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CAPÍTULO UNDÉCIMO: REMINISCENCIA Entre [ ] pensamientos En cursiva cambio de Idioma <<< <<< Escena en Gris (Escena del Pasado)
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Un amplio y largo pasillo de una lujosa mansión. Los brillantes y hermosos tapices colgados de las paredes y la exquisita alfombra persa que cubría toda la longitud del lugar, contrastaban con el frío mármol blanco que recubría el suelo y las paredes y, aún más, contrastaban los impecables asientos de madera barnizada que estaban colocados a los lados de las puertas que podían encontrarse en aquel corredor. La luz del atardecer se filtraba por la enorme vidriera del final de pasillo, bañando todo el lugar de perlados anaranjados.
Una preciosa niña de cinco años caminaba por la alfombra con una sonrisa que irradiaba felicidad. Sus pasos eran cortos y cautelosos, pero decididos al mismo tiempo. Su destino era ver el atardecer desde aquel enorme ventanal, como cada tarde lo hacia sin excusa alguna. Cuando levantó la vista del suelo percibió una figura sentada en uno de aquellos bancos de madera, como una estatua egipcia, y con una amplia sonrisa se acercó.
- Hola – dijo ella con una exquisitez abrumadora frente a la figura. No recibió contestación - ¿Cómo te llamas? – probó de nuevo revoloteando a su alrededor - ¿Se te ha comido la lengua el gato? – Preguntó con inocencia – Qué serio eres… - se aproximó peligrosamente, apoyando sus manos en las rodillas de quién tenía en frente - … ¿No sabes hablar? – torció la cabeza hacia un lado encontrando su mirada. Aquello pareció devolver a la vida a aquella supuesta estatua egipcia…
- Vete – contestó advirtiéndola – Aléjate
… pero tan solo por un segundo. La niña frunció el ceño y los labios. De repente la puerta que quedaba a la izquierda de la figura se abrió. El pequeño cuerpo femenino salió despedido hacia el suelo, por cortesía del empujón recibido por su recién descubierta estatua, cayendo sentada frente a él. Un pequeño grito acompañó a su caída. Un hombre altísimo, con una fisonomía que podría calificarse como rocosa, apareció en el pasillo a través de la puerta. Una sonrisa se formó en sus labios, cuando divisó a la pequeña. Detrás de él, apareció otro hombre.
- Cariño… - dijo el último abriendo los brazos hacia la pequeña, quién gritó un ¡Papi! Lleno de alegría y se acurrucó en los brazos de éste - … ¿Qué haces aquí? – caminó hacia el ventanal, para observar al atardecer, con su pequeña hija.
El otro hombre observó a esa denominada figura egipcia.
- Levántate – agregó distante - ¿No habrás hablado con nadie verdad? - No, señor - Bien – dijo con doble intención - porque desde ahora estás en activo – y comenzó a caminar en dirección opuesta al ventanal.
Sin percatarse de que, su pequeño acompañante, quién le seguía, divisó por última y al mismo tiempo primera vez a aquella pequeña figura femínea, por la cual sabría recibiría su castigo.
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- No puedo creer lo que está sucediendo… - Kuno paseaba frente a la mesa de Nobu. De un lado a otro con un hilo de desesperación en su voz - … ¿no puedes localizar esos malditos números? - Mira Kuno, hago lo que puedo… Es complicado ¿comprendes? - el hombre respondió sosegado, mirándole desde su silla, con los brazos cruzados frente a su pecho - … ya te expliqué que no iba a ser dicho y hecho y sigues insistiendo en que sea así… Te dije que me dieras tiempo y no me lo estás concediendo – el tono de su voz varió, a uno más seco y distante- … agotas mi paciencia. Podría hacer esto solo, sin que tú te metieras en medio. Así que, deja de presionarme. Y si no, adelante con tu último recurso. - Sabía que no podía fiarme del todo de ti… - apoyó ambas manos sobre la mesa, encarando a su interlocutor, que lucía una mirada diferente, agresiva - … Yo muevo mis contactos, muevo a mi gente y lo único que consigo de ti es que no cumplas con los plazos… - ¿Crees que yo no muevo a los míos Kuno? – se levantó, despacio… fiero - … ¿Crees que podrías hacer algo sin mis contactos? ¿Crees que podrías conseguir los números de las cuentas sin MI AYUDA? - Hubiera conseguido otra forma de tenerlos en mi poder… - Observó como Nobu no respondía como siempre lo hacía, por mucho que él dijera. Así que, decidió replegar las alas y esconder la cabeza. Podía perder a una de sus dos piezas claves - … pero me asocié contigo por que eres el mejor… - Entonces, dame tiempo. – volvió a sentarse. Transcurrieron unos segundos de silencio. - De todos modos… - Kuno se sentó también en la silla, observando la reacción del hombre que tenía frente a sí ante el comentario que iba a realizar - … comenzaré los preparativos para mi último recurso… - Estoy de acuerdo… - silencio de nuevo. – Tres semanas más. Si no lo consigo en tres semanas, comienza con tu dispositivo. ¿Tendrás suficiente para prepararlo todo en ese tiempo? - Sí, no hay problema… - Kuno miró al suelo, pensativo durante unos segundos más. Y después sentenció – Acabaremos con Tzen. - Lo sé. No lo dudes…
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Después de un agotador día de clases, Ranma estaba preparado para recibir la ‘sorpresa’ que Akane le tenía preparada. Acababa de llegar a la casa de ella y decidió esperar sentado en el sofá del salón hasta que la chica hubiese terminado de arreglarse. Yuka, acomodada en el sillón que estaba al lado del amplio sofá, no le quitaba ojo de encima.
- A ver Akane… ¿A quién se le ocurre vestirse después de peinarse? ¡¡Solo a ti!! – Decía Ukyo exasperada mientras arreglaba el peinado de la joven en el cuarto de baño - … tienes que tener cuidado con los postizos, si no los agarras bien y se te ocurre estornudar en la mesa, se te caerán en el plato y cenarás filete con pelo. - Pues por eso mismo, agárralo bien… - Ya, ya… ¿Y dónde narices vais que te arreglas tanto? No es por nada, pero tendrías que ver al bombón que está ahí abajo… - ¡Ay! ¡Cuidado pervertida! ¡Que estás manipulando mi cabeza!… - la asesinó con la mirada a través del espejo - Perdona mujer… Estoy haciendo algo de lo que no tengo ni la más remota idea… - Ukyo colocó una orquilla entre los cabellos de ella - ¡¡Uff!! No sabía que a Ranma le quedaran tan increíblemente bien los trajes… No debería sorprenderme con lo bueno que está… - Ukyo, atenta al pelo… - decía Akane mientras terminaba de arreglarse el flequillo - … Espero que todo salga bien… - suspiró - Verás como si… - Ukyo la abrazó con cuidado - … no te preocupes - ¿Tú crees? – la miró a través del espejo – Tengo el presentimiento de que no va a salir como espero… - se levantó. Cogió su bolso de mano y caminó fuera del baño, hacia las escaleras, seguida por Ukyo.
Yuka vio a Akane al filo de la escalera comenzando a bajarla. Ranma parecía no haberse dado cuenta, así que la joven, muy seria, le chisteó y cuando éste la miró le hizo una señal con la cabeza. El chico se levantó y se giró hacia donde le habían indicado. La imagen de Akane le pareció más que perfecta, impecable. El vestido de raso, de color gris perla, se amoldaba a la perfección a su estrecha cintura, delineando sus caderas como una segunda y sedosa piel. Ranma parecía aturdido observándola, mientras ella le sonreía y se sentía dulcemente desnudada. Cuando llegó junto a él le recorrió un escalofrío de vulnerabilidad. Aquellos ojos… esos preciosos ojos cobalto… le eran tan intensamente conocidos… - Estás preciosa… - susurró él - Gracias, tú tampoco estás nada mal… - una pícara y cómplice sonrisa se dejó entrever en sus labios - ¿A que te vuelves andando de donde sea a dónde vayamos? - No te atreverás… - se agarraron de la mano y caminaron hacia la salida - Claro que lo haré – sonó demasiado serio y Akane paró en seco. Yuka y Ukyo les veían sorprendidas - ¿Pero no estábamos de broma? No hay quién os entienda… - Ranma tiró un poco de la mano de Akane y salieron de la casa.
Caminaron en silencio hasta el coche. Al llegar, le abrió la puerta y la ayudó a sentarse imitando a los clásicos galanes franceses. Akane rió primero y después hizo un gracioso gesto con la cabeza agradeciendo el acto de él. Ranma bordeó el coche, observando fríamente todo a su alrededor. Percibió algo diferente en la casa de en frente. Sacó su teléfono móvil y marco un código numérico. Con eso, estaría seguro durante al menos una hora.
Entró en el coche, con una mirada cálida y una sonrisa juguetona. - Y bien, ¿Dónde vamos, señorita? - Aquí – extendió una tarjeta de color blanca y filo dorado. Apretó los labios, esperando la respuesta de él. Ranma miró la tarjeta y observó a la chica un poco aturdido. - Hoy no es nuestro… - Ya lo sé – le interrumpió ella – No vamos ahí por eso, es una sorpresa ya te lo dije. – sonreía y se veía feliz. Quizá demasiado, bajo el juicio de él. - ¿Quieres decirme algo y no sabes cómo? – La observó fijamente, con la mirada completamente helada. - Sigues tomando la píldora ¿verdad? - ¡¡Ranma!! – Sonó ofendida - Pues claro que sí – Akane estaba tan excitada que ni siquiera le dio importancia al gesto del chico – ¿Qué pasa? - simuló un puchero y poniendo voz de niña pequeña dijo - ¿No podemos ir ahí sin necesidad de celebrar algo? - No, si por poder, podemos. – le devolvió la tarjeta - Como si quieres que vayamos todos los días. Lo que me preocupa es la sorpresa… – arrancó el coche y dio marcha atrás. Y comenzó el camino - No el hecho de ir al restaurante más caro de todo Japón…
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Llegaron a la puerta del restaurante. Un aparcacoches ayudó a Akane a salir del automóvil, mientras el otro corría a recoger las llaves del Porsche de la mano de Ranma. Ella esperó a su acompañante, increíblemente radiante. La jóven llamó la atención de todos los que estaban presentes, de los que llegaban y de los que se marchaban, tanto de hombres como de mujeres. El chico rodeó su estrecha cintura con su mano, y comenzaron a caminar adentrándose en el restaurante. - Te miran todos… - susurró él, realmente admirado. - No digas eso… - respondió ella con una sonrisa - … me pones nerviosa… - Es la verdad… - besó su mejilla tiernamente - ¿A qué nombre está echa la reserva? - Tendo, por supuesto. - Abrió su pequeño bolso de mano y se olvidó de lo demás. - Buenas Noches señor – miró a Ranma y después a ella – señora… ¿Podrían decirme a nombre de quién está hecha la reserva? - Tendo, Akane – contestó él. Observó de reojo como Akane rebuscaba algo en su bolso. - Oh, por supuesto. Síganme, por favor. – el mètre cogió dos cartas y se encaminó dentro del lujoso salón.
Siguieron al hombre. Ella continuó buscando impaciente en su bolso, y de vez en cuando levantaba la vista para saber por donde iba. Ranma se limitó a estudiar a todos los presentes, de arriba abajo, memorizando cada uno de los rostros, haciendo apuntes mentales de lugar, de la situación de las mesas, de la barra del bar, las salidas… era como dibujar un plano en un folio, solo que todo era guardado en su caprichosa mente. Al llegar a su mesa, el hombre retiró la silla de Akane invitándola a sentarse. - ¿Desean pedir ahora alguna cosa señor, señorita? Ranma la miró, esperando su aprobación. - Mmm… ¿Qué tal algo de beber? – sugirió ella - De acuerdo… - susurró el joven de ojos azules - ¿Qué nos recomienda? – Akane se lucía espléndida. El metre, aún con toda su profesionalidad, no podía dejar de observar a esa mujer tan cautivadora. - El vino de la casa de la cosecha de 1985 es excelente sin duda, señorita. - Bien, traiga una botella – ordenó Ranma, ligeramente molesto. Lo que Akane notó. El mêtre hizo un gesto respetuoso con la cabeza y se alejó en busca del pedido. - ¿Te pasa algo? – susurró ella tendiendo su larga y fina mano sobre la mesa, pidiendo la de él. - No nada… - cogió su mano, acariciando el dorso con sus dedos - … es solo que no he dormido muy bien hoy, no te preocupes… - sonrió, para afianzar su mentira. - Vaya… - sonó compasiva - … bueno, no importa. Ahora disfruta – apretó ligeramente su mano – y espero que te guste mi sorpresa, aunque si has dormido mal, no sé si te sentará muy bien… - Ranma frunció el ceño - Estoy imaginándome qué puede ser… Akane abrió los ojos, esperando que él no supiera de qué se trataba. El mêtre llegó con la botella y desenlazaron las manos. El hombre dio la vuelta a las copas y les sirvió. - Si desean cualquier cosa los señores… - inclinando la cabeza se retiró. - A ver… - ella se echó hacia atrás y se cruzó de brazos. Poniendo una mueca de incomodidad dijo - ¿Cuál es mi sorpresa? - Mmm… La pregunta no es cuál… - Ranma se echó también hacia atrás con la copa de vino en la mano, le dio un trago y la apoyó sobre la mesa. Se relajó durante unos segundos al descubrir la posible sorpresa… Aunque debía seguir alerta - … pero me gustaría que siguieses creyendo que no he averiguado nada… - ¡Si ya lo has hecho! – Akane se sintió torpe, por no poder ni mantener ese secreto para él - Bueno, solo tengo una intuición, pero no quiere decir que sea la correcta – se inclinó sobre la mesa, intentando acercarse a ella – Akane, sonríe… - suplicó susurrando - … Te conozco y solo una cosa como esta podría hacer que te vieras así … estás radiante mi vida, me gusta verte feliz… Akane se sonrojó. Ese comentario había sido muy dulce, extremadamente. En muy pocas ocasiones le escuchaba susurrarla de esa manera tan íntima. No quería que aquello se convirtiese en almíbar, así que decidió romper un poco el tono de la conversación, por que sabría que no podía contenerse si seguía mirándola así - Uhm… - se acercó un poco más a él - … ¿no me estarás camelando por que quieres algo esta noche, verdad Saotome? - Eres tu la que tiene la sorpresa, no yo… - susurró besando su mano y dejándola apoyada suavemente sobre el impecable mantel de la mesa. Después bebió un trago de vino. Akane había conseguido su objetivo, hacerle ver de forma sutil, que la situación se estaba volviendo incomoda para ella.
Pasaron los minutos, Akane miró su reloj nerviosa. Después sacó su pequeño y plateado teléfono móvil y lo dejó sobre la mesa. Ranma leía la carta tranquilamente. Ella arrugó la tela de su vestido que yacía sobre sus rodillas y se perdía hasta el suelo. Prácticamente de manera inconsciente, su pie comenzó a moverse. Ranma se dio cuenta. Los pendientes de ella, en forma de lágrima, se movían inquietos, y la chica no dejaba de mirar de un lado a otro de forma discreta. Él observó el móvil, después a los comensales. <<Todo en orden>> se apuntó mentalmente y siguió leyendo la carta. - Akane – dijo apaciguadamente, posando su vista sobre ella - ¿Qué? – la chica sonó distraída, más pendiente de algo más que de la propia pregunta - ¿Quieres que pidamos algo ahora? – ella le miró - Yo… bueno… - miró al teléfono - … no tengo mucha hambre, aún. - De acuerdo. – Dejó la carta a un lado - ¿Algo más de beber? - No, por mi está bien así – tomó un trago de vino y de repente el teléfono móvil sonó. Se le iluminó la cara y sonrió sin querer ocultarlo - ¿Sí? – Preguntó radiante – Si… ah… - en su voz, se esfumaba el entusiasmo - … entiendo… - Ranma podía descifrar la conversación - … sí, sí, está bien… De acuerdo… - ella le miró y rápidamente bajó la vista - …Gracias. – Colgó y suavemente depositó el teléfono sobre la mesa - … Bueno… - quiso disimular, pero no lo hizo demasiado bien - … se acabó tu sorpresa… - notó como un nudo se formó en su garganta y quiso tragarlo, hundirlo en sus entrañas y que allí yaciera. - Cuéntamelo - dijo él, verdadera y peligrosamente preocupado - No, si es igual. Otro día… Aunque bueno, ahora estás seguro de cuál era ¿Verdad? – ella forzó la sonrisa y sus párpados volvieron a cubrir sus precioso ojos - ¿Te apetece cenar? Yo no tengo hambre, se me han quitado las ganas – susurró, intentando que él no oyera lo último y queriendo deshacer el nudo de su garganta. ¿Por qué no podía hundirlo, como otras veces lo había hecho? Exacto, por que estaba Ranma, por que era importante para ella que le conociese y sabiéndolo tan bien como lo sabía, él no se había presentado, como siempre. Akane quería estallar y llorar… Y lamentarse por tener todo y no tener nada. Quería que Ranma no la viese así, tan débil, él no era así, era un hombre capaz de controlar las situaciones más adversas. El había perdido a su padre y no se había venido abajo, siguió luchando y sin embargo ella, pretendía hundirse delante de él en tan solo unos segundos… Y no resistió más. Las lágrimas brotaron de sus ojos sin control y su voz quebrada solo pudo decir un – Lo siento… - y sus piernas consiguieron responder para levantarse y salir de allí, con la cabeza gacha. - Akane, espera… - dijo él intentando sostenerla por la muñeca. Pero aquel gesto sería demasiado brusco y ella necesitaba unos segundos a solas. Se levantó sin dejar de observarla ni un solo minuto. Sacó un fajo de billetes, los dejó sobre la mesa y comenzó a andar tras ella. Vió como el mêtre le dio las buenas noches, como si no se hubiese dado cuenta de que ella no estaba bien. Ranma quiso matarle por su desconsideración, podía haber cerrado la boca e ignorarla, o podía haberle preguntado si se encontraba bien, pero no darle las buenas noches como si no la estuviera ocurriendo nada. Al salir y cruzar su mirada con la de él, el hombre quedó prácticamente congelado. Los ojos de Ranma, azules y fríos como el hielo le habían amenazado tan hirientemente como si le hubieran clavado un puñal. El mêtre bajó la vista acobardado, y vió como el hombre salía fuera del lugar, tras la joven.
Akane cruzó sus brazos bajo su pecho, y una de sus manos se encargaba de limpiar sus lágrimas. Su respiración descontrolada al igual que su pulso. Quería evitar llamar la atención, pero no lo estaba consiguiendo, y ese intento estaba haciendo que pudiera controlar aún menos su tristeza. Y sabía que Ranma estaba justo a unos pasos de ella, esperándola, cuidándola, como hizo desde el primer momento que le conoció. Y adoraba que ese hombre supiera tan bien lo que necesitaba, y él sabía que ella suplicaba unos segundos a solas. Ranma se apoyó contra la pared, y miró hacia el lado contrario dónde Akane estaba. Aquello se le escapaba de las manos, estaba consiguiendo penetrar en él. Ella estaba logrando romper la barrera impuesta, inmiscuirse, hacerle sentir… y Ahora sentía la necesidad natural de abrazarla y calmarla. Pero se debía al control, autocontrol. Cuando pasaron unos segundos que creyó oportunos se separó de la pared y caminó hacia ella, y vió como ella caminaba hacia él, en busca de refugio.
- ¿Cómo estás? – preguntó faltando escasos centímetros entre ellos.
Akane caminaba y quería controlar sus lágrimas, pero las emociones y la sensibilidad estaban a flor de piel. Ver como él era su refugio, ver lo vulnerable que se sentía, la hizo llorar y echarse en sus brazos, volviendo a sollozar.
- ¿Por qué nunca está cuándo más le necesito? – le preguntó, sin esperar una respuesta. Sintió como le acariciaba el cabello - ¿Por qué nunca está cuando más me importa? ¡¡Necesitaba que estuviera aquí esta noche!! – sollozó y lloró. – Quería que te conociera… - Y Ranma comenzó a sentir dolor… - Shh… no te preocupes, ya habrá otra oportunidad más adelante. - Pero ¿por qué nunca está cuándo ocurre algo importante en mi vida? ¿Por qué? No le pido atención las 24 horas del día… - se separó de Ranma y le miró a la cara- puedo comprender que esté hasta arriba de trabajo, ¡¡pero nunca ha estado presente cuando algo ha sido importante para mi!! ¡¡Mierda!! ¡¡Esto era muy importante!! – apretó los puños y afianzó su argumento con un pisotón en el suelo - Ven… - él pasó su mano por sus hombros y comenzó a caminar hasta la puerta del restaurante - … se lo que se siente... – besó su cabello y la abrazó previendo que ella no quería que nadie la viera con la cara llorosa.
Esperó a que el aparcacoches viniese con el Porsche. El hombre quiso ayudarla a subir al coche, pero al ver la amenazante mirada de Ranma se echó hacia atrás y volvió a las escaleras de entrada. Él abrió la puerta y ayudó a Akane a subir al asiento, tan delicadamente como pudo. Cerró la puerta y se encaminó hacia su asiento, diciendo un seco ‘Buenas Noches’ a los dos hombres. Cuando se alejaron Akane levantó la mirada y perdió sus ojos avellana a través de la ventana. Vió que ese no era el camino a casa.
- ¿Dónde vamos? – susurró, con la voz afónica a causa del llanto - Quiero que veas un sitio… - dijo él, sin apartar la vista de la carretera.
Akane no preguntó más, se dedicó a mirar el negro asfalto y a presenciar como se alejaban de la ciudad.
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Pasaron casi dos horas desde que Ranma comenzó a conducir. Y lo hizo por carreteras secundarias por las cuales no se habían cruzado a ni un solo vehículo. No habían intercambiado ni una sola palabra desde entonces, solo un murmullo que se desprendía de los altavoces del coche les acompañaban. De repente, él comenzó a frenar reduciendo la velocidad. Akane pudo distinguir un camino de tierra a su derecha, por donde el chico se dirigió, maniobró y aparcó. Paró el motor y se dirigió a ella: - ¿Estás mejor? – él la observaba inspeccionándola como si fuese la primera vez que la viera, con una mirada indescifrable y opaca. Ella asintió – Bien, sígueme – cogió las llaves y la ayudó a salir. - ¿Esto es lo que querías enseñarme? – preguntó incrédula observando el gran muro de piedras que había frente a ella y al que se dirigían - Impaciente – recriminó dulce. Sujetó su mano y comenzó a buscar – Ten cuidado, los escalones son altos – advirtió al llegar a unas altas escaleras de piedra. Ella subió poco a poco, ayudada por él. Los tacones eran peligrosos cuando se trataba de andar sobre la piedra, pero aún más si le añades subir unas escaleras. Estuvo a punto de caerse un par de veces, y se maldijo por empeñarse en usar tacones de aguja, todo para que no hubiera tanta diferencia de altura entre ellos y quedar de una forma más armoniosa ante su padre. Ese que la había fallado, ese al que ella quería tanto, ese del que comenzaba a dudar de que se preocupase o la tuviese, al menos, algo de cariño. Y las lágrimas querían volverle a brotar de los ojos. Agachó la cabeza, intentando tranquilizarse, no quería que él la volviera a ver llorando. Cuando lo logró, volvió la vista hacia arriba y pudo ver una gran pradera oscurecida por la noche; una gran luna plateada yaciendo en el cielo, coronando dos colinas que se perdían al final del plano y rodeada de las más brillantes estrellas que ella había visto jamás. - Aquí vengo cuando quiero escapar de todo y de todos – caminaron hacia delante - o casi todos… - corrigió sonriéndola - Esto es precioso… - susurró mirando al cielo - Ven… - rodeó su cintura y la incitó a andar. Y lo que vió Akane fue un lago de mercurio, reflejando la luz de la luna en sus aguas. - ¿Cómo encontraste este sitio? – preguntó maravillada y amoldándose más a él, entre sus brazos que la rodeaban de forma protectora. - La verdad, no lo recuerdo – contestó sincero, cerrando los ojos y aspirando la suave fragancia que la impregnaba. - Mmm… - elevó la vista al cielo, observando las brillantes estrellas - … me encantan las estrellas. Me relaja mirarlas… - giró su cabeza y miró a Ranma dulce, completamente enamorada – Te quiero… - susurró - Y yo a ti… - dijo de la misma manera. Se besaron sin prisas, con cariño, con infinita sinceridad, con infinita ternura… Y se sonrieron cómplices al fin.
- Mira… - Él deslizó su mano por el pequeño brazo de ella, hasta alcanzar su frágil mano. Apoyó su mejilla contra la de la joven y desde ahí, fue guiándola - …Perseo – el dedo índice de Akane permanecía señalando. Y él dibujaba con la mano de ella la constelación, en el lienzo de la bóveda celeste, deteniéndose en cada punto brillante en el infinito manto negro de la noche – Andrómeda… - se giraron levemente hacia la izquierda y volvió a guiarla, señalándole la constelación. Sintiendo el calor de su suave y tersa mejilla, aspirando su fragante y sensual aroma de mujer, sintiendo lo que no debía sentir – Casiopea… - quemándose por dentro, cavando su tumba - Auriga… - y quiso morir, por que había aprendido lo prohibido. - Nunca dejas de sorprenderme – ella acarició su brazo y se giró para abrazarle admirada. Deslizó sus manos tras su cuello - ¿Hay algo en este mundo que no sepas? – sonrió de esa manera que la hacia única. - Creo que no – sonrió, esculpiendo, camuflando una verdad.
Akane yació entre sus brazos mirando las estrellas, sintiendo su trabajado cuerpo, sintiendo su respiración, escuchando su corazón. - ¡Mira! Una estrella fugaz. Pide un deseo, corre. – pareció una niña pequeña, adorable. - ¿No me digas que crees en esas cosas? - ¡Pues claro que sí! Venga, pide un deseo – ella lo pidió - De acuerdo, está bien – y él también.
Él había cerrado sus ojos, ausentándose, reprogramándose. Al cabo de unos segundos, ella susurró en su oído. - Desearía hacer el amor contigo… - besó su cuello y acaricio sus hombros. Ranma abrió los ojos, aparentemente como nuevo. - ¿Ese era tu deseo? – preguntó señalando con la vista hacia el cielo - No – susurró acarameladamente - … esos deseos nunca se dicen, se guardan aquí – llevó la mano de Ranma hasta su pecho, sobre su corazón – y uno debe esperar hasta que se cumplen. Este es otro muy diferente. - Entonces… - comprendiendo sus palabras la cogió en brazos – hagámoslo realidad – se besaron de nuevo bajo el manto de estrellas, bajo la luz de la luna llena.
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La despedida había sido dulce, realmente dulce. Ranma ahora caminaba desde la puerta de la casa de Akane hasta la suya, con paso lento pero decidido. Debía auto-reprogramarse antes de cruzar por el umbral de entrada, debía recobrar la compostura. Cada vez le resultaba más complicado y eso era peligroso. Demasiado. En extremo. Al abrirla contempló en el salón a sus otros dos compañeros jugando al ‘Ajedrez’, no se saludaron y tampoco le miraron. - Arriba. – dijo uno de ellos. Y no hizo falta nada más para que él lo entendiera. Ranma subió las escaleras. A medida que lo hacía, era como si su vista se perdiese, se helara, como si se tratase de un glaciar. Sus músculos se tensaban, sus sentidos alerta al cien por cien, su raciocinio imponiéndose sobre todo lo demás. Sintió la impetuosa necesidad de tocar el frío del metal de su arma, su robustez, su precisión. Eso era él, lo igual a ese arma, exactamente eso. Al traspasar la puerta… - ¿Dónde has estado? – preguntó desde la silla donde estaba sentado. No necesitó girarse para saber de a quién se trataba – No habíamos precisado esta hora de regreso. - No siempre cumplo el horario de regreso. – Cerró la puerta y se apoyó contra ella, evitando cualquier intrusión posible - Sabes cuál es la prioridad y también sabes que existen circunstancias imperiosas sobre la hora establecida. - Y yo te recuerdo… - se giró, levantándose de la silla. Le miró fijamente - …que soy yo el que debe informar a ‘Raíz’. Y que tienes la obligación de cumplir unas horas internas y externas. Tú controlas las circunstancias, no ellas a ti.
Ranma no le quitó la vista de encima, no hizo ningún gesto que delatara su situación. Lo que Ryouga estaba diciendo era cierto, él estaba incumpliendo las normas. Se observaron durante un minuto exactamente. Se analizaron mutuamente, en completo silencio.
- ‘Revisión’ – sentenció Ryouga – tienes treinta horas.
El joven de ojos grisáceos dejó caer el arma sobre la cama de su interlocutor, después le echó una última mirada y salió del dormitorio. Citar el tiempo fue una advertencia.
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Un niño de visión borrosa. El sonido de un abrupto disparo. Un grito de mujer desesperado. Otro disparo. El absoluto silencio solo roto por un ligero llanto.
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Era la tercera noche que pasaba mirando al oscuro techo. Para su suerte, nadie parecía haberse percatado de esa inestabilidad, aunque que Ryouga le hubiera dado el aviso de una ‘Revisión’ le hacían pensar que quizá si podrían haber notado algo. Debería prestar atención extra a sus compañeros. Esa imagen se repetía una y otra vez durante sus sueños. No entendía qué significaban ni por qué las padecía. Lo único de lo que estaba seguro es que no estaba descansando en condiciones y eso repercutiría en su misión y supondría un esfuerzo mayor en su revisión en ‘Raíz’. Se levantó y encendió una lámpara auxiliar que apenas iluminaba y que quedaba sobre la mesa de arquitecto que tenía frente a la cama. Se sentó en la silla y comenzó a estudiar los planos, eso le distraería y le ayudaría a concentrarse de nuevo… Al cabo de unos segundos, escuchó un ruido diferente, extraño, que no encajaba en su lugar. Miró hacia su puerta con el ceño fruncido. Unos segundos más... Se levantó de la silla, despacio muy despacio, como si de un felino se tratase. Pasando al lado de la cama se agachó sin apartar la vista de enfrente, sostuvo la almohada con su mano izquierda y agarró el arma con la derecha. Lentamente, paso a paso, se aproximó a la puerta. Volvió a escuchar, agudizando su sentido al máximo, alertando a todo su cuerpo al más mínimo cambio. “Hijo de puta…”. Abrió la puerta tan rápido como si ésta hubiese sido empujada por un huracán. Observó en la oscuridad a la silueta que se hallaba frente a él.
- Lo sabía… - susurró antes de colocar la almohada delante del cañón del arma y disparar. La silueta no tuvo tiempo de reaccionar y el cuerpo se desplomó muerto en el suelo. Ranma no le quitaba la vista de encima. Rabia, Ira, Odio en sus ojos.
Una de las puertas de enfrente y la de al lado de su dormitorio se abrieron prácticamente al mismo tiempo, haciendo partícipes de la escena a Ryouga y su compañero. El primero observó a Ranma y al cuerpo. El segundo solo miraba a Ranma serio, intentando evitar el temor que sentía y que no debía sentir.
- Deshazte de él Daisuke – ordenó sin mirarle. Seguía pensativo. Su mente estaba trabajando a la velocidad de la luz. Sus conocimientos se removían a miles de revoluciones, re-estructurando toda la situación. Se habían equivocado – No era Xian-Pu, Ryouga – agregó apretando las mandíbulas y aferrando la fría arma con más fuera – No era ella – su mirada se posó sobre su compañero.
- Sí, ella también lo era – agregó serio, observando como Daisuke cargaba a hombros el cuerpo sin vida de su compañero y bajaba las escaleras – Nosotros no nos equivocamos 3.8.5.9.2.1.3.0.5
Ranma le observó con la mirada ardiendo, brillándole como si fuera lava. El empleo de su numerología tenía un significado de trasfondo, auto-convencerse de que ella sí era, aunque no fuese. El chico de ojos azules se dio la vuelta y volvió al dormitorio cerrando la puerta con un estruendoso golpe y respaldándose en ésta. Sintió que se ahogaba por unos instantes. “Ella no era la fuga… ella no era la fuga…” pensó dejándose resbalar hasta quedar sentado en el suelo, sujetándose la cabeza con las manos “Ella no era… no era… no era…” sus pupilas se dilataron, su visión se enfocó en la nada “Ella no era… ella no era…” y borrosas imágenes, se hicieron presentes en su mente.
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Al bajar las escaleras a la mañana siguiente, encontró sentado en la mesa de la cocina y desayunando a Daisuke. Éste le envió una mirada rápida, cerciorándose, calculando a la distancia a la que se encontraba de su compañero. Previendo la posibilidad de un ataque por su parte. Pero Ranma ni siquiera le prestó atención. Debía estar perfecto para su revisión en “Raíz” y eso suponía una reprogramación inmediata y eficiente de su mente. Tendría que pasar el mayor tiempo posible aislado, en soledad. Procuraría no mezclarse más de lo mínimamente necesario con el resto de personas que podrían interferir en sus pensamientos. Que podrían distorsionarle. Cogió una manzana del frutero y salió de la casa. Dio un vistazo rápido a todo objeto y persona que permanecía en la escena en la que se encontraba en ese preciso instante, deteniéndose inapreciablemente más espacio de tiempo en la ventana del dormitorio de Akane. Cuando memorizó todo, subió al coche y condujo hacia las afueras de la ciudad.
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- Estoy muerta de sueño… - confesó Ukyo sujetándose la cabeza con ambas manos - … y mejor no hablar de la resaca… - su voz era soñolienta y distante. - Haber vuelto antes a casa – Akane estaba sonriente y repleta. Botella de agua en mano, se preparaba para salir a correr un poco antes de irse a clases - ¿Ves? Yo ayer llegué temprano – agregó victoriosa - Tú ayer llegaste tardísimo – la chica la observó acusadoramente – Lo que pasa que las bien folladas duermen como lirones - ¡Eh! Habla bien – exclamó Akane con rubor - Me dirás que no pequeña viciosa… - dejó reposar la cabeza en sus brazos cruzados sobre la mesa - … Hace que no echo un polvo en condiciones como… - miró el reloj del microondas - … treinta y seis horas…. ¡¡Estoy desesperada!! - Lo que tienes es un problema, se llama Ninfomanía. - Soy joven y disfruto de mi sexualidad. Como tú y cómo cualquiera. Además, tú no tienes problemas. Cuando quieres follar, solo tienes que llamar a Ranma y está a tu lado en menos de dos minutos, como un perrito faldero…- Akane descifró con aquel último comentario “crisis en la pareja”. - ¿Hay algún problema entre Ryouga y tú? – Se sentó frente a su amiga, que yacía recostada aún - ¿Entre nosotros? ¿A parte de estar medio loco y ser prácticamente gilipollas? ¡No… qué va! Ninguno. - Sabes que puedes contármelo… - acarició su brazo, en señal de complicidad - Te lo agradezco pero no te preocupes. Son discusiones de pareja ya sabes, dices cosas desagradables y te pasas un par de días sin hablarte con él y todo ese lío… - Akane la miraba fijamente, la verdad es que no, no sabía lo que era discutir con su pareja por que nunca había discutido de esa forma con Ranma. Llevaban juntos algo más de medio año y nunca habían tenido ese tipo de disputas. Frunció el ceño - ¿Te pasa algo? – preguntó Ukyo al observar el repentino cambio gestual de su amiga - No – contestó como si acabase de salir de un ensueño – No nada, es que… - se levantó de la silla como no sabiendo qué hacer - … acabo de acordarme que no he preparado unos apuntes que me pidió Yuka ayer – se excusó. Después la ofreció una sonrisa llena de ternura y confidencialidad - Si necesitas hablar… - Lo sé, lo sé… - dijo moviendo la mano de arriba abajo en señal de ‘No tiene importancia’ – Anda vete, que si no vamos a llegar tarde a clase cuando luego te enredes en la ducha.
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Ranma permanecía sentado, con una mesa de color blanca frente a él, en medio de una austera sala siendo alumbrado por un foco de luz pálida y perlada. Sus manos apoyadas sobre la mesa cruzadas, su vista glaciar inerte al frente yaciendo sobre el espejo que había en la pared, donde sabía se encontraban al menos cinco hombres de bata blanca pertenecientes a ‘Raíz’.
Tras el espejo, los hombres, en efecto cinco, hablaban. - ¿Resultados, Karl? – dijo uno de ellos, apoyado sobre la encimera y observando al chico - Perfectos, como siempre – agregó también observándole – Pero algo anda mal… - Karl, ha tenido una valoración de 100 sobre 100 ¿Dónde encuentras tú el problema? – dijo el más jóven de la sala - Anak – el mayor de los cinco hombres presentes intervino – Karl es quién ha disciplinado a ‘El Mayor’ es quién mejor le conoce – clavó su mirada en el hombre - ¿Qué le encuentras? - No se lo que es… - su mirada recorrió el cuerpo del joven que permanecía inmóvil al otro lado del espejo - ¿Posible reminiscencia? - No lo se – respondió angustiado, con preocupación – No se lo que es pero algo no anda bien con él… - ¿Crees que es necesario reciclarlo? – sugirió otro - ¡¡Estáis hablando de reciclar a uno que ha dado un 100 sobre 100!! ¿Y todo por la intuición de Karl? – Anak estaba aturdido - Es cierto, es una locura Johnna – agregó el llamado Karl – Nosotros no creemos en intuiciones y nos estamos dejando llevar por una… - El problema es que yo sospecho también que algo anda mal con él – divisó al hombre de glaciares ojos azules – Además, el último informe que nos ofreció… - Resulta que era una fuga, que ya ha sido reemplazado – Anak le interrumpió, dejando una carpeta de color gris sobre la encimera – Y ‘El Mayor’ lo descubrió, ahí tenéis las pruebas. Está perfecto, dejarle que haga su trabajo. - Si comete un solo fallo dejará de servirnos… - Pero por eso le hemos llamado a revisión Karl, para evitar precisamente que cometa fallos y deje de servirnos… - Anak miró también al joven – Es la mejor de nuestras creaciones – suspiró con devota admiración – Dejarle ir. Mientras esté aquí no está siendo útil. - Karl, ¿Estás de acuerdo? - Sí, está bien – se retiró de su apoyo sobre la encimera– Pero antes… - cogió otra carpeta de color marrón que había sobre la mesa - …dejarme que le haga un par de preguntas extra-oficiales, solo para asegurarme - y anduvo hacia la sala en donde se encontraba ‘El Mayor’.
Al entrar en el habitáculo, le observó fijamente. No se movió, su respiración no varió, ni tampoco su mirada. Se sentó frente a él, despacio, como si un movimiento brusco pudiera hacerle ponerse en guardia. Sus ojos negros se clavaron sobre los azules glaciares de él. - Bien… - abrió la carpeta y rebuscó en ella - …sigues siendo perfecto – levantó los párpados al decir aquello, quería ver si surgía algún efecto sobre él. Al comprobar que no, siguió buscando – Pero antes de que te marches, me gustaría que memorizaras algo… - Al encontrar lo que buscaba en la carpeta, la extendió sobre la mesa y la dejó de tal forma que Ranma leyera los datos del derecho - … mira esto…
El joven deslizó la vista suavemente hacia lo que el hombre le pedía. Encontró la fotografía de una mujer en blanco y negro. Entonces, esos recuerdos que no le dejaban dormitar, acudieron de nuevo a su mente como una oleada salvaje. Forzó a todo su cuerpo a no responder a ellos, a no dejar entrever ninguna emoción posible. Si así fuera, estaría perdido. - ¿Debo eliminarla? – preguntó sin un ápice de sentimiento, absolutamente helado y lineal. - No, no debes eliminarla – ordenó el hombre - ¿Sabes quién es? – preguntó entre-cerrando los ojos. - No – contestó clavando su vista ahora sobre los ojos oscuros del hombre – Jamás he divisado ese objetivo, jamás he divisado ese rostro – mintió a la perfección. Era perfecto. - De acuerdo, se que no me mientes – el hombre asintió y desvió la vista. Mirarle tan fijamente le provocaba incluso temor. Sí, sin duda alguna era perfecto, era la más maravillosa de sus creaciones – Puedes proseguir.
Ranma se levantó y anduvo fuera de la sala. Caminó por los amplios pasillos de color blancuzco, iluminados hasta el más mínimo rincón, haciéndole resaltar por su oscuro atuendo. Abrió la última puerta y penetró en un nuevo conjunto ambiental; el salón de una casa con un estilo decorativo europeo. Jamás nadie sospecharía sobre lo que escondía y había tras de esa exquisita mansión. Una mujer le estaba esperando. Ofreciéndole de nuevo sus dos armas le acompañó hasta la salida. Caminó hasta su coche y se alejó de ‘Raíz’, con la terrible sensación de querer huir; por que ahora, aquel grito de mujer desesperado tenía un rostro…
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Akane estaba intentando resolver uno de esos complejos problemas de Matemáticas A. Por más que intentaba encontrar la solución siempre se enfrascaba en el mismo punto. Jugueteando con el lápiz sobre la mesa, y después de estar cinco minutos divagando en averiguar cómo demonios seguir, se dio la vuelta y observó a Ranma, que permanecía sentado sobre la cama leyendo un libro. Parecía más ausente que centrado en la lectura. - Ranma… - le llamó – Ranma cielo… - insistió, aunque él no se percató. Akane sonrió, admiraba su capacidad de concentración, pero a veces le preocupaba que fuese tan intensa. Se levantó y se colocó frente a él – Oye, que te estoy hablando… - susurró con ternura de cuclillas frente a la cama, mirándole desde abajo. Su mirada estaba perdida en algún punto, sobre las páginas del libro, entre las letras. - ¡Ranma! – medio gritó golpeándole la pierna con un deje de preocupación en el tono de su voz. Como si acabase de despertar de un profundo letargo, el chico enfocó sus obscuros ojos azules sobre ella. - ¿Qué pasa? – preguntó de una manera casual - Que ¿Qué pasa? – dijo ella sorprendida – ¿Te encuentras bien? – se sentó sobre sus talones, a su lado – Te he llamado cuatro veces y no me has contestado hasta que prácticamente te he gritado. - Lo siento, estaba pensando en algunas cosas… - ¿En qué? – clavó su mirada preocupada sobre la suya. Se observaron durante unos segundos. Él no tenía intención de decirle en lo que verdaderamente estaba pensando… - En mi padre – confesó tejiendo la mentira. Sintió como una de las pequeñas y finas manos de Akane reposó sobre una de las suyas, conciliadora – Y en cuando vivía en Rusia… Solo eso. - Entiendo… - estiró sus piernas y se sentó apoyando la espalda contra la pared - Yo a veces pienso en mi madre… - entonces pudo divisar claramente lo que había en el libro. Instintivamente le miró y después devolvió la vista sobre las hojas - ¿Lo has hecho tú? – preguntó perpleja. Ranma no sabía de qué hablaba, pero entonces, su vista se enfocó sobre el libro de igual forma que ella y tragó duro cuando comprobó que había dibujado, sin ningún tipo de control sobre su acto, a la mujer de la fotografía. Cerró el libro bruscamente y Akane se quedó en el camino de poder observar mejor el retrato. - Tengo que irme – sentenció él distante, escurriéndose de la cama. Intentaba huir. - Ranma, espera… - ella afianzó sus dos manos sobre el antebrazo de él - …no tienes por qué hablarme de ello pero, quédate conmigo… - llevaba días sin permanecer a solas con él. Había estado más ocupado de lo normal, más distante, huidizo y más frío. No, por nada del mundo quería que se marchase - Perdona si te ha molestado que… - No, no es eso – corrigió repentinamente. No era ella quien le molestaba, era él quién se molestaba así mismo. Se frotó los ojos y suspirando se sentó de nuevo en la cama – Perdona, estoy un poco irascible… - Sabes que puedes contarme cualquier cosa – acarició sus hombros confortándole, transmitiéndole todo el amor que le profesaba – Sea lo que sea… Y todo aquel sentimiento que le hacia notar, a Ranma le carcomía las entrañas. Porque estaba rompiendo todas las reglas, involucrándose, anhelando, desequilibrándose, sintiendo cuando no debía sentir. Porque todo aquello estaba prohibido y porque él, debía ser perfecto.
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