La
Colocación
I
Empiezo a escribir estas notas sin saber porqué. Siento como si fuera mi legado a toda la humanidad (legado cruel y efímero), como si quisiera pagar con ello mi culpa, mi horror, mi locura, y poder explicar así mi incrédula posición, como si así pudiera olvidar los recuerdos sellados a fuego en mi memoria.
Todo comenzó la noche
del 5 de febrero de 1831, pero a decir verdad empezó mucho tiempo atrás, en mi
lejana infancia, pero esa sería otra historia que no estoy dispuesto a contar,
sería más trágico aún recordar todo eso como una suerte de artilugio para
explicar mi verdad, mi putrefacta y dionisiaca verdad.
Esa noche conocí a un
hombre llamado Caín, hacía 2 meses que vivía en Corrientes. Vino de Europa en
1829 y vivió en Buenos Aires hasta enamorarse de Marta Estim, a quien conozco
desde hace muchos años. Ella lo conoció en una tienda de antigüedades cuando
vivió en Buenos Aires.
Me lo presentó en su
Residencia y cautivó mi atención ni bien lo vi, también cautivé su atención,
pero por motivos muy diferentes a los míos.
Marta me hizo pasar
al comedor y me dijo --Ya debe de estar por llegar Caín-- y pensé al escuchar
su nombre <<¿Cómo puede llamarse así?>>.
En esos momentos la
puerta se abrió, me paré para saludar y él clavó sus grandes ojos verdes en los
míos y estrechándome la mano dijo --Es un gusto conocerlo Señor Dras--.
--El gusto es mío,
puede llamarme Javier si lo prefiere-- contesté sin poder apartar mi mirada de
su rostro enjuto y trigueño. Sus facciones agudas y fuertes, su nariz egipcia,
sus pómulos hundidos, sus grandes cejas y sus labios finos contrastaban con la
figura flaca. Todo en él reflejaba su espíritu funesto.
--¡Bueno!, Vayamos a
comer, la comida se enfría-- dijo Marta abrazando a Caín, lo empujó con
delicadeza a la mesa servida y fue a dejar su levita en el perchero, cerca de
la chimenea.
Durante la comida no
dejó de sorprenderme con sus historias y vivencias de la India. Estas me
parecen poco importantes en comparación con los sucesos acontecidos después de
esa noche, por ello no las mencionaré con detenimiento. Lo único rescatable de
la charla, que fue el comienzo de todos los increíbles sucesos ocurridos en mi
vida, fue lo siguiente:
--¿Ha oído hablar de
la concentración mental, del viaje astral, de la posibilidad de que su alma
abandone su cuerpo?-- preguntó Caín mirándome fijamente a los ojos denotando
una maldad en su mirar nunca antes conocida por mí, parecía intentar indagar en
mi alma y yo, fascinado, no podía despegar mis ojos de los suyos, como si
esperase de un momento a otro una extraña revelación.
--Escuché, pero nada
en concreto, es un tema del que no se habla mucho en este hemisferio. He oído
por allí que lo asocian a la bujería y la alquimia, hasta creo haber también
leído en algún sitio que lo comparan a sesiones espiritistas-- respondí
inquieto, deseoso por saber a donde apuntaba con dicho cuestionamiento.
--Debería
practicarlo, no sabe los beneficios que brinda, ni se los puede imaginar--.
Y era verdad, jamás
hubiese sido capaz de intuirlo. Caín se ofreció a enseñarme y lo acepté
gustoso, con el placer de tentar lo desconocido, lo oscuro y sombrío, como si
tendiese una trampa perfecta a todas las futilidades de nuestra vida diaria.
La noche del 6 de
febrero lo invité a mi morada. Después de unas copas de vino y de una charla
explicativa sobre la historia de la concentración mental y cómo debía
practicársela me dijo --Está Usted preparado para empezar--, repliqué ansioso
--Sí--.
Extrajo de su pequeña
maleta inciensos y sahumerios de exóticos colores; al encenderlos inundaron el
ambiente de un aroma especial. Se colocó una túnica extraña y me obligó a usar
otra, nos recostamos en los sillones del living y empezamos a respirar
pausadamente, cerramos los ojos y comenzó a hablarme y a emitir sonidos
guturales, y al cabo de un momento me relajé sobremanera. En medio del clima
sumiso y tranquilo, embebido de la fragancia embriagadora de los inciensos me
dijo --Recuerda algún paisaje que transmita paz a tu alma y visualízalo en tu
mente--. Lo hice, luego me ordenó enérgico --sumérjete en él, naufraga en la
oscuridad de tu mente, piérdete en los oscuros huecos de tu inconsciente,
húndete en los mares de oscuridad de tus pensamientos y de tu pasado--.
Desconozco con
certeza lo ocurrido después de eso, sólo recuerdo su voz hablando en un idioma
desconocido hasta perderme dentro de las tinieblas de mi mente, y sin entender
cómo, aparecí en una gran galería oscura y diabólica, iluminada con pequeñas
velas rojas, amenazantes de extinguir su luz de un momento a otro.
Este pasillo poseía a
ambos lados puertas delicadamente torneadas con figuras hechas de sombras
enfermizas y lúgubres, quienes parecían tener vida propia observándome desde su
quietud sombría. Azorado sentí la voz de Caín ordenándome caminar hacia una de
ellas. Temeroso opté por una. --Entra-- pronunció.
Cuando atravesé el
marco todo desapareció y comencé a caer por un espacio desierto de luces,
cerrado de sonidos. Sentía mi corazón explotar, sentía la sangre de mis venas
circular enfervecida. Mi cuerpo caía dando vueltas sin poder mantener una
postura, girando y girando sin cesar. En un momento de inimaginable grandeza vi
mi corazón latir en un ritmo rojizo y constante, perfecto, vi mi sangre fluir
como caudal manso de un inmenso río, que desaparecía en lontananza. Vi mis
órganos funcionar como perfecto mecanismo y luego escapar a mi percepción para
seguir cayendo en el abismal infinito. El temor había desaparecido dejándome un
leve sentimiento de insegura inmunidad.
Sentía fuerzas
salvajes agitarse tumultuosas dentro mío en una sensación extraordinaria, experimenté
un dominio sobre todas las cosas y me veía indefiníblemente magno y colosal,
como si algún titánico poder se hubiese apoderado de mí en esos instantes
consagrándome a la perfección y a la totalidad absoluta.
Con tranquilidad
universal me entregué al espacio con un sentimiento de bienestar absoluto,
hasta volver repentinamente a mi cuerpo en la habitación de la cual partí
momentos antes. Estaba solo y confundido, eran las 7 de la mañana y tenía mucho
sueño. Sumamente cansado me dormí sin comprender porqué desapareció Caín y cual
era el significado de las visiones.
II
Desperté cerca de las
8 de la noche, me parecía inaudito sentirme tan bien. Todos mis dolores y mis
angustias habían cesado, todo en mí funcionaba perfectamente, cada parte de mi
cuerpo trabajaba en perfecta armonía y entonces recordé las palabras de Caín
sobre “Los Beneficios” y sin pensarlo me prometí volver a hacerlo una vez más.
Cuando intentaba
comprender los hechos de la noche anterior no alcanzaba a discernir nada, sólo
recordaba lo escrito líneas arriba, nada más. Existían fuerzas en mi mente
negando la verdad tal cual era por que en esos momentos no estaba dispuesto a
verla. Sin intentar darle más vueltas al asunto me bañé y preparé un café
negro, que apenas alcancé a probar cuando golpearon la puerta de mi casa.
--Vamos a dar un
paseo, Caín está en su carruaje esperando abajo-- dijo Marta tomándome de las
manos y sin dudarlo me puse una vieja capota y salí con ella y su prometido.
Y otra vez la misma
escena de la residencia de Marta, Caín practicó un obsesionado y detenido
interrogatorio sobre mi pasado. Solo un punto me parece importante, aunque en
aquellos días me pareció una ensoñación: a cada detalle proporcionado sus ojos
iban tomando un brillo especialmente descabellado y triunfal, como si hubiese
apostado toda su fortuna a saber mi historial y así ganase mil veces lo
apostado. Y sin más ni más se levantó y nos dijo vamos, llevando a Marta a su
casa nos dirigimos raudos al comercio de Caín a practicar otra “experiencia”.
Esta vez las túnicas
fueron otras, parecían sacadas de algún santuario sagrado, los perfumes
inundaron el ambiente con un vaho dulce y fuerte, el solo olerlos me sedaban.
Me recostó en un diván y al cabo del rito de la respiración y los ejercicios de
relajación tomó mi cabeza con las yemas de sus dedos y con voz firme dijo
--Dejate llevar por mi voz, relájate y pon tu confianza en mí, piensa esto tantas
veces como sea necesario y dime cuando estés listo--. Se lo comuniqué,
autoritario y grave pronunció --Cuando cuente 3 tu mente saldrá de tu cuerpo y
me obedecerá, sólo a mí y a nadie más-- Al llegar al 3 sentí cómo me desprendía
con pesadez de mi cuerpo y empezaba a revolotear con libertad por el techo de
la habitación. No me dolió, es más, tuve una sensación de agrado tan grande que
no intuía el desenlace de todo eso.
Podía ver mi cuerpo
acostado y a Caín hablándole, su voz entraba en mí y me sacudía de un lado a
otro como un caballo desbocado, me puse muy nervioso, un frío temor recorrió
cada molécula de mi ser. Caín se levantó y sacó de un cajón un antiguo libro de
apariencia siniestra, lo puso sobre la mesa y empezó a decir frases en aquel
idioma extraño, tomando mi mano sacó una navaja y cortó las venas de mi brazo
izquierdo para dejar caer mi sangre sobre el libro. Quise gritar pero me fue
imposible, no podía proferir sonido alguno. Caín chilló en su lengua como un
animal herido y cerró con violencia el libro.
Aparecí, sin saber
como, en un bosque desolado y oscuro.
Parado
en la costa de un lago cuyas negras aguas reflejaban el imponente paisaje
observé el lugar, a mí alrededor había ramas podridas y húmedas, restos humanos
esparcidos por todo el piso, víboras y reptiles pasaban sobre mis pies y me
ignoraban. Delante de mí un castillo se levantaba en las tinieblas de la noche
rodeado por árboles secos y pantanos, se podían divisar todo tipo de alimañas
revoloteando a su alrededor. La visión era realmente terrorífica, infundiría el
pánico más desaforado y voraz a quien sea capaz de verlo. Pero solo me causó
placer y bienestar. Un agudo e inexorable sentimiento de felicidad desbordaba
de mí. La noche poseía en ese lugar y en ese momento un extraño brillo excitante
y embriagador, la luna llena iluminaba alzándose imponente sobre un silencioso
y colosal cielo endrino.
En el renegrido
estanque mi silueta no tenía formas, era una gran extensión amorfa e indivisible,
poblada de tenebrosas tinieblas. Me arrodillé, y al tocar las aguas se movieron
esparciendo sus ondas, pero mi reflejo no se mostró con claridad. En torno a mi
silueta todo se veía tal cual lo captaban mis ojos, menos mi figura, absorto en
mi reflejo escuché pasos y la figura de una persona se presentó en la laguna.
Me levanté, giré y lo vi, no podía creerlo, no quería creerlo.
Un hombre vestido de
sombras y de mil formas, en su rostro estaban todos los rostros y a la vez
ninguno, poseía todas las facciones y a la vez carecía de ellas, por momentos
era yo, luego personas conocidas y más tarde otras ignotas. Fascinado por la
metamorfosis de su apariencia sentí la sentenciosa voz de Caín.
--Mira hacia el
castillo-- di la vuelta y lo observé mientras el otro continuaba con voz macabra
y putrea.
--Serás el próximo,
serás el próximo, así está escrito y así será, tendrás poderes inimaginables,
serás el todo y la nada, serás inmortal--. Sobrevino el silencio, el hombre
situado a mi espalda se acercó, intenté darme vuelta pero no pude, advertí sus
fauces en mi cuello y el dolor fue atroz cuando comenzó a succionar mi sangre.
Sus garras me sostenían con fuerza, no podía comprender nada, el miedo no me
dejaba pensar, sólo podía sentir como de a poco iba muriendo.
Dejé de ver el
castillo y regresé bruscamente al comercio. Caín me miraba con sonrisa maliciosa
escrutándome hasta lo más profundo de mi ser. El muy hipócrita desmintió todas
mis alusiones referidas al libro y al castillo, no tenía marcas en mi brazo y
en mi cuello, muy confundido me levanté taciturno y fui a mi casa lo más rápido
posible para encerrarme en mi habitación e intentar pensar en lo ocurrido, pero
de nada me sirvieron los esfuerzos por hacerlo. Quedé dormido ni bien me recosté.
Abrí mis ojos cerca
de medio día, mi cabeza daba vueltas como un desequilibrado trompo demencial.
Me sentía total e ilimitadamente perdido: ¿Cuál era el significado de lo
ocurrido la noche anterior?, ¿Sería cierto lo dicho por Caín?, ¿Había sido
mordido por ese ser?, ¿Qué clase de “próximo” sería?, ¿Dónde estaba escrita esa
profecía?, ¿Quién la había proclamado?, ¿En qué me convertiría?, ¿Cuándo
sucedería?. No tenía respuestas, pero estaba dispuesto a averiguarlas.
Salí de mi
departamento, las dudas apresaban aférrimas mi inteligencia desarticulándola de
todo realismo posible. El cochero conducía el carruaje con velocidad, en su
interior estaba mudo e inquieto sin atinar a pensar en algo. Las imágenes de la
noche anterior cautivaban mi intelecto, el castillo, la excitación de la noche,
la luna llena, todo se presentaba tan claro, tan veraz, quizás no hubiese
dudado ni un minuto en la realidad de aquellos sucesos si no fuera porque al
llegar al comercio de Caín descubrí la inexistencia de tal. Parado delante de
la puerta, desconcertado y perdido, sentí el horror de mi alma, errante en
ruinas abominables y austeras.
Entré en el carruaje
y encendí un cigarrillo. El chofer preguntó --¿Dónde nos dirigimos Señor
Dras?-- y contesté de mala manera --Espere una orden--.
Estuve media hora sin
atinar a hacer nada, me era utópico reflexionar sobre los hechos, todo se
presentaba confuso y austero. Decidido me dije <<Marta tendrá respuestas
para mí>> y ordenándole al chofer la dirección fuimos hasta su casa.
--¡ Javier!, Pasa. Me
acabas de despertar-- dijo con voz ronca y pausada.
--¿No sabes dónde
puedo encontrar a Caín?-- pregunté tímido y temeroso de su respuesta, la cual
segundos antes de darla la supe en toda su magnitud y su amplio significado
para mi existencia a punto de entrar en caos total.
--Que yo sepa en la
Biblia, por que en otro lado no se me ocurre-- contestó confundida, me puse de
pie y fui hasta su asiento, tomé sus manos y la miré a los ojos.
--Caín... tu
prometido... lo has conocido en Buenos Aires... -- sonrió con un dejo de
ternura inocente, apoyó su frente en la mía y susurró --Sabes que el opio te
hace mal. ¿De qué Caín me hablas?. No conozco a nadie con ese nombre--. Recordé
cuando salí de mi departamento: una botella de aguardiente con un vaso cargado
y el cofrecillo de opio abierto sobre la mesa. Intenté evocar lo sucedido antes
de la noche del 5 pero me fue imposible, como si una gran cortina negra me
impidiese ver más allá de esa noche, mis esfuerzos eran vanos e inútiles. Solo
alcancé a rememorar cuando recibí la carta de Sofía diciendo que me vería
pronto. Tratando de poner orden en mi mente me levanté y mi apariencia habrá
sido caótica por que preguntó inquieta --¿Qué te sucede?, te sientes mal, ven,
siéntate aquí--. Me serví un vaso de licor y me senté a su lado.
--Fue todo un sueño,
fue todo... -- no pude continuar, algo me atragantaba y me impedía hablar, fue
el temor de que todo lo sucedido fuese un sueño. Mi anhelo de ser superior a
todo ser viviente se mostraba como daga envenenada clavada en mi corazón. Me
tomé todo el líquido sin pausa y me recosté sobre sus piernas. Ella acarició mi
cabeza y suspiró nerviosa, podía sentir su corazón palpitar, su sangre fluir,
pero dejé de prestar atención a ello y entre cerré mis ojos para dormir, como
escapando a la realidad, como esperando en sueños que todo vuelva a ocurrir.
Acostado en la cama
de 2 plazas de Marta desperté por un extraño ruido. Me senté en la cama y miré
hacia la ventana, pequeños haces de luz se filtraban por sus hendijas, ví una
silueta dibujarse detrás de la persiana cerrada, me acerqué hasta el marco y a
través de las ranuras divisé un hombre alado vestido con un sobretodo negro
suspendido en el aire. En la cama yacía ella dormida, abrí la persiana y el
hombre no estaba. Lo busqué desde el tercer piso de la casa en la cual me
encontraba y lo encontré parado en la azotea del inmueble lindero
contemplándome. Su mirada desprendía pequeños hilos de fuego, tragué saliva y cerré
los ojos.
Al abrirlos seguía
ahí, en la misma postura inmóvil y con su terrible apariencia omnipotente.
Señalándome dijo
--Serás el próximo. Tú serás el próximo. La semilla está dentro de ti, dentro
de poco serás el próximo-- Se largó en caída libre hacía mi y pude ver
claramente sus facciones hartamente conocidas en mis sueños y entonces grité.
Marta se despertó y saltó hacia la ventana, me tomó por la espalda y preguntó
--¿Qué pasa Javier?--. Me di vuelta y descubrí sus ojos de fuego, el terror se
apoderó de mí y ella saltó por la ventana, procuré detenerla pero me fue
imposible.
Temía mirar hacía el
empedrado de la calle, no quería ver su cuerpo destrozado, caí al piso de la
habitación mientras una luz mortecina iluminaba tenuemente los contornos de los
muebles, las sombras parecían que tomarían vida y se moverían obligándome a
saltar. Me tapé el rostro con fuerza acurrucado
en un rincón.
Las sombras estaban
vivas, las sombras se movían hacía mí. Una tomó la forma de un animal y se
recostó sobre mis pies, otra se puso sobre mí encorvando su figura amorfa sobre
mis espaldas, las paredes se doblegaron haciendo reverencia a mi persona, toda
la oscuridad estaba a mis pies como siervo de un gran Señor y sentí dentro mío
un gran alivio.
Escuché la voz de
Marta diciendo --Ven a mí--. Me paré y examiné la vereda, pero no estaba allí,
se encontraba en la misma azotea en la cual estaba ese hombre momentos atrás.
Preso de una extraña fuerza empecé a volar hacía ella. Al mirar para bajo el
espacio desapareció y nos materializamos en un gran edificio de una magna
avenida de una descomunal ciudad inexistente en esas épocas pero comunes en
ésta.
Me tomó la cabeza y
entornando los ojos me besó sagazmente, su lengua se movía frenética dentro de
mi boca, su mano derecha acariciaba mi bragueta. Atónito, preso de un pavor
jamás sentido por mi pero a la vez experimentando el placer más agudo e intenso
de toda mi vida, me mantuve inmóvil. Y en medio de ese ambiente increíblemente
erótico me mordió el labio, me retiré violento hacía atrás y su lengua se
convirtió en una formidable lengua bífida, sus manos se mutaron en garras y me
apresó, su rostro se transformó en el espectro del lago. Volvió a clavar sus
fauces en mi cuello y bebió mi sangre.
--¿Serás el próximo?,
¿Aceptarás?--. Casi imperceptible dije --Sí--, en un extraño movimiento de su
garganta escupió algo en mi boca y cayó como bomba en mi estómago.
Desperté gritando y
tomando mi vientre con fuerza y desesperación, daba giros alocados sobre la
cama. Marta despertó sobresaltada y pudo ver cómo caía al piso y me revolcaba
como si estuviese a punto de morir a raíz de un atroz ataque de epilepsia.
Luego me veo acostado
en su bañera.
El agua estaba
acogedóramente fría, parecía entrar por todos mis poros y enfriar mi alma perturbada.
Cerraba los ojos y recordaba las imágenes tan frescas, tan nítidas, tan reales
y de a poco un gran peso aplastaba mi cuerpo al fondo de la bañera analizando
posibles interpretaciones a todos mis sueños, no entendía sus significados, ni
el sentido que encerraban, y menos imaginar la importancia para mi vida, ¿Cómo
suponerlo? Si estaba tan absorto en la idea, en la aceptación de algo ignorado,
pero de algo estaba seguro en aquellos días: la semilla estaba dentro mío y
despertaría en cualquier momento arrojándome fuera de la realidad, enterrándome
en un oscuro pozo, confinándome a ésta cruel existencia en la cual vivo desde
ese entonces. Y lo que me resulta estúpidamente inhumano hoy cuando lo escribo,
la semilla había despertado devoraba con fiereza mi alma y mi corazón
destruyendo todo vestigio de vida existente en mí.
Marta me miraba confundida
bebiendo de a ratos un poco de agua de su vaso. Sus pensamientos eran parte de
mí, tan sólo debía pensar en ello para ver cuanto pasaba por su mente, me hacía
sentir seguro descubrir las reflexiones de mi acompañante. Ella quería
preguntarme algo pero no se animaba, quería, pero temía la repuesta, pensó
<<El alcohol lo está destruyendo... ¿O será el opio?>>, quise disuadirla
y un movimiento descuidado de mi codo golpeó su brazo y su vaso cayó
destruyéndose por completo, esparciendo por toda la habitación una infinidad de
pequeños fragmentos de vidrio.
Bajé la vista y
descubrí su sangre corriendo hacia el piso.
--¿Estás bien?--
preguntó Marta poniendo una toalla sobre su herida. Procuré decir --Sí-- pero
no pude, todo en mí se estremeció al ver la sangre, y como un chispazo de fuego
mi secreto deseo por la sangre reapareció con brutal violencia una vez más en
mi vida. Todo se tornaba oscuro, todo se sumía en tinieblas, Marta me habló,
pero estaba lejos de ella, ensimismado en el impetuoso deseo de saltar y beber
su sangre. Pero me contuve inexplicablemente.
Después de limpiar
dijo --si quieres te acompaño a tu casa--, respondí afirmativamente, me vestí y
salí del baño.
Ella ordenó al chofer
la dirección mientras mi completo silencio la ponía nerviosa, solía mirarme de
soslayo periódicamente. Entonces me di cuenta de sus ganas de saltar sobre mí y
besarme, ella pensaba <<¿cómo lo puedo hacer?, ¿Qué pensará si lo hago?,
Es tan extraño, tan enigmático, tan misterioso... >>.
Llegamos a mi
domicilio, se acomodó en su asiento y dijo --Si quieres te acompaño hasta arriba--
y comprendí los motivos, algo me decía que le dijera vete, márchate y déjame
solo, pero su sensualidad, el recuerdo del sueño, todo se confabulaba en mi
contra y dije --Quizás pueda hacerte daño y no quiero-- saqué un cigarrillo y
lo encendí con ansiedad.
--Soñé que me mordían
el cuello... un vampiro-- ella pensó <<siempre tan fantástico, es tan
sensual pensarlo de esa manera>> y siendo más sexy aún, mostrándome todo
su cuello al desnudo dijo --Aquí me tienes, soy tuya--. Al mirar su piel sentí
dentro mío un estímulo voraz y animal consumir mi corazón y aferrarse a mi alma
como sanguijuela, el salvajismo subía desde el fondo de mis entrañas como la
enredadera por la pared, incinerando toda mi humanidad a su paso infernal y
desalmado.
Quise abalanzarme
sobre ella y desgarrarla y beber toda su sangre, pero me contuve y salí del
carruaje corriendo, mi juicio estaba totalmente perdido. Los perros me
ladraban, uno me quiso morder (una perra estúpida del dueño de la mansión donde
habitaba), me saltó encima y tomándole del cuello con una agilidad imposible de
realizar por algún ser vivo le gruñí y ella cayó vencida por mi agresividad y
se marchó lloriqueando.
Entré corriendo a mi
casa y me escondí en mi habitación. Sentía dentro mío un fuego incinerar mis
entrañas, mis facciones cambiaban de manera animal y monstruosa. Escuché la voz
de Marta en mi puerta y salté por la ventana cayendo desde el cuarto piso al
suelo sin siquiera un rasguño, la perra intentó morderme, pero ésta vez la tomé
con firmeza y clavé mis dientes en su cuello y bebí su sangre hasta sacarle la
última gota.
IV
Mi próximo recuerdo
es despertar en mi departamento a las 9 de la noche del día 8 de febrero.
Me dirigí al baño y
me lavé la cara y vi sobre mi camisa la abrupta mancha de sangre teñir todo mi
pecho, asustado retrocedí hasta toparme con la pared y caer rendido al piso sin
siquiera atinar a pensar algo. Los minutos posteriores fueron quizá los más
largos de toda mi existencia, poco a poco la gran muralla de confusión, el caos
y el desorden mental poseídos por mi discernimiento fue desapareciendo lenta y
pusilánime. Até cabos, relacioné los hechos, los rostros, las palabras, cada
gesto, cada sentimiento. Como dije, el desorden desapareció, los sucesos me
resultaron entonces claros, pero a la vez tan tétricos y macabros, mis
recuerdos erizaban mi piel y cosquilleos incesantes recorrían mi espina
sacudiendo mi cuerpo y mi mente.
La noche del 31 de
diciembre de 1830 pensé hundirme en las aguas del río Paraná, me sentía
abrumado y apesadumbrado, quería morir, lo anhelaba con todas mis fuerzas. La
vida no tenía sentido para mí, mis padres habían muerto y mi esposa Sofía me
había dejado por mi insufrible existir, no soportaba ver cómo destruía mi vida
con el opio y el alcohol mezclados con mis ideas: “La política, la economía, la
ceguera en la que se sumergía el hombre sin atinar a reaccionar mientras se
destruía poco a poco lo esencial de su naturaleza... el surgir del capitalismo
y del imperialismo destruyendo la humanidad, las mentiras en las cuales la
religión hundía al ser humano”. Siempre me encontraba peleando contra todos y
ella soportando la rebeldía innata de mi carácter, hasta agotar sus fuerzas, me
amaba demasiado para verme sufrir y entonces ella sufría más, por su bien se
alejó de mi vida aquella noche del 25 de agosto de 1827. Recuerdo sus pasos
alejarse lentos por la calzada, un carruaje pasaba por la esquina de mi casa
destruyendo el plomizo silencio con el retumbar de las herraduras. Le grité, le
rogué, solo escuché sus sollozos y sus lágrimas cayendo estentóreas como
pesadas rocas al empedrado, mezcladas con el zumbar del viento invernal helando
la sangre hasta congelarla.
Fui a la ribera y
quedé mirando absorto el color oscuro del río, su embriagante negrura me
llamaba desesperada. Empecé a sumergirme en las aguas tibias hasta no hacer
pie, sentía la corriente dominar mi cuerpo pero mis fuerzas la resistían,
cuando estaba a punto de desfallecer sentí el sonido inconfundible de una canoa
moviéndose por las aguas agitadas y empecé a batir mis brazos, su único
tripulante me vio y me subió.
--Parece no ser hora
para nadar Mi Señor-- dijo con una mueca de ironía asqueante, intenté mirarlo
pero la oscuridad no me dejaba divisar sus rasgos, sólo vi su mirada desafiante
sumergida entre sus largos y renegridos cabellos sacudidos por el viento.
--No toda lo que se
ve es lo que parece-- contesté seco y estoico sabiendo lo burdo y común de mi
respuesta mientras daba bocanadas desesperadas de oxígeno a mis pulmones a
punto de estallar, pero el hombre prosiguió con tono de voz cansado y pesado.
--Hay veces en que
deseamos cosas equivocadas, y justo en el momento en que las conseguimos nos
damos cuenta de lo errado de nuestros deseos-- y meneó la cabeza
desaprobándome, pensé <<quién se cree para decirme estas cosas>>,
estaba confundido por sus palabras, y él, pareciendo adivinar mis reflexiones exclamó
seguro.
--No es tan
complicado lo que acabo de decir. Acuérdese, no es bueno desear cosas imprudentes
por que pueden concedérseles, uno nunca sabe las cosas que pueden pasar, y
menos imaginar las cosas existentes fuera de la realidad que uno puede
percibir--.
<<No es un pescador, no puede hablar
así, es imposible>> en medio de estas reflexiones dijo --Ha llegado su
hora, su esperada y deseada hora, usted no comprendería, es muy difícil de
entender-- lo interrumpí y dije altivo e impertérrito --¿Quién es usted?, No es
un pescador, ¿por qué anda como tal si no lo es?, ¿Quién es usted?--.
Detuvo el bote en la
orilla y exclamó --Sabía que usted vendría, hace mucho tiempo lo estoy
esperando. Por fin nos hemos encontrado-- sin entender el significado de sus
palabras me bajé del bote inquieto y nervioso.
--¿A que se refiere?,
No lo conozco, nunca lo he visto en mi vida, ¿quién es?, ¿Qué quiere de mí?--
el hombre me examinó detenidamente con una mirada profunda y declaró --Quieres
ser como nosotros, ya que no soy el único, lo sé muy bien, lo sé desde el
momento en que tu fervor empezó a devorar tu inteligencia, te he visto soñar
con ello, te he visto hablar de ello, te he sentido suspirar por ello, no lo
niegues ahora. Recuérdalo, no podrás negar tu verdad ante mí, nunca podrás hacerlo--.
Me retiré hacia atrás
y tropezando en la arena caí de bruces, atónito pregunté --¿De qué me habla,
quién es usted, qué quiere de mí?-- y era cierto, me conocía, sabía todo de mí,
al ver su rostro en la claridad cuando bajó de la canoa lo reconocí. Tantas
veces había estado en mis sueños, tantas veces lo había visto, me parecía
imposible apreciarlo en realidad, en medio de estos pensamientos me dijo --No
pienses que es un sueño, por que no lo es, y no lo niegues con tus palabras por
que leo tus pensamientos--.
Me levanté y lo miré
por largo rato a los ojos intentando adivinar sus intenciones, se acercó hasta
mí y tomándome por los hombros dijo --No trates de conocer mis pensamientos,
cuando seas como yo lo podrás hacer, pero ahora no. Tomará su tiempo, mañana
creerás que fue todo un sueño, pero un día todo cambiará para tí, todo-- sin
darme tiempo para asimilar sus fugaces palabras preguntó --¿Aceptarás ser como
nosotros, quieres la vida eterna?-- y contesté por primera vez --Sí--.
Me tomó con ambas
manos del cuello y me desvanecí para despertar el 1 de enero de 1831 en mi
habitación.
Recordé todo, y en
esos momentos mi juventud se presentaba como tenebrosa tormenta que jamás
terminaría, una tormenta asediada por despiadados rayos y lluvias continuas
inundando mi alma, convirtiéndola en un abominable otoño lleno de tumbas
sangrientas.
En ese momento me vi
con 18 años escabulléndome al campo para beber la sangre de las vacas
carneadas, me vi mordiendo el cuello de antiguas mujeres. La idea me enfermaba,
quería ser esa clase de seres, quería ser inmortal y poseer su poder. Con
cuánta avidez leí todo acerca de ellos, con cuánta satisfacción me enfrascaba
en novelas sobre ellos. Realicé una investigación cuando tenía 22 años, pero
nunca encontré ningún indicio veraz sobre su existencia, y llegué a pensarlo
como historias fantásticas. Al fin, cuando conocí a Sofía, todas esas sombrías
ambiciones se esfumaron de mi mente.
Pero nunca dejé de
desearlo con fervor, me excitaba el poder poseído por estas criaturas, su
capacidad de dominar a la gente y por sobre todas las cosas, la muerte de todo
sentimiento (creo que fue eso lo que realmente me atrajo a ésta idea). Y el
recuerdo del dolor y la felicidad, imposibilitados de sentir, pero con una
inteligencia capaz de recordar la emotividad y anhelarla para luego confinarse
a las tinieblas y a la oscuridad, hundidos en un infierno sangriento y
desposeídos de toda clase de Dios, únicos y con el poder de sobrevivir a todos
y a todo. Y en esos momentos era como concederme la libertad al castigo de mi
destino: El ser un hombre melancólico y doblegado por la existencia, asediado
por intensos sentimientos y maltratado por una mente capaz de sufrir por
aquellas cosas a las cuales nadie prestaría sentido alguno, y perdido en una
cruel y abrumadora soledad. Les puede resultar irrisorio, hasta enfermo, pero
¿quién no querría tener el poder de estas criaturas, quién negaría el deseo de
vivir para siempre en una eterna juventud?, ¿Quién negaría en mi situación la
oportunidad de eliminar todo sentimiento?. ¿Alguien sería capaz de negar la
voluptuosa y abominable idea?, Quien lo negase sin saber la gran magnitud de su
verdad sería un hipócrita.
Dos veces acepté, 2
veces confiné mi vida, 2 veces deseé el poder, y ahora lo poseía. La semilla se
ramificaba rápida devorando a su paso todo vestigio de vida humana.
Volviendo a mi
historia: como si fuese decisivo para mi existencia decidí cometer todos los pecados
posibles de cometer, desafiante de todo, nada era capaz de destruirme. Y sólo
después de haberlos cometido me pregunto: ¿Es posible aniquilar el
remordimiento que devora mi vida como un gusano a la carroña?. Es imposible
olvidarlo, es imposible esquivarle, y él, gozoso, me observa y se ríe con carcajadas
soeces y banales.
Y desde ese día me
entregué vencido y despojado de mí unión a la vida, como una débil hoja
arrancada de su árbol por el viento otoñal. Condenado a un camino perverso en
la oscuridad de un eterno naufragio, como una insensible obra de arte expuesta
en un museo de alguna ciudad del mundo, donde verá pasar miles de hombres pero
nunca nadie podrá descubrir, o al menos intuir, el torrente de pasiones muertas
agitándose como señal, como una débil y perpetua marca... condena brutal y efímera.
Salí a caminar rumbo
a la casa de Sofía, sentía a mi alma practicar un ensimismamiento total,
alejándome de la realidad y depositándome en sitios jamás imaginados por los
mortales e imposibles de comprender. Me detenía esporádicamente a escuchar
voces a miles de kilómetros, risas, sollozos, mágicos sonidos lejanos, era
capaz de sentir el llanto de una persona o su respiración, podía ver cuanto le
sucedía a todos los seres y adivinar sus intenciones, aunque no los conociese,
podía percibir cómo los hombres se morían y escuchar cómo uno a uno cerraban
sus féretros y llenaban de tierra sus fosas. Si miraba las sombras ellas hacían
reverencia a mí paso, si contemplaba una flor, ésta escondía su belleza, si cerraba
los ojos veía lo que veían otros. Todo el universo confluía en mí y yo confluía
en el universo.
Llegué a su casa
pensando <<¿cómo estará, qué sentirá, qué pensamientos ocuparán su atención
después de estos años?>>, mi nerviosismo me impedía hacer uso de mi
capacidad. Esperé más o menos unos 5 minutos, los que me parecieron siglos.
<<Quizá quiera
volver conmigo, se dio cuenta que no puede dejar de amarme, que no puede
olvidarme, que soy el amor encarnado en su piel y sin mí no pude vivir... o tal
vez sólo quiere saber cómo estoy y como me fue. !Que dolor me causa todo esto,
que angustia me produce el pensar en verla y no poder besarla ni acariciarla
como antes¡, ¿por qué todo tiene que ser así?, si ella no me hubiese dejado
nada de todo esto hubiese pasado, seguiríamos juntos y jamás hubiese ido al río
aquella noche... si no me hubiese dejado... >> la puerta se abrió e interrumpió
mis pensamientos. La vi deslumbrante y hermosa como siempre, tal cual la guardo
en mi memoria. Ella bajó la cabeza al ver mis ojos mirarla fijamente y con
suavidad y dulzura dijo --Hola--.
--¿Cómo estás?--
pregunté tímido, temeroso de escuchar en cualquier momento el motivo de su cita
y quedase al descubierto la realidad.
--Pasa, tomemos un
té, ya está preparado-- me tomó del brazo con una sonrisa celestial y me
condujo a la sala donde mantuvimos una charla frívola y banal por incontables
minutos absurdos. Cuando no aguanté más la estúpida situación dije con el tilde
de voz ahogado por la presión de mi espíritu --Te amo, nunca dejé de hacerlo,
te necesito, ¡por favor!, Quédate conmigo y nunca más vuelvas a dejarme-- ella
me miró y sus ojos dejaron entrever un gran dolor, mi corazón estaba a punto de
estallar con solo imaginar de sus labios un rotundo y feroz NO.
--Yo también te amo,
y por eso he regresado, he venido a buscarte para marcharnos al campo, allí
estaremos mejor que aquí-- se levantó en silencio y fue hasta el ventanal y
continuó --me es difícil olvidarte, por no decir imposible-- sonrió tierna
--soy demasiada orgullosa para decir que me equivoqué y que me perdones, por
favor, todo el dolor que te causé quisiera repararlo y tratar de reconstruir
juntos la felicidad que perdimos por mi culpa-- en ese momento no aguanté más,
salté del sillón y la abracé con mucha fuerza y nos besamos con pasión
desmedida, mordí tierno sus carnosos labios rojos y deslicé mi labios por su
cuello, al ver la luna reflejada en el ventanal abrí mi boca y un momento antes
de clavar mis fauces en su cuello me retiré violentamente. Me tomé del estómago
y caí de rodillas al piso, asustada se agachó y me ayudó a incorporarme.
La semilla creció y
se ramificó con bestial intensidad, era evidente, esa noche poseía todo mi
cuerpo menos mi mente y mi corazón, comencé a llorar como un niño, ella me tomó
en su regazo y me meció mientras su mente era embestida por un sin fin de dudas
<<¿qué le pasará?, Solo sé que lo ayudaría a enfrentar cualquier cosa
porque lo amo, si él me creyera, pero me es tan difícil decirlo y sé que sería
más difícil aún creerlo después de lo que pasó entre nosotros>> y mi
llanto se convirtió en tormenta, no podía parar de llorar, me era imposible
contener mí amargura. Cuan cruel había sido todo, ella regresaba y yo debía
marcharme hacia frías y desoladas estepas para nunca volver a su lado, cuan
cruel...
Y la noche crecía
dentro de mí y su luna glorificaba la tristeza irreparable, dejando sus rastros
renegridos y enfermizos en mi angustiada vida. Sus manos podrían buscarme en
vano por mil siglos y sólo hallarían mil signos inexistentes y confusos.
Mis últimos
sentimientos eran enterrados con vida en una amohosada fosa, sus gritos provenían
del fondo del abismo en el cual los había abandonado, escuchaba la tierra
golpear su ataúd y desde él, solo sus bramidos desaforados. --No me dejes
morir, no me abandones en este averno--, sus ecos rechinaban en mi sien hasta
enloquecer.
Me aparté de ella y
fui hasta la ventana, contemplé el cielo, en el reflejo de mi imagen proyectada
en el cristal distinguí las últimas lágrimas desprendidas en mi vida.
--Mi amor, ¿estás
enfermo?, Cuéntame, todo lo vamos a solucionar juntos, como antes, como siempre
tuvo que haber sido-- sus ojos poseían un brillo tenue y melancólico, como un
vago recuerdo perdido entre los incontables recovecos del alma, quien asoma su
rostro a la superficie y desfigura las facciones como fiel espejo del espíritu.
Cuando me abrazó por
la espalda ya no poseía sentimientos, me era imposible sentir emoción alguna,
la tomé de los brazos y bajándoselos sentencié --No intentes redescubrir mi
corazón, tus búsquedas serán vanas por que lo han devorado las fieras, y será a
partir de hoy una ciudad aislada y perdida donde vivirán y se matarán los
salvajes. Mi alma se ha convertido en una pira que arde mi interior, mientras
sus cenizas se esparcen entre el cielo y el infierno, desapareciendo para
siempre-- ella me abrazó con fuerza y al ver su cuello desnudo respondí a mis
nuevos instintos y bebí de toda su sangre, sosteniendo al fin su lánguido
cuerpo en mis brazos, su blanca piel ensangrentada, sus perdidos ojos, los
cuales jamás volvería a ver. Y salí de su casa corriendo enloquecido. En mi
carrera veía su rostro enmarcado en una aureola de fuego diciendo --Te amo--,
sus manos tocaban mis mejillas. Las noches de invierno junto al fuego, las
veladas alrededor de una mesa iluminada con velas.
Perdí el control de
mi mente olvidando los 4 días siguientes. Solo me veo cayendo por colinas
verdes a abismos oscuros, volar sobre los techos, beber la sangre de animales,
mujeres, hombres y niños, mis manos me tomaban del cuello ahorcándome y mi boca
las mordía, veo una espada cortando mi cabeza y ésta rodar por el pastizal para
luego juntarse nuevamente con mi cuerpo. Mis piernas se quebraban y daba mi
cabeza contra las paredes y desmayaba, caía una y otra vez sobre precipicios y
volvía a volar, todo en una vorágine bestial.
El próximo hecho
claro en mi memoria es la iglesia Jesús de Nazareno, estaba tirado en el portal
rendido por el cansancio mientras empezaba a desatarse una tormenta torrencial
iluminando el cielo con estridentes relámpagos. Empapado en el umbral del
templo pude sentir cómo renacía por completo en el destierro de la humanidad,
en las negras profundidades de un abismo macabro y silencioso. Me incorporé y
observé con detenimiento la majestuosidad de la iglesia, su color oscuro, sus
pórticos de cedro tallados, sus esmerilados vidrios dejaban ver la figura del
Cristo en la cruz y los fieles a sus pies.
En lugar de mi alma
existía una sima negra y lóbrega, donde podía sumergirme y ver desde sus
intensidades todo cuanto podría ser visto en el universo. En el lugar de mi
inteligencia había una especie de oscuridad cegadora y silenciosa donde
navegaban libres los conocimientos y sentimientos de todos los seres humanos, y
desde allí podía saltar hacia cualquiera y navegar juntos por un sin fin de
inmensidades intransitados aún por los hombres. En medio del descubrimiento de
mi persona sentí su voz.
<<Me parece que
no es un buen lugar para un ser como tú. Aunque de hecho nada de lo que
contiene ésta "Fe" te haría daño, en fin, ninguna fe daño alguno te
causaría. Solo te basta concentrarte para saber todos los secretos de este
universo y verificar mis palabras>>.
<<Es mentira,
todo es una mentira>> reflexioné abatido al absorber el conocimiento.
<<Nada,
escúchalo bien, ¡NADA! te hará daño jamás Javier Dras>>.
<<¿Qué estoy
haciendo acá, cómo llegué?>> pregunté.
<<Has venido a
pedir perdón por tus pecados>>.
<<Me causas
gracia>>.
<<Esa cruz a tu
izquierda la has traído tu>> miré y allí estaba, partida en 2, me di
vuelta y los vi a los 3 mirándome en silencio: al hombre de la barca, Caín y
Marta.
Una sorda impotencia
inundó mi inteligencia y pensé decidido <<Me voy>>.
<<Vete, la
eternidad es tuya... Pero recuerda, nunca escaparás a tu destino, nunca podrás
burlarlo, jamás... Ni tu ni yo, ni nadie de nosotros podrá encontrar una
salida>>.
Caminé en silencio por
las calles inundadas y embarradas, pensando qué sería de mí desde ese momento,
pero no encontraba un modo de encarar la eternidad. Aún llegaba hasta mí el
pensar de los 3, pero no estaba dispuesto a dejarlos pasar a mi inteligencia
por 1 segundo más de mi existencia. Cerré mi mente a ellos y continué andando.
De nada me servía
saber la cura del cáncer, o saber si existe o no vida en otros universos, o
conocer los secretos engranajes de la naturaleza. Y por estos mismos motivos
tampoco explico cual es nuestro origen, ni cuál nuestro fin último.
A partir de ese día,
el mundo se convirtió en un gran museo de almas muertas y guerras sangrientas,
todo se convirtió en una inmunda y sucia historia interminable. Nada tenía sentido
para mí, nada.
Al mes de esto partí
hacia Europa y recorriendo hasta los confines del mundo no encontré nada. Sólo
amor, odio, guerras, alegría, dolor, vida y muerte. Sentimientos y sensaciones,
nada más. Lejos de la existencia, errante a través de los desiertos del tiempo,
me marché a cumplir con mi destino, huyendo del infinito de la eternidad,
sintiendo en mi piel su horrendo e infernal pabellón, donde se pudre la
insignificante y perenne humanidad.
VI
Hoy veo mi vida como
un formidable abismo de inconmensurable agonía, donde jamás se ilumina por la
alegría o el amor, y solo con la noche sufro con mi impasible corazón. Me
pregunto si los seres humanos sabrán algún día el significado del dolor, el
remordimiento, la culpa, en esas crueles noches donde nos vemos cómplices de
nuestro destino y nos sabemos únicos artífices de nuestro pesar.
Hoy me gustaría
poseer arrugas y un temor profano a una vejez cruenta, quisiera comprender el
horror de verme cada día más decrépito y saber que todo se termina, pero
saberme listo para enfrentar la muerte.
Mi esperanza murió y en su fosa lloro, en cruel tragedia y despiadada espera por un porvenir incierto, pero de seguro repetido y banal. Los cielos son negros, mudos y ciegos, fúnebres carrozas de mi vida mordaz, son mi testigo y mi incierta compañía. Y pude sentir los océanos del sufrimiento agitarse en mis entrañas en débil recuerdo y ser solo un grano de arena en el desierto de la perpetuidad, en el desierto de la existencia eterna. Quisiera dormir y no vivir, ¡Hamlet!, Tan cierto es lo que dices, el pasaje del cual nadie regresa, pero yo sí he regresado, y nunca lo cruzaré. Quisiera morir y ahogar mi impasible e inexistente llanto, y descansar al fin en el abismo de una fosa perdida y húmeda. ¿Alguien puede negar la voluptuosa ignorancia de su oscuridad?.
El cielo cae sobre mí
como derrumbe de aflicción convirtiendo la tierra en un colosal presidio, transformando
mi cuerpo en un amohosado y húmedo calabozo. Soy culpable, estúpido culpable de
mi condena. Soy un cementerio abandonando el que hasta los gusanos detestan,
soy una minúscula partícula de un universo trágico el cual me devora y
abastece. Soy una absurda barca perdida en busca de un vestigio de tierra
inexistente y como estallidos escucho mis sollozos esgrimir su calvario. Soy
una irrisoria melodía, ¿por qué escucho la sinfonía?, ¿Por qué cercena y se
nutre de mi corazón?.
Soy un vampiro de mi
alma y de mi sangre, perdido en noches desoladas de tiempos indelebles, soy un
criminal, un condenado a la vida eterna imposibilitado de vivir. En mi andar se
contempla la noche y las tinieblas, porqué mi furia las invoca y mi presencia
las refleja, soy su daga y su escudo, sus miembros, su víctima.
Hoy, tú me lees,
aprende a sentir la vida, aprende a gozar de ella, nutre tu alma con amor y
alegrías, desfallece ante la puesta del sol, grita por el dolor y sufre por la
pasión y la agonía, la vejez y la muerte.
Si tan solo pudiera
deciros la enjundia de la eternidad para que vosotros me comprendáis, pero
solamente siendo parte de ella uno llega a conocerla tal cual es.
Hoy es el 6 de
marzo de 1995 y decido terminar mis
notas aquí. El mundo se sume en un laberinto fatal e incierto, mientras,
seguiré buscando la liberación a mi existencia perdida, seguiré intentando
encontrar en algún recóndito recoveco de este caótico Universo, a lo que los
mortales han denominado DiOs.