Las Luces del Ocaso

 

             Desde las sombras, desde el silencio, desde la humedad, observaba arrodillado en el pasto, huérfano de intenciones mali­ciosas y malos pensamientos. Siendo en el lodo: sordo, ciego, mudo e insensible, como una leve capa de arenilla sobre el asfalto de una ruidosa y luminosa avenida depositada en medio de una megalópolis la que es ignorada por la multitud transi­tante. Sentía sin sentir, olfateaba sin olfatear, grita­ba sin gritar, nadie podía escucharme ni verme y desde mi inte­rio­ri­dad, desde mi oculto pensamiento invisible, conti­nuo, grotesco, enfermo; el temor se apoderaba de mí como una gran araña se apodera de su presa atrapada en la despiadada y traicionera tela de araña.

             Desde hoy y para siempre, mi cuerpo será una masa sin formas, mi rostro olvidará sus rasgos harto conocidos, mis extremidades se volatilizarán, mi torso desnudo ante el ocaso humano se limitará a perecer. Mis órga­nos sin reli­gión están por fin en el sitio ade­cua­do, están espe­rando el gran momento, la inicia­ción, la finali­za­ción, la continua­ción.

             Lo que se formaba delante de mí no notó mi presencia oculta entre ráfa­gas y esquirlas de luz, no la notó, y en mi ego la palabra “no” resonó como el estalli­do de un volcán, pero en vez de derramar lava, vertía soberbia y vanidad. Orgulloso de ello, me sentía por momentos, superior a todo aquello que podía mi visión captar. No me notó, es verdad, pero en mi interior sabía lo imposible de pasar inadvertido, lo sabía, pero desconocía el momento crucial, cuando esa luminosidad, cerca del naranjo en aquel campo de mi niñez y mi juventud descu­briera al estúpido y baladí voyeur.

             Su magnitud era inconmensurable, su densidad era palpable, y de pronto un sentimiento de vergüenza se aferró a mí como sangui­juela, y me vi inmerecedor de ser el único espectador de tamaño desfile de poder y gloria, infernal o celestial, gloria al fin. <<¿Dónde había permanecido todo aque­llo por siglos oculto a mis sentidos?, ¿Dónde?, quizás estaba entregado al letargo eterno de mi mente incrédula, eterniza­do por momentos de incomprensible grandeza>> pensé arro­gante y convencido.

             Sin comprender el porqué, el pasado se cristalizó en mi mente, y entre sus partes esme­rila­das pude verme niño correteando cerca del naranjo que ahora contenía la providen­cia. Niño de frágil ima­gen, de huesudos miembros, de mirada altanera y corazón falaz, como repetía mi madre. ¡Cuán equivocada estaba!, cuán injusta era conmigo, ahora lo recuerdo todo muy bien. Nunca me dio amor, siempre la misma cara recia y fría, la que, cuando dejaba deslizar una sonrisa, mi corazón estallaba en borbotones de alegría. Mamá, sin saber bien el significado de ésta palabra, crecí entre sus gritos y sus continuas sacadas en cara de cosas inauditas, de las que jamás comprendí sus significados (estoy convencido habrían de tener alguno). Cuánta falta me hacía sentir de sus labios aque­llas caricias y besos afectuosos, que nunca recibí, sí, eso era lo que real­mente me faltaba, ternu­ra. Y yo solo esperaba de ella un cambio, sentir cómo deslizaba su mano sobre mi cabeza y acariciaba mis cabellos, espera que duró hasta su muer­te. La vi tendi­da en la cama, pálida, dema­crada, tris­te, entonces vinie­ron a mí impul­sos que jamás pensé que podría tener hacia ella, acaricié su rostro besando su frente con amor, tomé su mano dulcemente y le dije desde el fondo de mi cora­zón --Te quiero con toda mi alma-- para luego ver cómo, de a poco, los últimos deste­llos de luz de su alma se extin­guían lánguida­mente, después de deslizar con ternura sus delicada mano sobre mis cabellos y mi mejilla.

             Y entonces vi a mi padre tendi­do a su lado, mis herma­nos estaban calla­dos en un rincón de la habita­ción sumidos en el silencio macabro de la muerte, ignorando como siempre el torrente de sentimien­tos encabritados encerrados tras las murallas de mi cuerpo. La observé una vez más, inerte entre las sábanas, y descubrí cuán idiota y estúpido había sido toda mi vida, ¿cómo no haber comprendido antes de su muerte que la única forma de expresar su amor hacia los demás era como lo hacía?, y lo peor de todo: no era su culpa, la vida la educó así y yo no era quién para enjuiciar su alma y su mente, las que lucharon desgarradamente por establecer una morada, pero cada vez con más hielo en su corazón. ¿Cómo pretender que un joven y menos aún un niño lo entienda?, ¿cómo aceptar por madre a un ser que desconoce (por motu propio) todo indicio de vida interior de su hijo?. Pero era tan arrogante, no me permitía amar a una persona así, hasta el día de su muerte. Y caminando solo por las calles del dolor de sus ausencias lo comprendí todo, si tan solo lo hubiese entendido antes, ¡cuán grande es el dolor de recordarlo! : fui el único responsable de la determinación de alejarme de su vida a los 21 años para regresar el día anterior a su muerte con la idea de cumplir una cruel burocracia: Ver morir a mi madre. !Que necio y ciego fui!. Cómo qui­siera volver a escuchar sus gritos, cómo quisiera volver a escucharlos.

             Cerré mis ojos con fuerza por unos momentos para abrirlos con lentitud, y allí me vi desde un rincón de mi escritorio postra­do en el sillón, intentando vivir. Pero las aguas de mis océanos se habían secado, la existencia de mis esperanzas habían muerto irremediablemente, la novela de mi vida estaba en un ins­tan­te cru­cial, mis dedos inmóviles sobre las teclas del control remoto sen­tían la deses­pera­ción de mi alma al ver cuan imposible les era a las imágenes del exterior penetrar mi espíritu.

             Volví a cerrar mis ojos con más energía aún que la vez anterior y los mantuve así por más tiempo, con la esperanza de abrirlos y volver a ver la luz. Pero al hacerlo no la vi a ella sino a mi padre enseñándome a manejar su auto (como lo repetía, --¡¡Es MI AUTO!!-- señalando con sus dos dedos índices a su pecho, como si yo fuese un desco­nocido queriéndoselo robar) jus­to cuando des­car­ga­ba sobre mi cara una abrup­ta cache­tada, había hecho mal un cambio y el auto corcoveó.

             Repetí la acción con mis ojos un instante más prolon­ga­do, pero ésta vez sacudí la cabeza para alejar los recuerdos de mi visión pensando el motivo de tantas remembranzas, sin res­puestas los abrí.

             Que irónicas pueden ser las circunstancias, cuán imbéciles pueden ser las razones: imágenes y más imágenes, recuerdos y más recuerdos: mi primer trabajo, mi viaje a Europa, cuando me corté la mano con una botella en la secundaria, una novia que me hizo sufrir en mi juventud, cuando me recibí, el rostro de amigos de la adolescencia, una fiesta de cum­ple­años en la cual me embriagué y me arrojaron de patadas a la calle, mi primer auto, una escultura dionisiaca de Dubbatti, el nacimiento de mis hijos, la muerte de mi amor, la despedida con mi padre aquel día macabro cuando me fui de mi casa... ... ¿por qué debió ser así?, ¿por qué esperar ese día para dejar escapar del averno de su alma todo el amor que me profería en esas lastimeras lágrimas víctimas de su indolente corazón?, las cuales lo desgarraban y me destruían pensando ¿por qué había pasado tanto tiempo entre nosotros y nunca las había demostrado en su total plenitud?, ¿por que esperar a mi desaparición para demostrar su amor? ¿Por que?, ¿por que el ser humano es tan inútil de no saber aprovechar las oportunidades que tiene?, ¿por que esperar a perder lo amado para recién allí dejar al fuego de la pasión devorar el interior afiebrado de dolor?, dejando inermes piras desgarradoras, incinerando las fibras más intimas de nuestro ser.

             Y entonces vi la temida imagen: su muerte. Sus ojos verdes mirándome inexpre­si­vos tras las tinie­blas de su falle­cimiento, su clara y transparente mirada, seña­les puras de su vida interior, la cual nunca alcan­cé a compren­der. Cómo lo amaba, me parece imposible sincerarme así, pero es verdad, le profería un amor descomunal, si parece ayer cuando me abrazaba, cuando discutíamos, cuando sin que­rerlo nos condenábamos a estar lejos el uno del otro por nuestras formas de pensar, por la fatal incomprensión a la que dos personas pueden condenarse a pesar de proferirse un cariño abrazador. Y sus manos cansadas y arruga­das trataban de abrir­se paso en la vida quien lo condenó a una cárcel cruel y furio­sa: La de no compren­der una verdad distinta a la enseñada por su vida. Cuánto hubiese querido aprender de él, pero nunca lo dejó, nunca lo permitió, se escapaba de mí como si viese en mis palabras el peor acto de herejía posible de concebir. Y así me condenaba con abruptos exilios de los terrenos de mi hogar.

             Y volví a ver el cuerpo de mi dulce amor, de mi único amor, descendiendo a su lecho final en aquel lluvioso domingo de junio. Mi amor, mi dulce estrella que en la lejanía alumbrarás otros cielos, otras vidas, me resigno a creer terminada tu hermosa existencia en una tumba.

             Y el día fatal volvió a mis ojos, cuando una fuerza extraña me hizo conocer el futuro de mi vida y me enfrentó a mi más funesto terror: sobreviviría a todas las muertes, vería morir uno a uno a todos mis seres queridos y seguiría vivo quedándome completamente solo en las tierras de mi niñez, sería un hombre muy enfermo, repleto de dolores acosando mi espíritu hasta hacerlo desfallecer de impotencia, ¡y seguiría vivo!. Mi interior sería un desierto desolado donde transitaría taciturno y cabizbajo mi existencia y al fin moriría solo en un paraje alejado.

             Mi entendimiento se paralizó e intenté borrar aquella confesión hecha por mi corazón hasta hoy, cuando veo mi vida como una gran película de 87 años y debo confesármelo, aquella visión de mis 21 no se equivocó en lo más mínimo y todas las personas que desfilaron por mi vida debieron enfrentarse con mi carácter atormentado y cruel, por que esa visión no era la única, y nunca tuve una equivocada, ¡nunca!, y al saberlas debía pregonar sus contenidos sin importarme a quién hiriese.

             Recuerdo cuán penoso les resultaba entenderme, lo arduo que se me hacía dejarlos acercarse a mi, mi carácter tan variable y mi abúlica personalidad fabricaban océanos de hielo imposibles de transitar. Y hoy, cuando estoy tan viejo y solo, no saben cuánto los extraño. Pero la vida se vive una sola vez y me es imposible corregir los errores cometidos, y solo espero poder enmendarlos.

             En medio de estas remembranzas, empecé a sentir como una fuerte corriente interna revolucionaba todos mis sentidos y me eleva­ba depositándome por momentos en la tierra, para volver a recorrer las cenizas de los recuerdos. Y me levantaron sobre una extensa muralla tras la cual todo volvía a comenzar, pero no como espectador, estaba allí, lo juro, estuve, y volví a practicar las mismas sensaciones como cuando sucedieron. Y de pronto todo se oscurecía y otra escena aparecía repitiéndose sucesivas veces.

             Y de pronto volví al lugar de donde había partido. Me paré decidido (intentando no recordar más) justo detrás de un arbus­to cuya magnitud tapaba por completo mi cuerpo, mi respira­ción se agitaba violentamente. Empecé­ a cami­nar nervioso hacia la luz. El miedo, la alegría, la sor­presa, la ignorancia me hacían vaci­lar, pero en mí solo estaba el deseo de tocarla. Una explosión inundó de chispas pardo blan­cuz­cas la noche y el lugar, salpicando las frondosas arbole­das, los pastos humede­cidos por el rocío primaveral, hasta el lago recibió las pequeñísimas estrellas despedidas por la masa sin formas. Dura­ron unos momen­tos y luego se apagaron rápidas, como si alguien que ha venido a comuni­carnos­ una noticia importante y vital, nos la dijera para des­pués huir hacia otro destino para seguir con su tarea comuni­cativa y fugaz.

             Levanté mi cabeza y vi una silueta dibujarse entre los destellos, retrocedí aterrado hasta mi antigua posición. Cuando volví a contemplarla lo comprendí todo y me sentí aliviado. Me dirigí entonces hacia ella con paso seguro y firme. Empezó a devorarme con suavidad y benevolencia, podía divisar los cuerpos de quienes me esperaban adentro. Me interné sin despecho ni dolores, me di vuelta para observar por última vez ese paisaje eter­namente conocido y descubrí mi cuerpo tendido sobre el pasti­zal húmedo.

             Una lágrima comen­zó a fugarse de mis ojos y sentí en mis hombros sus manos.

Hosted by www.Geocities.ws

1