EL DIA DEL LEON ALADO
SILO

CUENTOS CORTOS
Desde temprano anduve entre las oficinas
importadoras que funcionaban en los puestos del mercado. Barek-el-Muftala había
desaparecido del ambiente y nadie pudo darme referencias de él. Sin embargo, un
viejo frutero dijo que vio a Barek abandonar la zona amarilla de la ciudad tres
días antes y que escuchó algunas cosas confusas sobre él. En la nota que puso
en mis manos, señaló un punto de Malinkadassi. Así salí en dirección a la plaza
principal luchando con vendedores de yoghurt, bronceros y comerciantes; luego
descansé en un bar tomando shá, rehusando narguiles y café; finalmente, me
encaminé hacia la terminal de colectivos en la que encontré un taxi. Después de
un largo trayecto, el vehículo me dejó frente a la casona de una planta. Allí
pude leer en un cartel de bronce: «HOGAR DE TRANSITO».
En la puerta obtuve la información que
buscaba. «Está adentro», me dijeron. Abriéndome paso entre la muchedumbre
doliente, logré desembocar en una enorme habitación. Un gran círculo humano
rodeaba al ataúd abierto que, con la tapa apoyada en un brazo de madera
semejaba casi a un piano de cola. Al lado del féretro, un gordo recitaba oraciones
en voz alta y, cada tanto, los hombres respondían a las jaculatorias. El
personaje, periódicamente, metía su mano derecha en el ataúd como tratando de
dar compostura a un ropaje o tal vez al sudario del fallecido. Con esa visión
me fui acercando hasta ubicarme muy cerca del centro de escena. Entonces
comprendí que el oficiante trataba de calmar al supuesto difunto que pugnaba
por levantar cabeza. Barek-el-Muftala estaba delante de mis narices con la
cabeza vendada, quejándose débilmente. Al parecer, había sufrido un severo
accidente y se encontraba agonizando.
Los acontecimientos se precipitaron.
Llegó un muchacho con un recipiente que entregó al gordo y éste, sin inmutarse,
destapó el frasco. Abriendo la boca de Barek vació en ella su contenido. Luego
con una mano empujó la mandíbula y con la otra oprimió las narices del
agonizante. No fue un movimiento brusco sino dulce y suave. Mirando a un grupo
de parientes, el oficiante movía la cabeza de Barek a derecha e izquierda
manejándola desde las narices. Pasado un tiempo, subió a una silla que le
alcanzaron y, en equilibrio inestable, se inclinó profundamente hacia adentro
del ataúd. Allí estuvo haciendo comprobaciones hasta que decidió descender.
Luego se alejó del lugar con la satisfacción de la tarea bien realizada; con el
porte y gravedad que corresponde a esos acontecimientos. Esa fue la señal que
rompió el dique de las emociones experimentadas por la muerte de un entrañable
amigo. Mientras el llanto se generalizaba asumí una actitud solemne, sin dejar
de espiar los humedecidos ojos verdes de la hija de Barek. Ella, como única
descendiente, había autorizado la eutanasia de su padre, y de los diversos
programas de extinción supo elegir el más exquisito.
EL GRAN
SILENCIO
Al mediodía los cosechadores se ubicaron
a la sombra de los parrales más tupidos. Luego de comer trataron de hacer una
corta siesta. Más de 40 grados centígrados imponían silencio a los pájaros y a
los caballos adormecidos en sus corrales. Los camiones de acarreo; los
tractores que enganchaban los carros y remolques, esperaban protegidos en sus
galpones. Solamente una brisa movía algunas hojas del viñedo y el rumor del
agua en las acequias apenas se escuchaba. Era una tarde seca y brutalmente
cálida, una tarde que sólo conocen los que viven bajo los cielos violentamente
azules de los semidesiertos. Cualquiera próximo a la sofocación podría haber
jurado que escuchaba el crepitar del sol pegando en la tierra casi calcinada. Y
sin embargo, yo vi cómo el extravagante sujeto atravesó una hilera de viña
llegando hasta un amplio callejón; cómo su perro fiel lo siguió a pocos metros;
cómo bajó sus pantalones exponiendo las nalgas chatas a la radiación; cómo en
cuclillas desechó una jalea oscura que chorreando se mezcló con el polvo; cómo
aquello se solidificó velozmente y cómo el perro abriendo su boca con la
precisión de una pala mecánica alzó un trozo sólido y perfecto.
Tal vez por la temperatura estuve cerca
del desmayo o, por lo menos, faltó irrigación en mi cerebro ya que por un
instante vi al sol como una burbuja transparente. Luego, las nalgas refulgieron
y los cuerpos de perro y amo quedaron quietos en sus absurdas posiciones. Ni
brisa, ni el más leve rumor de las acequias, ni latido de corazón, ni calor, ni
sensación... El Gran Silencio irrumpió en medio del pretexto de lo desencajado.
Después, el perezoso fluir de la
existencia animó a las hormigas y al lagarto furtivo. Un relincho lejano indicó
que había llegado nuevamente a la tierra del acontecer... Por ello levanté el
tacho de cosechador y con unas tijeras podadoras comencé a cortar racimo tras
racimo, embarcado en una dicha que se expandía en círculos concéntricos.
¡TECLEA LA
RESPUESTA!
Cómo hacía la computadora para escribir
poemas por su cuenta, es algo que me intrigó durante mucho tiempo. El caso es
que se ponía en acción justo en el momento en que me ausentaba. Pero hoy acabo
de seguir con nitidez las huellas de la culpa. Y ya no más querida mía; ¡ya no
más, estúpida TZ- 28300!
Hace sólo un momento, todo estaba bien.
Tomaba café y operaba con mis aparatos. Lobo dormía, como siempre, en un rincón
alfombrado. Trabajando en el cuarto de pruebas con el instrumental y las
sustancias, me ayudaba en la investigación el programa experto de Química que
había introducido en la TZ- 28300. Estaba en la secuencia en que la computadora
me preguntaba: «¿Se funde con facilidad?» y yo tecleaba «no». Entonces ella
esbozaba conclusiones y daba sugerencias escribiéndolas en el papel continuo de
modo que la información quedara impresa para ulteriores revisiones.
- Probablemente es un compuesto iónico.
¿Se disuelve?
- Sí.
- Halla el P.H. y luego señala si es un
ácido, un álcali o una sustancia neutra. ¡TECLEA LA RESPUESTA!
- Es neutra.
- Se trata de una sal neutra. Averigua
el metal que contiene sobre la base de la prueba de la llama. ¿Tienes una
respuesta?
- Sí.
- Procede con la determinación de los
radicales. Si muestra un precipitado blanco cuando se añade cloruro de bario,
el radical es sulfato. Si resulta blanco cuando se añade nitrato de plata, se
trata de cloruro. Si desprende dióxido de carbono cuando se lo calienta, es
carbonato. Combina el metal y el radical para averiguar el nombre del
compuesto. ¡TECLEA LA RESPUESTA!
En ese
momento partí hacia la otra habitación a buscar unos recipientes de porcelana
para seguir con los experimentos. Pero, como ya había ocurrido otras veces,
escuché el zumbido que denunciaba la impresión de un texto y regresé corriendo.
La impresora devoraba papel blanco por un lado y lo expulsaba escrito por otro.
Ante mis ojos se estaba componiendo una secuencia que no podía ocurrir dado el
programa con que trabajaba. La TZ- 28300 estaba combinando datos químicos con
la más variada información personal que yo tenía almacenada, y con fragmentos
de la enciclopedia que estaba en su disco rígido. Sin embargo, esa incoherencia
no era cosa del otro mundo. Dos o tres áreas de memoria que de pronto se
mezclaban por una inoportuna instrucción como «merge», provocaban esos
fenómenos. Solo que esa orden debía ser tecleada por mí y no era ese el caso,
máxime en mi ausencia. Además, la combinación debía pasar por un procesador de
palabras de inteligencia artificial, como ocurría cada vez de acuerdo con los
ordenamientos que aparecían escritos. ¡Demasiados errores plasmados en una
dirección precisa! Dejé que salieran metros y metros de papel escrito hasta que
se presentaron algunas quintillas inteligibles:
Toda flor es siempre fanerógama.
En cambio tú, María Brigidita,
(teléfono 9421318 - Arce 2317),
eres a veces absurda y exquisita;
inquieta,
solapada y criptógama!
En la prueba de la llama miraré
tu cobre verde,
tu litio rosa/rojo,
tu estroncio carmesí.
Iracunda
e irreductible monógama!
Ni todo metal se hace irreductible,
ni la deuda en oxígeno combustible.
DEBO:
a la droguería, polvo fino de hierro
y al
almacén, comida para el perro.
Salté sobre la impresora y la
desconecté. Conque «almacén, comida para el perro», ¿eh?. La máquina, en sus
asociaciones libres me había encaminado. Por eso vuelvo a pensar «ya no más
querida mía; ¡ya no más, estúpida TZ- 28300!». Tomaré medidas, pero lo haré
paso a paso y sin errores.
Comienzo por apagar el sistema; espero
unos segundos... Conecto todo. Se escucha un «clic». El disco duro comienza a
girar mientras me guiña con sus diodos luminosos. Instalo el programa experto
de Química. Todo responde, todo está en orden. Me levanto del asiento y salgo
taconeando hacia la habitación contigua. Al pasar al otro ambiente entorno la
puerta hasta casi cerrarla; luego continúo mi desplazamiento por un tiempo más,
pero regreso a hurtadillas hasta la puerta, colocándome tras la hendija que me
permite observar una buena parte del cuarto de pruebas.
¡Como lo sospechaba! Veo una forma
sigilosa que avanza hacia la computadora. De un salto se ubica frente al
teclado, pero yo salgo con estruendo y Lobo corre chillando hasta el rincón.
Acostado queda inmóvil, haciéndose el muerto.
Estoy en cuclillas amonestando al
delincuente.
- Así es que el fantasma de la Opera,
¿no?; ¿así que revolviendo el hocico entre las teclas? ¡Ahora verás!
Lobo se reanima. Sentado en sus cuartos
traseros levanta el pecho apoyando el resto del cuerpo en sus dos manazas de
ovejero cachorrón. Con las orejas paradas y enfilando su hocico, me observa sin
inmutarse. Sigo despotricando y él comienza a mirarme humanamente. Quedo
desarmado y acaricio su hocico. Entonces siento un «clic» a mis espaldas. El
disco rígido ha comenzado a trabajar. ¿Qué es esto? Los diodos luminosos guiñan
y el zumbido de la impresora inunda la habitación. Me levanto y en dos trancos
estoy frente a los aparatos, pero la impresora no devora más su papel; los
diodos permanecen encendidos y quietos. Observo a Lobo que, sentado y estático
en su rincón, clava en mi su mirada humana. Tengo la extraña sensación de que
entre la ZT- 28300, Lobo y yo, se ha formado una estructura de espera. Entonces
me decido. Arranco el trozo de papel escrito, lo pongo ante mis ojos y leo:
¿Acaso
quieres alimentar a tu perro? ¿Acaso prefieres disolverlo en un ácido, un
álcali o una sustancia neutra?
¡TECLEA LA RESPUESTA!
LA PIRA
FUNERARIA
Desde el puente, acodado, observaba con
nitidez todas las maniobras que hacía el grupo al costado del río. Vi como
nadie pudo dar con ramas ni troncos suficientemente secos para agrandar una
hoguera limpia y provechosa. Luego de intento tras intento, algunos hombres
animaron las llamas con trapos y viejos ejemplares del Nepal Telegraph. El
fuego subió y entonces se decidieron a colocar una suerte de camastro en la
pira funeraria. Tal vez por el cáñamo de las bolsas atadas a las dos maderas
laterales, tal vez por el género que envolvía al fallecido, las llamas
crecieron... pero aquello no duró mucho tiempo. A fuerza de agregar ramas y
hojas no del todo secas, el humo envolvió al túmulo y el grupo se dispersó
tosiendo. Al cambiar el viento, dos hombres se acercaron a la fogata y
empujaron al difunto hasta el agua. Fue una operación hecha con un dejo de ira
e impaciencia; la contrafigura de las cremaciones habituales en las que se
termina por recoger las cenizas que luego son dispersadas sobre el río.
El cuerpo flotó suavemente y ante un
nuevo impulso entró a formar parte del caudal. En silencio el grupo vio como se
alejaba, mientras yo desde el puente lo tuve cada vez más cerca: estaba desnudo
y solamente la parte derecha había alcanzado a quemarse levemente. También la
mitad derecha de la cara estaba achicharrada. Y un cuervo posado en el cadáver
picoteaba el ojo izquierdo, el ojo no tocado por el fuego. Cuando pasó bajo el
puente volví a concentrarme en el conjunto que permanecía estático al borde del
río. Desde allí, acodado, me quedé esperando que se retirara. Entonces recordé
los funerales de todas las latitudes de la tierra; los funerales pobres y los
fastuosos; los asépticos y los antihigiénicos. Consideré los entierros, las
cremaciones, los desmembramientos y trituraciones de los huesos; las exposiciones
a pájaros y a osos; la colocación en árboles y en rocas protegidas, en grietas
y cráteres, en construcciones desmesuradas, en templos y jardines; los envíos
de cenizas en urnas espaciales; los mantenimientos criogénicos...
Bostecé, estiré los brazos y sentí
hambre.
EN LOS OJOS
SAL, EN LOS PIES HIELO
Fernando
fue un buen compañero de trabajo y un científico destacado. Inexplicablemente
abandonó sus tareas y partió al Africa. Luego, alguien me dijo que andaba por
Alaska. Han pasado dos años desde entonces y nadie pudo saber, a ciencia
cierta, que fue de él. Si es que aún vive me parece que ya debe estar
irreversiblemente loco e imagino cómo pudo haber comenzado su desquicio. Entre
los papeles que abandonó en nuestro laboratorio se destaca un desordenado y
extraño apunte bastante alejado de sus investigaciones habituales. Helo aquí.
26- 08- 80.
Esto
sucedió ayer a la madrugada, horas después de haber bebido una débil infusión
de la hoja esmeraldina. Estaba solo en el gabinete de Biología. La
música fluía suavemente desde el pequeño altavoz disimulado en la pared
frontal. Creo que en ese momento se escuchaba un ritmo lento de percusión y
voces. Mientras tanto, sentado ante la mesa de trabajo, me sentía molesto
porque notaba a mi pie derecho bastante frío y acalambrado, contrastando con el
izquierdo que se mantenía particularmente cálido. Había trabajado toda la noche
y, no obstante el ardor de mis ojos, giré el regulador de luz aumentando el
brillo en el condensador del instrumento óptico. Por décima vez, miré al
microscopio la muestra vegetal y vi que los estomas brillaban en color
esmeralda subido. Agregué 500 aumentos pero la definición varió disparejamente
en los campos del binocular debido, tal vez, a un desajuste en el aparato.
Luego comprobé que no se trataba de una falla mecánica. Tampoco se trataba de
simple fatiga visual. De este modo, fijé la vista en los oculares, sin
pestañear. Al poco tiempo comprobé que las imágenes se disociaban: el ojo
izquierdo veía una cosa y el derecho otra, mientras cada figura se transformaba
siguiendo las insinuaciones de la música. Los estomas habían desaparecido y, en
cambio, unos grupos humanos se agitaban en el ocular derecho en un ambiente de
frío y hielo al tiempo que en el izquierdo las imágenes se relacionaban con la
sal y el calor. Comprobé que la sal traducía mi cansancio pero también
comprendí que se filtraba en la imagen correspondiente a mi ojo izquierdo,
mientras que el derecho veía imágenes traducidas del frío y el calambre de mi
pié derecho. No obstante la disociación, las imágenes se conectaban
perfectamente con una «voz» interna que parecía divagar sobre el microscopio.
La música hacía variar los movimientos de las imágenes que veía, pero a veces
el sonido se convertía en ráfagas de viento que afectaban mi rostro.
Alejándome
del aparato organicé una pequeña tabla en la que pude presentar toda la
disociación aunque siempre conectada con la divagación central que formalicé de
este modo: « En el binocular predominaron los colores claros. Todo brillaba
a la luz del condensador del microscopio, pero arriba estaban las lentes que
aumentando los haces luminosos herían, cristalinos, a mis ojos, ya entonces
demasiado fatigados».
Divagaba
sobre el microscopio de este modo: En el
binocular...
En el
ojo izquierdo... comencé a ver gente que, en
coloridos grupos, rodeaba altas estalagmitas de sal. Eran africanos de
distintas nacionalidades comerciando entre sí. Lentamente desa-nudaron sus
bultos en los que... (predominaron los colores claros).
En el ojo derecho... encontré
un desierto de greda reseca y partida. Todo era opaco, casi negro. En suave
movimiento los costrones se fueron soldando en una masa. Pronto en ella...
. (predominaron los colores claros).
Así fue toda la secuencia:
En el
binocular
comencé a ver gente que, en coloridos
grupos, rodeaba altas estalagmitas de sal. Eran africanos de distintas
nacionalidades comerciando entre sí. Lentamente desa-nudaron sus bultos en los
que...
encontré un desierto de greda reseca y
partida. Todo era opaco, casi negro. En suave movimiento los costrones se
fueron soldando en una masa. Pronto en ella...
predominaron los colores claros.
La situación humana era excepcional.
Nadie estaba apurado frente a su montículo en aguja. Distintos grupos entonaban
un himno y en la cadencia se balanceaban con perfecto ritmo Las estalagmitas de
sal se elevaban como hormigueros de termitas.
El suelo se congeló y allí me vi
caminando descalzo en un piso de hielo interminable.
Desde los pies hacia arriba del cuerpo
subía un cosquilleo punzante.
Todo brillaba a la luz del condensador
del microscopio,
y me preguntaba cómo se habrían
producido esas formaciones ya que para ello se hubiera necesitado el agua
cayendo densamente,
mientras mi rostro era azotado por
ráfagas de viento. Abajo, el hielo se quebraba, dejando abiertos abismales
precipicios,
pero arriba estaban las lentes
en un cielo limpio que no podría
facilitar las lluvias. En todo caso, algún líquido habría arrastrado la sal
formando estalagmitas.
Así se erguían los túmulos ansiosos pero
libres, fuertes, sin enojos, buscando a los cielos despejados
de modo que me encontraba apresado en
toda dirección. Casi vencido y deslumbrado oí el rugido furibundo.
Entre los vientos espantosos el reflejo
iba a sus antojos dando en bloques separados.
que aumentando los haces luminosos
herían, cristalinos, a mis ojos
ya entonces demasiado fatigados.
RELATOS
KAUNDA
El embajador de Zambia insistió durante
una semana. Sus instrucciones eran estrictas, él no podría abandonar Florencia
sin llevarme a Lusaka.
El 10 de Enero de 1989 llegué acompañado
por Antonio y Fulvio. Al pie de la escalera, un comité de recepción presentó
sus saludos. De inmediato fuimos rodeados por una guardia armada que nos
introdujo en tres limusinas negras. A gran velocidad nos desplazamos por una
carretera periférica hasta cortar en un punto el centro de la ciudad. Mientras
los motociclistas abrían paso entre la multitud, alcancé a ver largas colas de
mujeres que cargando a sus niños desnutridos esperaban la apertura de los
centros de racionamiento.
Diez minutos después estábamos en el
palacio presidencial, rodeados por tanquetas y empalizadas laberínticas.
Bajamos y fuimos conducidos al salón de ébano en el que nos esperaba el
Presidente con su gabinete en pleno. Kaunda dio la bienvenida destacando
nuestra importancia ideológica para la Revolución. Respondí brevemente,
mientras Antonio traducía para la cadena de T. V. El Presidente Kaunda en su
porte soberbio lanzaba ademanes estudiados hacia nosotros y a su público,
repartiendo sobriedad y paternalismo según variaba de posición frente a unos y
otros. Siempre colgaba de su mano izquierda el largo pañuelo blanco que,
seguramente, constituía un signo personalísimo de su vestimenta. ¡El famoso
pañuelo! Cuando hablaba agitándolo con vehemencia o sesgando el aire todos
comprendían la señal; cuando escuchaba, sobándolo largamente, también los
presentes interpretaban el código. Pero si acompañaba la caricia con un
intermitente «ya veo», aquello era una aprobación decidida.
En dos días hicimos todo lo necesario.
Solamente en el diálogo sostenido con el secretario del partido único, la cosa
terminó mal. Pero, en general, la información fue abierta y los problemas por
los que pasaba el país se expusieron descarnadamente, cotejados siempre con los
datos más increíbles que recogía Fulvio y que sumaba a la masa que había traído
desde Europa. En los jardines presidenciales Kaunda mostraba los impala que
pacían suavemente. En ese edén bucólico, la floresta africana y la brisa del
atardecer no me impedían ver la situación como televisada desde arriba: todo
ángulo custodiado por sujetos con intercomunicadores; más afuera las tanquetas
y las empalizadas; más allá aún los retenes y luego Lusaka hacinada y
hambrienta; los campos arrasados, las minas de cobre y los minerales
estratégicos vaciadas a precio vil, manejados por un puñado de compañías cuyos
hilos saliendo del mapa africano se anudaban en lejanos puntos del globo. Ese
era un corte espacial; pero también veía ese lugar diez, veinte, treinta años
atrás, y siglos antes, cuando no existían países sino tribus y reinos, y los
hilos se anudaban a poca distancia. Comprendí que tarde o temprano el régimen
sería depuesto porque su voluntad de cambio tenía las manos atadas por aquellos
hilos multicolores. Sin embargo, yo sentía algo parecido al agradecimiento por
el apoyo brindado a la liberación de Sudáfrica y a la lucha anti-apartheid. Por
eso, aún sabiendo por anticipado que nuestro proyecto era irrealizable, Antonio
desplegó las variables de lo que se debía hacer...
Luego de la cena de la tercera noche,
descendimos a un búnker a través de un pasillo lleno de cuadros a derecha e
izquierda. Allí estaban Mandela, Lumumba y otros tantos héroes de la causa
africana. También aparecían Tito y otras personalidades de los distintos
continentes. De pronto me detuve frente a un cuadro y pregunté a Kaunda:
- ¿Qué hace Belaúnde aquí?
- Es Allende, -respondió el Presidente.
- No, es Belaúnde Terry, socialcristiano
y ex presidente del Perú; hombre no muy progresista sino más bien ligado a los
intereses del Club Nacional de Lima.
Kaunda tomó el cuadro y con toda
naturalidad lo estrelló contra el piso. Luego dijo algo sobre Salvador Allende
pero yo estaba concentrado en el espacio que había quedado descolorido en la
pared, y en los vidrios rotos en el piso. Por un instante me pareció que se
ponían y sacaban cuadros en infinitos pasillos a una velocidad chaplinesca y,
en esas escenas del cine mudo, se reemplazaban héroes y cobardes, opresores y
oprimidos, hasta que al final en un muro sin color quedaba una intención vacía
que era la imagen del futuro humano.
Llegamos al búnker.
Mientras Fulvio apuntaba y filmaba hasta
los últimos detalles, Antonio, elegante y metálico, abrió su carpeta y con una
frialdad de hielo hizo todas las críticas del caso. Mientras hablaba vi como el
pañuelo se agolpaba, cómo luego comenzó a anudarse para finalizar abandonado en
una mesita justo al término de la exposición. Antonio sin reserva alguna habló
de tal modo que cualquier político se hubiera sobresaltado. Sin embargo, vi
claramente que todo lo dicho llegaba al corazón. Me pareció que Antonio
encarnaba una verdad que arrancaba antes de él y que se proyectaba hacia el
futuro. En esa frialdad estaba el trasfondo de todas las causas por las que el
hombre ha luchado y creo que todos lo entendieron así. Kaunda, emocionado, no
tuvo más remedio que reconocer con su «ya veo», pero pronunciado de tal modo y
con tal tristeza que debió verse en el espejo de su alma.
«Para terminar nuestro análisis que,
según entendemos debe ser hecho en conformidad con lo que vemos, debemos
reforzar el punto quinto que se refiere a la disolución inmediata del partido
único y a la celebración de elecciones plurales en menos de un año. Esto va
acompañado con la liberación de los presos políticos y el derecho al reingreso
y participación de los exiliados en la lucha política. La prensa monopólica
debe ceder el paso a todas las formas de expresión aún a riesgo de que los
enemigos de los intereses del pueblo de Zambia se impongan momentáneamente por
el uso indecente de sus ingentes recursos. También queremos destacar el punto
octavo en el que se considera la factibilidad de una conferencia permanente de
los siete países para fijar los precios mínimos de los minerales estratégicos a
nivel internacional. Y, en lo que hace a la campaña contra Sudáfrica, los siete
países deberían bloquear sus espacios aéreos para impedir el libre desplazamiento
del régimen racista. Por lo demás, si hablamos de una revolución profundamente
humana debemos comenzar por la desarticulación del aparato represivo que siendo
una defensa contra los provocadores externos y su quinta columna, nos han
llevado a espiar, controlar, encarcelar y fusilar a nuestros propios
ciudadanos. ¡No hay revolución que tenga sentido, si se pierde el sentido de la
vida humana!». Sin inmutarse, Antonio cerró su carpeta y la entregó, con otra
plagada de informes, al secretario de Kaunda.
El Presidente me miró desde su enorme
sofá que parecía un trono. Lo miré muy adentro y dije:
- Excelencia, nada de lo dicho se podrá
poner en práctica porque las coyunturas lo impiden, pero hemos sido leales
luego de estudiar a conciencia la situación. Le ruego a usted y a los
honorables miembros de su gabinete sepan disculpar lo que hemos expuesto.
Kaunda se levantó como un gigante e,
insólitamente, se abalanzó sobre mí para abrazarme. Otro tanto hicieron los
ministros con Fulvio y Antonio. En aquel momento sentí con fuerza que a todo
eso lo había vivido anteriormente.
Partimos de Lusaka con sensación de
fracaso. Sin embargo, supimos al poco tiempo que Kaunda había comenzado
importantes reformas.
Gradualmente liberó a los presos
políticos; abrió la libertad de Prensa; liquidó al Partido único; reconoció
públicamente sus errores; dispuso elecciones generales y, al ser derrotado,
abandonó el poder para convertirse en simple ciudadano.
Un diario de San Francisco, relató lo
siguiente:
«Después de liderar a su país hacia la
independencia de Inglaterra en 1964, Kenneth Kaunda fue presidente de Zambia
por 27 años. A su favor podemos decir que permaneció firme en su lucha contra
el Apartheid de Sudáfrica y que muchos acontecimientos de aquel país se
hubieran enlentecido sin su decisiva ayuda. En su propia tierra enfrentó una
montaña de dificultades económicas. Especialmente desde la caída de los precios
mundiales del cobre. Desde comienzos de los años ‘80 Zambia se ha vuelto cada
día más pobre. El promedio de ingreso per cápita ha disminuido a 300 dólares
anuales, la mitad de lo que fue dos décadas atrás. La harina de maíz, principal
artículo alimenticio, escasea y se ha encarecido. Para colmo de males, un
sector importante de la población está infectado con SIDA y el país ostenta el
récord mundial de casos. La ayuda extranjera también ha sido cortada desde
Septiembre, fecha en que el Fondo Monetario Internacional le reclamó el pago de
20 millones de dólares que adeudaba. A principio de Noviembre, Kaunda fue derrotado
por Frederick Chiluba, uno de los principales líderes sindicales del país, en
las primeras elecciones multipartidarias desde la independencia. A diferencia
de Sese Seko Mobutu que está reprimiendo a la oposición luego de 26 años en el
poder, en el vecino Zaire, K. Kaunda dejó pacíficamente el gobierno».
No he vuelto a ver a Kaunda, pero sé muy
bien que en algunas noches diáfanas de su cielo africano sigue haciendo las
preguntas que yo no supe responder:
«¿Cuál es nuestro Destino después de
todas las fatigas y de todos los errores? ¿Por qué al luchar contra la
injusticia nos volvemos injustos? ¿Por qué hay pobreza y desigualdad si todos
nacemos y morimos entre rugido y rugido? ¿Somos una rama que se quiebra, somos
el lamento del viento, somos el río que baja hacia el mar?... ¿O somos, tal
vez, el sueño de la rama, del viento y del río que baja hacia el mar?»
PANFLETO A
PASO DE TANGO
Panfleto: (Del inglés pamphlet.
Contracción de Pamphilet, nombre de una comedia satírica de versos latinos, del
siglo XII, llamada Pamphilus, seu de Amore). Opúsculo de carácter agresivo
destinado a difundir, sin fundamento serio, toda clase de críticas.
Tango: (Probablemente voz
onomatopéyica). Baile argentino de pareja enlazada, forma musical binaria y
compás de dos por cuatro. Difundido internacionalmente, fue utilizado por
Hindemith y Milhaud. Stravinski lo introdujo en un movimiento de su «Histoire
du soldat» en 1918.
Andrés vivía mirándose el ombligo y, en
sus ratos libres, contemplaba el mundo exterior a través del ojo de una
cerradura. Lo conocí en 1990 en un lugar de América del Sur llamado
«Argentina». El era pues un «argentino», un hombre de plata, y le ocurría que
al no tener dinero se sentía frustrado con la designación colectiva que llevaba
a cuestas. Recuerdo que nos presentaron en un restaurante con motivo de unas
clases que yo estaba por dar en torno a temas de mi especialidad, es decir, en
torno a gastronomía computacional. En aquella ocasión el tópico a desarrollar
sería «Cómo preparar una buena ensalada sin usar aceite y sin tomar el rábano
por las hojas».
Andrés era afecto a la buena mesa pero
al creer que únicamente en su país se comía carne como es debido, no pudo
aceptar mis enseñanzas respecto a las múltiples preparaciones que esta admitía.
Esa cortedad impidió que se convirtiera en un excelente ayudante de cocina.
Así, angustiado por la elección entre dos opciones que le quedaban, terminó por
malograr su estómago y avinagrar su vida.
Según Andrés, su «patria» (como le
gustaba decir), vivía una tragedia extraordinaria que a mí me pareció un
sarampión infantil en una etapa de la vida de los pueblos en la que no se debe
comer porquerías y en la que el asunto dietético debe atenderse rigurosamente.
Gracias a esos cuidados los pueblos del Medio Oriente pudieron evitar la
triquinosis del cerdo, los nórdicos impusieron su blonda cerveza a los
bebedores de vino tinto y, más adelante, el rubio té a los siniestros
consumidores de café negro colombiano o brasileño.
¡Atención a lo que se come y a lo que se
bebe! Cómo comparar la espiritualidad del té de Ceylán (según lo han demostrado
teósofos destacados como Bessant y Olcott), con ese café cuyo mercado no está
en manos de victorianos y naturistas; cómo comparar la margarina a la
mantequilla y al aceite, productores de colesterol; cómo comparar el sobrio lemon
pie a esos jamones, quesos y embutidos de los pueblos latinos. Eso es lo
mismo que igualar la elegancia de los cuadros de la abuelita Moses a los
excesos de un Goya, de un Gauguin o de un Picasso... Por eso los alemanes
tienen tantos problemas, porque no se deciden de una vez por el vino o la
cerveza, por Hegel o Alvin Toffler, por Goethe o Agatha Christie, por Bach o
Cole Porter. La Historia demuestra que si los emperadores romanos hubieran sido
más cuidadosos no hubieran sufrido aquella catástrofe motivada por beber
tintorro en copas antihigiénicas. Sin embargo, no estamos de acuerdo con la
interpretación que atribuye al plomo de esos recipientes el saturnismo y las
numerosas enfermedades que los volvieron incapaces para el mando. Pues no, la
gastronomía computada demuestra que fue el llenarse la barriga con vino y miel
lo que los hizo caer... ¡y bien merecido lo tuvieron! De otro modo, el mundo
todavía se mantendría en el oscurantismo y no se mediría en galones, pulgadas,
pies, yardas, millas y fahrenheits; no se hubieran desarrollado las hermosas
líneas de los Rolls Royce ni el sombrero hongo; nadie manejaría por la
izquierda y no se usarían las gafitas Lennon; pocos pronunciarían la sugestiva
palabra «shadow»; el sombrero y la montura mejicana no hubieran pasado a los
tejanos; el zapateo americano se mantendría en los pies de los andaluces y
nadie señalaría con el índice a su público en los bailes de cabaret y en la
televisión. En esa situación primitiva ¿quién podría entonar «Cantando bajo
la lluvia», quién mascaría chiclet preparando las enzimas bucales y
mejorando el flujo de ptialina para engullir adecuadamente?
Así pues había que estar en alerta con
los temas dietéticos, pero mi aprendiz no lo entendió a pesar del esfuerzo
pedagógico que hice. El seguía obsesionado con los problemas de su pequeño
mundo, mirando todo por el agujero de un fideo. Me explicó que en otras décadas
su país había sido extraordinario (uso la palabra «extraordinario» porque
Andrés, al pronunciarla, elevaba al cielo sus húmedos ojos vacunos y,
pestañeando lentamente, se sumía en el recuerdo tanguero). En rigor, existía
una interpretación muy simple de esa pequeña crisis pero no se atrevía a
formularla porque en lugar de aspirar al hogar común de un pueblo, ambicionaba
una potencia que hiciera sentir su fuerza. No podía admitir que en plena época
de caída de las burocracias y ascenso de la mundialización, se borraran las
fronteras nacionales y reventara el modelo estatal del siglo XVIII. El, sin
saberlo, era un nacionalista de izquierda; una rara avis in terris (de
acuerdo a la hipérbole de Juvenal), que nace en los lugares en que el factor
emotivo se mezcla con la dieta alimenticia. Desde luego, en todas partes
sentimientos y papilas gustativas van juntos, pero la mesa internacional agrega
una dosis de ilusión que calma la ansiedad de los comensales. Pobre muchacho...
¡y qué buen ayudante de cocina hubiera sido! Desafortunadamente, no logró
inspirar su cabeza en la gastronomía como en su momento lo hicieran grandes
hombres. Seguramente si el eminente Lenin no hubiera estado atento a las
delicatessen suizas, tampoco contaríamos hoy con su exquisita definición de la
moral como «¡una salsa fetichista para una comida útil!». Esta maravillosa
expresión gástrica sublimada, me ha llevado a diseñar un programa de repostería
que en sagrado homenaje patentaré como «Vladimir», aún cuando las olas de los
acontecimientos mundiales sean desfavorables a ese tributo. ¡Noblesse
oblige!
Pero sigamos con nuestro tema. Como
todos los químicos del lugar Andrés tenía que elegir entre dos opciones: o
marchaba hacia cualquier centro extranjero de estudios avanzados, o se empleaba
de taxista en Buenos Aires. Muchos de sus compañeros habían seguido la primera
rama de un diagrama de flujo que terminaba en algún país con buenos
laboratorios, un equipo internacional, tecnología abundante y ese estándar de
vida que permitía disponer de algún esparcimiento sin sobresaltos. El diagrama
mencionado llevaba a subrutinas que detenían la secuencia en un «stop» desde el
que se podía teclear «go to 1» regresando a la Argentina, o bien tomaba otra
vía y llegaba a un «breack» a partir del cual era posible escribir «end of
program» acompañado por una mujer insulsa, algún niño, y vecinos amables que
exhibían el último par de zapatos adquirido a buen precio. La segunda rama, de
taxista, se desarrollaba entre conflictos en el contexto de un país que
aparentemente desaparecía día a día. Esa parte del esquema terminaba en un «end»
como jubilado del gremio del transporte ciudadano.
Su país había producido varios premios
Nobel en Fisiología, Química y Medicina, resultando curioso comprobar las
veleidades aristocratizantes de esos científicos que despreciando un oficio
digno de taxista elegían la primera rama del diagrama de flujo. En otros campos
de la cultura el lugar había liderado distintas expresiones pero también muchos
de sus exponentes habían optado por la primera rama. Esos avanzados de la
dietética terminaron por abandonar sus hábitos de arrojar pedazos de carne sin
sazonar a la parrilla y ya comían en mesas con mantel y cubiertos adecuados. El
arte de la convivencia había comenzado a desarrollarse en ellos mientras
asimilaban su rol de juglares en los ágapes elegantes. Domados por la vida
habían aprendido a disimular sus pensamientos, como corresponde a la gente
civilizada, despojándose de la insolencia de sus coterráneos que tanta
urticancia provocaban en todas partes. Un fenómeno parecido ocurría con los
deportistas que, aunque primeros en el mundo en múltiples actividades, habían
sido comprados individualmente por centros opulentos y luego desmembrados como
equipo. Las películas yanquis ponían de moda aires escritos por sus músicos y
la Unión Soviética exhibía como producto internacional a algunos de sus
ideólogos y militantes.
Sorpresivamente la Argentina se había
transformado en bananera y se la conocía por su analfabetismo, decadencia y un
largo etcétera. Era curioso ver cómo se la ubicaba por óperas rock como
«Evita», por una refriega lumpen con Inglaterra cerca del polo sur, y por sus
juntas militares sangrientas. En todo caso, había que cuidarse de esos
irresponsables lugareños porque a fuerza de cazar moscas con aerosol estaban
ampliando el agujero de ozono sobre sus propias cabezas, al tiempo que
contaminaban la Antártida con latas de sardinas, botellas de vino y
preservativos. Para completar el cuadro de esos sujetos extraños que casi
superaban en corrupción a los japoneses, norteamericanos, griegos, e italianos,
sus máximas autoridades usaban largas patillas de mandril y no se vestían de
acuerdo a los cánones establecidos. Algunos de sus líderes deportivos se habían
convertido de la noche a la mañana en delincuentes, asombrando a la comunidad
internacional que, según se entendía, no registraba en sus atletas un solo caso
de dópping o de irregularidad a lo largo de sus anales históricos. ¡Por algo se
los abucheaba en campeonatos mundiales, ya fuera en México o Italia! Bien se
sabe que las hinchadas deportivas son de juicio amplio e internacionalista,
probándose lo justificada que estaba la reacción de aquellos públicos selectos.
Pero desde el punto de vista del
comportamiento psicosocial de aquellos 30 millones de ciudadanos la cosa era
mejor todavía. Bastaba que alguien sobresaliera para que se presumiera la
comisión de algún delito, y si un desprevenido ayudaba a otro en desgracia,
pasaba a formar parte de la galería de sospechosos.
Allí se sabía cómo ver la realidad, por
eso si en la noche alguien decía «es de noche», o durante el día afirmaba «es
de día», se abrían violentamente las ventanas de las casas y los departamentos,
se activaban los altoparlantes y desde los megáfonos policiales brotaba un coro
de ángeles que repetía «¿qué hay detrás, qué hay detrás?», porque el
«detrasismo» certificaba la astucia de los cantores. ¡Cómo hubiera sabido
apreciar Torricelli ese enorme tubo de vacío, ya que allí un objeto de plomo y
una pluma; un genio y un imbécil, llegaban al fondo con idéntica velocidad!
En Buenos Aires, capital del
Psicoanálisis, los ciudadanos comenzaban a recuperar su antigua vivacidad. Para
no ser menos, Andrés fue a visitar a un médico de turno. El buen doctor lo
tendió en un diván y tomó nota de las dudas existenciales de su paciente,
aconsejándolo del modo en que un padre orienta a su hijo. Andrés, entonces,
decidió escoger la segunda rama del diagrama de flujo... Al salir del
consultorio estaba oscureciendo. Decidió entrar en un bar. Pidió café y lo
miraron con desconfianza, pero él rectificó solicitando un «té». Entonces le
acercaron una taza con agua hirviendo en su interior, en la que navegaba una
bolsita amarillenta. Sorbió la infusión con una dejadez de siglos y sin saber
de dónde podía salir la música de un tango, escuchó con la felicidad que solo había
experimentado en su primer amorío quinceañero:
«... Que el siglo veinte es un
despliegue de maldad insolente no hay quien lo niegue. Vivimos revolcaos en un
merengue y en el mismo lodo, todos manoseaos... Dale nomás, dale que va, que
allá en el horno se vamo’ a encontrar...»
Llegué justo a tiempo para escuchar esa
música lacrimógena y considerar su filosofía implícita según la cual el siglo
veinte es peor que cualquier otro siglo, incluidos Cro Magnones, Javaensis y
Neanderthalensis. Y, en cuanto al lodo, cualquier medieval podría ilustrarnos
convenientemente. Pero en todo esto hubo algo que me tocó profundamente. El
tema repostero del merengue me hizo recordar a la gran cantante australiana
Melba. Ella en una recepción cayó sobre una mesa finamente servida y en su
caída arrastró melocotones, plátanos, cerezas, y crema de leche helada.
Saliendo del paso, recogió los restos del estropicio y los sirvió mezclados en
un mismo recipiente, derivando de ese golpe de ingenio la famosa copa Melba.
También evoqué a un incomprendido comandante inglés que, aunque deficiente en
las acciones bélicas, tuvo el genio de superponer cosas entre dos trozos de
pan. ¡Loado sea por siempre, el gastronómico almirante Sandwich! Por último, el
asunto del horno en el que al final todos nos habremos de encontrar me ayudó a
comprender qué lejos estamos aún de asimilar esa situación de convergencia
humana. En efecto, tenía a la vista el ejemplo de un químico reaccionario que,
despreciando la aplicación de las cocinas de microondas, decidió ser taxista.
Solo tuve oportunidad de conocer la
capital en que vivía Andrés pero imagino que en las provincias las cosas son un
poco diferentes porque allí bailan el tango entre los cactus, vestidos de
gauchos a lo Rodolfo Valentino, mientras las señoritas gritan «¡olé!, ¡olé!».
Todos toman «mate», que no es sino una calabaza penetrada por un tubo desde el
que se succiona jugo de piña con hielo, dado el calor tropical de la zona de
Tierra del Fuego, como su nombre lo indica. Y, si me equivoco, la cosa no es
tan grave ya que un tal Reagan coloca a Río de Janeiro en Bolivia y algunos
«nordacas» europeos no ubican bien a los «sudacas», ignorando que en el mapa
hay otros «nordacas» por encima de ellos. Aparte de confundir emplazamientos,
los afectos a esas palabrotas padecen de amnesia y de escasa sensibilidad para
los tiempos futuros. De manera que mis yerros seguramente son insignificantes
al lado de los que vemos y escuchamos diariamente. Es claro que hay errores
maliciosos propalados desde las dirigencias del primer mundo a fin de que, por
contraste, se aprecien sus éxitos. Consecuentemente, en los sectores menos
esclarecidos de su población surgen invocaciones de este tipo: «Gracias te
damos por esta Administración y por evitar que caigamos en la situación de esos
pobres sudacas que cada día nos muestra la T. V. ¡Aleluya, Aleluya!» El negocio
es bueno para ese gobierno, para la Prensa catástrofe y para el ciudadano que
compensa con la bondad de su oración, humillaciones escondidas en los pliegues
de su almita post industrial. Pero esos descuidos calculados deben ser
corregidos porque un Occidente civilizado, incluido Japón, debe autolimitarse
en la manipulación de imágenes... no es el caso de que algo falle y tengamos
que salir con la escudilla pidiendo ayuda a los salvajes.
Quise despedirme del taxista con la
lejanía del caso pero él transgrediendo la distancia de la privacidad se me
vino encima y, tomando mis mejillas entre sus índices y pulgares, comenzó a
zamarrearme. Sin soltarme y forzando una voz aguardentosa, se puso a decir: «Gorrrdo,
vos si que sos un piola. Con el curro del morfi estás lleno de minas y de
guita. En cambio yo de tachero; ¡pura mishiadura de feca, pan y cateman! ¡Araca
la cana, chanta, y no te olvidés de mandar fruta, no te olvidés!»... Poco
entendí de su argot, pero creo que expresaba sus respetos por mi profesión.
Luego me abrazó y no sé por qué tuvo que morderme una hombrera aunque pienso
que era en alusión a cierta frase con la que se refería a mi, y cuyo sentido
desconozco, algo así como «¡Andá a cantarle a Gardel, gordo morfaalmohadas!»
Ese no era el Andrés cotidiano, más bien taciturno y estudioso; ese era el
doctor Jekyll que al verme se transformaba en mister Hyde y se
lanzaba a escandalizarme con sus exabruptos. Mostraba su amistad a fuerza de
agresiones; invertía las palabras y ponía el mundo al revés con tal de no dar
el brazo a torcer, enfrentando las formas culturales que yo representaba. En el
fondo me pareció un esteta que tomaba el surrealismo de Buñuel y el grotesco de
Fellini, para mezclarlos en la jerga del lunfardo. Pero todo concluyó
cuando el irreductible patán se alejó gritándome palabras soeces acompañadas
con gestos que harían sonrojar al más grosero tabernero de Liverpool... ¡Qué
momentos, qué momentos tuve que pasar! Inmediatamente partí en dirección al
aeropuerto.
Mientras volaba sobre las pampas revisé
todas las reflexiones de los días anteriores, tratando de comprender por qué
Andrés y sus coterráneos siempre me miraron con suspicacia. Entendí que esos
tipos, (inventores del sistema de huellas dactilares para la identificación de
cada persona), mantenían intacta su mentalidad policíaca sabiendo muy bien qué
había pensado yo de ellos en las distintas ocasiones. Concluí que si levantaran
cabeza nuevamente, cosa que comencé a temer, prohibirían en su territorio cada
una de mis recetas aduciendo cualquier pretexto sanitario. Luego me tranquilicé
al considerar los compromisos pendientes con gente del mundo desarrollado que
sí estaba capacitada para aceptar mi estilo de gourmet. Entonces recordé con
satisfacción las fórmulas del maestro Brillat-Savarin, mejoradas ahora por mi
gastronomía computacional.
Gesticulé apenas, y en poco tiempo las
azafatas me presentaron un carrito que desbordaba en primores culinarios. Así,
volando entre nubes rosadas me dispuse a una equilibrada ingesta. Pero una
extraña inquietud, algo parecido a mister Hyde avanzando en la lluviosa
atmósfera de un tango, se fue abriendo paso en mi interior. Dudé un momento y,
al final, pedí a mis odaliscas una botella de vino tinto. Luego sentí las copas
que una y otra vez, llegando hasta mis labios, desenrollaban los pergaminos del
viejo Omar Jaiam:
«La vida pasa. ¿Qué fue de Balj? ¿Qué de
Bagdad?
Si la copa rebosa, apurémosla con su
amargura
o su dulzura. ¡Bebe! Más allá de nuestra
muerte
la Luna seguirá su curso, largamente
fijado.
Un vaso de vino tinto y un haz de
poemas,
una subsistencia desnuda, media hogaza,
nada más.»
«Dicen que el
Edén está enjoyado de huríes:
respondo que el néctar de la uva no
tiene precio.
Desdeña tan remota promesa y toma el
presente,
aunque lejanos redobles resulten más
seductores.»
EL CASO POE
Como del otro lado del espejo
Se entregó solitario a su complejo
Destino de inventor de pesadillas.
Quizá, del otro lado de la muerte,
Siga erigiendo solitario y fuerte
Espléndidas y atroces pesadillas.
Edgard Allan Poe de J. L. Borges.
Siempre creí que las fantasías de los
autores de ciencia-ficción respondían a conceptos embrionarios que estando en
el ambiente de un momento histórico tocaban por igual a filósofos, estudiosos y
artistas. Muchas anticipaciones luego confirmadas por el avance tecnológico,
tenían más relación con el desarrollo de aquellas ideas primitivas que con
reales visiones del futuro. Verne había calculado con bastante aproximación el
punto de partida del primer viaje a la Luna, y también imaginó al Nautilus
impulsado por un tipo de energía que tiempo después pudo ser controlada. Otro
tanto podía decirse de Bulwer Lytton respecto a la electricidad, y de varios
autores que sorprendían por sus aciertos. Seguramente, muchos escritores de hoy
serían confirmados más adelante cuando los antigravitacionales, los transportes
sobre la base de rayos lumínicos y los androides fueran realidades prácticas.
Pensaba que tratar de comprender esas percepciones sobre la base de poderes
precognitivos, era tan ridículo como atribuir el invento simultáneo del piano a
las capacidades telepáticas de Christófori y varios de sus contemporáneos, que
trabajaban en el desarrollo del clave en 1718. La coincidencia en el
descubrimiento de Neptuno por el cálculo de Le Verrier y por la observación
telescópica de Galle en 1846, me hacía reflexionar sobre el esfuerzo que muchos
matemáticos y astrónomos realizaban en la misma dirección, impulsados por
fundadas sospechas sobre la existencia del planeta y no por ocultas compulsiones.
También consideré que si se hiciera un listado con los aciertos y errores de
los escritores de anticipación, los segundos sacarían una gran ventaja a los
primeros. Por otra parte, sería extraordinario que entre tantos miles de libros
y de páginas no ocurriera una sola aproximación a hechos que pronosticaron los
autores; que entre tantos sueños, todos fracasaran. Ocurría con esto, como con
tantas cosas de nuestras vidas azarosas, que solo teníamos en cuenta los
aciertos y aún en el pesimismo encontrábamos éxito cuando, entre tantos
acontecimientos, lográbamos la cuota de desastre esperado.
Esa era mi forma de ver el mundo,
apoyada por el cálculo de probabilidades, cuando saltaba sobre el tapete alguna
superchería. Esa fue mi posición cuando se quiso hacer de Poe una suerte de
brujo de la literatura. Muchos de sus lectores eran personas impresionables que
tomaban sus magnetizados; sus ominosos cuervos; sus verdosas y mortecinas
atmósferas, como cosas que ocurrían realmente. Frecuentemente escuché historias
sobre sus facultades de vidente; sobre sus anuncios de naufragios que luego se
cumplieron; sobre ataúdes que al ser abiertos mostraron las huellas de una
asfixia desesperada, tal como él había anticipado. Y esos cuentos tuvieron la cualidad
de provocarme una especial aversión.
Pero desde hace un tiempo las cosas han
cambiado. En ciertas noches lúgubres, en ciertos ambientes penetrados por el
reflejo de lunas mortecinas, he creído percibir el hálito que espiró en su
oscura mansión mientras precipitaba hechos que coincidieran con lo que había
escrito. Otras veces me ha parecido que no se trataba de un ser demoníaco sino
de una criatura que, atrapada en los lazos del tiempo, quiso romper esa malla
tenebrosa para salvar otras vidas. Hoy creo que conoció detalles de
acontecimientos que habían de ocurrir y que no pudo modificar porque aún no
habían nacido los desgraciados protagonistas. Y, por otra parte, quiso que
alguien dejara en claro todo lo que relataré más adelante.
Dejo constancia de todos los hechos que
cualquier investigador imparcial puede comprobar por su cuenta. He respondido a
los apremios de Poe y, ahora mismo, corto con él un vínculo malsano. Cuando dos
radio operadores se despiden luego de una conversación que enlaza puntos distantes
y diferentes husos horarios, suelen concluir con la frase: «¡Cambio y fuera!»
Así pues, cambio y fuera, querido y triste Poe. Lo sé, lo siento claramente. Al
escribir estas notas, he experimentado cómo mis obsesiones infantiles han sido
exorcizadas. No creo que a futuro al visitar casas desiertas, al asomarme a la
boca de un aljibe, al atravesar un bosque umbrío, escuche nuevamente aquel
lamento obsesivo que me llame por mi nombre... «Reynolds, Reynolds». Ahora sé
de quien era esa voz agonizante que me ha perseguido desde niño. En fin,
trataré de estar cerca de Margaret cuando ella lea toda esta trama
incomprensible, de otro modo podría llegar a repensar su vida como el pretexto
de una voluntad lejana; como una simple antena construida para facilitar
comunicaciones entre tiempos y espacios diferentes.
Todo empezó en una reunión social.
- ¿No has leído a Poe?, - me preguntó
Margaret al pasar.
- Si, cuando era niño.
- Pues deberías leerlo con cuidado y
verías que habla de ti.
- ¿Cómo de mí?
- Sí, de Reynolds, ¿o no te llamas así?
- Vaya, es como si hablara de Smith...
¿y qué hay con eso?
- No sé, pero por ahí anda ese nombre.
A los pocos días consulté un índice de
nombres en las obras completas del escritor y en ninguna parte apareció
«Reynolds». Comprendí que Margaret se había confundido, pero ya tenía entre mis
manos varias biografías que, aunque repitiendo tópicos de su angustiosa vida,
diferían considerablemente en las circunstancias de su muerte. Este hecho me
llamó poderosamente la atención. Al final, me quedé con cuatro casos
divergentes.
I
«A la muerte de su esposa, comienza a
sufrir los ataques de delirium tremens, que le provocaban sus frecuentes
estados de embriaguez. Un día, en octubre de 1849, se lo encuentra moribundo
sobre las vías del tren.»
II
«Pero el día en que la unidad quedó rota
por la muerte de la esposa vencida por la tuberculosis, el poeta no tuvo ya
fuerza alguna para poder vivir. Arrastrando su duelo y agotadas en realidad sus
fuentes creadoras, apenas pudo sobrevivirla en unos dos años. Cuando se
encontraba en Baltimore, haciendo una gira de conferencias, se le encontró
entre las luces de una madrugada de octubre agonizando en medio de la calle.»
III
«Se hallaba en Baltimore por casualidad;
se había detenido allí en un viaje desde Richmond a Fordham (Nueva York),
preparatorio de su próxima boda con Sarah Elmira Royster, su gran amor juvenil,
a la que iba a unirse después de perder a su primera esposa, Virginia Clemm.»
IV
«En
septiembre de 1849 llegó a Baltimore camino de Filadelfia. Un retraso en el
tren que habría de llevarle a esta última ciudad sería fatal. El 29 de
septiembre visita a un amigo en un deplorable estado de ebriedad. Cinco días
más tarde, cinco días de absoluto misterio y vacío en su biografía, otro
conocido es informado de que alguien «que puede ser el señor Poe» yace borracho
e inconsciente en una taberna de los bajos fondos de Baltimore. Era época de
elecciones y se acostumbraba a que los peticionarios de votos emborracharan
gratuitamente a los electores. Estas copas electorales pudieron ser la última
elección de Poe. Trasladado a un hospital, su extinción era inevitable.»
Y así fui sumando pistas, sospechas y
bibliografía hasta que pude componer un cuadro de la muerte de Poe que bien
podría haber sido escrita por él mismo. La verdad es esta. El 29 de setiembre
de 1849 llega a Baltimore. No es seguro que ese día haya visitado a un amigo,
ni que una pandilla política hubiera precipitado su crisis. Se suceden varios
días en blanco hasta que el 3 de octubre es hallado sin conocimiento en una
taberna de Lombard Street. De allí lo trasladan al «Washington Hospital» y,
delirando hasta el fin, llama en reiteradas ocasiones a un desconocido
«Reynolds». Muere a las 3 de la madrugada del día 7 a los 40 años de edad. Tal
vez para reparar una desconocida culpa, la ciudad de Baltimore le erige un
monumento el 17 de noviembre de 1875.
Pude tener como cierto, entre tanta
opinión diversa, que Poe exigió repetidamente y a los gritos la presencia de
«Reynolds». Ese nombre, que confirmaba al oscuro recuerdo de Margaret, me llevó
en dirección a un hecho más extraordinario que las circunstancias de la muerte
del escritor. Mi razonamiento fue elemental. Supongamos -me dije- que el
angustioso reclamo del tal Reynolds haya tenido algún sentido, ¿quién fue tal
personaje? El único «Reynolds» significativo que pude encontrar relacionado con
la vida u obra de Poe fue el expedicionario al Polo, en cuyos relatos se basó
para componer parte de su única novela: La narración de Arthur Gordon Pym de
Nantucket. A partir de allí no pude avanzar. Entonces me ubiqué en el tipo
de pensamiento que Poe había querido transmitir a través de su extraño trabajo
«Eureka» en el que discutiendo el método deductivo aristotélico y el inductivo
de Bacon, abría las compuertas a lo que él llamaba «intuición» adelantándose
tal vez en esto al mismo Bergson. En realidad yo sabía que tal método no podía
sostenerse, pero sí representaba una forma de pensar y de sentir; sin duda, la
forma creativa habitual de Poe. Siguiendo ese hilo, ubicándome en una situación
delirante pero que imitaba los carriles de sus hábitos mentales, me puse frente
a la escena de la invocación de Reynolds y pasé a sumergirme en el estudio de La
narración de Gordon Pym.
En la novela, el cuadro más impresionante
era la catástrofe del bergantín Grampus. Quedando solamente cuatro
sobrevivientes a la deriva y a punto de perecer por falta de agua potable y
alimentos, se decide echar suertes. «Peters me abrió el puño y entonces miré.
El rostro de Richard Parker me hizo comprender que yo me había salvado y que la
muerte lo había elegido a él. Caí desmayado en el puente. Me recobré a tiempo
para contemplar la consumación de aquella tragedia y la muerte de quien fuera
su principal instigador. No ofreció la menor resistencia. Peters lo apuñaló por
la espalda y cayó muerto instantáneamente. No quiero ser prolijo en la
espantosa comida que siguió. Cosas así pueden ser imaginadas, pero las palabras
carecen de fuerza para que la mente acepte el horror de su realidad. Baste decir
que tras aplacar en alguna medida la espantosa sed que nos consumía, bebiendo
la sangre del desgraciado, y de tirar al mar, por común acuerdo, las manos,
pies, cabeza y entrañas, devoramos el resto del cadáver a razón de una parte
diaria durante los cuatro imborrables días que siguieron, es decir, hasta el 20
del mes». Richard Parker, ha
escogido la astilla más corta de las cuatro que estaban en juego; de inmediato
es sacrificado y sus tres compañeros se alimentan de su cuerpo durante unos
días. Más adelante son rescatados por la goleta Jane Guy. Esto ocurre en
julio de 1827.
Sin saber en qué dirección continuar
(porque tampoco sabía qué buscaba), procedí del mismo modo que con el asunto de
Reynolds, buscando antecedentes. La narración de Gordon Pym fue
publicada en Nueva York en 1838. Así es que me dispuse a buscar la fuente
inspiradora de esa escena, pensando luego en pasar a otras del mismo libro,
buscando antecedentes, y así hasta terminar con toda la Narración. Pero
no fue necesario ir muy lejos. Solamente encontré dos casos de antropofagia en
razón de un naufragio. El primero de ellos había ocurrido en 1685 en St.
Christopher, Antillas. Cierto grupo de náufragos echó suertes y como resultado
de la juerga se comieron a un compañero. Al ser rescatados se los juzgó y se
los ahorcó. De este modo bien podía ser que Poe hubiera usado esa bibliografía
para inspirar su cuadro, pero las pinceladas eran demasiado gruesas. Seguí
adelante con el segundo caso y cuál no sería mi sorpresa al descubrir que no se
trataba de una fuente inspiradora sino de un hecho real plagiado
descaradamente.
El yate Mignonette naufraga. Los
cuatro sobrevivientes se mueren de sed y hambre. Deliberan, piensan en echar
suertes, pero deciden que eso no es necesario ya que uno de ellos no tiene
familia a la que mantener. Lo matan y durante unos días se alimentan de Richard
Parker hasta que son rescatados por el barco Moctezuma. Por supuesto la
situación ocurre en el mes de Julio. Llevados ante un tribunal se los juzga
pero se les perdona la vida dadas las circunstancias.
Era clara la fuente incluso en ciertos
detalles como éste. En la novela uno de los sobrevivientes no está de acuerdo
con que se realice el asesinato y ese es precisamente Gordon Pym. En el caso
real hay un marinero llamado Brooks que tampoco está de acuerdo y aunque
termina participando del festín no es llevado a juicio. En fin, las simetrías
(no solo en número y actitudes de los actores, rescate posterior, mes en que
ocurren los hechos y hasta el repetido nombre y apellido de la víctima, Richard
Parker), mostraban algo más que una coincidencia. Pero aún así, sabiendo
indudablemente de donde había sacado Poe esa historia volví a quedar a oscuras
respecto a la importancia que él parecía dar a Reynolds a la hora de su muerte.
Mi descubrimiento era interesante y yo lo había logrado siguiendo una intuición
de acuerdo a esa tendencia mental que me había parecido ver en Poe, pero no
podía saber el motivo de su alteración final. ¿Qué señalaba entonces con tal
angustia? Al parecer la clave estaba en la novela, pero yo seguía sin entender
el punto...
Decidido a llegar al fondo del asunto
busqué el libro en el que se citaba el caso de la Mignonette. No lo
encontré en librerías pero estaba en la biblioteca del Museo Británico. Busqué
la fecha en que había ocurrido el incidente y al verla en letras de molde no
pude sino experimentar ese frío que recorre la espina dorsal de los personajes
de Poe: Julio de ¡1884! Eso había ocurrido 35 años después de la muerte del
poeta; 44 años después de la primera publicación de La Narración de Gordon
Pym y 57 años después de la fecha de ambientación de la novela. No era
razonable. Fui a los periódicos de la época. Allí estaba todo respecto al
juicio. Tenía las fotocopias del Flyng Post de Devon (3 y 6 de noviembre
de 1884) y del Exeter and Plymouth Gazette (7 de noviembre de 1884). Fui
más lejos y se me permitió copiar las actas del juicio en las que aparecen
muchas precisiones. El yate Mignonette es de 19 toneladas. Naufraga a
1600 millas de Ciudad del Cabo. Solo se salvan Thomas Dudley, capitán; el
primer oficial Sthephens de 31 años y el marinero Brooks de 38. Con ellos hay
un muchacho, Richard Parker de 17. Este último toma agua de mar y se enferma
gravemente. A las tres semanas deciden que uno debe morir, entonces Dudley
traspasa a Parker con un cuchillo. En el juicio el jurado no logra pronunciarse
y el caso se eleva a la Corte Real de Londres. Son liberados tras pagar multas
de 50 y 100 libras.
No, era imposible una falsificación en
cadena que involucrara periódicos y cortes de justicia para que los hechos se
acomodaran a una novela. Así es que busqué al revés. Fui al material de la
revista mensual que dirigía Poe y editaba Thomas W. White: el Southern
Literary Messenger de Richmond (enero y febrero de 1837). Luego pasé a la
edición de N. York de 1838 y a las siguientes, que fueron numerosas mucho antes
del caso de 1884, y en las que no se habían alterado nombres ni circunstancias.
Reconsideré la situación. Antes de la muerte
de Poe sus huellas se borraron por varios días, y luego reapareció en nuestra
dimensión delirando. Llamaba a Reynolds para que tratara de hacer variar los
hechos que él había visto anticipadamente. Esto era doblemente imposible porque
Reynolds ya había muerto antes que él y porque los protagonistas de la
catástrofe todavía no habían llegado al mundo. Sin duda era un delirio... ¿O es
que necesitaba dejar constancia de todo lo sucedido? Si este fuera el caso, el
poeta eligió a la buena de Margaret para que me comunicara ese mensaje. Lanzó
su botella a las olas del tiempo hace más de 140 años y lo hizo el día de su
muerte en Baltimore, el 3 de octubre de 1849.
FICCIONES
SOFTWARE Y
HARDWARE
Oh, Newton, Newton, ¿qué hubieras soñado
si te hubieras comido la manzana?
Querido Michel:
En pocos minutos abandono la villa
olímpica de Oslo. Quiero que me recuerdes como un buen amigo aún cuando te haya
chocado, según confesaste una vez, esa «monstruosidad» que siempre observaste
en mi conducta. Pongo en tus manos estos recuerdos en fragmentos porque en
ellos podrás encontrar algunas explicaciones de las muchas que te debo. Además,
lo hago como reconocimiento por el tiempo que tuviste que aguantar a este discípulo
incomprensible y anormal.
¡Hoy brindo por ti que acabas de
producir al gimnasta más grande de todos los tiempos! En el futuro, cuando
compruebes que tus muchachos no logran superar mis marcas, procura no
mortificarlos; ni ellos ni otros muchachos en el mundo podrán hacerlo ya que
las probabilidades están en contra de ese intento. ¡Au revoir!
El absurdo de
la gravitación universal.
Estaba, como siempre, la ley de
Gravedad. Yo sabía que alguna vez, aunque fuera una sola, esa formulita de
caída de los cuerpos en el primer segundo, G = 9m 7800, no resultaría. Entre
las leyes de caída, me interesaban las referentes al espacio y a la velocidad.
La primera decía que los espacios recorridos son proporcionales a los
cuadrados de los tiempos que se tarda en recorrerlos. Y la segunda: La
velocidad adquirida es proporcional al tiempo transcurrido en el descenso.
Por eso, desde el escolar que trabajaba con los planos inclinados y la máquinas
de Atwood hasta el físico nuclear de hoy, he pasado un tiempo pesquisando esa
absurdidad científica. Estaban los globos aerostáticos, los aviones y los
cohetes que salían de la Tierra; estaba la rejilla voladora de Minkovsky que se
elevaba por impulso iónico; estaban los superconductores y los campos
electromagnéticos opuestos, como promesa del anti-gravitacional. Pero yo seguía
en la máquina voladora de Leonardo y en el primer aparato de los Wright, una
línea que arrancando en los sueños nocturnos terminaba en los libros de
cuentos. Así, me resultó sencillo interpretar al Principito de Saint
Exupery y al Juan Salvador Gaviota de Bach como las producciones de dos
individuos que tenían el mismo oficio de aviadores en su vida extra literaria y
que estaban obsesionados por liberarse de G = 9m 7800.
También cayeron en mis manos las Propuestas
para el próximo milenio, de Italo Calvino. El autor proponía la «levedad»
como recomendación para los escritores del futuro. Citaba a Cyrano y a Swift;
el uno volando a la luna, el otro sosteniendo la isla de Laputa mediante un
imán. Mencionaba a Kundera y creía ver en La insoportable levedad del ser
la ineluctable pesadez del vivir. Finalmente decía: «...es cierto que el software
no podría ejercitar los poderes de su levedad sin la pesadez del hardware,
pero el software es el que manda, el que actúa sobre el mundo exterior y sobre
las máquinas». Sin embargo, esta verdad llevada a sus últimas consecuencias lo
hubiera movido a catalogar como «desnaturalizado» el trabajo sobre el cuerpo
humano considerado como simple hardware de un software inteligente.
Calvino, como todo intelectual, no podía saber en la práctica qué es el propio
cuerpo y no hubiera comprendido que gracias al trabajo sobre él, hubiera
logrado la liviandad que buscaba.
La máquina
empieza a trabajar.
Desde pequeño me llevaban a exhibiciones
y torneos, pero no tenía edad para ser admitido en gimnasia deportiva. Así es
que pasaba horas haciendo las ridículas series suecas, danesas y de calistenia,
dirigido por profesores que se correspondían con tal actividad. El que no era
viejo, calvo y gordo, como mínimo se presentaba en camiseta, con indecentes
zapatillonas y amplios pantalones cortados hasta las rodillas. Seguramente de
ahí partía mi aversión a esa ropa deportiva relacionada con ciertos estilos
culturales: pantalonazos de golf y de montar, shorts de futbolistas y de
rugbiers culones que, finalmente, desbordaban a la moda en la monstruosa
bermuda o en su prima la falda-pantalón. Qué sorpresa me llevaría años después
al encontrarme con los campeones de Dinamarca que criticaban a la gimnasia
danesa; con la primera línea del equipo yanqui que se mofaba de las bermudas y
con las gimnastas alemanas que aborrecían la falda-pantalón. «Sensibilidad
común», me diría, y quedaría reconciliado con el Universo.
Un día permanecí escondido en los vestuarios
al terminar la clase de lo que llamaban «educación corporal». Luego,
deslizándome por unos pasillos casi de hospital, llegué a una escalera. Subí y
terminé ubicado en un balcón que se usaba para observar las exhibiciones. Era
una amplia gradería que estaba totalmente a oscuras. Me ubiqué en un rincón muy
protegido y desde allí miré al gimnasio principal que me estaba vedado. ¡Fue la
visión del Paraíso! Paredes forradas con enormes espejos, sogas, trapecios,
barras, paralelas, caballos con arzones, anillas, trampolines... allí estaba
todo. Colchonetas hasta donde la vista se perdía, camas elásticas que permitían
volar en cada salto, fosos acolchados para recibir el escape de una pirueta
peligrosa. Pero lo más importante, allí estaba el equipo de primera categoría
haciendo ronda al entrenador que gritaba como un loco: «El puntaje es fuerza,
velocidad, equilibrio, ritmo, resistencia, reacción y elegancia... quien no
tenga trabajado algo de eso pierde décimas, o sea, ¡pierde! Y tú, ¡bolsa de
papas!, en gimnasia no se suma como en los insignificantes deportes en los que
se acumulan goles, puntos o tantos, sino que se resta, se descuenta por error
cometido».
Pasaron meses, pero el mismo día de mi
cumpleaños, mostrando el carnet al Cancerbero de la entrada, vi como se abría
la puerta de vaivén y entré triunfalmente. El olor a cera, magnesio, resina y
colchonetas llenó mis pulmones como el aire del amanecer. Pero bastó pisar las
maderas lustradas para que una mano me levantara en el aire tomándome desde el pantalón.
«¡Te faltan los elásticos!» chilló, y quedé depositado fuera del gimnasio. ¡Ya
les haría pagar más adelante ese regalo de cumpleaños! Al día siguiente
arremetí de nuevo y ya nadie se fijó en mí. Fue entonces cuando empecé a
trabajar realmente bajo la dirección de un profesor que me ubicó en la
categoría «infantil cero». Bajo su dirección un grupo de veinte aprendices iba
a pugnar para no ser desplazado por inepto. A los seis meses, quedábamos cinco
del plantel inicial y pasamos a manos de otro preparador, mientras el primero
recibía una nueva camada. Los cinco nos encontramos haciendo semicírculo frente
al torturador que empezó por mirarnos uno a uno de abajo hacia arriba. «¡Te
faltan los elásticos!», me gritó. Entonces los bajé, cosidos como estaban por
dentro del pantalón, y los pasé bajo las zapatillas.
- Ahora dime tu nombre, nada de
apellidos; aquí solo hay nombres, edad y trabajos anteriores.
- René, siete años y medio, dos años de
esa «cosa».
El profesor abrió los ojos como platos.
Y cuando repetí que la educación física anterior era una «cosa» a la que me
resistía llamar «gimnasia», recibió un flechazo in cuore. De inmediato pasé a
ser el preferido comenzando a trabajar el doble que los miembros del grupo,
sirviendo a cada rato como ejemplo de pésimo practicante. Ese desafío me ayudó
más que cualquier entrenamiento. Desde el comienzo me encantó esa forma dura y
sin hipocresías acarameladas; después de todo, ellos querían obtener campeones
y yo quería que mi cuerpo fuera el juguete más cercano.
El retardado y
la mosca.
Desde mi nacimiento hasta los cuatro
años fui un niño retardado. Mis reflejos no respondían bien y repetía cualquier
operación sin poderla manejar hasta que la entendía. Quiero decir que si debía
recoger un cubo, no importaba cuantas veces se me ejercitara en el mismo
trabajo porque siempre resultaba igual, o sea, mal. Todo lo volvía a realizar
cada vez como si fuera la primera y, por ello, tampoco aprendí a articular
palabra. Recuerdo cómo mis padres me invitaban a decir «mamá» y «papá», pero yo
sólo veía sus enormes bocazas, oía sus sonidos y sentía sus extraños deseos. Un
día se posó una mosca en mi cara, luego voló y sentí una diferencia entre la
sensación que me quedaba y la que el insecto se llevó, allá por el aire. Cuando
interpreté su vuelo decidí que mi mano lo alcanzara y esto fue hecho a tal
velocidad que la enfermera cuidadora salió gritando a dar la buena nueva. Pero
cuando empecé a caminar a los tres años ya seguí aprendiendo cada vez con más
perfección de manera que en poco tiempo podía hacer equilibrio en los lugares
más insólitos. Creo que algo similar ocurrió cuando entendí la articulación del
lenguaje. Unicamente cuando estuve listo y ante el clima de opresión que sentí
a mi alrededor, puse en marcha la máquina del habla, cada día con mayor
velocidad y destreza. Como en aquellos tiempos corría la teoría de la
«maduración» de los centros nerviosos, se llegó a la conclusión que yo era
normal pero que había «madurado» más lentamente de lo esperado. Así fue cómo,
para evitar recaídas en la idiocia, me llevaron a dicción, representación
teatral, música y calistenia. Si la intención de esa buena gente era que yo
respondiera a los códigos educativos, hasta los cuatro años fue imposible
porque era retardado, y a partir de los cinco ya había tomado en mis manos las
funciones más importantes.
Cuando entré en la escuela, volví a la
temida imbecilidad porque no podía resolver como 2 era igual a 1 + 1. En
verdad, ahora mismo sigo sin entenderlo, porque decir que son iguales dos representaciones
diferentes es un misterio extraordinario. Luego, cuando arreglaron las cosas
explicando que no eran iguales sino «equivalentes» y entendí cuál era el
sistema de convenciones que utilizaban, la situación mejoró. Pero quedaba en
pié un problema: no podían pedirme que estuviera atento a una explicación sobre
los héroes nacionales si los maestros eran libros vivos y abiertos. En sus
tonos de voz, en sus gestos y movimientos corporales, en sus desequilibrios
emotivos, yo repasaba la historia desde el molusco a Napoleón. Este problema lo
solucioné tiempo después cuando empecé a ejercitarme escribiendo con cada mano
cosas diferentes. Con la izquierda resumía las explicaciones, con la derecha
mis observaciones sobre cada músculo y respiración del profesor de turno. Hasta
que, finalmente, ya lo podía hacer a diario sin escribir. Con el tiempo, pude
atender simultáneamente a los temas y situaciones de cada persona que se
presentaba en un conjunto.
Adrenalina y
tragedia griega.
En la escuela arremetía en todos los
juegos llevándolos hasta el límite, rodeado de torpes compañeros que se
fatigaban al primer esfuerzo. También, hasta los siete años me interesé en todo
tipo de deportes. Pero cuando ingresé en la categoría infantil cero, comencé a
descartar el músculo blando y de reacción lenta del nadador; el músculo en
paquete del boxeador y del pesista; el músculo fibroso del atleta. Sólo me
quedó algún respeto por la altura lograda en la pértiga y por el salto
ornamental. Sin embargo, en el primer caso se ascendía apoyado en una vara y en
el segundo se hacían las piruetas cayendo como un plomo. Estaba claro que todos
los deportes producían una formación muscular irregular, o daban velocidad a
una parte del cuerpo y lentitud a otra. Solamente la gimnasia lograba lo que yo
buscaba. Pero en esa actividad no se trataba simplemente de régimen
alimenticio, de horas de entrenamiento diario o de sueño equilibrado, sino de
la precisión de un programa que manejaba al cuerpo. Y esta idea la hacía
extensiva a otras actividades con la prudencia del caso. Si hubiera dicho a mis
mentores de representación teatral, o de música, que mi interés último era
convertir a mi cuerpo en un instrumento altamente perfeccionado de un programa,
hubieran pensado que era otra de mis humoradas. Ellos no podrían comprender que
también mis bromas apuntaban al mismo objetivo. Por eso cuando perfeccionaba el
rol que volcaba en la escena o cuando saltaba en los pentagramas componiendo
música, afinaba en realidad cada músculo y hacía consciente cada víscera. Una
vez, en la Medea de Eurípides me planté en el escenario y, al final,
representando a Jasón dije: «¡Escucha, Zeus, las palabras de esta pantera
siniestra! ¡Te pongo por testigo de cómo me prohibe tocar siquiera esos
queridos cadáveres!». ¿Por qué el público aplaudió mi arte con tal vehemencia?
Lo diré de una vez: porque supe volcar la glucosa, la insulina, la adrenalina y
las hormonas, a la expresión dramática.
De la música extraje la comprensión del ritmo interno de los movimientos. Al principio fue un metrónomo con el que regulaba las tijeras, contratijeras y pasodobles en el caballete. Luego empecé a canturrear algunas melodías mientras lanzaba los justes en anillas. Posteriormente utilicé fragmentos de Orff en las series obligatorias de concurso. Al final, programaba las series libres sintiendo a mi cuerpo ejecutar órdenes dodecafónicas, en donde cada músculo era un instrumento diferente armonizado en sinfonía.
Y me pareció que algo similar buscaban
los soviéticos. Siguiéndolos durante días en la cámara lenta del vídeo,
reconocí al maquinismo de Prókovief tras sus movimientos. Ellos aún estaban en
la etapa física de utilizar a la música como apoyo objetivo y no penetraban en
la función mental que transfería la imagen musical a la acción corporal. En
palabras sencillas diría que ellos trabajaban con la percepción mientras yo,
día a día, externalizaba la representación. No obstante, aquél equipo fue el
adelantado de su época al introducir en la concepción tradicional los
movimientos de danza. Su técnica chocó en los concursos con los jueces
occidentales pero, con el correr del tiempo, esa escuela fue imponiéndose hasta
barrer en los torneos. Por su influencia, y con la llegada de la gimnasia
artística femenina, las rumanas terminaron de producir aquel despegue que
asombró al mundo.
A los trece años era campeón juvenil en
todas las disciplinas y ya estaba entrenando la independencia de las
sensaciones visuales. Vendado, pasaba de aparato en aparato mientras medía las
distancias con mis sensores internos; entre tanto, la música hacía lo suyo. En
esa época aprendí que la carrera para tomar velocidad en el salto al caballete
y en cuerpo libre no debía hacerse en puntas de pié como se enseña en gimnasia,
sino desde la planta hacia adelante describiendo un círculo imaginario con las
piernas, y achicando su diámetro en función de la distancia al punto del salto.
Y los saltos mismos debían seguir una secuencia talón-planta-punta produciendo
esos desplazamientos largos y suspendidos que se había observado antes en
bailarines como Nijinsky y que la crítica de ballet consideró en su época como
«vuelos imposibles». Esos no eran vuelos aún, sino movimientos simples en los
que se comprometían desde los abductores, rectos y vastos del muslo, hasta los
ligamentos anulares del tarso.
Otro punto importante que perfeccioné
fue el referido a la calidad de resistencia, mejorando la capacidad de proveer
oxígeno, de eliminar anhídrido carbónico y ácido láctico, y de aumentar el
rendimiento de varios órganos exigidos como pulmones, corazón, hígado y
riñones. Sobre la base del principio de duración y de intervalo, trabajé la
resistencia general anaeróbica, como la entendía Hegedüs, y que otorgaba
resistencia en deuda de oxígeno útil para los esfuerzos súbitos y la velocidad;
distinta a la resistencia localizada en un grupo de músculos. Pero luego de
observar comportamientos, que estudié en distintos deportistas, me convencí que
la falta de oxigenación cerebral producida por entrenamientos mal dirigidos,
los llevaba a la disminución de algunas funciones. Por eso me concentré en la
respiración que adiestré para que jamás estuviera retenida sino que, inspirando
por la nariz y expirando entre los dientes, siempre funcionara como un péndulo
que acompañara a mis movimientos. Tampoco dejé que el corazón pasara de lo que
llamé «umbral de ruptura aeróbica» y que clavé en las 180 pulsaciones por
minuto.
¡Con paranoia
no llegaréis muy lejos!
Periódicamente, tanto la Comisión
Nacional de Deportes como el gran maestro Michel, me pedían que diera algunas
recomendaciones a los gimnastas del país. Esa vez lo haría con el equipo que
estaba por viajar a Bruselas para disputar la clasificación zonal.
En el gimnasio central comencé a dar
explicaciones al grupo que, formado en semicírculo, escuchaba y tomaba notas.
Desarrollé la concepción clásica a la que había que atenerse para lograr un
buen puntaje en aquello que los jueces llamaban «elegancia». Para ellos,
elegancia era lo mismo que puntas rectas en pies y manos; juntura de muslos;
cabeza erguida; hombros bajos; entradas y salidas claramente marcadas... Pero
agregué que eso era solamente la coraza de la gimnasia; que cuando los griegos
inventaron las Olimpíadas pusieron el alma en el cuerpo. Consecuentemente, en
los gimnasios los filósofos desarrollaron sus ideas y allí también se
inspiraron pintores y escultores tomando por referencia la plástica corporal.
El cuerpo era para ellos algo que se debía humanizar y no simplemente un objeto
natural, como en el caso de los animales. Pero pronto interrumpí el discurso al
percibir en los oyentes esa impaciencia agitada por el vedetismo y la
arrogancia. Toda consideración era inútil si no se refería estrictamente a sus
intereses inmediatos. Desde luego, querían sobresalir como seres excepcionales.
Así, estaba ante los mequetrefes que se
sentían superhombres. Sabía muy bien que en sus turbias cabecitas empezaba a
anidar el sueño imposible de los campeones, según el cual se puede producir
caídas más lentas que permitan introducir ejercicios crecientemente complejos
en una serie dada. Algo así le pasaba a virtuosos de otros campos, como
Houdini, que se entrenaban cada vez con más rigor para escapar de un encierro,
tratando de romper ciertos límites físicos. En éstos últimos, la lucha era
contra la ley de impenetrabilidad de los cuerpos, así como en nuestros bizarros
muchachos era contra G = 9m 7800. Procurando diluir el síndrome paranoide quise
disuadirlos de algo que era irrealizable, por lo menos para ellos.
Entonces dije: «Las masas animadas de
rotación tienden a alejarse de su eje, siendo la fuerza centrífuga proporcional
al cuadrado de la velocidad de dicha rotación. En el Ecuador la centrífuga es
1/289 de la intensidad de G, correspondiendo 289 al cuadrado de 17. Si el movimiento
circular es 17 veces más veloz que la rotación de la Tierra, G es nula. La
rotación es de 1.665 km/h, por tanto se necesita superar los 28.305 km/h para
escapar de la Tierra. Ahora bien, buenos chicos, cuando giran en gran vuelta en
la barra fija, ¿qué velocidad promedio alcanzan? Pues alrededor de 60 km/h. Es
todo centrífuga, ya que la barra no ejerce prácticamente acción de gravedad. Si
tu peso es de 75 kgs., a 60 km/h ejerces sobre la barra una tensión equivalente
a 300 kgs. Cuando te sueltas en mortal de escape puedes llegar a subir mucho
más alto que la altura de barra, haciendo tres giros comprimidos en roll o dos
estirados en plancha. Existe un punto muerto que se presenta cuando ni subes ni
bajas... ¿en qué momento se produce? Lógicamente a mitad de la serie de triple
mortal en roll o doble en plancha. ¿Y cuál es la altura en ese momento? Desde
luego que la máxima, siempre por encima de barra... En ese instante tu peso es
cero. Pero la gravedad hace que toques suelo antes de un segundo ya que estás a
menos de 9 metros, 78 centímetros de altura. Bien, hermosos querubines, ¿cómo
podríais volar en esas deplorables condiciones? Para empezar, sería necesario
poder dar 6 giros en roll o 4 en plancha y ello sería posible si la velocidad
creciera a 120 km/h, por tanto el peso aumentaría a 600 kgs. que tendrías que
sostener en tus dos manos sin soltarte antes de tiempo. Aún así, alcanzando más
de 9 metros de altura sobre el suelo, caerías luego como un piano. Si al
segundo giro imprimieras gran cantidad de tirabuzones, se produciría una
descomposición de fuerzas parecida a la de un giróscopo que con su centrífuga
podría igualar a G. Pero tendrían que ser hechos a tal velocidad que perderías
hasta la ropa, además de romperte el último huesecillo. Desde luego estaría la
elasticidad de la barra que podría favorecer el escape pero, de todas maneras,
en menos de un segundo estarías pisando suelo. Para colmo, nadie ha efectuado
más de dos planchas con un tirabuzón de escape. Por tanto, jamás se superará el
segundo de tiempo antes de la caída. Así es que los sueños que obsesionan a los
grandes de la gimnasia deben quedar reservados para cuando sus cabezotas
animalunas descansen en la almohada. A sacarse pues el mito de sobrepasar el
instante límite de suspensión. ¡He dicho!».
Me miraron con odio. El mismo que he
visto en los ojos de los físicos cuando se les refriega la velocidad límite a
299.792 km/s. Todos saben que es así, y así también lo explican ellos. ¿Pero
con qué derecho alguien viene a insistir? Seguramente una voz interna les dice
que algún día esos límites van a saltar en pedazos. Los físicos, a diferencia
de los gimnastas, no se permiten escuchar sus deseos, a menos que en un
descuido extiendan su mano y engullan la lustrosa manzana de Newton o las manzanas
celestiales de Röemer (si se trata de gravitación, o de velocidad de la luz).
Un momento después de la anécdota, saqué
un dinamómetro digital que había construido y coloqué sus dos terminales en los
apoyos centrales de la barra. Luego pedí que se observara con cuidado en el
visor el aumento del peso en función de la velocidad. Salté a la barra, subí en
vertical al tiempo que exigía la lectura en voz alta, y comencé a girar en gran
vuelta. Un coro certificó: -280... 290... 150... 90... 50...
Entonces, solté el típico doble mortal
con tirabuzón y caí clavado en puntas de pié en la colchoneta. Había ocurrido
que, según indicara el aparato, a medida que aceleraba el giro comenzaba a
disminuir el peso... lo cual era absurdo. Como nadie preguntó nada, quedó claro
que se había pensado en un defecto en la marcación del dinamómetro. Así es que
ellos se limitaron a tomar nota de la corrección del ejercicio, con lo cual
terminó la exposición teórico-práctica.
Esa extraña
vibración.
Durante largo tiempo me dediqué a
convertir mi cuerpo en una suerte de imagen sonora de manera que oscilando
desde adentro, cada célula expulsara esa vibración en primer lugar a la barra,
luego a los tensores, de ahí al piso y, por último, a las paredes y a la masa
de aire del gimnasio. Se trataba del alma de la música traducida en la más
bella expresión de la elegancia corporal. Como una guitarra que vibra
emocionada al pulso de una cuerda y que transmite su voz haciendo resonancia
con otros objetos y con el oído humano, mi cuerpo sería el instrumento del
caso. De paso, transmitiendo la vibración a los cuerpos circundantes, la fuente
emisora sería retropropulsada.
Así llegó el día de hoy en el que las
Olimpíadas habrían de convertirse en un evento artístico. No contaré lo que
ocurrió a lo largo de la jornada en que logré los máximos puntajes en todos los
aparatos gimnásticos. Relataré la parte final que, para mi gusto, fue la mejor.
Ante el silencio del público, la
expectativa de jueces y gimnastas, la atención de millones de televidentes, me
encaminé lentamente hasta la barra. Pisé un trozo de resina para que mis
zapatillas no resbalaran en el piso al salir de la colchoneta; restregué mis
manos en el polvo de magnesio para anular toda posible transpiración; marqué la
figura de entrada bajo la barra y, aspirando, me colgué de ella. En pocos
segundos desarrollé varios ejercicios llegando al final de la serie. Puesto en
vertical comencé la gran vuelta. En los primeros 90 grados del giro ya estaba
sintonizado; a los 180 empezaron las ondulaciones desde adentro hasta toda la
masa muscular; a los 270 la barra comenzó a vibrar siguiendo mi representación
interna; a los 360 llegaba nuevamente a vertical y se expandía una onda hacia
los tensores y el piso del gimnasio. Comencé la segunda vuelta a una velocidad
desmesurada invirtiendo los mecanismos mentales que indicaron: «.agufírtnec
im rop oluna euq al se atneuc euq dadevarg al y eje im se arrab al euq ay , (l
nes 88170500,0 + 75520199,0) 2ip = g dutital al ed ones led odardauc la
etnemlanoicroporp ,arreiT al ed osac le ne ,olop la rodauce le edsed ecerc euq
nóicareleca la ed nóicalsart al ocop atropmi Me. 2 - (R/a + 1) g = (R/a + 1) /1
g = ‘g ednod ed ,2 (a + R) : 2R :: g : ‘g ,eyunimsid osep le sartneim dadicolev
al otnemua ,edecorter negami im sartneim opreuc le noc oznava sodarg 09 sol A».
Pero ya a los 180 grados introduje la sinfonía que elegí para esa ocasión,
contando además con que fuera fácilmente reconocible por el público... «una
concesión, pensé, pero es bueno que todos lo pasemos bien». En ese momento,
mientras hacía mis cálculos ya había escuchado velozmente el movimiento tercero
de la sinfonía y llegaba al cuarto dejando atrás al barítono y las cuatro
voces. La barra onduló. Los tensores, el piso y las paredes, comenzaron a
amplificar la emisión. Así es que reemplacé las voces humanas por bronces al
viento luego del gran calderón de la partitura mental. Y poniendo todo en Fa
Mayor estalló La Coral de Beethoven con sonidos luminosos en los que no
se reconocían ni coros ni bronces convencionales... Todo el ambiente se inundó
de música; el público saltó de sus asientos como impulsado por resortes; los
papeles de los jueces volaron por los aires y varios gimnastas cayeron de
espaldas dando con sus traseros en colchonetas, pisos de madera y recipientes
con magnesio. Pasé una segunda vez por los 360 grados mientras me regocijaba
con la ridícula Oda de Schiller que Beethoven había musicalizado: «¡Al
Querubín le es dada la contemplación de la Divinidad! ¡Al mísero gusanillo, le
es concedida la voluptuosidad!», y que en el original estaba dispuesto en
otro orden: «¡Wollust ward dem Wurm gegeben und der Cherub steht vor Gott.!»
Los hermosos querubines rodaban por el suelo como míseros gusanillos con el
culo empolvado en magnesio...
Finalmente a los 270 grados de la
segunda vuelta solté el escape y girando como un trompo en veloces tirabuzones
subí en mortal en plancha y así tres veces más hasta llegar al punto muerto a
más de 10 metros de altura sobre el suelo. Entonces comencé a descender como
esos cohetes que lentamente alunizan. En cinco largos segundos me posé en
puntas de pié sobre la colchoneta y di por terminada la serie. Aprovechando el
desconcierto general, me escabullí rápidamente al tiempo que un sujeto
vociferaba: «¡Bajen la música! ¡Han perturbado una serie extraordinaria con los
baffles de alta potencia!... ¡Irresponsaaables!».
Ahora estoy en esta habitación
terminando de escribir con la mano derecha mientras trato de atravesar la
madera del escritorio con el índice de la mano izquierda. Y me pregunto:
¿tendré que aceptar la ley de impenetrabilidad porque la percepción me muestra
que un cuerpo no puede estar en el lugar ocupado por otro?
LA CAZADORA
El
radiotelescopio de monte Tlapán.
La directora del observatorio, Shoko Satiru,
terminó su trabajo del día. En ese momento el reloj vibró suavemente. Eran las
09.00 p.m. Salió de su overol y recordó la llegada de Pedro. Hacía dos años que
repetía la ceremonia de los martes: terminado el ajuste del radiotelescopio
desechaba su piel amarilla brillante; ponía en orden los cabellos y comparaba
sus facciones asiáticas con las de la foto que había colocado en el espejo,
justo en un ángulo. Admiraba cada vez ese rostro azteca semejante al suyo. La
imagen de La Cazadora, según la habían llamado los arqueólogos, había sido
esculpida en piedra dura setecientos años atrás. La figura de perfil sostenía
en una mano un objeto rectangular del que salía una barra muy fina que los
estudiosos habían identificado con un punzón de caza. Por lo demás, nadie dio
buenas razones acerca de la extraña vestimenta o el tocado que podía ser el
antiguo emplumado azteca, pero que al ojo ignorante aparecía como un simple
ondear de cabellos empujados por el viento. En el yacimiento arqueológico ella
conoció a Pedro quien al obsequiarle una foto de La Cazadora murmuró muy
lentamente: «Ahora sé quién eres», y esa frase había puesto en marcha una
exultante relación.
Shoko se preparaba una vez más para ir
al pueblo en compañía. En un momento escucharía el rodar del auto sobre el
ripio, caracoleando por la última cuesta que habría de terminar en la explanada
del observatorio. Pedro llegaría hasta la entrada y el personal de guardia lo
mostraría en el circuito cerrado; dialogarían brevemente y en poco tiempo
habrían de estar juntos allí abajo, en medio de una noche cálida y estrellada.
Pero esta vez el ritual de los martes se
había dislocado. Pedro, sin presentarse en el visor, subió hasta la cúpula. Las
hojas metálicas se desplazaron y entró rápidamente.
- Shoko, tienes que repararlo. Si lo
mandamos a la ciudad van a demorar varios días hasta ponerlo en condiciones. Tú
tienes aquí todas las herramientas del mundo y sabes cómo hacerlo. Sin el
control remoto tenemos que abrir y cerrar a mano el portón del yacimiento.
«Claro que si» respondió ella, «claro». Entonces, habiendo amortiguado el
sonido de los monitores tomó el control y lo llevó hasta una mesa de trabajo.
Instintivamente descolgó el overol amarillo y en un segundo estuvo enfundada;
soltó sus cabellos y maniobró con el instrumental.
- Un cortocircuito lo dejó out -
masculló apenas. En el barrido del osciloscopio vio el defecto. Mientras
cambiaba el transistor dañado, la fantasía de Pedro volaba entre labios y
jadeos, entre piel y ardiente profundidad de cuerpos encontrados...
- Tenemos que ajustar nuevamente la
frecuencia de emisión para que opere en 4 metros, 4 centímetros, 5 milímetros -
Ella trabajaba con el fanatismo de una brillante ingeniero en
telecomunicaciones que tanto apreciaba la Company de su lejano Japón.-
Imagínate, ni un circuito integrado. Este primitivo juguete a transistores
actúa a pocos pasos de distancia, mientras en los radiotelescopios recibimos
señales emitidas desde miles de años luz... 4 metros, 4 centímetros, 5 milímetros,
algo más de 168 megaherzios. ¡Está listo!
Estirando la antena del control oprimió
el botón de contacto. De inmediato, las luces del laboratorio parpadearon; un
golpe sordo se sintió en los motores de la cúpula y las antenas parabólicas del
radiotelescopio echaron a rotar buscando un mensaje lejano que llegaba hasta
allí desde las estrellas. Mientras la iluminación general disminuía, los
monitores chisporrotearon. Tal vez por esos efectos contrastantes, Pedro tuvo
la sensación de perder a Shoko a través de un túnel estroboscópico; ella se
alejaba con el radio control en la mano empujada por un viento azul eléctrico.
Pero al instante los veinte monitores se recobraron para mostrar el perfil de
La Cazadora.
Rápidamente, la cúpula fue inundada por
un gentío que al principio se plantó estupefacto ante las pantallas. Luego el
personal trató de accionar los controles del radiotelescopio pero la caída de
energía lo mantuvo atascado. Sonaron los teléfonos y desde distintos
observatorios se aseguró que la emisión con la figura humana partía de allí
mismo, del radiotelescopio de monte Tlapán. Verdaderamente, diversos puntos de
observación distribuidos en el mundo estaban conectados de modo que en cada
lugar se recibía en simultáneo las imágenes detectadas por los otros
integrantes de la red. Así es que, no obstante la caída de tensión, monte
Tlapán seguía emitiendo a sus pares. La dificultad estaba en determinar desde
qué punto éste había recibido la imagen de La Cazadora. Ocho minutos después de
iniciada la perturbación se restableció el nivel del fluido eléctrico y con la
normalidad se esfumó la figura. Los trazos estelares de los diferentes
radiotelescopios se instalaron nuevamente en los veinte monitores.
Shoko se desenfundó. Rápidamente bajó
hasta la explanada seguida por Pedro. El auto se puso en marcha al tiempo que
ella apretaba nerviosamente el remoto y la fotografía rescatados de la cúpula.
Y en medio de una noche cálida y estrellada, el vehículo empezó a descender
hacia las lejanas luces del pueblo.
La frágil memoria.
Solamente al entrar en la casona
iniciaron el diálogo.
- Vi una secuencia de disparos
luminosos, similar a la que generan los destelladores en locales de baile; allí
los que danzan parecen moverse a «saltos». En este caso, era tu silueta que
aparentaba alejarse velozmente al ritmo de unos destellos azules.
- ¿Qué dices, Pedro? Estás hablando de
una frecuencia próxima a los 16 ciclos por segundo. Esa intermitencia no podría
haber salido de los monitores.
- Tal vez, lo cierto es que
simultáneamente tuve la sensación de ser impulsado en dirección opuesta por una
suerte de viento al tiempo que percibía un fuerte olor a ozono.
- ¡No describes con precisión, no puedo
entenderte!- gritó Shoko al borde de la histeria. Entonces Pedro la abrazó
tiernamente y con mucha lentitud explicó:
- Te desplazabas en dirección opuesta a
mí a través de un largo túnel. No duró más de dos o tres segundos, pero cuando
regresaste y te vi con el remoto en la mano, confirmé que eras La Cazadora.
Ahora ya no es una frase como al principio... En dos años no hablamos de lo que
hoy nos ha explotado en la cara. - Ella sollozó pero reponiéndose de inmediato,
interrumpió a Pedro.
- Volvamos al principio. Sé que algo
pasó, pero no tengo referencias para determinar el tiempo transcurrido. Tuve
que sufrir un fenómeno similar al sueño del que se sale sin recordar nada. Para
mí hubo una suspensión temporal, para ti pasaron unos segundos de experiencias
sin interrupción. Luego la imagen quedó congelada durante ocho minutos.
Pedro sugirió poner todo por escrito
para examinarlo al día siguiente y así se hizo. Al rato, agotados, cayeron en
el lecho llevando consigo una mezcla de perplejidad y desolación. Poco después,
él dormía profundamente.
Shoko se debatió en un letargo
contradictorio. En la cumbre de monte Tlapán no estaba el observatorio pero
tenía frente a ella a un hombre deslumbrante vestido a la usanza azteca. Este,
como un luminoso escultor trasladó instantáneamente sus rasgos a un bloque de
piedra. La vestimenta, el control remoto y los cabellos al viento quedaron
plasmados en roca, pero allí la imagen se movía como si estuviera viva.
Entonces él explicó sin palabras algo referido al equilibrio de la Tierra que
se debía restablecer por acción de un aparato que él dejaría en un lugar
durante siglos. Ella, involuntariamente, habría de acelerar ese proceso
poniendo en peligro toda la obra. Había que revertir una parte de la energía
excedente contrayéndola hasta convertirla en materia. Ese proceso la volvería
al punto original de trabajo y el mismo destino habría de seguir todo lo
relacionado con el instante del accidente. Era un modo de reordenar las cosas
sin provocar una cadena de sucesos que afectaría a sistemas más amplios. Shoko
creyó entender que su memoria del tiempo profundo también quedaría encadenada
siglos antes de su propio nacimiento por un hecho que produciría en el futuro.
Pero el ser radiante abrió plenamente las manos y ella fue expulsada nuevamente
hacia su mundo.
Saltaron de la cama al tiempo que el
piso ondulaba y los muebles crujían. Estaba temblando. Llegaron al amplio patio
casi al fin del movimiento de tierra. Amanecía y una brisa se agitaba en
dirección a Tlapán.
El calendario
azteca.
Hacia el año 1.300, la zona de Tlapán
era un punto importante del imperio azteca. Allí se había conservado el libro
pintado que contaba la historia del largo viaje por la oscuridad; de los que
llegaron y formaron el pueblo original. En un monte de la zona había descendido
el dios Quetzalcoatl y desde él viajaba a diferentes partes de la tierra.
También allí enseñó por un tiempo todo-lo-que-hay. Pero un amanecer, llegaron a
buscarlo otros dioses montados en una enorme serpiente emplumada. Antes de
partir con ellos dejó como regalo la nave voladora en la que había descendido,
pero la escondió en un punto solo conocido por unos pocos sabios. Los
descendientes de éstos sabrían qué hacer en el momento oportuno, porque sus
instrucciones quedaron grabadas en un disco de piedra. Pero si alguien cometía
un error, la nave volaría al reencuentro de su amo. Así, Quetzalcoatl y los
dioses se alejaron de los mortales volando hacia el lucero del alba. Un siglo
después, Moctezuma II llegó a Tlapán convocando a los sabios para que develaran
el secreto de Quetzalcoatl ya que esa molesta historia corría por todo el
imperio. Entonces, los astutos súbditos explicaron que se había exagerado sobre
el significado del disco de piedra. En realidad se trataba de un calendario tan
útil a la predicción de los ciclos astronómicos como a la determinación de los
momentos aptos para siembras y cosechas. Con el beneplácito del emperador,
Tlapán fue confirmado como el mejor punto de observación de los destinos y los
astros. En todo caso, la región fue abandonada posteriormente a raíz de la
llegada del hombre blanco.
Pero la verdad climática y geográfica,
deformada por la leyenda, fue restablecida siglos después cuando se instaló en
una altura de la zona, conocida como «monte Tlapán», uno de los
radiotelescopios de la cadena mundial. Por lo demás, la región fue declarada de
interés histórico y en particular el yacimiento arqueológico que se ubicaba en
los alrededores del observatorio. De esta suerte, el personal de ambos
emplazamientos se cruzaba en el camino y coincidía en un pueblo aburrido
contando historias de estrellas y reinos fabulosos. No resultó pues extraño,
que se encontraran en el yacimiento el jefe de arqueólogos y una turista
japonesa que, trabajando a poca distancia, quiso conocer la historia del lugar.
Roca y tiempo.
Saliendo de la casona enfilaron hacia
los montes. En primer término llegaron al yacimiento. Era temprano y las
cuadrillas de trabajo no habían llegado pero los cuidadores salieron a
recibirlos con un dejo de alarma en sus voces.
- Don Pedrito, anoche hubo un temblor
muy fuerte seguido de un viento que nos volaba. No quisimos entrar a los
recintos pero puede haberse caído algo allí adentro.
- No te preocupes Juan, vamos a ir a
revisar.
A un costado se levantaba la pirámide
escalonada de vértice trunco. Subieron por las gradas y en la terraza se
enfrentaron al portón que protegía la entrada. Pedro estiró la antena del
remoto y al oprimir el botón, el motor obedeció desplazando la pesada hoja
metálica. Luego hubo una suave palmada en la espalda de Shoko: «¡Bravo por ti!»
Entrando al recinto Pedro accionó las
luces. Caballetes, mesadas, armarios y anaqueles repletos de material
arqueológico atestaban el lugar. Hacia un rincón poco iluminado, la placa
mostraba en tamaño natural a La Cazadora. Los recién llegados quedaron
estáticos por un momento contemplando la figura. Con voz muy queda, Shoko
preguntó por el lugar en que había sido encontrada. Pedro respondió con una
historia que comenzó en monte Tlapán al hacer las excavaciones para fundar los
cimientos del observatorio. La piedra había sido bajada posteriormente al
yacimiento y nuevamente elevada hasta el lugar actual.
Un nuevo temblor de tierra ahogó la voz
de Pedro. El ruido de las vasijas cerámicas entrechocando, el crujido de las
paredes adoquinadas y el vibrar del portón metálico se fusionaron con el
péndulo de lámparas suspendidas por largos cables. En ese momento, entre la
parálisis y la huida, vieron como la imagen de La Cazadora se movía casi
desperezándose mientras una suave fosforescencia bañaba a toda la placa. Luego
les pareció que el bajorrelieve había perdido algo de su impecable nitidez,
como si de pronto se hubiera puesto en marcha la acción del tiempo. Shoko
sintió que algo profundo comenzaba a funcionar en su memoria.
Entre tanto, el equipo de trabajadores
había llegado con el alboroto de siempre. Un tiempo después, ya en la base de
la pirámide, Pedro daba instrucciones para reforzar la protección de los
materiales ante un posible terremoto.
Abandonaron el yacimiento y se
dirigieron hacia el monte. En el trayecto se les hizo evidente que el viento
aumentaba en intensidad llegando hasta Tlapán desde todas las direcciones. En
poco tiempo llegaron a la explanada del observatorio. Shoko descendió presurosa
y Pedro se mantuvo en el vehículo esperando pacientemente. Al fin ella salió
del observatorio, entró al auto, suspiró, y reclinándose en el asiento empezó a
comentar que las cosas se complicaban continuamente, que ahora luego de cada pequeño
sismo los circuitos se sobrecargaban; que el viento no cesaba desde la noche
anterior creando una nube de polvo en suspensión generadora de falsos trazos
radioestelares. Ella misma había tenido que cambiar dos estabilizadores de
tensión y debía regresar al pueblo a pedir repuestos. No quería ir en
helicóptero de manera que se movería en su auto o en las camionetas del
complejo. Se besaron, prometiéndose el reencuentro para esa noche en la casona.
La culpa es de
Sierra Madre.
«Informe de la comisión investigadora
del incidente caratulado ‘retransmisión por eco’. Encargados de la observación
de campo, Dr. M. Pri y Prof. A. Gort.»
«A las 09.12 p.m. del 15 de Marzo de
1990, el complejo astronómico de monte Tlapán dejó de retransmitir señales
radioastronómicas. En la red, que a esa hora enlazaba a las estaciones de Costa
Rica, Sidney, Sining y Osaka, se detectó una emisión de vídeo que provenía del
observatorio afectado. Durante 8 minutos, fue observada una figura humana fija
en reemplazo de los destellos estelares habituales. En la investigación abierta
los técnicos informaron que el sistema automático de rastreo enfocó
accidentalmente a NGC- 132, recibiendo señales de una radiofuente situada a 352
años-luz. La Dra. Shoko Satiru declaró que los 17 miembros del personal a su
cargo coincidieron en que hubo una caída de tensión durante ocho minutos,
restableciéndose el sistema a partir de ese momento. De acuerdo a lo anterior
monte Tlapán debería haber quedado silenciado en toda la red. Sin embargo, la
emisión de una imagen de vídeo desde ese punto nos hace considerar la
posibilidad de que un eco televisivo comercial haya interferido a Tlapán
suplantando la señal de la fuente estelar por su propia emisión. Fenómenos de
este tipo se han registrado anteriormente y se atribuyen a rebotes televisivos
en el contrafuerte de la Sierra Madre del Sur.
«No teniendo otros elementos que
aportar, saludamos a Uds. atte.
M. Pri y A. Gort.
México
D. F. 20 de Marzo de 1990.»
Habían pasado cinco días desde el fenómeno
del observatorio. Los temblores de tierra se sucedían con mayor frecuencia e
intensidad. Al principio los sismólogos de ciudad México, atribuyeron
responsabilidades a la consabida Sierra Madre. Se conocía una falla por la que
se deslizaban periódicamente placas tectónicas produciendo cataclismos de
magnitud. Pero luego las cosas habían cambiado. Una vasta zona de Tlapán estaba
rodeada por medidores y sismógrafos. El ejército tendió un cordón para evitar
que los curiosos llegados de todas partes se acercaran a lugares peligrosos.
Ahora se tenía la certeza que se estaba registrando una actividad volcánica
subterránea y que, de continuar las cosas así, habría de hacer explosión. Las
gráficas mostraban una curva que se haría exponencial en poco tiempo más. Al
principio los sismos se repetían cada doce horas, luego cada ocho y así
siguiendo. Observatorio y yacimiento fueron evacuados y solo se veía con
binoculares a furtivos hombres de T.V. que se arriesgaban más de la cuenta.
Al atardecer, Shoko y Pedro mostraron
sus credenciales y luego de mucho rodeo se les permitió franquear el cerco para
aproximarse a los montes. A pocos kilómetros de Tlapán salieron del camino y
estacionaron en un río seco buscando reparo del viento que a veces se hacía
huracanado.
Regreso a los
cielos.
Hacia la medianoche el viento y las
ondulaciones de tierra habían cesado. Pedro trató de poner en marcha el motor
del auto pero éste no respondió. La noche cálida y hermosa los empujó a subir
hasta el camino. Luna y estrellas eran suficientes para ver sin tropiezos.
Entonces se detuvieron bruscamente. Los cables de alta tensión, que llevaban
energía a la zona, zumbaban gravemente mientras despedían un fulgor azulado a
lo largo de todo su trayecto. Y frente a ellos, monte Tlapán mostraba su
silueta bañada en resplandores. De haber estado en el norte del mundo se podría
haber asegurado que la aurora boreal, cayendo en vertical, danzaba cambiando de
color continuamente.
Prudentemente se sentaron en unas
piedras a contemplar el espectáculo y pronto notaron que las luces del pueblo
oscilaban siguiendo el ritmo de los resplandores de Tlapán. Cuando éste aumentó
en brillo, el pueblo quedó definitivamente a oscuras.
Entonces revisaron sus confusas ideas.
El radiocontrol produjo una armónica que activó los motores del
radiotelescopio. Este, barriendo radiofuentes se detuvo exactamente en NGC- 132
distante a 352 años luz, captando imágenes producidas hacía 704 años antes, en
ese mismo lugar. Ocurrió que el punto entró en resonancia con él mismo hasta
que el giro terrestre desplazó el paralaje del haz luminoso en ocho minutos.
Pero para ello era necesario que, efectivamente, se hubiera estado allí 704
años atrás. Lo último no era creíble. Pero también podría haber ocurrido que el
control hubiera activado un gigantesco amplificador de energía que se
encontraba en el observatorio o próximo a él. En ese caso, podría haber elevado
los microvoltios de las descargas cerebrales en una frecuencia de 16 ciclos por
segundo de acuerdo a los efectos estroboscópicos observados. Es decir, el
amplificador tendría capacidad para proyectar las imágenes con que trabajaba en
ese momento un sistema nervioso cercano, por ejemplo el de quien pensaba en la
foto de La Cazadora. Tales imágenes amplificadas podrían haber interferido al
radiotelescopio. Sabemos que tal amplificador se ha activado haciendo una
absorción iónica que ha terminado por desplazar capas de aire en ráfagas de
viento. Por lo demás, la perturbación eléctrica que provoca su absorción ha
roto la resistencia ohmica entre placas geológicas exponiéndolas a una mayor
conductibilidad y provocando desplazamientos entre ellas; de allí los temblores
de tierra. Pues bien, el amplificador se ha puesto en marcha pero es imposible
que exista. El salto al pasado también es imposible y, además, inimaginable
como hipótesis. Todo resulta en contradicción desde el principio al fin.
Tlapán aumentaba su luminosidad a medida
que se acercaba el amanecer, y cuando el planeta Venus emergió en el horizonte
se empezó a escuchar un bramido que fue creciendo hasta hacerse insoportable.
Las torres de alta tensión se bambolearon y muchas fueron arrancadas de sus
bases. Pedro y Shoko se apretujaron en el suelo mientras comenzaron a sentir un
fuerte terremoto. Tlapán liberaba relámpagos cada vez más intensos hasta que,
de pronto, su cúspide voló como si hubiera sido dinamitada... El observatorio
había desaparecido y pronto el monte se resquebrajó como la cáscara de un
huevo. Enormes fragmentos cayeron a su alrededor y luego se hizo el silencio.
Una gigantesca masa metálica comenzó a
ascender lentamente desde lo que había sido el monte. Fulgurando en llamaradas
de color cambiante subió cada vez más hasta presentarse como un disco enorme.
Luego empezó a desplazarse hacia los aterrorizados observadores. Durante un
tiempo se detuvo sobre ellos y éstos vieron en la nave el símbolo de
Quetzalcoatl. Por fin, el disco partió abruptamente alejándose en dirección al
lucero del alba. Entonces, la memoria profunda de Shoko quedó liberada y
comprendió que La Cazadora se había desprendido para siempre de su encierro en
la piedra.
EL DÍA DEL
LEÓN ALADO
A Danny.
Los equipos y programas de espacio
virtual se vendían bien. Entre los compradores, los estudiantes de historia y
ciencias naturales resultaron beneficiados. Pero aumentaba la demanda de un
amplio público que prefería su dosis de entretenimiento, a largos paseos entre
pirámides egipcias o flora y fauna amazónica. Se podía realizar viajes
solitarios, en compañía o guiados; sin embargo, muchos preferían disponer de un
selector de opciones que aparecía con solo mover un dedo. El catálogo era
nutrido. Desde las adaptaciones de antiguas películas, en las que los protagonistas
eran los propios usuarios, se había pasado a la traslación de video-juegos que
permitían combatir en el espacio o mantener amoríos con los símbolos encarnados
de la época. Era como participar en un cómic o una historieta llena de
estímulos tan reales, que menudearon infartos cuando algunos fanáticos del
terror usaron programas no recomendados por el Comité para la Defensa del
Sistema Nervioso Débil. Las computadoras admitían los programas más absurdos y
en esa atmósfera aparecieron piratas que introduciendo virus virtuales
provocaron disociaciones de personalidad y accidentes psicosomáticos. Era tan
simple colocarse un casco y unos guanteletes, poner en marcha la computadora y
elegir un programa, que los niños lo hacían a diario en las horas dedicadas a
viajar.
Una sección
del Comité para la Defensa del Sistema Nervioso Débil.
En la sección todos usaban nombres de
batalla. Era una práctica aséptica. Alpa organizaba el plan de trabajo y
supervisaba el Proyecto, coordinando actividades entre los miembros de un
equipo que se había conformado a lo largo de años. Había sido reclutada en los
Alpes por su curiosa forma de entrenar a grandes esquiadores. Mientras otros
profesores insistían en el esfuerzo físico sostenido, ella reunía a sus alumnos
en una sala en la que proyectaba una y otra vez las imágenes del slalom gigante
o del gran salto blanco. Presentado el escenario y el recorrido de cada prueba,
dejaba todo a oscuras y pedía que los partícipes imaginaran repetidamente cada
movimiento y cada desplazamiento por la nieve. A veces acompañaba esa práctica
con una suave música que luego, en las horas de sueño, inundaba el refugio. Así
se había dado el caso en que algunos, no habiendo salido a las pistas antes de
la competición, se desplazaban ese día como si siempre hubieran vivido en el
lugar.
Ténetor III tuvo noticias de Alpa por un
comentario efectuado en un vídeo especializado en deportes invernales.
Intrigado por el caso se dirigió a Sils María y allí estableció contacto con
ella.
El último miembro incorporado fue
Seguidor, encargado de personal de tecnología avanzada. Este, con Hurón y Faro,
formaban un conjunto que solo podía ensamblar gracias al cuidado de la inefable
Jalina, especialmente dotada para la creación de ambientes humanos blandos. Sin
duda Ténetor III, como especialista en comunicaciones, era el nervio de una
actividad que Alpa definía en cada caso, anteponiendo el cumplimiento de metas
y cronogramas. El equipo quedó configurado como una sección del Comité de
Defensa del Sistema Nervioso Débil y gracias a que Ténetor era precisamente el
Director de dicha institución, el grupo pudo actuar sin sobresaltos.
El Proyecto.
A fines del siglo XX algunos científicos
encabezados por un oscuro funcionario de la UNESCO, habían llegado a la
conclusión de que en pocas décadas el 85% de la población mundial sería
analfabeto funcional. Calcularon que el analfabetismo primario sería erradicado
en poco tiempo, al par que grandes masas humanas desplazarían progresivamente
los libros, revistas y periódicos a favor de la T.V., los videos, las
computadoras y las proyecciones holográficas. En sí, aquello no representaba un
gran inconveniente ya que la información seguiría fluyendo en mayor cantidad
que en cualquier época y a una velocidad creciente. Pero el aumento de datos
desestructurados no solo impactaría en los individuos aislados sino que habría
de terminar influyendo en los esquemas de todo el sistema social. Desde el
punto de vista de la especialización, las perspectivas eran interesantes ya que
se condicionaba un trabajo analítico y paso a paso siguiendo el esquema
computacional. Sin embargo, la ineptitud para establecer relaciones globales
coherentes se haría sentir.
En esas épocas la desconfianza hacia las
síntesis del pensamiento había avanzado tanto que cualquier conversación sobre
generalidades, mantenida más allá de los tres minutos, era calificada
peyorativamente de «ideológica». En realidad, cualquier intento que se hiciera
por alcanzar globalidades, terminaba penosamente. Unicamente podía sostenerse
la atención sobre temas específicos y tanto en los institutos de enseñanza como
en el trabajo diario se reforzaba ese hábito. Los historiadores estudiaban las
aleaciones metálicas de las sortijas de Etruria para explicar el funcionamiento
de aquella sociedad y los antropólogos, psicólogos y filósofos servían a las
computadoras de análisis gramatical. Tal era la externalidad y el formalismo
puntual del pensar y del sentir que cada ciudadano vivía urdiendo cómo ser
individual y original en algún detalle de su vestimenta. Mientras la medicina y
el esparcimiento avanzaran todo lo demás era secundario, tan secundario como el
destino de aquellos pueblos y comunidades que degeneraban por no adaptarse al
nuevo orden mundial, tan secundario como las vidas de las nuevas generaciones
que se desangraban en una competencia vil tratando de lograr su espejuelo de
corta duración. Por lo demás, hacía décadas que se había esterilizado la capacidad
para formular teorías científicas generales y todo se reducía a la aplicación
de tecnologías que, en apretado tropel, corrían en cualquier dirección.
Así, el funcionario de UNESCO presentó
un informe y solicitó ayuda para estudiar esa patología social y sus tendencias
a mediano plazo. Inmediatamente se le destinó un importante presupuesto para la
investigación, tal vez porque aquellos que decidían entendieron que ese
esfuerzo habría de servir al perfeccionamiento de técnicas de eficiencia.
Gracias a ese malentendido se pudo trabajar durante años. Finalmente, quedó
constituido el Comité como organismo paracultural habilitado para hacer
difusión y dar recomendaciones a los países que, a través de las Naciones
Unidas, sostenían a UNESCO.
Décadas después, desaparecida UNESCO, el
Comité siguió funcionando sin saberse bien por quiénes era apoyado. De todas
maneras, se caracterizó como una institución de bien público soportada
mundialmente por particulares de buena voluntad. El Comité produjo informes
anuales que nadie consideró seriamente, pero más allá de esas actividades
enfiló sus investigaciones hacia el desarrollo de un modelo de comportamiento
humano exento de las dificultades que se veía crecer a diario. Por entonces el
Comité estaba de acuerdo en que un tipo de educación y de información
desestructurada ya estaba bloqueando ciertas áreas cerebrales provocando los
primeros síntomas de una epidemia síquica que sería incontrolable. El
«Proyecto», según lo llamaron sus gestores, debía considerar la posibilidad de
producir un «antídoto» capaz de desbloquear la actividad mental. Pero en ese
tiempo no se sabía aún si había que desarrollar procedimientos de entrenamiento
fisiológico, si se trataba de sintetizar benéficas sustancias químicas, o si
había que abocarse al diseño de aparatos electrónicos que permitieran alcanzar
el objetivo. Lo cierto era que poco a poco se iban volcando millones de seres
bloqueados a la actividad colectiva. Esos seres, cada vez más especializados y
cada vez menos aptos para razonar sobre sus propias vidas, terminarían por
dislocar a toda la sociedad que ya, sin meta alguna, se debatiría en el
suicidio, la neurosis y el pesimismo creciente.
Aquel oscuro funcionario, antes de
morir, tomó el nombre de Ténetor I dejando el Proyecto en manos de sus
colaboradores inmediatos.
La arcilla del
cosmos.
Cuando la superficie de este mundo
comenzó a enfriarse, llegó un precursor y eligió el modelo de proceso que
habría de autosostenerse. Nada le resultó de mayor interés que planear una
matriz de n posibilidades progresivas divergentes. Entonces, creó las
condiciones de la vida. Con el tiempo, los trazos amarillentos de la atmósfera
primitiva fueron virando hacia el azul y los escudos protectores comenzaron a
funcionar dentro de rangos aceptables.
Más adelante, el visitante observó los
comportamientos de las diversas especies. Algunas avanzaron hacia las tierras
firmes y tímidamente se fueron acomodando a ellas, otras retrocedieron
nuevamente a los mares. Numerosos engendros de distintos medios sucumbieron o
siguieron su transformación abierta. Todo azar fue respetado hasta que al fin
se irguió una criatura de medianas dimensiones animales capaz de ser
absolutamente discente, apta para trasladar información y almacenar memoria
fuera de su circuito inmediato.
Este nuevo monstruo había seguido uno de
los esquemas evolutivos adecuados al planeta azul: un par de brazos, un par de
ojos, un cerebro dividido en dos hemisferios. En él casi todo era
elementalmente simétrico como los pensamientos, sentimientos y actos que habían
quedado codificados en la base de su sistema químico y nervioso. Aún llevaría
algún tiempo la amplificación de su horizonte temporal y la formación de las
capas de registro de su espacio interno. En la situación en que se encontraba,
escasamente podía diferir respuestas o reconocer diferencias entre la
percepción, el sueño y la alucinación. Su atención era errática y, por
supuesto, no reflexionaba sobre sus propios actos porque no podía captar la
naturaleza íntima de los objetos con los que se relacionaba. Su propia acción
era vista con referencia a los objetos táctilmente distanciados, y mientras se
siguiera considerando simple reflejo del mundo externo no podría abrir paso a
su intención profunda capaz de mutar su propia mente. Atrapando y huyendo había
moldeado sus primeros afectos que se expresaban por atracción y rechazo,
modificándose muy lentamente esa bipolaridad torpe y simétrica esbozada ya en
las protoespecies. Por ahora su conducta era demasiado previsible, pero
llegaría el momento en que autotransformándose daría un salto hacia la
indeterminación y el azar.
Así, el visitante esperaba un nuevo
nacimiento en esa especie en la que había reconocido el temor ante la muerte y
el vértigo de la furia destructiva. Había presenciado cómo esos seres vibraban
por la alucinación del amor, cómo se angustiaban por la soledad del Universo
vacío, cómo imaginaban su futuro, cómo luchaban por descifrar la huella del
comienzo en la que fueran arrojados. En algún tiempo, ésta especie hecha con la
arcilla del cosmos emprendería el camino para descubrir su origen y lo haría
andando por caminos imprevisibles.
El espacio
virtual puro.
Ese día, Ténetor III probaría el nuevo
material suministrado por Seguidor. Se dirigió al recinto anecoico y al
penetrar en él observó en medio de un ambiente vacío la reluciente camilla de
pruebas. Con su ropa ajustada, casco, guantes y botas cortas, se sintió como un
antiguo motociclista aluminizado. En un momento se acostó resueltamente pero
luego optó por otra postura en la que el artefacto se le amoldó como un asiento
muelle, ligeramente reclinado hacia atrás.
Ahora vería cara a cara la naturaleza de
un nuevo fenómeno sin las proyecciones de los programas artificiales. En todo
caso su cuerpo daría los pulsos y señales que poblarían un ambiente sin
interferencias. Y, si todo funcionaba bien, vería traducido su espacio mental
gracias a la tecnología del espacio virtual. Ese era el punto desde el cual el
Proyecto encontraría su vía de realización.
Bajó el visor y quedó a oscuras. Al
tocar una tecla del casco conectó el sistema y gradualmente fueron apareciendo
unos contornos iluminados que enmarcaron la cara interna del visor. Era una
pantalla ubicada a veinte centímetros de sus ojos. De pronto, su cuerpo
apareció suspendido en el interior de un recinto esférico espejado. Desplazó la
mirada en distintas direcciones y pudo monitorear con precisión. El efecto
producido no le pareció de especial mérito teniendo en cuenta que sus nervios
oculares trasmitían señales al interface que conectaba con el procesador
central. Moviendo los ojos a derecha, las imágenes corrían en sentido inverso
hasta ocupar el centro de visión; haciéndolo hacia arriba la proyección bajaba,
y así en toda combinación que ensayara. Mirando hacia la punta de su bota
derecha ajustó su visión con un suave esfuerzo por penetrar detalles, entonces
el zoom acercó el objeto más y más hasta ocupar toda la pantalla. Luego,
desacomodando el cristalino, retrocedió hasta verse como un pequeño punto
brillando en el centro del ambiente espejado. El programa óptico tenía el
aumento y la definición de los mejores microscopios electrónicos y, hasta
ahora, la inútil penetración de los telescopios más afinados ya que nada se
podía ver del mundo astronómico adentro del recinto de proyección proporcionado
por el casco.
Hoy todo podría mejorar si funcionaban
los detectores que Seguidor había distribuido en la superficie interna de la
ropa sensible. La información debía aparecer en pantalla conforme los impulsos
nerviosos activaran distintos puntos del cuerpo. Tocó la segunda tecla ubicada
en el casco y de inmediato una columna alfanumérica comenzó a desplazarse por
la zona izquierda del visor al tiempo que en el ángulo derecho aparecía un
diminuto rectángulo en el que resaltaba su mano apoyada en el casco. Bajó el
brazo lentamente y la columna fue entregando información mientras en el
recuadro, el esquema de su brazo se desplazó descendiendo. Tragó saliva y
nuevamente los datos se sucedieron encolumnadamente. En el recuadro apareció el
interior de su boca y luego el esófago moviéndose suavemente. En una nueva
prueba recordó a Jalina y el rectángulo hizo aparecer su corazón batiendo a una
velocidad mayor que la normal; luego los pulmones se expandieron un poco y
apareció el sexo virando hacia un color rojizo tenue. La columna, a su vez,
informó sobre diversos fenómenos intracorporales: presión, temperatura, acidez,
alcalinidad, composición de electrolitos en sangre y recorrido de impulsos.
Se dispuso enfocando su mirada
rectamente y volvió a aparecer él mismo en pantalla, suspendido en el recinto
esférico. Era obvio que se veía desde un punto de observación externo, un tanto
deformado, como ocurre al mirarse en un espejo cóncavo. Entonces comenzó a
respirar lenta y profundamente. Al poco tiempo, los detectores entraron en
régimen. Un instante después enlenteció el ritmo respiratorio haciéndolo
similar al del sueño profundo y así, paulatinamente, observó cómo la imagen se
fue aproximando hasta aparecer fuera de pantalla, acercándose cada vez más a
sus ojos hasta que tocándolos desapareció en una fusión transparente. Pero todo
quedó a oscuras como si el sistema se hubiera desconectado. Estiró un brazo y
el negro ambiente pareció rasgarse dejando ver una luz lejana. Imaginariamente
se fue acercando a la luz mientras en los bordes del visor la columna y el
recuadro señalaron las modificaciones físicas que correspondían a su proceso
mental. De esta suerte se esforzó por sentir que avanzaba en los recodos
materiales del espacio virtual.
En el socavón en penumbra la extrañeza
comenzó a disiparse porque reconoció la vívida dimensión de las grutas
horadadas en los montes, los olores húmedos que despiertan recuerdos de
emociones placenteras, las resistencias de la piedra, las rugosidades y
distancias objetales. En los indicadores vio un lento caminar y la sucesión de
distintas zonas de su cuerpo a medida que éstas se pusieron en marcha. Frente a
él, apareció una silueta encapuchada pero pronto advirtió en el recuadro que
tal imagen era la traducción de pequeños movimientos de los músculos de la
lengua en la caverna de su boca. Al entornar sus ojos vio luces en derredor
pero comprendió que se trataba de simples descargas nerviosas amplificadas
estimulando a los músculos palpebrales. La ropa sensible detectaba bien los
infinitesimales movimientos corporales que correspondían a las imágenes
mentales. La situación, de todas maneras, era alucinante. El encapuchado
ofreció un recipiente y él tomándolo en sus manos apuró el contenido que sintió
pasar por su garganta con la misma realidad que tiene el agua fresca en la
sequía del desierto. Entonces estuvo en condiciones de atravesar la caverna y
salir al espacio exterior...
El Comité se
organiza.
Luego de la muerte de Ténetor I,
sobrevino una importante crisis en el Comité. Todos los miembros estaban de
acuerdo en que el comportamiento humano desmejoraba progresivamente en muchos
aspectos. También reconocían que la explosión tecnológica brindaba cada día
nuevas posibilidades.
Dos posturas chocaron en la
interpretación de los hechos. Por una parte los «cientificistas» explicaban que
la reiteración de conductas sociales modificaba las áreas de trabajo cerebral
de los conjuntos humanos. Esto generaba un tipo de sensibilidad y de percepción
de los fenómenos. Por consiguiente, tanto los directores de las Compañías como
sus formadores de opinión, iban orientando el proceso social de acuerdo a
códigos en los que ellos se habían formado. De esta forma los pedagogos
perfeccionaban la educación y la enseñanza en un círculo vicioso que
realimentaba sus particulares creencias. Los «cientificistas» sostenían que un
cambio de dirección era imposible dentro de un proceso mecánico que llamaban el
«Sistema», y se mantenían dentro de una antigua tesis einsteniana que sostenía:
«En el interior de un sistema ningún fenómeno puede evidenciar su movimiento».
Siempre exponían el ejemplo de aquel viejo maestro, según el cual un viajero
que se desplazaba en una sección de un tren en movimiento a 120 kilómetros por
hora, si saltaba en su lugar no por ello caía en otro vagón del tren. En un
sistema inercial, se tratara del prehistórico tren o de un vehículo espacial,
no importaba el salto dentro de ese sistema. En todo caso, había que apoderarse
de la dirección del tren o de la nave para cambiar la dirección del móvil.
A esto respondían los «historicistas»
diciendo que los que tomaran la dirección del aparato, lo desviarían de acuerdo
a pautas en las que ellos se habían formado, y preguntaban: «¿Cuál es la
diferencia entre los conductores anteriores y los nuevos si todos actúan desde
los paisajes en que se formaron, desde sus áreas cerebrales más activas? La
diferencia sería solo de intereses particulares entre gente preocupada por
manejar el móvil». De acuerdo a eso, los «historicistas» apostaban a procesos
más amplios inspirándose en distintos momentos históricos en que, por razones
de supervivencia, los seres vivos habían modificado sus hábitos y se habían
transformado. Pero también reconocían que muchas especies habían desaparecido
por dificultades en su adaptación.
Era una discusión de nunca acabar. En
esa situación se hizo cargo del Comité, Ténetor II, elegido por su
equidistancia entre las posturas en choque.
Ténetor II orientó el Proyecto hacia la
investigación de las mejores producciones humanas en la que tanto
«cientificistas» como «historicistas» estaban de acuerdo. Puesto en la tarea
logró una inmensa recopilación de aquellos conocimientos científicos y
artísticos que habían logrado una mejora en el proceso humano capacitándolo
para superar el dolor y el sufrimiento. Desde la dirección del Comité dio un
fuerte impulso a la selección del personal que debía capacitar a las nuevas
promociones en las ideas del Proyecto. Fue una tarea ardua que acometió
personalmente, detectando gente capaz de salir de las creencias y moldes
establecidos en el Sistema, y que manejaban su vida en base a valores y
conductas atípicas según el punto de vista aceptado por el eficientismo en
boga. Cuando ese singular contingente estuvo listo llamó a la organización, «Comité
para la Defensa del Sistema Nervioso Débil» desarrollando sus actividades como
institución dedicada a rescatar y proteger individuos intelectualmente ineptos
en cuanto a su adaptación al Sistema. Por otra parte, dividió al Comité en
secciones especializadas y desde una de ellas, produjo material educativo para
los inadaptados de todas las latitudes. Al mismo tiempo, desarrolló protectores
de programas y antivirus, para las compañías de programación que luchaban
contra los piratas informáticos.
Ténetor II se instaló en la Mesopotamia
para llevar adelante un estudio de campo y desde allí se mantuvo en contacto
permanente con la sede del Comité. Pero un buen día, cuando se desplazaba entre
los ríos Tigris y Éufrates, cesaron sus señales. A las pocas horas Faro y Hurón
llegaron al lugar, como equipo de rescate, pero solo encontraron su vehículo,
sus aparatos de medición y un cristal informativo. A partir de ese momento, no
se tuvo más noticias del expedicionario.
Los caracteres
vivientes.
Ténetor III se detuvo en la caverna.
Estaba en condiciones de salir al espacio exterior. «¿Cuál espacio exterior?»,
se preguntó. Hubiera bastado con sacarse el casco para encontrarse sentado en
el recinto anecoico. En esa duda recordó la desaparición de Ténetor II, y la
incoherente información que entregó el cristal al ser activado: una holografía
monótona en la que el expedicionario aparecía cantando en largo lamento. Eso
era todo. Pero también rememoró la voz de su maestro. Sintió los poemas que
tanto tiempo atrás aquél hiciera ondear como brisa marina; escuchó la música de
cuerdas y el sonido de los sintetizadores; vio los lienzos fosforescentes y las
pinturas que crecían en las paredes de manganeso flexible; rozó nuevamente con
su piel las esculturas sensibles... De él había recibido la dimensión de ese
arte que tocaba los espacios profundos, profundos como los negros ojos de
Jalina, profundos como ese túnel misterioso. Aspiró con fuerza y avanzó hacia
la salida de la gruta.
Era una hermosa tarde en la que estallaban
los colores. El sol arrebolaba las líneas montañosas mientras los dos ríos
lejanos serpenteaban en oro y plata. Entonces Ténetor III asistió a la escena
que la holografía había mostrado fragmentariamente.
Allí estaba su predecesor cantando hacia
la Mesopotamia:
Oh Padre, trae de lo recóndito las
letras sagradas.
¡Acerca aquella fuente en la que siempre
pude ver las ramas abiertas del futuro!
Y mientras el canto se multiplicaba en
ecos lejanos, aparecía en el cielo un punto que se acercaba velozmente. Ténetor
ajustó el zoom a esa distancia y entonces vio claramente unas alas y una cabeza
de águila; un cuerpo y una cola de león; un vuelo de nave majestuoso; un metal
vivo; un mito y una poesía en movimiento que reflejaba los haces del sol
poniente. El canto seguía mientras se perfilaba la figura alada que extendía
sus fuertes patas de león. Entonces se hizo el silencio y el grifo celeste
abrió su enorme pico de marfil para responder con un chillido que, rodando en
los valles, despertó a las fuerzas de la serpiente subterránea. Algunas piedras
altas se trizaron elevando en su caída nubes de arena y polvo. Pero todo quedó
en calma cuando el animal descendió suavemente. Pronto un jinete saltó ante el
hombre que agradeció la esperada presencia de su padre.
Y el jinete extrajo de una alforja
sostenida en el grifo, un libro grande, antiguo como el mundo. Luego, sentados
en el rocoso suelo multicolor padre e hijo respiraron el atardecer; se
contemplaron largamente y así dispuestos abrieron el viejo volumen. En cada
página se asomaron al cosmos; en una sola letra vieron moverse a las galaxias
barradas, a los cúmulos globulares abiertos. Los caracteres danzaban en los
antiguos pergaminos y en ellos se leía el movimiento del cosmos.
Al tiempo los dos hombres (si es que
eran hombres), estaban en pie. El más anciano, con sus largas ropas
desajustadas y sueltas al arbitrio del viento, sonrió como nadie pudo haber
sonreído jamás en este mundo. En el corazón de Ténetor III se escucharon sus
palabras: «Una nueva especie se abrirá al Universo. ¡Nuestra visita ha
terminado!» Y nada más.
Nada más.
Ante los ojos de Ténetor estaban los
ríos que serpenteando en oro y plata se convertían a momentos en las ramas
arteriales y venosas que irrigaban su cuerpo. En el rectángulo del visor
aparecían sus pulmones delatando el jadeo respiratorio y esto le hizo
comprender de dónde habían salido las batientes alas del grifo. Y en una zona
de su memoria supo encontrar las imágenes míticas que había visto plasmadas con
tanta realidad.
Decidió
volver a la gruta al tiempo que observaba la cadena alfanumérica que se
desplazaba en el borde de la pantalla. De inmediato el rectángulo mostró el
movimiento que sus imágenes inducían infinitesimalmente en sus piernas y así
penetró en la caverna. «Sé lo que hago» pensó, «¡sé lo que hago!» Pero esas
palabras dichas para sí mismo retumbaron afuera, llegaron a sus oídos desde
afuera. Al mirar la pared rocosa escuchó frases referidas a ella... Estaba
rompiendo la barrera de las menciones en que se mezclan los distintos sentidos;
tal vez por eso recordó aquel poema que recitaba su maestro:
«A noir, E blanc, I rouge, U vert, O
bleu:
voyelles Je dirai quelque jour vos
naissances latentes».
Luego vio una piedra que abría sus
aristas como flores coloreadas y en ese caleidoscopio advirtió que estaba
rompiendo la barrera de la visión. Y traspasó cada sentido como hace el arte
profundo cuando toca los límites del espacio de la existencia.
Tiró hacia arriba su casco y se encontró
en el cuarto anecoico, pero no estaba solo. Por algún motivo, la sección en
pleno estaba rodeándolo. Jalina lo besó suavemente al tiempo que la impaciencia
del conjunto se hizo sentir con fuerza.
- ¡No
diré nada!,- fueron las escandalosas palabras de Ténetor. Pero luego explicó
que se pondría de inmediato a elaborar un informe que no debía ser conocido por
los demás hasta que cada uno hubiera hecho su parte. Así se dispuso que, uno
tras otro, los miembros de la sección viajaran al espacio virtual puro. Al
final se procesarían datos exentos de mutuas influencias y entonces sería el
momento de iniciar las discusiones. Porque si ocurría que todos reconocieran el
mismo paisaje en el espacio virtual puro, el Proyecto podría realizarse. ¿Cómo
llegaría a todo el mundo? Como ha llegado cualquier tecnología. Además, los
canales de distribución estaban abiertos por esa red de gente excepcional que
estaba más allá de la cáscara externa a que había sido reducido el ser humano.
Ahora sabía que existía, que todos los otros existían y que eso era lo primero
en una larga escala de prioridades.
¡Nada de apoyo
a las colonias planetarias!
- Buenos días señora Walker.
- Buenos días señor Ho.
- Me imagino que habrá visto el informe
de la mañana. Sí, desde luego. También supongo que en la compulsa diaria habrá
decidido influir en el tema de las colonias planetarias.
- Así es, señor Ho. Así es. Nadie en
esta Tierra va a apoyar ningún esfuerzo, hasta tanto se acabe con la
monstruosidad de que un solo ser humano esté bajo los rangos de vida que todos
disfrutamos.
- Cuánto me alegra escucharla, señora
Walker. ¡Cuánto me alegro! Pero dígame, ¿en qué momento empezó a cambiar
todo?... ¿Cuando nos dimos cuenta que existíamos y que, por tanto, otros
existían? Ahora mismo yo sé que existo, ¡qué estupidez! ¿No es cierto señora
Walker?
- No es ninguna estupidez. Yo existo,
porque usted existe y a la inversa. Esta es la realidad, todo lo demás es una
estupidez. Creo que los muchachos de... ¿cómo es que se llamaba?... ¿Algo así
como «La Inteligencia Torpe»?
- El Comité para la Defensa del Sistema
Nervioso Débil. Nadie los recuerda, por eso les he dedicado un poema.
- Eso, eso. Bueno, los muchachos se las
arreglaron para poner las cosas en claro. En verdad no sé cómo lo hicieron,
pero lo hicieron. ¡De otro modo estaríamos convertidos en hormigas, o en
abejas, o en trifinus melancólicus! No advertiríamos nada. Por lo menos durante
un tiempo más; tal vez nosotros no hubiéramos vivido esto que estamos viviendo.
Solo lamento lo de Clotilde y Damián y tantos otros que no alcanzaron a ver el
cambio. Estaban realmente desesperados y lo más grave es que no sabían por qué.
Pero miremos hacia el futuro.
- Así es, así es. Toda la organización
social, si es que se le puede llamar así, se está desplomando. En tan poco
tiempo se está desarticulando completamente. ¡Es increíble! Pero esta crisis
vale la pena. Algunos se asustan porque creen que van a perder algo, ¿pero qué
van a perder? Ahora mismo estamos modelando una sociedad nueva. Y cuando
arreglemos bien nuestra casa, daremos un nuevo salto. Entonces sí vendrán las
colonias planetarias y las galaxias y la inmortalidad. No me preocupa que en el
futuro entremos en una nueva estupidez porque ya habremos crecido y, al
parecer, nuestra especie se las arregla justo en los momentos más difíciles.
- Ellos comenzaron con los programas del
espacio virtual. Los armaron de tal forma que todo el mundo quiso ponerse a
jugar y, de pronto, las personas advirtieron que no eran figuras planas
recortadas. Se dieron cuenta que existían. Los chicos fueron el fermento de
algo que seguramente iba a ocurrir, sino no se explica la velocidad del asunto.
La gente tomó todo en sus manos, ¡ya lo creo! El final de la historia fue
espectacular ya que el ochenta y cinco por ciento de la población mundial, o
soñó o vio al león alado, y también escuchó las palabras del visitante cuando
regresaba a su mundo. Yo lo vi ¿y usted?
- Yo lo soñé.
- Es igual... Por ser ésta la primera
vez que hablamos, ¿le parecerá excesivo si le pido un gran favor?
- Vamos, vamos, señora Walker. Estamos
viviendo un nuevo mundo y todavía nos cuesta un poco encontrar formas libres de
comunicación personal.
- ¿Me leerá usted sus poemas? Imagino
que son ineficientes, arbitrarios y, sobre todo, reconfortantes.
- Así es señora Walker. Son ineficientes
y reconfortantes. En cualquier momento se los leeré. Pase usted un maravilloso
día.