CONCIENCIA
Y FUGA
El tema nos ofrece dos cuestiones diferentes en principio,
pero en realidad se trata de una sola cuestión, ya que la fuga es una situación
especial de conciencia, así el tema puede enunciarse mejor: La
conciencia en situación de fuga.
Sin embargo a fines de exposición, lo abarcaremos
separadamente para luego llegar al punto antes mencionado.
CONCIENCIA
Obviamente no estamos ante algo fácil de tratar, de todos
modos lo intentamos.
Hay quienes se expresan sobre el tema diciendo: “La conciencia
se la conoce sólo cuando se la tiene”. Y no es desacertado desde el punto de
mira de la experiencia; en efecto, hay momentos de conciencia de la conciencia,
que nos hacen comprender mejor a que nos referimos.
Hay otros que explican que la conciencia es especialmente
conciencia-de. O sea, que no habría conciencia aislada, sino estructurada. Esto
también es valedero desde el punto de vista de los objetos y actos de
conciencia.
Más fácilmente esto de la conciencia se puede comprender
mediante una experiencia cotidiana que suele pasar desapercibida; nos referimos
al simple “darse cuenta”, al simple “caer en cuenta” de algo. Es en esa
experiencia que comienza la conciencia. De aquello que no nos damos cuenta, de
aquello que no nos enteramos siquiera, no somos concientes y es ignorado por
nosotros, por lo tanto no es parte de nuestra realidad. Estos actos de “darse
cuenta” se estructuran en grupos, en seguidillas, y así van conformando mayores
momentos de conciencia, los que a su vez se hacen más superficiales o
profundos, dándonos grados de conciencia. Sin embargo no es especialmente “de
lo que nos damos cuenta” lo que nos da la pauta del grado de conciencia, sino
la reiteración del “darse cuenta”, del “caer en cuenta” y así mientras más
veces caigamos en cuenta, más elementos serán advertidos; pero insistiendo, es
en la capacidad de darse cuenta (en momentos y en profundidad) lo que
nos dará la pauta de nuestra mayor conciencia.
Siguiendo con la exposición, puede decirse que en el acto del
“darse cuenta” empieza la conciencia a ser tangible; luego que al aumentar la
frecuencia y el tono, la conciencia se amplía en profundidad y en perspectiva.
Con otros términos, hay una cantidad de actos de conciencia y hay una calidad
de los mismos. A la primera se refiere la “frecuencia” y a la segunda se
refiere al “tono”.
Este comienzo de explicación nos ha servido de aproximación al
tema. Ahora surge una pregunta o varias a saber: ¿Cómo se da el acto de “darse
cuenta”?; luego, ¿cómo es que uno se da cuenta?, y tercero, ¿desde dónde uno se
da cuenta?
El acto de conciencia se da por entrecruzamiento de vivencias
mentales. Estas vivencias son temporales, dinámicas, móviles y con duración.
Así el recordar (una vivencia) se relaciona -en un momento- con el futurizar
(otra vivencia) y luego en el presente, el acto de “darse cuenta”. O sea, que
si sólo hubiera una dirección -o futura o pretérita- no habría presente y no
surgiría la conciencia en ese momento. Bajo esta perspectiva, es claro que la
conciencia no es estática, sino esencialmente dinámica, temporal, y por ende
histórica.
Luego la conciencia se explica con relación a sí misma y no en
relación a objetos (temas, elementos, datos, etc...) Como prueba de ello puede
verse que los objetos de conciencia varían por la capacidad de ella y no por la
acción de los objetos. Veamos un ejemplo: alguien mira un árbol; luego desde la
conciencia surge un acto para acoger a ese “objeto” (previamente barajado por
los sentidos y organizado por la percepción). Así el árbol “es tomado en
cuenta”, somos concientes de ese asunto. Si por lo contrario estamos distraídos
y la conciencia futuriza y recuerda no se haría presente el árbol jamás. Ahora
bien, hemos caído en cuenta del árbol, ahora cerramos los ojos e imaginamos el
árbol (ya no necesitamos verlo con los ojos). En ese momento el objeto de
conciencia es el mismo árbol, pero... ¡imaginado! El objeto es ahora imaginario
-basado en el dato físico de haberlo viisto- y obviamente es de cualidad diferente.
Pero lo que no ha cambiado es la presentación de actos de conciencia dirigidos
a objetos (ora físicos, ora imaginarios), y aquí nos detenemos porque podemos
seguir más aún en eso de convertir los objetos en otros de diferentes cualidad,
porque lo que nosotros sabemos es que a pesar de que los objetos varían
enormemente, los actos siempre aparecen permanentemente y tendidos hacia
objetos (cualquiera sean); esta tendencia es también llamada intencionalidad de
la conciencia y es el fundamento de quienes explican que la conciencia es
básicamente “conciencia-de”.
Entendido ésto se presenta otra situación no menos
interesante. Es la siguiente: de repente un acto de conciencia se transforma en
objeto para otro acto; es decir, “me doy cuenta de que me doy cuenta”. Aquí en
ese momento la conciencia ha caído en cuenta de ella misma, se ha hecho
conciencia de sí. Pero en un momento, a medida que estos momentos se
estructuran y aumentan, el hecho de que la conciencia caiga en cuenta de ella
misma, de su existencia digamos, de que también existe para ella, le permite
hacer una serie de variaciones antes imposibles. Cortando aquí, podemos
comprender al “cómo uno se da cuenta”, por ese juego dinámico de actos y
objetos que permiten juntarse en un momento dado, produciendo el hecho de
advertir, del caer en cuenta.
Y a la pregunta ¿desde dónde?, la podemos responder con la
misma mecánica descubierta: Uno “se da cuenta” desde otro acto mental.
Ese otro acto, es temporalmente distinto, es como si dijéramos “uno se da
cuenta desde otro momento de conciencia” y aquí el tiempo, la temporalidad
dentro de la propia mente adquiere un muy importante aspecto.
Retomando aquello de la conciencia de sí, vemos que es una
simpleza, que es el hecho de que la conciencia cae en cuenta de ella misma como
otro objeto, es decir: “es objeto de sí misma”, aquí adquiere relieve el
vocablo auto-conciencia. Es en este momento que la mencionada capacidad de
conciencia puede comprenderse más adecuadamente.
Todo este rodeo nos ha permitido entender que la conciencia
tiene capacidad de autonomía, no depende de los objetos, sino que puede ser
objeto de sí misma. Pero siempre tendrá objetos, ya físicos, imaginarios o en
general representaciones. Sin embargo este “siempre” señalado queda en suspenso
para las llamadas “situaciones elevadas de conciencia”.
Ahora bien, la conciencia descubierta por sí misma, es tan
tema de investigación como cualquier otro. Así aparecen dos “zonas” bien
distintas: Lo que la conciencia es en sí misma, y todo aquello que es para
la conciencia. Estas cuestiones se dan separadas, pero tienen que ver entre sí,
y por ello se estructuran; así que “mundo” (lo que la conciencia no es) se
estructura con la conciencia (lo que ella es en sí misma).
A pesar de que todo lo expuesto es una complicación, importa
llegar a este punto en que la conciencia se estructura con el mundo, porque es
en este precisísimo ángulo donde surgirá la fuga, desbaratando (o tratando al
menos) la estructura descubierta. Así, la conciencia en situación de fuga es la
intentona de romper la estructura mundo-conciencia. Y aquí, en la partida, se
ahoga el intento: no se puede romper la estructura mundo-conciencia sin romper
la conciencia. Porque si se rompe el mundo (aunque difícil) la conciencia
continúa, y si se rompe la conciencia el mundo continúa (aunque no para esa
conciencia, pero sí para otras). Esto es grave porque la fuga llevará
indiscutiblemente, indudablemente, a un proceso de destrucción, que en el caso
del hombre consigo mismo será auto-destrucción, y en el caso de proyectarse, es
destrucción del mundo, y siguiendo con ésto llegaremos a algo aparentemente
insólito: la fuga en principio es la base de la violencia.
FUGA
Si lo antes dicho es aproximadamente correcto, la fuga actuará
en el punto de relación de la conciencia con el mundo. Esto se podrá hacer a
partir de la intencionalidad de la conciencia que es con lo que se conecta.
Así, la intencionalidad de la conciencia fugada adquiere una
modalidad típica, característica de la fuga. Esta característica típica no es
otra que la deformación tendenciosa de la estructura conciencia-mundo. Y
es una deformación intencional; porque es la conciencia fugada quien lanza una
intencionalidad de distorsión, y así se estructura todo un mundo en
intención-de-fuga.
O sea, que uno no se fuga de algo en especial, sino
directamente se fuga en general, se fuga totalmente. Es la estructura “yo y
circunstancia” la que es objeto de fuga. Y como salta a la vista estamos en una
situación imposible, en una situación que no va ni viene, en una situación en
que el cazador ha caído en su propia trampa: la conciencia y el yo están
atrapados. De allí, la sensación de un callejón sin salidas, que en otros
términos se trata de la falta de futuro. No hay futuro para
la conciencia del fugado, ¡pero hay!, es decir, la fuga quiere negar, quiere
desentenderse, pero no puede porque siempre hay actos y objetos de conciencia.
Y ¿cómo se produce la conciencia de sí en la fuga?, es pues la conciencia-de-la-fuga
y por lo tanto no hay conciencia de sí, sino por el contrario olvido-de-sí, y a
veces ni siquiera eso, hay en-conciencia-de-sí.
Seguimos reconociendo que el tema es complicado y que estamos
aproximándonos como un equilibrista va por la cuerda, con peligro de caer a
cada paso; es decir, con peligro de equivocarnos. Pero siguiendo, tendremos que
ver qué elementos ligan a la conciencia fugada, impidiendo su objetivo de
efectivo escape.
Los elementos que lo impiden son pues los mismos que participan
de la estructura permanente conciencia-mundo. Expliquemos: a los actos de
conciencia no se los puede abandonar así como así, ni tampoco a los datos que
ingresan a la conciencia. Pero no es esta sutileza la que el fugado percibe ni
mucho menos, sino otras de mayor “densidad”, como es el caso de las sensaciones
provenientes del cuerpo. Es por ésto que el caballo de batalla es el cuerpo y
la sensación.
Por medio de la sensación la conciencia puede obnubilarse,
puede preocuparse de lo que siente, de lo que gusta, toca o mira, y se tratará
de llenar de sensaciones para que la conciencia esté ocupada en ello, y así no
tenga oportunidad de “caer en cuenta” de sí misma y por ello de la situación. O
sea, el fugado trata de obstaculizar, de tapar la conciencia mediante el exceso
de datos sensoriales, lo que como sabemos reditúa en ilusiones y alucinaciones.
Aparecen así en la conciencia contenidos raros que se hacen simbólicos y de
“realidad” excesivamente subjetiva. Son ahora los objetos -sensacionales- los que
cobran vida propia y poseen a la conciencia. El sujeto se siente “mirado” por
los objetos; éstos al ser físicos son utensilios que “cobran vida propia” y se
dirigen al sujeto (que tendría que manejarlos) con un lenguaje, con una
expresión subjetivísima parcializada y esencialmente deformadora, los que se
dirigen al sujeto de un modo hostil, de modo impertinente.
Y qué hace el fugado frente a ese mundo utensilio que viene en
avance haca él, ¡hace algo, tiene que hacer algo!, que no es efectivo porque
actúa sólo mentalmente, subjetivamente y no directamente de hecho, ya
que ese meterse en el mundo es lo que el fugado niega. Con todo ésto organiza
gestos, acciones, actos, que son falsos, que no pueden con el avance del mundo
utensilio. A ese acto sin base, hueco, impotente, se lo llama rito.
Será ahora el mundo en versión simbólica el que se
estructurara con una conciencia obnubilada por el enrarecimiento de sus
contenidos. Y así en el ejemplo del árbol anterior, no es solo un árbol
cualquiera, sino que es “muy especial”, tiene “un no se qué”, que actúa, que
“habla”, que trasmite; es decir, es un médium, de no se sabe qué pero “algo
hace”, “algo pasa”, exclama el fugado en total incomprensión e ignorancia.
Por todo esto que explicamos, por los símbolos mentales y los
objetos “cargados” es que se habla de la conciencia mágica. Es mágica porque
actúa -trata- sobre el mundo-conciencia y ésto que es estructura, se aparece
como síntesis, resultando así que todo es mágico. Todo está teñido de
“un no se qué inexplicable”, de “algo impreciso de entender”.
Retomando lo del cuerpo, será éste el que impedirá al fugado
hacer un efectivo escape y también será el que reciba los azotes del fugado,
terminando en modo sutil o grosero, maltratado, debilitado o enfermizo.
Si el cuerpo es el afectado, la función que será activa en ese
caso es la emoción, ya que es a partir de ésta que se puede sintetizar. Será la
emoción la función apropiada para canalizar las energías en reversión de la
fuga. Así la conciencia se “emociona” (en vez de relacionarse por ejemplo...) y
surge la conocida “conciencia emocionada”. No puede distinguir la conciencia.
Actos y objetos están fusionados en una misma identificación. O sea que a la
fuga se le suma la identificación y en vez de aliviarse de pesos, la conciencia
baja y baja a situaciones cada vez más imposibles.
De entre todos los sentimientos que puede experimentar la
emoción será el miedo el más frecuente en la situación que explicamos. Y es por
esa identificación, por esa síntesis, que todo se aparece como miedoso. El
fugado teme y teme por su debilidad, por su cegazón.
Resumiendo: la conciencia no distingue actos de objetos; se
produce la identificación y más se aumenta la distorsión por la presencia de
las sensaciones; éstas se agrandan obnubilando la conciencia (así, por ejemplo,
un rojo es tan inmenso que impide “ver” que sólo se trata de un punto rojizo en
el horizonte).
Es el cuerpo el que inevitablemente unirá al yo con el mundo y
por ésto sufrirá; es por ello que el fugado no mete el cuerpo en el mundo, sino
que lo saca, huye; es decir, saca el cuerpo del mundo. Estos solo puede hacerlo
a medias y mucho menos, desconectar el cuerpo de la conciencia. por eso es que
se enfermará, como un intento larvado o evidente de tratarlo de destruir.
Puede verse así (lícito a forma de descripción) o simplemente
como concomitancia generalizada. Sacar el cuerpo implica no querer actuar en él
efectivamente, no querer comprender científicamente, ni actuar técnicamente.
Como es obvio, ésto tendrá una conducta como resultante, y
tendrá efectos sobre el trato con los demás. ¡Empieza entonces el aislamiento!
La huida del mundo utensilio se hace ahora huida del mundo humano. Y ésto es
muy significativo, porque en soledad no hay comunicación, es decir no hay
intersubjetividad. Más claro, si yo me doy cuenta de mi situación, otro,
alguien, puede hacérmelo advertir. Y por supuesto, no será permitido por el
fugado que básica, fundamentalmente, no quiere darse cuenta de nada. Por ésto
se aísla, por ésto trata de separar a la conciencia del mundo al aumentar las
sensaciones. Aquí será la droga el elemento idóneo. La droga aumenta esa
“sensibilidad”, ese sensacionalismo exagerado, que es desconexión del mundo. La
conducta es definitivamente ritual para degradar el mundo que avanza; y se
siente como miedo, como temor, como impotencia de imponerse.
La fuga es un alejarse-de-sí y del mundo. Por ésto los
proyectos más imposibles son dos: auto-conciencia y compromiso con el mundo y
los demás. Por ésto, los olvidos, las resignaciones, justificaciones, la
inconstancia más la infidelidad, será el repertorio frecuente del fugado que
vive de accidente en accidente, de desvío en desvío, es decir, de nulidad en
nulidad.
Pero no termina aquí el caso. El fugado en esa grave situación
está encarcelado. ¿Cómo es posible?, es posible para este especial fugitivo que
lleva a la cárcel consigo. Porque él no se fuga de algo como dijimos, sino que
se fuga en general, constantemente, se fuga de todo. Diferente al fugitivo
real, que al huir, la cárcel queda atrás y la libertad adelante.
El fugado encarcelado (vaya paradoja) ahora empieza a esperar,
ya ha perdido toda capacidad de hacer, porque “todo le sale mal”, y está
demasiado cansado de intentar nuevos embates. Entonces esperará, expectará a
“algo” o a “alguien” que lo salve, que lo libre de esa situación que el no
quiere abandonar.
En esta expectativa, en este esperar y no hacer, se basa la
creencia mágica de que “algo inesperado y maravilloso me sacará de aquí”. Pero
el desesperado sigue en situación deshonesta e impondrá “condiciones” para
aceptar ser salvado, y el círculo vuelve a cerrarse otra vez. Ahora no sólo
está fugado, sino que su dependencia emotiva va en aumento y se hará
dependencia directa, cuando el fugado proyecte en algo o en alguien su
posibilidad de salvación.
Así, ese algo o alguien es cargado con valores increíbles que
son precisamente los que le faltan al fugado. El fugado verá “semidioses” en
los hombres capaces y quizás “dioses” en los hombre libres. Estos a su vez le
dan miedo, porque denotan lo que el fugado no-es, y por reflejo descubre lo que
no-es, y lo que quiere-ser. Pero no podrá romper esa expectativa, esa
ilusión...
LA
EXPECTATIVA Y LA INERCIA
Son las bases de la conciencia mágica. Porque él cree que algo
o alguien lo salvará (y por eso espera), por lo que no debe hacer nada sino
esperar (así se queda en la inercia de todo lo que suceda).
Por todo ésto no es difícil ver al fugado quieto, inmóvil,
encorvado y huidizo. La expectativa lo hace depender cada vez más y la inercia,
la falta de reflejos, le hacen postergarse cada día, cada instante en
conciencia fugada.
Todo lo explicado, se presentará diversamente en cada quien y
con diversos grados, muy amplios o mínimos en los que la fuga y lo mágico
aparecen como exceso o residuo. Pero en todos los casos los elementos que
intervienen, los descriptos, aparecen con mayor o menor intensidad.
Así, el miedo será el sentimiento básico; el
rito
(la acción falsa) será el intento de degradar a lo miedoso. Luego, la
expectación por salir de la situación, será la causante del aumento de
dependencia, de ese algo o alguien “salvador” que será un fetiche “cargado” con
los poderes que le faltan al fugado, ese esperar por la ayuda lo postergará de
muchas maneras diferentes, con un ir y venir de accidente en accidente, de
nulidad en nulidad.
Llegamos así con alguna certeza a la concepción de la
conciencia en situación de fuga.
La
conciencia en situación de fuga
No vale la pena ya explayarse demasiado. El fugado se olvida
de sí mismo, por lo tanto no reconoce lo que sucede. Así se encadena cada vez
más. Eslabón tras eslabón irá sumando a su cadena gritando por fin su propia
no-libertad. En otras palabras, la fuga es el camino de la no liberación
(porque aumenta en dependencia de todo aquello que se fuga).
Será pues el acto de re-conocimiento, de aceptarse tal cual es
frente a sus propios ojos y ante los demás; el único acto que podrá sacarlo de
su cárcel singular. Esto es, algo completamente opuesto a lo que el fugado
espera. Recordemos que él espera algo externo, de los demás, del ambiente,
¡pero menos de sí mismo! Así que quien quiere ayudar al fugado, tendrá como
única preocupación ayudarle a caer en cuenta de sí mismo, a que se re-conozca,
porque se des-conoce (esto de conocer, es algo que el fugado no
podrá lograr jamás), porque el conocer y ser conciente, son concomitancias
inseparables. Y mucho (menos) más el autoconocer y la autoconciencia.
Más específicamente decir no-liberación, caer el las zonas
bajas de conciencia, es decir, caer en el ensueño, en el hipersueño. Aquí, la
autocrítica se va haciendo nula, la perdida de perspectiva máxima, la noción
del yo y el aislamiento, tiende a hacerse inmenso.
Decir que se afianza el ensueño, implica también que las
energías regresarán a los centros inferiores y se quedará en el sistema
somático, fijándose y por ende desbordando.
Por ésto es que la base orgánica se dañará por tensiones
energéticas mal invertidas (hablamos de energía síquica). Aquí el fugado fijará
su ámbito, de repente comenzará a bostezar y se nos quedará durmiendo. Pero no
será suficiente dormir o bostezar, llorar o gritar, o usar cualquier otro rito
cuando la hostilidad del mundo-conciencia se hace insoportable; vendrá pues el
desmayo: “Pérdida de conciencia”. Cuando ésto no resulte vendrá la búsqueda de
la muerte (negación última de la realidad mundo-conciencia); esta búsqueda se
hará por accidente o por suicidio.
Resumiendo, la situación de la conciencia en fuga es un camino
descendente donde la obnubilación y el olvido de sí son las constantes.
La conducta ritual, la espera y la inercia en la dependencia
emotiva, sus concomitancias. Y finalmente, la no-libertad será inevitablemente
su resultado.
La fuga implica la conciencia mágica y emocionada, e implica
también en la caída en el ensueño hacia el sueño profundo, que más tarde se
hace locura o muerte, y cuando menos, estupidez.
Es así que el acto de reconocimiento-de-la-situación, es el
comienzo de una elevación y de salida efectiva del caso descripto.
Ojalá quiera el fugado salir de allí, del pozo de su cegazón,
porque entonces hay salida y hay solución; si no quiere, si no reconoce, bien
poco podemos hacer nosotros y él.
Fuga
social y Cultura
La versión social y cultural, no nos presentará un panorama
más halagüeño que el descripto a nivel personal.
El bloque social realiza una fuga en masa e instala la
situación de fuga en el ambiente, tiñendo así toda la actividad, todo mensaje,
todo quehacer. No será difícil encontrar los signos de la fuga en una sociedad
como la actual. Los fetiches (objetos recargados de significación) serán los
últimos avances técnicos; los ritos serán los más antiguos y la conciencia
mágica queda en la base de toda conducta.
Como pudimos ver, la fuga es una regresión de energía síquicas
llevándonos a fases retrogradas. Así veremos como la actitud básica será de
cerrazón, de cerrarse e incomunicarse.
La actitud abierta de amplitud hacia los demás y hacia todos,
es antítesis para el fugado quien trata de enfrascarse en sus propios círculos
viciosos, presentándose en sobrevivencia como oscura y sin salida; el caos, es
su correlato social. Pero no queda aquí el caso, sino que la gente tenderá
hacia la superstición, hacia la falsa religiosidad con su correspondiente
ritualización irracional. La superchería en general hace acólitos y desde las
cosas insignificantes hasta las más valiosas, son miradas y teñidas con ese
tono supersticioso que no es prehistórico, sino actualizado y no necesariamente
primitivo. No será ahora “un rayo del cielo”, ni extraños “tótems”, sino
aparatos corrientes los ritualizados, hechos asiduos serán los ritos y los
resultados los mismos. Como se distingue, la temática nos lleva muy lejos en
sus posibilidades, pero la dejaremos en sus implicancias culturales.
No ha de suponerse que la situación de fuga impide al hombre
crear y organizar un tipo de pensamiento coherente dentro de sus propios
límites. Será ahora pues toda una valoración, una manera de elaborar, de
interpretar todo lo presente, la que se impondrá a modo de valor cultural con
sus correspondientes creencias. Estas darán una predicación a la conciencia
normal, para realizar toda elaboración.
Surgen así corrientes artística y científicas encausando a los
fugados en esas impresionantes corrientes desviatorias que sus estragos son
evidentes de ponderar.
La fuga es la caída de la conciencia; su elaboración es
básicamente degradadora de significado y así el “actor” o el “artista” o el
“intelectual” son los mejores adalides para toda una masa que requiere de
líderes, de ídolos en todos los órdenes. Tanto en lo político o religioso y en
lo cultural generalizado, los líderes que se impondrán son quienes mejor sepan
encausar la superstición del momento. El rito, el fetiche y el credo que se
imponga, serán los que más óptimamente aglutinen a las corrientes desviatorias.
Detrás de toda expresión con auge en el mundo oficial, hay que
encontrar la común situación de fuga, de allí puede colegirse que todo lo que
tiene “éxito” no es otra cosa que un núcleo aglutinador de la fuga encadenante.
Y no puede ser de otro modo, porque si así fuera, actuaría en contra de la fuga
y a favor de la concientización de las gentes. ¿Y cómo se va a permitir que
salgan al sol los trapos de todo un mundo y una sociedad encaminada en un
escape sin control?, difícilmente a decir verdad. Por todo ésto y por todo lo
que pueda seguirse agregando, es que todo amigo de la liberación tiene que usar
el sentido crítico y autocrítico, desentrañando que hay más allá de todo lo que
reluce y existe en nuestros días. Todo lo “tentador”, lo sensacionalista, es
una entrada a la superstición con sus ritos y fetiches; es decir, que detrás
está sin duda el vacío doloroso, la inconciencia, la nadidad. No deberemos
creer demasiado en todo lo que nos llega; el fugado es también un crédulo
exagerado que asimila los prestigios de moda, los valores huérfanos de toda
veracidad.
Todo verdadero creador, no escatima en esfuerzos para
deshacerse definitivamente del tono mágico que cobija todo lo presente y mucho
menos ahorrará intentos en sacar de sí mismo la conciencia emocionada que puede
quedar en los mejores casos como un residuo casi velado.
En la espera, en el olvido de sí, en todas las resistencias
hacia una nueva visión, está la fuga presente. En la expectación excesiva, en
el aferrarse a esquemas rígidos, en la mistificación, en la sobrevaloración de
personas u objetos, ya sean utensilios o abstractos. En todo victoreo a una
ideología; en todo apasionamiento irracional, está la fuga acicateando.
Allí donde la luz no penetra, donde la inteligencia se
obnubila, y la dependencia emotiva sobrepasa, sigue estando presente la
conciencia mágica. Aún cuando nuestras reflexiones aumenten, puede volver el
ciclo de los oscurantismos y de los encerramientos.
Aún cuando las ilusiones se desvanezcan y el fracaso se
presienta, el centro de gravedad puede seguir transferido y la expectativa
hipnotizante puede sobrevenirnos nuevamente. Aún una tarea esforzada puede ser
la pantalla de un escape subterráneo. Y finalmente, allí donde no se busca
intencionadamente la conciencia de sí, allí en donde no se insiste en afirmarla
y extenderla, continúa la obnubilación mental.
Los hombres viven y mueren dormidos y fugados de la realidad.
Es la sentencia última para una existencia mundana y es la premisa primera para
el encausamiento de la elevación de conciencia.