
Escrito
por Silo
en
Mendoza (Argentina) a mediados de 1980.
Corregido
en el mismo lugar, en Agosto de 1988.
ACLARACION
DEL COMENTARISTA
Este
libro está dividido en dos partes. La primera, llamada "Narraciones",
es un conjunto de doce cuentos y constituye el cuerpo más denso y complejo. La
segunda, bajo el título de "Juegos de imágenes", consta de nueve
descripciones más sencillas (pero también más ágiles), que las de la primera
parte.
A este
material, se lo puede considerar desde diferentes puntos de vista. El más
superficial, nos muestra una serie de relatos breves con final feliz. Estos,
tienen el carácter liviano de los borradores que se realizan como práctica y
sólo a modo de "divertimento". Según esa apreciación, se trata de
simples ejercicios literarios.
Otro
enfoque revela a esta obra, como una serie de prácticas sicológicas apoyadas en
formas literarias. Esto queda mejor aclarado en las notas ampliatorias y los
comentarios que inserto al final del libro.
Conocemos
narraciones de todo tipo, escritas en primera persona. Esa "primera
persona", habitualmente no es la del lector, sino la del autor. En este
libro, Silo corrige tan antigua descortesía, haciendo que la ambientación de
cada cuento sirva como enmarque, para que el lector llene la escena con él
mismo y sus propias ocurrencias.
Colaborando
con estos ejercicios literarios, aparece en los textos un asteriscado que marca
pausas y ayuda a introducir mentalmente, las imágenes que convierten a un
lector pasivo, en actor y coautor de cada descripción. Esa originalidad
permite, a su vez, que una persona lea en voz alta (marcando las interrupciones
mencionadas) y que otras, escuchando, imaginen su propio "nudo"
literario. Tal cosa, que en estos escritos es la tónica, en otros más
convencionales destruiría toda secuencia argumental.
Debe
anotarse, que en toda pieza literaria, el lector o espectador (si se trata de
representaciones teatrales, fílmicas o televisivas), puede identificarse más o
menos plenamente con los personajes, pero reconociendo en el momento o
posteriormente, diferencias entre el actor que aparece incluído en la obra y el
observador que está "afuera" de la producción y no es otro que él
mismo. En este libro ocurre lo contrario; el personaje es el observador, agente
y paciente de acciones y emociones.
Resulten
o no de nuestro agrado estas Experiencias, habremos de reconocer, cuando menos,
que estamos en presencia de una novedosa iniciativa literaria y que eso,
indudablemente, no ocurre todos los días.
J.
Valinsky
PRIMERA PARTE:
NARRACIONES
I. EL
NIÑO
Voy
caminando por el campo. Es de mañana, muy temprano. A medida que avanzo, me
siento seguro y alegre.
Alcanzo
a divisar una construcción de aspecto antiguo. Parece hecha de piedra. También
el techo, a dos aguas, es como de piedra. Grandes columnas de mármol, resaltan
en el frente.
LLego
al edificio y veo que una puerta de metal, al parecer muy pesada. Desde un
costado, sorpresivamente, salen dos animales feroces que se me avalanzan.
Afortunadamente, quedan retenidos por sendas cadenas tensas, a muy corta
distancia de mí.
No
tengo cómo llegar a la puerta, sin que los animales me ataquen. Entonces, les
arrojo un bulto que contiene comida. Las bestias lo engullen y quedan dormidas.
Me
acerco a la puerta. La examino. No veo cerrojo ni otro elemento a utilizar para
abrirla. Sin embargo, empujo suavemente y la hoja se abre con un sonido
metálico de siglos.
Un
ambiente muy largo y suavemente iluminado, queda al descubierto. No alcanzo a
ver el fondo. A izquierda y derecha hay cuadros que llegan hasta el suelo. Son
tan grandes como personas. Cada uno representa escenas diferentes. En el
primero, a mi izquierda, figura un hombre sentado tras una mesa, sobre la que
hay barajas, dados y otros elementos de juego. Me quedo observando el extraño
sombrero con que está cubierta la cabeza del jugador.
Entonces,
trato de acariciar la pintura en la parte del sombrero, pero no siento
resistencia al tacto, sino que el brazo entra en el cuadro.Introduzco una
pierna y luego todo mi cuerpo en el interior del cuadro.
El
jugador levanta una mano y exclama: "¡Un momento, no puede pasar si no
paga la entrada!"
Busco
entre mis ropas, extraigo una esferita de cristal y se la doy. El jugador hace
un gesto afirmativo y paso por su lado.
Estoy
en un parque de diversiones. Es de noche. Veo por todas partes juegos mecánicos
plenos de luz y movimiento..., pero no hay nadie.
Sin
embargo, descubro cerca mío a un chico de unos diez años. Está de espaldas. Me
acerco y cuando gira para mirarme, advierto que soy yo mismo cuando era
niño.(*)
Le
pregunto qué hace allí y me dice algo referente a una injusticia que le han
hecho. Se pone a llorar y lo consuelo, prometiéndole llevarlo a los juegos. El
insiste en la injusticia. Entonces, para entenderlo, comienzo a recordar cuál
fué la injusticia que padecí a esa edad. (*)
Ahora
recuerdo y por algún motivo, comprendo que es parecida a la que sufro en la
vida actual. Me quedo pensando, pero el niño continúa con su llanto.(*)
Entonces
digo: "Bueno, voy a arreglar esa injusticia que al parecer me hacen. Para
eso, comenzaré a ser amigable con las personas que me crean esa
situación". (*)
Veo que
el niño ríe. Lo acaricio y le digo que volveremos a vernos. Me saluda y se va
muy contento.
Salgo
del parque, pasando al lado del jugador que me mira de soslayo. En ese momento,
toco su sombrero y el personaje guiña un ojo burlonamente.
Emerjo
del cuadro y me encuentro en el ambiente largo, nuavamente. Entonces, caminando
con paso lento, salgo por la puerta.
Afuera,
los animales duermen. Paso entre ellos sin sobresalto.
El día
espléndido me acoje. Regreso por el campo abierto, cantando y silbando, con la
sensación de haber comprendido una situación que venía arrastrando desde hace
mucho tiempo. (*)
II. EL
ENEMIGO
Estoy
en el centro de la ciudad, en el momento de mayor actividad comercial.
Vehículos y gentes, se desplazan apresuradamente. También yo me muevo con
urgencia.
De
pronto, todo queda paralizado. Unicamente yo, tengo movimiento. Entonces,
examino a las personas. Me quedo observando a una mujer y luego a un hombre.
Doy vueltas alrededor de ellos.
Los
estudio desde muy cerca.
Luego,
subo al techo de un auto y desde allí miro alrededor, comprobando además, que
todo está en silencio.
Reflexiono
un instante y compruebo que las personas, vehículos y todo tipo de objetos,
están a mi disposición. Inmediatamente, me pongo a hacer todo lo que quiero. De
tal manera y tan frenéticamente, que pasado un tiempo quedo agotado.
Estoy
descansando mientras se me ocurren nuevas actividades. Es así que vuelvo a
hacer lo que se me antoja sin prejuicio alguno.
Pero,
¡a quién veo allí! Nada menos que a ese ejemplar con el que tengo varias
cuentas pendientes. En efecto, creo que es quien más me ha perjudicado en toda
mi vida...
Como
las cosas no pueden quedar así, toco de pronto a mi enemigo y veo que recobra
alguno de sus movimientos. Me mira con horror y entiende la situación, pero
está paralizado e indefenso. Por consiguiente, comienzo a decirle todo lo que
quiero, prometiéndole mi revancha de inmediato.
Sé que
siente todo, pero no puede responder, así es que comienzo por recordarle
aquellas situaciones en las que me afectó tan negativamente.(*)
Mientras
estoy atareado con mi enemigo, aparecen caminando varias personas. Se detienen
ante nosotros y empiezan a apremiar al sujeto. Este comienza a responder entre
llantos, que está arrepentido de lo que ha hecho. Pide perdón y se arrodilla,
mientras los recién llegados continúan interrogándolo.(*)
Pasado
un tiempo, proclaman que una persona tan infame no puede seguir viviendo, así
es que lo condenan a muerte.
Están por
lincharlo, mientras la víctima pide clemencia. Entonces, lo perdono. Todos
acatan mi decisión. Luego el grupo se va muy conforme. Quedamos solos
nuevamente. Aprovecho la situación para completar mi desquite, ante su
desesperación creciente. De manera que termino por decir y hacer, todo lo que
me parece adecuado.(*)
El
cielo se oscurece violentamente y empieza a llover con fuerza. Mientras busco
refugio tras una vidriera, observo que la ciudad recobra su vida normal. Los
peatones corren, los vehículos marchan con cuidado por entre cortinas de agua y
ráfagas de viento huracanado. Fulgores eléctricos continuados y fuertes truenos
enmarcan la escena, mientras sigo mirando a través de los cristales.
Me
siento totalmente relajado, como vacío por dentro, mientras observo casi sin
pensar.
En ese
momento, aparece mi enemigo buscando protección de la tormenta. Se acerca y me
dice: "¡qué suerte estar juntos en esta situación!"
Me
observa tímidamente. Lo reconforto con una suave palmada, mientras se encoje de
hombros. (*)
Comienzo
a revisar en mi interior, los problemas del otro.
Veo sus
dificultades, los fracasos de su vida, sus enormes frustraciones, su debilidad.
(*)
Siento
la soledad de ese ser humano que se cobija a mi lado húmedo y tembloroso. Lo
veo sucio, en un abandono patético. (*)
Entonces,
en un rapto de solidaridad, le digo que voy a ayudarlo. El no dice palabra
alguna. Baja la cabeza y mira sus manos. Advierto que sus ojos se nublan.(*)
Ha
cesado la lluvia. Salgo a la calle y aspiro profundamente el aire limpio.
Inmediatamente me alejo del lugar.
III. EL
GRAN ERROR
Estoy
de pie frente a una especie de Tribunal. La sala, repleta de gente, permanece
en silencio. Por todas parte veo rostros severos. Cortando la tremenda tensión
acumulada en la concurrencia, el Secretario (ajustando sus gafas), toma un
papel y anuncia solemnemente: "Este Tribunal, condena al acusado a la pena
de muerte".
Inmediatamente
se produce un griterío. Hay quienes aplauden, otros abuchean. Alcanzo a ver a
una mujer que cae desmayada. Luego, un funcionario logra imponer silencio.
El
Secretario me clava su turbia mirada al tiempo que pregunta: "¿Tiene algo
que decir?" Le respondo que si. Entonces, todo el mundo vuelve a sus
asientos. Inmediatamente, pido un vaso con agua y luego de alguna agitación en
la sala, alguien me lo acerca. Lo llevo a la boca y tomo un buche. Completo la
acción con una sonora y prolongada gárgara. Después digo: "¡ya está!"
Alguien del Tribunal me increpa asperamente, "¡cómo que ya está!" Le
respondo que si, ¡que ya está! En todo caso, para conformarlo le digo que el
agua del lugar es muy buena, que ¡quién lo hubiera dicho! y dos o tres
gentilezas por el estilo...
El
Secretario, termina de leer el papel con estas palabras: "...por
consiguiente, se cumplirá la sentencia hoy mismo, dejándolo en el desierto sin
alimentos y sin agua. Sobre todo, sin agua. ¡He dicho!" Le replico con
fuerza: "¡Cómo que he dicho!" El Secretario, arqueando las cejas
afirma: "¡Lo que he dicho, he dicho!"
Al poco
tiempo, me encuentro en medio del desierto viajando en un vehículo, escoltado
por dos bomberos. Paramos en un punto y uno de ellos dice: "¡Baje!"
Entonces, bajo. El vehículo gira y regresa por donde vino. Lo veo hacerse cada
vez más pequeño, a medida que se aleja entre las dunas.
El sol
está declinando, pero es intenso. Comienzo a sentir mucha sed. Me quito la
camisa, colocándola sobre la cabeza. Investigo alrededor. Descubro cerca, una
hondonada al costado de unas dunas. Voy hacia ellas y termino sentándome en el
delgado espacio de sombra que proyecta la ladera.
El aire
se agita vivamente, levantando una nube de arena que oscurece al sol. Salgo de
la hondonada temiendo ser sepultado si el fenómeno se acentúa. Las partículas
arenosas pegan en mi torso descubierto, como ráfagas de metralla vidriosa. Al
poco tiempo, la fuerza del viento me ha derribado.
Pasó la
tormenta, el sol se ha puesto. En el crepúsculo veo ante mí una semiesfera
blanquecina, grande como un edificio de varios pisos. Pienso que se trata de un
espejismo. No obstante, me incorporo dirigiéndome hacia ella. A muy poca
distancia, advierto que la estructura es de un material terso, como plástico
espejado, tal vez henchida por aire comprimido.
Me
recibe un sujeto vestido a la usanza beduina. Entramos por un tubo alfombrado.
Se corre una plancha y al mismo tiempo me asalta el aire refrescante. Estamos
en el interior de la estructura. Observo que todo está invertido. Se diría que
el techo es un piso plano del que penden diversos objetos: mesas redondas
elevadas con las patas hacia arriba; aguas que cayendo en chorros se curvan y
vuelven a subir y formas humanas sentadas en lo alto. Al advertir mi extrañeza,
el beduíno me pasa unas gafas, mientras dice: "¡póngaselas!" Obedezco
y se restablece la normalidad. Al frente veo una gran fuente que expele
verticales chorros de agua. Hay mesas y diversos objetos, exquisitamente
combinados en color y forma.
Se me
acerca gateando el Secretario. Dice que está terriblemente mareado. Entonces le
explico que está viendo la realidad al revés y que debe quitarse las gafas. Se
las quita y se incorpora suspirando, al tiempo que dice: "En efecto, ahora
todo está bien, solo que soy corto de vista." Luego agrega que me andaba
buscando para explicar que yo no soy la persona a la que debía juzgar; que ha
sido una lamentable confusión. Inmediatamente, sale por una puerta lateral.
Caminando
unos pasos, me encuentro con un grupo de personas sentadas sobre almohadones en
círculo. Son ancianos de ambos sexos, con características raciales y atuendos
diferentes. Todos ellos, de hermosos rostros. Cada vez que uno de ellos abre la
boca, brotan sonidos como de engranajes lejanos, de máquinas gigantes, de
relojes inmensos. Pero también escucho la intermitencia de los truenos, el
crujido de las rocas, el desprendimiento de los témpanos, el rítmico rugido de
volcanes, el breve impacto de la lluvia gentil, el sordo agitar de corazones;
el motor, el músculo, la vida... pero todo ello armonizado y perfecto, como en
unaorquesta magistral.
El
beduino me da unos audífonos, diciendo: "Colóqueselos. Son
traductores." Me los pongo y escucho claramente una voz humana. Comprendo
que es la misma sinfonía de uno de los ancianos, traducida para mi torpe oído.
Ahora, al abrir él la boca, escucho: "...somos las horas, somos los
minutos, somos los segundos... somos las distintas formas del tiempo. Como hubo
un error contigo, te daremos la oportunidad de recomenzar tu vida. ¿Dónde
quieres empezarla de nuevo? Tal vez desde el nacimiento... tal vez un instante
antes del primer fracaso. Reflexiona." (*)
He
tratado de encontrar el momento en el que perdí el control de mi vida. Se lo
explico al anciano. (*)
Muy
bien -dice él- y ¿cómo vas a hacer, si vuelves a ese momento, para tomar un
rumbo diferente? Piensa que no recordarás lo que viene después.
Queda
otra alternativa, -agrega- puedes volver al momento del mayor error de tu vida
y, sin cambiar los acontecimientos, cambiar sin embargo sus significados. De
ese modo, puedes hacerte una vida nueva.
En el
momento en que el anciano hace silencio, veo que todo a mi alrededor se
invierte en luces y colores, como si se transformara en el negativo de una
película... hasta que todo vuelve a la normalidad. Pero me encuentro en el
momento del gran error de mi vida. (*)
Allí
estoy impulsado a cometer el error.Y ¿por qué estoy obligado a hacerlo?(*)
¿No hay
otros factores que influyen y no los quiero ver? El error fundamental, ¿a qué
cosas se debe? ¿Qué tendría que hacer, en cambio? Si no cometo ese error,
¿cambiará el esquema de mi vida y esta será mejor o peor? (*)
Trato
de comprender que las circunstancias que obran, no pueden ser modificadas y
acepto todo como si fuera un accidente de la naturaleza: como un terremoto, o
un río que desbordando su lecho, arruina el trabajo y la vivienda de los
pobladores.(*)
Me
esfuerzo por aceptar que en los accidentes no hay culpables. Ni mi debilidad;
ni mis excesos; ni las intenciones de otros, pueden ser modificadas en este
caso. (*)
Sé que
si ahora no me reconcilio, mi vida a futuro seguirá arrastrando la frustración.
Entonces, con todo mi ser, perdono y me perdono. Admito aquello que ocurrió
como algo incontrolable por mí y por otros. (*)
La
escena comienza a deformarse, inviertiéndose los claro-oscuros, como en un
negativo de fotografía. Al mismo tiempo, escucho la voz que me dice: "Si
puedes reconciliarte con tu mayor error, tu frustración morirá y habrás podido
cambiar tu Destino." Estoy de pie en medio del desierto. Veo aproximarse
un vehículo. Le grito: "¡Taxi!" Al poco tiempo estoy sentado
cómodamente en los asientos traseros. Miro al conductor que está vestido de
bombero y le digo: "Lléveme a casa... no se apure, así tengo tiempo de
cambiarme de ropa." Pienso: "¿Quién no ha sufrido un accidente? Creo
que soy mejor de lo que hubiera pensado antes y, sobre todo, tengo un futuro
para probarlo."
IV. LA
NOSTALGIA
Las
luces coloreadas destellan al ritmo de la música. Tengo al frente a quien fué
mi gran amor. Bailamos lentamente y cada flash me muestra un detalle de su
rostro o de su cuerpo. (*)
¿Qué
falló entre nosotros? Tal vez el dinero. (*)
Tal vez
aquellas otras relaciones. (*)
Tal vez
aspiraciones diferentes. (*)
Tal vez
el destino, o eso tan difícil de precisar entonces. (*)
Bailo
lentamente, pero ahora con quién fué ese otro gran amor. Cada flash me muestra
un detalle de su rostro o de su cuerpo. (*)
¿Qué
falló entre nosotros? Tal vez el dinero. (*)
Tal vez
aquellas otras relaciones. (*)
Tal vez
aspiraciones diferentes. (*)
Tal vez
el destino, o eso tan difícil de precisar entonces. (*)
Yo te
perdono y me perdono, porque si el mundo baila alrededor y nosotros bailamos,
qué podemos hacer por las férreas promesas que fueron mariposas de colores
cambiantes.
Rescato
lo bueno y lo bello, del ayer contigo. (*)
Y
también contigo. (*)
Y con
todos aquellos en los que encandilé mis ojos. (*)
Ah,
¡si! La pena, la sospecha, el abandono, la infinita tristeza y las heridas del
orgullo, son el pretexto. Que pequeños resultan al lado de una frágil mirada.
Porque
los grandes males que recuerdo, son errores de danza y no la danza misma.
De ti
agradezco la sonrisa leve.
Y de tí
el murmullo.
Y de
todos aquellos, agradezco la esperanza de un amor eterno.
Quedo
en paz con el ayer presente. Mi corazón está abierto a los recuerdos de los
bellos momentos. (*)
V. LA
PAREJA IDEAL
Caminando
por un espacio abierto, destinado a exposiciones industriales, veo galpones y
maquinaria. Hay muchos niños a los que se ha destinado juegos mecánicos de alta
tecnología.
Me
acerco hasta un gigante hecho de material sólido. Está de pié. Tiene una gran
cabeza pintada en colores vivos. Una escalera llega hasta su boca. Por ella
trepan los pequeños, hasta la enorme cavidad y cuando uno entra, ésta se cierra
suavemente. Al poco tiempo, el niño sale expulsado por la parte trasera del
gigante deslizándose por un tobogán que termina en la arena. Uno a uno van
entrando y saliendo, acompañados por la música que brota del gigante:
"¡Gargantúa
se traga a los niños,
con
mucho cuidado, sin hacerles mal!
¡Ajajá,
ajajá, con mucho cuidado,
sin
hacerles mal!"
Me
decido a subir por la escalerilla y entrando en la enorme boca, encuentro a un
recepcionista que me dice: "Los niños siguen por el tobogán, los grandes
por el ascensor."
El
hombre continúa dando explicaciones, mientras descendemos por un tubo
transparente. En un momento, le digo que ya debemos estar a nivel del suelo. El
comenta que recién andamos por el esófago, ya que el resto del cuerpo está bajo
tierra, a diferencia del gigante infantil que está íntegro en la superficie.
Sí, hay dos Gargantúas en uno -me informa- el de los niños y el de los grandes.
Estamos a muchos îpies bajo el suelo... Ya hemos pasado el diafragma, de manera
que pronto llegaremos a un lugar muy simpático. Vea, ahora que se abre la
puerta de nuestro ascensor, se nos presenta el estómago... ¿quiere bajar aquí?
Como usted ve, es un moderno restaurant en el que se sirven dietas de todas
partes del mundo.
Le digo
al recepcionista que tengo curiosidad por el resto del cuerpo. Entonces,
seguimos descendiendo.
Ya
estamos en el bajo vientre -anuncia mi interlocutor, mientras abre la puerta-.
Tiene una decoración muy original. Las paredes de colores cambiantes, son
cavernas forradas delicadamente. El fuego central (en medio del salón), es el
generador que da energía a todo el gigante. Los asientos están para reposos del
visitante. Las columnas distribuídas en distintos puntos, permiten jugar a los
escondites... uno puede aparecer y desaparecer tras ellas. Tiene más gracia si
son varios los visitantes que participan. Bien, lo dejo aquí si es su deseo.
Basta que se acerque hasta la entrada del ascensor, para que la puerta se abra
y pueda regresar a la superficie. Todo es automático... una maravilla, ¿no le
parece?
Se
cierra la hoja y quedo solo en el recinto.
Creo
estar dentro del mar. Un gran pez, pasa a través mío y comprendo que los
corales, las algas y las diversas especies vivas, son proyecciones
tridimensionales que dan un increíble efecto de realidad. Me siento a observar
sin apuros, el distensador espectáculo.
De
pronto, veo que desde el fuego central sale una figura humana con el rostro
cubierto. Se me acerca lentamente. Deteniéndose a corta distancia, dice:
"Buenos días, soy una holografía. Los hombres tratan de encontrar en mí a
su mujer ideal y las mujeres proceden del modo opuesto. Estoy programada para
tomar el aspecto que usted busca, pero ¿cuál es ese aspecto? Yo no puedo hacer
nada sin un pequeño esfuerzo de su parte. Pero si lo intenta, sus ondas
encefalográficas serán decodificadas, amplificadas, trasmitidas y recodificadas
nuevamente en el ordenador central, el cual, a su vez, hará las recomposiciones
que me permitirán ir perfilando mi identidad."
Y
entonces, qué hago -le pregunto.
Le
recomiendo -explica- que proceda en el siguiente orden. Piense en qué rasgos
comunes han tenido todas las personas con las que se ligó afectivamente. No se
refiera solamente al cuerpo o al rostro, sino también a caracteres. Por
ejemplo: ¿eran protectoras, o por lo contrario, inspiraban en usted necesidad
de darles
protección?
(*)
¿Eran
valientes, tímidas, ambiciosas, engañadoras, soñadoras; o tal vez, crueles? (*)
Y
ahora, ¿qué cosa igualmente desagradable, o reprochable, o negativa, han tenido
en
común? (*)
¿Cuáles
han sido sus rasgos positivos? (*)
¿En qué
se han parecido los comienzos de todas esas relaciones? (*)
Procure
recordar ¿con qué personas ha querido relacionarse, sin que las cosas
resultaran y por qué no resultaron? (*)
Ahora,
atención, empezaré a tomar las formas que usted ambiciona. Indíqueme y lo haré
a la perfección. Estoy lista, así es que piense: ¿Cómo debo caminar? ¿Cómo
estoy vestida? ¿Qué hago exactamente? ¿Cómo hablo? ¿En qué lugar estamos y qué
hacemos?
¡Mira
mi rostro, tal cual es! (*)
Mira en
la profundidad de mis ojos, porque ya he dejado de ser una proyección para
convertirme en algo real... mira en la profundidad de mis ojos y dime
dulcemente, ¿qué ves en ellos? (*)
Me
levanto para tocar la figura, pero ella me elude, desapareciendo tras una
columna. Cuando llego al lugar, compruebo que se ha esfumado. Sin embargo,
siento en mi hombro una mano que se apoya suavemente, al tiempo que alguien
dice: "No mires hacia atrás. Debe bastarte con saber que hemos estado muy
cerca el uno del otro y que gracias a eso, pueden aclararse tus búsquedas".
En el
momento en que termina la frase, me vuelvo para ver a quién está a mi lado,
pero solo percibo a una sombra que huye. Simultaneamente, el fuego central ruge
y aumenta su brillo, deslumbrándome.
Me doy
cuenta que la escenografía y la proyección han creado el ambiente propicio,
para que brote la imagen ideal. Esa imagen que está en mí y que llegó a
rozarme, pero que por una impaciencia incomprensible desapareció entre mis
dedos. Sé que ha estado cerca mío y eso me basta. Compruebo que el ordenador
central no pudo proyectar una imagen táctil como la que sentí sobre mi
hombro...
LLego a
la entrada del ascensor. La puerta se abre y entonces escucho un canto
infantil:
"¡Gargantúa
se traga a los grandes,
con
mucho cuidado, sin hacerles mal!
¡Ajajá,
ajajá, con mucho cuidado,
sin
hacerles mal!"
VI. EL
RESENTIMIENTO
Es de
noche. Estoy en una antigua ciudad surcada por canales de agua que pasan bajo
los puentes de las calles. Acodado en una balaustrada, miro hacia abajo el
lento desplazamiento de una líquida y turbia masa. A pesar de la bruma, alcanzo
a ver sobre otro puente, un grupo de personas. Apenas escucho los instrumentos
musicales, que acompañan voces tristemente desafinadas. Lejanas campanadas
ruedan hasta mí, como pegajosas oleadas de lamento.
El
grupo se ha ido, las campanas han callado.
En un
pasaje diagonal, malsanas luces de colores fluorescentes, apenas iluminan.
Emprendo
mi camino, internándome en la niebla. Luego de deambular entre callejuelas y
puentes, desemboco en un espacio abierto. Es una plaza cuadrada, al parecer
vacía. El piso embaldosado me lleva hasta un extremo, cubierto por las aguas
quietas.
La
barca, semejante a una carroza, me espera adelante. Pero antes, debo avanzar
por entre dos largas filas de mujeres. Vestidas con túnicas negras y
sosteniendo antorchas, dicen en coro a mi paso:
"¡Oh,
Muerte!, cuyo ilimitado imperio,
alcanza
dondequiera a los que viven.
De tí
el plazo concedido a nuestra edad, depende.
Tu
sueño perenne aniquila a las multitudes,
ya que
nadie elude tu poderoso impulso.
Tú,
unicamente, tienes el juicio que absuelve,
y no
hay arte que pueda imponerse a tu arrebato,
ni
súplica que revoque tu designio".
Subiendo
a la carroza, recibo la ayuda del barquero que luego permanece en pie atrás
mío. Me acomodo en un espacioso asiento. Advierto que nos elevamos hasta quedar
ligaramente despegados del agua. Entonces, comenzamos a desplazarnos
suspendidos sobre un mar abierto e inmóvil, como espejo sin fin que refleja a
la luna.
Hemos
llegado a la isla. La luz nocturna permite ver un largo camino bordeado de
cipreses. La barca se posa en el agua, balanceándose un poco. Bajo de ella,
mientras el barquero permanece impasible.
Avanzo
rectamente entre los árboles que silban con el viento. Sé que mi paso es
observado. Presiento que hay algo o alguien escondido más adelante. Me detengo.
Tras un árbol, la sombra me llama con lentos ademanes. Voy hacia ella y casi al
llegar, un hálito grave, un suspiro de muerte, pega en mi rostro: ¡Ayúdame!
-murmura-, sé que has venido a libertarmme de esta prisión confusa. Sólo tú
puedes hacerlo... ¡ayúdame!
La
sombra explica que es aquella persona con la que estoy profundamente resentido.
(*)
Y, como
adivinando mi pensamiento, agrega: "No importa que aquel con quien estás
ligado por el resentimiento más profundo haya muerto o esté con vida, ya que el
dominio del oscuro recuerdo, no respeta fronteras".
Luego
continúa: "Tampoco hay diferencias en que el odio y el deseo de venganza,
se anuden en tu corazón desde la niñez o desde el ayer reciente. Nuestro tiempo
es inmóvil, por eso siempre acechamos para surgir deformados como distintos
temores, cuando la oportunidad se hace propicia. Y esos temores, son nuestra
revancha por el veneno que debemos probar cada vez".
Mientras
le pregunto qué debo hacer, un rayo de luna ilumina débilmente su cabeza
cubierta por un manto. Luego, el espectro se deja ver con claridad y en él
reconozco las facciones de quien abrió mi más grande herida. (*)
Le digo
cosas que jamás hubiera comentado con nadie; le hablo con la mayor franqueza de
que soy capaz.(*)
Me pide
que considere nuevamente el problema y que le explique los detalles más
importantes sin limitación, aunque mis expresiones sean injuriosas. Enfatiza en
que no deje de mencionar ningún rencor que sienta, ya que de otro modo seguirá
cautivo para siempre. Entonces, procedo de acuerdo a sus instrucciones.(*)
Inmediatamente,
me muestra una fuerte cadena que lo une a un ciprés. Yo, sin dudar, la rompo
con un tirón seco. En consecuencia, el manto se desploma vacío y queda
extendido en el suelo, al tiempo que una silueta se desvanece en el aire y la
voz se aleja hacia las alturas, repitiendo palabras que he conocido antes:
"¡Adiós de una vez! Ya la luciérnaga anuncia la proximidad del alba y
empieza a palidecer su indeciso fulgor. ¡Adiós, adiós, adiós! ¡Acuérdate de
mí!"
Al
comprender que pronto amanecerá, giro sobre mí para volver a la barca, pero
antes recojo el manto que ha quedado a mis pies. Lo cruzo en mi hombro y apuro
el paso de regreso. Mientras me acerco a la costa, varias sombras furtivas me
preguntan si algún día volveré a liberar otros resentimientos.
Ya
cerca del mar, veo un grupo de mujeres vestidas con túnicas blancas,
sosteniendo sendas antorchas en alto. LLegando a la carroza, doy el manto al
barquero. Este, a su vez, lo entrega a las mujeres. Una de ellas le pega fuego.
El manto arde y se consume velozmente, sin dejar cenizas. En ese instante, siento
un gran alivio, como si hubiera perdonado con sinceridad, un enorme agravio.
(*)
Subo a
la barca, que ahora tiene el especto de una moderna lancha deportiva. Mientras
nos separamos de la costa sin encender aún el motor, escucho al coro de las
mujeres que dice:
"Tú
tienes el poder de despertar al aletargado,
uniendo
el corazón a la cabeza,
librando
a la mente del vacío,
alejando
las tinieblas de la interna mirada y el olvido.
Vé,
bienaventurada potestad. Memoria verdadera,
que
enderezas la vida hacia el recto sentido."
El
motor arranca en el instante en que empieza a levantarse el sol en el horizonte
marino. Miro al joven lanchero de rostro fuerte y despejado, mientras acelera
sonriente hacia el mar.
Ahora
que nos acercamos a gran velocidad, vamos rebotando en el suave oleaje. Los
rayos del sol, doran las soberbias cúpulas de la ciudad, mientras a su
alrededor flamean palomas en alegres bandadas.
VII. LA
PROTECTORA DE LA VIDA
Floto
de espaldas en un lago. La temperatura es muy agradable. Sin esfuerzo, puedo
mirar a ambos lados de mi cuerpo, descubriendo que el agua cristalina me
permite ver el fondo.
El
cielo es de un azul luminoso. Muy cerca hay una playa de arenas suaves, casi
blancas. Es un recodo sin oleaje, al que llegan las aguas del mar.
Siento
que mi cuerpo flota blandamente y que se relaja cada vez más, procurándome una
extraordinaria sensación de bienestar.
En un
momento, decido invertir mi posición y, entonces, comienzo a nadar con mucha armonía
hasta que gano la playa y salgo caminando lentamente.
El
paisaje es tropical. Veo palmeras y cocoteros, al tiempo que percibo en mi
piel, el contacto del sol y la brisa.
De
pronto, a mi derecha, descubro una gruta. Cerca de ella, serpentea el agua
transparente de un arroyo. Me acerco, al tiempo que veo dentro de la gruta, la
figura de una mujer. Su cabeza está tocada con una corona de flores. Alcanzo a
ver los hermosos ojos, pero no puedo definir su edad. En todo caso, tras ese
rostro que irradia amabilidad y comprensión, intuyo una gran sabiduría. Me
quedo contemplándola, mientras la naturaleza hace silencio.
"Soy
la protectora de la vida", me dice. Le respondo tímidamente que no
entiendo bien el significado de la frase. En ese momento, veo un cervatillo que
lame su mano.
Entonces,
me invita a entrar a la gruta, indicándome luego que me siente en la arena
frente a una lisa pared de roca. Ahora no puedo verla a ella, pero oigo que me
dice: "respira suavemente y dime qué ves." Comienzo a respirar lenta
y profundamente. Al momento, aparece en la roca una clara imagen del mar.
Aspiro y las olas llegan a las playas. Espiro y se retiran.
Me
dice: "Todo en tu cuerpo es ritmo y belleza. Tantas veces has renegado de
tu cuerpo, sin comprender al maravilloso instrumento de que dispones para
expresarte en el mundo". En ese momento, aparecen en la roca diversas
escenas de mi vida en las que advierto verguenza, temor y horror por aspectos
de mi cuerpo. Las imágenes se suceden. (*)
Siento
incomodidad al comprender que ella está viendo las escenas, pero me tranquilizo
de inmediato. Luego agrega: "Aún en la enfermedad y la vejez, el cuerpo
será el perro fiel que te acompañe hasta el último momento. No reniegues de él
cuando no pueda responder a tu antojo. Mientras tanto, hazlo fuerte y
saludable. Cuídalo para que esté a tu servicio y oriéntate solamente por las
opiniones de los sabios. Yo que he pasado por todas las épocas, sé bien que la
misma idea de belleza cambia. Si no consideras a tu cuerpo como al amigo más
próximo, él entristece y enferma. Por tanto, habrás de aceptarlo plenamente. El
es el instrumento de que dispones para expresarte en el mundo... Quiero que
veas ahora, qué parte de él es débil y menos saludable". Al punto, aparece
la imagen de esa zona de mi cuerpo. (*)
Entonces,
ella apoya su mano en ese punto y siento un calor vivificante. Registro oleadas
de energía que se amplían en el punto y experimento una aceptación muy profunda
de mi cuerpo tal cual es. (*)
"Cuida
a tu cuerpo, siguiendo solamente las opiniones de los sabios y no lo
mortifiques con malestares que solo están en tu imaginación. Ahora, vete pleno
de vitalidad y en paz."
Al
salir de la gruta reconfortado y saludable, bebo del agua cristalina del arroyo
que me vivifica plenamente.
El sol
y la brisa, besan mi cuerpo. Camino por las arenas blancas hacia el lago y al
llegar, veo por un instante, la silueta de la protectora de la vida, que se
refleja amablemente en sus profundidades.
Voy
entrando en las aguas, mientras agradezco en mi interior por el maravillosos
instrumento que he recibido de la naturaleza. (* )
VIII.
LA ACCION SALVADORA
Nos
desplazamos velozmente por una gran carretera. A mi lado, conduce una persona
que no he visto nunca. En los asientos traseros, dos mujeres y un hombre,
también desconocidos. El coche corre rodeado por otros vehículos que se mueven
imprudentemente, como si sus conductores estuviesen ebrios o enloquecidos. No
estoy seguro si está amaneciendo o cae la noche.
Pregunto
a mi compañero acerca de lo que está sucediendo. Me mira furtivamente y
responde en una lengua extraña: "¡Rex voluntas!"
Conecto
la radio que me devuelve fuertes descargas y ruido de interferencia eléctrica.
Sin embargo, alcanzo a escuchar una voz débil y metálica que repite
monótonamente: "...rex voluntas... rex voluntas... rex voluntas..."
El
desplazamiento de los vehículos se va enlenteciendo, mientras veo al costado
del camino numerosos autos volcados y un incendio que se propaga entre ellos.
Al detenernos, todos abandonamos el coche y corremos hacia los campos entre un
mar de gente que se avalanza despavorida.
Miro
hacia atrás y veo entre el humo y las llamas, a muchos desgraciados que han
quedado atrapados mortalmente, pero soy obligado a correr por la estampida
humana que me lleva a empellones. En ese delirio, intento inútilmente, llegar a
una mujer que proteje a su niño, mientras la turba le pasa por encima, cayendo
muchos al suelo.
En
tanto se generaliza el desorden y la violencia, decido desplazarme en una leve
línea diagonal que me permita separarme del conjunto. Apunto hacia un lugar más
alto, que obligue a frenar la carrera de los enloquecidos. Muchos
desfallecientes se toman de mis ropas, haciéndolas girones. Pero compruebo que
la densidad de gente, va disminuyendo.
He
logrado zafarme y ahora sigo subiendo, ya casi sin aliento. Al detenerme un
instante, advierto que la multitud sigue una dirección opuesta a la mía,
pensando seguramente que al tomar un nivel descendente, podrá salir más
rápidamente de la situación. Compruebo con horror que aquel terreno, se corta
en un precipicio. Grito con todas mis fuerzas para advertir, aunque fuera a los
más próximos, sobre la inminente catástrofe. Entonces, un hombre se desprende
del conjunto y se acerca corriendo hasta mí. Está con las ropas destrozadas y
cubierto de heridas. Sin embargo, me produce una gran alegría el que pueda
salvarse. Al llegar, me aferra un brazo y gritando como un loco señala hacia
abajo. No entiendo su lengua, pero creo que quiere mi ayuda para rescatar a
alguien. Le digo que espere un poco, porque en este momento es imposible... Sé
que no me entiende. Su desesperación, me hace pedazos. El hombre, entonces,
trata de volver y en ese momento lo hago caer de bruces. Queda en el suelo
gimiendo amargamente. Por mi parte, comprendo que he salvado su vida y su
conciencia, porque él trató de rescatar a alguien, pero se lo impidieron.
Subo un
poco más y llego a un campo de cultivo. La tierra está floja y surcada por recientes
pasadas de tractor. Escucho a la distancia, disparos de armas y creo comprender
lo que está sucediendo. Me alejo presuroso del lugar. Pasado un tiempo, me
detengo. Todo está en silencio. Miro en dirección a la ciudad y veo un
siniestro resplandor.
Empiezo
a sentir que el suelo ondula bajo mis pies y un bramido que llega de las
profundidades, me advierte sobre el inminente terremoto. Al poco tiempo, he
perdido el equilibrio. Quedo en el suelo lateralmente encogido pero mirando al
cielo, presa de un fuerte mareo.
El
temblor ha cesado. Veo una luna enorme, como cubierta de sangre.
Hace un
calor insoportable y respiro el aire cáustico de la atmósfera. Entre tanto,
sigo sin comprender si amanece o cae la noche...
Ya
sentado, escucho un retumbar creciente. Al poco tiempo, cubriendo el cielo,
pasan cientos de aeronaves como mortales insectos que se pierden hacia un
ignorado destino.
Descubro
cerca mío un gran perro que mirando hacia la luna comienza a aullar, casi como
un lobo. Lo llamo. El animal, se acerca tímidamente. LLega a mi lado. Acaricio
suavemente su pelambre erizado. Noto un intermitente temblor en su cuerpo.
El
perro se separa de mi y comienza a alejarse. Me pongo en pie y lo sigo. Así
recorremos un espacio ya pedregoso hasta llegar a un riachuelo. El animal
sediento se avalanza y comienza a beber agua con avidez, pero al momento
retrocede y cae. Me acerco, lo toco y compruebo que está muerto.
Siento
un nuevo sismo que amenaza con derribarme, pero pasa.
Giro
sobre mis talones y diviso en el cielo, a lo lejos, cuatro formaciones de nubes
que avanzan con sordo retumbar de truenos. La primera es blanca, la segunda
roja, la tercera negra y la cuarta amarilla. Y esas nubes se asemejan a cuatro
jinetes armados sobre cabalgaduras de tormenta, recorriendo los cielos y
asolando toda vida en la tierra.
Corro
tratando de escapar de las nubes. Comprendo que si llega hasta mi la lluvia,
quedaré contaminado. Sigo avanzando a la carrera, pero de pronto se alza ante
mi una figura colosal. Es un gigante que me cierra el paso. Agita amenazante,
una espada de fuego. Le grito que debo avanzar porque se acercan las nubes
radioactivas. El me responde que es un robot puesto allí para impedir el paso
de gente destructiva. Agrega que está armado con rayos, así es que advierte que
no me acerque. Veo que el coloso separa netamente dos espacios; aquel del que
provengo, pedregoso y mortecino, de ese otro lleno de vegetación y vida.
Entonces
grito: "¡Tienes que dejarme pasar porque he realizado una buena
acción!"
- ¿Qué
es una buena acción? - pregunta el robot.
- Es
una acción que construye, que colabora con la vida.
- Pues
bien -agrega- ¿qué has hecho de bueno?
- He
salvado a un ser humano de una muerte segura y, además, he salvado su
conciencia.
Inmediatamente,
el gigante se aparta y salto al terreno protegido, en el momento en que caen
las primeras gotas de lluvia.
Tengo
al frente una granja. Cerca, la casa de los campesinos. Por sus ventanas
amarillea una luz suave. Justo ahora, advierto que comienza el día.
Llegando
a la casa, un hombre rudo, de aspecto bondadoso, me invita a pasar. Adentro hay
una familia numerosa preparándose para las actividades del día. Me sientan a la
mesa en la que hay dispuesta una comida simple y reconfortante. Pronto me
encuentro bebiendo agua pura, como de manantial. Unos niños, corretean a mi
alrededor.
Esta
vez -dice mi anfitrión- escapó usted. Pero cuando tenga nuevamente que pasar el
límite de la muerte, ¿que coherencia podrá exhibir?
Le pido
mayores aclaraciones, porque sus palabras me resultan extrañas. El me explica:
"Pruebe recordar lo que podríamos llamar 'buenas acciones' (para darles un
nombre), realizadas en su vida. Por supuesto que no estoy hablando de esas
'buenas acciones' que hace la gente esperando algun tipo de recompensa. Tiene
que recordar solamente aquellas que han dejado en usted la sensación de que lo
hecho a otros, es lo mejor para los otros... así de fácil. Le doy tres minutos
para que revise su vida y compruebe qué pobreza interior hay en usted, mi buen
amigo. Y una última recomendación: si tiene hijos o seres muy queridos, no
confunda lo que quiere para ellos, con lo que es lo mejor para ellos".
Dicho lo cual, sale de la casa él y toda su gente. Quedo a solas meditando la
sugerencia del campesino. (*)
Al poco
tiempo, el hombre entra y me dice: "Ya ve qué vacío es usted por dentro y
si no es vacío, es porque está confuso. O sea, en todos los casos, usted es
vacío por dentro. Permítame una recomendación y acéptela porque es lo único que
le servirá más adelante. Desde hoy, no deje pasar un solo día, sin llenar su
vida."
Nos
despedimos. A la distancia escucho que me grita: "¡dígale a la gente eso
que usted ya sabe!"
Me
alejo de la granja en dirección a mi ciudad.
Esto he
aprendido hoy: cuando el ser humano solo piensa en sus intereses y problemas
personales, lleva la muerte en el alma y todo lo que toca muere con él.
IX. LAS
FALSAS ESPERANZAS
He
llegado al lugar que me recomendaron. Estoy frente a la casa del doctor. Una
pequeña placa, advierte: "Usted que entra, deje toda esperanza".
Después
de mi llamada, se abre la puerta y una enfermera me hace pasar. Señala una
silla en la que me siento. Ella se sitúa tras una mesa, frente a mi. Toma un
papel y después de colocarlo en su máquina de escribir, pregunta: - ¿nombre?...
- y yo respondo. - ¿edad?..., ¿profesiónn?..., ¿estado civil?... ¿grupo
sanguíneo?...
La
mujer continúa llenando su ficha con mis antecedentes familiares de enfermedad.
Respondo
por mi historia de enfermedades. (*)
Inmediatamente,
reconstruyo todos los accidentes sufridos desde mi infancia.(*)
Mirándome
fijamente, pregunta con lentitud: "¿Antecedentes criminales?" Por mi
parte, respondo con cierta inquietud.
Al
decirme, "¿cuáles son sus esperanzas?", interrumpo mi obediente
sistema de respuestas y le pido aclaraciones. Sin inmutarse y mirándome como a
un insecto, replica: "¡Esperanzas son esperanzas! Así es que empiece a
contar y hágalo rápido, porque tengo que encontrarme con mi novio".
Me
levanto de la silla y de un manotazo saco el papel de la máquina. Luego, lo
rompo tirando losfragmentos en una papelera. Doy media vuelta y me dirijo a la
puerta por la que entré. Compruebo que no puedo abrirla. Con molestia evidente,
grito a la enfermera que la abra. No me responde. Giro sobre mi y veo que la
pieza... ¡está vacía!
A
grandes pasos llego a la otra puerta, comprendiendo que tras ella está el
consultorio. Me digo que allí estará el doctor y que le presentaré mis quejas.
Me digo que por allí escapó esa maravilla. Abro y alcanzo a frenarme a escasos
centímetro de una pared." Tras la puerta una pared, ¡muy bonita
idea!"... Corro hacia la primera puerta, ahora se abre y choco nuevamente
con el muro que me cierra el paso.
Escucho
una voz de hombre que me dice por un altavoz: "¿Cuáles son sus
esperanzas?" Recomponiéndome, le espeto al doctor que somos gente adulta y
que lógicamente mi mayor esperanza es salir de esta ridícula situación. El dice:
"La placa en la pared de entrada, advierte al que llega, que deje toda
esperanza".
La
situación se me aparece como una broma grotesca, de modo que me siento en la
silla, a esperar algún tipo de desenlace.
Comencemos
de nuevo -dice la voz-. Usted recuerda que en su niñez, tenía muchas
esperanzas. Con el tiempo, advirtió que jamás se iban a cumplir. Abandonó pues,
esos lindos proyectos... haga memoria. (*)
Más
adelante -continúa la voz- sucedió otro tanto y tuvo que resignarse a que sus
deseos no se cuplieran... recuerde. (*)
"Por
fin, usted tiene varias esperanzas en este momento. No me refiero a la
esperanza de salir del encierro ya que este truco de ambientación, ha
desaparecido. Estoy hablando de otra cosa. Estoy hablando de ¿cuáles son sus
esperanzas a futuro?" (*)
"¿Y
cuáles de ellas, sabe secretamente, no se cumplirán jamás? A ver, piénselo
sinceramente". (*)
"Sin
esperanzas, no podemos vivir. Pero cuando sabemos que son falsas, no las
podemos mantener indefinidamente, ya que tarde o temprano todo terminará en una
crisis de fracaso. Si pudiera profundizar en su interior, llegando a las
esperanzas que reconoce no se cumplirán y si, además, hiciera el trabajo de
dejarlas aquí para siempre, ganaría en sentido de relidad. Así es que
trabajemos de nuevo el problema... Busque las más profundas esperanzas. Esas
que según siente, nunca se realizarán. ¡Cuidado con equivocarse! Hay cosas que
le parecen posibles, a esas no las toque. Tome sólo aquellas que no se
cumplirán. Vamos, búsquelas con toda sinceridad, aunque le resulte un poco
doloroso." (*)
"Al
salir de la habitación, propóngase dejarlas aquí para siempre." (*)
"Y
ahora, terminemos el trabajo. Estudie, en cambio, aquellas otras esperanzas
importantes que considera posibles. Le daré una ayuda. Dirija su vida solo por
lo que cree posible o que, auténticamente, siente que se cumplirá. No importa
que luego las cosas no resulten porque, después de todo, le dieron dirección a
sus acciones." (*)
"En
fin, hemos terminado. Ahora salga por donde entró y hágalo rápido, porque tengo
que verme con mi secretaria."
Me
levanto. Doy unos pasos, abro la puerta y salgo. Mirando la placa de la
entrada, leo: "Usted que sale, deje aquí toda falsa esperanza."
X. LA
REPETICION
Es de
noche. Camino por un lugar débilmente iluminado. Es un callejón estrecho. No
veo a nadie. En todo caso, la bruma difunde una luz distante. Mis pasos
resuenan con un ominoso eco. Apuro el andar con la intención de llegar al
próximo farol.
Llegando
al punto, observo una silueta humana. La figura está a dos o tres metros de
distancia. Es una anciana con el rostro semicubierto. De pronto con una voz
quebrada, me pregunta la hora. Miro el reloj y le respondo: "Son las tres
de la mañana".
Me
alejo velozmente, internándome de nuevo en la bruma y la oscuridad, deseando
llegar al próximo farol que diviso a la distancia.
Allí,
nuevamente, está la mujer. Miro el reloj que marca las dos y teinta. Comienzo a
correr hasta el farol siguiente y, mientras lo hago, volteo la cabeza hacia
atrás. Efectivamente, me alejo de la silueta que permanece quieta a lo lejos.
LLegando a la carrera al farol siguiente, percibo el bulto que me espera. Miro
el reloj, son las dos.
Corro
ya sin control pasando faroles y ancianas, hasta que, agotado, me detengo a
mitad de camino. Miro el reloj y veo en su vidrio, el rostro de la mujer.
Comprendo que ha llegado el fin...
A pesar
de todo, trato de entender la situación y me pregunto repetidamente: "¿de
qué estoy huyendo?... ¿de qué estoy huyendo?" La voz quebrada me reponde:
"Estoy atrás tuyo y adelante. Lo que ha sido, será. Pero eres muy
afortunado porque has podido detenerte a pensar un momento. Si resuelves ésto,
podrás salir de tu propia trampa." (*)
Me
siento aturdido y fatigado. No obstante, pienso que hay una salida. Algo me
hace recordar varias situaciones de fracaso en mi vida. Efectivamente, ahora
evoco los primeros fracasos en mi niñez. (*)
Luego,
los fracasos de juventud. (*)
También,
los fracasos más cercanos. (*)
Caigo
en cuenta que en el futuro seguirá repitiéndose, fracaso tras fracaso.(*)
Todas
mis derrotas han tenido algo de parecido y es que las cosas que quise hacer, no
estaban ordenadas. Eran confusos deseos que terminaban oponiéndose entre ellos.
(*)
Ahora
mismo descubro que muchas cosas que deseo lograr en el futuro, son
contradictorias. (*)
No sé
que hacer con mi vida y, sin embargo, quiero muchas cosas confusamente.
Sí,
temo al futuro y no quisiera que se repitieran fracasos anteriores.
Mi vida
está paralizada en ese callejón de niebla, entre fulgores mortecinos.
Inesperadamente,
se enciende una luz en una ventana y desde ella, alguien me grita:
"¿Necesita algo?"
Sí -le
respondo-, ¡necesito salir de aquí!
- ¡Ah,
no!... sólo no se puede salir.
-
Entonces, indíqueme cómo hago.
- No
puedo. Además, si seguimos gritando, vamos a despertar a todos los vecinos.
¡Con el sueño de los vecinos no se juega! Buenas noches.
Se
apaga la luz. Entonces, surge en mí el más fuerte deseo: salir de esta
situación. Advierto que mi vida cambiará solamente si encuentro una salida. El
callejón tiene aparentemente un sentido, pero no es sino una repetición, desde
el nacimiento a la muerte. Un falso sentido. De farol en farol, hasta que en
algún momento se acaben mis fuerzas para siempre.
Advierto
a mi izquierda, un cartel indicador con flechas y letras. La flecha del
callejón indica su nombre: "Repetición de la vida". Otra, señala:
"Anulación de la vida", y una tercera: "Construcción de la
vida". Me quedo reflexionando un momento.(*)
Tomo la
dirección que muestra la tercera flecha. Mientras salgo del callejón a una
avenida ancha y luminosa, experimento la sensación de que estoy por descubrir
algo decisivo. (*)
XI. EL
VIAJE
Sigo
subiendo a pie, por el camino montañoso. Me detengo un instante y miro hacia
atrás. A la distancia, veo la línea de un río y lo que podría ser una arboleda.
Más lejos, un desierto rojizo que se pierde en la bruma del atardecer.
Camino
unos pasos más, mientras la senda se estrecha hasta quedar borrada. Sé que
falta un último tramo, el más difícil, para llegar a la meseta. La nieve apenas
molesta mi desplazamiento, así es que continúo el ascenso.
He
llegado a la pared de roca. La estudio cuidadosamente y descubro en su
estructura una grieta por la que podría trepar. Comienzo a subir enganchando
los borceguíes en las salientes. Pego la espalda en un borde de la grieta,
mientras hago palanca con un codo y el otro brazo. Subo.
La
grieta se ha estrechado. Miro hacia arriba y hacia abajo. Estoy a mitad de
camino. Imposible desplazarme en ninguno de los dos sentidos.
Cambio
la posición, quedando pegado de frente a la resbaladiza superficie. Afirmo los
pies y muy despacio, estiro un brazo hacia arriba. La roca me devuelve el jadeo
húmedo de la respiración. Palpo sin saber si encontraré una pequeña fisura.
Estiro el otro brazo suavemente. Siento que me balanceo. Mi cabeza comienza a
separarse lentamente de la piedra. Luego, todo mi cuerpo. Estoy por caer de
espaldas... Pero encuentro un pequeño hueco en el que aferro mis dedos. Ya
afirmado, continúo el ascenso trepando sin dificultad en el asalto final.
Por fin
llego arriba. Me incorporo y aparece ante mi, una pradera interminable. Avanzo
unos pasos. Luego, cambio de frente. Hacia el abismo es de noche; hacia la
llanura, los últimos rayos del sol fugan en tonalidades múltiples. Estoy
comparando ambos espacios, cuando escucho un sonido agudo. Al mirar hacia lo
alto, veo suspendido un disco luminoso, que luego, describiendo círculos a mi
alrededor, comienza a descender.
Se ha
posado muy cerca. Movido por una llamada interior, me acerco sin prevenciones.
Penetro en su interior con la sensación de traspasar una cortina de aire tibio.
Al momento, experimento que mi cuerpo se aliviana. Estoy en una burbuja
transparente, achatada en su base.
Como
impulsados por un gran elástico, partimos rectamente. Creo que vamos en
dirección a Beta Hydris o, tal vez, hacia NGC 3621(?).
Alcanzo
a ver, fugázmente, el atardecer en la pradera.
Subimos
a mayor velocidad, mientras el cielo se ennegrece y la Tierra se aleja.
Siento
que aumenta la velocidad. Las límpidas estrellas van virando de color, hasta
desaparecer en la oscuridad total.
Al
frente, veo un único punto de luz dorado que se agranda. Vamos hacia él. Ahora
se destaca un gran aro que se continúa en larguísimo corredor transparente. En
un momento, nos detenemos súbitamente. Hemos descendido en un lugar abierto.
Atravieso la cortina de aire tibio y salgo del objeto.
Estoy
entre paredes transparentes que, al atravesarlas, producen musicales cambios de
color.
Sigo
avanzando hasta llegar a un plano en cuyo centro veo un gran objeto móvil,
imposible de capturar con la mirada, porque al seguir una dirección cualquiera
en su superficie, ésta termina envuelta en el interior del cuerpo. Siento mareo
y aparto la vista.
Encuentro
una figura, al parecer, humana. No puedo ver su rostro. Me tiende una mano en
la que veo una esfera radiante. Comienzo a acercarme y en un acto de plena
aceptación, tomo la esfera y la apoyo en mi frente. (*)
Entonces,
en silencio total, percibo que algo nuevo comienza a vivir en mi interior.
Ondulaciones sucesivas y una fuerza creciente bañan mi cuerpo, mientras brota
en mi ser una profunda alegría. (*)
Sé que
la figura me dice sin palabras: "Regresa al mundo con tu frente y tus
manos luminosas". (*)
Así
pues, acepto mi destino. Luego, la burbuja y el aro y las estrellas y la pradera
y la pared de roca. (*)
Por
último, el camino y yo, humilde peregrino que regresa a su gente. (*)
Yo que
vuelvo luminoso a las horas, al día rutinario, al dolor del hombre, a su simple
alegría.
Yo que
doy de mis manos lo que puedo; que recibo la ofensa y el saludo fraterno, canto
al corazón que del abismo oscuro, renace a la luz del ansiado Sentido.
XII. EL
FESTIVAL
Acostado
en una cama, creo estar en la habitación de un hospital. Escucho apenas, el
goteo de un grifo de agua mal cerrado. Intento mover los miembros y la cabeza,
pero no me responden. Con esfuerzo, mantengo los párpados abiertos.
Me
parece que alguien ha dicho a mi lado, que afortunadamente salí de todo
peligro... que ahora, todo es cuestión de descanso. Inexplicablemente, esas
palabras confusas me traen un gran alivio. Siento al cuerpo adormecido y
pesado, cada vez más flojo.
El
techo es blanco y liso, pero cada gota de agua que escucho caer, destella en su
superficie como un trazo de luz. Una gota, una raya. Luego otra. Después,
muchas líneas. Más adelante, ondulaciones. El techo se va modificando,
siguiendo el ritmo de mi corazón. Puede ser un efecto de las arterias de mis
ojos, al pasar los golpes de sangre. El ritmo, va dibujando el rostro de una
persona joven.
- ¡Eh,
tú! -me dice- ¿por qué no vienes?
- Claro
-pienso- ¿por qué no?
...Allí
adelante se desarrolla el festival de música y el sonido de los instrumentos
inunda de luz un enorme espacio tapizado de hierba verde y flores.
Estoy
recostado en el prado, mirando hacia el escenario. A mi alrededor hay una
enorme cantidad de gente, pero me agrada el hecho de ver que no está apiñada
poque hay mucho espacio. A la distancia, alcanzo a ver antiguos amigos de la
niñez. Siento que están realmente a gusto.
Fijo la
atención en una flor, conectada a su rama por un delgado tallo de piel
transparente, en cuyo interior se va profundizando el verde reluciente. Estiro
la mano, pasando suavemente un dedo por el tallo terso y fresco, apenas
interrumpido por pequeñísimos abultamientos. Así, subiendo por entre hojas de
esmeralda, llego a los pétalos que se abren en una explosión multicolor.
Pétalos como cristales de catedral solemne, pétalos como rubíes y como fuego de
leños amanecidos en hoguera... Y en esa danza de matices, siento que la flor
vive como si fuera parte mía. (*)
Y la
flor agitada por mi contacto, suelta una gota de rocío amodorrado, apenas
prendida en una hoja final. La gota vibra en óvalo, luego se alarga y ya en el
vacío se aplana para redondearse nuevamente, cayendo en un tiempo sin fin.
Cayendo, cayendo, en el espacio sin límite... Por último, dando en el sombrero
de un hongo, rueda por él como pesado mercurio, para deslizarse hasta sus
bordes. Allí, en un espasmo de
libertad,
se avalanza sobre un pequeño charco en el que levanta el tormentoso oleaje que
baña a una isla de piedra-mármol. (*)
Alzo la
mirada para ver a una abeja dorada que se acerca a libar en la flor. Y en ese
violento espiral de vida, contraigo mi mano irrespetuosa, alejándola de aquella
perfección deslumbrante.
Mi
mano... La miro atónito, como si la viera por primera vez. Dándola vuelta,
flexionando y estirando los dedos, veo las encrucijadas de la palma y en sus
líneas, comprendo que todos los caminos del mundo convergen allí. Siento que mi
mano y sus profundas líneas no me pertenecen y agradezco en mi interior, la
desposesión de mi cuerpo.
Adelante
se desarrolla el festival y yo sé que la música me comunica con esa muchacha
que mira sus vestidos y con el hombre joven que, acariciando un gato azul, se
respalda en el árbol.
Sé que
antes he vivido esto mismo y que he captado la rugosa silueta del árbol y las
diferencias de volumen de los cuerpos. Otra vez ya, he advertido esas nubes
ocre de forma blanda, pero como de cartón recortado en el celeste límpido del
cielo.
Y
también he vivido esa sensación sin tiempo en que mis ojos parecen no existir,
porque ven todo con transparencia como si no fueran ojos del mirar diario,
aquellos que enturbian la realidad. Siento que todo vive y que todo está bien;
que la música y las cosas no tienen nombre y que nada verdaderamente, puede
designarlas. (*)
En las
mariposas de terciopelo que vuelan a mi alrededor, reconozco la calidez de los
labios y la fragilidad de los sueños felices.
El gato
azul se desplaza cerca mío. Caigo en cuenta de algo obvio: se mueve por sí
solo; sin cables, sin control remoto. Lo hace por sí solo y eso me deja
atónito. En sus perfectos movimientos y tras los hermosos ojos amarillos, sé
que hay una vida y que todo lo demás es un disfraz, como la corteza del árbol,
como las mariposas, como la flor, como la gota mercurial, como las nubes
recortadas, como la mano de los caminos convergentes. Por un momento, me parece
comunicar con algo universal. (*)
...Pero
una voz suave, me interrumpe justo antes de pasar a otro estado de conciencia.
¿Usted
cree que así son las cosas? -me susurra el desconocido-. Le diré que no son de
ese modo, ni del otro. Usted, pronto volverá a su mundo gris, sin profundidad,
sin alegría, sin volumen. Y creerá que ha perdido la libertad. Por ahora no me
entiende, ya que no tiene capacidad de pensar a su antojo. Su aparente estado
de libertad, es sólo producto de la química. Esto le sucede a miles de
personas, a las que aconsejo cada vez. ¡Buenos días!
El
amable señor, ha desaparecido. Todo el paisaje empieza a girar en un espiral
gris claro, hasta que aparece el techo ondulante. Oigo la gota de agua del
grifo. Sé que estoy acostado en una habitación. Experimento que el embotamiento
de los sentidos se diluye. Pruebo mover la cabeza y responde. Luego, los
miembros. Me estiro y compruebo que estoy en perfectas condiciones. Salto de la
cama reconfortado, como si hubiera descansado años.
Camino
hasta la puerta de la habitación. La abro. Encuentro un pasillo. Camino
velozmente en dirección a la salida del edificio. Llego hasta ella. Veo una
gran puerta abierta, por la que pasa mucha gente en ambas direcciones. Bajo
unos escalones y llego a la calle.
Es
temprano, Miro la hora en el reloj de pared y comprendo que debo apurarme. Un
gato asustado, cruza por entre peatones y vehículos. Lo miro correr y sin saber
por qué, me digo a mí mismo: "Hay otra realidad que mis ojos no ven todos
los días".
SEGUNDA
PARTE:
JUEGOS
DE IMAGENES
I. EL
ANIMAL
Me
encuentro en un lugar totalmente oscuro. Tanteando con el pie, siento que el
terreno es irregular: entre vegetal y pedregoso. Sé que en alguna parte hay un
abismo.
Percibo
muy cerca a ese animal que siempre me provocó la inconfundible sensación de
asco y terror. Tal vez un animal, tal vez muchos... pero es seguro que algo se
aproxima irremisiblemente.
Un
zumbido en mis oídos, a veces confundido con un viento lejano, contrasta el
silencio definitivo. Mis ojos muy abiertos no ven, mi corazón se agita y si la
respiración es fina como un hilo, la garganta oprime el paso de un sabor
amargo.
Algo se
acerca, pero ¿qué hay atrás mío que me eriza y que enfría mis espaldas como un
hielo?
Mis
piernas flaquean y si algo me atrapa o salta sobre mi desde atrás, no tendré
defensa alguna. Estoy inmóvil... solo espero.
Pienso
atropelladamente en el animal y en aquellas ocasiones en que estuvo cerca mío.
Especialmente, en aquél momento. Revivo aquel momento. (*)
¿Qué
pasaba entonces? ¿Qué sucedía en mi vida entonces? Trato de recordar las
frustraciones y los temores que me acompañaban cuando ocurrió aquello. (*)
Sí, yo
estaba en una encrucijada en mi vida y ella coincidió con el accidente del animal.
Tengo necesidad imperiosa de encontrar la relación. (*)
Advierto
que puedo reflexionar con más calma. Admito que hay animales que suscitan una
reacción de desagrado en casi todas las personas, pero también comprendo que no
todos se descontrolan ante su presencia. Pienso en ese hecho. Cotejo el aspecto
del peligroso ser, con la situación que vivía cuando ocurrió aquello. (*)
Ahora,
ya en calma, trato de sentir qué parte de mi cuerpo es la que protegería del
peligroso animal. Luego relaciono esa parte con la situación difícil que vivía
cuando ocurrió el accidente, tiempo atrás. (*)
El
animal provocó en mi, la aparición de ese momento de mi vida que no está
resuelto. Ese momento oscuro y doloroso que a veces no recuerdo, es el punto
que me debo aclarar. (*)
Veo
hacia arriba un cielo nocturno límpido y adelante el arrebol de un nuevo
amanecer. Muy rápidamente, el día trae consigo la vida definida. Aquí, en esta
pradera suave camino con libertad, sobre una alfombra de hierbas cubiertas de
rocío.
Un
vehículo se aproxima velozmente. Se detiene a mi lado y de él descienden dos
personas vestidas de enfermeros. Me saludan cordialmente y explican que han
capturado el animal que me provoca sobresalto. Comentan que cuando reciben un
mensaje de miedo, salen a la caza y capturando al animal que lo provoca, se lo
muestran a la persona afectada para que lo estudie bien. Seguidamente, ponen
ante mi al animal, cuidadosamente resguardado.
Efectivamente,
se trata de un ejemplar indefenso. Aprovecho para examinarlo muy lentamente
desde todos los ángulos y distancias. (*)
Los
hombres lo acarician con suavidad y el animalito responde amigablemente. Luego,
me invitan a que haga lo mismo. Siento una fuerte aprehensión, pero a la
sacudida primera que siento en la piel, sigue un nuevo intento y luego otro,
hasta que finalmente, puedo acariciarlo. (*)
El
responde pacíficamente y con movimientos sumamente perezosos. Luego se va
reduciendo de tamaño, hasta desaparecer.
Mientras
el vehículo parte, trato de recordar nuevamente la situación que vivía cuando
(hace mucho tiempo), la presencia del animal me provocó terror. (*)
Experimento
un fuerte impulso y empiezo a correr deportivamente, aprovechando la mañana y
su aire saludable. Me muevo rítmicamente y sin fatiga, mientras respiro en
profundidad. Acelero la velocidad, sintiendo los músculos y el corazón trabajar
como una máquina perfecta.
Corriendo
libremente recuerdo mi temor, pero siento que soy más fuerte y que pronto lo
habré vencido para siempre.
Mientras
el sol ilumina desde lo alto, voy acercándome velozmente a mi ciudad, con los
pulmones henchidos y los músculos moviéndose en sincronización perfecta. Siento
aquellas partes de mi cuerpo en las que hacía presa el temor, fuertes e
inatacables. (*)
II. EL
TRINEO
Estoy
en una gran explanada cubierta de nieve. A mi alrededor hay muchas personas
practicando deportes de invierno. Me doy cuenta que hace frío, no obstante el
espléndido sol, por el vapor que sale de mi boca. Siento, a veces, ráfagas
heladas que golpean mi cara... pero me agrada mucho.
Se
acercan varios amigos, transportando un trineo. Me indican que me suba y lo
maneje. Explican que su diseño es perfecto y que es imposible perder el
control. Así es que sentándome en él, ajusto las correas y herrajes. Me coloco
las gafas y pongo en marcha las turbinas que silban como pequeños jets. Oprimo
suavemente el acelerador con el pie derecho y el trineo empieza a moverse.
Aflojo el pie y aprieto el izquierdo. El aparato se detiene dócilmente. Luego,
maniobro con el volante a derecha e izquierda sin esfuerzo alguno. Entonces,
dos o tres amigos salen adelante, deslizándose en sus esquíes.
"¡Vamos!", gritan. Y se lanzan desde la explanada zigzagueando en el
descenso, por la magnífica ladera montañosa.
Aprieto
el acelerador y comienzo a moverme con una suavidad perfecta. Empiezo el
descenso tras los esquiadores. Veo el hermoso paisaje cubierto de nieve y
coníferas. Más abajo, algunas casas de madera y allí, a lo lejos, un valle
luminoso.
Acelero
sin temor y paso a un esquiador, luego a otro y finalmente, al tercero. Mis
amigos saludan con gran algarabía. Enfilo hacia los pinos que aparecen en mi
trayecto y los eludo con movimientos impecables. Entonces, me dispongo a dar
más velocidad a la máquina. Aprieto a fondo el acelerador y siento la tremenda
potencia de las turbinas. Veo pasar los pinos a mis costados, como sombras
imprecisas, mientras la nieve queda atrás flotando en finísima nube blanca. El
viento helado me estira la piel del rostro y tengo que esforzarme para mantener
los labios apretados.
Veo un
refugio de madera que se agranda velozmente y a sus costados, sendos
trampolines de nieve para práctica de salto gigante en esquí. No vacilo, apunto
hacia el de la izquierda. En un instante estoy sobre él y en ese momento corto
el contacto de los motores, para evitar un posible incendio en la caída...
He
salido catapultado hacia arriba, en un vuelo estupendo. Sólo escucho el bramido
del viento, mientras empiezo a caer cientos de metros...
Aproximándome
a la nieve, compruebo que mi ángulo de caída va coincidiendo perfectamente con
la inclinación de la ladera y así, toco el plano delicadamente. Enciendo las
turbinas y sigo acelerando mientras me acerco al valle.
He
comenzado a frenar poco a poco. Levanto mis gafas y enfilo lentamente hacia el
complejo hotelero desde el que salen numerosos funiculares, que llevan
deportistas a los montes.
Finalmente,
entro en una explanada. Adelante y a la derecha, observo la boca negra de un
túnel como de ferrocarril. Apunto despacio hacia él, sobrepasando unas charcas
de nieve derretida. Al llegar a la boca, me cercioro: no hay vías de tren, ni
huellas de vehículos. Sin embargo, pienso que podrían desplazarse por allí,
grandes camiones. Tal vez se trate del depósito de los quitanieves.
Sea
como fuere, entro lentamente en el túnel. Está débilmente iluminado. Enciendo
el faro delantero y su fuerte haz, me permite ver un camino recto por varios cientos
de metros. Acelero. El sonido de los jets retumba y los ecos se entremezclan.
Veo adelante que el túnel se curva y en lugar de frenar, acelero, de manera que
llegando al lugar, me deslizo por la pared sin inconveniente. Ahora el camino
desciende y más adelante, se curva hacia arriba describiendo un espiral como si
se tratara de un serpentín o un fantástico resorte.
Acelero...,
estoy bajando; emprendo la subida y comprendo que en un momento estoy corriendo
por el techo, para bajar nuevamente y volver a una línea recta. Freno
suavemente y me dispongo a descender en una caída parecida a la de una montaña
rusa. La pendiente es muy pronunciada. Comienzo la bajada pero voy frenando
simultaneamente. La velocidad se va amortiguando. Veo que me estoy desplazando
sobre un puente angosto, que corta el vacío. A ambos lados, hay una profunda
oscuridad. Freno aún más y tomo la recta horizontal del puente que tiene el
exacto ancho del trineo. Pero me siento seguro. El material es firme. Al mirar
tan lejos como lo permite la luz del faro, mi camino aparece como un hilo tenso
separado de todo techo, de todo fondo, de toda pared..., separado por
distancias abismales. (*)
Detengo
el vehículo, interesado por el efecto de la situación. Empiezo a imaginar
diversos peligros pero sin sobresalto: el puente cortándose y yo cayendo al
vacío. Luego, una inmensa araña descendiendo por su grueso hilo de seda...
bajando hasta mi, como si fuera yo una pequeña mosca. Por último, imagino un
derrumbe colosal y largos tentáculos que suben desde las oscuras profundidades.
(*)
Aunque
el decorado es propicio, compruebo que tengo suficiente fuerza interior, como
para vencer los temores. De manera que intento, una vez más, imaginar algo
peligroso, o abominable y me abandono a esos pensamientos. (*)
He
superado el trance y me siento reconfortado por la prueba que me impuse, de
manera que conecto las turbinas y acelero. Paso el puente y llego nuevamente a
un túnel parecido al del comienzo. A marcha veloz, tomo una subida muy larga. Pienso
que estoy llegando al nivel de salida.
Veo la
luz del día que va aumentando de diámetro. Ahora, en línea recta, salgo raudo a
la explanada abierta del complejo hotelero.
Voy muy
despacio, eludiendo gente que camina a mi alrededor. Así continúo muy despacio,
hasta llegar a un extremo del lugar, que conecta con las canchas de esquí.
Bajo
las gafas y comienzo a acelerar para llegar con suficiente velocidad a la
ladera, que terminará en la cima desde la que comencé mi recorrida. Acelero, acelero,
acelero...
Estoy
subiendo el plano inclinado, a la increíble velocidad que tuve en la bajada.
Veo acercarse el refugio de madera y los dos trampolines a sus costados, sólo
que ahora se presenta una pared vertical que me sapara de ellos. Giro a la
izquierda y continúo el ascenso, hasta pasar por un costado, a la altura de las
rampas.
Los
pinos pasan a mi lado como sombras imprecisas, mientras la nieve queda atrás
flotando en finísima nube blanca...
Adelante,
veo a mis tres amigos parados, saludándome con sus bastones en alto. Giro en
círculo cerrado alrededor de ellos, arrojándoles cortinas de nieve. Continúo el
ascenso y llego a la cima del monte. Me detengo. Interrumpo el contacto de las
turbinas. Levanto mis gafas. Suelto las hebillas de las correas y salgo del
trineo. Estiro las piernas y luego todo el cuerpo, apenas entumecido. A mis
pies y descendiendo por la magnífica ladera, veo las coníferas y muy lejos,
como un ounto irregular, el complejo hotelero.
Siento
el aire purísimo y el efecto del sol de montaña, curtiendo la piel de mi cara.
Tengo la fuerte sensación, de haber logrado un mayor control sobre mi mismo.
(*)
III. EL
DESHOLLINADOR
Estoy
en una habitación sentado al lado de una persona que no conozco, pero que me es
de una confianza absoluta. Tiene todas las características de un buen
consejero: bondad, sabiduría y fuerza. Sin embargo, muchos le dan el pintoresco
mote de "deshollinador".
Lo he
venido a consultar sobre algunos problemas personales y, por su parte, ha
respondido que mis tensiones internas son tan fuertes que lo más aconsejable es
hacer un ejercicio de "limpieza".
Su
discreción es tan grande que al estar sentado a mi lado y no fijar la mirada en
mi, puedo expresarme libremente. De esta manera, establecemos una muy buena
relación.
Me pide
que me distienda completamente, aflojando los músculos. Me ayuda, apoyando sus
manos en mi frente y en los distintos músculos de la cara. (*)
Luego
me toma la cabeza y la mueve de izquierda a derecha; adelante y atrás, para que
relaje el cuello y los hombros. Destaca como importante, que los ojos y la
mandíbula, queden flojos. (*)
Indica
posteriormente, que suelte los músculos del tronco. Primeramente, los de
adelante. Luego, los de atrás. (*)
No se
ha preocupado de las tensiones en brazos y piernas porque, según asegura, ellos
se distienden sólos como consecuencia de lo anterior. Me recomienda ahora que
sienta a mi cuerpo blando, como de goma; "tibio" y pesado, hasta
encontrar una sensación algodonosa y placentera. (*)
Me
dice: "Vamos derecho al grano. Revise hasta el último detalle ese problema
que lo tiene a mal traer. Considere que no estoy aquí para juzgarlo. Yo soy un
instrumento suyo y no a la inversa". (*)
Piense
-continúa- en aquello que no le contaríaa a nadie por ningún motivo. (*)
Cuéntemelo
-dice- detenidamente. (*)
"Si
lo desea, siga diciéndome todo lo que le haría bien trasmitir. Dígalo sin
preocuparse por las expresiones y suelte sus emociones libremente". (*)
Pasado
un tiempo, el deshollinador se levanta y toma un objeto alargado, ligeramente
curvo. Se pone al frente mío y dice: "¡Abra la boca!" Le obedezco.
Luego siento que me introduce una especie de pinza larga que me llega hasta el
estómago. Sin embargo, advierto que puedo tolerarla... De pronto grita:
"¡Lo atrapé!" y comienza a retirar el objeto, poco a poco. Al
pricipio creo que me desgarra algo, pero luego siento que se produce en mí una
agitación placentera, como si desde las entrañas y los
pulmones
se fuera desprendiendo algo que estuvo malignamente adherido durante mucho
tiempo. (*)
Va
retirando la pinza. Me asombro al sentir que apresado por ella, va saliendo de
mi boca una forma dulzona, maloliente y viscosa que se retuerce... Por último,
el deshollinador coloca al desagradable ser en un frasco transparente, mientras
experimento un inmenso alivio, como una purificación interna de mi cuerpo.
De pie,
observo boquiabierto, la repugnante "cosa" que se va diluyendo hasta
quedar transformada en una gelatina informe. Al poco tiempo, es ya un líquido
oscuro; luego sigue aclarándose, para terminar por consumirse, al escapar como
gas a la atmósfera.
En
menos de un minuto, el frasco ha quedado perfectamente limpio.
Ya ve
-dice el deshollinador- por eso se llamaa "limpieza" a este
procedimiento. En fin, hoy no ha estado mal. Un poco de problema cotidiano con
algo de humillación; una dosis de traición y algún aderezo de conciencia
culposa. Resultado: un pequeño monstruo que le impedía tener buenos sueños,
buena digestión y buenas otras cosas. Si usted viera... a veces he sacado
monstruos enormes. Bien, no se preocupe si conserva una sensación desagradable
por un rato... Me despido de usted.
IV. EL
DESCENSO
Estamos
en un pequeño barco, mar adentro.
Vamos a
levar ancla pero notamos que se ha trabado. Anuncio a mis compañeros que iré a
ver qué pasa. Bajo por una escalerilla entrando en el agua calma.
Al
sumerjirme, veo un cardúmen de pequeños peces, el casco del barco y la cadena
del ancla. Nado hacia ella y aprovechándola, desciendo.
Noto
que puedo respirar sin dificultad, de manera que continúo bajando por la cadena
hasta llegar al fondo, ya poco iluminado.
El
ancla está atascada en unos restos de metal. Me acerco, tirando fuertemente
hacia arriba. El piso cede. He levantado una tapa que deja al descubierto
cierto espacio cuadrado por el que me introduzco. (*)
Nado a
mayor profundidad y al sentir una corriente submarina fría, sigo su dirección.
Termino tocando una superficie lisa, cubierta a tramos, por vegetales marinos.
Asciendo sin alejarme de ella. A medida que refloto, percibo mayor claridad.
(*)
Emerjo
en un ojo de agua adentro de una caverna, difusamente iluminada. Subo a una
especie de plataforma. Camino unos pasos y descubro escalinatas. Comienzo a
bajar por ellas sigilosamente.
El
pequeño pasadizo se estrecha cada vez más, mientras sigo descendiendo por la
escalera ahora muy resbaladiza. Veo teas encendidas con regularidad. Ahora, la
bajada se ha tornado casi vertical. El ambiente es húmedo y sofocante. (*)
Una
reja oxidada, a modo de puerta, impide el paso. Empujo y se abre rechinando. La
escalera ha terminado y ahora hay solo una rampa embarrada por la que me
desplazo con cuidado. El olor es pegajoso, casi sepulcral. (*)
Una
ráfaga de aire, amenaza apagar las antorchas. Al fondo, escucho el rugido de un
mar embravecido azotando las rocas. Comienzo a experimentar dudas acerca de mi
regreso.
El
viento silba con fuerza, apagando la tea más baja. Entonces, empiezo a subir
frenando todo impulso de sobresalto. Lentamente, asciendo por la rampa barrosa.
Llego a
la puerta oxidada. Está cerrada... La abro nuevamente y continúo subiendo
fatigosamente por las escaleras casi verticales, mientras las antorchas siguen
apagándose a mis espaldas.
La
escalera de piedra está cada vez más resbaladiza de manera que doy cuidadosos
pasos.
He
alcanzado la cueva. Llego a la plataforma y me sumerjo en el ojo de agua en el
instante en que se apaga la última luz.
Desciendo
hacia las profundidades, tocando la superficie lisa y vegetal. Todo está a
oscuras. (*)
Al
sentir una correntada fría, nado en dirección opuesta con gran dificultad. (*)
Logro
salir de la corriente. Ahora subo verticalmente, hasta que doy con un techo de
piedra. Busco en todas las direcciones para encontrar la apertura cuadrada. (*)
He
llegado al lugar. Paso por el orificio. Ahora desengancho el ancla de su trampa
y apoyo mis pies en ella mientras muevo la cadena para avisar a mis camaradas.
Desde
arriba están izando el ancla conmigo como pasajero. Lentamente, se va
iluminando el espacio acuático, mientras observo un fascinante arco iris de
seres submarinos.
Emerjo.
Suelto la cadena y aferrándome a la escalerilla del barco, subo ante los
vítores y bromas de mis amigos. (*)
V. EL
ASCENSO
Es de
día. Entro en una casa. Comienzo lentamente a subir por unos escalones. Llego a
un primer piso. Continúo subiendo. Estoy en la azotea.
Observo
una escalera de metal en espiral. No tiene barandas de protección. Debo
ascender para llegar al tanque de agua. Lo hago con tranquilidad.
Estoy
sobre el tanque. Su base es pequeña. Toda la estructura se mueve por las
ráfagas de viento. Estoy de pie. (*)
Me
acerco al borde. Abajo veo la azotea de la casa. Me siento atraído por el vacío
pero me repongo y continúo mirando. Luego, paseo la vista por el paisaje. (*)
Arriba
mío hay un helicóptero. Bajan desde él una escalerilla de soga. Los travesaños
son de madera. Tomo la escalera y apoyo los pies en el último barrote. El
aparato sube lentamente. Allí abajo queda el tanque de agua cada vez más
diminuto. (*)
Subo
por la escalera hasta llegar a la compuerta. Trato de abrirla pero está
trancada. Miro hacia abajo. (*)
Han
corrido la puerta de metal. Un joven piloto me tiende la mano. Entro. Subimos
velozmente.
Alguien
anuncia que hay una falla en el motor. Al poco tiempo escucho un sonido de
engranajes rotos. La hélice de sustentación se ha atascado. Empezamos a perder
altura cada vez más rápidamente.
Se
distribuyen paracaídas. Los dos tripulantes saltan al vacío. Estoy en el borde
de la compuerta, mientras la caída se hace vertiginosa.
Me
decido y salto. Voy cayendo de frente. La aceleración me impide respirar. Tiro
de una anilla y el paracaídas se proyecta como una larga sábana hacia arriba.
Siento un fuerte tirón y un rebote. He frenado la caída.
Debo
acertar al tanque de agua, de otro modo caeré sobre los cables de alta tensión
o en los pinos cuyas puntas me esperan como afiladas agujas. Maniobro tirando
del cordaje. Afortunadamente, el viento me ayuda. (*)
Caigo
sobre el tanque, rodando hasta el borde. El paracaídas me envuelve. Me
desembarazo de él y veo como cae desordenadamente.
Estoy
nuevamente en pie. Muy lentamente, comienzo a bajar la escalera en espiral.
Llego a
la azotea, bajando luego hasta el primer piso.
Continúo
descendiendo hasta llegar a la habitación... lo hago sin apuro.
Estoy
en la planta baja de la casa. Voy hasta la puerta, la abro y salgo.
VI. LOS
DISFRACES
Estoy
desnudo en un campo nudista. Me siento observado cuidadosamente por personas de
distinto sexo y edad.
Alguien
me dice que la gente me estudia porque ha notado que tengo problemas.
Recomienda que cubra mi cuerpo. Entonces, me pongo una gorra y unos zapatos.
Inmediatamente, los nudistas se desentienden de mí.
Termino
de vestirme y salgo del campo... debo llegar pronto a la fiesta.
Entro
en una casa y en el recibidor, un petimetre me dice que para entrar al salón
debo vestirme adecuadamente, ya que se trata de una fiesta de disfraces. Señala
a un lado y allí veo un vestuario repleto de ropas y máscaras insólitas.
Empiezo a elegir detenidamente.
Ante un
conjunto de espejos que hacen ángulo entre sí, voy probando disfraces y
caretas. Puedo verme desde distintos puntos. Me pruebo el modelo y la máscara
que peor me quedan. (*)
Ahora
he encontrado el mejor de los conjuntos y la mejor máscara. Observo desde todos
los ángulos. Cualquier detalle imperfecto es modificado de inmediato hasta que
todo encaja maravillosamente bien. (*)
Entro
radiante al gran salón en el que se desarrolla la fiesta. Hay mucha gente, toda
disfrazada.
Se
produce un silencio y todos aplauden la perfección del modelo que llevo. Me
hacen subir a una tarima y piden que baile y cante. Lo hago. (*)
Ahora
el público solicita que me saque la máscara y que repita la operación. Al
disponerme a hacerlo, noto que estoy vestido con aquél conjunto desagradable
que me probé en primer lugar. Para colmo de males, estoy a cara descubierta. Me
siento ridículo y monstruoso. No obstante, canto y bailo frente al público
asimilando las mofas y los silbidos de reprobación. (*)
Un
imprudente mosquetero, saltando a la tarima me empuja injuriándome. Entonces,
empiezo a convertirme en animal ante su desconcierto.
Sigo
cambiando, pero siempre conservando mi propio rostro: primero soy un perro,
luego un pájaro, por último un gran sapo. (*)
Se
acerca hasta mí una torre de ajedrez y me dice: "¡Debería darle
verguenza... asustar a los niños de ese modo!" Entonces, vuelvo a mi
estado normal vestido con la ropa de todos los días.
Estoy
reduciéndome lentamente. Ya tengo la estatura de un niño pequeño.
Bajo de
la tarima y veo a los disfrazados, enormes, que me contemplan desde
arriba.
Sigo achicándome. (*)
Una
mujer chilla histéricamente diciendo que soy un insecto. Se dispone a
aplastarme con el pie, pero me reduzco microscópicamente. (*)
Rápidamente,
recupero la estatura del niño. Luego, mi apariencia normal. Después sigo
creciendo ante la concurrencia que corre en todas las direcciones.
Mi
cabeza está tocando el techo. Observo todo desde arriba. (*)
Reconozco
a la mujer que quiso aplastarme. La tomo con una mano y la deposito en la
tarima, mientras ella chilla histéricamente. Volviendo a mi estatura normal, me
dispongo a salir de la fiesta.
Al
llegar al recibidor, veo un espejo que deforma completamente mi especto.
Entonces, fricciono la superficie hasta que me va devolviendo la hermosa imagen
que siempre quise tener. (*)
Saludo
al lechuguino de la entrada y salgo de la casa tranquilamente.
VII.
LAS NUBES
En
plena oscuridad, escucho una voz que dice: "Entonces no había lo existente
ni lo no-existente; no había aire, ni cielo y las tinieblas estaban sobre la
faz del abismo. No había ni seres humanos, ni un solo animal; pájaro, pez,
cangrejo, madera, piedra, caverna, barranco, hierba, selva. No había galaxias
ni átomos... tampoco había allí supermercados. Entonces, naciste tú y comenzó
el sonido y la luz y el calor y el frío y lo áspero y lo suave".
La voz
se silencia y advierto que me encuentro subiendo en una escalera mecánica,
dentro de un enorme supermercado.
He
atravesado varios pisos y ahora veo que el techo del edificio se abre y la
escalera sigue transportándome lenta y confortablemente, hacia un cielo
despejado.
Veo el
edificio allí abajo, muy pequeño. La atmósfera es profundamente azul. Con gusto
siento cómo la brisa hace ondear mis ropas, entonces aspiro el aire con
placidez.
Al
cortar un suave estrato de vapor, me encuentro con un mar de nubes muy blancas.
La
escalera se curva aplanándose de modo que me permite caminar sobre ella como en
una vereda. Desplazándome hacia adelante, compruebo que estoy avanzando en un
piso de nubes.
Mis
pasos son muy armónicos. Puedo saltar largas distancias, ya que la gravedad es
muy débil. Aprovecho para hacer piruetas, cayendo sobre mis espaldas y
rebotando hacia arriba nuevamente, como si una gran cama elástica me impulsara
cada vez. Los movimientos son lentos y
mi libertad de acción es total. (*)
Escucho
la voz de una antigua amiga que me saluda. Luego, la veo acercarse en una
maravillosa carrera. Al chocar conmigo en un abrazo, rodamos y rebotamos una y
otra vez haciendo todo tipo de figuras, riendo y cantando. (*)
Finalmente,
nos sentamos y entonces, ella saca de entre sus ropas una caña de pescar
retráctil que va alargando. Prepara los aparejos, pero en lugar de anzuelos
coloca un imán en forma de herradura. Luego comienza a maniobrar con el carrete
y el imán va atravesando el suelo de nubes...
Pasado
un tiempo, la caña comienza a vibrar y ella grita: "¡Tenemos buena
pesca!" Inmediatamente, se pone a recojer los aparejos hasta que una gran
bandeja va emergiendo adherida al imán. En ella hay todo tipo de alimento y
bebida. El conjunto está cuidadosamente decorado. Mi amiga deposita la bandeja
y nos disponemos para el gran festín.
Todo lo
que pruebo es de exquisito sabor. Lo más sorprendente es que los manjares no
disminuyen. En todo caso, aparecen unos en reemplazo de otros con sólo
desearlo, así es que me pongo a elegir aquellos que siempre quise comer y los
consumo con gran fruición. (*)
Ya
satisfechos, nos estiramos de espaldas sobre el blando colchón de nubes,
logrando una estupenda sensación de bienestar. (*)
Siento
el cuerpo algodonoso y tibio, totalmente aflojado, mientras suaves pensamientos
surcan mi mente.(*)
Compruebo
que no experimento prisa, ni inquietud, ni deseo alguno, como si contara con
todo el tiempo del mundo para mí. (*)
En ese
estado de plenitud y bienestar, trato de pensar en los problemas que tenía en
la vida diaria y experimento que puedo tratarlos sin tensión innecesaria, de
manera que las soluciones se me aparecen desapasionadas y claras. (*)
Al
tiempo, escucho a mi amiga que dice: "Tenemos que volver".
Me
incorporo y, dando unos pasos, siento que estoy sobre la escalera mecánica.
Suavemente, ésta se inclina hacia abajo penetrando el piso de nubes. Percibo un
ténue vapor, mientras comienzo el descenso hacia la tierra.
Estoy
acercándome al edificio, por cuya parte superior entra la escalera mecánica.
Estoy
descendiendo por los distintos pisos del supermercado. Veo por todas partes, a
la gente que preocupadamente escoje sus objetos de compra.
Cierro
los ojos y escucho una voz que dice: "Entonces, no había ni temor, ni
inquietud, ni deseo, porque el tiempo no existía". (*)
VIII.
AVANCES Y RETROCESOS
En una
habitación bien iluminada, camino unos pasos y abro una puerta. Avanzo despacio
por un pasillo. Entro por otra puerta a la derecha y encuentro un nuevo
pasillo. Avanzo. Una puerta a la izquierda. Entro y avanzo. Nueva puerta a la
izquierda. Entro y avanzo. Nueva puerta a la izquierda, entro y avanzo.
Retrocedo
lentamente por el mismo camino hasta volver a la habitación inicial. (*)
Hacia
la derecha del cuarto hay un gran ventanal que deja ver un jardín. Desplazo el
cristal. Salgo afuera. En el suelo hay preparado un aparato que tensa un
alambre de acero y lo suspende a poca distancia del suelo. Sigue líneas
caprichosas. Subo al alambre haciendo equilibrio. Primeramente, doy un paso.
Luego, otro. Me desplazo siguiendo curvas y líneas rectas. Lo hago sin
dificultad.
Ahora,
de espaldas, efectúo el camino inverso hasta llegar al punto inicial.(*)
Bajo
del alambre.
Vuelvo
a la habitación. Veo un espejo hecho a mi medida. Camino hacia él pausadamente,
mientras observo que mi imagen viene, lógicamente, en mi dirección. Así, hasta
tocar el vidrio. Luego, retrocedo de espaldas mirando cómo mi imagen se aleja.
Me
acerco nuevamente hasta tocar el vidrio, pero descubro que mi imagen retrocede
y termina por desaparecer. Veo ahora que mi imagen viene caminando de espaldas.
Se detiene antes de llegar al vidrio, gira sobre sus talones y avanza hacia mí.
Salgo a
un patio de grandes baldosas. En un lugar central, hay un sofá emplazado
exactamente sobre una baldosa negra. Todas las otras son blancas. Me explican
que el asiento tiene la virtud de desplazarse siempre en línea recta y en todas
direcciones, pero sin cambiar de frente. Me acomodo en él y digo: "Tres
baldosas adelante". Entonces, el asiento se ubica donde he indicado.
Cuatro
a la derecha. Dos hacia atrás. Dos a la izquierda. Una hacia atrás. Dos a la
izquierda, terminando en la baldosa negra.
Ahora:
tres atrás. Una a la derecha. Una atrás. Cuatro a la derecha. Cuatro hacia
adelante. Cinco a la izquierda, llegando a destino.
Por
último: tres a la izquierda. Dos hacia atrás. Una hacia adelante. Dos a la
derecha. Tres hacia atrás. Una a la derecha. Cuatro hacia adelante, concluyendo
en la baldosa indicada.
Me
levanto y salgo de la casa. Estoy parado en medio de una gran carretera. No se
desplaza ningún vehículo. Veo acercarse derechamente hacia mí, una persona a la
que quiero mucho. Ha llegado tan cerca que casi está tocándome. (*)
Ahora
retrocede alejándose cada vez más, hasta desaparecer. (*)
Veo que
se acerca una persona que me suscita profundo desagrado. Ha llegado muy cerca
mío. (*)
Ahora
retrocede alejándose cada vez más, hasta desaparecer. (*)
Estoy
sentado aquí. Recuerdo una escena sumamente difícil en la que estoy frente a
otras personas. Me voy alejando de esas personas. (*)
Recuerdo
una escena en la que me veo participando con mucho agrado. Me voy alejando de
la situación. (*)
IX. EL
MINERO
Hay
gente alrededor mío. Todos estamos vestidos de mineros. Esperamos que suba el
montacargas. Es muy temprano. Una llovizna suave, cae del cielo plomizo.
Diviso, a lo lejos, la silueta negra de la fábrica que resplandece en sus altos
hornos. Las chimeneas vomitan fuego. El humo se eleva en densas columnas.
Distingo,
entre el ritmo lento y distante de las máquinas, una aguda sirena que marca el
cambio de turno del personal.
Veo
subir lentamente el montacargas que, con una fuerte vibración, termina por
detenerse a mis pies.
Avanzamos
hasta emplazarnos sobre la plancha metálica. Se cierra una reja corrediza y
comenzamos a descender lentamente, entre el murmullo de los comentarios.
La luz
del montacargas, me permite ver la pared rocosa que pasa muy cerca.
A
medida que descendemos, aumenta la temperatura y el aire se torna viciado.
Nos
detenemos frente a una galería. Sale la mayoría de los ocupantes del
montacargas. Se cierra nuevamente la reja. Hemos quedado cuatro o cinco
mineros. Continuamos la marcha, hasta parar en otra galería. Desciende el resto
de los ocupantes. Quedo solo y recomienzo la bajada.
Finalmente,
se detiene la plancha con estrépito. Empujo la reja y avanzo introduciéndome en
un socavón apenas iluminado. Escuho el ruido del montacargas regresando.
Adelante,
sobre unos rieles está la zorra de transporte. Me subo en ella y arranco el
motor, desplazándome luego lentamente por el túnel.
Detengo
el carro al término de las vías. Bajo y
comienzo a descargar herramientas. Enciendo la linterna de mi casco.
Escucho
ecos lejanos, como de trépanos y martillos hidráulicos..., pero también percibo
una débil voz humana que llama ahogadamente. ¡Yo sé que significa eso! Dejo
as
herramientas y me cruzo unas cuerdas en el hombro. Arrebato una piqueta y
avanzo resueltamente por el túnel que se va estrechando. La luz eléctrica ha
quedado atrás. Sólo me guío por el reflector del casco. Periódicamente, me
detengo para escuchar la dirección del lamento.
Llego
encogido al fondo del túnel. Adelante, en la excavación recientemente
practicada, termina la galería. El material disperso me indica que el techo se
ha desmoronado. Por entre rocas y vigas de madera quebradas, fluye agua. El
piso está convertido en un lodazal, en el que se hunden mis botas.
Remuevo
varias piedras, ayudándome con la piqueta. En un momento, queda al descubierto
un agujero horizontal. Mientras calculo cómo deslizarme por él, percibo
netamente los quejidos..., seguramente el minero atrapado está a pocos metros
de distancia.
Introduzco
el mango de la piqueta entre fuertes rocas y ato a él una punta de la cuerda,
pasando el otro extremo alrededor de mi cintura. Ajusto mi atadura con una
hebilla metálica.
Me
sumerjo en la cavidad dificultosamente. Arrastrándome sobre los codos avanzo en
un descenso pronunciado. Veo, a la luz del casco, que el conducto se estrecha
hasta quedar cerrado. El calor húmedo es sofocante, la respiración dificultosa.
(*)
Desde
mis pies corre cieno espeso. Lentamente va cubriendo mis piernas y se desliza
pegajosamente bajo el pecho. Advierto que mi estrecho recinto quedará cubierto
de lodo en poco tiempo.
Hago
presión hacia arriba, pero mi espalda pega contra la roca viva. Intento
retroceder..., ya no es posible. La voz quejumbrosa está muy cerca. (*)
Grito
con todas mis fuerzas y el suelo cede arrastrándome en su derrumbe...
Un
fuerte tirón en la cintura, coincide con el súbito detenimiento de la caída.
Quedo suspendido de la cuerda como un absurdo péndulo de barro.
Mi
carrera se ha detenido muy cerca de un piso alfombrado. Veo ahora, en un
ambiente fuertemente iluminado, una elegante sala en la que distingo una suerte
de laboratorio y enormes bibliotecas. Pero la urgencia de la situación hace que
me ocupe en cómo salir de ella.
Con la
mano izquierda ajusto la soga tensa y con la otra suelto la hebilla que la
sujeta a mi cintura. Luego, caigo suavemente sobre la alfombra.
¡Qué
modales, amigo!..., ¡qué modales!, dice una voz aflautada. Giro sobre mis pies
y quedo paralizado.
Tengo
al frente un hombrecillo de, tal vez, sesenta centímetros de altura.
Descartando sus orejas lijeramente puntiagudas, se diría que es muy
proporcionado. Está vestido con alegres colores, pero con un inconfundible
estilo de minero.
Me
siento entre ridículo y desolado, cuando me ofrece un cóctel. De todas maneras,
me reconforto bebiéndolo sin pestañear.
El
hombrecillo junta sus manos y las lleva adelante de la boca a modo de bocina.
Luego, emite el quejido que tan bien reconozco. Entonces, crece en mí una
enorme indignación. Le preguno qué significa esa burla y me respone que gracias
a ella, mi digestión habrá de mejorar en el futuro (?)
El
personaje sigue explicando que la cuerda que apretó mi cintura y el abdómen en
la caída, ha hecho muy buena labor; igualmente, el recorrido del túnel sobre
mis codos. Para terminar sus extraños comentarios, me pregunta si tiene algún
significado para mí, la frase: "Usted se encuentra en las entrañas de la
tierra".
Respondo
que esa es una manera figurada de decir las cosas, pero él replica que en este
caso, se trata de una gran verdad. Entonces, agrega: "Usted está en sus
propias entrañas. Cuando algo anda mal en las vísceras, las persona piensan
cosas extraviadas. A su vez, los pensamientos negativos perjudican las
vísceras. Así es que en adelante, cuidará usted ese asunto. Si no lo hace, me
pondré a caminar y usted sentirá fuertes cosquilleos y todo tipo de molestias
internas... Tengo algunos colegas que se ocupan de otras partes como los
pulmones, el corazón, etcétera".
Dicho
eso, el hombrecillo comienza a caminar por las paredes y el techo, al tiempo
que registro tensiones en la zona abdominal, el hígado y los riñones. (*)
Luego,
me arroja un chorro de agua con una manguera de oro. limpiándome cuidadosamente
el barro. Quedo seco al instante. Me tiendo en un amplio sofá y comienzo a
relajarme. El hombrecillo pasa una escobilla rítmicamente por mi abdomen y cintura,
logrando en mí una notable relajación de esas zonas. Comprendo que al aliviarse
los malestares del estómago, hígado o riñones, cambian mis ideas y sentimientos.
(*)
Percibo
una vibración, advirtiendo que me voy elevando. Estoy en el montacargas, subiendo
hacia la superficie de la tierra.
NOTAS
A.. A
toda la obra.
Estas
notas y comentarios se basan en los
apuntes que el autor agregó a la versión original de 1980 y a la corregida de 1988.
Todo este material me fué suministrado en disco de computación.
La
"Aclaración" del comienzo del libro, así como mis opiniones
personales, fueron revisadas y aprobadas por el autor.
En
cuanto al esquema en que se montan las Experiencias Guiadas, debe destacarse: 1.-
Entrada y ambientación; 2.- Aumento de la tensión; 3.- Representación de
núcleos sicológicos problemáticos; 4.- desenlace (u opciones de solución a los
núcleos-problema); 5.- Disminución de la tensión y 6.- Salida no abrupta,
generalmente desandando etapas anteriores. Esto último permite obtener una
suerte de síntesis de toda la Experiencia.
Los asteriscos, se supone actúan como descansos para colocar allí las
propias imágenes. De manera que una
lectura lenta parece recomendable, si
es que se quiere participar realmente de la elaboración del material.
B. A la
primera parte.
I. El
niño.
El
cuadro por el que se penetra al parque de diversiones está inspirado en la primera
carta del "Taroquis". Se trata de la imagen de un jugador, a la que
siempre ha sido asociada la inversión de la realidad, el escamoteo y el truco.
Es pariente del prestidigitador y abre una veta de irracionalidad que permite
entrar en esa dimensión de maravilla propicia al recuerdo infantil.
II. El
enemigo.
La
"parálisis" que domina una buena parte del relato, permite recrear
situaciones en las que muchas emociones pierden carga por el hecho de
enlentecer la dinámica de la imagen. Es así como se puede generar un clima de
reconciliación, agregando que quien "perdona" se encuentra en
situación de superioridad respecto del que en otro momento llevaba la iniciativa,
o sea, del que era "ofensor".
III. El
gran error.
La
escena de los bomberos como agentes y ejecutores de la justicia, está inspirada
en el "Fahrenheit 451" de Bradbury. En este caso está tratada la
imagen como contraste con la pena de muerte por sed en el desierto. La misma
idea permite desarrollar el absurdo del juicio en el que el acusado en lugar de
descargar su supuesta culpa, "carga" su boca con un buche de agua.
Cuando
el Secretario concluye: "¡Lo que he dicho, he dicho!", no hace sino
seguir las palabras de Pilato, rememorando aquél otro juicio surrealista.
Los
Ancianos que personifican las horas, están inspirados en el
"Apocalipsis" de Lawrence.
El tema
de las gafas inversoras es muy conocido en sicología experimental y ha sido
citado, entre otros, por Merleau-Ponty en "La estructura del
Comportamiento".
V. La
pareja ideal.
La
imagen del gigante, está inspirada en el "Gargantúa y Pantagruel" de Rabelais. El canto
rememora las fiestas del país vasco y las canciones con las que se paseaban
"gigantes y cabezudos".
La
imagen holográfica recuerda a las proyecciones de "El fin de la
infancia" de Clark.
Toda la
cuestión de la búsqueda y la alusión al "no mires hacia atrás", se apoyan en la historia
de Orfeo y Eurídice en el Hades.
VI. El
resentimiento.
El
argumento está tratado dentro de un contexto clásico, aún cuando las escenas de
la ciudad recuerdan a Venecia o tal vez, Amsterdam.
El
recitado del primer coro, es una modificación del himno órfico a Tánatos, que dice
así: "Escúchame, ¡oh Tánatos!, ¡cuyo ilimitado imperio alcanza dondequiera
a todos los seres mortales! De tí el plazo a nuestra edad concedido, depende,
que tu ausencia prolonga y tu presencia ultima. Tu sueño perenne aniquila a las
multitudes vivas y de ellas el alma gravita por atracción, hacia el cuerpo que
todos poseen, cualquiera sea su edad y su sexo, ya que ninguno escapa a tu
poderoso impulso destructivo".
El
recitado del coro segundo, se basa en el himno a Mnemosina, que dice así:
"Tú tienes el poder de despertar al aletargado uniendo el corazón a la
cabeza, librando a la mente del vacío, vigorizándola y estimulándola, alejando
las tinieblas de la mirada interna y el olvido".
En
cuanto al diálogo con el espectro, al final éste dice: "¡Adiós de una vez!
Ya la luciérnaga anuncia la proximidad del alba y empieza a palidecer su
indeciso fulgor. ¡Adiós, adiós, adiós! ¡Acuérdate de mí!" Es textual del
Acto I., Escena V del Hamlet de Shakespeare y se refiere a la sombra del padre
que revela al príncipe, quiénes fueron sus asesinos por medio del veneno.
La
barca, que también es una carroza fúnebre, recuerda la raíz de
"carnaval" (carrus navalis).
Esas carrozas negras, a veces decoradas con grandes ostras o conchas
llevando el féretro en su interior y a menudo cubiertas de
flores, rememoran el viaje acuático. Los juegos con flores y aguas de
las Lupercales romanas tienen el mismo antecedente. Aquí se trata de disfraces
y conversiones, en donde al final del relato el sombrío Caronte que regresa de
la isla de los muertos, se convierte en el joven conductor de una lancha
deportiva.
Este
cuento es de un riquísimo y complejo juego de imágenes en donde cada elemento
admite un estudio particular: sea el mar inmóvil; la barca suspendida sobre el
agua; el manto que arde; los coros; los cipreces (que ambientan a las islas
griegas y a los cementerios), etc.
VII. La
protectora de la vida.
Está
inspirado en la carta 21 del Tarot. En las cartas Taroquis, aparece la imagen
más aproximada a la de ésta experiencia, no así en la primera recopilación de Court
de Gebelin o del Tarot de los Bohemios o, por último, del seudo Tarot egipcio. Sobre
el "Anima Mundi" (llamada "el mundo" en el Tarot), hay un
grabado muy ilustrativo en el libro de Fludd "Utriusque Cosmi Maioris",
publicado en 1617. Jung, se refiere también a éste personaje en sus
"Transformaciones y símbolos de la líbido". A su vez, las religiones
no dejan de tener en cuenta a éstas vírgenes de las grutas. En ese sentido, la
protectora de la vida, es una virgen de las grutas con elementos del paganismo
griego, tales como la corona de flores y el cervatillo que lame su mano, recordando
a Artemisa o su contrafigura romana, Diana. No sería difícil cambiar su corona
por una de estrellas, o asentar sus pies sobre una media luna, para estar en presencia
de una virgen de las grutas, pero patrimonio ya de las nuevas religiones que desplazaron
al paganismo.
La
ambientación del argumento, es tropical y eso contribuye a resaltar la extrañeza
de la situación. La calidad del agua que bebe el protagonista, trae a cuento al
elixir de la juventud. Todos esos elementos combinados, sirven al mismo
objetivo de enaltecer la reconciliación con el propio cuerpo.
VIII.
La acción salvadora.
El
enrarecimiento general del argumento, se ha logrado destacando la indefinición del
tiempo ("no estoy seguro si está amaneciendo, o cae la noche");
confrontando espacios ("Veo que el coloso separa netamente dos espacios;
aquél del que provengo, pedregoso y mortecino, de ese otro lleno de vegetación
y vida"); cortando la posibilidad de conexión con otras personas, o
induciendo a una babélica confusión de lenguas ("Pregunto a mi compañero
acerca de lo que está sucediendo. Me mira furtivamente y responde en una lengua
extraña: 'Rex voluntas'). Por último, dejando al protagonista a merced de
fuerzas incontrolables (calor, terremotos, extraños fenómenos astronómicos,
aguas contaminadas, clima de guerra, gigante armado, etc.).
Gracias
a los recursos mencionados, el sujeto saliendo de ese tiempo-espacio caótico,
puede reflexionar sobre aspectos menos catastróficos de su vida y hacer propuestas
de cierta solidez a futuro.
Las
cuatro nubes amenazantes, tienen por copresencia, el Apocalipsis de Juan de Patmos
(6,2 a 6,9): "Y miré y he aquí un caballo blanco; y el que lo montaba
tenía un arco; y le fué dada una corona, y salió venciendo, y para vencer.
Cuando abrió el segundo sello, oí al segundo ser viviente, que decía: Ven y
mira. Y salió otro caballo, bermejo, y al que lo montaba le fué dado poder de
quitar de la tierra la paz, y que se matasen unos a otros; y se le dió una gran
espada. Cuando abrió el tercer sello, oí al tercer ser viviente que decía: Ven
y mira. Y miré y he aquí, un caballo negro; y el que lo montaba tenía una
balanza en la mano... Cuando abrió el cuarto sello, oí la voz del cuarto ser
viviente que decía: Ven y mira. Miré y he aquí un caballo amarillo, y el que lo
montaba tenía por nombre Muerte, y el Hades le seguía".
IX. Las
falsas esperanzas.
La
Experiencia se inicia con elementos de La Divina Comedia, del Dante. Así, en el
dintel de la famosa puerta, Dante y Virgilio, leen: "Per me si va ne la
cittá dolente, per me si va ne l'eterno dolore, per me si va tra la perduta
gente. Giustizia mosse il mio alto fattore; fecemi la divina potestate, la
somma sapienza e'l primo amore. Dinanzi a me non fur cose create se non eterne,
e io eterna duro: lasciate ogni speranza, voi ch' entrate ".
XI. El
viaje.
El
veloz desplazamiento de la burbuja, recuerda ese viaje tan espléndidamente narrado
por Stapledon en El Hacedor de Estrellas. La descripción del efecto Doppler, en
el cambio de coloración de las estrellas por acción de la velocidad, queda en
la Experiencia Guiada, disimulada con esta frase: "Siento que aumenta la
velocidad. Las límpidas estrellas van virando de color, hasta desaparecer en la
oscuridad total".
Hé aquí
una curiosa consideración: "Como impulsados por un gran elástico, partimos
rectamente. Creo que vamos en dirección a Beta Hydris o, tal vez, hacia NGC 3621
(?)". Se supone, por contexto, que la burbuja asciende rectamente. Ahora
bien, ¿por qué se anotan esas direcciones cósmicas? Si en el momento de la
descripción, el sol se está poniendo ("Hacia el abismo es de noche; hacia
la llanura, los últimos rayos del sol fugan en tonalidades múltiples"),
bastará saber a qué hora local está ocurriendo el acontecimiento. Teniendo por
antecedente que esta obra fué escrita a mediados de 1980 (es decir, como día
central el 30 de Junio) y que el lugar en que se hizo la producción está
ubicado a 69 grados longitud oeste y 33 grados latitud sur, la hora local
corresponde a las 19 (retrasada cuatro horas respecto de la GMT). Y en ese momento,
el punto de elevación de 90 grados (es decir, el que estaba encima de la burbuja
y hacia el cual ésta se dirigía rectamente), nos muestra un cielo que entre la constelación
austral de Crux y la de Corvus y, próxima a Antliae, bien puede definir a varios
objetos celestes. De entre ellos, los más destacados son justamente Beta Hydris
y NGC 3621. Pero el autor no se define, ya que el primero está a 125,28' grados
de azimut W; 87,35' de elevación; 11:52.0 de ascensión recta y 34,23' de
declinación; mientras que el segundo a 92,08' W; 80,43'; 11:17.3 y 32,52. Si
vamos a la precisión, la burbuja enfilaría hacia Beta Hydris (número 103.192
del catálogo de Draper; magnitud 4,3; clase espectral B9, variable y a 326 años
luz de distancia). En cambio, NGC 3621 (galaxia espiral a 16 millones de años luz),
resultaría bastante más desplazada. Creo que la duda del autor, radica en que
la NGC 3621, es un cuerpo más bello. ¿Por qué no elegirlo para llegar hasta él?
Con todas las extrañezas que presentan las Experiencia Guiadas, esa licencia
astronómica no sería mal recibida.
Con
respecto al cuerpo en movimiento, se dice: "Sigo avanzando hasta llegar a
un plano en cuyo centro veo un gran objeto móvil, imposible de capturar con la
mirada, porque al seguir una dirección cualquiera en su superficie, ésta termina
envuelta en el interior del cuerpo. Siento mareo y aparto la vista". Sin
duda, la descripción recuerda algunas construcciones topográficas de la moderna
Geometría y que se han plasmado en objetos "envolventes". Con la
puesta en movimiento de ese tipo de cuerpo, el autor produce un efecto
desconcertante. Recordemos el grabado en madera (impreso en cuatro planchas),
de la cinta de Moebius de Escher, para acercarnos a la idea central: percepción
paradójica. Hofstadter, en su Eterno y Grácil Bucle, explica: "En el concepto
de bucles extraños, va implícito el de infinito, pués ¿qué otra cosa es un bucle
sino una manera de representar de manera finita un proceso interminable? Y el infinito
representa un vasto papel en los dibujos de Escher. En ellos suelen verse copias
de un tema determinado que se acoplan las unas en las otras, constituyendo así los
análogos visuales de los cánones de Bach". De acuerdo a ésto, el objeto de
la Experiencia Guiada sería un "bucle en movimiento".
XII. El
festival.
En Cielo
e Infierno, Huxley anota: "Para la mayoría de nosotros, el mundo de la experiencia
cotidiana es casi siempre insípido y monótono. Sin embargo, para unos cuantos
con frecuencia y para bastantes de cuando en cuando, algo de la brillantez de la
experiencia visionaria se derrama, sobre la visión corriente, transfigurando el
universo cotidiano".
Y el
punto de vista de un sicólogo, que profundizó en esta Experiencia, (meditándola
mientras otra persona la leía en voz alta), fué el siguiente: "Vi que podría
inducirse un estado de 'percepción abierta' sin apelar a drogas y otros procedimientos
más o menos disociadores (pienso en las prácticas de sobrevigilia; ayuno;
regímenes alimenticios de bajas calorías; respiración forzada; encerramientos en
inmovilidad y a oscuras; trance experimental y religioso, etc.). Este hecho, representa
para mí un gran avance por su inocuidad y por las posibilidades que brinda al
investigador de los estados especiales de conciencia. Pero además, desde la práctica
profesional, ¿no se podría contar con las Experiencias Guiadas, como herramientas
de terapia? Y aunque se me explique que no están concebidas con tal intención,
insisto en que no debería desaprovecharse tal posibilidad. Además, desde el interés
de la sicología social, tal vez se pudiera orientar a un número importante de personas
que apelan a la droga y al alcohol como panacea. Estas son inquietudes que planteo.
En lo que a mí respecta, esta materia me abre un campo de estudio que no hubiera
considerado hace solamente unas pocas horas. Tal vez, se deba a que he quedado fuertemente
impactado por esta Experiencia".
Comentarios
A la segunda parte.
VI. Los
disfraces.
Son
numerosos los elementos que recuerdan el Alicia en el País de las Maravillas y
el A través del Espejo, de Carroll. Recordemos las expansiones y contracciones
de este pasaje: "Está bien, lo comeré -dijo Alicia-. Si me hace más
grande, podré alcanzar la llave; si me hace más chica, podré colarme por debajo
de la puerta. ¡De un modo u otro entraré al jardín, pase lo que pase!... Comió
un pedacito y se preguntó ansiosamente: ¿En qué sentido?, poniéndose la mano
sobre la cabeza para percibir si se alargaba o se acortaba". Y en este
otro fragmento, los transformismos de espacio: "Supongamos que el cristal
se volvió tan tenue como la gasa, de manera que podemos pasar a través de él.
¡Vaya!, ¡ahora se está convirtiendo en una especie de niebla! Será bastante
fácil atravesarlo..." También en El Señor de los Anillos de Tolkien, encontramos
las modificaciones de las imágenes en el espejo mágico, como sucede en casi
toda la mitología universal. En cuanto a la transformación del ser humano en animal,
una línea sin interrupción conecta las más antiguas tradiciones con la Metamorfosis
de Kafka. De manera que estos temas son ampliamente conocidos y, sin embargo,
la Experiencia resulta sumamente original. Nosotros creemos como en el Fedro de
Platón, que "los mejores escritos sirven, en realidad, para despertar los
recuerdos de los que ya saben".
VII.
Las nubes.
Este
trabajo toma el mismo nombre de la comedia que Aristófanes hizo representar en
el 424 A.C. En toda la Experiencia hay un trasfondo alegre y burlón, en
homenaje a la intención de la obra griega. La voz que se escucha al comienzo,
contrae en una misma explicación, los "Génesis" de tres obras importantes.
Así, el cántico de la creación del Rigveda, nos dice: "Entonces, no había
lo existente ni lo no existente; no había reino del aire, ni del cielo, más
allá de él". En cuanto a "...las tinieblas estaban sobre la faz del
abismo", es textual del libro primero de Moisés (Génesis 1,2). Y lo
referente a "...no había ni seres humanos, ni un sólo animal, pájaro, pez,
cangrejo, madera, piedra, caverna, barranco, hierba, selva", corresponde
al Popol-Vuh (libro del Consejo de los Indios Quichés, según el manuscrito de
Chichicastenango). Aquello, según lo cual "no había galaxias ni átomos",
nos ubica a la altura del periodismo actual, comentando la teoría del Big-Bang.
Y, por último: "...tampoco había allí supermercados", se trata (de
acuerdo a lo anotado por el autor), de la explicación que diera una niña de
cuatro años. La anécdota es ésta: - Dime Nancy, ¿cómo era todo antes de que
empezara el mundo? "No había papá, ni mamá -repuso la pequeña- tampoco
había allí supermercados".
IX. El
minero.
El
hombrecillo de la mina es un gnomo, personaje de las profundidades muy difundido
en leyendas y cuentos europeos. Según está tratado en esta Experiencia, es una
alegoría que corresponde a la traducción a imagen visual, de impulsos
cenestésicos viscerales.
INDICE
Aclaración
del comentarista............................. 2
Primera
parte: Narraciones ............................................. 4
I. El
niño.............................................. 4
II. El
enemigo........................................... 7
III. El
gran error........................................ 10
IV. La
nostalgia......................................... 15
V. La
pareja ideal...................................... 17
VI. El
resentimiento..................................... 22
VII. La
protectora de la vida ............................ 26
VIII.
La acción salvadora.................................. 29
IX. Las
falsas esperanzas................................ 35
X. La
repetición........................................ 38
XI. El
viaje............................................. 41
XII. El
festival ......................................... 44
Segunda
parte: Juegos de imágenes ...................................... 48
I. El
animal............................................ 48
II. El
trineo............................................ 51
III. El
deshollinador..................................... 55
IV. El
descenso.......................................... 58
V. El
ascenso........................................... 61
VI. Los
disfraces........................................ 63
VII.
Las nubes............................................ 66
VIII.
Avances y retrocesos................................. 69
IX. El
minero............................................ 72
Notas
............................................... 77