los
de la comunovela
¿He
dicho que Moralia es una ciudad?
No hay
manera de corroborarlo
(no existe un método, concreto o imaginario,
para establecer con claridad
lo que es una ciudad).
“En la ciudad de Moralia los que más trabajo
tienen son los rotulistas y los curas. Muy pocos tienen dinero suficiente para
comprar un kilo de costillas o un bulto de cal para
resarcir las paredes de sus casas, y los carniceros y los tlapaleros
deben abrir sus discretos negocios apenas unas seis horas durante todo el
día... Profesores que no cumplen con su escuela, abogados de secano, sablistas
del periodismo y teóricos liberadores del proletariado descansan frente a un
café en las fondas al aire libre del centro. Los boleros recogen su cajón
después de las cinco de la tarde y difícil resulta saber de un fayuquero que no haya ganado más ese día, en unas cuantas
horas, que un médico especialista de consultorio.”
Escribir una
comunovela es como retratar la vida con “alta
fidelidad”. “Hi fi” se
abreviaba el presuntuoso concepto, que por allá por los años cincuenta saludaba
a las nuevas generaciones con su connotación de “no va más”, pero en inglés,
para que se viera la diferencia y se supiera cuánto cosmopolitismo había permeado al fin las membranas de la mexicanidad
recalcitrante, silvestre, campesina y natural.
Luego hubo stereo, surround y
todo lo que ahora dejó de sorprender a los habitantes de la aldea global en que
nos convertimos. Por eso la “alta fidelidad” brilla con luz propia, aunque sea
como de museo. Sorprendía y entusiasmaba, más por su explícita aspiración que
porque la consiguiera realmente. No todos se convencían a la primera, más aún,
hubo quienes jamás se convencieron y le restaron a su vida esa oportunidad de
asombro, trasroscados seguramente por la viscosa rebaba del escepticismo. Pero
igual se impuso y su descendencia tecnológica remasteriza
hoy hasta los registros grabados en cera, en alambritos, con fidelidad extraordinaria
esa sí, que sin embargo ya no tiene nombre, no presume de nada ni sorprende a
nadie.
“Ser moraliano en Moralia representa una enorme ventaja. No sólo porque se es hijo legítimo. No sólo porque da clase. No sólo porque se conocen todas las calles de la ciudad, sus cafés, sus tiendas extrañas, sus antros, la historia de los comercios, quién quebró y por qué, dónde se fue un capital, sino porque se cuenta con el prodigio del grupo. Ciertas miradas, específicos movimientos de cabeza con los que se saludan unos a otros los elegidos, los que nacieron en esta ciudad de piedra, fría y, sin embargo, como para despistar y dar falsas esperanzas, rosada. Tú también eres moraliano.”
Inesperadamente
la ciudad se nos llena de protagonismo y se roba la escena. Los otros
personajes se subyugan a su imperante tónica y la comunovela,
en “hi fi”, se desliza por sus vericuetos; pero es una ciudad
distinta la que contamos, esa que no anda por las calles diurnas ni se agota en
las fachadas. Es una urbe introversa, reservada, que se establece y nos rehace
con sus miradas desde resquicios y rincones aficionados a lo umbrío. Una ciudad
apenas presentida, inédita aún.
“En Moralia
hasta las banderas valen madre... la
bandera monumental, izada por cuarta vez aunque termine desgarrada por el
viento, como la patria, como la moralidad Moraliana
que hace mofa por sí misma de sus metódicas costumbres, sus palacios, sus
símbolos onomásticos de postal, de gacetilla, de distintivo en la solapa, de
rancias crónicas, de creatividad implacable publicitaria, de funcionarios que
intentan atraer turistas: nuestra cantera, patrimonio de la humanidad, y ya en
plena euforia del estatismo histórico: por mi raza hablará la catedral... La
catedral y el acueducto como bacinica perenne de
palomas al vuelo, costumbres folkloristas, torito de petate y baile de viejitos
encorvados”.
Andábamos
por el envés, por la contratapa de la vis moreliana, lucidora, reposada y románticamente
apoyada en sus balcones; jardín y violeta atisbando por sus canceles. Tan
bonita, en realidad, como una carátula de “National Geografic” que usura los espacios interiores, los bajos
fondos, dijéramos, ajenos a la Morelia Rosa, ajenos a todo lo rosa. No lo
sabíamos, al menos no claramente, algunos no nos habíamos visto circulando por
ahí, volviéndonos habituales del penumbrismo y el
aguafuerte morelianos. Andábamos por la cruz y no por la cara de esta ciudad,
mirándola transformada en una perfecta desconocida, arisca, narrándose a sí
misma en el silencio, afinando la voz para contarse en tonos graves, para
retratarse por escrito.
“ Me pides... que escriba sobre Moralia... Yo qué sé... Soy extranjera... Prácticamente
apátrida. Nací y crecí rodeada de historias que la mayor parte del tiempo me
fueron ajenas... a partir de mí, debía gestarse una familia
sin pasado. Sin pueblo ni ascendencia. Solos mi padre, mi madre y yo.
Capitalinos por fin. Exiliados. Chilangos por origen o por arrimados de esa
tierra... Me parece... que como Moralia, tú tampoco
tienes memoria.
Las palabras fueron timbrándose en clave de ciudad-otra,
jugaron a desentrañar, a traer a la luz objetos de uso diario que estaban
arrumbados y, por eso, prácticamente ocultos, impermeables a las miradas
desatentas, afianzados a los engarces de la insensibilidad, sin brillo, sin
relevancia, sin temor de ser descubiertos aún estando a la vista sus
portadores.
“—La gente se complica mucho la existencia...
Unos le mientan la madre al gobierno o a los ricos, otros a los curas o a los
policías o a cualquiera que se les ocurra. El caso es que comienzan a pendejear a diestra y siniestra y todos están mal, menos
ellos... Pero hay algunos que se especializan, que dirigen su rencor, su
inquina, hacia alguien que destaca en algún aspecto y critica todo lo que hace
el otro, simplemente porque lo hace. No sé usté qué
piense, pero yo creo que vivimos en un mundo de locos, aquí, en Moralia...”
La ciudad revela que, como
todas las ciudades, dispone de atuendos para ir de fiesta y lucirse, pero
generalmente se engalana menos, usa atavíos grises para el trajín y la brega;
tiene andrajos lóbregos, sin color preciso ya, para las faenas sórdidas y sabe
de escatologías, sudores, detritus y podredumbres, aunque prefiera olvidarse de
ello, aunque no se haya dicho, no con frecuencia al menos, no con sonoridades “hi fi”.
“ Con cerrar los ojos todo desaparece, hasta las
contradicciones... Las moscas, amodorradas por el calorón
del mediodía, zumban perturbadoras. Los pensamientos se desorganizan.
Convertidos en proyectiles repugnantes, los insectos se atreven a golpear la
cara, a posarse en las manos, a transitar impunemente por el mantel floreado.
La conciencia también acusa el peso de la resolana. El día se ha vuelto
agobiante y hasta la noche... dejó de ser el oasis prometedor que era hasta
hace poco”.
La imagen se levanta,
comparece la ciudad, erguida ante las palabras que la invocan, y es otra, la de
nunca, desprendida del amodorramiento, lejos de su duermevela acostumbrada,
desnuda de gracias y claveles acriollados, con sus negras oquedades mirándonos
de frente. Ciudad espejo e imagen al unísono, en su verdad sin maquillaje, en
su miseria descarnada; pavesa de la zarza aún incandescente, nuestra.
“... ya lo sabe. Y un desasosiego infantil le atenaza el pecho al pensar que no tendrá tiempo suficiente para articular relato en la conciencia tanta certeza súbita, tanta simultánea revelación, tanta respuesta reunida. Los ojos se le llenan de lágrimas... Entrecortada la respiración, anegados los ojos, encharcada la boca por la tibieza dulzona y espesa de algo que se le ha roto ahí dentro... El rostro que... busca, permanece en segundo término, agazapado, impreciso, ausente. Como desde el principio. El principio de esta madrugada, el principio del tiempo... comenzó a saberlo todo aún antes de darse cuenta. Cuando el grito del dolor reclama sitio no queda espacio alguno para el llanto del entendimiento... la sabiduría no dura mucho. Sólo se trata de un instante de transparencia, antes de la infinita sombra y el olvido.”
En Morelia, el 5 de marzo del 2004
CRÉDITOS:
-En orden secuencial las citas de: Juan García Tapia,
(coordinador y coautor) et.al., Pantomima, “nouvelle”
colectiva, Morelia, 2003; corresponden a:
Juan García Tapia, Nektli Rojas, Antonio Monter, Yazmín Aburto, Héctor
Canales, Silvia Mercedes Hernández y Sergio J. Monreal.