La Espera

 

 

I

             Nicolás Saspes estaba sentado en la playa Arazatí, en el horizonte se podía ver un imponente anochecer manchando de colores violáceos y rojizos al cielo y sus nubes, formando extrañas siluetas Dantescas. Cuando la oscuridad empezó a devorar todo, se levantó violentamente y sin importarle su remera agujerada y sus desgastadas y viejas zapatillas apiladas a su lado, comenzó a correr desesperado hacia la Avenida Costanera. Los guijarros y el asfalto desgarraban las plantas de sus pies hasta hacerle sangrar, pero él no prestaba atención a ello, como si debiera escapar o esconderse de unos perseguidores imaginarios deseosos de matarlo. Cuando miraba hacia atrás, aceleraba aun más su marcha, seguro de verse hostigado por alguien o por algo.

             Su mirada despedía apasionadas llamaradas, los cabellos se metían en sus ojos, observaba desesperado hacia los costados intentando percibir algo, supuestamente escondido, pero al parecer, sus intentos eran frustrados. Su carrera demencial se interrumpió al llegar a su casa, sin secarse la transpiración, la cual ni siquiera notó, se acostó sobre el apolillado colchón enmohecido en humedad y suciedad.

             Mirando pensativo el cielorraso pensó <<Creo que lo mejor sería olvidar todo, no entiendo nada y lo peor de todo es que no se porqué las cosas son como son, o pero aún, cual es el motivo por el cual todo está sucediendo. Me parece que algo dentro mío se rompió hace mucho y recién me doy cuenta, como si el gran cántaro que poseía mi espíritu se hubiese resquebrajado y hubiese dejado caer todo el agua que contenía: mí pobre e inaudita esperanza en algo mejor>>.

             Se sentó en la cama y miró el cuarto. Las paredes de adobe se le antojaban más débiles, las mantas de la entrada y de la única ventana revoloteaban agitadas por el saturado viento caluroso de Enero, la silla de madera regalada por su vecino estaba solitaria y semi destruida, el piso de tierra apisonada, la ropa amontonada en un rincón (sucia y vieja, descolorida y llena de alquitrán), todo le parecía hoy más miserable. El calor insoportable sometía su alma, lo asfixiaba. Y sintió las primeras gotas de la lluvia resonar estertoreas en las chapas de cartón obtenidas en las elecciones pasadas, salió fuera de la sórdida habitación y se empapó de las calientes aguas cayendo sin vida de un cielo cómplice, quien lo veía arrodillado rezando con las manos entrelazadas.

             –Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo– bajó la vista, poco a poco sus rodillas se hundían en el barro, levantó la cabeza y mirando impertérrito dijo –No cederé, seguiré altivo ante mi desgracia, no caeré, podrás hacerme pasar por todo lo que te plazca, pero no me abandonaré en la miseria. Podrás volverme tan pobre como se te ocurra– repitió más fuerte e insolente –pero mi dignidad jamás la perderé, jamás dejaré mi orgullo y mi inteligencia, no lograrás rebajarme a la miseria, no Señor Mío, no lo lograrás–. La promesa parecía contener el sello típico de su personalidad, siempre tan valiente y desafiante, siempre parecía brillar sobre los demás como si solo hubiese nacido para eso: sobresalir de entre los demás seres humanos mediocres y sin gracia. <<Que soberbio destino me has dado... me has abandonado Dios mío, me has abandonado, me has abandonado en la más horrible soledad posible, no me imagino una profundidad mayor de mi desgracia, no puedo imaginarlo>>, pero pese a ello, suspiraba abatido y esperaba, y en su espera, todo.

             –Aunque no entienda porqué me haces esto, porqué me abandonaste en ésta vida vil e infame, no cederé. ¡NO!– Las últimas gotas de la llovizna pasajera se dirigían a bañar otros lugares. Su mirada ajada, triste y pensativa se volvió a elevar y ésta vez con más ímpetu a la vez anterior pronunció –¿Por qué dejaste que me envíen a los más caros colegios de este país?, ¿por qué dejaste que me gradúe en la más prestigiosa facultad de Londres?, ¿por qué Dios mío?, si tenías deparado para mi este destino perenne, ¿Acaso alguna vez te desobedecí?, ¿por qué Dios mío?, ¿por qué?– su voz se cortó, desahuciado se levantó con lentitud y entró en la única habitación de su hogar. Se sentó en la silla y bebió un poco de agua de una jarra de lata oxidada, sacó una foto amarillenta del viejo baúl regalado por su padre cuando se dirigió a Europa por primera vez.

             Miraba con sumo detenimiento la imagen de su familia y entonces sintió un deseo irrefrenable de sacar “ESA” foto, la de ella, su hermana, y cuando volvió a verla quedó perplejo por su belleza, <<¿acaso conocí una persona más buena y más dulce que ella?, no, nunca>> dolido por su confesión, decidió guardar la foto, y cuando estaba por esconderla (porque eso hacía, esconderla, no se atrevía a mirarla por el dolor de sus recuerdos, por el dolor de su trágica suerte) le pareció ver las manitas moverse y abrió grandes los ojos, y ella cambió con delicadeza de posición la cabeza y lo miró de frente.

             –Me estoy volviendo loco– musitó.

             –Hace cuanto que no hablábamos hermanito– Dijo Katerina con la dulzura característica de su voz.

–Mmm... uch... ooo– titubeó Nicolás espantado.

             –¿Por qué tanta sorpresa?, ¿vos creés que las fotos no tienen vida?, no sabés lo cansada que estoy de estar siempre en la misma posición, me duele el cuello ya, me extraña de vos, una persona tan sensible y culta, ¿en serio no sabías que las fotos tienen vida?–.

–Nnn... ooo– pronunció asombrado.

             –Ay mi amor, mi corazón, siempre tan descuidado. Mirá lo sucio que está mi vestido, podrías cuidar un poco más mi retrato–.

             –Sí– exclamó con más aplomo.

             –Sabés, te extraño mucho, con los que están en el baúl no me gusta hablar, no son como vos– acercándose a los ángulos superiores e inferiores de la foto miró el lugar, meneó la cabeza y amargada continuó –veo que no pudiste soportar mi muerte. Debí saberlo, si apenas superaste la de papá y mamá. ¡Cómo sufriste mi corazón!, eras un manto de lágrimas– examinó tierna el rostro avejentado de su hermano y prosiguió –¿por qué no pudiste salir adelante?, ¿había algo que nunca dijiste?–.

             –Te extraño mucho, te necesito, te amo– interrumpió Nicolás con tono lastimero, causando una profunda tristeza en Katerina. Se empezó a escuchar el alboroto de una jauría, él levantó la cabeza para escuchar mejor y pensó <<seguro es un gato, podría ser un ladrón. No, es un gato>> al bajarla para mirar la foto, vio ésta como cuando la extrajo del baúl. En silencio total.

             Aturdido observaba el retrato. Solo la tristeza infinita de lo perdido puede llegar a encontrar en ellas lo cruel de su existencia, lo fútil de su compromiso con la humanidad: Mostrar un instante fiel del pasado, medio de tortura cuando sabemos imposible y lejano aquellas imágenes, quienes, cuando el alma está en jaque, son una fuente de inagotable remembranza, inflamando la sangre, y luego, un estruendoso retornar a la realidad, cuando dejamos el fabuloso invento de la ciencia y comprendemos: el tiempo se ha ido y solo nos ha dejado un puñado de imágenes y sentimientos fuertemente arraigados en nuestro espíritu.

             Llevó la estampa hasta sus labios y la besó, una lágrima salió pusilánime de sus ojos. Dejó el retrato sobre la decrépita mesa y se paró, tomó una remera del piso, se calzó y salió a caminar.

             Sumergido en sus pensamientos, sin saber hacia donde ir, ni saber si podía ir hacia algún lado, pensó <<¿Por qué Katerina dijo lo que dijo?, ¿Dios la envió a decírmelo?, ¿será verdad que oculto algo?, no lo se y creo que debería saberlo. Ella lo dijo muy convencida, ¿es posible que yo no sepa que es lo que oculto?, será mejor que se lo pregunte cuando la vuelva a ver>>.

             Vagando por los tristes caminos Correntinos llegó hasta la calle Junín alrededor de las 10 de la noche, cuando todos observan la forma de vestir, cuando todos critican las aptitudes del alma al transitar la concurrida peatonal, cuando todos hacen un arte del “mirar la paja en el ojo ajeno” ignorando la propia. Y en su despreocupado andar, un razonamiento atisbó sus neuronas <<Se que espero, se que he esperado, y se que esperaré. Y el temor de vivir sin una espera, de sentir que nada tiene sentido, o peor aun, no esperar ya nada de ésta vida, sería como estar muerto. Pero se que hoy sería feliz si no tuviese nada que esperar, si las costumbres y la educación que me inculcaron mis padres y maestros no me hubiesen preparado para ésta eterna espera, ¡si!, seguro sería feliz. Nos preparan para esperar, ¡si!, es así, no me queda la menor duda>>.

             Sintió la imperiosa necesidad de comunicar su descubrimiento y detuvo a un anciano. <<Indudablemente me comprenderá, sus años serán testigos de mis reflexiones, seguro pensará como yo>> meditó, pero la expresión de ignorancia del anciano se contrastó con su asombro al oír –No es necesario esperar nada de la vida, porqué así seríamos felices– y prosiguió su camino sin prestarle más atención al demente, como pensó cuando logró pasarlo y continuar su andar.

             <<No se dan cuenta, pero debo reconocerlo, no puedo vivir sin esperar, no se puede vivir sin la esperanza de esperar y seguir esperando y cuando una espera concluye buscar urgente una nueva espera para ocupar nuestros sueños e ilusiones. Anhelos, anhelos de todo y para todo>>.

             Deambuló perdido en sus cavilaciones por las calles hasta llegar a un quiosco en la 3 de Abril, extrajo unas monedas de sus bolsillos y compró un caja de Termidor. Se sentó en la vereda a beber, sentía como su apocado ánimo se esfumaba de su interior, como si su voluntad se subió a un barco de ruta incierta, y él, desde el puerto, lo ve zarpar y luego desaparecer en el horizonte, y solo resta de ella el humo del navío entre el cielo negro y el mar, el cual ni siquiera es él mismo, pero le recuerda la distancia entre ellos, distancia a estas alturas, imposible de eliminar.

             <<¿Para que me sirve ser Doctor?, para estar tirado tomando vino>> y comenzó a reírse desaforadamente. Un joven de unos 21 años se acercó hasta Nicolás Saspes, quien dejó de reír para atisbarlo recio.

             –Disculpá que me acerque, estaba solo y... y... solo quiero charlar un poco... este... perdóname un cacho... – pronunció el joven, se bajó la bragueta y orinó en un árbol a la derecha de Nicolás. Este no contestó, viendo el estado de ebriedad del desconocido se levantó y comenzó a caminar sin rumbo. Pero el muchacho no se dio por vencido y llegó hasta su lado.

             –Me llamo Abraham Arkadievich, pero mis amigos me dicen Arka, podés llamar así. ¿Cómo te llamás?–.

             –Nicolás Saspes– contestó seco y sin ganas de seguir la conversación.

             <<¿Que quiere este borracho?, seguro me va a pedir plata... pero que pata puede pedir si soy un miserable pordiosero, mal bañado y mal comido, me quiere joder>>.

             –No pienses que te voy a pedir plata, no quiero eso, solo quiero hablar un poco, no sabés hace cuanto que no hablo con nadie, con nadie– exclamó con la esperanza de poder entablar la conversación.

             Los ojos de Nicolás se entrecerraron examinándolo.

             <<¿Cómo supo lo que estoy pensando?, ¿lee mi mente?, no, no es posible, es imposible... no es pobre... es un pendejo con guita que se cree rebelde y se toma hasta el rocío en muestra de rebeldía. Apostaría un millón a que es judío, si, esa nariz,  sus orejas, su forma de caminar, sus cabellos, la piel, hasta el olor, si, es un Judío, estoy completamente convencido>>.

             –No pensé eso–.

             –No me mientas, se te notó en la cara– sonrió entusiasmado porqué el otro le ofrecía diálogo –¿No conocés la cara de la gente cuando tiene miedo de que se les pida plata?, es cómico, cuidan la plata más que a sus dioses, y te lo digo yo que soy Judío– gesticulaba con sus manos dándole más gravedad a sus palabras.

             –Mirá, no se quien sos ni me interesa, no tengo ganas de hablar con nadie, estoy de muy mal humor, no me molestes y déjame en paz de una buena vez– pronunció severo Nicolás.

             –No quiero molestarte, disculpame– dejó de sonreír y bajó la cabeza entristecido –pero te vi sentado tan melancólico y después empezaste a reírte... y que se yo, me dije que a lo mejor podríamos charlar un rato, pero si no querés, me voy, que se yo, necesitaba hablar con alguien, no tengo a nadie y... y... nada, chau– le dio la espalda y empezó caminar lento. Nicolás pensó <<su rostro no denota la menor intención maliciosa, aunque sea Judío puede llegar a ser buena persona, si, creo que es un buen hombre, es bueno, sí, lo es, y yo soy un estúpido>> se dio vuelta y lo llamó.

             –¡Abraham!– este se dio vuelta con mirada taciturna y Nicolás prosiguió –¿querés tomar este vino conmigo?–.

             –Dale– y se dirigió hasta donde estaba él y comenzaron a andar juntos en silencio.

 

 

II

 

             Llegaron hasta la plazoleta ubicada en 3 de Abril y Maipú y todavía ninguno de los 2 había proferido palabra alguna, Nicolás quería concentrarse, pero la idea de ver en su acompañante un ser enviado por Katerina, o peor aún por Dios, le crispaba los nervios y lo dejaba mudo y absorto en sus pensamientos inconexos y desvariados. Arkadievich solía atisbar de reojo a su acompañante, temía observarlo directamente y romper así la supuesta calma disposición de este.

             Saspes se sentó en un banco de la plaza y cuando quiso beber un poco de vino resultó no haber más, sacó un par de monedas y se dispuso para ir a comprar otra botella, Abraham lo detuvo y se cruzó enfrente. Volvió con una de las botellas más caras de vino, Nicolás se sorprendió.

             –Parece que tenés plata–.

             –Sí, algo. Mis viejos tienen una clínica privada y les va muy bien– contestó con más dominio de su persona que segundos antes de regresar, cuando estando en el quiosco, decidió de súbito marcharse y dejarlo solo, pero sin saber porqué, sus pasos lo trajeron hasta allí, como si ya estuviese escrito: el encuentro debía ser llevado a cabo, como si una fuerza superior había dispuesto las cosas de tal forma para darse ésta reunión y su posterior charla de manera inevitable. Abraham pensaría en este momento durante mucho tiempo en su vida y creerá en él, como un azar más demoniaco que celestial, tanto por su destino como por el de Nicolás.

             El joven no entendía sus pensamientos e impulsos, parte de ellos lo empujaban a alejarse del hombre y por otro lado lo mantenían atado a él de forma inexplicable.

             <<Nunca vi un tipo con tantas arrugas. Es obvio que sufrió muchisimo, que pasó por mil y una para poder estar sentado acá. Parece ido, parece estar viviendo otra realidad, con sus propias reglas y pautas>> pensaba Abraham mientras miraba de soslayo a Nicolás.

             –¿Cuantos años tenés?– preguntó Abraham.

             –Cuarenta y cinco. ¿Y vos?–.

             –Veintitrés–.

             –Sos una criatura... – bebió un trago rápido, se limpió los labios y continuó –¿Estudias?–.

             –Estoy en tercer año de Económicas en Resistencia–.

             –Y seguro te gustan todos esos números, igual que todos los Judíos–.

             –En eso te equivocás, no me gusta, y si lo hago es por darle el gusto a mi viejo, se pondría muy mal si no lo hiciera. En realidad quiero ir a vivir a Israel, este país me lastima–, <<¿por que lo dije?, ¿que me pasa?, que boludo soy... >> pensó Abraham.

             <<Judío de mierda, se llenan de plata y después se la llevan a Israel, Judíos hijos de puta, ya lo decía Hitler “son los enemigos seculares de la nación”>>.

             –¿Y por que te lastima?– preguntó con malicia, Arkadievich lo notó, el dolor empezaba a desfigurar su rostro joven.

             –Vos no sabés lo que es vivir en un país donde te odian– dijo seguro de sus palabras, Nicolás se sonrojó y bajó la cabeza avergonzado. El muchacho continuó entristecido –¿Sabés lo que es vivir una infancia donde todos te dicen que sos una mierda: “UN JUDÍO DE MIERDA”?– fue enfático en las 4 últimas palabras –donde todos te acusan de un asesinato que ni siquiera entendés: me acusaban por ser Judío del asesinato de Jesus. ¿Te das cuenta lo que puede llegar a ser eso?, ¿entendés lo que es ser acosado durante toda la primaria por 35 salvajes que me acusaban de esa idiotez?, ... ..., ¿cómo me lastimaba?, no tenés idea, yo... –.

             –¿No pudiste explicarles que era mentira?, ¿tan inútil eras?– interrumpió Nicolás. Parecía como si una verdad escondida por miles de años era depositaba esa noche sobre la realidad y su dolor causaba en Abraham un reabrir de una enorme herida, para rociarla con sal y dejarla secar al sol.

             –¡No!, tan inútil era explicarles a ellos, solo querían cagarme, me acuerdo sus miradas maliciosas, sus insultos, sus estúpidos comentarios, no se que le enseñaban en la iglesia sobre nuestra religión, pero si le enseñaban algo, estaba mal– hizo una pausa y prosiguió agitando violentamente la botella y salpicando a Nicolás –¿que culpa tenía yo?, ¡Ninguna carajo!, ¡ninguna!, y no entendía porqué me dejaban de lado y me apartaban de todo– bajó la cabeza contristado, la levantó al cielo oscuro y cerrado para continuar –me acuerdo cuando me tocaban el culo y me llamaban travesti porqué decían que me habían cortado el pene, yo les explicaba pero no me entendían, y hasta una vez me quisieron violar. ¡Sí!, no me mires con tanta sorpresa. En séptimo grado me arrinconaron en el baño y me bajaron los pantalones, me estiraron el pito hasta hacerme doler, no podía safarme de los 5 hijos de putas que me sostenían, entonces me dieron vuelta y me bajaron del todo el calzoncillo y empezaron a llamarme nenita y me tocaban el culo y me dijeron que me iban a coger, llegó un maestro y los detuvo... – miró a Nicolás, pero estaba con la vista nublada, tomó aire y concluyó –Nunca más llegaron a ese extremo pero siguieron las burlas... Si no eran las orejas era la nariz y si no la plata, siempre tenían algo con que lastimarme, siempre... –.

             –¿Le dijiste a tus padres que te cambien de escuela?–.

             –No me animaba a decírselo a nadie, es más, sos la primer persona a la cual se lo cuento, y no se porqué lo acabo de hacer, no entiendo, no tengo que tomar más, esto me hace mal– enjugó disimulado unas lágrimas. ¿Por qué se lo había dicho?, ¿qué tenía esa persona de la cual no conocía nada?, sin poder responderse estos interrogantes continuó –¿Vos crees que puedo vivir en un país en donde los medios de comunicación después del atentado a la AMIA sacan “Murieron centenares de inocentes y Judíos”?– dio un énfasis descomunal a la última palabra.

             –¿O qué, los Judíos no son inocentes acaso?, ¿Culpable de que mierda somos?– miró fijamente a Nicolás, y este no pudo responder.

             –Decime Nicolás: ¿de qué mierda somos culpables?, ¿Por que todos nos miran como bichos raros?, ¡somos iguales!, ¿por que la gente dice “tengo un amigo Judío”?... ¿en que nos diferencia de un amigo “no” Judío?. Te juro que llegué a pensar en verdad que nos acusaban del asesinato de Jesus, te lo juro. ¿Por qué si no tanta discriminación, tanta hipocresía?, ¿por qué?, y lo más gracioso es que en los evangelios dice que los Judíos mataron a Jesus. ¿Por qué acusar a toda una raza de la decisión política que tomaron los bastardos rabinos de aquella época?... Jesús era, fue y será Judío. ¿Y sabés por qué acusar a los Judíos, sabés porqué se los persigue? por temor, porqué pueden ser poderosos, porqué pueden llegar al poder con facilidad, y temen que su institución se agrande tanto como la iglesia, y si esto pasa, se les va a complicar un poco a los del vaticano. No vas a negar que el objetivo último de iglesia es conquistar el mundo, igual al de Hitler, pero la diferencia que la publicidad del primero es humanitaria y la del segundo fascista... – se detuvo perdiendo el hilo de sus ideas.

             –Eso ya lo dijo Nietzsche– exclamó con sorpresa Nicolás.

             –¿Y que?, ¿no puedo pensar así acaso?, pero igual, no quiero hablar más sobre eso, me da mucha bronca aceptar que los ideales humanos de Jesus son manipulados de tal forma–.

             –También los ideales de Nietzsche fueron manipulados por los Nazis–.

             Ambos quedaron en silencio tomando vino. Pasaron unos minutos y Arkadievich dijo –En Israel estamos bien aunque haya guerra, es una tierra que no nos desprecia, es tierra donde el Judío es reconocido como tal y no como un tipo extraño y distinto. ¡La puta madre!, me acuerdo de mis amigos, ellos me trataban como a un tipo especial, no por serlo en realidad sino por ser judío, que estúpido fui en creerme especial, ellos me mentían, ¡ah!, y mis novias que no fueron de la colectividad, pero si puedo ver a las amigas preguntándole ¿que se siente besar a un Judío?, ¿es verdad que sabe a chancho?, ¿es verdad que sabe distinto?. ¡Que dolor me causaba!, por Dios, ¡que dolor me causaba, y que angustia me provoca ahora– su voz se cortó.

             –¿Por que no te fuiste antes a tu tierra prometida?–.

             –Porqué mi padre no quiere que me vaya, él dice que ésta es mi tierra, y que acá debo quedarme– Saspes pensó <<Judíos así necesita la república>>.

             –Pero ésta tierra me hace sufrir cada día, y a veces pienso que no aguanto más, pero dentro de poco me voy a ir, sí, voy  a ir trabajar a los Kibutzim. Pero también me da miedo irme de mi casa, estar lejos de mi familia, lejos de todas mis cosas, no se que hacer, hace meses que la indecisión me mata y no se como voy acabar– se detuvo de improviso y otra vez el mutismo se interpuso entre ambos.

             Habrán pasado más de media hora en la misma tesitura, Nicolás analizaba las palabras de su amigo <<Tiene razón, ésta tierra es racista... nunca conocí ningún Judío, en los colegios y universidades a los que fui no entraban, no les prohibían la entrada ahora que lo pienso, pero por algún motivo fantasma los terminaban echando, o si llegaban a entrar, no duraban ni 6 meses. Pobre Abraham, que vida llevó, que difícil se le hizo vivir en este lugar, tan ácido, tan infame e injusto, como si no tuviésemos motivos más importantes para preocuparnos que por si hay o no hay un Judío en alguna parte, que estúpidos somos, negando por completo los ideales de amor de Jesus, que hipócritas fuimos, pero claro, van en contra de los intereses nacionales, pero si son los que más aportan>>.

             Abraham tomó la botella, bebió hasta la última gota y se levantó para ir a comprar más.

 

 

III

             –Contame algo de tu vida– dijo Abraham antes de sentarse mientras le pasaba la botella de Santa Ana, recobrando el ánimo impulsado por el vino.

             –Mi vida fue y será un manojo de sinsabores, un sinfín de matices oscuros y trágicos. No quiero deprimirte contándote mi vida, que no se en realidad si la recuerdo completa– sentenció lento y con pausa, dándole una gravedad fatal a sus palabras.

             –¿Cuantos hermanos eran?–.

             Nicolás presintió que hoy había llegado el día de contar su historia, sin saber porqué ni como, pero fue un sentimiento nacido desde las profundas tinieblas de su corazón al mirar el semblante bonachón y joven de Abraham. Se mantuvo en silencio por unos instantes, y comenzó a hablar.

             –Mi hermana, mi única hermana se llamaba Katerina, una mujer de cabellos castaños y ojos celestes como una fantasía romántica, ¡no sabés el cuerpo que tenía!, parecía un ángel, si, eso parecía, un ángel. Era tan hermosa, tan hermosa– enmudeció de repente y miró las baldosas mugrientas.

             –¿Cuantos años tiene?–.

             –Tendría unos... – las palabras se atragantaron en su boca y empezó a llorar, entre sollozos musitó –¡murió!... ¡murió!–. Gemía por instantes, y por otros lloraba desconsoladamente como un niño. Después de unos minutos cesó y comenzó a hablar, siendo implacable consigo mismo, sin importarle el mal producido por todos esos recuerdos brotando como catarata de aflicción desde su interior atormentado. Abraham se sorprendió, no creía volver a escuchar ni una palabra más referida a ese tema.

             –Mi padre era diplomático y mi madre escribana, ambos trabajaban en el ministerio del exterior, viajaban mucho, yo los recuerdo así, volando constantemente de Europa a América o a Africa, siempre viajando. A mi hermana y a mi nos mandaron a los más costosos y prestigiosos colegios de este país, después hize un Doctorado en la Universidad de Londres, mi hermana... – su voz se entrecortaba a ratos, denotaba un profundo orgullo, sus facciones se iluminaban y parecía por momentos alegre, seguro recordaría para si alguna anécdota divertida o valiosa, la cual no alcanzaba a pronunciar.

             –Mi hermana no quiso estudiar y decidió trabajar en el consulado de Londres para poder estar más cerca. Nos queríamos mucho cuando... – se detuvo, parecía sorprendido por algo, entrecerró sus ojos, un rictus amargo se dibujo en sus labios, tomó aire –... lo más curioso es que nunca tuve novia– bajó la cabeza –era por el temor de que no le gustase y entonces darme cuanta que esa mujer era basura y que si a mi hermana no le gustaba, debía respetarla por el amor que nos proferíamos y nos demostrábamos. Ella tampoco tuvo novio nunca, creo que era por lo mismo, jamás lo hablamos... – se tomó media botella de un saque, la mirada de Abraham se tornó sombría e inquieta, sus manos se refregaban nerviosas. Pensó <<estaban enamorados, y lo peor de todo es que no se daban cuenta, es más, creo que todavía no se da cuenta, ¿o si?>>.

             –Una tarde (creo estar en tercer o cuarto año de la facultad) estabamos con Katerina (así se llamaba mi hermana) caminando por el centro de Londres cuando ella vio un hombre que le gusto mucho, yo me puse muy celoso, después fuimos a un café y este hombre nos siguió prendado por la belleza de Katerina. Se lo dije y ella empezó a mirarlo, ¡como me enojé!, discutimos y molesto me levanté y me fui. Esperé en vano en el departamento que llegase detrás de mi, aguardé por horas pero ella no llegó. A la 10 de la noche apareció risueña y llena de vida. Me buscó por todas las habitaciones hasta dar con el baño, donde estaba tomando una inmersión y empezó a contarme sobre su enamorado, este le invitó al cine y a tomar algo. Me contó cuanto le gustaba ese hombre cuando comenzó a secarme la cabeza y me dijo que saliese, fuimos a mi habitación y nos tiramos en la cama. Ella se sentó en el borde y con dulzura acarició mi cabeza y la abrasé diciéndole que no me gustaba, ella asintió y nos abrazamos y se recostó a mi lado. Ella decidió después de esa noche no vivir más conmigo y se vino a Buenos Aires y me dejo solo– Su mirada estaba totalmente perdida, ensimismado, desconectado de la realidad. Arka lo miraba sombrío, escrutando cada gesto y analizando cada palabra, como si se tratara de un mensaje cifrado, el cual debería descubrir para poder seguir viviendo en paz.

             –El día que debían entregarme el diploma de doctorado mis padres viajaron a Londres, pero nunca llegaron, su avión cayó en el pacífico y no se encontró ningún sobreviviente. Agradecí mil veces a Dios que Katerina no hubiese viajado, ella me lo reprochó, yo solo decía que era preferible la muerte de mis padres a la de ella. De hecho, sufrí mucho después del accidente... – pareció recordar algo, levantó la vista al cielo, sonrió con una mueca de tristeza y continuó –Nunca, pero nunca, mis padres nos prestaron atención, siempre tan ocupados con sus asuntos, siempre rodeados de gente de traje y apurados, muy apurados, siempre apurados y nosotros solos... por eso somos tan pegados con mi hermana, nos queremos tanto, yo fui su padre, su hermano, su compañero, fui todo para ella, y ella fue todo para mi– Abraham entrecerró los ojos <<no me cierra... dijo “por eso somos” en vez de éramos, está confundido. Pobre infeliz, pobre tipo... es inútil corregirlo>>.

             –Pero en realidad nuestros padres nos amaban, pero no, el ambiente en el que se movían les impedía ser como realmente querían ser, me acuerdo cuando era niño mi madre me decía que le gustaría tener una pequeña casa en el campo y vivir allí por el resto de su vida y yo... creo que me gustaban las vacas... a Katerina los conejos... Mmmm... – se interrumpió y sonriendo sacudió las manos aplaudiendo, reanudó su soliloquio –mi padre tenía muchas deudas de juego, tantas que quedamos en la banca rota. Katerina tenía una compañera de trabajo de ésta provincia y le contó lo tranquilo y mi hermana no lo dudó más y nos vinimos para acá. Yo estaba muy enfermo, había caído en un estado depresivo y me internaron en un sanatorio privado de Capital Federal y mi hermana lo dejó todo y fue conmigo a trabajar allá... – empezó a llorar con violencia, Abraham lo sostuvo antes de desplomarse, Nicolás, absorto en sus recuerdos, decía entre suspiros ahogados –¡¡que hijo de puta este destino!! ella nunca me dijo nada, nunca me contó, me enteré después de su muerte– su voz se cortó y permaneció en silencio, solo se podían oír sus sollozos y su respiración entrecortada y agitada. Luego de unos momentos sacó fuerzas del lugar más recóndito de su ser y emprendió nuevamente su relato, como si una enorme tranquilidad le hubiera golpeado el espíritu de manera definitiva para aniquilar de una vez y para siempre los últimos vestigios de vida arrinconados en su interior, en partes olvidadas de su turbado espíritu.

             –Cuando salí del internado vinimos a Corrientes y vivimos en una casa del barrio 1000 viviendas, como yo no podía trabajar ella traía el dinero a casa, como era poco nos mudamos a la casa de una amiga de ella. Es donde vivo ahora, solo como un perro en esa sucia pocilga del barrio Trujillo, lleno de malandras y asesinos, no se como vivo todavía... ... una noche mamá me dijo... – sus ojos habían desaparecido, eran 2 bolas de cristal transparentes y sin vida, se podía escuchar el supurar de su alma luchando con su cuerpo para salir del encierro de su mente asesina, quien a cada paso de su repelente vida lo destruía y lo traicionaba <<está loco, está completamente loco, pobre tipo>> pensó Abraham mientras una mueca de dolor se aferraba a sus facciones, desdibujando en su rostro un conjunto de grises y dolientes sentimientos –... dijo te amo, y me besó la frente y su mirada tan parecida a la de Katerina me daba tanta paz, y ella me miró y me arropó, arropó, me arropó... me gustaba que lo hiciera, ¿sabes?, ella me acariciaba los testículos y la verga, una vez me la chupó y otra vez me obligó a cogerla. Mamá la echó por puta y en su lugar puso a una vieja amargada que ni siquiera me quería masturbar en la bañera como lo hacía la muy puta de Silvita, que puta era esa mujer, como le gustaba la joda, se cogió a media casa y eso que yo tenía solo 14 años y ya me había tumbado, me acuerdo que a Katerina no le gustaba y se ponía celosa por la forma en que me tocaba, ella decía que mi verga era de ella y de nadie más, le molestaba porqué cuando nos íbamos a dormir y ella se pasaba de su cama a la mía y mi excitación era muy débil, hasta había veces en que no quería hacerlo. ¡Por Dios!, como olvidar la primera vez, estabamos tomando un baño juntos, creo tener 12 años cuando ella se sumergió en la bañera y me la besó, me sorprendí, pero ella salió del agua y se rió inocente y dulce y se acomodó al lado mío, sin dejar de acariciarme, entonces entró mi madre y se rió de nosotros, creo que no supo nunca lo de nosotros, pero después que cerró la puerta ella se sumergió de nuevo y... que placer... – Abraham no podía creerlo, no recordaba como la conversación había llegado hasta ese punto, impaciente pero con calma, preguntó –¿Te sentís bien, necesitas algo?–

             –Una noche en que Silvia me estaba cogiendo entró Katerina y excitada empezó a besarla... ... una noche, no recuerdo bien cuando ni como, si, una noche, cuando Katerina y su amiga volvían a casa 7 negros de mierda la robaron y la mataron, hace 10 años, y me quedé solo como un perro y vivo de las limosnas que me dan la gente en la puerta de la Iglesia La Merced que me desprecia por ser tan pobre, en fin, la limosna les hace sentir bien. Hago un bien a la humanidad. Todos esos hijos de puta en sus casas tan cómodos, tan sos... tan solo estoy... tan asqueante... y me costó tan solo 100 mil dólares el depto y después me lo compraron a 50, si serán usureros, unos Judíos de mierda... –

             <<Se volvió loco, el alcohol debe ser, no, se volvió loco, ¿o será el alcohol? debe ser... >> su pensamiento se interrumpió al oír de los labios de Saspes –A vos te envió Katerina, ella no me engaña, si, ella te envió, hoy cuando la vi en la foto me dijo que escondía algo y entonces te envió a vos para sacármelo, pero andá y decile que no oculto nada, estoy limpio y puro como antes, la amo, siempre la amé, nunca dejaré de amarla, andá y decile que espero, espero... que espero... – terminó gritando y saltando sobre el cantero de un árbol de la plazoleta, para caer de espaldas sobre el piso humedecido por el rocío.

             Arkadievich quedó perplejo sin poder hacer nada, Nicolás se levantó, con toda la calma de aquellas personas a las cuales nada les apura ni nada les sorprende ya en la vida, como si todo lo posible de vivir y de sentir ya lo hubiesen probado y desdichados o satisfechos, esperan la muerte, o por lo menos una enajenación mental que los libere del duro trance de seguir viviendo sin un motivo ni una espera, es imposible pensar que esa comedía ridícula de la vida terminará alguna vez para ellos, inmortales, grabados en la memoria de todos aquellos que los conocieron, libres de todos los males o poseedores de todos ellos, con la pura verdad o con la mejor mentira, la cual no dejaría la menor duda a nadie al oírla, los ojos bien abiertos y el alma abatida por las circunstancias de su vida. ¿Que se les podría decir a esas personas?, ¿cómo comunicarse con ellos?, si todas las posibles palabras serían hartamente conocidas, o en el peor de los casos, inútilmente dicho para aquellos oídos experimentados y difíciles de convencer. Son como islas desiertas e incomunicadas, entes inéditos deambulantes por la vida, entes libres de todo, libres, pero en la más funesta cárcel conocida por el ser humano: Su Cuerpo y Su Mente.

             Sobre la avenida se podían ver los primeros rayos del sol asomando lentos y monumentales. Saspes, respirando hondo, exclamó –Se que espero, se que he esperado, y se que esperaré. Y el temor de vivir sin una espera, de sentir que nada tiene sentido o peor aún, no esperar ya nada más de ésta vida, sería como estar muerto. Pero se que hoy sería feliz si no tuviese nada por esperar, si las costumbres y la educación no me hayan preparado para ésta eterna espera, ¡si!, seguro sería feliz– repitió maquinalmente como tantas veces lo había hecho, le parecía toda una oración digna del más puro respeto, toda una plegaria santa. Arkadievich sorprendido asintió, una alegría sin par inundó el alma de Nicolás y pensó <<Otro ser humano piensa como yo, otro más, la lucha no está perdida, algún día todos dejaremos de esperar y seremos felices, creo que es digno de confesarle sobre el paraíso, sobre la verdad y sobre un futuro sin esperas ni desilusiones, si, creo que si>> y comenzó a decir solemne y ceremonioso, como si estuviese recitando una conocida y romántica poesía a la más hermosa de las mujeres.

             –Esperar un mundo de poesías, donde el amor sea el precio por vivir, donde los hombres sean libres y felices, donde el espíritu vague sin cadenas por el universo– se levantó y quedó mirando el colorido cielo sin siquiera percatarse de Arkadievich.

             –Esperar un mundo de poesía donde no exista la palabra guerra ni suicidios, ni asesinatos, mentiras, traición, dolor, sufrimiento, política, dinero, violación, prostitución. Esperar un mundo de poseía, de belleza, donde no sea necesario salvar a nadie porqué nadie correrá peligro, donde no exista el hambre, ni miseria, ni esclavitud. ¡Si!, esperar un mundo de poseía donde no existan religiones, porqué todos estaremos cerca de Dios y no necesitaremos redención, perdón, comunión, porqué todos seremos parte de él. Esperar un mundo de poesía, un mundo feliz– una inconfundible mueca de esperanza se dibujó en su rostro, convirtiendo sus facciones en una viva muestra de dicha desmedida y colosal, ésta reacción alertó a su acompañante, quien se levantó y lo tomó del brazo, Saspes se soltó y lo miró de frente, lo tomó por los hombros y su sonrisa se desvaneció atacada por nuevas reflexiones pronunciadas como duros látigos.

             –Espera irreal si las hay, espera ridícula, estúpida y fatal, infantil, inocente, mentirosa, solo mentiras de mi alma melancólica– y en ella, la desilusión y el fracaso se abismaron como si hubiese tirado una gran piedra en un profundo y temido lago del cual nadie sale con vida.

             –Mi espera fue, es y será, aunque no sepa muy bien cuando empezó, aunque me atormente mi porvenir incierto, aunque se que esperaré por el resto de mi vida y deberé hacerlo, deberé esperar– Y después de decirlo se dio media vuelta y comenzó a caminar sin rumbo, Arkadievich lo siguió por un par de cuadras y al fin le dijo para encontrarse esa misma noche a seguir la charla, antes de decirle adiós lo abrazó con mucha fuerza y puso plata en sus bolsillos sin que se diera cuenta de ello, luego se separaron.

 

 

Epílogo

             Arkadievich quedó pensativo viéndolo alejarse por la avenida 3 de abril, <<el camino incierto de la vida>> pensó melancólico. Lo vio desaparecer tras la espesa arboleda y jamás lo volvió a ver. En vano esperó por horas esa misma noche la llegada de Nicolás, inútilmente se preparó ansioso para el encuentro, y allí estaba, solo y pensativo, sentado en la plazoleta fumando un cigarrillo francés, esperaba mirando a todos lados, reflexivo y aturdido, alerta por si aparecía. Pero nunca vino, y esa noche se dio cuenta lo acertado del discurso sobre la espera. <<Mi espera fue, es, y será seguramente por el resto de mi vida sino dejo de esperar lo que realmente quiero, porqué sino lo busco, jamás podré ser feliz, jamás sentiré la dicha de sentirme en mi lugar y en mi momento, jamás podré en este país>> un mes después se fue a Tel Aviv a trabajar en el Kibutz Mefalsim. <<No tendrá problemas>> pensó su madre al verlo caminar hacia el avión, para comprender que lo había perdido para siempre, ya era un hombre. Y Abraham miró por la ventanilla, la distancia no le dejaba divisar bien las formas, le dolió profundamente la ausencia de su padre, él estaba tan ofendido por la decisión de su hijo, –ni siquiera nos despedimos– murmuró dolido. Y ahora, a minutos de partir para siempre de la Argentina (no pensaba volver nunca más) sentía la necesidad de su presencia, de sus palabras, de sus consejos, sentía su separación como un caro precio por su sueño –Papá– pronunció casi imperceptiblemente cuando avisaron –Ajústense los cinturones de seguridad–.

             Trabajo muy duro y no tuvo problemas con el idioma, se enamoró de una mujer quien vivía a 2 casa de la suya, se casaron a los 2 años y tuvieron 3 hijos.

             Una mañana se levantaron todos y decidieron ir a la ciudad a pasear, Abraham estuvo trabajando hasta muy tarde la noche anterior y quedó durmiendo mientras su familia se iba.

             Horas más tarde se despertó y vio la nota de su mujer:

 

Amor:

 

             Te esperamos en la confitería X a las 7 de la tarde, no faltes.

                         

                                      Te amamos.

                                                                Tu familia.


 

             Debajo de la última línea estaban las firmas de todos diciendo “Te amamos”, hasta la beba, con sus 2 años había firmado, y el recuerdo de sus dulces ojos le hizo sonreír. Mirando tras la ventana el atardecer, se vistió presuroso y sintió dentro de su alma una dicha inusitada jamás sentida antes por él y se dijo mientras se afeitaba –Que feliz soy, gracias Dios mío, gracias por todo lo que me das– y a su memoria vino un hombre hablándole de una espera y de un mundo de poesía. <<Si no lo hubiese conocido jamás hubiera conseguido nada>>, mirando el sol poniéndose lento sobre las arenas del desierto exclamó –Gracias por poner a Nicolás Saspes en mi camino... gracias– y suspirando pensó <<¿Qué será hoy de él?, ¿habrá encontrado su mundo?, solo Dios lo sabe, solo él>> y sin pensar más en ello, se puso la Kipa y fue a tomar un colectivo para ir a la ciudad. Una cuadra antes de llegar escuchó el estallido de una bomba y sintió parársele el corazón. <<Por favor Dios mío, no, por favor, por favor>>. El colectivo se detuvo y bajó corriendo, llegó hasta las ruinas de la confitería X, no podía dar crédito a sus ojos.

             Espero en el indescriptible silencio del presentimiento de lo inevitable, repitiendo en su mente <<un mundo de poesía, sin guerras, ni bombas, ni muertes... >> como si fuera una súplica santa. Una hora después, unas personas de seguridad civil le avisaron que habían encontrado los cuerpos de su familia.

             Mutilados y sin vida.

             Siempre recordó las palabras de Saspes, nunca las pudo olvidar, nunca pudo escapar al ideal de esperar un mundo de poesías. Ni siquiera cuando 3 años después, un árabe le pegó un tiro en la cabeza en las proximidades del lago donde conoció a su mujer y donde pudo ver crecer a sus hijos.

 

*                        *                        *                        *

            

             Nicolás Saspes caminaba naufragando en el océano de sus pensamientos, ensimismado, gesticulando como si practicara una charla con alguien, no sabía hacia donde iba, pero eso no le importaba mucho. Alguien le tomó por la espalda y entonces pareció despertar.

             –¡Dame toda la plata que tengas encima!– inquirió un hombre mirándole y mostrándole una navaja. Nicolás lo observó detenidamente y no comprendió la pregunta, tampoco oponía resistencia alguna a los brazos que fuertemente lo aprisionaban. Desconcertado contestó –Estás esperando plata y no la tengo. No te das cuenta que serías más feliz si no necesitaras esperarla– y calló porqué su interlocutor le dio una fuerte trompada en la boca del estómago, lo dejaron caer sobre el piso de piedras mal acomodadas y embarradas. Rápidamente lo revisaron y tampoco opuso resistencias. Uno de los morenos sacó del bolsillo trasero de Saspes la plata de Arkadievich y luego le pegó una patada en las costillas y en la cabeza. Su boca sangraba, se retorcía como una lombriz, uno de los maleantes lo alzó y otro agarrándole de los pelos le gritó –así que no tenías plata, si sos un puto hijo de puta–.

             Una anciana salió de su vivienda de chapas de zinc y vio la escena, se escondió rápidamente para no ver más, mientras sus rasgos se contracturaban de temor.

             Con las últimas fuerzas pronunció –Deben esperar un mundo de poesía, sin muerte, sin dolor, repleto de amor– y los negros empezaron a reírse aplicándole golpes en todo el cuerpo con mucha fuerza.

             Nicolás sintió su sangre hervir, y desde su interior le arrebasó un fuego descomunal de manera vorágine y animal, e intentó nuevamente soltarse, tomó un palo y mató uno a uno a sus agresores. Aunque intentaron defenderse, nada pudieron hacer contra su violencia sorda.

             Ensangrentado y con el arma en las manos, salió a la Avenida Armenia guiado por el sol.

             –No es necesario esperar... ¿por qué este destino se burla de nosotros?... esperamos... – jadeaba, lloraba, reía, trastabillaba y continuaba -... no es necesario esperar... la mataron y no hicieron nada... Londres es tan fría y...  – desvariaba, no alcanzaba a terminar una frase y gritaba otra idea distinta.

             Cuando llegó a Krujoski un patrullero lo detuvo y sin más, lo encarcelaron acusado del asesinato de 4 pobres, sanos e inocentes hombres de bien. Al igual que si viviese María Soledad, la encarcelarían a ella por haber obligado a los desamparados y cándidos muchachitos a drogarla, emborracharla, romperle el culo, destrozarle la cara y tirarla en un baldío.

             En su celda esperaba, solo eso y nada más, algunas veces en silencio, otras hablando solo, otras vociferando. Una noche empezó a saltar y a romper todas las cosas de su celda gritando enloquecido –seriamos felices si no... – para ser internado en el San Francisco de Asís[1]. Dicen que en su cuarto de aislamiento para locos peligrosos está sentado y jamás rompe su silencio, solamente todo los días, antes de dejarle la comida, pregunta al enfermero si le puede conseguir el teléfono de Abraham Arkadievich o si sabe donde está Katerina.

             Pero en su rostro hay una sonrisa, nadie sabe a ciencia cierta, si en realidad encontró su mundo de poesía, o si de una vez y por fin, pudo dejar de esperar y ser feliz.



[1] Manicomio Estatal de la Provincia de Corrientes

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