paralizaba y entonces
recaía en otra mentira: si lograba matarlo, me enorgullecería de un acción
noble y extraordinaria, pero la humanidad nunca se enteraría, es más, si no
llegasen a encontrar la maldita carta en el portafolios, sería culpable de
asesinato y estaría confinado a una cárcel fría y húmeda por el resto de mis
días.
Tal vez mi error fue
pensar demasiado, y analizar todos los pro y los contra, pero aun así, no
justifico mi cobardía, no acepto mi sumisión a mis cualidades de hombre
ordinario. Me doy demasiado asco para proseguir con las reflexiones de aquellos
momentos de mi vida.
Creo haber estado un
par de horas en ese lugar dando vueltas y vueltas a las mismas ideas una y
otra vez, para luego verme sentado en el bar frente a la facultad tomando
whisky y mirando absorto, sin saber como proceder, y para colmo, con una enorme
culpabilidad empezando a remorderme la conciencia.
Entré a la universidad
luego de un par de horas de estar observándola, caminé por sus pasillos,
advertí cuantos jóvenes se movían rápido, se reían, se abrazaban, se pasaban
apuntes, leían carteles, subían y bajaban por las escaleras, y la explosión me
ensordeció, la explosión subió desde el piso por las paredes hasta el techo y
todo voló por los aires, la sangre teñía los escombros, la sangre corría por
mis manos, rostros perdidos en un infierno, rostros deformados, cuerpos aplastados.
Una lágrima corrió por
mi mejilla, un suspiro lento salió de mi pecho, un plomizo silencio ensordeció
mis oídos, una niña me preguntó algo que no alcancé a entender y siguió su
camino mirando mi cuerpo paralizado en una pared, su imagen desapareció por la
escalera del final del corredor. Y pude ver sus restos bajo una viga partida.
Su mano se estiró e intentó pedir auxilio, sus gemidos eran ininteligibles.
Sacudí mi cabeza, el
pasillo volvió a ser como lo recordaba, suspiré aliviado, aun había tiempo para
impedirlo, y tomé la resolución: matar a Goodman.
Salí y corrí hasta dar
con mi auto. Fui hasta mi casa y busqué mi arma, cargué las balas y me dirigí
hacia la costanera a toda marcha. En el camino miré la hora, Andrés tardaría
por lo menos media hora en llegar a su depto, –perfecto, así tendré tiempo para
prepararme–. Una lluvia furiosa e incesante empezaba a derramarse sobre la
ciudad hasta el punto de hacer difícil ver a través del cristal del automóvil.
Estacioné el coche a
la vuelta del edificio para no despertar sospechas. Me introduje en él pasadas
las 9 y media de la noche. Esperé paciente en la oscuridad de la escalera, mis
manos estaban en los bolsillos del sobretodo, empuñando con fuerza la pistola.
Escuché ruidos de ascensor, miré la hora, asomé mi oído cuanto pude para
intentar escuchar, los pasos se alejaron y entraron en otro departamento del
piso. Empecé a inquietarme en demasía, me costaba respirar, mi corazón bombeaba
sangre con violencia, mis manos temblaban, mi cuerpo se estremecía súbitamente
movido por un pánico descomunal. Y por fin escuché otra vez el ascensor, pero
siguió de largo, mi nerviosismo estaba a punto de convertirse en histeria,
pero hacia esfuerzos sobrehumanos por controlarlos. De nuevo el ascensor,
imaginé continuaría, pero no, se detuvo en el piso y la puerta se abrió, desde
la penumbra del hueco de la escalera pude ver la silueta de Sebastián
apareciendo, protegí mi imagen en la tenue luz despedida por una lámpara del
piso inferior. Un fuerte relámpago iluminó mis facciones contracturadas por el
espanto y su sonoro estruendo me hizo temblar.
Andrés
encendió la luz del pasillo y fue hacia su apartamento, calcé mi dedo junto
al gatillo, sentía la transpiración chorrear por él. Se paró y buscó las llaves,
solo Dios sabe porqué no las traía en sus manos como siempre hacía, entonces
pensé <<sabe que lo espero>>, e intempestivo salí a la luz.
–¡Epa che!... ¿que
pasa?... estás empapado– exclamó asustado por mi aparición. Apretaba el arma
dentro del gabán contra mi pierna, quise sacarla y apuntarle pero me fue
imposible, estaba paralizado. Frías gotas caían rápidas por mis mejillas desde
mis cabellos, intentando tal vez hacerme entrar en contacto con la realidad.
–¿Querés pasar a tomar
algo?, por lo menos pasá a secarte– dijo con un servilismo repugnante, el
cual hasta hoy me da nauseas. Y fue eso exactamente lo sucedido, vomité,
vomité como una canilla, como una tormenta de vomito cayendo sobre él, manchando
su hermoso traje de color azul, la nausea liberó en mi toda la presión y la
desesperación, la cual maniataban mi espíritu dejándolo casi sin vida. Quedó
alelado mirándome.
–Creo que estás muy
mal... insisto, deberías visitar al médico que te recomendé–. Exclamé un adiós
forzado (hasta hoy no se como logré articular palabra en esa situación) y corrí
por las escaleras hasta llegar a mi auto. Llegué a mi casa tan rápido como
pude y completamente mojado me tiré sobre la cama e impotente, lloré por mi
sórdida desgracia.
VI
Desperté cerca de las
9 de la mañana. Era el día, explotaría la bomba y todo terminaría, y en lo
sucesivo debería vivir cargando con la pesada cruz en mi conciencia.
Observaba la imagen de
Cristo colgada en la pared y parecía tratar de descubrir en ella un mensaje secreto
y cifrado especialmente para mí. Levanté mi mano y toqué el frío cuadro con las
yemas de los dedos y un escalofrío me recorrió desde la nunca hasta los pies
sacudiendo mi cuerpo hasta el punto de estremecer toda mi humanidad. Por
instantes me parecía ver los labios de Jesús moverse, después presentía se me
caería encima su retrato con toda la mampostería, poniendo fin a mi tortura. Y
ese sentimiento me alegraba. Después caía en la realidad y comprendía lo
imposible de esto. Hacia terribles esfuerzos por centrar mi atención en el
fondo del cuadro, su forma parecía por momentos una nube para transformarse
luego en un avión, en una estrella, en una habitación destruida, en una
oración, en una estúpida confesión de mi alma inescrupulosa: Nada tenía sentido
en mi ignominiosa vida, era incapaz de enfrentarme a mí mismo y llevar a cabo
mi decisión. Era vil. Era una nada.
La lluvia lenta y
maciza caía sobre la ciudad como un gran velo entristecedor y melancólico, me
levanté pusilánime oyendo el ruido de las gotas golpeando estertoreas las chapas
de mi techo de zinc, me dirigí al living, parado frente al ventanal
contemplé las burbujas en los charcos de mi pequeño patio. Sentía mi cuerpo
muy pesado, me costaba mucho pensar y fijar la atención en cosa alguna, la cabeza
me daba vuelta como en un carrusel fuera de control, mi espíritu se encontraba
desposeído de ánimo alguno.
Busqué un cigarrillo y
me senté en el sillón del living. Desfilaban por mis ojos escenas de las
jornadas anteriores como en una gran pantalla de cine. Mi coraje pisoteado
golpeaba mi conciencia, como si necesitase salir para gritar su verdad y su
dolor, pero este lo tiranizaba de manera descomunal, reprimiendo todos sus
frustrados intentos. Mi alma había sido desaforadamente aniquilada por las circunstancias,
y tiesa en mi interioridad, trataba de no desangrarse por las heridas
infligidas por mí. Intentaba coordinar mis ideas, pero me era imposible,
mi inteligencia aturdida, se perdía en los laberintos de mi cerebro sin saber
como encontrar la salida.
Fui a mi dormitorio
y armé una valija con la intención de marcharme de la ciudad lo antes posible,
me vestí, llevé la maleta al baúl del auto y marché rumbo al banco, donde
conseguí sacar toda mi plata.
Eran las 10 de la
mañana, entré en el auto con el dinero y permanecí rígido. Concebí el plan de
marcharme de Corrientes por temor a enfrentar la verdad del atentado y sus
horrendas consecuencias, quería fugarme, esa es la palabra exacta: FUGA. Huir
al destino de ser una persona ordinaria, pusilánime y falaz, de ser incapaz de
salvar a una multitud de vidas humanas. Por más intentos, nunca pude escapar
a ésta evidencia, siempre existían voces dentro de mí recordándome aquello,
quienes me sumían en el caótico descenso a mis infiernos interiores, lugar
temido por la mayoría de los hombres, por verse allí como en realidad son. Pero
esto nadie lo aceptará jamás, nadie soportará ésta verdad sin caer en abruptas
depresiones (dispuestos a esquivar cueste lo que cueste). Aunque todos estemos
dispuestos a decir –sí, me banco lo que sea y le hago frente– es una vil
mentira armada con desenfado y tranquilidad. Es tan difícil apurar el trago
amargo de la vida: ser común a todos, sin esa estúpida frase “soy un tipo
especial”, ser igual a todos, por el simple hecho de ser así: seres sin gracia,
perdidos en una humanidad desbastada por la carencia de individualidad, sin
valores, aturdidos, escupiendo al ser mismo, lánguidos, mezquinos, frívolos.
Al darme cuenta de lo
infame de mi proyecto decidí una vez más intentar algo y bajando del coche me
dirigí a un teléfono público. Otra vez se repitió la misma estúpida historia:
–De nuevo vos, anda a cagar hijo de puta– e inclusive llegué a escuchar –Es el
hijo de puta que nos quiere joder– y otro le contestaba –Mandálo a la concha de
su madre–.
Desanimado fui a la
facultad. Dejé el auto a unas cuadras y caminé hasta ella. No había ni un solo
policía, no había ningún responsable de la seguridad de los hombres, no había
nadie, por lo menos podrían haber mandado a uno, por lo menos podrían haber
tenido la mínima duda, pero no, o quizás la tuvieron, pero fueron muy cobardes
para ir hasta allí y presenciar con sus propios ojos lo cierto de la bomba.
Eran las 11 y me senté
en el bar de la facultad para meditar sobre la situación. En esos momentos vi
doblar por San Lorenzo a una persona, creía conocerlo de algún lado, pero me
fue imposible saber de donde. Venía caminando por la acera de la facultad,
ingresó en ella y desapareció tras la muchedumbre transitante. Reflexioné
<<Tal vez es un ex compañero de secundaria o tal vez de la facultad,
pero ¿Por qué su rostro me resulta tan inquietante?>>, aparté el interés
por este pensamiento y me dediqué por completo a la entrada de ciencias
exactas, sin prestar cuidado a mí alrededor, pero sin despegar los ojos de mi
objetivo.
<<Si pudiera
encontrar la forma de hacerme escuchar, si pudiera captar la atención de
todas estas personas. ¿Cómo carajo hago para que me crean?, ¿Cómo debe ser,
como Dios mío?>> y en medio de estas cavilaciones vi nuevamente a “esa”
persona en la entrada y algo en él volvió a llamarme poderosamente la
atención. Un fíat Duna se acercó con rápida marcha, se abrió la puerta trasera
izquierda frente a la puerta de la UNNE, el individuo subió y se alejaron
velozmente favorecidos por el semáforo en verde. Quedé mirando como el auto
se iba y al desaparecer me di cuenta: entró con un maletín y salió sin él.
Acto seguido recordé su rostro: había visitado a Sebastián en su departamento.
Sentí dentro de mí la irremediable seguridad, la bomba estaba en la facultad.
Miré el reloj, eran las 12 en punto, me levanté y empecé a caminar hasta
llegar al borde de la vereda, el mozo se acercó y preguntó –¿puede pagar antes
de retirarse señor?– y contesté –Hay una bomba en la UNNE– atónito no supo como
actuar.
Empecé a vociferar
preso de pavor, girando mi cuerpo hacia todos lados, la gente paraba y me
observaba, otros ni detenían su marcha y gesticulaban con la cabeza la
desaprobación total de mi acto mientras seguían caminando como si nunca me
hubiesen visto, creía oírles decir –Parece mentira que en Corrientes se vean
estas cosas, ¿por que no encerrarán bien a los locos quiero saber yo?– llegué
hasta la puerta y tomé a algunos por el brazo y les imploré, pero no se
largaban. Me examinaban como a un loco, trataban de esquivarme, me gritaron.
Pero nadie se fue, nadie creyó en mi, nadie.
Después de este hecho
me cuesta demasiado rememorar lo sucedido, creo olvidarlo por el estado neurótico
en el cual me encontraba. Me veo escondido en el baldío de la cortada de la
calle Catamarca esperando que los policías se dispersen. Una vez afuera miré
la hora y ante mi sorpresa eran ya las 12 y media y no se había escuchado estallido
alguno, una mezcla de ignorancia y atontamiento se apoderaron de mi juicio,
turbado y confundido me dirigí a mi auto y una vez dentro prendí nervioso un
cigarrillo.
<<Fue todo una
alucinación, la carta, el artículo, fue todo una mentira imaginada por mí, fue
todo mentira, ¿Me estaré volviendo loco?>> segundo a segundo una dicha
indescriptible se apropiaba de mi cuerpo y de mi alma y volvía a
estremecerme, pero ésta vez por una alegría imposible de contener.
<<Tal vez no tuvieron el valor de
hacerlo porqué yo conocía sus planes, si, eso fue lo que pasó, tuvieron miedo
de verse delatados y de ver frustrado el atentado, y todo gracias a mí, todo
gracias a mí. Ya sabía que ese Goodman era un cagón hijo de puta. Sí, ahora que
recuerdo su cara en su casa cuando intenté matarlo, sí, era de miedo, sí, es un
cagón de mierda, siempre tuvo miedo. No pudieron hacerlo porqué intervení. ¿Y
el tipo del maletín?, ni sé en realidad si traía o no un maletín, a parte, si
lo llegaban hacer no iban a traer ellos mismos la bomba minutos antes de su explosión>>
y grité eufórico –¡SÍ!– Poco a poco me sentía liberado del gran peso, volví
a mirar la hora, eran ya las 12:50, aspiré una profunda bocanada de humo y
lo exhalé, no me costaba respirar, podía hacerlo con facilidad. Animado, encendí
el auto.
El vorágine estruendo
de la explosión sacudió la ciudad.
VII
Mis manos sobre el
volante, el cigarrillo consumiéndose en mis labios, petrificado durante minutos
eternos. Como si el tiempo se hubiese detenido para imprimir en mi aquella
escena aberrante, con el único fin de nunca jamás desaparecer de mi memoria.
Como una huella de mi miseria y mi inutilidad.
Llegaban hasta mí los
gritos ahogados de locura y desesperación de la multitud, gargantas desgarradas
y estremecidas, alaridos histéricos pidiendo auxilio, pude ver la gente corriendo
alocada en dirección al atentado, en sus facciones contracturadas y
deformadas una mueca de incredulidad, la cual creo imposible llegar a olvidar
algún día. Sobre el cielo empezaba a alzarse una nube inmensa de polvo negro
y dentro de mi auto mi alma se empequeñecía hasta desaparecer, se arrinconaba,
se escapaba de la realidad, se estremecía y se crispaba de dolor, asfixiada
de angustia.
No tuve el valor de
bajar e ir a ayudar, en medio del desorden y el caos me marché a casa.
Durante los días
siguientes estuve encerrado sin salir siquiera a comprar cigarrillos, tirado
en mi habitación, mogolisado por las imágenes de un frívolo televisor quien repetía
las escenas de las ruinas, y me sentía cada vez más infame e inútil. Un peso
inconmensurable me aplastaba a la cama, una distancia intransitable me alejaba
de la realidad.
De la universidad
no quedó nada, todos los edificios linderos estaban totalmente destruidos, solo
permanecían unas mamposterías casi imperceptibles. Varias veces entrevistaron
a personas diciendo haber escuchado y visto a una persona avisando alocada,
al describirla me di cuenta que jamás me identificarían, sus descripciones eran
totalmente erradas y diferían unas de otras, pidieron a dicha persona se presente
a las autoridades, pero me sentía incapaz de hacerlo, tenía miedo, estaba
aterrado por lo que podría pasarme, y entonces tomé la decisión de ocultar
para siempre de la justicia de los hombres mi verdad.
La televisión parecía
experimentar un increíble sadismo mostrando los rostros de los familiares
de los desaparecidos al pie de la destrucción, las imágenes parecían decir
–Miren a estos infelices, miren como sufren de dolor, presten atención como
lloran y como pierden el control y se enloquecen, ¿ven como se nota su frustrada
esperanza?, ¿no es dolorosa su irreal ilusión?, ¿No es divertido?– las facciones
compungidas y desfiguradas por el horror eran desgarradoras, sus ojos parecían
traslucir un incrédulo ánimo, el cual a cada momento amenazaba con extinguirse
y derribar los muros de su espejismo, para enfrentarlos con la desventurada
realidad de la perdida irremediable de sus seres queridos. Para siempre.
Tirado sobre las
sábanas calientes de mi cama, escuchando el zumbido de mi ventilador, miré una
y otra vez, derruido por la aflicción, todos los noticiosos del país. Y
entonces volvía a mí la escena en el pasillo del departamento de Goodman y
tuve la certeza (hasta hoy no se porqué la tuve), que de haberlo matado, todo
lo sucedido no hubiese pasado nunca, y me sentía tan vil, tan nulo, tan
estúpidamente miedoso.
Lloraba, bebía whisky,
como si así pudiese escapar de mi culpa. Mi impotencia no tenía límites, la
bajeza aplastando mi espíritu no poseía dimensiones, me sentía un criminal,
un asesino, una sucia y vacía boardilla abandonada en un decrépito edificio
de una sórdida ciudad.
Cuando el atentado
dejó de ser novedad, a los 4 días de haber pasado, la TV dejó de pasar a cada
rato noticias sobre él y se remitió a flashes, después de unos días más, a simples
comentarios sobre los adelantos, las muertes, y las casi inexistentes vidas
salvadas desde los escombros. Como si a nadie más le importase. Todo era un
inmundo negocio, las imágenes, los informes especiales, las entrevistas a políticos
importantes, todo era un sucio negocio a costillas de los pobres muertos y de
sus desconsolados familiares. Nunca fue informar el objeto, el sentido
primordial siempre fue lucrar. Entonces aquellas atormentadas imágenes parecían
decir –Miren a estos idiotas, da mucha plata la publicidad que las empresas a
las cuales les importa el país, pagan para figurar en estos momentos, porqué hay
gente como ustedes que no se despegan del televisor y consumen toda ésta
mierda–.
A la semana y media no
quedaban ruinas sin levantar y nada por hacer en Corrientes y menos en Argentina,
no podía seguir pisando el suelo traicionado tan vilmente. Decidí exiliarme
en Montevideo. Aquí estoy desde hace 5 años, trabajo de mozo en un bar de la
Avenida 18 de Julio. Es imposible pretender borrar de mi interior todos los
sucesos narrados y así esperar una vida más digna de la cual llevo. Es difícil
vivir en un lugar donde uno se siente extraño y donde las costumbres y
espacios comunes no tienen un significado para uno, es un exilio, un yerto destierro.
Traté de superarlo,
pero me fue inútil, todas los pensamientos y reflexiones a los cuales fui capaz
de arribar fueron mentiras para no ver la realidad: No tuve la capacidad moral
para cometer el crimen, y por mi incapaz personalidad perecieron centenares de
personas inocentes.
Preguntas giran hoy en
mi mente: ¿que habrían hecho ustedes en mi lugar?, ¿que habrían sido capaces de
hacer?, ¿hasta donde habrían podido llegar?. En este fin de siglo, solo en el
cine existen los héroes.
Hoy encendí mi televisor,
mostraban un acto en Corrientes recordando el atentado, y decidí escribir
ésta confesión, decidí escribir mi última verdad.