Esos extraños días
Esos extraños días llegaron
nuevamente sobre mi vida y sobre las tierras de mis ojos. Regresaron, y parece
como si el tiempo se olvidó de todo, e inmóvil frente a la escena de la cual
somos partícipes, goza mirándonos con una mueca de sarcasmo irrisorio que al
verla, despierta en mí la ira más contenida y profana.
Esos extraños días ya casi
superados (por lo menos lo creía así) en tiempos lejanos a mi memoria, volvieron
por mí, colocando una pequeña y casi imperceptible soga alrededor de mi
cuello, anunciando un final catastrófico y feroz, como todos en los cuales el
corazón pierde parte de su identidad hundiéndose en el sufrimiento.
En estos extraños días todo cambia
de color, las formas comunes son devoradas por espacios deformados e
ininteligibles, conformando un espectáculo deplorable y sombrío. Con sus garras
devastadoras me aniquila, de mi pecho revolotean sollozos en busca de libertad,
gaviotas negras y enfermas sobrevuelan el espacio de mi reducida habitación.
Esa persona por momentos perfecta,
posee el poder de elevarme desde mis infiernos interiores hasta los paraísos
místicos. Esa persona (y creo ver en ella a la única que pueda existir,
reconociendo el fatalismo habitual de estos días, los cuales abren una brecha
insondable entre la realidad y mi espíritu) especialmente preparada para amar
los abismales confines de mi alma perturbada, destruye con su contacto mis ritmos
cardíacos convirtiéndolos en un manojo de latidos estridentes y audiovisuales.
Ella se aleja lenta de mi vida,
aunque hay momentos en los cuales es tan veloz que ni puedo verla, ni oírla, ni
sentirla. Como una sombra perdida en una habitación a oscuras, sabemos que de
un momento a otro desaparecerá para siempre y es imposible encontrarla para
decirle el mensaje más sagrado de toda nuestra existencia.
Parado frente a su presencia,
inmóvil, tieso, traté de entender porqué se destruían nuestros sueños e
ilusiones de amor, intenté descifrar el enigma de sus palabras, las paradojas
de sus acciones, el perturbado dolor dilatando su rostro. Aunque todo esto por
separado era fácil de comprender, en su conjunto y en su conjugación eran muy
difíciles de interpretar. Y cuando lo escribo puedo recordar cuan fácil era
comunicarnos, por instantes creía vernos unidos caminando por este despiadado
bosque, donde la soledad y la separatidad son aguas de beber (aguas ácidas y corrompidas),
tendiendo extraños y largos puentes a través de la oquedad de la vida cotidiana
para seguir sin preocupaciones, sin lamentos, como en un mágico sueño infantil.
En esos extraños días todos los
hechos y sentimientos desaparecían como hojas muertas llevadas por el viento
hacia un turbio río lejos de la humanidad entera. Y justo allí, en sus
profundidades, yacía mi cuerpo, y podía adivinarla mirando desde la ribera
tratando de hacerse comprender con movimientos y gestos inservibles. Y yo lo
mismo hacía, hasta sentir sus lágrimas caer al agua y llegar a mí como tributo
impuesto por nuestro fracaso.
Había veces en los cuales ella
yacía en el fondo del sucio río y la observaba intentando hacerme comprender,
perdiendo el control de mis actitudes y mis acciones. Y así nos perdíamos el
uno al otro. Expulsados del edén por nuestros pecados, por nuestros sueños, por
nuestros ideales, por nuestras vidas sumidas por una idiosincrasia que ni siquiera
alcanzábamos a comprender en su totalidad, pero aun así la obedecíamos, confundiéndola
con instintos encarnados en la inmensidad de nuestro ser más íntimo.
Y en momentos mágicos (¡cómo los
recuerdo hoy!, Cuándo se hallan tan lejos de toda ésta sordidez, ¡cómo recuerdo
cuando ella ponía calma a mis heridas!, ¡Cómo lo recuerdo!, De qué manera
amarga), como si fuera parte de un ensueño milagroso, nos colocábamos suave y
profundamente el uno en el otro y continuábamos viviendo ensimismados con un
único objeto: Ser Felices.
Ella y yo, yo y ella, y en nuestros
labios una sola frase: “Te amo”. Ensuciada de reproches, de insultos y de la
más cruel de las penas: nuestra imposibilidad de comunión. Y así, a cada
segundo, me hundo más y más en el fangoso afluente de mi soledad y ella se
aleja de mí. Como si pusiéramos estacas y vallas entre nuestras almas
obligándonos a salir el uno del otro de manera bestial e inhumana.
En
ese clima desesperado e incrédulo (si lo ven con ojos felices y enamorados) era
imposible no pensar en las diferencias de dos personas, quienes consolidan su
felicidad y su entendimiento en el exacto punto en el cual perciben cuánto se
aman y se necesitan. Pero hasta ese punto es desdibujado cuando el cansancio y
las inseguridades nos atacan como el sol del verano a los campos resecos y olvidados.
Esa era y es mi impresión de esos
extraños días: nuestro amor como una planta reseca, casi sin vida, pero en sus
raíces está la vida, y en esos momentos es difícil escarbar para deslumbrarse
con los secretos de la existencia. Y lo veo olvidado porque solo queda un barroso,
mugriento y penumbroso recuerdo de esos campos en flor. Como una pradera
reseca y abandonada por continuas y constantes guerras, terminando al fin con
su íntegra destrucción. Sólo tierra agrietada y removida, erosionada por los
vientos del tiempo, que demora su llegada haciendo al olvido tan negro.
Y las continuas lluvias otoñales
ayudan a la descabellada idea de terminar para siempre con todo lo planeado,
como un pequeño montón de arena escapándose fugaz de las manos, dejándonos solo
un inservible rastro de su presencia. Y entre relámpagos y estallidos las
lágrimas renacen presas de hastío. Como si el dique de un encabritado y furioso
río, fuese destruido al fin por sus frenéticos arrebatos y cedieran paso a las
aguas como símbolo de su debilidad ante los designios de la naturaleza. La
debilidad del hombre ante la naturaleza del quebranto.
Esos extraños días volvieron con su
desesperación y sus noches de insondable agonía. Dando vueltas y vueltas en una
cama fría y caliente, dando giros y giros alocados a la situación, dejando escapar
aislados gritos ahogados de impotencia. Lobreguez funesta marca el ritmo de la
respiración, que se agita y se acobarda por momentos, de acuerdo a los pensamientos.
Una foto, un almanaque con marcas
para recordar, una poesía de Neruda arrugada y vieja:
|
Puedo
escribir los versos más tristes ésta noche. Pensar
que no la tengo. Sentir que la he perdido. . . Porque
en noches como ésta la tuve entre mis brazos Mi
alma no se contenta con haberla perdido. |
Tal vez el despiadado y doloroso
bosque sólo encubría mi fangoso torrente de orfandad. Ya es tarde y de seguro
deberé regresar a él. Siempre supe dentro mío que algún día volvería a aquellos
sitios de los cuales escapé gracias a ella y a su amor, pero mi alma nunca los
dejó de transitar, nunca. Aquellos espacios donde los sueños no existen, donde
me había colocado de manera única y fatal, seguro me verán regresar, más viejo,
más derrotado y con el trágico sentir de la felicidad perdida incrustado en el
medio de mi corazón. Y allí mi alma volverá a sentir la vileza de los sentimientos
de plástico, de las sonrisas baratas con olor a hotel, de las noches eternas
pensando en el amor perdido. Y ella no estará a mi lado, se habrá ido muy
lejos de mi corazón echando hectáreas de hielo sobre nuestro amor. Esos ríos de
tumultuosos sufrimientos me volverán a sentir en sus cenagosos suelos, me
sentirán solo, sin vida y repleto de alcohol.
Mi alma llevaba esos recuerdos como
un código, hasta que ella puso luz a mis días, puso sonidos a mis mañanas, puso
dulzura a mis hieles, puso en mí el deseo, la esperanza, la ilusión, el amor.
Hoy, tan lejos de todo eso, pero a la vez tan cerca, siento la necesidad de su
amor y de su presencia dentro de mi alma y de mi cuerpo.
Me es imposible no sentir miedo, me
es imposible ignorar mi desesperación, mi mente no me obedece, mi cuerpo se
revela, entre las paredes que limitan mi habitación están herméticos mis sentidos.
Ella debe estar por llegar. Solo
espero su veredicto. Solo eso espero.