CAPÍTULO 1

- Segunda Parte -

 

Había trabajado en su artículo durante un par de horas y tampoco lo había avanzado tanto. Pero algo era algo y mejor que nada. Tenía el tiempo justo para ir al gimnasio durante una hora antes de regresar a casa, comer y después dormir unos minutos. La presentación de un libro de un amigo suyo la noche anterior se había alargado más de lo esperado y había regresado a casa a las seis de la mañana.

 

Se miró en el espejo del cuarto de baño. Estaba horrible a su juicio. Las ojeras no era algo que favoreciera a una mujer precisamente, pero ella veía como a su rostro le quedaban especialmente mal. Dejaban a sus ojos, la parte que más le gustaba de su cuerpo, sin brillo y sin esa mirada vivaracha y alegre que siempre lucía. Hizo una mueca, daba igual. No iba a ir a una boda ni a ningún sitio en donde debiera lucir bien. Iba a ir al gimnasio de la esquina, donde más o menos todo el mundo se conocía, entonces ¿Por qué preocuparse?

Abrió su armario y cogió su bolsa de deporte. Guardó su chándal y se vistió con un pantalón corto y una camiseta ajustada de lycra,  se puso las deportivas y cogió un coletero para después. Decidió dejar su corto cabello capeado suelto, al menos en el camino, no le gustaba como le quedaba el pelo recogido al completo.

Así que, con el móvil en la bolsa, la bolsa y las llaves, ya no le faltaba nada o eso creía. Cuando estaba decidida a salir, se acordó de que no conectó el contestador. Miró al cielo, nunca podía irse de casa sin que se le olvidara hacer algo antes. Dejó la bolsa en el descansillo y atravesó el apartamento hasta llegar al salón, conectó el contestador y se marcharía definitivamente al gimnasio. Daba igual si se había quedado algo en casa, no volvería a entrar aunque dentro de su piso estuviese ocurriendo el mismísimo Apocalipsis.

 

Llamó al ascensor. Mientras éste subía, revisó las llamadas en su móvil; dos de su jefe y una de su padre. Tendría que llamar a su jefe para decirle que ya estaba trabajando en el artículo y a su padre para informarle de que seguía viva.

Escuchó el estridente pitido que indicaba que había llegado a su planta, oyó abrirse las puertas y entró con la vista puesta en la pantalla del teléfono. De repente, notó como algo grande, robusto y cálido chocaba con ella.

 

         - Lo siento, disculpe… - se apresuró a decir Akane conteniendo unas terribles ganas de lanzarse al cuello de la persona que se había interpuesto en su camino. Y también queriendo disimular el daño que se había hecho en la muñeca derecha.

 

         - No, no importa, la culpa ha sido mía… - una voz calmada de varón - ¿Está bien?

 

         - Sí, claro… - dijo malhumorada y buscando a su interlocutor - … estoy perfec… - y ahí estaba. Metro ochenta y cinco de músculos definidos y fuertes, unos fascinantes ojos azules cobalto, cabello negro azabache y una piel ligeramente bronceada. El hombre más atractivo que jamás había visto en toda su vida - …tamente… - se agarró inconscientemente la muñeca. Él se dio cuenta.

 

         - ¿Está segura? Parece que su muñeca no está del todo bien… - las puertas del ascensor se cerraron. Akane maldijo – ¿Me deja echarle un vistazo?

 

Ella quería decirle que le echara todos los vistazos que quisiera, a su muñeca y al resto de su cuerpo. Pero no podía perder tiempo y quizá jamás volviera a verle. Y peligraba su salud sexual si él solo la rozase así que, prefirió hacer lo que hacía siempre: huir.

 

         - No, no, tranquilo. Estoy bien, solo me la he torcido, me pasa a veces ¿sabe? – Guardó su móvil en el bolsillo del pantalón y rió nerviosamente volviéndole a mirar – Tengo unas muñecas muy frágiles.

 

         - De acuerdo – y ahí estaba, sonriéndola con esos dientes blancos que prácticamente ningún hombre tenía, excepto él – Me llamo Ranma Saotome y… ¿usted es…?

 

         - Oh, Akane Tendo – él extendió su mano y ella dudó en estrechársela. Quizá tendría una de esas fuertes manos que a toda mujer le encantaría que recorrieran su cuerpo en una noche de pasión desenfrenada. Se dio un golpe en la frente con la mano – Lo siento – miró hacia abajo y estrechó su mano con mucho cuidado para rozarla lo menos posible. Rió sintiéndose un poco estúpida – no quería parecer maleducada – en efecto, tenía una de esas manos que toda mujer desea sentir sobre su cuerpo – es solo que tengo muchas cosas en la cabeza y llevo un poco de prisa, si me disculpa… - y ahí estaba ella, huyendo de nuevo.

 

         - Encantado… - dijo él dejándola paso y rebuscando en uno de sus bolsillos - … que tenga un buen día.

 

         - Sí, igualmente – sin duda ella no lo tendría, por que su lívido iba a estar revolviéndola las hormonas pensando en él.

 

Esperó al ascensor con impaciencia, golpeteando el marco de metal con las uñas, mientras veía por el rabillo del ojo como él andaba hacia la puerta de enfrente de su casa. Hasta andaba bien, elegante y sutil, con clase, mucha clase. Akane maldijo otra vez. Él sacó unas llaves de su bolsillo. Volvió a maldecir. Y llegó el ascensor. Solo pudo observar como la puerta de la casa se abría y el entraba.

Ella se metió en el ascensor, y dejó que su cabeza reposara sobre la pared de madera del habitáculo, suspiró aliviada. Se miró de lado en el espejo, estaba horrible… En fin, esperaba no volver a encontrarse con él, o al menos no de esa manera. Pero, un momento, si el acababa de entrar en el apartamento de enfrente, eso quería decir que era… Abrió los ojos lo más que pudo ¡Su nuevo vecino!

 

         - ¡Ouch, maldita sea!… - se agarró la muñeca - … Akane deberías estar más atenta a lo que tienes frente a las narices y dejarte de vivir en el teléfono móvil o el ordenador. – Se dijo así misma – Y empezar a arreglarte por las mañanas sería una buena idea…

 

 

Después de una hora en el gimnasio, había terminado extasiada y lo único que deseaba era tirarse en la cama y dormir durante un día entero.

El teléfono móvil sonó de camino a su casa.

 

         - ¡Akane! ¿Vas a venir a cenar con nosotros? – Diana, su mejor amiga – Me prometiste que vendrías esta noche… No me salgas con alguna excusa.

 

         - Sí, claro que voy. Aunque te advierto que estoy muy liada con un artículo que tengo que entregar para el especial de Navidad. He dormido como tres horas hoy, acabo de salir del gimnasio, estoy destrozadísima y además… he conocido a un tipo demasiado bueno para ser verdad y es posible que sea mi nuevo vecino. Mi virginidad regenerada durante estos dos años corre inminente peligro…

 

         - ¡Vaya! Entonces no puedes faltar esta noche, tienes que contárnoslo. Yo tengo noticias – hubo un silencio – Puede que Mike me pida que me case con él.

 

         - ¿¡¡CÓMO!!? – Akane se rió estridentemente en mitad de la calle, llegando a su portal. Hubo gente que la miró – No puedo creérmelo… ¿Mike pidiéndote matrimonio?

 

- Siii… ¿No es genial?

 

         - ¿Cómo has llegado a esa conclusión? – preguntó entrando en el ascensor

 

         - Encontrar una caja azul de terciopelo metida entre las toallas del cuarto de baño de su casa, creo que es una buena excusa para llegar a esa conclusión.

 

         - Y ¿qué te hace pensar que es para ti?

 

         - No creo que sea un adorno para su perro.

 

         - Te sorprendería las cosas tan estúpidas que hacen los hombres a veces…

 

         - Deja de quitarme la ilusión ¿Qué te he hecho yo? – dijo ofendida y colgó.

 

Miró al teléfono. Diana tenía la regla o estaba en los días previos a tenerla. Era claro. Normalmente ese tipo de conversación ella se las tomaba con sentido del humor, incluso a veces era la misma Akane la que quedaba mal aún habiendo empezado el vacile. Más tarde la llamaría y la pediría disculpas, si no quería que la pobre se llevase un disgusto de los grandes y dejara de hablarla durante un par de semanas.

 

Buscó las llaves de la casa en su bolsillo y abrió la puerta. Hogar dulce hogar. Tiró la bolsa de deporte en mitad del pasillo de entrada, fue desnudándose de camino a la cama y cuando llegó a ella, se dejó caer en ropa interior. Quería dormir, dormir y dormir. Ni siquiera pensaba en levantarse para preparase algo de comer.

Pero, cuando estaba a punto de caer en los brazos de morfeo, el ladrido de un perro que jamás había escuchado la hizo volver al mundo de los vivos. Eso y maldecir unas cuantas veces más.

 

         - ¿Pero qué demonios…? – se levantó de muy mala gana y se acercó a la terraza que daba al patio interior dispuesta a echar un sermón imponente al dueño del desconsiderado animal que no la dejaba dormir - ¿Se puede saber de dónde ha salido ese perro?

 

El animal estaba dado la vuelta, mirando hacia el cristal de la puerta de la terraza y ladrando. Akane estaba dispuesta a tirarle un kilo de carne si con eso conseguía que se callase.

 

         - ¡¡CÁLLATE!! – Le gritó - ¡¡NECESITO DORMIR!! – El perro la miró - ¡¡No me mires así, no soy yo la que está armando escándalo!!

 

La puerta corrediza se abrió y salió el dueño, que no podía ser otro que el hombre con quién se había encontrado esta mañana. Y allí estaba ella otra vez, con más malas pintas que buenas y en ropa interior. Parecía que el destino le tenía preparada una gran función ridícula y el personaje principal era ella.

 

         - Lo siento – dijo él observándola curioso – Está un poco nerviosa – agregó mientras acariciaba a la perra – No suele ladrar, pero no conoce el sitio todavía y…

 

         - Sí, sí, de acuerdo… - el sueño vencía a todo lo demás, a lo bueno que estaba sin una camiseta encima del torso, a lo guapo que fuera, a lo agradable que era también y al hecho de que ella estaba en ropa interior y él la había visto así - … solo es que necesito dormir un poco, he pasado una mala noche y… - de repente le miró e hizo una mueca, se dio la vuelta y buscó de nuevo como sonámbula su cama.

 

Él, simplemente sonrió.

 

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