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LLUVIA
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Akane no
podía conciliar el sueño. Era tan tarde… y sus ojos permanecían tan abiertos
como si fuese la hora del almuerzo.
Aquellas noches en vela estudiando para los exámenes
finales del tercer y significativo curso de carrera, habían provocado en
ella un desvelo permanente. Por fin, cuando ya había pasado todo el estrés y
todos los nervios de retener cadenas de letras formando palabras y frases
extensas, para tener que escribir a la mañana siguiente en esos papeles en
blanco las respuestas a unas preguntas que eran las jueces de sus buenas
calificaciones, consiguió que por el día Morfeo la atrapase incluso en el
mismo suelo y por la noche se revolviera en la anhelada cama durante las
horas de luz solar.
La sensación de agobio y malestar recorrían todo su
cuerpo. El sudor hacía brillar su tersa piel. El inicio del húmedo y
asfixiante verano le provocaban una presión en el pecho demasiado sofocante.
Se removió en la cama. La luz de la luna traspasaba la ventana y coloreaba
la habitación de plata. La garganta seca. Carraspeó. Ansiaba un vaso fresco
de agua.
Al incorporarse notó como a través de la ventana un
casi inapreciable olor a húmedo y una ligera brisa envolvía la habitación y
su cuerpo, pareciendo acariciarla. Sus sentidos se despertaron aún más, su
sed se hizo más intensa e impaciente.
Abrió la puerta lentamente y salió sigilosa como una
gata hacia la cocina. De puntillas bajó las escaleras y recorrió el
penumbroso pero bien conocido pasillo. Entró en la cocina y cogió un vaso
que había al lado del fregadero. Lo dejó sobre la mesa central y abrió la
nevera. El frescor que, evidentemente, ésta desprendía la hizo quedarse
frente a ella, haciendo que cada uno de los poros de su piel respiraran aire
fresco durante unos segundos antes de que volviesen a la insufrible
realidad.
Sacó una botella de agua fresca y vertió el líquido
en el vaso. Dos sorbos sirvieron para que el agua del recipiente recorriera
todo su cuerpo. Volvió a llenarlo y guardo la botella en la nevera.
Salió de la cocina con intención de subir a su
dormitorio pero escuchó un ruido en la salita. Se deslizó hasta ella, abrió
unos centímetros la puerta y observó la habitación. No había nadie…
La luz de la luna penetraba a través de los
cristales, reflejaba sus rayos plateados en el jardín y el estanque. No pudo
reprimir el impulso de acercarse hasta allí y observar en la penumbra el
magnífico paisaje. Vió como el agua se movía como seda, susurrada por la
brisa. El vaso de agua fresca, abrazado por ambas manos, se posó sobre su
pecho haciendo que un escalofrío se manifestase en su piel a causa del
contraste de temperatura.
Una sombra se movía a su derecha, por el corredor.
Calma, serenidad… Todo era perfecto… Se miraron, se sonrieron... No dijeron
nada. Sus vistas se perdieron en el jardín, en la luna, en el estanque…
- Lloverá… - susurró él
Ella le miró. Admirando a la luz de la luna un
perfil varonil y una mirada vulnerable.
- ¿Por qué lo sabes?
- Siempre, cuando va a llover, me
despierto… - él la miró, con cálida dulzura
- No lo sabía… - tomó un sorbo del vaso
de agua y volvió a colocarlo sobre su pecho - … me gusta el olor de la
hierba mojada…
- A mi también… - sonrió con nostalgia.
En ese momento, pequeñas gotitas plateadas
comenzaron a llorar desde el cielo y deslizarse sobre los cristales. Él se
acercó y corrió unos centímetros el ventanal. La brisa acarició sus cuerpos,
el olor a hierba mojada invadió sus sentidos y pequeñas gotitas de agua
cayeron sobre sus pies. Ella le miró divertida, aprobando lo que acababa de
hacer. Corroborándole que aquellas sensaciones le gustaban…
- ¿Alguna vez has escuchado la lluvia? –
susurró él frente a ella.
- ¿Cómo? No te entiendo… - sonrió
Le tendió la mano. Akane dejó el vaso en el suelo y
la aceptó. Un cómplice apretón la hicieron reconfortarse y relajarse. Le
siguió; bajaron el escalón y sintió la hierba mojada bajo sus pequeños pies,
el agua cayendo poco a poco sobre su cabello azulado, resbalando por su
espalda, sus brazos… Y le observó a él, de la misma sensual manera…
Estallando las gotas sobre su trabajado cuerpo, sobre sus exóticos rasgos…
Sobre sus manos entrelazadas… Jamás queriendo separase.
Cuando estuvieron cerca del estanque, él soltó su
mano, pero tan pronto como el calor se desvanecía, la otra reemplazo el
vacío. Rodearon sus fuertes brazos la estrecha cintura de ella, entrelazando
sus dedos en armonía.
Apoyó su barbilla sin presión sobre su frágil hombro
derecho. Le susurró: “Cierra los ojos, y escucha…” Akane sintió un
cosquilleo y un tierno escalofrío. Sus párpados cubrieron sus irises… La
lluvia caía, agregando futuros recuerdos…
El vaivén de sus cuerpos acompasados hacía que todo
fuese más maravilloso… la magia cubría cada una de esas plateadas gotas
celestiales.
Akane escuchaba susurros. Escuchaba poemas.
Escuchaba colores, melodías, fragancias… Escuchaba el latido de dos
corazones. Escuchaba puro amor… en ellos…
Sus ojos se abrieron felinamente, resistiendo a
perder esas visiones cristalinas. Giró su cabeza, despacio, temiendo dejar
de escuchar la lluvia. Encontró los irises cobalto, plateados… Encontró un
rostro sereno, apaciguado… Sonrió y él también a ella.
Presionó casi inapreciablemente, sus brazos en torno
a la pequeña cintura de Akane, provocando aún más complicidad. Se amoldó en
su pequeño cuerpo, bajo la lluvia.
- Dime que siempre escucharemos la
lluvia juntos… como ahora... – susurró ella
- Siempre escucharemos la lluvia… - sus
dedos fueron acariciados por los de ella, haciendo que las pequeñas gotitas
se derramasen sobre su piel. Sonrió como él adoraba que hiciese. Cerró sus
ojos acaramelados y aspiro profundamente, relajando su cuerpo. Sintió como
ella se relajaba, se aliviaba… y en el último susurro de aquella noche,
acarició esas palabras que le faltaban y que sellarían los recuerdos - …
juntos, como ahora… escucharemos la lluvia, Akane…
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