CARTAS
A MIS AMIGOS
Sobre la crisis social y personal en el
momento actual
Silo

Estas Cartas a mis
amigos que hoy se presentan como libro, fueron publicadas separadamente a medida
que el autor las fue produciendo. Desde la primera escrita el 21/02/91 hasta la
décima y última, redactada el 15/12/93, pasaron casi tres años. En ese tiempo
ocurrieron transformaciones globales importantes en casi todos los campos del
quehacer humano. Si la velocidad de cambio se sigue incrementando, como ha
sucedido en ese lapso, un lector de las próximas décadas difícilmente entenderá
el contexto mundial al que continuamente hace referencia el autor y, por
consiguiente, no apresará muchas de las ideas que se expresan en estos
escritos. Por ello, habría que recomendar a los hipotéticos lectores del futuro
tener a mano una reseña de los acontecimientos que ocurrieron entre 1991 y
1994; sugerirles obtener una comprensión amplia del desarrollo económico y
tecnológico de la época, de las hambrunas y los conflictos, de la publicidad y
la moda. Sería necesario pedirles que escucharan la música; vieran las imágenes
arquitectónicas y urbanísticas; observaran los hacinamientos de las
macrociudades, las migraciones, la descomposición ecológica, y el modo de vida
de aquel curioso momento histórico. Sobre todo habría que rogarles que
intentaran penetrar en los dimes y diretes de aquellos formadores de opinión:
de los filósofos, sociólogos y sicólogos de esa etapa cruel y estúpida. Si bien
en estas Cartas se habla de cierto presente, es indudable que fueron
redactadas con la mirada puesta en el futuro y creo que únicamente desde allí
podrán ser confirmadas o refutadas.
En esta obra no existe un plan general sino más bien una
serie de exposiciones ocasionales que admiten una lectura sin secuencia. Sin
embargo, podría intentarse la siguiente clasificación: A.- Las tres primeras
cartas enfatizan en las experiencias que le toca vivir al individuo en medio de
una situación global cada día más complicada. B.- En la cuarta se presenta la
estructura general de las ideas en que se basan todas las cartas C.- En las
siguientes se esboza el pensamiento político- social del autor. D.- La décima
presenta lineamientos de acción puntual teniendo en cuenta el proceso mundial.
Paso a destacar algunos temas tratados en la obra. Primera carta. La situación que nos toca
vivir. La desintegración de las instituciones y la crisis de solidaridad. Los
nuevos tipos de sensibilidad y comportamiento que se perfilan en el mundo de
hoy. Los criterios de acción. Segunda. Los factores de cambio del mundo actual y las
posturas que habitualmente se asumen frente a dicho cambio. Tercera. Características del cambio y la
crisis en relación al medio inmediato en que vivimos. Cuarta. Fundamento de las opiniones vertidas en las Cartas sobre
las cuestiones más generales de la vida humana, sus necesidades y proyectos
básicos. El mundo natural y social. La concentración de poder, la violencia y
el Estado. Quinta. La libertad
humana, la intención y la acción. El sentido ético de la práctica social y la
militancia, sus defectos más habituales. Sexta.
Exposición del ideario del Humanismo. Séptima.
La revolución social. Octava. Las
fuerzas armadas. Novena. Los derechos
humanos. Décima. La desestructuración
general. La aplicación de la comprensión global a la acción mínima concreta.
La carta cuarta, de capital importancia en la justificación
ideológica de toda la obra, puede ser profundizada con la lectura de otro trabajo
del autor, Contribuciones al Pensamiento (particularmente
en el ensayo titulado Discusiones
Historiológicas) y, desde luego, con la conferencia La Crisis de la Civilización y el Humanismo (Academia de
Administración de Moscú, 18/06/92).
En la carta sexta se exponen las ideas del humanismo
contemporáneo. La condensación conceptual de este escrito hace recordar a
ciertas producciones políticas y culturales de las que tenemos ejemplos en los
"manifestos" de mitad del siglo XIX y XX, como ocurre con el Manifiesto Comunista y el Manifiesto Surrealista. El uso de la
palabra "Documento" en lugar de "Manifiesto", se debe a una
cuidadosa elección para ponerse a distancia del naturalismo expresado en el Humanist Manifesto de 1933, inspirado
por Dewey, y también del social-liberalismo del Humanist Manifesto II de 1974, suscrito por Sakharov e impregnado
fuertemente por el pensamiento de Lamont. Si bien se advierten coincidencias
con este segundo manifiesto en lo que hace a la necesidad de una planificación
económica y ecológica que no destruya las libertades personales, las
diferencias en cuanto a visión política y concepción del ser humano son
radicales. Esta carta, extremadamente breve en relación a la cantidad de
materias que trata, exige algunas consideraciones. El autor reconoce los
aportes de las distintas culturas en la trayectoria del humanismo, como
claramente se observa en el pensamiento judío, árabe y oriental. En ese
sentido, al Documento no se lo puede encerrar en la tradición
"ciceroniana" como a menudo ha ocurrido con los humanistas
occidentales. En su reconocimiento al "humanismo histórico" el autor
rescata temas ya expresados en el siglo XII. Me refiero a los poetas goliardos
que, como Hugo de Orleáns y Pedro de Blois, terminaron componiendo el célebre In terra sumus, del Codex Buranus (o códice de Beuern, conocido en latín como Carmina Burana). Silo no los cita
directamente pero vuelve sobre sus palabras. "He aquí la gran verdad
universal: el dinero es todo. El dinero es gobierno, es ley, es poder. Es, básicamente,
subsistencia. Pero además es el Arte, es la Filosofía y es la Religión. Nada se
hace sin dinero; nada se puede sin dinero. No hay relaciones personales sin
dinero. No hay intimidad sin dinero y aún la soledad reposada depende del
dinero". Cómo no reconocer la reflexión del In terra sumus, "mantiene al abad el Dinero en su celda
prisionero", cuando se dice: "... y aún la soledad reposada
depende del dinero". O bien, "El
Dinero honra recibe y sin él nadie es amado", y aquí: "No hay
relaciones personales sin dinero. No hay intimidad sin dinero". La
generalización del poeta goliardo: "El
Dinero, y esto es cierto, hace que el tonto parezca elocuente", aparece
en la carta como: "Pero además es el Arte, es la Filosofía y es la
Religión". Y sobre esta última, en el poema se dice: " El Dinero es adorado porque hace
milagros...hace oír al sordo y saltar al cojo", etc. En ese poema del Codex Buranus, que Silo da por conocido,
quedan implícitos los antecedentes que luego van a inspirar a los humanistas
del siglo XVI, particularmente a Erasmo y Rabelais.
La carta que estamos comentando presenta el ideario del
humanismo contemporáneo, pero para dar una idea más acabada del tema nada mejor
que citar aquí algunos párrafos que el autor expusiera en su conferencia Visión Actual del Humanismo (Universidad
Autónoma de Madrid, 16/04/93). "... Dos son las acepciones que se suelen
atribuir a la palabra 'Humanismo'. Se habla de 'Humanismo' para indicar
cualquier tendencia de pensamiento que afirme el valor y la dignidad del ser
humano. Con este significado, se puede interpretar al Humanismo de los modos
más diversos y contrastantes. En su significado más limitado, pero colocándolo
en una perspectiva histórica precisa, el concepto de Humanismo es usado para
indicar ese proceso de transformación que se inició entre finales del siglo XIV
y comienzos del XV y que, en el siglo siguiente, con el nombre de
'Renacimiento', dominó la vida intelectual de Europa. Basta mencionar a Erasmo;
Giordano Bruno; Galileo; Nicolás de Cusa; Tomás Moro; Juan Vives y Bouillé para
comprender la diversidad y extensión del humanismo histórico. Su influencia se
prolongó a todo el siglo XVII y gran parte del XVIII, desembocando en las
revoluciones que abrieron las puertas de la Edad Contemporánea. Esta corriente
pareció apagarse lentamente hasta que a mediados de éste siglo ha echado a
andar nuevamente en el debate entre pensadores preocupados por las cuestiones
sociales y políticas.
"Los aspectos fundamentales del humanismo histórico
fueron, aproximadamente, los siguientes: 1.- La reacción contra el modo de vida
y los valores del Medioevo. Así comenzó un fuerte reconocimiento de otras
culturas, particularmente de la greco-romana en el arte, la ciencia y la
filosofía. 2.- La propuesta de una nueva imagen del ser humano, del que se
exaltan su personalidad y su acción transformadora. 3.- Una nueva actitud
respecto a la naturaleza, a la que se acepta como ambiente del hombre y ya no
como un sub-mundo lleno de tentaciones y castigos. 4.- El interés por la experimentación
e investigación del mundo circundante, como una tendencia a buscar
explicaciones naturales sin necesidad de referencias a lo sobrenatural. Estos
cuatro aspectos del humanismo histórico convergen hacia un mismo objetivo:
hacer surgir la confianza en el ser humano y su creatividad, y considerar al
mundo como reino del hombre, reino al cual éste puede dominar mediante el
conocimiento de las ciencias. Desde esta nueva perspectiva se expresa la
necesidad de construir una nueva visión del universo y de la historia. De igual
manera, las nuevas concepciones del movimiento humanista llevan al replanteo de
la cuestión religiosa tanto en sus estructuras dogmáticas y litúrgicas, como en
las organizativas que, a la sazón, impregnan las estructuras sociales del
Medioevo. El Humanismo, en correlato con la modificación de las fuerzas
económicas y sociales de la época, representa a un revolucionarismo cada vez
más consciente y cada vez más orientado hacia la discusión del orden
establecido. Pero la Reforma en el mundo alemán y anglosajón y la Contrareforma
en el mundo latino tratan de frenar a las nuevas ideas reproponiendo
autoritariamente la visión cristiana tradicional. La crisis pasa de la Iglesia
a las estructuras estatales. Finalmente, el imperio y la monarquía por derecho
divino son eliminados merced a las revoluciones de fines del siglo XVIII y XIX.
Pero luego de la Revolución francesa y de las guerras de la independencia
americanas, el Humanismo prácticamente ha desaparecido no obstante continuar
como trasfondo social de ideales y aspiraciones que alienta transformaciones
económicas, políticas y científicas. El Humanismo ha retrocedido frente a
concepciones y prácticas que se instalan hasta finalizado el Colonialismo, la
Segunda Guerra Mundial y el alineamiento bifronte del planeta. En esta
situación se reabre el debate sobre el significado del ser humano y la
naturaleza, sobre la justificación de las estructuras económicas y políticas,
sobre la orientación de la Ciencia y la tecnología y, en general, sobre la
dirección de los acontecimientos históricos. Son los filósofos de la Existencia
los que dan las primeras señales: Heidegger para descalificar al Humanismo como
una metafísica más ( en su Carta sobre el
Humanismo); Sartre para defenderlo (en su conferencia El Existencialismo es un Humanismo); Luypen para precisar el
enmarque teórico (en La Fenomenología es
un Humanismo). Por otro lado, Althusser para levantar una postura
Antihumanista (en Pour Marx) y
Maritain para apropiarse de su antítesis desde el Cristianismo (en su Humanismo Integral), hacen algunos
esfuerzos meritorios.
"Luego de este largo camino recorrido y de las últimas
discusiones en el campo de las ideas, queda claro que el Humanismo debe definir
su posición actual no solamente en tanto concepción teórica sino en cuanto
actividad y práctica social. El estado de la cuestión humanista debe ser
planteado hoy con referencia a las condiciones en que el ser humano vive. Tales
condiciones no son abstractas.
"Por consiguiente, no es legítimo derivar
al Humanismo de una teoría sobre la Naturaleza, o una teoría sobre la Historia,
o una fe sobre Dios. La condición humana es tal que el encuentro inmediato con
el dolor y con la necesidad de superarlo es ineludible. Tal condición, común a
tantas otras especies, encuentra en la humana la adicional necesidad de prever
a futuro cómo superar el dolor y lograr el placer. Su previsión a futuro se
apoya en la experiencia pasada y en la intención de mejorar su situación
actual. Su trabajo, acumulado en producciones sociales, pasa y se transforma de
generación en generación en lucha contínua por superar las condiciones
naturales y sociales en que vive. Por ello, el Humanismo define al ser humano
como ser histórico y con un modo de acción social capaz de transformar al mundo
y a su propia naturaleza. Este punto es de capital importancia porque al
aceptarlo no se podrá afirmar luego un derecho natural, o una propiedad
natural, o instituciones naturales o, por último, un tipo de ser humano a
futuro tal cual es hoy, como si estuviera terminado para siempre. El
antiguo tema de la relación del hombre con la Naturaleza, cobra nuevamente
importancia. Al retomarlo, descubrimos esa gran paradoja en la que el ser
humano aparece sin fijeza, sin naturaleza, al tiempo que advertimos en él una
constante: su historicidad. Por ello es que, estirando los términos, puede
decirse que la naturaleza del hombre es su historia, su historia social.
Por consiguiente, cada ser humano que nace no es un primer ejemplar equipado
genéticamente para responder a su medio, sino un ser histórico que desenvuelve
su experiencia personal en un paisaje social, en un paisaje humano.
"He aquí que en este mundo social, la
intención común de superar el dolor es negada por la intención de otros seres
humanos. Estamos diciendo que unos hombres naturalizan a otros al negar su
intención, los convierten en objeto de uso. Así, la tragedia de estar sometido
a condiciones físicas naturales impulsa al trabajo social y a la ciencia hacia
nuevas realizaciones que superen a dichas condiciones, pero la tragedia de
estar sometido a condiciones sociales de desigualdad e injusticia impulsa al
ser humano a la rebelión contra esa situación en la que se advierte no el juego
de fuerzas ciegas sino el juego de otras intenciones humanas. Esas intenciones
humanas, que discriminan a unos y a otros, son cuestionadas en un campo muy
diferente al de la tragedia natural en la que no existe una intención. Por esto
es que siempre existe en toda discriminación un monstruoso esfuerzo por
establecer que las diferencias entre los seres humanos se debe a la naturaleza,
sea física o social, pero que establece su juego de fuerzas sin que intervenga
la intención. Se harán diferencias raciales, sexuales y económicas
justificándolas por leyes genéticas o de mercado, pero en todos los casos se
habrá de operar con la distorsión, la falsedad y la mala fe. Las
dos ideas básicas expuestas anteriormente: en primer lugar la de la condición
humana sometida al dolor con su impulso por superarlo y, en segundo término, la
definición del ser humano histórico y social, centran el estado de la cuestión
para los humanistas de hoy.
"En el Documento fundacional del Movimiento Humanista,
se declara que ha de pasarse de la pre-historia a la verdadera historia humana
recién cuando se elimine la violenta apropiación animal de unos seres humanos
por otros. Entre tanto, no se podrá partir de otro valor central que el del ser
humano pleno en sus realizaciones y en su libertad. La proclama: 'Nada por
encima del ser humano y ningún ser humano por debajo de otro', sintetiza todo
esto. Si se pone como valor central a Dios, al Estado, al Dinero o a cualquier
otra entidad, se subordina al ser humano creando condiciones para su ulterior
control o sacrificio. Los humanistas tenemos claro este punto. Los humanistas
somos ateos o creyentes, pero no partimos del ateísmo o de la fe para
fundamentar nuestra visión del mundo y nuestra acción; partimos del ser humano
y de sus necesidades inmediatas. Los humanistas planteamos el problema de
fondo: saber si queremos vivir y decidir en qué condiciones hacerlo. Todas las
formas de violencia física, económica, racial, religiosa, sexual e ideológica,
merced a las cuales se ha trabado el progreso humano, repugnan a los
humanistas. Toda forma de discriminación, manifiesta o larvada, es motivo de
denuncia para los humanistas.
"Así está trazada la línea divisoria entre el
Humanismo y el Anti-humanismo. El Humanismo pone por delante la cuestión del
trabajo frente al gran capital; la cuestión de la democracia real frente a la
democracia formal; la cuestión de la descentralización frente a la
centralización; la cuestión de la antidiscriminación frente a la
discriminación; la cuestión de la libertad frente a la opresión; la cuestión
del sentido de la vida frente a la resignación, la complicidad y el absurdo.
Porque el Humanismo cree en la libertad de elección posee una ética valedera,
porque cree en la intención distingue entre el error y la mala fe. De este
modo, los humanistas fijamos posiciones. No nos sentimos salidos de la nada
sino tributarios de un largo proceso y esfuerzo colectivo. Nos comprometemos
con el momento actual y planteamos una larga lucha hacia el futuro. Afirmamos
la diversidad en franca oposición a la regimentación que hasta ahora ha sido
impuesta y apoyada con explicaciones de que lo diverso pone en dialéctica a los
elementos de un sistema, de manera que al respetarse toda particularidad se da
vía libre a fuerzas centrífugas y desintegradoras. Los humanistas pensamos lo
opuesto y destacamos que, precisamente en este momento, el avasallamiento de la
diversidad lleva a la explosión de las estructuras rígidas. Por esto es que enfatizamos
en la dirección convergente, en la intención convergente y nos oponemos a la
idea y a la práctica de la eliminación de supuestas condiciones dialécticas en
un conjunto dado." Hasta aquí la cita de la conferencia de Silo.
La décima y última carta establece los límites de la
desestructuración y destaca tres campos, entre tantos otros posibles, en los
que ese fenómeno cobra especial importancia: el político, el religioso y el
generacional, advirtiendo sobre el surgimiento de neo irracionalismos
fascistas, autoritarios y violentistas. Para ilustrar el tema de la comprensión
global y de la aplicación de la acción al punto mínimo del "medio
inmediato", el autor da ese fenomenal salto de escala en el que nos
encontramos con el "vecino", el compañero de trabajo, el amigo...
Queda clara la propuesta en la que todo militante debe olvidar el espejismo del
poder político superestructural porque ese poder está herido de muerte a manos
de la desestructuración. De nada valdrá a futuro el Presidente, el Primer
Ministro, el Senador, el Diputado. Los partidos políticos, los gremios y
sindicatos se irán alejando gradualmente de sus bases humanas. El Estado
sufrirá mil transformaciones y únicamente las grandes corporaciones y el
capital financiero internacional irán concentrando la capacidad decisoria
mundial hasta que sobrevenga el colapso del Paraestado. ¿De qué podría valer
una militancia que tratara de ocupar las cáscaras vacías de la democracia
formal? Decididamente, la acción debe plantearse en el medio mínimo inmediato y
únicamente desde allí, en base al conflicto concreto, debe construirse la
representatividad real. Pero los problemas existenciales de la base social no
se expresan exclusivamente como dificultades económicas y políticas, por lo
tanto un partido que lleve adelante el ideario humanista y que
instrumentalmente ocupe espacios parlamentarios tiene significación
institucional pero no puede dar respuesta a las necesidades de la gente. El
nuevo poder se construirá desde la base social como un Movimiento amplio,
descentralizado y federativo. La pregunta que debe hacerse todo militante no es
"quién será primer ministro o diputado", sino más bien "¿cómo
formaremos nuestros centros de comunicación directa, nuestras redes de consejos
vecinales?; ¿cómo daremos participación a todas las organizaciones mínimas de
base en las que se expresa el trabajo, el deporte, el arte, la cultura y la
religiosidad popular?" Ese Movimiento no puede ser pensado en términos
políticos formales sino en términos de diversidad convergente. Tampoco debe
concebirse el crecimiento de ese Movimiento dentro de los moldes de un
gradualismo que va ganando progresivamente espacio y estratos sociales. Debe
plantearse en términos de "efecto demostración", típico de una
sociedad planetaria multiconectada apta para reproducir y adaptar el éxito de
un modelo en colectividades alejadas y diferentes entre sí. Esta última carta,
en suma, esboza un tipo de organización mínima y una estrategia de acción
acorde a la situación actual.
Me he detenido únicamente en las cartas cuatro, seis y
diez. Creo que a diferencia de las restantes estas han requerido de alguna
recomendación, alguna cita y algún comentario complementario.
J. Valinsky.
Estimados
amigos:
Desde hace tiempo recibo
correspondencia desde distintos países pidiendo explicación o ampliaciones sobre
temas que aparecen en mis libros. En general se reclama clarificación sobre
asuntos tan concretos como la violencia, la política, la economía, la ecología,
las relaciones sociales y las interpersonales. Como se ve, las preocupaciones
son muchas y diversas y es claro que en esos campos tendrán que ser los
especialistas los que den respuesta. Por supuesto que ese no es mi caso.
Hasta donde sea posible trataré
de no repetir lo ya escrito en otros lugares y ojalá pueda esbozar en pocas
líneas la situación general que nos toca vivir y las tendencias más inmediatas
que se perfilan. En otras épocas se hubiera tomado como hilo conductor de este
tipo de descripción una cierta idea de "malestar de la cultura" pero
hoy, en cambio, hablaremos de la veloz modificación que se está produciendo en
las economías, en las costumbres, en las ideologías y en las creencias,
tratando de rastrear una cierta desorientación que parece asfixiar a los
individuos y los pueblos.
Antes de entrar en tema quisiera
hacer dos advertencias: una referida al mundo que se fué y que parece ser
considerado en este escrito con una cierta nostalgia y otra que apunta al modo
de exponer en el que podría verse una total ausencia de matices, llevando las
cosas a un primitivismo de planteo que en realidad no formulan de ese modo
aquellos que nosotros criticamos. Diré que quienes creemos en la evolución
humana no estamos deprimidos por los cambios sino que más bien deseamos un
incremento en la aceleración de los acontecimientos mientras tratamos de adaptarnos
crecientemente a los nuevos tiempos. En cuanto al modo de expresar la
argumentación de los defensores del "Nuevo Orden" puedo comentar lo
siguiente: al hablar de ellos no han dejado de resonar en mí los acordes de
aquellas diametrales ficciones literarias, 1984
de Orweell y Un mundo feliz de
Huxley. Esos magníficos escritores vaticinaron un mundo futuro en el que por
medios violentos o persuasivos el ser humano terminaba sumergido y robotizado.
Creo que ambos atribuyeron demasiada inteligencia a los "malos" y
demasiada estupidez a los "buenos" de sus novelas, movidos tal vez
por un pesimismo de trasfondo que no es el caso interpretar ahora. Los
"malos" de hoy son personas con muchos problemas y una gran avidez,
pero en todo caso incompetentes para orientar procesos históricos que
claramente escapan a su voluntad y capacidad de planificación. En general se
trata de gente poco estudiosa y de técnicos a su servicio que disponen de
recursos parcelados y patéticamente insuficientes. Así es que pediré no tomar
muy en serio algunos párrafos en los que en realidad nos divertimos poniendo en
sus bocas palabras que no dicen, aunque sus intenciones vayan en esa dirección.
Creo que hay que considerar estas cosas fuera de toda solemnidad (afín a la
época que muere) y, en cambio, plantearlas con el buen humor y el espíritu de
broma que campea en las cartas intercambiadas por las gentes verdaderamente
amigas.
Desde el comienzo de su historia
la humanidad evoluciona trabajando para lograr una vida mejor. A pesar de los
avances
hoy se utiliza el poder y la
fuerza económica y tecnológica para asesinar, empobrecer y oprimir en vastas
regiones del mundo destruyendo además el futuro de las nuevas generaciones y el
equilibrio general de la vida en el planeta. Un pequeño porcentaje de la
humanidad posee grandes riquezas mientras las mayorías padecen serias
necesidades. En algunos lugares hay trabajo y remuneración suficiente, pero en
otros la situación es desastrosa. En todas partes los sectores más humildes
sufren horrores para no morirse de hambre. Hoy, mínimamente, y por el solo
hecho de haber nacido en un medio social todo ser humano requiere adecuada
alimentación, sanidad, vivienda, educación, vestido, servicios... y llegando a
cierta edad necesita asegurar su futuro por el tiempo de vida que le quede. Con
todo derecho la gente quiere eso para ella y sus hijos, ambicionando que estos
puedan vivir mejor. Sin embargo, esas aspiraciones de miles de millones de
personas hoy no son satisfechas.
Tratando de moderar los
problemas comentados, se han hecho diferentes experimentos económicos con
desparejos resultados. Actualmente se tiende a aplicar un sistema en el que supuestas
leyes de mercado regularán automáticamente el progreso social, superando el
desastre producido por las anteriores economías dirigistas. Según este esquema
las guerras, la violencia, la opresión, la desigualdad, la pobreza y la
ignorancia, irán retrocediendo sin producirse mayores sobresaltos. Los países
se integrarán en mercados regionales hasta llegar a una sociedad mundial sin
barreras de ningún tipo. Y así como los sectores más pobres de los puntos
desarrollados irán elevando su nivel de vida, las regiones menos avanzadas
recibirán la influencia del progreso. Las mayorías se adaptarán al nuevo
esquema que técnicos capacitados, u hombres de negocios, estarán en condiciones
de poner en marcha. Si algo falla, no será por las naturales leyes económicas
sino por deficiencias de esos especialistas que, como sucede en una empresa,
tendrán que reemplazarse todas las veces que sea necesario. Por otra parte, en
esa sociedad "libre" será el público quien decida democráticamente
entre diferentes opciones de un mismo sistema.
Dada la situación actual y la
alternativa que se presenta para el logro de un mundo mejor cabe reflexionar
brevemente en torno a esa posibilidad. En efecto, se han realizado numerosas
pruebas económicas que han arrojado desparejos resultados y frente a ello se
nos dice que el nuevo experimento es la única solución a los problemas
fundamentales. Sin embargo, no alcanzamos a comprender algunos aspectos de esa
propuesta. En primer lugar aparece el tema de las leyes económicas. Al parecer
existirían ciertos mecanismos, como en la naturaleza, que al jugar libremente
regularían la evolución social. Tenemos dificultades para aceptar que cualquier
proceso humano y, desde luego el proceso económico, sea del mismo orden que los
fenómenos naturales. Creemos, por lo contrario, que las actividades humanas son
no-naturales, son intencionales, sociales e históricas; fenómenos éstos que no
existen ni en la naturaleza en general ni en las especies animales. Tratándose
pues de intenciones y de intereses, tampoco tenemos por qué suponer que los
sectores que detentan el bienestar estén preocupados por superar las
dificultades de otros menos favorecidos. En segundo lugar, la explicación que
se nos da respecto a que siempre hubo grandes diferencias económicas entre unos
pocos y las mayorías y que, no obstante esto las sociedades han progresado, nos
parece insuficiente. La Historia nos enseña que los pueblos avanzaron
reclamando sus derechos frente a los poderes establecidos. El progreso social
no se produjo porque la riqueza acumulada por un sector luego haya desbordado
automáticamente "hacia abajo". En tercer lugar, presentar como modelo
a determinados países que operando con esa supuesta economía libre hoy tienen
un buen nivel de vida, parece un exceso. Esos países realizaron guerras de
expansión sobre otros, impusieron el colonialismo, el neo colonialismo y la
partición de naciones y regiones; recaudaron en base a la discriminación y la
violencia y, finalmente, absorbieron mano de obra barata, al tiempo que
impusieron términos de intercambio desfavorables para las economías más
débiles. Podrá argumentarse que aquellos eran los procedimientos que se
entendían como "buenos negocios". Pero si se afirma eso, no podrá
sostenerse que el desarrollo comentado sea independiente de un tipo especial de
relación con otros pueblos. En cuarto lugar, se nos habla del avance científico
y técnico y de la iniciativa que se desarrolla en una economía
"libre". En cuanto al avance científico y técnico ha de saberse que
este opera desde que el hombre inventó la maza, la palanca, el fuego y así
siguiendo, en una acumulación histórica que no parece haberse ocupado mucho de
las leyes del mercado. Si, en cambio, se quiere decir que las economías
abundantes succionan talentos, pagan equipamiento e investigación y que, por
último, son motivadoras por una mejor remuneración, diremos que esto es así
desde épocas milenarias y que tampoco se debe a un tipo especial de economía
sino sencillamente a que en ese lugar existen recursos suficientes con
independencia del origen de tal potencialidad económica. En quinto lugar, queda
el expediente de explicar el progreso de esas comunidades por el intangible
"don" natural de especiales talentos, virtudes cívicas, laboriosidad,
organización y cosas
semejantes. Este ya no es un
argumento sino una declaración devocional en la que se escamotea la realidad
social e histórica que explica cómo se han formado esos pueblos.
Desde luego, tenemos mucho
desconocimiento para comprender cómo es que con semejantes antecedentes
históricos podrá sostenerse este esquema en el futuro inmediato pero eso forma
parte de otra discusión, la discusión en torno a si existe realmente tal
economía libre de mercado, o si se trata de proteccionismos y dirigismos encubiertos
que de pronto abren determinadas válvulas allí donde se sienten dominando una
situación y cierran otras en caso contrario. Si esto es así, todo lo que se
agregue como una promesa de avance quedará reservado solo a la explosión y
difusión de la ciencia y de la tecnología, independientemente del supuesto
automatismo de las leyes económicas.
Como ha sucedido hasta hoy,
cuando sea necesario se reemplazará el esquema vigente por otro que
"corrija" los defectos del modelo anterior. De ese modo y, paso a
paso, continuará concentrándose la riqueza en manos de una minoría cada vez más
poderosa. Es claro que la evolución no se detendrá, ni tampoco las legítimas
aspiraciones de los pueblos. Así es que en poco tiempo serán barridas las
últimas ingenuidades que aseguran el fin de las ideologías, las
confrontaciones, las guerras, las crisis económicas y los desbordes sociales.
Desde luego que tanto las soluciones como los conflictos se mundializarán
porque ya no quedarán puntos desconectados entre sí. También hay algo seguro:
ni los esquemas de dominación actuales podrán sostenerse, ni tampoco las
fórmulas de lucha que han tenido vigencia hasta el día de hoy.
Tanto la regionalización de los
mercados como la reivindicación localista y de las etnias, apuntan a la
desintegración del Estado nacional. La explosión demográfica en las regiones
pobres lleva la migración al límite del control. La gran familia campesina se
disgrega desplazando a la generación joven hacia el hacinamiento urbano. La
familia urbana industrial y post industrial se reduce al mínimo, mientras las
macrociudades absorben contingentes humanos formados en otros paisajes
culturales. Las crisis económicas y las reconversiones de los modelos
productivos hacen que la discriminación irrumpa nuevamente. Entre tanto, la
aceleración tecnológica y la producción masiva dejan obsoletos a los productos
en el instante de entrar en el circuito de consumo. El reemplazo de objetos se
corresponde con la inestabilidad y el desplazamiento en la relación humana. La
antigua solidaridad, heredera de lo que en algún momento se llamó
"fraternidad", ha terminado por perder significado. Los compañeros de
trabajo, de estudio, de deporte, y las amistades de otras épocas toman el
carácter de competidores; los miembros de la pareja luchan por el dominio,
calculando desde el comienzo de esa relación cómo será la cuota de beneficio al
mantenerse unidos, o cómo será la cuota al separarse. Nunca antes el mundo
estuvo tan comunicado, sin embargo los individuos padecen cada día más una
angustiosa incomunicación. Nunca los centros urbanos estuvieron más poblados,
sin embargo la gente habla de "soledad". Nunca las personas
necesitaron más que ahora del calor humano, sin embargo cualquier acercamiento
convierte en sospechosa a la amabilidad y la ayuda. Así han dejado a nuestra
pobre gente, haciéndole creer a todo infeliz que tiene algo importante que
perder y que ese "algo" etéreo, es codiciado por el resto de la humanidad!
En esas condiciones, se le puede contar este cuento como si se tratara de la
más auténtica realidad...
"La sociedad que se está
poniendo en marcha, traerá finalmente la abundancia. Pero aparte de los grandes
beneficios objetivos, ocurrirá una liberación subjetiva de la humanidad. La
antigua solidaridad, propia de la pobreza, no será necesaria. Ya muchos están
de acuerdo en que con dinero, o algo equivalente, se solucionarán casi todos
los problemas; por consiguiente los esfuerzos, pensamientos y sueños, estarán
lanzados en esa dirección. Con el dinero se comprará buena comida, buena
vivienda, viajes, diversiones, juguetes tecnológicos y personas que hagan lo
que uno quiera. Habrá un amor eficiente, un arte eficiente y unos sicólogos
eficientes que arreglarán los problemas personales que pudieran quedar y que
más adelante terminarán de resolver la nueva química cerebral y la ingeniería
genética.
"En esa sociedad de
abundancia disminuirá el suicidio, el alcoholismo, la drogadicción, la
inseguridad ciudadana y la delincuencia, como hoy ya muestran los países
económicamente más desarrollados (?). También desaparecerá la discriminación y
aumentará la comunicación entre las personas. Nadie estará aguijoneado por pensar
innecesariamente en el sentido de la vida, en la soledad, la enfermedad, la
vejez y la muerte porque con adecuados cursos y alguna ayuda terapéutica, se
logrará bloquear esos reflejos que tanto han detenido el rendimiento y la
eficiencia de las sociedades. Todos confiarán en todos porque la competencia en
el trabajo, en el estudio, en la pareja, terminará por establecer relaciones
maduras.
"Finalmente, las ideologías
habrán desaparecido y ya no se utilizarán para lavar el cerebro de la gente. Por
cierto que nadie impedirá la protesta o la disconformidad con temas menores,
siempre que para expresarse se pague a los canales adecuados. Sin confundir la
libertad con el libertinaje, los ciudadanos se reunirán en números pequeños
(por razones sanitarias) y podrán expresarse en lugares abiertos (sin perturbar
con sonidos contaminantes o con publicidad que afee al "municipio", o
como se llame más adelante).
"Pero lo más extraordinario
ocurrirá cuando ya no se requiera de control policial sino que cada ciudadano
sea alguien decidido que cuide a los demás de las mentiras que pudiera tratar
de inculcar algún terrorista ideológico. Esos defensores tendrán tanta
responsabilidad social que acudirán presurosos a los medios de comunicación en
los que encontrarán inmediata acogida para alertar a la población; escribirán
brillantes estudios que serán publicados inmediatamente y organizarán foros en
los que formadores de opinión de gran cultura esclarecerán a algún desprevenido
que todavía pudiera quedar a merced de las fuerzas oscuras del dirigismo
económico, del autoritarismo, la antidemocracia y el fanatismo religioso. Ni
siquiera será necesario perseguir a los perturbadores porque con un sistema de
difusión tan eficiente nadie querrá acercarse a ellos para no contaminarse. En
el peor de los casos, se los 'desprogramará' con eficacia y ellos agradecerán
públicamente su reinserción y el beneficio que les producirá reconocer las
bondades de la libertad. A su vez, aquellos esforzados defensores, si es que no
están enviados específicamente para cumplir esa importante misión, serán gente
común que podrá salir así del anonimato, ser reconocida socialmente por su
calidad moral, firmar autógrafos y, como es lógico, recibir una merecida
retribución.
"La Compañía será la gran
familia que favorecerá la capacitación, las relaciones y el esparcimiento. La
robótica habrá suplantado al esfuerzo físico de otras épocas y trabajar para la
Compañía desde la propia casa, será una verdadera realización personal.
"Así, la sociedad no necesitará
de organizaciones que no estén incluidas en la Compañía. El ser humano que
tanto ha luchado por su bienestar, finalmente habrá llegado a los cielos.
Saltando de planeta en planeta habrá descubierto la felicidad. Instalado allí
será un joven competitivo, seductor, adquisitivo, triunfador y pragmático
(sobre todo pragmático)... ejecutivo de la Compañía!"
El mundo está variando a gran
velocidad y muchas cosas que hasta hace poco eran creídas ciegamente ya no
pueden sostenerse. La aceleración está generando inestabilidad y desorientación
en todas las sociedades, sean estas pobres u opulentas. En este cambio de
situación, tanto las dirigencias tradicionales y sus "formadores de
opinión", como los antiguos luchadores políticos y sociales, dejan de ser
referencia para la gente. Sin embargo, está naciendo una sensibilidad que se
corresponde con los nuevos tiempos. Es una sensibilidad que capta al mundo como
una globalidad y que advierte que las dificultades de las personas en cualquier
lugar terminan implicando a otras aunque se encuentren a mucha distancia. Las
comunicaciones, el intercambio de bienes y el veloz desplazamiento de grandes
contingentes humanos de un punto a otro, muestran ese proceso de mundialización
creciente. También están surgiendo nuevos criterios de acción al comprenderse
la globalidad de muchos problemas, advirtiéndose que la tarea de aquellos que
quieren un mundo mejor será efectiva si se la hace crecer desde el medio en el
que se tiene alguna influencia. A diferencia de otras épocas llenas de frases
huecas con las que se buscaba reconocimiento externo, hoy se empieza a valorar
el trabajo humilde y sentido mediante el cual no se pretende agrandar la propia
figura sino cambiar uno mismo y ayudar a hacerlo al medio inmediato familiar,
laboral y de relación. Los que quieren realmente a la gente no desprecian esa
tarea sin estridencias, incomprensible en cambio para cualquier oportunista
formado en el antiguo paisaje de los líderes y la masa, paisaje en el que él
aprendió a usar a otros para ser catapultado hacia la cúspide social. Cuando
alguien comprueba que el individualismo esquizofrénico ya no tiene salida y
comunica abiertamente a todos sus conocidos qué es lo que piensa y qué es lo
que hace sin el ridículo temor a no ser comprendido; cuando se acerca a otros;
cuando se interesa por cada uno y no por una masa anónima; cuando promueve el
intercambio de ideas y la realización de trabajos en conjunto; cuando
claramente expone la necesidad de multiplicar esa tarea de reconexión en un
tejido social destruido por otros; cuando siente que aún la persona más
"insignificante" es de superior calidad humana que cualquier
desalmado puesto en la cumbre de la coyuntura epocal... cuando sucede todo
esto, es porque en el interior de ese alguien comienza a hablar nuevamente el
Destino que ha movido a los pueblos en su mejor dirección evolutiva, ese
Destino tantas veces torcido y tantas veces olvidado, pero reencontrado siempre
en los recodos de la historia. No solamente se vislumbra una nueva
sensibilidad, un nuevo modo de acción sino, además, una nueva actitud moral y
una nueva disposición táctica frente a la vida. Si se me apurara a precisar lo
enunciado más arriba diría que la gente, aunque esto se haya repetido desde
hace tres milenios, hoy experimenta novedosamente la necesidad y la verdad
moral de tratar a los demás como quisiera ser tratada. Agregaría que, casi como
leyes generales de comportamiento, hoy se aspira a: 1.- una cierta proporción,
tratando de ordenar las cosas importantes de la vida, llevándolas en conjunto y
evitando que algunas se adelanten y otras se atrasen excesivamente; 2.- una
cierta adaptación creciente, actuando a favor de la evolución (no simplemente
de la corta coyuntura) y haciendo el vacío a las distintas formas de involución
humana; 3.- una cierta oportunidad, retrocediendo ante una gran fuerza (no ante
cualquier inconveniente) y avanzando en su declinación; 4.- una cierta
coherencia, acumulando acciones que dan la sensación de unidad y acuerdo
consigo mismo, desechando aquellas que producen contradicción y que se
registran como desacuerdo entre lo que uno piensa, siente y hace. No creo que
sea el caso explicar por qué digo que se está "sintiendo la necesidad y la
verdad moral de tratar a los demás como uno quiere ser tratado", frente a
la objeción que pone el hecho de que así no se actúa en estos momentos. Tampoco
creo que deba alargarme en explicaciones acerca de lo que entiendo por
"evolución", o por "adaptación creciente" y no simplemente
por adaptación de permanencia. En cuanto a los parámetros del retroceder o
avanzar frente a grandes o declinantes fuerzas, sin duda que habría que contar
con indicadores ajustados que no he mencionado. Por último, esto de acumular
acciones unitivas frente a las situaciones contradictorias inmediatas que nos
toca vivir o, en sentido opuesto, desechar la contradicción, a todas luces
aparece como una dificultad. Eso es cierto, pero si se revisa lo comentado más
arriba se verá que he mencionado todas estas cosas dentro del contexto de un
tipo de comportamiento al que hoy comienza a aspirarse bastante diferente del
que se pretendía en otras épocas.
He tratado de anotar algunas
características especiales que se están presentando correspondientes a una
nueva sensibilidad, una nueva forma de acción interpersonal y un nuevo tipo de
comportamiento personal que, me parece, han rebasado la simple crítica de
situación. Sabemos que la crítica es siempre necesaria, pero cuánto más
necesario es hacer algo diferente a lo que criticamos!
Reciban con ésta, un gran
saludo.
Silo. 21/02/91.
Estimados amigos:
En carta anterior me referí a la
situación que nos toca vivir y a ciertas tendencias que muestran los
acontecimientos. Aproveché para discutir algunas propuestas que los defensores
de la economía de mercado anuncian como si se tratara de condiciones
ineludibles para todo progreso social. También destaqué el creciente deterioro
de la solidaridad y la crisis de referencias que se verifica en este momento.
Por último, esbocé algunas características positivas que comienzan a observarse
en lo que llamé "una nueva sensibilidad, una nueva actitud moral y una
nueva disposición táctica frente a la vida."
Algunos de mis corresponsales me
hicieron notar su desacuerdo con el tono de la carta ya que, según les pareció,
había en ella muchas cosas graves como para permitirse ironizar. Pero no
dramaticemos! Es tan inconsistente el sistema de pruebas que
aporta la ideología del
neoliberalismo, de la economía social de mercado y del Nuevo Orden Mundial que
la cosa no es como para fruncir el ceño. Lo que quiero decir es que tal
ideología está muerta en sus fundamentos desde hace mucho tiempo y que pronto
sobrevendrá la crisis práctica, de superficie, que es la que finalmente
perciben quienes confunden significado con expresión; contenido con forma;
proceso con coyuntura. Del mismo modo que las ideologías del fascismo y del
socialismo real habían muerto mucho tiempo antes que se produjera su descalabro
práctico posterior, el desastre del actual sistema sorprenderá a los
bienpensantes solo más adelante. ¿No tiene esto mucho de ridículo? Es como ver
muchas veces una película muy mala. Luego de tanta repetición nos dedicamos a
escudriñar en las paredes de mampostería, en los afeites de los actores y en
las tomas de efecto mientras a nuestro lado una señora se emociona por lo que
ve por primera vez y que, para ella, es la realidad misma. Así es que en mi
descargo digo que no me he burlado de la enorme tragedia que significa la
imposición de este sistema sino de sus monstruosas pretensiones y su grotesco
final, final que ya hemos presenciado en muchos casos anteriores.
También he recibido
correspondencia reclamando mayor precisión en la definición de actitudes que se
debería asumir frente al proceso de cambio actual. Sobre esto creo que será
mejor tratar de entender las posiciones que toman distintos grupos y personas
aisladas antes de hacer recomendaciones de cualquier tipo. Me limitaré pues a
presentar las posturas más populares dando mi opinión en los casos que me
parezcan de mayor interés.
En el lento progreso de la
humanidad se han ido acumulando factores hasta el momento actual en que la
velocidad de cambio tecnológico y económico no coincide con la velocidad de
cambio en las estructuras sociales y en el comportamiento humano. Este
desfasaje tiende a incrementarse y a generar crisis progresivas. A tal problema
se lo encara desde distintos puntos de vista. Están quienes suponen que el
desencaje se regulará automáticamente y, por tanto, recomiendan no tratar de
orientar ese proceso que, además, sería imposible dirigir. Se trata de una
tesis mecanicista optimista. Están otros que suponen que se va a un punto de
explosión irremediable. Es el caso de los mecanicistas pesimistas. También
aparecen las corrientes morales que pretenden detener el cambio y, en lo
posible, volver a supuestas fuentes reconfortantes. Ellas representan una
actitud antihistórica. Pero también los cínicos, los estoicos y los epicureístas
contemporáneos comienzan a elevar sus voces. Unos negando importancia y sentido
a toda acción; otros afrontando los hechos con entereza aún cuando todo salga
mal. Finalmente, los terceros, tratando de sacar partido de la situación y
pensando simplemente en su hipotético bienestar que extienden, a lo sumo, a sus
hijos. Como en las épocas finales de civilizaciones pasadas, mucha gente asume
actitudes de salvación individual suponiendo que no tiene sentido ni
posibilidad de éxito cualquier tarea que se emprenda en conjunto. En todo caso,
el conjunto tiene utilidad para la especulación estrictamente personal y por
ello los líderes empresariales, culturales o políticos necesitan manipular y
mejorar su imagen haciéndose creíbles, haciendo creer a otros que ellos piensan
y actúan en función de los demás. Desde luego que tal ocupación tiene sus
sinsabores porque todo el mundo conoce el truco y nadie cree en nadie. Los
antiguos valores religiosos, patrióticos, culturales, políticos y gremiales
quedan supeditados al dinero en un campo en que la solidaridad y, por tanto, la
oposición colectiva a ese esquema quedan barridas al tiempo que el tejido
social se descompone gradualmente. Luego sobrevendrá otra etapa en la que el
individualismo a ultranza será superado... pero ese es tema para más adelante.
Con nuestro paisaje de formación a cuestas y con nuestras creencias en crisis
no estamos en condiciones de admitir aún que se aproxima ese nuevo momento
histórico. Hoy, detentando una pequeña parcela de poder o dependiendo
absolutamente del poder de otros, todos nos encontramos tocados por el
individualismo en el que claramente lleva ventaja quien está mejor instalado en
el sistema.
Pero el individualismo lleva
necesariamente a la lucha por la supremacía del más fuerte y a la búsqueda del
éxito a cualquier precio. Tal postura comenzó con unos pocos que respetaron
ciertas reglas de juego entre sí frente a la obediencia de los muchos. De todas
maneras esta etapa se agotará en un "todos contra todos" porque tarde
o temprano se desbalanceará el poder a favor del más fuerte y el resto,
apoyándose entre sí o en otras facciones, terminará por desarticular tan frágil
sistema. Pero las minorías han ido cambiando con el desarrollo económico y
tecnológico, perfeccionando sus métodos a tal punto que en algunos lugares en
situación de abundancia las grandes mayorías desplazan su descontento hacia
aspectos secundarios de la situación que les toca vivir. Y se insinúa que aún
creciendo el nivel de vida global, las masas postergadas se contentarán
esperando una mejor situación a futuro porque ya no parece que cuestionarán
globalmente al sistema sino a ciertos aspectos de urgencia. Todo eso muestra un
giro importante en el comportamiento social. Si esto es así, la militancia por
el cambio se verá progresivamente afectada y las antiguas fuerzas políticas y
sociales quedarán vacías de propuestas; cundirá la fragmentación grupal e
interpersonal y el aislamiento individual será medianamente suplido por las
estructuras productoras de bienes y esparcimiento colectivo concentradas bajo
una misma dirección. En ese mundo paradojal se terminará de barrer con toda
centralización y burocratismo rompiéndose las anteriores estructuras de
dirección y decisión pero la mentada desregulación, descentralización,
liberalización de mercados y de actividades será el campo más adecuado para que
florezca una concentración como no la hubo en ninguna época anterior, porque la
absorción del capital financiero internacional seguirá creciendo en manos de
una banca cada vez más poderosa. Similar paradoja sufrirá la clase política al
tener que proclamar los nuevos valores que hacen perder poder al Estado, con lo
cual su protagonismo se verá cada vez más comprometido. Por algo se van
reemplazando desde hace tiempo palabras como "gobierno" por otras
como "administración" haciéndose comprender a los
"públicos" ( no a los "pueblos") que un país es una
empresa.
Por otra parte, y hasta tanto se
consolide un poder imperial mundial, podrán ocurrir conflictos regionales como
en su momento ocurrió entre países. Que tales confrontaciones se produzcan en
el campo económico o se desplacen a la arena de la guerra en áreas
restringidas; que como consecuencia ocurran desbordes incoherentes y masivos;
que caigan gobiernos completos y se terminen desintegrando países y zonas, en
nada afectará al proceso de concentración al que parece apuntar este momento
histórico. Localismos, luchas interétnicas, migraciones y crisis sostenidas, no
alterarán el cuadro general de concentración de poder. Y cuando la recesión y
la desocupación afecte también a las poblaciones de los países ricos, ya habrá
pasado la etapa de liquidación liberal y comenzarán las políticas de control,
coacción y emergencia al mejor estilo imperial... ¿quién podrá hablar entonces
de economía de libre mercado y qué importancia tendrá sostener posturas basadas
en el individualismo a ultranza?
Pero debo responder a otras
inquietudes que se me han hecho llegar respecto a la caracterización de la
crisis actual y sus tendencias.
Comentaremos la crisis del
Estado nacional, la crisis de regionalización y mundialización, y la crisis de
la sociedad, el grupo y el individuo.
En el contexto de un proceso de
mundialización creciente se acelera la información y aumenta el desplazamiento
de personas y bienes. La tecnología y el poder económico en aumento se
concentran en empresas cada vez más importantes. El mismo fenómeno de
aceleración en el intercambio, choca con las limitaciones y el enlentecimiento
que imponen antiguas estructuras como el Estado nacional. El resultado es que
tienden a borrarse las fronteras nacionales dentro de cada región. Esto lleva a
que deba homogeneizarse la legislación de los países no solo en materia de
tasas aduaneras y documentación personal sino en aquello que hace a la
adaptación de sus sistemas productivos. El régimen laboral y de seguridad
social, siguen la misma dirección. Continuos acuerdos entre esos países
muestran que un parlamento, un sistema judicial y un ejecutivo común, darán
mayor eficacia y velocidad a la gestión de esa región. La primitiva moneda
nacional va cediendo paso a un tipo de signo de intercambio regional que evita
pérdidas y demoras en cada operación de conversión. La crisis del Estado
nacional es un hecho observable no solamente en aquellos países que tienden a
incluirse en un mercado regional, sino en otros cuyas maltrechas economías
muestran un detenimiento relativo importante. En todas partes se alzan voces
contra las burocracias anquilosadas y se pide la reforma de esos esquemas. En
puntos en que un país se ha configurado como resultado reciente de particiones
y anexiones, o como artificial federación, se avivan antiguos rencores y
diferencias localistas, étnicas y religiosas. El Estado tradicional tiene que
hacer frente a esa situación centrífuga en medio de crecientes dificultades
económicas que cuestionan precisamente su eficacia y legitimidad. Fenómenos de
ese tipo tienden a crecer en el centro de Europa, en el Este y en los Balcanes.
Estas dificultades también se profundizan en Medio Oriente, Levante y Asia
Anterior. En el Africa, en varios países delimitados artificialmente, comienzan
a observarse los mismos síntomas. Acompañando a esa descomposición comienzan
las migraciones de pueblos hacia las fronteras poniendo en peligro el
equilibrio zonal. Bastará que ocurra un importante desequilibrio en China para
que más de una región sea afectada directamente por el fenómeno, considerando
además la inestabilidad actual de la antigua Unión Soviética y de los países
asiáticos continentales.
Entre tanto se han configurado
centros económica y tecnológicamente poderosos que asumen carácter regional: el
Extremo Oriente liderado por Japón, Europa y Estados Unidos. El despegue e
influencia de esas zonas muestra un aparente policentrismo, pero el desarrollo
de los acontecimientos señala que Estados Unidos suma a su poder tecnológico,
económico y político, su fuerza militar en condiciones de controlar las más
importantes áreas de abastecimiento. En el proceso de mundialización creciente
tiende a levantarse esta superpotencia como rectora del proceso actual, en
acuerdo o desacuerdo con los poderes regionales. Este es el significado último
del Nuevo Orden Mundial. Al parecer no ha llegado aún la época de la paz aunque
se haya disipado, de momento, la amenaza de guerra mundial. Explosiones
localistas, étnicas y religiosas; desbordes sociales; migraciones y conflictos
bélicos en áreas restringidas, parecen amenazar la supuesta estabilidad actual.
Por otra parte, las áreas postergadas se alejan cada vez más del crecimiento de
las zonas tecnológica y económicamente aceleradas y este desfasaje relativo
agrega al esquema dificultades adicionales. El caso de América Latina es
ejemplar en este aspecto porque aún cuando la economía de varios de sus países
experimente un crecimiento importante en los próximos años, la dependencia
respecto a los centros de poder se hará cada vez más notoria.
Mientras crece el poder regional
y mundial de las compañías multinacionales, mientras se concentra el capital
financiero internacional, los sistemas políticos pierden autonomía y la
legislación se adecúa a los dictámenes de los nuevos poderes. Numerosas
instituciones pueden hoy ser suplidas directa o indirectamente por los
departamentos o las fundaciones de la Compañía que está en condiciones en
algunos puntos de asistir al nacimiento, capacitación, ubicación laboral,
matrimonio, esparcimiento, información, seguridad social, jubilación y muerte
de sus empleados y sus hijos. El ciudadano ya puede, en ciertos lugares,
sortear aquellos viejos trámites burocráticos tendiendo a manejarse con una
tarjeta de crédito y, poco a poco, con una moneda electrónica en la que constarán
no solamente sus gastos y depósitos sino todo tipo de antecedentes
significativos y situación actual debidamente computada. Desde luego que todo
esto ya libera a unos pocos de enlentecimientos y preocupaciones secundarias
pero estas ventajas personales servirán también a un sistema de control
embozado. Al lado del crecimiento tecnológico y la aceleración del ritmo de
vida la participación política disminuye, el poder de decisión se hace remoto y
cada vez más intermediado. La familia se reduce y estalla en parejas cada vez
más móviles y cambiantes, la comunicación interpersonal se bloquea, la amistad
desaparece y la competencia envenena todas las relaciones humanas al punto que
desconfiando todos de todos, la sensación de inseguridad ya no se basa en el hecho
objetivo del aumento de la criminalidad sino sobre todo en un estado de ánimo.
Debe agregarse que la solidaridad social, grupal e interpersonal desaparece
velozmente, que la drogadicción y el alcoholismo hacen estragos, que el
suicidio y la enfermedad mental tienden a incrementarse peligrosamente. Desde
luego que en todas partes existe una mayoría saludable y razonable pero los
síntomas de tanto desencaje no nos permiten ya hablar de una sociedad sana. El
paisaje de formación de las nuevas generaciones cuenta con todos los elementos
de crisis que hemos citado al pasar y no forma parte de su vida solamente su
capacitación técnica y laboral, las telenovelas, las recomendaciones de los
opinadores de los medios masivos, las declamaciones sobre la perfección del
mundo en que vivimos o, para la juventud más favorecida, el esparcimiento de la
motocicleta, los viajes, la ropa, el deporte, la música y los artefactos
electrónicos. Este problema del paisaje de formación en las nuevas generaciones
amenaza con abrir enormes brechas entre grupos de distintas edades poniendo
sobre el tapete una dialéctica generacional virulenta de gran profundidad y de
enorme extensión geográfica. Está claro que se ha instalado en la cúspide de la
escala de valores el mito del dinero y a él, crecientemente, se subordina todo.
Un contingente importante de la sociedad no quiere oír nada de aquello que le
recuerde el envejecimiento y la muerte, descalificando todo tema que se
relacione con el sentido y significado de la vida. Y en esto debemos reconocer
una cierta razonabilidad por cuanto la reflexión sobre esos puntos no coincide
con la escala de valores establecida en el sistema. Son demasiado graves los
síntomas de la crisis como para no verlos y, sin embargo, unos dirán que es el
precio que hay que pagar para existir a fines del siglo XX. Otros afirmarán que
estamos entrando en el mejor de los mundos. El trasfondo que opera en esas
afirmaciones está puesto por el momento histórico en el que el esquema global
de situación no ha hecho crisis aunque las crisis particulares cundan por
doquier, pero a medida que los síntomas de la descomposición se aceleren
cambiará parejamente la apreciación de los acontecimientos porque se sentirá la
necesidad de establecer nuevas prioridades y nuevos proyectos de vida.
El desarrollo científico y
tecnológico no puede ser cuestionado por el hecho de que algunos adelantos
hayan sido o sean utilizados en contra de la vida y el bienestar. En los casos
en que se cuestiona a la tecnología se debería hacer una previa reflexión
respecto a las características del sistema que utiliza el avance del saber con
fines espurios. El progreso en medicina, comunicaciones, robótica, ingeniería
genética y otros tantos campos, desde luego que puede ser aprovechado en
dirección destructiva. Otro tanto vale respecto a la utilización de la técnica
en la explotación irracional de recursos, polución industrial, contaminación y
deterioro ambiental. Pero todo ello denuncia el signo negativo que comanda la
economía y los sistemas sociales. Así, bien sabemos que hoy se está en
condiciones de solucionar los problemas de alimentación de toda la humanidad y
sin embargo comprobamos a diario que existen hambrunas, desnutrición y
padecimientos infrahumanos porque el sistema no está en disposición de abocarse
a esos problemas resignando sus fabulosas ganancias a cambio de una mejora
global del nivel humano. También advertimos que las tendencias hacia las
regionalizaciones y, finalmente, hacia la mundialización están siendo
manipuladas por intereses particulares en desmedro de los grandes conjuntos.
Pero está claro que aún en esa distorsión se abre paso el proceso hacia una
nación humana universal. El cambio acelerado que se está presentando en el
mundo lleva a una crisis global del sistema y a un consecuente reordenamiento
de factores. Todo ello será la condición necesaria para lograr una estabilidad
aceptable y un desarrollo armónico del planeta. Por consiguiente, a pesar de
las tragedias que pueden avisorarse en la descomposición de este sistema global
actual la especie humana prevalecerá sobre todo interés particular. En la
comprensión de la dirección de la historia que comenzó en nuestros antepasados
homínidas radica nuestra fe en el futuro. Esta especie que ha trabajado y
luchado durante millones de años para vencer el dolor y el sufrimiento no
sucumbirá en el absurdo. Por ello es necesario comprender procesos más amplios
que simples coyunturas y apoyar todo lo que marche en dirección evolutiva aún
cuando no se vean sus resultados inmediatos. El descorazonamiento de los seres
humanos valerosos y solidarios retrasa el paso de la historia. Pero es difícil
comprender ese sentido si la vida personal no se organiza y orienta también en
dirección positiva. Aquí no están en juego factores mecánicos o determinismos
históricos, está en juego la intención humana que tiende a abrirse paso ante
todas las dificultades.
Espero, mis amigos, pasar a
temas más reconfortantes en la próxima carta dejando de lado la observación de factores
negativos para esbozar propuestas acordes con nuestra fe en un futuro mejor
para todos.
Reciban con esta, un gran
saludo.
Silo. 05/12/91
Estimados amigos:
Espero que la presente sirva
para ordenar y simplificar mis opiniones respecto a la situación actual.
También quisiera considerar ciertos aspectos de la relación entre los
individuos, y entre ellos y el medio social en que viven.
En esta época de gran cambio
están en crisis los individuos, las instituciones y la sociedad. El cambio será
cada vez más rápido y también las crisis individuales, institucionales y
sociales. Esto anuncia perturbaciones que tal vez no sean asimiladas por
amplios sectores humanos.
Las transformaciones que están
ocurriendo toman direcciones inesperadas produciendo desorientación general
respecto al futuro y a lo que se debe hacer en el presente. En realidad no es
el cambio lo que nos perturba ya que en él observamos muchos aspectos
positivos. Lo que nos inquieta es no saber en qué dirección va el cambio y
hacia donde orientar nuestra actividad.
El cambio está ocurriendo en la
economía, en la tecnología y en la sociedad; sobre todo está operando en
nuestras vidas: en nuestro medio familiar y laboral, en nuestras relaciones de
amistad. Se están modificando nuestras ideas y lo que habíamos creído sobre el
mundo, sobre las demás personas y sobre nosotros mismos. Muchas cosas nos
estimulan pero otras nos confunden y paralizan. El comportamiento de los demás
y el propio nos parece incoherente, contradictorio y sin dirección clara, tal
como ocurre con los acontecimientos que nos rodean.
Por lo tanto, es fundamental dar
dirección a ese cambio inevitable y no hay otra forma de hacerlo que empezando
por uno mismo. En uno mismo debe darse dirección a estos cambios desordenados
cuyo rumbo desconocemos.
Como los individuos no existen
aislados, si realmente direccionan su vida modificarán la relación con otros en
su familia, en su trabajo y en donde les toque actuar. Este no es un problema
sicológico que se resuelve adentro de la cabeza de individuos aislados, sino
que se resuelve cambiando la situación en que se vive con otros mediante un
comportamiento coherente. Cuando celebramos éxitos o nos deprimimos por
nuestros fracasos, cuando hacemos planes a futuro o nos proponemos introducir
cambios en nuestra vida olvidamos el punto fundamental: estamos en situación de
relación con otros. No podemos explicar lo que nos ocurre, ni elegir, sin
referencia a ciertas personas y a ciertos ámbitos sociales concretos. Esas
personas que tienen especial importancia para nosotros y esos ámbitos sociales
en los que vivimos nos ponen en una situación precisa desde la que pensamos,
sentimos y actuamos. Negar esto o no tenerlo en cuenta crea enormes
dificultades. Nuestra libertad de elección y acción está delimitada por la
situación en que vivimos. Cualquier cambio que deseemos operar no puede ser
planteado en abstracto sino con referencia a la situación en que vivimos.
Si pudiéramos pensar, sentir y
actuar en la misma dirección, si lo que hacemos no nos creara contradicción con
lo que sentimos, diríamos que nuestra vida tiene coherencia. Seríamos
confiables ante nosotros mismos, aunque no necesariamente confiables para
nuestro medio inmediato. Deberíamos lograr esa misma coherencia en la relación
con otros tratando a los demás como quisiéramos ser tratados. Sabemos que puede
existir una especie de coherencia destructiva como observamos en los racistas,
los explotadores, los fanáticos y los violentos, pero está clara su incoherencia en la relación porque
tratan a otros de un modo muy distinto al que desean para sí mismos. Esa unidad
de pensamiento, sentimiento y acción, esa unidad en el trato que se pide con el
trato que se da, son ideales que no se realizan en la vida diaria. Este es el
punto. Se trata de un ajuste de conductas a esas propuestas, se trata de
valores que tomados con seriedad direccionan la vida independientemente de las
dificultades que se enfrenten para realizarlos. Si observamos bien las cosas,
no estáticamente sino en dinámica, comprenderemos esto como una estrategia que
debe ir ganando terreno a medida que pase el tiempo. Aquí sí valen las
intenciones aunque las acciones no coincidan al comienzo con ellas, sobre todo
si aquellas intenciones son sostenidas, perfeccionadas y ampliadas. Esas
imágenes de lo que se desea lograr son referencias firmes que dan dirección en
toda situación. Y esto que decimos no es tan complicado. No nos sorprende, por
ejemplo, que una persona oriente su vida para lograr una gran fortuna, sin
embargo esta puede saber por anticipado que no lo logrará. De todas maneras, su
ideal la impulsa aunque no tenga resultados relevantes. ¿Por qué entonces, no
se puede entender que aunque la época sea adversa al trato que se pide con el
trato que se da, aunque sea adversa a pensar, sentir y actuar en la misma dirección,
esos ideales de vida pueden dar dirección a las acciones humanas?
Pensar, sentir y actuar en la
misma dirección, y tratar a otros como uno desea ser tratado, son dos
propuestas tan sencillas que pueden ser entendidas como simples ingenuidades
por gente habituada a las complicaciones. Sin embargo, tras esa aparente
candidez hay una nueva escala de valores en cuyo punto más alto se pone la
coherencia; una nueva moral para la que no es indiferente cualquier tipo de
acción; una nueva aspiración que implica ser consecuentes en el esfuerzo por
dar dirección a los acontecimientos humanos. Tras esa aparente candidez se
apuesta por el sentido de la vida personal y social que será verdaderamente
evolutivo o marchará a la desintegración. No podemos ya confiar en que viejos
valores den cohesión a las personas en un tejido social que día a día se
deteriora por la desconfianza, el aislamiento y el individualismo crecientes.
La antigua solidaridad entre los miembros de clases, asociaciones,
instituciones y grupos va siendo reemplazada por la competencia salvaje a la
que no escapa la pareja ni la hermandad familiar. En este proceso de demolición no se elevará una nueva solidaridad en
base a ideas y comportamientos de un mundo que se fue, sino gracias a la
necesidad concreta de cada uno por direccionar su vida, para lo cual tendrá que
modificar a su propio medio. Esa modificación, si es verdadera y profunda,
no puede ponerse en marcha por imposiciones, por leyes externas o por
fanatismos de cualquier tipo sino por el poder de la opinión y de la acción
mínima conjunta entre las personas que forman parte del medio en que uno vive.
Sabemos que al cambiar
positivamente nuestra situación estaremos influyendo en nuestro medio y otras
personas compartirán este punto de vista dando lugar a un sistema de relaciones
humanas en crecimiento. Tendremos que preguntarnos: ¿por qué deberíamos ir más
allá de donde empezamos? Sencillamente por coherencia con la propuesta de
tratar a otros como queremos que nos traten. ¿O acaso no llevaríamos a los
demás algo que ha resultado fundamental para nuestra vida? Si la influencia
comienza a desarrollarse es porque las relaciones, y por tanto los componentes
de nuestro medio, se han ampliado. Esta es una cuestión que deberíamos tener en
cuenta desde el comienzo porque aún cuando nuestra acción empieza aplicándose
en un punto reducido, la proyección de esa influencia puede llegar muy lejos.
No tiene nada de extraño pensar que otras personas decidan sumarse en la misma
dirección. Después de todo, los grandes movimientos históricos han seguido el
mismo camino: comenzaron pequeños, como es lógico, y se desarrollaron gracias a
que la gente los consideró intérpretes de sus necesidades e inquietudes. Actuar
en el medio inmediato, pero con la mirada puesta en el progreso de la sociedad
es coherente con todo lo dicho. De otro modo, ¿para qué haríamos referencia a
una crisis global que debe ser enfrentada resueltamente si todo terminara en
individuos aislados para quienes los demás no tienen importancia? Por necesidad
de la gente que coincida en dar una nueva dirección a su vida y a los
acontecimientos, surgirán ámbitos de discusión y comunicación directa. Más
adelante, la difusión a través de todos los medios permitirá ampliar la
superficie de contacto. Otro tanto ocurrirá con la creación de organismos e
instituciones compatibles con este planteamiento.
Ya hemos comentado que es tan
veloz y tan inesperado el cambio, que este impacto se está recibiendo como
crisis en la que se debaten sociedades enteras, instituciones e individuos. Por
ello es imprescindible dar dirección a los acontecimientos. Sin embargo, ¿cómo
podría uno hacerlo sometido como está a la acción de sucesos mayores? Es
evidente que uno puede direccionar solo aspectos inmediatos de su vida y no el
funcionamiento de las instituciones ni de la sociedad. Por otra parte,
pretender dar dirección a la propia vida no es cosa fácil ya que cada cual vive
en situación, no vive aislado, vive en un medio. A este medio podemos verlo tan
amplio como el Universo, la Tierra, el país, el estado o provincia, etc. Sin
embargo, hay un medio inmediato que
es donde desarrollamos nuestras
actividades. Tal medio es familiar, laboral, de amistades, etc. Vivimos en
situación con referencia a otras personas y ese es nuestro mundo particular del
que no podemos prescindir. El actúa sobre nosotros y nosotros sobre él de un
modo directo. Si tenemos alguna influencia, es sobre ese medio inmediato. Pero
ocurre que tanto la influencia que ejercemos como la que recibimos están
afectadas, a su vez, por situaciones más generales, por la crisis y la
desorientación.
Si se quisiera dar alguna
dirección a los acontecimientos habría que empezar por la propia vida y, para
hacerlo, tendríamos que tener en cuenta al medio en el que actuamos. Ahora
bien, ¿a qué dirección podemos aspirar? Sin duda a la que nos proporcione
coherencia y apoyo en un medio tan cambiante e imprevisible. Pensar, sentir y
actuar en la misma dirección es una propuesta de coherencia en la vida. Sin
embargo, esto no es fácil porque nos encontramos en una situación que no hemos
elegido completamente. Estamos haciendo cosas que necesitamos aunque en gran
desacuerdo con lo que pensamos y sentimos. Estamos puestos en situaciones que
no gobernamos. Actuar con coherencia más que un hecho es una intención, una
tendencia que podemos tener presente de manera que nuestra vida se vaya direccionando
hacia ese tipo de comportamiento. Es claro que únicamente influyendo en ese
medio podremos cambiar parte de nuestra situación. Al hacerlo, estaremos
direccionando la relación con otros y otros compartirán tal conducta. Si a lo
anterior se objeta que algunas personas cambian de medio con cierta frecuencia
en razón de su trabajo o por otros motivos, responderemos que eso no modifica
en nada lo planteado ya que siempre se estará en situación, siempre se estará
en un medio dado. Si pretendemos coherencia, el trato que demos a los demás
tendrá que ser del mismo género que el trato que exigimos para nosotros. Así,
en estas dos propuestas encontramos los elementos básicos de dirección hasta
donde llegan nuestras fuerzas. La coherencia avanza en tanto avance el pensar,
sentir y actuar en la misma dirección. Esta coherencia se extiende a otros,
porque no hay otra manera de hacerlo, y al extenderse a otros comenzamos a
tratarlos del modo que quisiéramos ser tratados. Coherencia y solidaridad son
direcciones, aspiraciones de conductas a lograr.
¿Cómo avanzar en dirección
coherente? En primer término, necesitaremos una cierta proporción en lo que hacemos
cotidianamente. Es necesario establecer cuáles son las cuestiones más
importantes en nuestra actividad. Debemos priorizar lo fundamental para que las
cosas funcionen, luego lo secundario, y así siguiendo. Posiblemente con atender
a dos o tres prioridades tengamos un buen cuadro de situación. Las prioridades
no pueden invertirse, no pueden tampoco separarse tanto que se desequilibre
nuestra situación. Las cosas deben ir en conjunto, no aisladamente, evitando
que unas se adelanten y otras se atrasen. Frecuentemente nos cegamos por la
importancia de una actividad y, de esta suerte, se nos desbalancea el
conjunto... al final lo que considerábamos tan importante tampoco puede
realizarse porque nuestra situación general ha quedado afectada. También es cierto
que a veces se presentan asuntos de urgencia a los que debemos abocarnos, pero
es claro que no se puede vivir postergando otros que hacen al cuidado de la
situación general en que vivimos. Establecer prioridades y llevar la actividad
en proporción adecuada es un avance evidente en dirección a la coherencia.
Existe una rutina cotidiana dada
por los horarios, los cuidados personales y el funcionamiento de nuestro medio.
Sin embargo, dentro de esas pautas hay una dinámica y riqueza de
acontecimientos que las personas superficiales no saben apreciar. Hay quienes
confunden su vida con sus rutinas pero esto no es así en absoluto ya que muy
frecuentemente deben elegir dentro de las condiciones que les impone el medio.
Por cierto, vivimos entre inconvenientes y contradicciones pero convendrá no
confundir ambos términos. Entendemos por "inconvenientes" a las
molestias e impedimentos que afrontamos. No son enormemente graves, pero desde
luego que si son numerosos y repetidos acrecientan nuestra irritación y fatiga.
Por cierto, estamos en condiciones de superarlos. No determinan la dirección de
nuestra vida ni impiden que llevemos adelante un proyecto, son obstáculos en el
camino que van desde la menor dificultad física a problemas en los que estamos
a punto de perder el rumbo. Los inconvenientes admiten una gradación importante
pero se mantienen en un límite que no impide avanzar. Algo distinto ocurre con
lo que llamamos "contradicciones". Cuando nuestro proyecto no puede
ser realizado, cuando los acontecimientos nos lanzan en una dirección opuesta a
la deseada, cuando nos encontramos en un círculo vicioso que no podemos romper,
cuando no podemos direccionar mínimamente a nuestra vida, estamos tomados por
la contradicción. La contradicción es una suerte de inversión en la correntada
de la vida que nos lleva a retroceder sin esperanza. Estamos describiendo el
caso en que la incoherencia se presenta con mayor crudeza. En la contradicción
se opone lo que pensamos, lo que sentimos y hacemos. A pesar de todo siempre
hay posibilidad de direccionar la vida, pero es necesario saber cuándo hacerlo.
La oportunidad de las acciones es algo que no tenemos en cuenta en la rutina
cotidiana y esto es así porque muchas cosas están codificadas. Pero en
referencia a los inconvenientes importantes y a las contradicciones, las
decisiones que tomamos no pueden estar expuestas a la catástrofe. En términos
generales, debemos retroceder ante una gran fuerza y avanzar con resolución
cuando esa fuerza se debilite. Hay una gran diferencia entre el temeroso que
retrocede o se inmoviliza ante cualquier inconveniente y el que actúa
sobreponiéndose a las dificultades sabiendo que, precisamente, avanzando puede
sortearlas. Ocurre, a veces, que no es posible avanzar porque se levanta un
problema superior a nuestras fuerzas y arremeter sin cálculo nos lleva al
desastre. El gran problema que enfrentemos será también dinámico y la relación
de fuerzas cambiará, o porque vamos creciendo en influencia, o porque su
influencia disminuye. Rota la relación anterior es el momento de proceder con
resolución ya que una indecisión o una postergación hará que nuevamente se
modifiquen los factores. La ejecución de la acción oportuna es la mejor
herramienta para producir cambios de dirección.
Consideremos el tema de la
dirección, de la coherencia que queremos lograr. Adaptarnos a ciertas
situaciones tendrá que ver con esa propuesta porque adaptarnos a lo que nos
lleva en dirección opuesta a la coherencia es una gran incoherencia. Los
oportunistas padecen de una gran miopía respecto a este tema. Ellos consideran
que la mejor forma de vivir es la aceptación de todo, es la adaptación a todo;
piensan que aceptar todo siempre que provenga de quienes tienen poder, es una
gran adaptación, pero es claro que su vida dependiente está muy lejos de lo que
entendemos por coherencia. Distinguimos entre la desadaptación que nos impide
ampliar nuestra influencia, la adaptación decreciente que nos deja en la
aceptación de las condiciones establecidas y la adaptación creciente que hace
crecer nuestra influencia en dirección a las propuestas que hemos venido
comentando.
Sinteticemos lo dicho:
1.- Hay un cambio veloz en el
mundo, motorizado por la revolución tecnológica, que está chocando con las
estructuras establecidas y con la formación y los hábitos de vida de las
sociedades y los individuos. 2.- Este desfasaje genera crisis progresivas en
todos los campos y no hay por qué suponer que va a detenerse sino,
inversamente, tenderá a incrementarse. 3.- Lo inesperado de los acontecimientos
impide prever qué dirección tomarán los hechos, las personas que nos rodean y,
en definitiva, nuestra propia vida. 4.- Muchas de las cosas que pensábamos y
creíamos ya no nos sirven. Tampoco están a la vista soluciones que provengan de
una sociedad, unas instituciones y unos individuos que padecen el mismo mal.
5.- Si decidimos trabajar para hacer frente a estos problemas tendremos que dar
dirección a nuestra vida buscando coherencia entre lo que pensamos, sentimos y
hacemos. Como no estamos aislados esa coherencia tendrá que llegar a la
relación con otros, tratándolos del modo que queremos para nosotros. Estas dos
propuestas no pueden ser cumplidas rigurosamente, pero constituyen la dirección
que necesitamos sobre todo si las tomamos como referencias permanentes y
profundizamos en ellas. 6.- Vivimos en relación inmediata con otros y es en ese
medio donde hemos de actuar para dar dirección favorable a nuestra situación.
Esta no es una cuestión sicológica, una cuestión que pueda arreglarse en la
cabeza aislada de los individuos, este es un tema relacionado con la situación
en que se vive. 7.- Siendo consecuentes con las propuestas que tratamos de
llevar adelante, llegaremos a la conclusión que lo positivo para nosotros y
nuestro medio inmediato debe ser ampliado a toda la sociedad. Junto a otros que
coinciden en la misma dirección implementaremos los medios más adecuados para
que una nueva solidaridad encuentre su rumbo. Por ello, aún actuando tan
específicamente en nuestro medio inmediato, no perderemos de vista una
situación global que afecta a todos los seres humanos y que requiere de nuestra
ayuda así como nosotros necesitamos la ayuda de los demás. 8.- Los cambios
inesperados nos llevan a plantear seriamente la necesidad de direccionar
nuestra vida. 9.- La coherencia no empieza y termina en uno sino que está
relacionada con un medio, con otras personas. La solidaridad es un aspecto de
la coherencia personal. 10.- La proporción en las acciones consiste en
establecer prioridades de vida y operar en base a ellas evitando que se
desequilibren. 11.- La oportunidad del accionar tiene en cuenta retroceder ante
una gran fuerza y avanzar con resolución cuando esta se debilita. Esta idea es
importante a los efectos de producir cambios en la dirección de la vida si
estamos sometidos a la contradicción. 12.- Es tan inconveniente la
desadaptación en un medio sobre el que no podemos cambiar nada, como la adaptación
decreciente en la que nos limitamos a aceptar las condiciones establecidas. La
adaptación creciente consiste en el aumento de nuestra influencia en el medio y
en dirección coherente.
Reciban con ésta, un gran
saludo.
Silo. 17/12/91.
Estimados amigos:
En cartas anteriores di mi
opinión de la sociedad, de los grupos humanos y de los individuos, con
referencia a este momento de cambio y pérdida de referencias que nos toca
vivir; critiqué ciertas tendencias negativas en el desarrollo de los
acontecimientos y destaqué las posturas más conocidas de quienes pretenden dar
respuesta a las urgencias del momento. Está claro que todas las apreciaciones,
bien o mal formuladas, responden a mi particular punto de vista y éste, a su
vez, se emplaza en un conjunto de ideas que le sirven de base. Seguramente por
esto, he recibido sugerencias en las que se me anima a explicitar desde
"dónde" hago mis críticas o desarrollo mis propuestas. Después de
todo se puede decir cualquier cosa con mucha o poca originalidad, como sucede
con las ocurrencias que tenemos a diario y que no pretendemos justificar. Esas
ocurrencias hoy pueden ser de un tipo y mañana del tipo opuesto no pasando de
la frivolidad de la apreciación cotidiana. Por esto, en general, cada día
creemos menos en las opiniones de los demás y de nosotros mismos dando por
sentado que se trata de apreciaciones de coyuntura que pueden cambiar en pocas
horas, como sucede con las oportunidades bursátiles. Y si en las opiniones hay
algo con mayor permanencia en todo caso es lo consagrado por la moda que luego
es reemplazado por la moda siguiente. No estoy haciendo una defensa del
inmovilismo en el campo de las opiniones, sino destacando la falta de
consistencia en las mismas, porque en verdad sería muy interesante que el
cambio ocurriera en base a una lógica interna y no de acuerdo al soplo de
vientos erráticos. Pero quién está para aguantar lógicas internas en una época
de manotazos de ahogado! Ahora mismo, mientras escribo, advierto que lo dicho no
puede entrar en la cabeza de ciertos lectores porque a estas alturas no habrán
encontrado tres posibles códigos exigidas por ellos: 1.- que lo que se está
explicando les sirva de esparcimiento, ó 2.- que les muestre ya mismo cómo
pueden utilizarlo en su negocio, ó 3.- que coincida con lo consagrado por la
moda. Tengo la certeza de que esta parrafada que comienza con "Estimados
amigos:" y que llega hasta aquí, los deja totalmente desorientados como si
estuviéramos escribiendo en sánscrito. Sin embargo, es de verse cómo esas
mismas personas comprenden cosas difíciles que van desde las operaciones
bancarias más sofisticadas a las delicias de la técnica administrativa
computada. A esos tales les resulta imposible comprender que estamos hablando
de las opiniones, de los puntos de vista y de las ideas que les sirven de base;
que estamos hablando de la imposibilidad de ser entendidos en las cosas más
simples si no se corresponden con el paisaje que tienen montado por su
educación y sus compulsiones. Así están las cosas!
Despejado lo anterior trataré de
resumir en esta carta las ideas que fundamentan mis opiniones, críticas y
propuestas, teniendo especial cuidado de no ir mucho más allá del slogan
publicitario porque, como explica el sabio periodismo especializado, las ideas
organizadas son "ideologías" y estas, como las doctrinas, son
herramientas de lavado de cerebro de quienes se oponen a la libertad de
comercio y economía social de mercado de las opiniones. Hoy, respondiendo a las
exigencias del Postmodernismo, es decir, a las exigencias de la "haut-
couture" (ropa de noche, corbata mariposa, hombreras, zapatillas y
chaqueta arremangada); de la arquitectura decontructivista y de la decoración
desestructurada, estamos exigidos a que no encajen las piezas del discurso. Y a
no olvidar que la crítica del lenguaje también repudia lo sistemático,
estructural y procesal...! Desde luego que todo ello se corresponde con la
ideología dominante de la Company que siente horror por la Historia y por las
ideas en cuya formación no participó y entre las que no ha podido colocar un
sustancioso porcentaje de acciones.
Bromas aparte, comencemos ya con
el inventario de nuestras ideas, por lo menos de las que consideramos más
importantes. Debo resaltar que buena parte de ellas fueron presentadas en la
conferencia que di en Santiago de Chile el 23/05/91.
Nuestra concepción no se inicia
admitiendo generalidades, sino estudiando lo particular de la vida humana; lo
particular de la existencia; lo particular del registro personal del pensar, el
sentir y el actuar. Esta postura inicial la hace incompatible con todo sistema
que arranque desde la "idea", desde la "materia", desde el
"inconsciente", desde la "voluntad", desde la
"sociedad", etc. Si alguien admite o rechaza cualquier concepción,
por lógica o extravagante que esta sea, siempre él mismo estará en juego
admitiendo o rechazando. El estará en juego, no la sociedad, o el inconsciente,
o la materia.
Hablemos pues de la vida humana.
Cuando me observo, no desde el punto de vista fisiológico sino existencial, me
encuentro puesto en un mundo dado, no construido ni elegido por mi. Me
encuentro en situación respecto a fenómenos que empezando por mi propio cuerpo
son ineludibles. El cuerpo como constituyente fundamental de mi existencia es,
además, un fenómeno homogéneo con el mundo natural en el que actúa y sobre el
cual actúa el mundo. Pero la naturalidad del cuerpo tiene para mí diferencias
importantes con el resto de los fenómenos, a saber: 1.- el registro inmediato
que poseo de él; 2.- el registro que mediante él tengo de los fenómenos
externos y 3.- la disponibilidad de alguna de sus operaciones merced a mi
intención inmediata.
Pero ocurre que el mundo se me presenta
no solamente como un conglomerado de objetos naturales sino como una
articulación de otros seres humanos y de objetos y signos producidos o
modificados por ellos. La intención que advierto en mí aparece como un elemento
interpretativo fundamental del comportamiento de los otros y así como
constituyo al mundo social por comprensión de intenciones, soy constituido por
él. Desde luego, estamos hablando de intenciones que se manifiestan en la
acción corporal. Es gracias a las expresiones corporales o a la percepción de
la situación en que se encuentra el otro que puedo comprender sus significados,
su intención. Por otra parte, los objetos naturales y humanos se me aparecen
como placenteros o dolorosos y trato de ubicarme frente a ellos modificando mi situación.
De este modo, no estoy cerrado
al mundo de lo natural y de los otros seres humanos sino que, precisamente, mi
característica es la "apertura". Mi conciencia se ha configurado
intersubjetivamente ya que usa códigos de razonamiento, modelos emotivos,
esquemas de acción que registro como "míos" pero que también
reconozco en otros. Y, desde luego, está mi cuerpo abierto al mundo en cuanto a
este lo percibo y sobre él actúo. El mundo natural, a diferencia del humano, se
me aparece sin intención. Desde luego, puedo imaginar que las piedras, las
plantas y las estrellas, poseen intención pero no veo cómo llegar a un efectivo
diálogo con ellas. Aún los animales en los que a veces capto la chispa de la
inteligencia, se me aparecen impenetrables y en lenta modificación desde
adentro de su naturaleza. Veo sociedades de insectos totalmente estructuradas,
mamíferos superiores usando rudimentos técnicos, pero repitiendo sus códigos en
lenta modificación genética, como si fueran siempre los primeros representantes
de sus respectivas especies. Y cuando compruebo las virtudes de los vegetales y
los animales modificados y domesticados por el hombre, observo la intención de
éste abriéndose paso y humanizando al mundo.
3.- La apertura social e
histórica del ser humano.
Me es insuficiente la definición
del hombre por su sociabilidad ya que esto no hace a la distinción con
numerosas especies; tampoco su fuerza de trabajo es lo característico, cotejada
con la de animales más poderosos; ni siquiera el lenguaje lo define en su esencia,
porque sabemos de códigos y formas de comunicación entre diversos animales. En
cambio, al encontrarse cada nuevo ser humano con un mundo modificado por otros
y ser constituido por ese mundo intencionado, descubro su capacidad de
acumulación e incorporación a lo temporal, descubro su dimensión
histórico-social, no simplemente social. Vistas así las cosas, puedo intentar
una definición diciendo: El hombre es el ser histórico, cuyo modo de acción
social transforma a su propia naturaleza. Si admito lo anterior, habré de
aceptar que ese ser puede transformar intencionalmente su constitución física.
Y así está ocurriendo. Comenzó con la utilización de instrumentos que puestos
adelante de su cuerpo como "prótesis" externas le permitieron alargar
su mano, perfeccionar sus sentidos y aumentar su fuerza y calidad de trabajo.
Naturalmente no estaba dotado para los medios líquido y aéreo y sin embargo
creó condiciones para desplazarse en ellos, hasta comenzar a emigrar de su
medio natural, el planeta Tierra. Hoy, además, está internándose en su propio
cuerpo cambiando sus órganos; interviniendo en su química cerebral; fecundando
in vitro y manipulando sus genes. Si con la idea de "naturaleza" se
ha querido señalar lo permanente, tal idea es hoy inadecuada aún si se la
quiere aplicar a lo más objetal del ser humano es decir, a su cuerpo. Y en lo
que hace a una "moral natural", a un "derecho natural", o a
"instituciones naturales" encontramos, opuestamente, que en ese campo
todo es histórico-social y nada allí existe por naturaleza.
Contigua a la concepción de la
naturaleza humana, ha estado operando otra que nos habló de la pasividad de la
conciencia. Esta ideología consideró al hombre como una entidad que obraba en
respuesta a los estímulos del mundo natural. Lo que comenzó en burdo
sensualismo, poco a poco fue desplazado por corrientes historicistas que
conservaron en su seno la misma idea en torno a la pasividad. Y aún cuando
privilegiaron la actividad y la transformación del mundo por sobre la
interpretación de sus hechos, concibieron a dicha actividad como resultante de
condiciones externas a la conciencia. Pero aquellos antiguos prejuicios en
torno a la naturaleza humana y a la pasividad de la conciencia hoy se imponen,
transformados en neo-evolucionismo, con criterios tales como la selección
natural que se establece en la lucha por la supervivencia del más apto. Tal
concepción zoológica, en su versión más reciente, al ser trasplantada al mundo
humano tratará de superar las anteriores dialécticas de razas o de clases con
una dialéctica establecida según leyes económicas "naturales" que
autoregulan toda la actividad social. Así, una vez más, el ser humano concreto
queda sumergido y objetivado.
Hemos mencionado a las concepciones
que para explicar al hombre comienzan desde generalidades teóricas y sostienen
la existencia de una naturaleza humana y de una conciencia pasiva. En sentido
opuesto, nosotros sostenemos la necesidad de arranque desde la particularidad
humana, sostenemos el fenómeno histórico-social y no natural del ser humano y
también afirmamos la actividad de su conciencia transformadora del mundo, de
acuerdo a su intención. Vimos a su vida en situación y a su cuerpo como objeto
natural percibido inmediatamente y sometido también inmediatamente a numerosos
dictados de su intención. Por consiguiente se imponen las siguientes preguntas:
¿cómo es que la conciencia es activa?, es decir, ¿cómo es que puede intencionar
sobre el cuerpo y a través de él transformar al mundo? En segundo lugar, ¿cómo
es que la constitución humana es histórico-social? Estas preguntas deben ser
respondidas desde la existencia particular para no recaer en generalidades
teóricas desde las cuales se deriva luego un sistema de interpretación. De esta
manera, para responder a la primera pregunta tendrá que aprehenderse con
evidencia inmediata cómo la intención actúa sobre el cuerpo y, para responder a
la segunda, habrá que partir de la evidencia de la temporalidad y de la
intersubjetividad en el ser humano y no de leyes generales de la historia y de
la sociedad. En nuestro trabajo, Contribuciones
al Pensamiento, se trata de dar respuesta precisamente a esas dos
preguntas. En el primer ensayo de Contribuciones,
se estudia la función que cumple la imagen en la conciencia, destacando su
aptitud para mover al cuerpo en el espacio. En el segundo ensayo del mismo
libro, se estudia el tema de la historicidad y sociabilidad. La especificidad
de estos temas nos aleja demasiado de la presente carta, por ello remitimos al
material citado.
Hemos
dicho en Contribuciones que el
destino natural del cuerpo humano es el mundo y basta ver su conformación para
verificar este aserto. Sus sentidos y sus aparatos de nutrición, locomoción,
reproducción, etc., están naturalmente conformados para estar en el mundo, pero
además la imagen lanza a través del cuerpo su carga transformadora; no lo hace
para copiar al mundo, para ser reflejo de la situación dada sino, opuestamente,
para modificar la situación previamente dada. En este acontecer, los objetos
son limitaciones o ampliaciones de las posibilidades corporales, y los cuerpos
ajenos aparecen como multiplicaciones de esas posibilidades, en tanto son gobernados
por intenciones que se reconocen similares a las que manejan al propio cuerpo.
¿Por qué necesitaría el ser humano transformar el mundo y transformarse a sí
mismo? Por la situación de finitud y carencia temporo-espacial en que se halla
y que registra como dolor físico y sufrimiento mental. Así, la superación del
dolor no es simplemente una respuesta animal, sino una configuración temporal
en la que prima el futuro y que se convierte en impulso fundamental de la vida
aunque esta no se encuentre urgida en un momento dado. Por ello, aparte de la
respuesta inmediata, refleja y natural, la respuesta diferida para evitar el
dolor está impulsada por el sufrimiento sicológico ante el peligro y está
re-presentada como posibilidad futura o hecho actual en el que el dolor está
presente en otros seres humanos. La superación del dolor aparece, pues, como un
proyecto básico que guía a la acción. Es ello lo que ha posibilitado la
comunicación entre cuerpos e intenciones diversas, en lo que llamamos la
"constitución social". La constitución social es tan histórica como
la vida humana, es configurante de la vida humana. Su transformación es
continua pero de un modo diferente a la de la naturaleza porque en esta no
ocurren los cambios merced a intenciones.
Un día cualquiera entro en mi
habitación y percibo la ventana, la reconozco, me es conocida. Tengo una nueva
percepción de ella pero, además, actúan antiguas percepciones que convertidas
en imágenes están retenidas en mí. Sin embargo, observo que en un ángulo del
vidrio hay una quebradura... "eso no estaba ahí", me digo, al cotejar
la nueva percepción con lo que retengo de percepciones anteriores. Además,
experimento una suerte de sorpresa. La ventana de actos anteriores ha quedado
retenida en mí, pero no pasivamente como una fotografía, sino actuante como son
actuantes las imágenes. Lo retenido actúa frente a lo que percibo, aunque su
formación pertenezca al pasado. Se trata de un pasado siempre actualizado,
siempre presente. Antes de entrar a mi habitación daba por sentado, daba por
supuesto, que la ventana debía estar allí en perfectas condiciones. No es que
lo estuviera pensando, sino que simplemente contaba con ello. La ventana en
particular no estaba presente en mis pensamientos de ese momento, pero estaba
co-presente, estaba dentro del horizonte de objetos contenidos en mi
habitación. Es gracias a la copresencia, a la retención actualizada y
superpuesta a la percepción, que la conciencia infiere más de lo que percibe.
En ese fenómeno encontramos el funcionamiento más elemental de la creencia. En
el ejemplo, es como si me dijera: "yo creía que la ventana estaba en
perfectas condiciones". Si al entrar a mi habitación aparecieran fenómenos
propios de un campo diferente de objetos, por ejemplo una lancha o un camello,
tal situación surrealista me resultaría increíble no porque esos objetos no
existan, sino porque su emplazamiento estaría fuera del campo de copresencia,
fuera del paisaje que me he formado y que actúa en mí superponiéndose a toda
cosa que percibo.
Ahora bien, en cualquier
instante presente de mi conciencia puedo observar el entrecruzamiento de
retenciones y de futurizaciones que actúan co-presentemente y en estructura. El
instante presente se constituye en mi conciencia como un campo temporal activo
de tres tiempos diferentes. Las cosas aquí son muy diferentes a las que ocurren
en el tiempo de calendario en el que el día de hoy no está tocado por el de
ayer, ni por el de mañana. En el calendario y el reloj, el "ahora" se
diferencia del "ya no" y del "todavía no" y, además, los
sucesos están ordenados uno al lado del otro en sucesión lineal y no puedo
pretender que eso sea una estructura sino un agrupamiento dentro de una serie
total a la que llamo "calendario". Pero ya volveremos sobre esto
cuando consideremos el tema de la historicidad y la temporalidad.
Por ahora continuemos con lo
dicho anteriormente respecto a que la conciencia infiere más de lo que percibe,
ya que cuenta con aquello que viniendo del pasado, como retención, se superpone
a la percepción actual. En cada mirada que lanzo a un objeto veo en él cosas
deformadas. Esto no lo estamos afirmando en el sentido explicado por la física
moderna que claramente expone nuestra incapacidad para detectar al átomo y a la
longitud de onda que está por encima y por abajo de nuestros umbrales de
percepción. Esto lo estamos diciendo con referencia a la superposición que las
imágenes de las retenciones y futurizaciones hacen de la percepción. Así,
cuando asisto en el campo a un hermoso atardecer el paisaje natural que observo
no está determinado en sí sino que lo determino, lo constituyo por un ideal
estético al que adhiero. Y esa especial paz que experimento me entrega la
ilusión de que contemplo pasivamente, cuando en realidad estoy poniendo
activamente allí numerosos contenidos que se superponen al simple objeto
natural. Y lo dicho no vale solamente para este ejemplo sino para toda mirada
que lanzo hacia la realidad.
La organización social se
continúa y amplía, pero esto no puede ocurrir solamente por la presencia de
objetos sociales que han sido producidos en el pasado y que se utilizan para
vivir el presente y proyectarse hacia el futuro. Tal mecánica es demasiado
elemental como para explicar el proceso de la civilización. La continuidad está
dada por las generaciones humanas que no están puestas una al lado de otra sino
que coexistiendo interactúan y se transforman. Estas generaciones, que permiten
continuidad y desarrollo son estructuras dinámicas, son el tiempo social en
movimiento sin el cual la civilización caería en estado natural y perdería su
condición de sociedad. Ocurre, por otra parte, que en todo momento histórico
coexisten generaciones de distinto nivel temporal, de distinta retención y
futurización que configuran paisajes de situación y creencias diferentes. El
cuerpo y comportamiento de niños y ancianos delata, para las generaciones
activas, una presencia de la que se viene y a la que se va. A su vez, para los
extremos de esa triple relación, también se verifican ubicaciones de
temporalidad extremas. Pero esto no permanece jamás detenido porque mientras
las generaciones activas envejecen y los ancianos mueren, los niños van
transformándonse y comienzan a ocupar posiciones activas. Entre tanto, nuevos
nacimientos reconstituyen continuamente a la sociedad. Cuando, por abstracción,
se "detiene" al incesante fluir, podemos hablar de "momento
histórico" en el que todos los miembros emplazados en el mismo escenario
social pueden ser considerados "contemporáneos", vivientes de un
mismo tiempo; pero observamos que no son coetáneos, que no tienen la misma
edad, la misma temporalidad interna en cuanto a paisajes de formación, en
cuanto a situación actual y en cuanto a proyecto. En realidad, una dialéctica
generacional se establece entre las "franjas" más contiguas que
tratan de ocupar la actividad central, el presente social, de acuerdo a sus
intereses y creencias. Es la temporalidad social interna la que explica estructuralmente
el devenir histórico en el que interactúan distintas acumulaciones
generacionales y no la sucesión de fenómenos linealmente puestos uno al lado
del otro, como en el tiempo de calendario, según nos lo ha explicado alguna que
otra Filosofía de la Historia.
Constituido socialmente en un
mundo histórico en el que voy configurando mi paisaje interpreto aquello a
donde lanzo mi mirada. Está mi paisaje personal, pero también un paisaje
colectivo que responde en ese momento a grandes conjuntos. Como dijimos antes coexisten
en un mismo tiempo presente, distintas generaciones. En un momento, para
ejemplificar gruesamente, existen aquellos que nacieron antes del transistor y
los que lo hicieron entre computadoras. Numerosas configuraciones difieren en
ambas experiencias, no solamente en el modo de actuar sino en el de pensar y
sentir... y aquello que en la relación social y en el modo de producción
funcionaba en una época, deja de hacerlo lentamente o, a veces, de modo
abrupto. Se esperaba un resultado a futuro y ese futuro ha llegado, pero las
cosas no resultaron del modo en que fueron proyectadas. Ni aquella acción, ni
aquella sensibilidad, ni aquella ideología coinciden con el nuevo paisaje que
se va imponiendo socialmente.
El ser humano por su apertura y
libertad para elegir entre situaciones, diferir respuestas e imaginar su
futuro, puede también negarse a sí mismo, negar aspectos del cuerpo, negarlo
completamente como en el suicidio, o negar a otros. Esta libertad ha permitido
que algunos se apropien ilegítimamente del todo social es decir, que nieguen la
libertad y la intencionalidad de otros, reduciéndolos a prótesis, a
instrumentos de sus intenciones. Allí está la esencia de la discriminación,
siendo su metodología la violencia física, económica, racial y religiosa. La
violencia puede instaurarse y perpetuarse gracias al manejo del aparato de
regulación y control social, esto es: el Estado. En consecuencia, la
organización social requiere un tipo avanzado de coordinación a salvo de toda
concentración de poder, sea esta privada o estatal. Cuando se pretende que la
privatización de todas las áreas económicas pone a la sociedad a salvo del
poder estatal se oculta que el verdadero problema está en el monopolio u oligopolio
que traslada el poder de manos estatales a manos de un Paraestado manejado no
ya por una minoría burocrática sino por la minoría particular que aumenta el
proceso de concentración.
Las diversas estructuras
sociales, desde las más primitivas a las más sofisticadas, tienden a la
concentración progresiva hasta que se inmovilizan y comienza su etapa de
disolución de la que arrancan nuevos procesos de reorganización en un nivel más
alto que el anterior. Desde el comienzo de la historia, la sociedad apunta
hacia la mundialización y así se llegará a una época de máxima concentración de
poder arbitrario con características de imperio mundial ya sin posibilidades de
mayor expansión. El colapso del sistema global ocurrirá por la lógica de la
dinámica estructural de todo sistema cerrado en el que necesariamente tiende a
aumentar el desorden. Pero así como el proceso de las estructuras tiende a la
mundialización, el proceso de humanización tiende a la apertura del ser humano,
a la superación del Estado y del Paraestado; tiende a la descentralización y la
desconcentración a favor de una coordinación superior entre particularidades
sociales autónomas. Que todo termine en un caos y un reinicio de la
civilización, o comience una etapa de humanización progresiva ya no dependerá
de inexorables designios mecánicos sino de la intención de los individuos y los
pueblos, de su compromiso con el cambio del mundo y de una ética de la libertad
que por definición no podrá ser impuesta. Y se habrá de aspirar no ya a una
democracia formal manejada como hasta ahora por lo intereses de las facciones
sino a una democracia real en la que la participación directa pueda realizarse
instantáneamente gracias a la tecnología de comunicación, hoy por hoy en
condiciones de hacerlo.
Necesariamente, aquellos que han
reducido la humanidad de otros han provocado con eso nuevo dolor y sufrimiento
reiniciándose en el seno de la sociedad la antigua lucha contra la adversidad
natural, pero ahora entre aquellos que quieren "naturalizar" a otros,
a la sociedad y a la Historia y, por otra parte, los oprimidos que necesitan
humanizarse humanizando al mundo. Por esto humanizar es salir de la
objetivación para afirmar la intencionalidad de todo ser humano y el primado
del futuro sobre la situación actual. Es la imagen y representación de un
futuro posible y mejor lo que permite la modificación del presente y lo que
posibilita toda revolución y todo cambio. Por consiguiente, no basta con la
presión de condiciones oprimentes para que se ponga en marcha el cambio, sino
que es necesario advertir que tal cambio es posible y depende de la acción
humana. Esta lucha no es entre fuerzas mecánicas, no es un reflejo natural, es
una lucha entre intenciones humanas. Y esto es precisamente lo que nos permite
hablar de opresores y oprimidos, de justos e injustos, de héroes y cobardes. Es
lo único que permite practicar con sentido la solidaridad social y el
compromiso con la liberación de los discriminados sean éstos mayorías o
minorías.
En fin, consideraciones más
detalladas en torno a la violencia, el Estado, las instituciones, la ley y la
religión, aparecen en el trabajo titulado El
Paisaje Humano, incluido en el libro Humanizar
la Tierra al cual remito para no exceder los límites de esta carta.
En cuanto al sentido de los
actos humanos, no creo que se trate de convulsiones sin significado, ni de
"pasiones inútiles" que concluyan en el absurdo de la disolución.
Creo que el destino de la humanidad está orientado por la intención que
haciéndose cada vez más consciente en los pueblos, se abre paso en dirección a
una nación humana universal. De lo comentado anteriormente surge con evidencia que la existencia humana no comienza y termina en
un círculo vicioso de encerramiento y que una vida que aspire a la coherencia
debe abrirse ampliando su influencia hacia personas y ámbitos promoviendo no
solamente una concepción o unas ideas, sino acciones precisas que amplíen
crecientemente la libertad.
En próxima carta saldremos de
estos temas estrictamente doctrinarios para referirnos nuevamente a la
situación actual y a la acción personal en el mundo social.
Reciban con ésta, un gran
saludo.
Silo. 19/12/91.
Estimados amigos:
Entre tanta gente con
preocupaciones por el desarrollo de los acontecimientos actuales, me encuentro
a menudo con antiguos militantes de partidos u organizaciones políticas
progresistas. Muchos de ellos aún no se recuperan del shock que les provocara
la caída del "socialismo real". En todo el mundo cientos de miles de
activistas optan por recluirse en sus ocupaciones cotidianas dando a entender
con tal actitud que sus viejos ideales han sido clausurados. Lo que para mi ha
representado un hecho más en la desintegración de estructuras centralizadas,
por lo demás esperado durante dos décadas, para ellos ha sido una imprevista
catástrofe. Sin embargo no es este el momento de envanecerse, porque la
disolución de esa forma política ha generado un desbalance de fuerzas que deja
el paso expedito a un sistema monstruoso en sus procedimientos y en su
dirección.
Hace un par de años asistí a un
acto público en el que viejos obreros, madres trabajadoras con sus niños y
reducidos grupos de muchachos, alzaban el puño entonando los acordes de su
canción. Todavía se veía el ondear de banderas y se escuchaba el eco de
gloriosas consignas de lucha... y al ver esto consideré que tanta voluntad,
riesgo, tragedia y esfuerzo movido por genuinos impulsos, se alejaba por un
túnel que llevaba a la absurda negación de las posibilidades de transformación.
Hubiera querido acompañar esa conmovedora escena con un canto a los ideales del
viejo militante, aquel que sin pensar en éxitos mantenía en pie su orgullo
combativo. Todo aquello me provocó una enorme ambigüedad y hoy, a la distancia,
me pregunto: ¿qué ha pasado con tanta buena gente que solidariamente luchaba,
más allá de sus intereses inmediatos, por un mundo que creía era el mejor de
los mundos? No pienso solamente en aquellos que pertenecían a partidos
políticos más o menos institucionalizados, sino en todos los que eligieron
poner su vida al servicio de una causa que creyeron justa. Y, desde luego, no
puedo medirlos por sus errores ni clasificarlos simplemente como exponentes de
una filosofía política. Hoy es menester rescatar el valor humano y reanimar
ideales en una dirección posible.
Reconsidero lo escrito hasta
aquí y pido disculpas a los que no habiendo participado de aquellas tendencias
y actividades se sienten ajenos a estos temas, pero también a ellos reclamo el
esfuerzo de tener en cuenta asuntos que afectan a los valores e ideales de la
acción humana. Sobre esto trata la carta de hoy, un poco dura, pero destinada a
remover el derrotismo que parece haberse apoderado del alma militante.
Millones de personas luchan hoy
por subsistir ignorando si mañana podrán vencer al hambre, a la enfermedad, al
abandono. Son tales sus carencias que cualquier cosa que intenten para salir de
esos problemas complica aún más sus vidas. ¿Se quedarán inmóviles en un
suicidio simplemente postergado?; ¿intentarán actos desesperados? ¿Qué tipo de
actividad, o de riesgo, o de esperanza, estarán dispuestas a afrontar? ¿Qué
hará todo aquel que por razones económicas, o sociales, o simplemente personales,
se encuentre en situación-límite? Siempre el tema más importante consistirá en
saber si se quiere vivir y en qué condiciones hacerlo.
Aún aquellos que no se
encuentren en situación-límite cuestionarán su condición actual formando un
esquema de vida futura. Aún aquel que prefiera no pensar en su situación, o que
transfiera a otros esa responsabilidad, elegirá un esquema de vida. Así, la
libertad de elección es una realidad desde el momento en que nos cuestionamos
vivir y pensamos en las condiciones en que queremos hacerlo. Que luchemos o no
por ese futuro siempre deja en pie a la libertad de elección. Y es únicamente
este hecho de la vida humana el que puede justificar la existencia de los
valores, de la moral, del derecho y de la obligación, al tiempo que permite
refutar toda política, toda organización social, todo estilo de vida que se
instale sin justificar su sentido, sin justificar para qué sirve al ser humano
concreto y actual. Cualquier moral, o ley, o constitución social, que parta de
principios supuestamente superiores a la vida humana, coloca a ésta en
situación de contingencia negando su esencial sentido de libertad.
Nacemos entre condiciones que no
hemos elegido. No hemos elegido nuestro cuerpo, ni el medio natural, ni la
sociedad, ni el tiempo y el espacio que nos tocó en suerte o en desgracia. A
partir de allí, y en algún momento, contamos con libertad para suicidarnos o
seguir viviendo y para pensar en las condiciones en que queremos hacerlo.
Podemos rebelarnos frente a una tiranía y triunfar o morir en la empresa;
podemos luchar por una causa o facilitar la opresión; podemos aceptar un modelo
de vida o tratar de modificarlo. También podemos equivocarnos en la elección.
Podemos creer que al aceptar todo lo establecido en una sociedad, por perverso
que sea, nos adaptamos perfectamente y eso nos brinda las mejores condiciones
de vida; o bien, podemos suponer que al cuestionarlo todo, sin hacer
diferencias entre lo importante y lo secundario, ampliamos nuestro campo de
libertad cuando en realidad nuestra influencia para cambiar las cosas disminuye
en un fenómeno de inadaptación acumulativo. Podemos, por último, priorizar la
acción ampliando nuestra influencia en una dirección posible que dé sentido a
nuestra existencia. En todos los casos tendremos que elegir entre condiciones,
entre necesidades, y lo haremos de acuerdo a nuestra intención y al esquema de
vida que nos propongamos. Desde luego, la intención misma podrá ir cambiando en
tan accidentado camino.
No podemos plantearnos esta
pregunta en abstracto sino en relación a la situación en que vivimos y a las
condiciones en que queremos vivir. Por lo pronto, estamos en una sociedad y en
relación a otras personas y nuestro destino se juega con el destino de éstas.
Si creemos que todo está bien en el presente, y el futuro personal y social que
entrevemos nos parece adecuado no cabe otro tema que seguir adelante, tal vez
con pequeñas reformas, pero en la misma dirección. Opuestamente, si pensamos
que vivimos en una sociedad violenta, desigual e injusta, herida por crisis
progresivas que se corresponden con un cambio vertiginoso en el mundo, inmediatamente
reflexionamos sobre la necesidad de transformaciones personales y sociales
profundas. La crisis global nos afecta y arrastra, perdemos referencias
estables y nos resulta cada vez más difícil planificar nuestro futuro. Lo más
grave es que no podemos llevar adelante una acción de cambio coherente porque
las antiguas formas de lucha que conocíamos han fracasado y porque la
desintegración del tejido social impide la movilización de conjuntos humanos
importantes. Desde luego, nos ocurre lo que a todas las personas que sufren las
dificultades actuales e intuyen el empeoramiento de las condiciones. Nadie
puede ni quiere moverse en acciones destinadas al fracaso y, al mismo tiempo,
nadie puede continuar así. Y lo peor es que con nuestra inacción estamos
dejando el paso libre a mayores desigualdades e injusticias. Formas de
discriminación y atropello, que creíamos superadas, renacen con fuerza. Si es
tal la desorientación y la crisis, ¿por qué no podrían servir de referencia
social nuevas monstruosidades cuyos representantes digan con claridad, y luego
exijan, qué debemos hacer todos y cada uno de nosotros? Esos primitivismos son
hoy más posibles que nunca porque su discurso elemental se propaga con
facilidad y llega aún a quienes se encuentran en situación-límite
Con mayor o menor información
mucha gente sabe que la situación es crítica en términos aproximados a los que
hemos venido utilizando. Sin embargo la opción que se está siguiendo cada vez
con más vigor es la de ocuparse de la propia vida, haciendo caso omiso de las
dificultades de otros y de lo que ocurre en el contexto social. En muchos casos
celebramos las objeciones que se hacen al Sistema, pero estamos muy lejos de
intentar un cambio de condiciones. Sabemos que la Democracia actual es simplemente
formal y que responde a los dictámenes de los grupos económicos, sin embargo
lavamos nuestra conciencia en ridículas votaciones a los partidos mayoritarios
porque sufrimos el chantaje de apoyar a ese sistema o posibilitar el
surgimiento de las dictaduras. Ni
pensamos que el hecho de votar y reclamar el voto a favor de los pequeños
partidos puede constituirse en un fenómeno de interés a futuro, del mismo modo
que el apoyo a la formación de organizaciones laborales fuera del marco
establecido puede convertirse en importante factor de aglutinación. Rechazamos
el trabajo arraigado en barrios, en poblaciones, en sectores ciudadanos y en
nuestro medio inmediato porque lo vemos demasiado limitado, pero sabemos que es
allí donde comenzará la recomposición del tejido social a la hora de la crisis
de las estructuras centralizadas. Preferimos atender al juego de superficie, de
cúpulas, de notables y de formadores de opinión en lugar de tener el oído
presto para escuchar el subterráneo reclamo del pueblo. Protestamos por la
acción masiva de los medios de difusión controlados por los grupos económicos
en lugar de lanzarnos a influir en los pequeños medios y en todo resquicio de
comunicación social. Y si seguimos militando en alguna organización política progresista
nos movemos a la pesca de algún incoherente con "prensa", de alguna
personalidad que represente a nuestra corriente porque es más o menos potable
para los medios informativos del Sistema. En el fondo nos sucede todo eso,
porque creemos que estamos vencidos y no nos queda otro recurso que amasar en
silencio nuestra amargura. Y a esa derrota la llamamos "dedicarnos a
nuestra propia vida". Entre tanto, "nuestra propia vida" acumula
contradicciones y vamos perdiendo el sentido y la capacidad de elección de las
condiciones en que queremos vivir. En definitiva, no concebimos aún la
posibilidad de un gran Movimiento de cambio que referencie y aglutine a los
factores más positivos de la sociedad y, por supuesto, la decepción nos impide
representarnos a nosotros mismos como protagonistas de ese
proceso de transformación.
Debemos elegir las condiciones
en que queremos vivir. Si actuamos en contra de nuestro proyecto de vida no
escaparemos a la contradicción que nos colocará a merced de una larga cadena de
accidentes. En esa dirección ¿cuál será el freno que podremos aplicar a los
hechos de nuestra propia vida? Solamente el de los intereses inmediatos. Así,
podemos imaginar numerosas situaciones-límite de las que trataremos de salir
sacrificando todo valor y todo sentido porque nuestro primario será el
beneficio inmediato. Para evitar dificultades trataremos de eludir todo
compromiso que nos aproxime a la situación-límite, pero ha de ocurrir que los
mismos acontecimientos nos pondrán en posiciones que no habremos elegido. No se
requiere una especial sutileza para comprender qué habrá de ocurrir con las
personas más cercanas a nosotros si comparten la misma postura. ¿Por qué no
habrían de elegir ellas en contra nuestro si están movidas por idéntica
inmediatez? ¿Por qué toda una sociedad, no habría de tomar la misma dirección?
No existiría límite para la arbitrariedad y vencería el poder injustificado; lo
haría con violencia manifiesta si encontrara resistencias y, de no ser así, le
bastaría con la persuasión de valores insostenibles a los que tendríamos que
adherir como justificación, experimentando en el fondo de nuestros corazones el
sin sentido de la vida. Entonces, habría triunfado la deshumanización de la Tierra.
Elegir un proyecto de vida entre
condiciones impuestas está muy lejos de ser un simple reflejo animal. Por lo
contrario, es la característica esencial del ser humano. Si eliminamos aquello
que lo define, detendremos su historia y podremos esperar el avance de la
destrucción, en cada paso que se dé. Si se depone el derecho a elegir un
proyecto de vida y un ideal de sociedad, nos encontraremos con caricaturas de
Derecho, de valor y de sentido. Si tal es la situación, ¿qué podemos sostener
en contra de toda la neurosis y el desborde que empezamos a experimentar a
nuestro alrededor? Cada uno de nosotros verá qué hace con su vida, pero también
cada cual debe tener presente que sus acciones llegarán más allá de sí mismo y
esto será así desde la menor a la mayor capacidad de influencia. Acciones
unitivas, con sentido, o acciones contradictorias dictadas por la inmediatez,
son ineludibles en toda situación en la que se comprometa la dirección de vida.
Toda persona comprometida con la
acción conjunta, todo aquel que actúa con otros en la consecución de objetivos
sociales con sentido, debe tener en claro muchos defectos que en el pasado
arruinaron a las mejores causas. Maquiavelismos ridículos, personalismos por
encima de la tarea proclamada en conjunto y autoritarismos de todo tipo, llenan
los libros de Historia y nuestra memoria personal.
¿Con qué derecho se utiliza una
doctrina, una formulación de acciones, una organización humana, desplazando las
prioridades que ellas expresan? ¿Con qué derecho planteamos a otros un objetivo
y un destino si luego emplazamos como valor primario un supuesto éxito o una
supuesta necesidad de coyuntura? ¿Cuál sería la diferencia con el pragmatismo
que decimos repudiar? ¿Dónde estaría la coherencia entre lo que pensamos,
sentimos y hacemos? Los instrumentadores
de todos los tiempos han efectuado la básica estafa moral de presentar a otros
una imagen futura movilizadora, guardando para sí una imagen de éxito
inmediato. Si se sacrifica la intención acordada con otros se abre la puerta a
cualquier traición negociada con el bando que se dice combatir. Y, en ese caso,
se justifica tal indecencia con una supuesta "necesidad" que se ha escondido
en el planteamiento inicial. Quede claro que no estamos hablando del cambio
de condiciones y de tácticas en las que todo el que participa comprende la
relación entre ellas y el objetivo movilizador planteado. Tampoco nos estamos
refiriendo a los errores de apreciación que se pueden cometer en las
implementaciones concretas. Estamos observando la inmoralidad que distorsiona
las intenciones y ante la cual es imprescindible ponerse alerta. Es importante
estar atentos a nosotros mismos y esclarecer a otros para que sepan por
anticipado que al romper sus compromisos nuestras manos quedan tan libres como
las suyas.
Por cierto que existe distinto
tipo de astucias en la utilización de las personas y que no hay forma de hacer
un catálogo completo. Tampoco es el caso de convertirnos en "censores
morales" porque bien sabemos que detrás de esa actitud está la conciencia
represora cuyo objetivo es sabotear toda acción que no controla, inmovilizando
con la desconfianza mutua a los compañeros de lucha. Cuando se hace ingresar de
contrabando supuestos valores que vienen desde otro campo para juzgar nuestras
acciones, es bueno recordar que esa "moral" está en cuestión y que no
coincide con la nuestra... ¿cómo esos tales podrían estar entre nosotros?
Por último es importante atender
al gradualismo tramposo que se suele practicar para deslizar situaciones en
contra de los objetivos planteados. En ese emplazamiento se encuentra todo
aquel que nos acompaña por motivos diferentes a los que expresa. Su dirección
mental es torcida desde el comienzo y solamente espera la oportunidad de
manifestarse. Entre tanto, gradualmente, irá utilizando códigos manifiestos o
larvados que responden a un sistema de doble lenguaje. Tal actitud casi siempre
coincide con la de aquellos que en nombre de esa organización militante
desreferencian a otra gente de buena fe, haciendo caer la responsabilidad de
sus barbaridades sobre la cabeza de la gente auténtica.
No es el caso enfatizar en lo
que desde hace mucho tiempo se ha conocido como los "problemas internos"
de toda organización humana, pero sí me ha parecido conveniente mencionar la
raíz coyunturalista que actúa en todo esto y que responde a la presentación de
una imagen futura movilizadora guardando para sí una imagen de éxito inmediato.
Es tal la situación actual que
acusadores de todo signo y pelaje exigen explicaciones con tono de fiscal dando
por supuesto que se les debe demostrar inocencia. Lo interesante de todo esto
es que su táctica reside en la peraltación de lo secundario y,
consecuentemente, en el ocultamiento de las cuestiones primarias. De algún
modo, esa actitud hace recordar al funcionamiento de la democracia en las
empresas. En efecto, los empleados discuten acerca de si, en la oficina, los
escritorios deben estar lejos o cerca de las ventanas; de si hay que colocar
flores o colores agradables, lo cual no está mal. Posteriormente votan y, por
mayoría, se decide el destino de los muebles y del decorado, lo cual tampoco
está mal. Pero a la hora de discutir y proponer una votación en torno a la
dirección y las acciones de la empresa, se produce un silencio aterrador...
inmediatamente la democracia se congela porque en realidad se está en el Reino
de lo Secundario. No ocurre algo distinto con los fiscales del Sistema. De
pronto un periodista se emplaza en ese rol, convirtiendo en sospechoso a
nuestro gusto por ciertas comidas o exigiendo "compromiso" y
discusión en cuestiones deportivas, astrológicas, o de catecismo. Desde luego,
nunca falta alguna burda acusación a la que, se supone, debemos responder y no
menudea el montaje de contextos, la utilización de palabras cargadas de doble
sentido y la manipulación de imágenes contradictorias. Es bueno recordar que
aquellos que se emplazan en un bando opuesto a nosotros tienen el derecho a que
les expliquemos por qué ellos no están en condiciones de juzgarnos y por qué
nosotros tenemos plena justificación al enjuiciarlos a ellos. Que, en todo
caso, aquellos deben defender su postura de nuestras objeciones. Desde luego,
que esto se pueda hacer dependerá de ciertas condiciones y de la habilidad
personal de los contendientes, pero no deja de sublevar el ver cómo algunos que
tienen todo el derecho en llevar la iniciativa, bajan su cabeza frente a tanta
inconsistencia. También es patético observar en pantalla a ciertos líderes
diciendo palabritas ingeniosas, bailando como osos con la conductora del
programa o sometiéndose a todo tipo de vejaciones con tal de figurar en primer
plano. Al seguir esos maravillosos ejemplos, mucha gente bienintencionada no
alcanza a comprender cómo es que se deformó o sustituyó su mensaje a la hora de
hacerlo llegar a públicos amplios a través de ciertos medios de comunicación.
Lo comentado destaca aspectos del Reino de lo Secundario que operan desplazando
a los temas importantes resultando de esto la desinformación de los públicos a
los que se pretende esclarecer. Curiosamente, mucha gente progresista cae en
ese lazo sin entender muy bien cómo la aparente publicidad que se le da produce
el efecto contrario. Finalmente, no es el caso de dejar en el campo opuesto
posiciones que a nosotros nos corresponde defender. Cualquiera puede terminar
reduciendo nuestra postura a simple frivolidad al afirmar que él también es,
por ejemplo, "humanista" porque se preocupa de lo humano; que es
"no-violento" porque está contra la guerra; que es antidiscriminador
porque tiene un amigo negro o comunista; que es ecologista, porque hay que
cuidar a las focas y a las plazas. Pero si se lo apura no podrá justificar de raíz
nada de lo que dice mostrando su verdadero rostro antihumanista, violento,
discriminador y depredador.
Los comentarios anteriores
respecto a algunas expresiones del Reino de lo Secundario no aportan nada
nuevo, pero a veces vale la pena prevenir a militantes distraídos que tratando
de comunicar sus ideas no advierten el extraño territorio en el que han sido
recluidos.
Espero sepan disimular la
incomodidad de haber leído una carta que no se refiere a sus problemas e
intereses. Confío que en la próxima podamos continuar con nuestras amenidades.
Reciban con ésta, un gran
saludo.
Silo. 04/06/94
Estimados amigos:
Varios lectores de mis cartas
han vuelto a la carga pidiendo mayor definición en lo que hace a la acción
social y política y a sus perspectivas transformadoras. En tal situación,
podría limitarme a repetir lo dicho al comienzo de la primera carta:
"Desde hace tiempo recibo correspondencia desde distintos países pidiendo
explicaciones sobre temas que aparecen en mis libros. En general, se reclama
clarificación sobre asuntos tan concretos como la violencia, la política, la
economía, la ecología, las relaciones personales y las interpersonales. Como se
ve, las preocupaciones son muchas y diversas y es claro que en esos campos
tendrán que ser los especialistas quienes den respuesta, Por supuesto, ese no
es mi caso". No obstante, en posterior correspondencia hice algunos
comentarios sobre los tópicos citados pero sin lograr satisfacer los
requerimientos. ¿Cómo responder a tamañas cuestiones en la extensión y
naturaleza de una carta? De este modo, se me ha puesto en un aprieto.
Como todos sabemos participo en
una corriente de opinión, en un movimiento que a lo largo de tres décadas ha
producido numerosas instituciones y que ha confrontado con dictaduras e
injusticias de todo tipo. Sobre todo, ha confrontado con la desinformación, la
calumnia y el silencio deliberado. De todas maneras, este movimiento se ha
extendido por el mundo conservando su independencia tanto económica como
ideológica. Probablemente, si se hubiera rendido a la conveniencia en una corta
y sucia especulación contaría con reconocimiento y Prensa. Pero eso hubiera
consagrado, finalmente, el triunfo del absurdo y la victoria de todo aquello
contra lo que se ha luchado. En nuestra historia hay sangre, cárceles,
deportaciones y cercos de todo tipo. Es necesario recordarlo. Nuestro
movimiento siempre se sintió tributario del humanismo histórico por el acento
que aquél puso en la libertad de conciencia, en la lucha contra todo oscurantismo
y en la defensa de los más altos valores humanos. Pero también, nuestro
movimiento ha producido trabajos y estudios suficientes para dar respuesta a
una época en la que, finalmente, se ha precipitado la crisis. A tales trabajos
y estudios habré de apelar explicando, en la extensión de una carta, los temas
y propuestas fundamentales de los humanistas de hoy.
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Los humanistas son mujeres y
hombres de este siglo, de ésta época. Reconocen los antecedentes del humanismo
histórico y se inspiran en los aportes de las distintas culturas, no solamente
de aquellas que en este momento ocupan un lugar central. Son, además, hombres y
mujeres que dejan atrás este siglo y este milenio, y se proyectan a un nuevo
mundo.
Los humanistas sienten que su
historia es muy larga y que su futuro es aún más extendido. Piensan en el
porvenir, luchando por superar la crisis general del presente. Son optimistas,
creen en la libertad y en el progreso social.
Los humanistas son
internacionalistas, aspiran a una nación humana universal. Comprenden
globalmente al mundo en que viven y actúan en su medio inmediato. No desean un mundo
uniforme sino múltiple: múltiple en las etnias, lenguas y costumbres; múltiple
en las localidades, las regiones y las autonomías; múltiple en las ideas y las
aspiraciones; múltiple en las creencias, el ateísmo y la religiosidad; múltiple
en el trabajo; múltiple en la creatividad.
Los humanistas no quieren amos;
no quieren dirigentes ni jefes, ni se sienten representantes ni jefes de nadie.
Los humanistas no quieren un Estado centralizado, ni un Paraestado que lo
reemplace. Los humanistas no quieren ejércitos policíacos, ni bandas armadas
que los sustituyan.
Pero entre las aspiraciones
humanistas y las realidades del mundo de hoy, se ha levantado un muro. Ha
llegado pues, el momento de derribarlo. Para ello es necesaria la unión de
todos los humanistas del mundo.
He aquí la gran verdad
universal: el dinero es todo. El dinero es gobierno, es ley, es poder. Es,
básicamente, subsistencia. Pero además es el Arte, es la Filosofía y es la
Religión. Nada se hace sin dinero; nada se puede sin dinero. No hay relaciones
personales sin dinero. No hay intimidad sin dinero y aún la soledad reposada
depende del dinero.
Pero la relación con esa
"verdad universal" es contradictoria. Las mayorías no quieren este
estado de cosas. Estamos pues, ante la tiranía del dinero. Una tiranía que no
es abstracta porque tiene nombre, representantes, ejecutores y procedimientos
indudables.
Hoy no se trata de economías
feudales, ni de industrias nacionales, ni siquiera de intereses de grupos
regionales. Hoy se trata de que aquellos supervivientes históricos acomodan su
parcela a los dictados del capital financiero internacional. Un capital
especulador que se va concentrando mundialmente. De esta suerte, hasta el
Estado nacional requiere para sobrevivir del crédito y el préstamo. Todos
mendigan la inversión y dan garantías para que la banca se haga cargo de las
decisiones finales. Está llegando el tiempo en que las mismas compañías, así
como los campos y las ciudades, serán propiedad indiscutible de la banca. Está
llegando el tiempo del Paraestado, un tiempo en el que el antiguo orden debe
ser aniquilado.
Parejamente, la vieja
solidaridad se evapora. En definitiva, se trata de la desintegración del tejido
social y del advenimiento de millones de seres humanos desconectados e
indiferentes entre sí a pesar de las penurias generales. El gran capital domina
no solo la objetividad gracias al control de los medios de producción, sino la
subjetividad gracias al control de los medios de comunicación e información. En
estas condiciones, puede disponer a gusto de los recursos materiales y sociales
convirtiendo en irrecuperable a la naturaleza y descartando progresivamente al
ser humano. Para ello cuenta con la tecnología suficiente. Y, así como ha
vaciado a las empresas y a los estados, ha vaciado a la Ciencia de sentido
convirtiéndola en tecnología para la miseria, la destrucción y la desocupación.
Los humanistas no necesitan
abundar en argumentación cuando enfatizan que hoy el mundo está en condiciones
tecnológicas suficientes para solucionar en corto tiempo los problemas de
vastas regiones en lo que hace a pleno empleo, alimentación, salubridad,
vivienda e instrucción. Si esta posibilidad no se realiza es, sencillamente,
porque la especulación monstruosa del gran capital lo está impidiendo.
El gran capital ya ha agotado la
etapa de economía de mercado y comienza a disciplinar a la sociedad para
afrontar el caos que él mismo ha producido. Frente a esta irracionalidad, no se
levantan dialécticamente las voces de la razón sino los más oscuros racismos,
fundamentalismos y fanatismos. Y si es que este neo-irracionalismo va a liderar
regiones y colectividades, el margen de acción para las fuerzas progresistas
queda día a día reducido. Por otra parte, millones de trabajadores ya han cobrado
conciencia tanto de las irrealidades del centralismo estatista, cuanto de la
falsedades de la democracia capitalista. Y así ocurre que los obreros se alzan
contra sus cúpulas gremiales corruptas, del mismo modo que los pueblos
cuestionan a los partidos y los gobiernos. Pero es necesario dar una
orientación a éstos fenómenos que de otro modo se estancarán en un
espontaneísmo sin progreso. Es necesario discutir en el seno del pueblo los
temas fundamentales de los factores de la producción.
Para los humanistas existen como
factores de la producción, el trabajo y el capital, y están demás la
especulación y la usura. En la actual situación los humanistas luchan porque la
absurda relación que ha existido entre esos dos factores sea totalmente
transformada. Hasta ahora se ha impuesto que la ganancia sea para el capital y
el salario para el trabajador, justificando tal desequilibrio con el
"riesgo" que asume la inversión.... como si todo trabajador no
arriesgara su presente y su futuro en los vaivenes de la desocupación y la
crisis. Pero, además, está en juego la gestión y la decisión en el manejo de la
empresa. La ganancia no destinada a la reinversión en la empresa, no dirigida a
su expansión o diversificación, deriva hacia la especulación financiera. La
ganancia que no crea nuevas fuentes de trabajo, deriva hacia la especulación
financiera. Por consiguiente, la lucha de los trabajadores ha de dirigirse a
obligar al capital a su máximo rendimiento productivo. Pero esto no podrá
implementarse a menos que la gestión y dirección sean compartidas. De otro
modo, ¿cómo se podría evitar el despido masivo, el cierre y el vaciamiento
empresarial? Porque el gran daño está en la subinversión, la quiebra
fraudulenta, el endeudamiento forzado y la fuga del capital, no en las ganancias
que se puedan obtener como consecuencia del aumento en la productividad. Y si
se insistiera en la confiscación de los medios de producción por parte de los
trabajadores, siguiendo las enseñanzas del siglo XlX, se debería tener en
cuenta también el reciente fracaso del socialismo real.
En cuanto a la objeción de que
encuadrar al capital, así como está encuadrado el trabajo, produce su fuga a
puntos y áreas más provechosas ha de aclararse que esto no ocurrirá por mucho
tiempo más ya que la irracionalidad del esquema actual lo lleva a su saturación
y crisis mundial. Esa objeción, aparte del reconocimiento de una inmoralidad
radical desconoce el proceso histórico de la transferencia del capital hacia la
banca resultando de ello que el mismo empresario se va convirtiendo en empleado
sin decisión dentro de una cadena en la que aparenta autonomía. Por otra parte,
a medida que se agudice el proceso recesivo, el mismo empresariado comenzará a
considerar éstos puntos.
Los humanistas sienten la
necesidad de actuar no solamente en el campo laboral sino también en el campo
político para impedir que el Estado sea un instrumento del capital financiero
mundial, para lograr que la relación entre los factores de la producción sea
justa y para devolver a la sociedad su autonomía arrebatada.
Gravemente se ha ido arruinando
el edificio de la democracia al resquebrajarse sus bases principales: la
independencia entre poderes, la representatividad y el respeto a las minorías.
La teórica independencia entre
poderes es un contrasentido. Basta pesquisar en la práctica el origen y
composición de cada uno de ellos, para comprobar las íntimas relaciones que los
ligan. No podría ser de otro modo. Todos forman parte de un mismo sistema. De manera
que las frecuentes crisis de avance de unos sobre otros, de superposición de
funciones, de corrupción e irregularidad, se corresponden con la situación
global, económica y política, de un país dado.
En cuanto a la
representatividad. Desde la época de la extensión del sufragio universal se
pensó que existía un solo acto entre la elección y la conclusión del mandato de
los representantes del pueblo. Pero a medida que ha transcurrido el tiempo se
ha visto claramente que existe un primer acto mediante el cual muchos eligen a
pocos y un segundo acto en el que estos pocos traicionan a los muchos,
representando a intereses ajenos al mandato recibido. Ya ese mal se incuba en
los partidos políticos reducidos a cúpulas separadas de las necesidades del
pueblo. Ya, en la máquina partidaria, los grandes intereses financian
candidatos y dictan las políticas que éstos deberán seguir. Todo esto evidencia
una profunda crisis en el concepto y la implementación de la representatividad.
Los humanistas luchan para
transformar la práctica de la representatividad dando la mayor importancia a la
consulta popular, el plebiscito y la elección directa de los candidatos. Porque
aún existen, en numerosos países, leyes que subordinan candidatos
independientes a partidos políticos, o bien, subterfugios y limitaciones
económicas para presentarse ante la voluntad de la sociedad. Toda Constitución
o ley que se oponga a la capacidad plena del ciudadano de elegir y ser elegido,
burla de raíz a la democracia real que está por encima de toda regulación
jurídica. Y, si se trata de igualdad de oportunidades, los medios de difusión
deben ponerse al servicio de la población en el período electoral en que los
candidatos exponen sus propuestas, otorgando a todos exactamente las mismas
oportunidades. Por otra parte, deben imponerse leyes de responsabilidad
política mediante las cuales todo aquel que no cumpla con lo prometido a sus
electores arriesgue el desafuero, la destitución o el juicio político. Porque
el otro expediente, el que actualmente se sostiene, mediante el cual los
individuos o los partidos que no cumplan sufrirán el castigo de las urnas en
elección futura, no interrumpe en absoluto el segundo acto de traición a los
representados. En cuanto a la consulta directa sobre los temas de urgencia,
cada día existen más posibilidades para su implementación tecnológica. No es el
caso de priorizar las encuestas y los sondeos manipulados, sino que se trata de
facilitar la participación y el voto directo a través de medios electrónicos y
computacionales avanzados.
En una democracia real debe
darse a las minorías las garantías que merece su representatividad pero,
además, debe extremarse toda medida que favorezca en la práctica su inserción y
desarrollo. Hoy, las minorías acosadas por la xenofobia y la discriminación
piden angustiosamente su reconocimiento y, en ese sentido, es responsabilidad
de los humanistas elevar este tema al nivel de las discusiones más importantes
encabezando la lucha en cada lugar hasta vencer a los neofascismos abiertos o
encubiertos. En definitiva, luchar por los derechos de las minorías es luchar
por los derechos de todos los seres humanos.
Pero
también ocurre en el conglomerado de un país que provincias enteras, regiones o
autonomías , padecen la misma discriminación de las minorías merced a la
compulsión del Estado centralizado, hoy instrumento insensible en manos del
gran capital. Y esto deberá cesar cuando se impulse una organización federativa
en la que el poder político real vuelva a manos de dichas entidades históricas
y culturales.
En definitiva, poner por delante
los temas del capital y el trabajo, los temas de la democracia real, y los
objetivos de la descentralización del aparato estatal, es encaminar la lucha
política hacia la creación de un nuevo tipo de sociedad. Una sociedad flexible
y en constante cambio, acorde con las necesidades dinámicas de los pueblos hoy
por hoy asfixiados por la dependencia.
La acción de los humanistas no
se inspira en teorías fantasiosas acerca de Dios, la Naturaleza, la Sociedad o
la Historia. Parte de las necesidades de la vida que consisten en alejar el
dolor y aproximar el placer. Pero la vida humana agrega a las necesidades su
previsión a futuro basándose en la experiencia pasada y en la intención de
mejorar la situación actual. Su experiencia no es simple producto de
selecciones o acumulaciones naturales y fisiológicas, como sucede en todas las
especies, sino que es experiencia social y experiencia personal lanzadas a
superar el dolor actual y a evitarlo a futuro. Su trabajo, acumulado en
producciones sociales, pasa y se transforma de generación en generación en
lucha continua por mejorar las condiciones naturales, aún las del propio
cuerpo. Por esto, al ser humano se lo debe definir como histórico y con un modo
de acción social capaz de transformar al mundo y a su propia naturaleza. Y cada
vez que un individuo o un grupo humano se impone violentamente a otros, logra
detener la historia convirtiendo a sus víctimas en objetos
"naturales". La naturaleza no tiene intenciones, así es que al negar
la libertad y las intenciones de otros, se los convierte en objetos naturales,
en objetos de uso.
El progreso de la humanidad, en
lento ascenso, necesita transformar a la naturaleza y a la sociedad eliminando
la violenta apropiación animal de unos seres humanos por otros. Cuando esto
ocurra, se pasará de la prehistoria a una plena historia humana. Entre tanto,
no se puede partir de otro valor central que el del ser humano pleno en sus
realizaciones y en su libertad. Por ello los humanistas proclaman: "Nada
por encima del ser humano y ningún ser humano por debajo de otro". Si se
pone como valor central a Dios, al Estado, al Dinero o a cualquier otra
entidad, se subordina al ser humano creando condiciones para su ulterior control
o sacrificio. Los humanistas tienen claro este punto. Los humanistas son ateos
o creyentes, pero no parten de su ateísmo o de su fe para fundamentar su visión
del mundo y su acción. Parten del ser humano y de sus necesidades inmediatas.
Y, si en su lucha por un mundo mejor creen descubrir una intención que mueve la
Historia en dirección progresiva, ponen esa fe o ese descubrimiento al servicio
del ser humano.
Los humanistas plantean el
problema de fondo: saber si se quiere vivir y decidir en qué condiciones
hacerlo.
Todas las formas de violencia
física, económica, racial, religiosa, sexual e ideológica, merced a las cuales
se ha trabado el progreso humano, repugnan a los humanistas. Toda forma de
discriminación manifiesta o larvada, es un motivo de denuncia para los
humanistas.
Los humanistas no son violentos,
pero por sobre todo no son cobardes ni temen enfrentar a la violencia porque su
acción tiene sentido. Los humanistas conectan su vida personal, con la vida
social. No plantean falsas antinomias y en ello radica su coherencia.
Así está trazada la línea
divisoria entre el Humanismo y el Anti-humanismo. El Humanismo pone por delante
la cuestión del trabajo frente al gran capital; la cuestión de la democracia
real frente a la democracia formal; la cuestión de la descentralización, frente
a la centralización; la cuestión de la antidiscriminación, frente a la
discriminación; la cuestión de la libertad frente a la opresión; la cuestión
del sentido de la vida, frente a la resignación, la complicidad y el absurdo.
Porque el Humanismo se basa en
la libertad de elección, posee la única ética valedera del momento actual. Así
mismo, porque cree en la intención y la libertad distingue entre el error y la
mala fe, entre el equivocado y el traidor.
Es en la base social, en los
lugares de labor y habitación de los trabajadores donde el Humanismo debe
convertir la simple protesta en fuerza consciente orientada a la transformación
de las estructuras económicas.
En cuanto a los miembros
combativos de las organizaciones gremiales y los miembros de partidos políticos
progresistas, su lucha se hará coherente en la medida en que tiendan a
transformar las cúpulas de las organizaciones en las que están inscriptos
dándole a sus colectividades una orientación que ponga en primer lugar, y por
encima de reivindicaciones inmediatistas, los planteos de fondo que propicia el
Humanismo.
Vastas capas de estudiantes y
docentes, normalmente sensibles a la injusticia, irán haciendo consciente su
voluntad de cambio en la medida en que la crisis general del sistema los
afecte. Y, por cierto, la gente de Prensa en contacto con la tragedia cotidiana
está hoy en condiciones de actuar en dirección humanista al igual que sectores
de la intelectualidad cuya producción está en contradicción con las pautas que
promueve este sistema inhumano.
Son numerosas las posturas que,
teniendo por base el hecho del sufrimiento humano, invitan a la acción
desinteresada a favor de los desposeídos o los discriminados. Asociaciones,
grupos voluntarios y sectores importantes de la población se movilizan, en
ocasiones, haciendo su aporte positivo. Sin duda que una de sus contribuciones
consiste en generar denuncias sobre esos problemas. Sin embargo, tales grupos
no plantean su acción en términos de transformación de las estructuras que dan
lugar a esos males. Estas posturas se inscriben en el Humanitarismo más que en
el Humanismo consciente. En ellas se encuentran ya protestas y acciones
puntuales susceptibles de ser profundizadas y extendidas.
A medida que las fuerzas que
moviliza el gran capital van asfixiando a los pueblos, surgen posturas
incoherentes que comienzan a fortalecerse al explotar ese malestar canalizándolo
hacia falsos culpables. En la base de estos neofascismos está una profunda
negación de los valores humanos. También en ciertas corrientes ecologistas
desviatorias se apuesta en primer término a la naturaleza en lugar del hombre.
Ya no predican que el desastre ecológico es desastre, justamente, porque hace
peligrar a la humanidad sino porque el ser humano ha atentado contra la
naturaleza. Según algunas de estas corrientes, el ser humano está contaminado y
por ello contamina a la naturaleza. Mejor sería, para ellos, que la medicina no
hubiera tenido éxito en el combate con las enfermedades y en el alargamiento de
la vida. "La Tierra primero", gritan histéricamente, recordando las
proclamas del nazismo. Desde allí a la discriminación de culturas que
contaminan, de extranjeros que ensucian y polucionan, hay un corto paso. Estas
corrientes se inscriben también en el anti-humanismo porque en el fondo
desprecian al ser humano. Sus mentores se desprecian a sí mismos, reflejando
las tendencias nihilistas y suicidas a la moda.
Una franja importante de gente
perceptiva también adhiere al ecologismo porque entiende la gravedad del
problema que este denuncia. Pero si ese ecologismo toma el carácter humanista
que corresponde, orientará la lucha hacia los promotores de la catástrofe, a
saber: el gran capital y la cadena de industrias y empresas destructivas,
parientes próximas del complejo militar-industrial. Antes de preocuparse por
las focas se ocupará del hambre, el hacinamiento, la mortinatalidad, las enfermedades
y los déficits sanitarios y habitacionales en muchas partes del mundo. Y
destacará la desocupación, la explotación, el racismo, la discriminación y la
intolerancia, en el mundo tecnológicamente avanzado. Mundo que, por otra parte,
está creando los desequilibrios ecológicos en aras de su crecimiento
irracional.
No es necesario extenderse
demasiado en la consideración de las derechas como instrumentos políticos del
Anti-humanismo. En ellas la mala fe llega a niveles tan altos que,
periódicamente, se publicitan como representantes del "Humanismo". En
esa dirección, no ha faltado tampoco la astuta clerigalla que ha pretendido
teorizar en base a un ridículo "Humanismo Teocéntrico"(?) Esa gente,
inventora de guerras religiosas e inquisiciones; esa gente que fue verdugo de
los padres históricos del humanismo occidental, se ha arrogado las virtudes de
sus víctimas llegando inclusive a "perdonar los desvíos" de aquellos
humanistas históricos. Tan enorme es la mala fe y el bandolerismo en la
apropiación de las palabras que los representantes del Anti-humanismo han
intentado cubrirse con el nombre de "humanistas".
Sería imposible inventariar los
recursos, instrumentos, formas y expresiones de que dispone el Anti-humanismo.
En todo caso esclarecer sobre sus tendencias más solapadas contribuirá a que
muchos humanistas espontáneos o ingenuos revisen sus concepciones y el
significado de su práctica social.
El Humanismo organiza frentes de
acción en el campo laboral, habitacional, gremial, político y cultural con la
intención de ir asumiendo el carácter de movimiento social. Al proceder así,
crea condiciones de inserción para las diferentes fuerzas, grupos e individuos
progresistas sin que éstos pierdan su identidad ni sus características
particulares. El objetivo de tal movimiento consiste en promover la unión de
fuerzas capaces de influir crecientemente sobre vastas capas de la población
orientando con su acción la transformación social.
Los humanistas no son ingenuos
ni se engolosinan con declaraciones propias de épocas románticas. En ese
sentido, no consideran sus propuestas como la expresión más avanzada de la
conciencia social, ni piensan a su organización en términos indiscutibles. Los
humanistas no fingen ser representantes de las mayorías. En todo caso, actúan
de acuerdo a su parecer más justo apuntando a las transformaciones que creen
más adecuadas y posibles en este momento que les toca vivir.
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Confío en que podamos continuar
con otros asuntos en la próxima carta.
Reciban con ésta, un gran
saludo.
Silo. 05/04/93.
Estimados
amigos:
Hoy
hablaremos de la revolución social. ¿Cómo es esto posible? Algunos
bien-pensantes nos dicen que la palabra "revolución" ha caído en
desuso luego del fracaso del "socialismo real". Posiblemente en sus
cabezas siempre anidó la creencia de que las revoluciones anteriores a 1917
eran preparaciones de la revolución "en serio". Está claro que si
fracasó la revolución "en serio", ya no se puede volver sobre el
tema. Como de costumbre, los bien-pensantes ejercitan la censura ideológica y
se atribuyen la prerrogativa de otorgar, o no, carta de ciudadanía a las modas
y a las palabras. Estos funcionarios del espíritu (mejor dicho, de los medios
de difusión), siguen teniendo con nosotros diametrales diferencias: ellos
pensaban que el monolitismo soviético era eterno y, ahora, que el triunfo del
capitalismo es una realidad inconmovible. Ellos daban por sentado que lo sustancial
de una revolución era el derramamiento de sangre; que el decorado
imprescindible eran las banderas al viento, las marchas, los gestos y los
discursos encendidos. En su paisaje de formación siempre actuó la
cinematografía y la moda Pierre Cardin. Hoy, por ejemplo, cuando piensan en el
Islam imaginan una moda femenina que les inquieta y cuando hablan de Japón no
dejan de alterarse, tras el planteo económico, por el kimono siempre a punto de
ser exhumado. Si cuando niños se nutrieron de celuloide y libros de piratas,
luego se sintieron atraídos por Katmandú, el tour isleño, la defensa ecológica,
y la moda "natural"; si, en cambio, saborearon los western y las
vistas de acción, plantearon luego el progreso en términos de guerra
competitiva o la revolución en términos de pólvora.
Estamos
inmersos en un mundo de códigos de comunicación masiva en el que los formadores
de opinión nos imponen su mensaje a través de diarios, revistas y radios; en el
que los escritores de la inteligencia débil fijan los temas que deben ser
discutidos; en el que las gentes sensatas nos informan y esclarecen sobre el
mundo actual... Ante las cámaras se presenta a diario la corporación de
opinadores. Allí, ordenadamente, se pasan la palabra la sicóloga, el sociólogo,
el politicólogo, el modisto, la periodista que entrevistó a Kaddaffi y el
inefable astrólogo. Luego, todos gritan a uno: "¿revolución?, usted está
completamente demodé!" En definitiva, la opinión pública (es decir, la que
se publica) sostiene que todo va para mejor a pesar de algunos inconvenientes y
certifica, además, la defunción de la revolución.
¿Qué
conjunto de ideas bien articuladas se ha presentado que descalifique al proceso
revolucionario en el mundo actual? Solo se han presentado opiniones de
farándula. No hay, por tanto, vigorosas concepciones que merezcan ser
discutidas con rigor.
Pasemos
de una vez a cuestiones importantes.
En
esta serie de cartas hemos hecho varios comentarios sobre la situación general que
estamos viviendo. Como consecuencia de esas descripciones llegamos a la
siguiente disyuntiva: o somos arrastrados por una tendencia cada vez más
absurda y destructiva o damos a los acontecimientos un sentido diferente. En el
trasfondo de esta presentación está operando la dialéctica de la libertad
frente al determinismo, la búsqueda humana de la elección y el compromiso
frente a los procesos mecánicos cuyo destino es deshumanizante. Deshumanizante
es la concentración del gran capital hasta su colapso mundial. Deshumanizante
será el mundo resultante convulsionado por hambrunas, migraciones, guerras y
luchas interminables, inseguridad cotidiana, arbitrariedad generalizada, caos,
injusticia, restricción de la libertad y triunfo de nuevos oscurantismos. Deshumanizante
será volver a girar en una rueda hasta el surgimiento de otra civilización que
repita los mismos y estúpidos pasos de engranaje... si es que esto pueda ser
posible luego del derrumbe de esta primera civilización planetaria que, por
ahora, empieza a conformarse. Pero en esta larga historia la vida de las
generaciones y de los individuos es tan breve y tan inmediata que cada cual atisba el destino general como su
destino particular ampliado y no su destino particular como destino general
restringido. Así, es mucho más convincente lo que a cada persona le toca
vivir hoy que aquello que vivirá mañana o que sus hijos vivirán mañana. Y,
desde luego, es tal la urgencia de millones de seres humanos que no queda
horizonte para considerar un hipotético futuro que pueda sobrevenir. Demasiada
tragedia existe en este preciso instante y esto es más que suficiente para
luchar por un cambio profundo de situación. ¿Por qué, entonces, mencionamos el
mañana si las urgencias de hoy son de tal magnitud? Sencillamente, porque cada
vez más se manipula la imagen del futuro y se exhorta a aguantar la situación
actual como si se tratara de una crisis insignificante y llevadera. "Todo
ajuste económico -teorizan- tiene un costo social". "Es lamentable
-dicen- que para que todos estemos bien en el futuro, vosotros tengáis que
pasar mal vuestro presente". "¿Acaso antes -preguntan- había esta
tecnología y esta medicina en los lugares de mayor abundancia?". "Ya
os llegará el turno -afirman- también a vosotros!"
Y
mientras nos postergan, estos que prometieron progreso para todos siguen
abriendo el foso que separa a las minorías opulentas de las mayorías cada vez
más castigadas. Este orden social nos encierra en un círculo vicioso que se
realimenta y proyecta a un sistema global del que no puede escapar ningún punto
del planeta. Pero también está claro que en todas partes comienza a descreerse
de las promesas de la cúpula social, que se radicalizan posiciones y que
comienza la agitación general. ¿Lucharemos todos contra todos? ¿Lucharán unas
culturas contra otras, unos continentes contra otros, unas regiones contra
otras, unas etnias contra otras, unos vecinos contra otros y unos familiares
contra otros? ¿Iremos al espontaneímo sin dirección, como animales heridos que
sacuden su dolor o incluiremos todas las diferencias, bienvenidas sean, en
dirección a la revolución mundial? Lo que estoy tratando de formular es que se está presentando la disyuntiva del simple
caos destructivo o de la revolución como dirección superadora de las diferencias
de los oprimidos. Estoy diciendo que la situación mundial y la particular
de cada individuo será más conflictiva cada día y que dejar el futuro en manos
de los que han dirigido este proceso hasta hoy, es suicida. Ya no son estos los
tiempos en que se pueda barrer con toda oposición y proclamar al día siguiente:
"La paz reina en Varsovia." Ya no son tiempos en que el 10% de la
población pueda disponer, sin límite, del 90% restante. En este sistema que
comienza a ser mundialmente cerrado, y no existiendo una clara dirección de
cambio, todo queda a expensas de la simple acumulación de capital y poder. El
resultado es que en un sistema cerrado no puede esperarse otra cosa que la
mecánica del desorden general. La paradoja de sistema nos informa que al pretender
ordenar el desorden creciente se habrá de acelerar el desorden. No hay otra
salida que revolucionar el sistema, abriéndolo a la diversidad de las
necesidades y aspiraciones humanas. Planteadas las cosas en esos términos, el
tema de la revolución adquiere una grandeza inusitada y una proyección que no
pudo tener en épocas anteriores.
En
carta anterior fijamos posiciones sobre las cuestiones del trabajo frente al
gran capital, de la democracia real frente a la formal, de la descentralización
frente a la centralización, de la antidiscriminación frente a la
discriminación, de la libertad frente la opresión. Si en el momento actual el
capital se va transfiriendo gradualmente a la banca, si la banca se va
adueñando de las empresas, los países, las regiones y el mundo, la revolución
implica la apropiación de la banca de tal manera que ésta cumpla con prestar su
servicio sin percibir a cambio intereses que de por sí, son usurarios. Si en la
constitución de una empresa el capital percibe ganancias y el trabajador
salario o sueldo, si en la empresa la gestión y decisión están en manos del
capital, la revolución implica que la ganancia se reinvierta, se diversifique o
se utilice en la creación de nuevas fuentes de trabajo y que la gestión y
decisión sean compartidas por el trabajo y el capital. Si las regiones o
provincias de un país están atadas a la decisión central, la revolución implica
la desestructuración de ese poder de manera que las entidades regionales
conformen una república federativa y que el poder de esas regiones sea
igualmente descentralizado a favor de la base comunal desde donde habrá de
partir toda representatividad electoral. Si la salud y la educación son
tratadas de modo desigual para los habitantes de un país, la revolución implica
educación y salud gratuita para todos, porque en definitiva esos son los dos
valores máximos de la revolución y ellos deberán reemplazar el paradigma de la
sociedad actual dado por la riqueza y el poder. Poniendo todo en función de la salud y la educación, los complejísimos
problemas económicos y tecnológicos de la sociedad actual tendrán el enmarque
correcto para su tratamiento. Nos parece que procediendo de modo inverso no
se llegará a conformar una sociedad con posibilidades evolutivas. El gran
argumento del capitalismo es poner todo en duda preguntando siempre de dónde
saldrán los recursos y cómo aumentará la productividad, dando a entender que
los recursos salen de los préstamos bancarios y no del trabajo del pueblo. Por
lo demás, ¿de qué sirve la productividad si luego se esfuma de las manos del
que produce? Nada extraordinario nos dice el modelo que ha funcionado por
algunas décadas en ciertas partes del mundo y que hoy comienza a
desarticularse. Que la salud y la educación de esos países aumenta
maravillosamente, es algo que está por verse a la luz del crecimiento de las
plagas no solo físicas sino sicosociales. Si es parte de la educación la
creación de un ser humano autoritario, violento y xenófobo, si es parte de su
progreso sanitario el aumento del alcoholismo, la drogadicción y el suicidio,
entonces de nada vale tal modelo. Seguiremos admirando los centros de educación
organizados, los hospitales bien equipados y trataremos además de que estén al servicio del pueblo sin
distinciones. En cuanto al contenido y significado de la salud y de la
educación hay demasiado para discutir con el sistema actual.
Hablamos
de una revolución social que cambie drásticamente las condiciones de vida del
pueblo, de una revolución política que modifique la estructura del poder y, en
definitiva, de una revolución humana que cree sus propios paradigmas en
reemplazo de los decadentes valores actuales. La revolución social a que apunta el Humanismo pasa por la toma del
poder político para realizar las transformaciones del caso, pero la toma de ese
poder no es un objetivo en sí. Por lo demás, la violencia no es un
componente esencial de esa revolución. ¿De qué valdría la repugnante práctica
de la ejecución y la cárcel para el enemigo? ¿Cuál sería la diferencia con los
opresores de siempre? La revolución de la India anticolonialista se produjo por
presión popular y no por violencia. Fue una revolución inconclusa determinada
por la cortedad de su ideario, pero al mismo tiempo mostró una nueva
metodología de acción y de lucha. La revolución contra la monarquía iraní se
desató por presión popular, ni siquiera por la toma de los centros de poder
político ya que éstos se fueron "vaciando", desestructurando, hasta
dejar de funcionar... luego la intolerancia arruinó todo. Y así, es posible la
revolución por distintos medios incluido el triunfo electoral, pero la
transformación drástica de las estructuras es algo que en todos los casos debe
ponerse en marcha de inmediato, comenzando por el establecimiento de un nuevo
orden jurídico que, entre otros tópicos, muestre claramente las nuevas
relaciones sociales de producción, que impida toda arbitrariedad y que regule
el funcionamiento de aquellas estructuras del pasado aún aptas para ser
mejoradas.
Las
revoluciones que hoy agonizan o las nuevas que se están gestando no llegarán
más allá de lo testimonial dentro de un orden estancado, no llegarán más allá
del tumulto organizado, si no avanzan en la dirección propuesta por el
Humanismo, es decir: en dirección a un sistema de relaciones sociales cuyo
valor central sea el ser humano y no cualquier otro como pudiera ser la
"producción", "la sociedad socialista", etc. Pero poner al
ser humano como valor central implica una idea totalmente diferente de lo que
hoy se entiende, precisamente, por "ser-humano". Los esquemas de
comprensión actuales están todavía muy alejados de la idea y de la sensibilidad
necesarias para aprehender la realidad de lo humano. Sin embargo, y es
necesario aclararlo, también comienza a dibujarse una cierta recuperación de la
inteligencia crítica fuera de los moldes aceptados por la ingeniosidad
superficial de la época. En G. Petrovic, para mencionar un caso, encontramos
una concepción precursora de lo que hemos venido exponiendo. El define a la
revolución como "la creación de un modo de ser esencialmente distinto,
diferente de todo ser no humano, anti-humano y aún no completamente
humano". Petrovic termina identificando la revolución con la más alta
forma de ser, como ser en plenitud y como Ser-en-Libertad. ( tesis sobre
"la necesidad de un concepto de revolución", 1977, La Filosofía y las Ciencias Sociales,
congreso de Morelia de 1975).
No
se detendrá la marea revolucionaria que está en marcha como expresión de la
desesperación de las mayorías oprimidas. Pero aún esto no será suficiente ya
que la dirección adecuada de ese proceso no ocurrirá por la sola mecánica de la
"práctica social". Salir del
campo de la necesidad al campo de la libertad por medio de la revolución es el
imperativo de ésta época en la que el ser humano ha quedado clausurado. Las
futuras revoluciones, si es que irán más allá de los cuartelazos, los golpes
palaciegos, las reivindicaciones de clase, o de etnia, o de religión, tendrán
que asumir un carácter transformador incluyente en base a la esencialidad
humana. De ahí que más allá de los cambios que produzcan en las situaciones
concretas de los países, su carácter será universalista y su objetivo
mundializador. Por consiguiente, cuando hablamos de "revolución
mundial" comprendemos que cualquier revolución humanista, o que se
transforme en humanista, aunque sea realizada en una situación restringida
llevará el carácter y el objetivo que la arrojará más allá de sí misma. Y esa
revolución, por insignificante que sea el lugar en que se produzca, comprometerá
la esencialidad de todo ser humano. La revolución mundial no puede ser
planteada en términos de éxito sino en su real dimensión humanizadora. Por lo
demás, el nuevo tipo de revolucionario que corresponde a este nuevo tipo de
revolución deviene, por esencia y por actividad, en humanizador del mundo.
Quisiera
ahora extenderme en algunas consideraciones prácticas respecto a la creación de
las condiciones necesarias para la unidad, organización y crecimiento de una
fuerza social suficiente que permita posicionarse en dirección a un proceso
revolucionario.
La
antigua tesis frentista de acumulación de fuerzas progresistas en base al
acuerdo sobre puntos mínimos hoy termina en la práctica del "pegado"
de disidencias partidarias sin inserción social. De este modo resulta una
acumulación de contradicciones entre cúpulas que apuntan al protagonismo
periodístico y a la promoción electorera. En épocas en que un partido con
recursos económicos suficientes podía hegemonizar la fragmentación, el
planteamiento de los "frentes" electorales era viable. Hoy la
situación ha cambiado drásticamente y, sin embargo, la izquierda tradicional
continúa con tales procedimientos como si nada hubiera pasado. Se hace necesario
revisar la función del partido en el momento actual y preguntarse si son los
partidos políticos las estructuras capaces de poner en marcha la revolución.
Porque si el sistema ha terminado metabolizando a los partidos convirtiéndolos
en "cáscaras" de una acción que controlan los grandes capitales y la
banca, un partido superestructural sin base humana se podrá acercar al poder
formal (no al poder real), sin por ello introducir la más mínima variación de
fondo. La acción política exige, por ahora, la creación de un partido que logre
representatividad electoral en distintos niveles. Pero debe estar en claro
desde el primer momento que esa representatividad tiene por objeto orientar el
conflicto hacia el seno del poder establecido. En este contexto, un miembro del
partido que logra representatividad popular no es un funcionario público sino
un referente que evidencia las contradicciones del sistema y organiza la lucha
en dirección a la revolución. En otras palabras, el trabajo político
institucional o partidario es entendido aquí como la expresión de un fenómeno
social amplio que posee su propia dinámica. De este modo, el partido puede
desarrollar su máxima actividad en épocas electorales pero los distintos
frentes de acción que ocasionalmente le sirven de base, utilizan el mismo hecho
electoral para destacar conflictos y ampliar su organización. Hay aquí
diferencias importantes con la concepción tradicional del partido. En efecto,
hasta hace unas décadas se pensaba que el partido era la vanguardia de lucha
que organizaba diferentes frentes de acción. Aquí se está planteando todo en
sentido inverso. Son los frentes de acción los que organizan y desarrollan la
base de un movimiento social y es el partido la expresión institucional de ese
movimiento. A su vez, el partido debe crear condiciones de inserción para otras
fuerzas políticas progresistas ya que no puede pretender que aquellas pierdan
su identidad fundiéndose en su seno. El partido debe ir más allá de su propia
identidad formando con otras fuerzas un "frente" más amplio que
inserte a todos los factores progresistas fragmentados. Pero no se pasará del
acuerdo de cúpulas si el partido no cuenta con una base real que oriente ese
proceso. Por otra parte, este planteamiento no es reversible en el sentido de
que el partido forme parte de un frente que organizan otras superestructuras.
Habrá frente político con otras fuerzas si éstas se avienen a las condiciones
que establece el partido cuya fuerza real está dada por la organización de
base. Pasemos pues a considerar los distintos frentes de acción.
Es
necesario que diferentes frentes de acción realicen su trabajo en la base
administrativa de los países apuntando a la comuna o municipio. Corresponde
desarrollar en el área fijada frentes de acción laborales y habitacionales, comprometiendo la acción en los conflictos
reales debidamente priorizados. Esto último significa que la lucha por la
reivindicación inmediata no tiene significado si ella no deriva en crecimiento
organizativo y posicionamiento para pasos posteriores. Está claro que todo
conflicto debe ser explicado en términos relacionados directamente con el nivel
de vida, con la salud y la educación de la población (coherentemente, los
trabajadores de la salud y la educación deben convertirse en simpatizantes
inmediatos y posteriormente en cuadros necesarios para la organización directa
de la base social).
En
cuanto a las organizaciones gremiales se presenta aquí el mismo fenómeno de los
partidos del sistema, por ello no es el caso de plantear el control del
sindicato o del gremio sino la aglutinación de trabajadores que, como
consecuencia, desplacen el control de la cúpula tradicional. Debe promoverse
todo sistema de elección directa, todo plenario y asamblea que comprometa a la
dirigencia y le exija la toma de posiciones en los conflictos concretos de
manera que responda a los requerimientos de la base o sea desbordada. Y,
ciertamente, los frentes de acción en el campo gremial deben diseñar su táctica
apuntando al crecimiento de la organización de la base social.
Finalmente,
la puesta en marcha de instituciones sociales y culturales actuando desde la
base es de suma importancia porque permiten aglutinar a colectividades
discriminadas o perseguidas en el contexto del respeto a los derechos humanos,
dándoles una dirección común no obstante sus diferencias particulares. La tesis
de que cada etnia, colectividad, o grupo humano discriminado debe hacerse
fuerte en sí mismo para enfrentar el atropello, padece de una importante
deficiencia de apreciación. Esa postura parte de la idea de que
"mezclarse" con elementos ajenos les hace perder identidad, cuando en
realidad su posición aislada los expone y los lleva a ser erradicados con mayor
facilidad, o bien, los coloca en posición de radicalizarse de tal modo que los
perseguidores justifiquen la acción directa contra ellos. La mejor garantía de supervivencia de una minoría discriminada es que
forme parte de un frente con otros que encaminan la lucha por sus
reivindicaciones en dirección revolucionaria. Después de todo, es el
sistema globalmente considerado el que ha creado las condiciones de
discriminación y éstas no desaparecerán hasta tanto ese orden social sea
transformado.
Debemos
distinguir entre proceso revolucionario y dirección revolucionaria. Desde
nuestra posición, se entiende al proceso
revolucionario como un conjunto de condiciones mecánicas generadas en el
desarrollo del sistema. En ese sentido, tal desarrollo crea factores de
desorden que, finalmente, son desplazados, se imponen, o terminan
descomponiendo la totalidad del esquema. De acuerdo a los análisis que llevamos
hecho, la globalización a la que se tiende en estos momentos está presentando
agudos factores de desorden en el desarrollo total del sistema. Se trata de un
proceso que es independiente de la acción voluntaria de grupos o individuos. Ya
hemos considerado este punto en más de una ocasión. El problema que se está
planteando ahora es, precisamente, el del futuro del sistema ya que éste tiende
a revolucionarse mecánicamente sin mediar orientación progresiva alguna. La
orientación en cuestión depende de la intención humana y escapa a la
determinación de las condiciones que origina el sistema. Ya en otros momentos
hemos aclarado nuestra posición respecto a la no pasividad de la conciencia
humana, a su característica esencial de no ser simple reflejo de condiciones
objetivas, a su capacidad de oponerse a tales condiciones y pergueñar una
situación futura diferente a la vivida en el momento actual (aquí sugerimos ver
la carta número 4, par. III y IV y el
libro Contribuciones al Pensamiento en
el ensayo Discusiones Historiológicas,
cap.3, par.II y III). Dentro de ese
modo de libertad, entre condiciones, interpretamos la dirección revolucionaria.
Es
por el ejercicio de la violencia que una minoría impone sus condiciones al
conjunto social y organiza un orden, un sistema inercial, que continúa su
desarrollo. Vistas así las cosas, tanto el modo de producción y las relaciones
sociales consecuentes; tanto el orden jurídico y las ideologías dominantes que
regulan y justifican dicho orden y tanto el aparato estatal o paraestatal a
través del que se controla el todo social, se develan como instrumentos al
servicio de los intereses e intenciones de la minoría instalada. Pero el
desarrollo del sistema continúa mecánicamente más allá de las intenciones de
esa minoría que lucha por concentrar cada vez más los factores de poder y
control, provocando con esto una nueva aceleración en el desarrollo del sistema
que progresivamente va escapando a su dominio. De esta manera, el aumento del
desorden chocará contra el orden establecido y provocará por parte de ese orden
la aplicación proporcional de sus recursos de protección. En épocas críticas se
disciplinará al todo social con todo el rigor de la violencia disponible por el
sistema. Así se llega al máximo recurso disponible: el ejército. Pero ¿es
totalmente cierto que los ejércitos seguirán respondiendo del modo tradicional
en épocas en que el sistema va al colapso global? Si eso no fuera así, el giro
de situación que puede ocurrir en la dirección de los acontecimientos actuales
es tema de discusión. Basta reflexionar sobre las últimas etapas de las
civilizaciones que precedieron a la actual para comprender que los ejércitos se
alzaron contra el poder establecido, se dividieron en las guerras civiles que
ya estaban planteadas en la sociedad y no pudiendo introducir en esa situación
una dirección nueva el sistema continuó su dirección catastrófica. En la actual
civilización mundial que se perfila ¿se tratará del mismo destino? Habremos de
considerar a los ejércitos en la próxima carta.
Reciban con ésta, un gran
saludo.
Silo. 07/08/93
Estimados amigos:
De acuerdo a lo anunciado en
carta anterior, tocaré en la presente algunos puntos referidos a los ejércitos.
Por supuesto que el interés de este escrito estará centrado en la relación
entre las fuerzas armadas, el poder político y la sociedad. Tomaré como base el
documento discutido hace tres meses en Moscú (bajo el título de La Necesidad de una Posición Humanista en
las Fuerzas Armadas Contemporáneas- Conferencia internacional sobre
Humanización de las actividades militares y reforma de las Fuerzas Armadas,
patrocinada por el Ministerio de Defensa de la CEEII- Moscú, Mayo 24/28 de 1993).
Unicamente me apartaré de los conceptos vertidos en el documento original al
tratar la posición militar en el proceso revolucionario, tema éste que me
permitirá completar algunas ideas esbozadas con anterioridad.
Las fuerzas armadas están hoy
tratando de definir su nuevo rol. Esta situación comenzó luego de las
iniciativas de desarme proporcional y progresivo emprendidas por la Unión
Soviética a fines de la década del '80. La disminución de la tensión que
existió entre las superpotencias provocó un giro en el concepto de defensa en
los países más importantes. Sin embargo, la sustitución gradual de los bloques
político-militares (particularmente del Pacto de Varsovia), por un sistema de relaciones
relativamente cooperativas ha activado fuerzas centrífugas que arrastran a
nuevos choques en distintos puntos del planeta. Ciertamente, en pleno período
de la Guerra Fría los conflictos en áreas restringidas eran frecuentes y a
menudo prolongados, pero el carácter actual de éstos ha cambiado de signo
amenazando con extenderse en los Balcanes, en el mundo musulmán y en varias
zonas de Asia y Africa.
El reclamo limítrofe que antaño
preocupaba a fuerzas armadas contiguas hoy toma otra dirección dada la
tendencia a la secesión en el interior de algunos países. Las disparidades
económicas, étnicas y lingüísticas, tienden a modificar fronteras que se
suponían inalterables al tiempo que ocurren migraciones en gran escala. Se
trata de grupos humanos que se movilizan para huir de situaciones desesperadas
o para contener o expulsar de áreas definidas a otros grupos humanos. Estos y
otros fenómenos muestran cambios profundos particularmente en la estructura y
en la concepción del Estado. Por una parte, asistimos a un proceso de
regionalización económica y política; por otra, observamos la discordia
creciente en el interior de países que marchan hacia esa regionalización. Es como si el Estado nacional, diseñado hace
doscientos años, no aguantara ya los golpes que le propinan por arriba las
fuerzas multinacionales y por abajo las fuerzas de la secesión. Cada vez
más dependiente, cada vez más atado a la economía regional y cada vez más
comprometido en la guerra comercial contra otras regiones, el Estado sufre una crisis
sin precedentes en el control de la situación. Sus cartas fundamentales son
modificadas para dar lugar al desplazamiento de capitales y recursos
financieros, sus códigos y leyes civiles y comerciales quedan obsoletos. Hasta
la tipificación penal varía cuando hoy puede ser secuestrado un ciudadano cuyo
delito será juzgado en otro país, por magistrados de otra nacionalidad y en
base a leyes extranjeras. Así, el viejo concepto de soberanía nacional queda
sensiblemente disminuido. Todo el aparato jurídico-político del Estado, sus
instituciones y el personal afectado a su servicio inmediato o mediato, sufren
los efectos de esa crisis general. Esa es también la situación por la que
atraviesan las fuerzas armadas a las que en su momento se les dio el rol de sostenedoras
de la soberanía y de la seguridad general. Privatizada la educación, la salud,
las comunicaciones, las reservas naturales y hasta importantes áreas de la
seguridad ciudadana; privatizados los bienes y servicios, disminuye la
importancia del Estado tradicional. Es coherente pensar que si la
administración y los recursos de un país salen del área de control público, la
Justicia seguirá el mismo proceso y se asignará a las fuerzas armadas el rol de
milicia privada destinada a la defensa de intereses económicos vernáculos o
multinacionales. Tales tendencias se han ido acrecentando últimamente en el
interior de los países.
Aún no ha desaparecido la agresividad
de potencias que, en su momento, dieron por concluida la Guerra Fría.
Actualmente existen violaciones de espacios aéreos y marítimos, aproximaciones
imprudentes a territorios lejanos, incursiones e instalación de bases,
afianzamientos de pactos militares, guerras y ocupación de territorios
extranjeros por el control de vías de navegación o posesión de fuentes de
recursos naturales. Los antecedentes sentados por las guerras de Corea,
Vietnam, Laos y Camboya; por las crisis de Suez, Berlín y Cuba; por las
incursiones en Grenada, Trípoli y Panamá han mostrado al mundo la desproporción
de la acción bélica tantas veces aplicada sobre países indefensos y pesan a la
hora de hablar de desarme. Estos hechos adquieren singular gravedad porque, en
casos como el de la Guerra del Golfo, se realizan en los flancos de países de
gran importancia que podrían interpretar a tales maniobras como lesivas para su
seguridad. Semejantes excesos están logrando efectos residuales nocivos al
fortalecer el frente interno de sectores que juzgan a sus gobiernos como
incompetentes para frenar aquellos avances. Esto, desde luego, puede llegar a
comprometer el clima de paz internacional tan necesario en el momento actual.
En lo que hace a la seguridad
interior es necesario citar dos problemas que parecen perfilarse en el
horizonte de los acontecimientos inmediatos: las explosiones sociales y el
terrorismo.
Si es que la desocupación y la
recesión tienden a crecer en los países industrializados, es posible que éstos
sean escenario de convulsiones o desbordes invirtiéndose, en alguna medida, el
cuadro que se presentaba en décadas anteriores en las que el conflicto se
desarrollaba en las periferias de un centro que seguía creciendo sin sobresalto.
Acontecimientos como los ocurridos en Los Angeles el año pasado, podrían
extenderse más allá de una ciudad e inclusive hacia otros países. Por último,
el fenómeno del terrorismo se avizora como peligro de proporciones dado el
poder de fuego con que hoy pueden contar individuos y grupos relativamente
especializados. Esta amenaza que llegaría a expresarse por medio del artefacto
nuclear, o de explosivos deflagrantes y moleculares de alto poder, toca también
a otras áreas como la de las armas químicas y bacteriológicas de reducido costo
y fácil producción.
Son pues muchas y numerosas las
preocupaciones de las fuerzas armadas dado el panorama inestable del mundo de
hoy. Por otra parte, y además de los problemas estratégicos y políticos que
éstas deben considerar, están los temas internos de reestructuración, de
licenciamiento de importantes contingentes de tropas, del modo de reclutamiento
y capacitación, de renovación de material, de modernización tecnológica y,
primariamente, de recursos económicos. Pero si bien deben comprenderse a fondo
los problemas de contexto que hemos mencionado, se ha de agregar que ninguno de
ellos podrá ser resuelto cabalmente sino queda en claro con qué función
primaria deben cumplir los ejércitos. Después de todo, es el poder político el
que da su orientación a las fuerzas armadas y son estas las que actúan en base
a esa orientación.
En la concepción tradicional se
ha dado a las fuerzas armadas la función de resguardar la soberanía y seguridad
de los países, disponiendo del uso de la fuerza de acuerdo al mandato de los
poderes constituidos. De este modo, el monopolio de la violencia que
corresponde al Estado se transfiere a los cuerpos militares. Pero he aquí un
primer punto de discusión respecto a qué debe entenderse por
"soberanía" y qué por "seguridad". Si éstas, o más
modernamente el "progreso" de un país, requieren fuentes de
aprovisionamiento extra-territoriales, navegabilidad marítima indiscutible para
proteger el desplazamiento de mercaderías, control de puntos estratégicos con
el mismo fin y ocupación de territorios ajenos, estamos ante la teoría y la
práctica colonial o neo-colonial. En el colonialismo la función de los
ejércitos consistió en abrir paso primeramente a los intereses de las coronas
de la época y luego a las compañías privadas que lograron especiales
concesiones del poder político a cambio de réditos convenientes. La ilegalidad
de ese sistema fue justificada mediante la supuesta barbarie de los pueblos
ocupados, incapaces de darse una administración adecuada. La ideología
correspondiente a esta etapa consagró al colonialismo como el sistema
"civilizador" por excelencia.
En épocas del imperialismo
napoleónico la función del ejército, que por otra parte ocupaba el poder
político, consistió en expandir fronteras con el objetivo declamado de redimir
a los pueblos oprimidos por las tiranías merced a la acción bélica y la
instauración de un sistema administrativo y jurídico que consagró en sus
códigos a la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad. La ideología
correspondiente justificó la expansión imperial en base al criterio de
"necesidad" de un poder constituido por la revolución democrática
frente a monarquías ilegales basadas en la desigualdad que, además, hacían
frente común para asfixiar a la Revolución.
Más recientemente, siguiendo las
enseñanzas de Clausewitz, se ha entendido a la guerra como simple continuación
de la política y al Estado, promotor de esa política, se lo ha considerado como
el aparato de gobierno de una sociedad radicada en ciertos límites geográficos.
Desde allí se ha llegado a definiciones, caras a los geopolíticos, en las que
las fronteras aparecen como "la piel del Estado". En tal concepción
organológica, esta "piel" se contrae o se expande de acuerdo al tono
vital de los países y así debe ampliarse con el desarrollo de una comunidad que
reclama "espacio vital" dada su concentración demográfica o
económica. Desde esta perspectiva, la función del ejército es la de ganar espacio
conforme lo reclama esa política de seguridad y soberanía que es primaria
respecto a las necesidades de otros países limítrofes. Aquí la ideología
dominante proclama la desigualdad en las necesidades que experimentan las
colectividades de acuerdo a sus características vitales. Esta visión zoológica
de la lucha por la supervivencia del más apto, rememora las concepciones del
darwinismo trasladadas ilegítimamente a la práctica política y militar.
Contemporáneamente flota en el
aire mucho de las tres concepciones que hemos usado para ejemplificar cómo los
ejércitos responden al poder político y se encuadran según los dictámenes que,
ocasionalmente, éste entiende por seguridad y soberanía. De manera que si la
función del ejército es la de servir al Estado en lo que hace a seguridad y
soberanía, y la concepción sobre estos dos temas varía de gobierno en gobierno,
la fuerza armada tendrá que atenerse a ello. ¿Admite esto algún límite o
excepción? Claramente se observa dos excepciones:
1-Aquella en la que el poder político se ha constituido ilegítimamente y se han
agotado los recursos civiles para cambiar esa situación de anormalidad y 2.-
Aquella en la que el poder político se ha constituido legalmente pero en su
ejercicio se convierte en ilegal, habiéndose agotado los recursos civiles para
cambiar la situación anómala. En ambos casos, las fuerzas armadas tienen el
deber de restablecer la legalidad interrumpida, lo que equivale a continuar los
actos que por vía civil no han podido concluirse. En estas situaciones, el
ejército se debe a la legalidad y no al poder vigente. No se trata
entonces, de propiciar un estado deliberativo del ejército sino de destacar la
previa interrupción de la legalidad realizada por un poder vigente de origen
delictual o que se ha convertido en delictual. La pregunta que debe hacerse es:
¿de dónde proviene la legalidad y cuáles son sus características? Respondemos
que la legalidad proviene del pueblo que es quien se ha dado un tipo de Estado
y un tipo de leyes fundamentales a las que deben someterse los ciudadanos. Y en
el caso extremo en que el pueblo decidiera modificar ese tipo de Estado y ese
tipo de leyes, a él incumbiría hacerlo no pudiendo existir una estructura
estatal y un sistema legal por encima de aquella decisión. Este punto nos lleva
a la consideración del hecho revolucionario que trataremos más adelante.
Ha de destacarse que los cuerpos
militares deben estar formados por ciudadanos responsables de sus obligaciones
con respecto a la legalidad del poder establecido. Si el poder establecido
funciona en base a una democracia en la que se respeta la voluntad mayoritaria
por elección y renovación de los representantes populares, se respeta a las
minorías en los términos consagrados por las leyes y se respeta la separación e
independencia de poderes, entonces no es la fuerza armada quien tiene que
deliberar acerca de los aciertos o errores de ese gobierno. Del mismo modo que
en la implantación de un régimen ilegal, no puede la fuerza armada sostenerlo
mecánicamente invocando una "obediencia debida" a ese régimen. Aún
llegando al conflicto internacional, tampoco puede la fuerza armada practicar
el genocidio siguiendo instrucciones de un poder afiebrado por la anormalidad
de la situación. Porque si los derechos humanos no están por encima de
cualquier otro derecho, no se entiende para qué existe organización social, ni
Estado. Y nadie puede invocar "obediencia debida" cuando se trata del
asesinato, la tortura y la degradación del ser humano. Si algo enseñaron los
tribunales levantados luego de la Segunda Guerra Mundial fue que el hombre de
armas tiene responsabilidades como ser humano, aún en la situación-límite del
conflicto bélico.
A este punto podrá preguntarse:
¿no es el ejército una institución cuya preparación, disciplina y equipamiento
lo convierte en factor primario de destrucción? Respondemos que así están
montadas las cosas desde mucho tiempo antes de la situación actual y que,
independientemente de la aversión que sentimos por toda forma de violencia, no
podemos plantear la desaparición o el desarme unilateral de ejércitos creando
vacíos que serían llenados por otras fuerzas agresivas, como hemos mencionado
anteriormente al referirnos a los ataques realizados a países indefensos. Son las mismas fuerzas armadas las que
tienen una importante misión que cumplir al no obstruír la filosofía y la
práctica del desarme proporcional y progresivo, inspirando además a los
camaradas de otros países en esa dirección y dejando en claro que la función
castrense en el mundo de hoy es la de evitar catástrofes y servidumbres
dictadas por gobiernos ilegales que no responden al mandato popular.
Entonces, el mayor servicio que las fuerzas armadas podrá aportar a sus países
y a toda la humanidad será el de evitar que existan las guerras. Este
planteamiento que pudiera parecer utópico está respaldado actualmente por la
fuerza de los hechos que demuestran la poca practicidad y la peligrosidad para
todos cuando aumenta el poder bélico global o unilateral.
Quisiera volver sobre el tema de
la responsabilidad militar por medio de una ejemplificación inversa. Durante la
época de la Guerra Fría se repetía en Occidente un doble mensaje: por una
parte, la NATO y otros bloques se establecían para sostener un estilo de vida
amenazado por el comunismo soviético y, ocasionalmente, chino. Por otra, se
emprendían acciones militares en áreas distantes para proteger los
"intereses" de las potencias. En América Latina, el golpe de Estado
dado por los ejércitos de la zona, tenía preferencias por la amenaza de la
subversión interior. Las fuerzas armadas allí, dejaban de responder al poder
político y se alzaban contra todo derecho y contra toda Constitución.
Prácticamente, un continente se encontraba militarizado respondiendo a la
llamada "Doctrina de la Seguridad Nacional". La secuela de muerte y
atraso que dejaron tras de sí aquellas dictaduras fue singularmente justificada
a lo largo de la cadena de mandos con la idea de la "obediencia debida".
Mediante ella se explicó que en la disciplina castrense se siguen las órdenes
de la jefatura inmediata. Este planteamiento, que hace recordar las
justificaciones de los genocidas del nazismo, es un punto que debe ser
considerado a la hora de discutir los límites de la disciplina castrense.
Nuestro punto de vista respecto a este particular, como ya hemos comentado, es
que si el ejército rompe la dependencia del poder político se constituye en una
fuerza irregular, en una banda armada fuera de la ley. Este asunto es claro
pero admite una excepción: el alzamiento militar contra un poder político
establecido ilegalmente o que se ha puesto en situación facciosa. Las Fuerzas
Armadas no pueden invocar "obediencia debida" a un poder ilegal porque
se convierten en sostenedoras de esa irregularidad, así como en otras
circunstancias tampoco pueden producir el golpe militar escapando a la función
de cumplir con el mandato popular. Esto en lo que hace al orden interno y, en
relación al hecho bélico internacional, no pueden atentar contra la población
civil del país enemigo.
En orden al reclutamiento de los
ciudadanos, nuestro punto de vista es favorable a la sustitución del servicio
militar obligatorio por el servicio militar optativo, sistema éste que
permitirá una mayor capacitación del soldado profesional. Pero a esa limitación
de tropas corresponderá también una reducción importante del personal de
cuadros y del personal de jefatura. Y es claro que no se efectuará una
reestructuración adecuada sin atender a los problemas personales, familiares y
sociales que se habrá de acarrear en numerosos ejércitos que hoy mantienen un
esquema sobredimensionado. El nuevo emplazamiento laboral, geográfico y de
inserción social de esos contingentes será equilibrado si se mantiene una
relación militar flexible durante el tiempo que demande la reubicación. En la
reestructuración que hoy tiene lugar en distintas partes del mundo debe tenerse
en cuenta primariamente el modelo de país en el que se efectúa. Naturalmente,
un sistema unitario tiene características diferentes al de uno federativo o al
de distintos países que están confluyendo en una comunidad regional. Nuestro
punto de vista, favorable al sistema federativo y abierto a la confederación
regional requiere, para el diseño correcto de la reestructuración, compromisos
sólidos y permanentes que permitan continuidad en el proyecto. Si no existe una
voluntad clara de las partes en esta dirección, la reestructuración no será
posible porque el aporte económico de cada integrante estará sometido a
vaivenes políticos ocasionales. Siendo ese el caso, las tropas federales podrán
existir solo formalmente y los contingentes militares serán la simple sumatoria
del potencial de cada comunidad que forme parte de la federación. Esto traerá
también problemas de mando unificado de difícil solución. En definitiva, será
la orientación política la que tendrá que dar las pautas y, en tal situación,
las fuerzas armadas particulares requerirán de una muy precisa y coordinada
conducción.
Un problema de relativa
importancia en la reestructuración es el referido a ciertos aspectos de los
cuerpos de seguridad. Los cuerpos de seguridad, si no son militarizados, actúan
en relación al orden interno y con referencia a la protección de los ciudadanos
aunque, habitualmente, están involucrados en operaciones de control muy
alejadas al fin para el que han sido creados. El organigrama en el que se
inscriben, en muchos países, los hace depender directamente de las carteras
políticas tales como el Ministerio del Interior, diferente al Ministerio de la
Guerra o de Defensa. Por otra parte, las policías entendidas como servidoras de
la ciudadanía y dispuestas para que se cumpla con un orden jurídico no lesivo
para los habitantes de un país tienen un carácter accesorio y bajo jurisdicción
del poder Judicial. Pero, a menudo, por su carácter de fuerza pública realizan
operaciones que ante los ojos de la población las hace aparecer como fuerzas
militares. Claramente se percibe la inconveniencia de tal confusión y es de
interés de las fuerzas armadas que estas distinciones queden claras. Otro tanto
ocurre con distintos organismos del Estado que manejan cuerpos secretos y de
informaciones, imbricados y superpuestos, que tampoco tienen que ver con el régimen
castrense. Los ejércitos requieren de un adecuado sistema de informaciones que
les permita operar con eficiencia y que en nada se parece a mecanismos de
control y seguimiento de la ciudadanía porque su función hace a la seguridad de
la Nación y no al beneplácito o la reprobación ideológica del gobierno de
turno.
Se supone que en una democracia
el poder proviene de la soberanía popular. Tanto la conformación del Estado
como la de los organismos que de él dependen derivan de la misma fuente. Así,
el ejército cumple con la función que le otorga el Estado para defender la
soberanía y dar seguridad a los habitantes de un país. Desde luego que pueden
ocurrir aberraciones según sea el ejército o una facción los que ocupen
ilegalmente el poder, de acuerdo a lo visto anteriormente. Pero, como también
hemos mencionado, podría suceder el caso extremo en que el pueblo decidiera
cambiar ese tipo de Estado y ese tipo de leyes es decir, ese tipo de sistema.
Al pueblo incumbiría hacerlo no pudiendo existir una estructura estatal y un
sistema legal por encima de aquella decisión. Sin duda que las cartas
fundamentales de muchos países contemplan la posibilidad de que ellas mismas
sean modificadas por decisión popular. De esta manera podría ocurrir un cambio
revolucionario en el que la democracia formal dé paso a la democracia real.
Pero si se obstruyera esta posibilidad se estaría negando el origen mismo de
donde brota toda legalidad. En tal circunstancia, y habiéndose agotado todos
los recursos civiles, es obligación del ejército cumplir con esa voluntad de
cambio desplazando a una facción instalada, ya ilegalmente, en el manejo de la
cosa pública. Se arribaría de ese modo, mediante la intervención militar, a la
creación de condiciones revolucionarias en las que el pueblo pone en marcha un
nuevo tipo de organización social y un nuevo régimen jurídico. No es necesario destacar las diferencias
entre la intervención militar que tiene por objetivo devolver al pueblo su
soberanía arrebatada, con el simple golpe militar que rompe la legalidad
establecida por mandato popular. En orden a las mismas ideas, la legalidad
exige que se respete la demanda del pueblo aún en el caso de que éste plantee cambios
revolucionarios. ¿Por qué las mayorías no habrían de expresar su deseo de
cambio de estructuras y, aún, por qué no habrían de tener las minorías la
oportunidad de trabajar políticamente para lograr una modificación
revolucionaria de la sociedad? Negar por
medio de la represión y la violencia la voluntad de cambio revolucionario
compromete seriamente la legalidad del sistema de las actuales democracias
formales.
Se habrá observado que no hemos
rozado asuntos relativos a estrategia ni doctrina militar como tampoco a
cuestiones de tecnología y organización castrense. No podría ser de otro modo. Nosotros hemos fijado el punto de vista
humanista respecto a las fuerzas armadas relacionadas con el poder político y
con la sociedad. Es la gente de armas la que tiene por delante un enorme
trabajo teorético y de implementación práctica para adaptar esquemas a este
momento tan especial que está viviendo el mundo. La opinión de la sociedad y el
genuino interés de las fuerzas armadas por conocer esa opinión, aunque no sea
especializada, es de fundamental importancia. Parejamente, una relación viva
entre miembros de ejércitos de distintos países y la discusión franca con la
civilidad es un paso importante en orden al reconocimiento de la pluralidad de
los puntos de vista. Los criterios de aislamiento de unos ejércitos respecto a
otros y de ensimismamiento respecto a las demandas del pueblo son propios de
una época en la que el intercambio humano y objetal estaba restringido. El
mundo ha cambiado para todos, también para las fuerzas armadas.
Hoy se imponen dos opiniones que
nos interesan especialmente. La primera anuncia que la época de las
revoluciones ha pasado; la segunda, que el protagonismo militar en la toma de
decisiones políticas se atenúa gradualmente. También se supone que solamente en
ciertos países atrasados o desorganizados permanecen amenazantes aquellas
rémoras del pasado. Por otra parte, se piensa que el sistema de relaciones
internacionales al tomar un carácter cada vez más sólido irá haciendo sentir su
peso hasta que aquellas antiguas irregularidades vayan entrando en cintura.
Sobre la cuestión de las revoluciones, como ya se ha expuesto, tenemos un
diametral punto de vista. En cuanto a que el concierto de naciones
"civilizadas" vaya a imponer un Nuevo Orden en el que no tenga lugar
la decisión militar, es tema por demás discutible. Nosotros destacamos que es, precisamente, en las naciones y regiones
que van tomando carácter imperial donde las revoluciones y la decisión militar
irán haciendo sentir su presencia. Tarde o temprano las fuerzas del dinero,
cada vez más concentradas, se enfrentarán a las mayorías y en esa situación
banca y ejército resultarán términos antitéticos. Estamos pues, emplazados
en las antípodas de la interpretación de los procesos históricos. Solamente los
tiempos ya cercanos habrán de poner en evidencia la correcta percepción de los
hechos que para algunos, siguiendo la tradición de los últimos años, resultarán
"increíbles". Con aquella visión, ¿qué se dirá cuando esto ocurra?
Probablemente que la humanidad ha vuelto al pasado o, más vulgarmente, que
"el mundo se ha desquiciado". Nosotros creemos que fenómenos como el
irracionalismo creciente, el surgimiento de una fuerte religiosidad y otros
tantos más, no están puestos en el pasado sino que corresponden a una nueva
etapa que habrá que afrontar con toda la valentía intelectual y con todo el
compromiso humano de que seamos capaces. En nada ayudará seguir sosteniendo que
el mejor desarrollo de la sociedad se corresponde con el mundo actual. Más
importante será comprender que la situación que estamos viviendo lleva
directamente al colapso de todo un sistema que algunos consideran defectuoso
pero "perfectible". No hay tal sistema actual
"perfectible". Por lo contrario, en él llega a la cima la inhumanidad
de todos los factores que se han ido amasando a lo largo de muchos años. Si
alguien juzga a estas afirmaciones como carentes de fundamento, está en todo su
derecho a condición de presentar por su parte una posición coherente. Y si
piensa que nuestra postura es pesimista, afirmamos que frente a este proceso
mecánico negativo prevalecerá la dirección hacia la humanización del mundo
empujada por la revolución que terminarán produciendo los grandes conjuntos
humanos, hoy por hoy despojados de su propio destino.
Reciban con ésta, un gran
saludo.
Silo. 10/08/93
Estimados amigos:
Muchas veces he recibido
correspondencia en la que se pregunta: "¿Qué pasa hoy con los derechos
humanos?". Personalmente no estoy en condiciones de dar una respuesta
ajustada. Creo, más bien, que aquellos que suscribieron la Declaración
Universal de Derechos Humanos, es decir más de 160 estados de la Tierra, deben
saber qué pasa. Esos estados firmaron el 10 de Diciembre de 1948, o más
adelante, la aceptación de aquel documento elaborado en el seno de las Naciones
Unidas. Todos comprendieron de qué trataba, todos se comprometieron a defender
los derechos proclamados. También se firmó un Tratado de Helsinki, y los países
designaron representantes ante las comisiones de derechos humanos y ante
tribunales internacionales.
Si a modo de crónica cotidiana tomáramos
lo ocurrido en este campo en los últimos tiempos, tendríamos que replantear la
pregunta y formularla así: "¿Qué pasa con el juego hipócrita de los
gobiernos en el manejo de los derechos humanos?" Bastaría con seguir
mínimamente a las agencias informativas, atender a diarios, revistas, radios y
TV., para responder a la pregunta. Tomemos como ejemplo el último informe de
Amnistía Internacional (solamente 1992), y expongamos sumariamente algunos de
los datos suministrados.
Las violaciones a los derechos
humanos aumentaron en el mundo con catástrofes destacadas como las guerras de
Yugoslavia y Somalia. Hubo presos de conciencia en 62 países; torturas
institucionales en 110 y asesinatos políticos, usados por los gobiernos, en 45.
La guerra en Bosnia-Herzegovina mostró claramente los abusos y carnicerías
efectuados por todos los bandos contra decenas de miles de personas que fueron
asesinadas, torturadas y hambreadas, muchas veces solo en razón de su etnia. En
otros puntos como Tayikistán y Azerbaiyán se observaron los mismos fenómenos.
Las denuncias de torturas y malos tratos por parte de las fuerzas de seguridad
se han elevado considerablemente en Alemania, Francia, España, Portugal,
Rumania e Italia. En estos casos, la raza de las víctimas desempeñó un importante
papel. También los grupos armados de oposición en el Reino Unido, España y
Turquía cometieron serias transgresiones a los derechos humanos. En Estados
Unidos fueron ejecutadas 31 personas (la mayor cifra desde 1977, fecha en que
volviera a instaurarse la pena de muerte). Miles de civiles desarmados fueron
muertos en Somalia en este período. Fuerzas de seguridad y "escuadrones de
la muerte" asesinaron a alrededor de 4.000 personas en América Latina. En
Venezuela ocurrieron decenas de arrestos y ejecuciones a presos políticos
durante la suspensión de garantías constitucionales que sobrevino luego de los
intentos de golpe del 4 de Febrero y 27 de Noviembre. En Cuba se mantuvo
encarceladas, por razones políticas, a cerca de 300 personas pero al no permitirse
la entrada al país de observadores internacionales de Amnistía tampoco se pudo
verificar la exactitud de los datos. En Brasil, la policía mató a 111 presos
durante un motín carcelario en Sao Pablo mientras que en la misma ciudad, Río
de Janeiro y otros puntos del país, cientos de niños y otros
"indeseables" fueron ejecutados. En Perú 139 personas
"desaparecieron" y otras 65 fueron ejecutadas extrajudicialmente por
las fuerzas de seguridad. Se recibieron informes de malos tratos generalizados
en zonas montañosas campesinas y alrededor de 70 personas fueron condenadas a
cadena perpetua tras juicios irregulares. Los grupos armados de oposición
también asesinaron a varias docenas de personas en distintos puntos del
territorio. En Colombia las reiteradas denuncias sobre violaciones a los
derechos humanos fueron desmentidas por la consejería presidencial en la
materia, atribuyendo las informaciones a opositores políticos interesados en
falsear la imagen de la realidad política del país. Sin embargo, Amnistía
denunció que las fuerzas armadas y los grupos paramilitares ejecutaron
extrajudicialmente a no menos de 500 personas, al tiempo que los grupos armados
de oposición y las organizaciones del narcotráfico asesinaron a cerca de 200.
Agrega Amnistía que la lucha contra los militantes islámicos provocó un
deterioro de la situación de los derechos humanos en varios países árabes como
Argelia y Egipto. Torturas, procesos injustos, asesinatos políticos,
"desapariciones" y otras violaciones graves fueron perpetradas por
agentes gubernamentales en todo Medio Oriente. En Egipto, la adopción de una
nueva legislación "facilitó" la tortura de los detenidos políticos y
8 militantes islámicos, presuntos integrantes de un grupo armado, fueron
condenados a muerte por un tribunal militar "después de un proceso no
equitativo". En Argelia hasta 10.000 personas fueron recluidas sin
inculpación o sin proceso, en campamentos aislados en el desierto. A su vez,
grupos fundamentalistas se declararon responsables de asesinatos de civiles y
de graves violaciones de los derechos humanos en Argelia y Egipto, como así
también en los territorios ocupados por Israel. Las detenciones sin proceso
están particularmente difundidas en Siria pero también tienen lugar en Israel,
Libia, Irak, Kuwait, Arabia Saudita, Marruecos y Túnez. En China, Amnistía
llamó la atención sobre la cantidad de presos de "conciencia" y sobre
la existencia de penas que recaen sobre activistas políticos sin previos
procesos judiciales.
Agencias periodísticas de
distinta orientación, han exhibido mapas del mundo en los que se ve a decenas
de países salpicados por el atropello a los derechos humanos y a otros en los
que se contabilizan los muertos en guerras religiosas e interétnicas. También
aparecen diversos puntos en los que miles de personas han perecido por causa
del hambre en su lugar de origen, o en medio de grandes migraciones.
Pero lo mencionado más arriba no
agota el tema de los derechos humanos ni, consecuentemente, las violaciones que
éstos sufren.
Hoy se habla, con renovado
vigor, de los derechos humanos. Sin embargo, ha cambiado el signo de los que
hacen ondear estas banderas. En décadas pasadas el progresismo trabajó
activamente en la defensa de principios que habían sido consagrados por el
consenso de las naciones. Por supuesto, no faltaron las dictaduras que en
nombre de aquellos derechos se burlaron de la necesidad y de la libertad
personal y colectiva. Algunas explicaron que mientras no se discutiera al
sistema imperante los ciudadanos tendrían acceso a la vivienda, la salud, la
educación y el trabajo. Lógicamente, dijeron, no había que confundir libertad
con libertinaje y "libertinaje", era discutir al régimen.
Hoy las derechas han recogido
aquellas banderas y se las ve activas en la defensa de los derechos humanos y
de la paz, sobre todo en aquellos países que no dominan totalmente.
Aprovechando algunos mecanismos internacionales organizan fuerzas de
intervención capaces de llegar a cualquier punto del globo a fin de imponer la
"justicia". En primer término llevan medicina y alimento para luego
arremeter a balazos con las poblaciones, favoreciendo a la facción que mejor se
les subordine. Pronto cualquier quinta-columna podrá invocar que en su país se
altera la paz o se pisotean los derechos humanos para solicitar ayuda de los
intervencionistas. En realidad, se ha perfeccionado a los primitivos tratados y
pactos para la defensa mutua con documentos que legalizan la acción de fuerzas
"neutrales". Así se implanta hoy, remozada, la vieja Pax Romana. En
fin, son los avatares ornitológicos que comenzando con el águila de los
pendones legionarios tomó luego forma de paloma picassiana hasta llegar el día
de hoy en que al plumífero le han crecido garras. Ya no regresa al Arca bíblica
portando una rama de olivo, sino que vuelve al arca de valores llevando un
dólar en su fuerte pico.
Adecuadamente se sazona todo con
tiernas argumentaciones. Y en esto hay que ser cuidadosos, porque aún cuando se interviniera en terceros
países por razones humanitarias evidentes para todos, se sentarían precedentes
para justificar nuevas acciones sin razones tan humanitarias ni tan evidentes
para todos. Es de observar que como consecuencia del proceso de mundialización,
Naciones Unidas está jugando un rol militar creciente que entraña no pocos
peligros. Una vez más se está comprometiendo la soberanía y autodeterminación
de los pueblos mediante la manipulación de los conceptos de paz y de
solidaridad internacional.
Dejemos los temas de la paz para
otra ocasión y miremos un poco más de cerca los derechos humanos que, como
todos sabemos, no se limitan a cuestiones de conciencia, de libertad política y
de expresión. La protección de estos derechos no se reduce tampoco a evitar la
persecución, el encarcelamiento y la muerte de los cuidadanos en razón de sus
diferencias con un régimen dado. Es decir, no se circunscribe a la defensa de
las personas frente a la violencia física directa que pudiera ejercerse contra
ellas. Sobre este punto hay mucha confusión y mucho trabajo desordenado, pero
algunas ideas básicas han quedado plasmadas en la Declaración.
El documento, en el artículo 2.-
1., dice: "Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados
en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma,
religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o
social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición." Y
algunos de los derechos proclamados son los siguientes: Artículo 23.- 1.
"Toda persona tiene derecho al trabajo, a la libre elección de su trabajo,
a condiciones equitativas y satisfactorias de trabajo y a la protección contra
el desempleo."; Artículo 25.- 1. "Toda persona tiene derecho a un
nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el
bienestar, y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la
asistencia médica y los servicios sociales necesarios; tiene así mismo derecho
a los seguros en caso de desempleo, enfermedad, invalidez, viudez, vejez u
otros casos de pérdidas de sus medios de subsistencia por circunstancias
independientes de su voluntad."
Los artículos suscritos por los
estados miembros, se basan en la concepción de la igualdad y universalidad de
los derechos humanos. No están en el espíritu ni en la exposición taxativa de
la Declaración, condicionales tales como: "... esos derechos serán
respetados si es que no perturban las
variables macroeconómicas." O bien: "... los mencionados derechos
serán respetados cuando se arribe a
una sociedad de abundancia". No obstante, se podría torcer el sentido de
lo expuesto apelando al Artículo 22.- "Toda persona como miembro de la
sociedad, tiene derecho a la seguridad social y a obtener, mediante el esfuerzo
nacional y la cooperación internacional, habida
cuenta de la organización y los recursos de cada Estado, la satisfacción de
los derechos económicos, sociales y culturales, indispensables a su dignidad y
al libre desarrollo de su personalidad." En ese "...habida cuenta de la organización y los recursos de cada
Estado", se diluye el ejercicio efectivo de los derechos y ello nos
lleva directamente a la discusión de los modelos económicos.
Supongamos un país con
suficiente organización y recursos que de pronto pasa al sistema de economía de
libre mercado. En tal situación, el Estado tenderá a ser un simple
"administrador" al tiempo que la empresa privada se preocupará por el
desarrollo de sus negocios. Los presupuestos para salud, educación y seguridad
social serán progresivamente recortados. El Estado dejará de ser
"asistencialista", por consiguiente no tendrá responsabilidad en la
situación. La empresa privada tampoco tendrá que hacerse cargo de los problemas
ya que las leyes que pudieran obligarla a proteger tales derechos serán
modificadas. La empresa entrará en conflicto aún con regulaciones sobre
salubridad y seguridad laboral. Pero la idea y la práctica salvadora de la
privatización de la salud pondrá a la empresa en situación de llenar el vacío
dejado en la anterior etapa de transición. Este esquema se repetirá en todos
los campos a medida que avance el privatismo que se ocupará de ofrecer sus
eficientes servicios a quienes puedan pagarlo, con lo cual el 20% de la
población tendrá cubiertas sus necesidades. ¿Quién defenderá entonces los
derechos humanos dentro de la concepción universal e igualitaria si estos se
ejercerán "... habida cuenta de la
organización y los recursos de cada Estado"? Porque está claro que
"cuanto más pequeño sea el Estado, más próspera será la economía de ese
país", según explican los defensores de esa ideología. En este tipo de
discusión, de pronto se pasará de la declamación idílica sobre la
"abundancia general" a la brutalidad expositiva que con carácter de
ultimátum se presentará, aproximadamente, en éstos términos: "Si las leyes
limitan al capital éste abandonará el país, no llegarán inversiones, no habrá
préstamos internacionales ni refinanciación de deudas contraídas anteriormente,
con lo cual se reducirán las exportaciones y la producción y, en definitiva, se
comprometerá el orden social." Así, con toda simpleza, quedará expuesto
uno de los tantos esquemas de extorsión. Si esto que venimos comentando lo
hemos derivado de la situación de un país con suficientes recursos, en su
pasaje hacia la economía de libre mercado, es fácil imaginar el agravamiento de
condiciones cuando el país en cuestión no cuente con los requisitos básicos de
organización ni recursos. Tal como se está planteando el Nuevo Orden mundial y
en razón de la interdependencia económica, en
todos los países (ricos o pobres), el capital estará atentando contra la
concepción universal e igualitaria de los derechos humanos.
La discusión anterior no puede
plantearse en los términos estrictamente gramaticales del artículo 22 porque en
él (y en toda la Declaración de los Derechos Humanos) no se está poniendo por
encima de las personas una valoración económica que relativice sus derechos.
Tampoco es legítimo introducir argumentos tangenciales al explicar que siendo
la economía la base del desarrollo social, hay que dedicar todos los esfuerzos
a las variables macroeconómicas, para que una vez lograda la abundancia se
pueda atender a los derechos humanos. Eso es tan torpemente lineal como decir:
"ya que la sociedad está sometida a la ley de la gravedad, es necesario
concentrarse en éste problema y cuando sea resuelto, hablaremos de los derechos
humanos". En una sociedad sana a los ciudadanos no se les ocurre construir
en barrancos inestables porque dan por supuestos los condicionantes de la
gravedad e, igualmente, todo el mundo sabe claramente qué son los
condicionantes económicos y la importancia de su correcta resolución en función de la vida humana. De todas
maneras éstas son digresiones que no hacen al tema central.
La consideración sobre los
derechos humanos no queda reducida a éstas últimas cuestiones de trabajo,
remuneración y asistencia, como en su momento tampoco fuera limitada a los
ámbitos de la expresión política y la libertad de conciencia. Hemos destacado algún
defecto en la redacción de la Declaración, pero aún así debemos convenir en que
bastaría con una escrupulosa aplicación de sus artículos, por parte de todos
los gobiernos, para que este mundo experimentara un cambio positivo de gran
importancia.
Existen diversas concepciones
del ser humano y esta variedad de puntos de vista a menudo tiene por base a las
distintas culturas desde las que se observa la realidad. Lo que estamos
planteando afecta globalmente a la cuestión de los derechos humanos. En efecto,
frente a la idea de un ser humano universal con los mismos derechos y con las
mismas funciones en todas las sociedades, hoy se levanta la tesis
"cultural" que defiende una postura diferente sobre estos temas. Así,
los sostenedores de esa posición consideran que los supuestos derechos
universales del hombre no son sino la generalización del punto de vista que
sostiene Occidente y que pretende una validez universal injustificada. Tomemos,
por ejemplo, el artículo 16.- 1. "Los hombres y las mujeres, a partir de
la edad núbil, tienen derecho, sin restricción alguna por motivos de raza,
nacionalidad o religión, a casarse y fundar una familia; y disfrutarán de
iguales derechos en cuanto al matrimonio, durante el matrimonio y en caso de
disolución del matrimonio."; 16.- 2. "Solo mediante libre y pleno
consentimiento de los futuros esposos podrá contraerse matrimonio."; 16.-
3. "La familia es el elemento natural y fundamental de la sociedad y tiene
derecho a la protección de la sociedad y del Estado." Estos tres incisos
del artículo 16 traen numerosas dificultades de interpretación y aplicación a
varias culturas que partiendo del Oriente Medio y del Levante, llegan al Asia y
al Africa. Es decir, traen dificultades a la mayor parte de la humanidad. Para
ese mundo tan extenso y variado ni siquiera el matrimonio y la familia
coinciden con los parámetros que parecían tan "naturales" al
Occidente. Por consiguiente, esas instituciones y los derechos humanos universales
referidos a ellas, están en discusión. Otro tanto ocurre si tomamos la
concepción del Derecho en general y de la Justicia, si confrontamos las ideas
de punición del delincuente con las de rehabilitación del que delinque, tópicos
éstos en los que no hay acuerdo aún entre los países del mismo contexto
cultural occidental. Sostener como válido para toda la humanidad el punto de
vista de la propia cultura lleva a situaciones francamente grotescas. Así, en
los Estados Unidos se aprecia como un atentado a los derechos humanos
universales el seccionamiento legal de la mano del ladrón, que se practica en
algunos países árabes, mientras se discute académicamente si es más humano el
gas cianhídrico, la descarga de 2.000 voltios, la inyección letal, el ahorcamiento
u otra macabra delicia de la pena capital. Pero también es claro que así como
en este país hay una gran porción de la sociedad que repudia la pena de muerte,
en aquél otro lugar son numerosos los detractores de todo tipo de castigo
físico para el reo. El mismo Occidente, arrastrado por el cambio de usos y
costumbres se ve en un aprieto a la hora de sostener su idea tradicional de la
familia "natural". ¿Puede existir hoy familia con hijos adoptivos?
Desde luego que sí. ¿Puede existir familia en la que la pareja esté constituida
por miembros del mismo sexo? Algunas legislaciones ya lo admiten. ¿Qué define
entonces a la familia, su carácter "natural" o el compromiso
voluntario de cumplir con determinadas funciones? ¿En qué razones puede basarse
la excelencia de la familia monogámica de algunas culturas sobre la poligámica
o poliándrica de otras culturas? Si ese es el estado de la discusión, ¿se puede
seguir hablando de un Derecho universalmente aplicable a la familia? ¿Cuáles
serán y cuáles no serán los derechos humanos que deban defenderse en esa
institución? Claramente, la dialéctica entre la tesis universalista (poco
universal en su propia área) y la cultural, no puede resolverse en el caso de
la familia (que he tomado como uno de muchos ejemplos posibles) y me temo que
tampoco pueda solucionarse en otros campos del quehacer social.
Digámoslo de una vez: aquí está
en juego la concepción global del ser humano insuficientemente fundamentada por
todas las posturas en pugna. La necesidad de tal concepción es evidente porque
ni el Derecho en general, ni los derechos humanos en particular, podrán
prevalecer si no se aclaran en su significado más profundo. Ya no es el caso de
plantearse en abstracto las cuestiones más generales del Derecho. O se trata de derechos que para ser vigentes
dependen del poder establecido, o se trata de derechos como aspiraciones a
cumplirse. Sobre esto, hemos dicho en otra ocasión (La Ley, en El Paisaje Humano- Humanizar la Tierra): "Gentes
prácticas no se han perdido en teorizaciones y han declarado que es necesario
que exista una ley para que exista la convivencia social. También se ha
afirmado que la ley se hace para defender los intereses de quienes la imponen.
Al parecer, es la situación previa de poder la que instala una determinada ley
que a su vez legaliza al poder. Así es que el poder como imposición de una
intención, aceptada o no, es el tema central. Se dice que la fuerza no genera
derechos, pero este contrasentido puede aceptarse si se piensa a la fuerza sólo
como hecho físico brutal, cuando en realidad la fuerza (económica, política,
etc.) no necesita ser expuesta perceptualmente para hacerse presente e imponer
respeto. Por otra parte, aún la fuerza física (la de las armas por ejemplo),
expresada en su descarnada amenaza, impone situaciones que son justificadas
legalmente, y no debemos desconocer que el uso de las armas en una u otra
dirección depende de la intención humana y no de un derecho..." Y más
adelante: "Quien viola una ley desconoce una situación impuesta en el presente,
exponiendo su temporalidad (su futuro) a las decisiones de otros. Pero es claro
que aquel "presente" en el que la ley comienza a tener vigencia,
tiene raíces en el pasado. La costumbre, la moral, la religión, o el consenso
social suelen ser las fuentes invocadas para justificar la existencia de la
ley. Cada una de ellas, a su vez, depende del poder que la impuso. Y estas
fuentes son revisadas cuando el poder que las originó ha decaído o se ha
transformado de tal modo que el mantenimiento del orden jurídico anterior
comienza a chocar con lo "razonable", con el "sentido
común", etc. Cuando el legislador cambia una ley o un conjunto de
representantes del pueblo cambia la Carta Fundamental de un país, no se viola
aparentemente la ley en general porque quienes actúan no quedan expuestos a las
decisiones de otros, porque tienen en sus manos el poder, o actúan como
representantes de un poder, y en esa situación queda en claro que el poder
genera derechos y obligaciones y no a la inversa." Para terminar con la cita:
"Los derechos humanos no tienen la
vigencia universal que sería deseable porque no dependen del poder universal
del ser humano, sino del poder de una parte sobre el todo. Si los más
elementales reclamos sobre el gobierno del propio cuerpo son pisoteados en
todas las latitudes, solo podemos hablar de aspiraciones que tendrán que
convertirse en derechos. Los derechos
humanos no pertenecen al pasado, están allí en el futuro succionando la
intencionalidad, alimentando una lucha que se reaviva en cada nueva violación
al destino del hombre. Por esto, todo reclamo que se haga a favor de ellos
tiene sentido porque muestra a los poderes actuales que no son omnipotentes y
que no tienen controlado el futuro."
Sobre nuestra concepción general
del ser humano no es necesario volver acá ni reafirmar que el reconocimiento
que hacemos de las realidades culturales diversas no invalida la existencia de
una común estructura humana en devenir histórico y en dirección convergente. La
lucha por el establecimiento de una nación humana universal es también la
lucha, desde cada cultura, por la vigencia de derechos humanos cada vez más
precisos. Si en una cultura de pronto se desconoce el derecho a la vida plena y
a la libertad poniendo por encima del ser humano otros valores, es porque allí
algo se ha desviado, algo está en divergencia con el destino común y, entonces,
la expresión de esa cultura en ese punto
preciso, debe ser claramente repudiada. Es cierto que contamos con
formulaciones imperfectas de los derechos humanos, pero es por ahora lo único
que tenemos en nuestras manos para defender y perfeccionar. Estos derechos hoy son considerados como
simples aspiraciones y no pueden ser plenamente vigentes dados los poderes
establecidos. La lucha por la plena vigencia de los derechos humanos lleva,
necesariamente, al cuestionamiento de los poderes actuales orientando la acción
hacia la sustitución de éstos por los poderes de una nueva sociedad humana.
Reciban con ésta, un gran
saludo.
Silo. 21/11/93
Estimados
amigos:
¿Cuál
es el destino de los acontecimientos actuales? Los optimistas piensan que
entraremos en una sociedad mundial de abundancia en la que los problemas
sociales quedarán resueltos; una suerte de paraíso en la Tierra. Los pesimistas
consideran que los síntomas actuales muestran una enfermedad creciente de las
instituciones, de los grupos humanos y hasta del sistema demográfico y
ecológico global; una suerte de infierno en la Tierra. Los que relativizan la
mecánica histórica, dejan todo reservado al comportamiento que asumamos en el
momento actual; el cielo o el infierno dependerán de nuestra acción. Por
supuesto, están aquellos a quienes no les interesa en lo más mínimo qué
ocurrirá a quienes no sean ellos mismos.
Entre
tanta opinión nos importa aquella que hace depender el futuro de lo que hagamos
hoy. Sin embargo, aún en esta postura hay diferencias de criterio. Algunos
dicen que como esta crisis ha sido provocada por la voracidad de la banca y las
compañías multinacionales, al llegar a un punto peligroso para sus intereses
estas pondrán en marcha mecanismos de recuperación, tal como ha sucedido en
ocasiones anteriores. En materia de acción propician la adaptación gradual a
los procesos de reconversión del capitalismo en beneficio de las mayorías.
Otros, en cambio, indican que no es el caso de hacer depender toda la situación
del voluntarismo de las minorías, por lo tanto se trata de manifestar la
voluntad de las mayorías mediante la acción política y el esclarecimiento del
pueblo que se encuentra extorsionado por el esquema dominante. Según ellos
llegará un momento de crisis general del sistema y esa situación debe ser
aprovechada para la causa de la revolución. Más allá están quienes sostienen
que tanto el capital como el trabajo, las culturas, los países, las formas
organizativas, las expresiones artísticas y religiosas, los grupos humanos y
hasta los individuos están enredados en un proceso de aceleración tecnológica y
de desestructuración que no controlan. Se trata de un largo proceso histórico que
hoy hace crisis mundial y que afecta a todos los esquemas políticos y
económicos, no dependiendo de éstos la desorganización general ni la
recuperación general. Los defensores de
esa visión estructural insisten en que es necesario forjar una comprensión
global de estos fenómenos al tiempo que se actúa en los campos mínimos de
especificidad social, grupal y personal. Dada la interconexión del mundo no sostienen un gradualismo exitoso que
sería adoptado socialmente a lo largo del tiempo, sino que tratan de generar
una serie de "efectos demostración" suficientemente enérgicos para
producir una inflexión general del proceso. Consecuentemente, exaltan la
capacidad constructiva del ser humano para abocarse a transformar las
relaciones económicas, modificar las instituciones y luchar sin descanso para
desarmar a todos los factores que están provocando una involución sin retorno.
Nosotros adherimos a esta última postura. Está claro que tanto ésta como las
anteriores han sido simplificadas y, además, se ha eludido a múltiples
variantes que derivan de cada una de ellas.
Resulta
pertinente destacar los límites de la desestructuración política considerando
que ésta no se detendrá hasta llegar a la base social y al individuo. Ejemplifiquemos.
En algunos países se hace más evidente que en otros la pérdida del poder
político centralizado. Gracias al fortalecimiento de las autonomías o a la
presión de las corrientes secesionistas ocurre que determinados grupos de
intereses, o simples oportunistas, desearían detener el proceso justamente allí
donde quedara en sus manos el control de la situación. De acuerdo a esas
aspiraciones el cantón secesionado, o la nueva república separada del país
anterior, o la autonomía liberada del poder central deberían permanecer como
las nuevas estructuras organizativas. Pero ocurre que estos poderes comienzan a
ser cuestionados por las microregiones, los municipios o comunas, los condados,
etc. Nadie ve por qué razones una autonomía liberada del poder central debería,
a su vez, centralizar el poder con respecto a unidades menores por más que se
pusiera como pretexto el uso del mismo idioma, o un folklore común, o una
imponderable "colectividad histórica y cultural", porque cuando se
trata de recaudación fiscal y de finanzas, el folklore queda solamente para el
turismo y las compañías discográficas. En el caso de que los municipios se
emanciparan del poder autonómico, los barrios aplicarían la misma lógica y así
habría de seguir esa cadena hasta los vecinos que viven separados por una
calle. Alguien podría decir: "Por qué habríamos de pagar los mismos
impuestos los que vivimos de este lado de la línea y los que viven del otro
lado. Nosotros tenemos condiciones de vida más altas y nuestros impuestos van a
solucionar los problemas de esa otra gente que no quiere progresar con su
esfuerzo. Mejor es que cada uno se arregle con lo suyo". Desde luego que
en cada casa del vecindario se podrían escuchar las mismas inquietudes y nadie
podría detener ese proceso mecánico justamente en el punto que a él le
interesara. Es decir que no se frenaría todo en un simple proceso de
feudalización al estilo medieval, dado por poblaciones reducidas y distantes y
por relaciones de intercambio esporádicas a través de vías de comunicación
controladas por los feudos en pugna o por bandas recaudadoras de peaje. La
situación no se asemeja a la de otras épocas en materia de producción, consumo,
tecnología, comunicaciones, densidad demográfica, etc.
Por
otra parte, las regiones económicas y los mercados comunes tienden a absorber
el poder decisorio de los antiguos países. En una región dada, las autonomías
podrían eludir a la antigua unidad nacional, pero también los municipios, o
grupos de municipios, tenderían a saltar los viejos niveles administrativos y
pedir su inclusión en la nueva superestructura regional reclamando su
participación de miembro pleno. Aquellas autonomías, o municipios, o grupos de
municipios, que contaran con un fuerte potencial económico podrían ser
considerados seriamente por la unidad regional.
Nada
excluye que en la guerra económica entre los distintos bloques regionales,
algunos países miembros comiencen a establecer relaciones "bilaterales o
multilaterales" escapando a la órbita del mercado regional en el que están
incluidos. ¿Por qué Inglaterra, p.ej. no podría establecer relaciones más
estrechas con el NAFTA de América del Norte, logrando al principio excepciones
dentro de la CEE y luego, de acuerdo al avance de los negocios?, ¿qué impediría
que se incluyera en el nuevo mercado regional abandonando el anterior? Y si
Canadá entrara en un proceso de secesión ¿qué impediría que Quebec comenzara
negociaciones fuera de la región del NAFTA? Ya no podrían existir en Sudamérica
organizaciones del tipo de la ALALC o del Pacto Andino si Colombia y Chile
comenzaran a integrar sus economías con miras a la inclusión en el NAFTA frente
a un MERCOSUR que se vería afectado por posibles secesiones en Brasil. Por otra
parte, si Turquía, Argelia y otros puntos del sur del Mediterráneo comenzaran
su inclusión en la CEE, los países excluidos reforzarían su mutuo acercamiento
para negociar como conjunto con otras áreas geográficas. Y ¿qué pasaría en el
contexto de los bloques regionales que hoy se visualizan, con potencias como
China, Rusia y el Este europeo, dadas sus rápidas transformaciones centrífugas?
Probablemente
las cosas no resulten como en los ejemplos que hemos dado, pero la tendencia a
la regionalización puede tomar caminos inesperados y resultar un esquema bien
diferente al que se plantea hoy en base a la contigüidad geográfica y, por
tanto, en base al adocenado prejuicio geopolítico. De manera que un nuevo
desorden puede ocurrir dentro de esquemas recientes que tienen como objetivo no
solamente la unión económica sino también una intención de bloque político y
militar. Y como, en definitiva, será el gran capital quien decida la mejor
evolución de sus negocios nadie debería estar tan seguro imaginando mapas
regionales arreglados de acuerdo a la contigüidad geográfica en la que la
carretera, la vía férrea y el enlace radial fueron protagonistas pero que hoy
tienden a quedar rediseñados por el tráfico aéreo y marítimo de gran volumen, y
la comunicación satelital mundial. Ya en épocas del colonialismo la continuidad
geográfica fue sustituida por un damero ultramarino de grandes potencias, que
fue declinando con los dos conflictos mundiales. La reacomodación actual, para
algunos, retrotrae el problema a etapas pre coloniales haciéndoles imaginar que
una región económica debe estar organizada en un continuum espacial con lo cual
proyectan su nacionalismo particular hacia una suerte de
"nacionalismo" regional.
En
definitiva, estamos diciendo que los
límites de la desestructuración no están dados en lo particular por los nuevos
países emancipados o las autonomías liberadas de un poder central y que tampoco
están dados en lo general, por regiones económicas organizadas en base a la
contigüidad geográfica. Los límites mínimos en la desestructuración están
llegando al simple vecino y al individuo, y los máximos a la comunidad mundial.
Quisiera
destacar, entre tantos otros posibles, tres campos de desestructuración: el
político, el religioso y el generacional.
Queda
claro que los partidos se alternarán ocupando el ya reducido poder estatal,
resurgiendo como "derechas", "centros" e
"izquierdas". Ya ocurren y ocurrirán muchas "sorpresas" al
comprobarse que fuerzas dadas por desaparecidas emergen nuevamente y que
agrupaciones y alineamientos entronizados desde décadas atrás se disuelven en
medio del descrédito general. Esto no es una novedad en el juego político. Lo
realmente original es que tendencias supuestamente opuestas podrán sucederse
sin modificar en lo más mínimo el proceso desestructurador que, desde luego,
las afectará a ellas mismas. Y si se trata de propuestas, lenguaje y estilo
político, podremos asistir a un sincretismo general en el que los perfiles
ideológicos quedarán cada día más borrosos. Frente a una lucha de slogans y
formas vacías, el ciudadano medio se irá alejando de toda participación para
concentrarse en lo más perceptual e inmediato. Pero la disconformidad social se
hará sentir crecientemente mediante el espontaneísmo, la desobediencia civil,
el desborde y la aparición de fenómenos sicosociales de crecimiento explosivo.
Es en este punto donde aparece con peligrosidad el neo irracionalismo que puede
liderar asumiendo formas de intolerancia como bandera de lucha. En este sentido
es claro que si un poder central pretende asfixiar los reclamos
independentistas, las posiciones tenderán a radicalizarse arrastrando a las
agrupaciones políticas a su propia esfera. ¿Qué partido podrá quedar
indiferente (a riesgo de perder su influencia) si estalla la violencia en un
punto motivada por la cuestión territorial, étnica, religiosa o cultural? Las
corrientes políticas habrán de tomar posiciones como hoy ocurre en varios
lugares de Africa (18 puntos en conflicto); América (Brasil, Canadá, Guatemala
y Nicaragua, sin considerar los reclamos de las colectividades indígenas de
Ecuador y otros países de América del sur y sin atender a la agudización del
problema racial en Estados Unidos); Asia (10 puntos, contando el conflicto
chino-tibetano pero sin destacar las diferencias intercantonales que están
surgiendo a lo largo de toda China); Asia del sur y del pacífico (12 puntos,
incluyendo los reclamos de las colectividades autóctonas de Australia); Europa
occidental (16 puntos); Europa oriental (4 puntos, tomando a Chequia y Eslovaquia,
a la ex Yugoslavia, a Chipre y a la ex Unión Soviética como un solo punto cada
una, porque de otro modo las zonas en conflicto pueden elevarse a 30, teniendo
en cuenta a varios países de los Balcanes y a la Ex Unión Soviética con
dificultades interétnicas y fronterizas en más de 20 repúblicas repartidas más
allá de Europa oriental); Levante y Medio Oriente (9 puntos).
También
los políticos tendrán que hacerse eco de la radicalización que van
experimentando las religiones tradicionales como ocurre entre musulmanes e
hinduístas en India y Pakistán, entre musulmanes y cristianos en la ex
Yugoslavia y Líbano, entre hinduístas y budistas en Sri Lanka. Deberán
expedirse en las luchas ínter sectas dentro de una misma religión como ocurre
en la zona de influencia del Islam entre sunnitas y chiitas, y en la zona de
influencia del cristianismo entre católicos y protestantes. Habrán de
participar en la persecución religiosa que ha comenzado en Occidente a través
de la Prensa y de la instauración de leyes limitantes a la libertad de culto y
de conciencia. Es evidente que las religiones tradicionales tenderán al acoso
de las nuevas formas religiosas que están despertando en todo el mundo. Según
los bien-pensantes, normalmente ateos pero objetivamente aliados de la secta
dominante, el hostigamiento a los nuevos grupos religiosos "no constituye
una limitación a la libertad de pensamiento sino una protección a la libertad
de conciencia que se ve agredida por el lavado de cerebro de los nuevos cultos
que, por lo demás, atentan contra los valores tradicionales, la cultura y la
forma de vida de la civilización". De este modo, políticos ajenos al tema
religioso comienzan a tomar partido en esta orgía de cazabrujas porque, entre
otras cosas, avizoran la popularidad masiva que empiezan a lograr estas nuevas
expresiones de fe de trasfondo revolucionarista. Ya no podrán decir como en el
siglo XIX, "la religión es el opio de los pueblos", ya no podrán
hablar del aislamiento adormecido de las multitudes y los individuos, cuando las
masas musulmanas proclaman la instauración de repúblicas islámicas; cuando el
budismo en Japón (desde el colapso de la religión nacional Shinto al fin de la
segunda guerra mundial) motoriza la toma del poder por el Komeitó; cuando la
Iglesia Católica tiende a la formación de nuevas corrientes políticas luego del
desgaste del social cristianismo y del Tercermundismo en América Latina y
Africa. En todo caso, los filósofos ateos de los nuevos tiempos, tendrán que
cambiar los términos y reemplazar en su discurso el "opio de los
pueblos" por la "anfetamina de los pueblos".
Las
dirigencias tendrán que fijar posiciones respecto a una juventud que toma
características de "grupo de riesgo mayoritario" porque se le
atribuye peligrosas tendencias hacia la droga, la violencia y la
incomunicación. Estas dirigencias que insisten en ignorar las raíces profundas
de tales problemas no están en condiciones de dar respuestas adecuadas por
medio de la participación política, el culto tradicional, o las ofertas de una
civilización decadente manejada por el Dinero. Mientras tanto se está
facilitando la destrucción síquica de toda una generación y el surgimiento de
nuevos poderes económicos que medran vilmente con la angustia y el abandono
sicológico de millones de seres humanos. Muchos se preguntan ahora a qué se
debe el crecimiento de la violencia en los jóvenes, como si no hubieran sido
las viejas generaciones y la actual que detenta el poder, las que han
perfeccionado una violencia sistemática aprovechando inclusive los avances de
la ciencia y la tecnología para hacer más eficientes sus manipulaciones.
Algunos destacan un cierto "autismo" juvenil, y teniendo en cuenta
esa apreciación podría establecerse relaciones entre el alargamiento de vida de
los adultos y el mayor tiempo de capacitación requerido para que los jóvenes
superen el umbral de postergación. Esta explicación tiene asidero pero es
insuficiente a la hora de entender procesos más amplios. Lo observable es que
la dialéctica generacional, motor de la historia, ha quedado provisionalmente
atascada y con ello se ha abierto un peligroso abismo entre dos mundos. Aquí es
oportuno recordar que cuando algún pensador advirtió hace décadas sobre
aquellas tendencias que hoy ya se expresan como problemas reales, los
mandarines y sus formadores de opinión solo atinaron a rasgarse las vestiduras
acusando a tal discurso de promover
la guerra generacional. En aquellos tiempos, una poderosa fuerza juvenil que debería haber expresado el
advenimiento de un fenómeno nuevo, pero también la continuación creativa del
proceso histórico, fue desviada hacia las difusas exigencias de la década del
'60 y empujada hacia un guerrillerismo sin salida en varios puntos del mundo.
Si se pretende actualmente que las nuevas generaciones canalicen su desesperación
en el tumulto musical y en el estadio de futbol, limitando sus reclamos a la
camiseta y el póster de inocentes proclamas, habrá nuevos problemas. Tal
situación de asfixia crea condiciones catárticas irracionales aptas para ser
canalizadas por los fascistas, los autoritarios y los violentistas de todo
tipo. No es sembrando la desconfianza hacia los jóvenes o sospechando en todo
niño a un criminal en potencia, como se establecerá el diálogo. Por lo demás,
nadie muestra entusiasmo por dar participación en los medios de comunicación
social a las nuevas generaciones, nadie está dispuesto a la discusión pública
de estos problemas a menos que se trate de "jóvenes ejemplares" que
reproduzcan la temática politiquera con música de rock o se aboquen, con
espíritu de boys scouts, a limpiar
pingüinos empetrolados sin cuestionar al gran capital como promotor del
desastre ecológico! Mucho me temo que cualquier organización genuinamente
juvenil (sea laboral, estudiantil, artística o religiosa) será sospechada de
las peores maldades al no estar apadrinada por un sindicato, un partido, una
fundación o una iglesia. Luego de tanta manipulación se ha de seguir
preguntando por qué no se integran los jóvenes en las maravillosas propuestas
que hace el poder establecido y se ha de seguir respondiendo que el estudio, el
trabajo y el deporte tienen ocupados a los futuros ciudadanos de provecho. En
tal caso nadie debería preocuparse por la falta de "responsabilidad"
de gente tan atareada. Pero si la desocupación sigue trepando, si la recesión
se hace crónica, si el desamparo cunde por doquier veremos en qué se transforma
la no participación de hoy. Por diferentes motivos (guerras, hambrunas,
desocupación, fatiga moral) se ha desestructurado la dialéctica generacional
produciéndose aquel silencio de dos largas décadas, aquella quietud que tiende
ahora a ser conmovida por un grito y por una acción desgarradora sin destino.
Por
todo lo anterior parece claro que nadie podrá orientar razonablemente los
procesos de un mundo que se disuelve. Esta disolución es trágica pero también
alumbra el nacimiento de una nueva civilización, la civilización mundial. Si
esto es así, también se ha de estar desintegrando un tipo de mentalidad
colectiva al tiempo que emerge una nueva forma de concientizar el mundo. Sobre
este punto quisiera traer aquí lo dicho en la primera carta: "... está
naciendo una sensibilidad que se corresponde con los nuevos tiempos. Es una
sensibilidad que capta al mundo como una globalidad y que advierte que las
dificultades de las personas en cualquier lugar terminan implicando a otras
aunque se encuentren a mucha distancia. Las comunicaciones, el intercambio de
bienes y el veloz desplazamiento de grandes contingentes humanos de un punto a
otro, muestran ese proceso de mundialización creciente. También están surgiendo
nuevos criterios de acción al comprenderse la globalidad de muchos problemas,
advirtiéndose que la tarea de aquellos que quieren un mundo mejor será efectiva
si se la hace crecer desde el medio en el que se tiene alguna influencia. A
diferencia de otras épocas llenas de frases huecas con las que se buscaba
reconocimiento externo, hoy se empieza a valorar el trabajo humilde y sentido
mediante el cual no se pretende agrandar la propia figura sino cambiar uno
mismo y ayudar a hacerlo al medio inmediato familiar, laboral y de relación.
Los que quieren realmente a la gente no desprecian esa tarea sin estridencias,
incomprensible en cambio para cualquier oportunista formado en el antiguo
paisaje de los líderes y la masa, paisaje en el que él aprendió a usar a otros
para ser catapultado hacia la cúspide social. Cuando alguien comprueba que el
individualismo esquizofrénico ya no tiene salida y comunica abiertamente a
todos sus conocidos qué es lo que piensa y qué es lo que hace sin el ridículo
temor a no ser comprendido; cuando se acerca a otros; cuando se interesa por
cada uno y no por una masa anónima; cuando promueve el intercambio de ideas y
la realización de trabajos en conjunto; cuando claramente expone la necesidad
de multiplicar esa tarea de reconexión en un tejido social destruido por otros;
cuando siente que aún la persona más "insignificante" es de superior
calidad humana que cualquier desalmado puesto en la cumbre de la coyuntura
epocal... cuando sucede todo esto, es porque en el interior de ese alguien
comienza a hablar nuevamente el Destino que ha movido a los pueblos en su mejor
dirección evolutiva, ese Destino tantas veces torcido y tantas veces olvidado,
pero re-encontrado siempre en los recodos de la historia. No solamente se
vislumbra una nueva sensibilidad, un nuevo modo de acción sino, además, una
nueva actitud moral y una nueva disposición táctica frente a la vida"
Cientos
de miles de personas en todo el mundo adhieren hoy a las ideas plasmadas en el Documento Humanista. Están los
comunista-humanistas; los social-humanistas; los ecologista-humanistas que sin
renunciar a sus banderas dan un paso hacia el futuro. Están los que luchan por
la paz, por los derechos humanos y por la no discriminación. Desde luego, están
los ateos y la gente de fe en el ser humano y su trascendencia. Todos estos
tienen en común una pasión por la justicia social, un ideal de hermandad humana
en base a la convergencia de la diversidad, una disposición a saltar sobre todo
prejuicio, una personalidad coherente en que la vida personal no está separada
de la lucha por un nuevo mundo.
Todavía
quedan militantes políticos que se inquietan por saber quién será primer
ministro, presidente, senador o diputado. Es posible que aquellos no comprendan
hacia qué desestructuración estamos avanzando y qué poco significan las
mentadas "jerarquías" en orden a la transformación social. También
habrá más de un caso en el que la inquietud está ligada a la situación personal
de supuestos militantes preocupados por su ubicación en el ámbito del negocio
político. La pregunta, en todo caso, debe referirse a comprender cómo priorizar los conflictos en los lugares en que cada uno
desarrolla su vida cotidiana y saber cómo organizar frentes de acción adecuados
en base a dichos conflictos. En todo caso debe quedar en claro qué
características deben tener las comisiones laborales y estudiantiles de base,
los centros de comunicación directa y las redes de consejos vecinales; qué se
debe hacer para dar participación a todas las organizaciones mínimas en las que
se exprese el trabajo, la cultura, el deporte y la religiosidad popular. Y aquí
conviene aclarar que cuando nos referimos al medio inmediato de las personas
formado por compañeros de trabajo, parientes y amigos, en particular debemos
mencionar a los lugares en que se dan
esas relaciones.
Hablando en términos espaciales, la unidad
mínima de acción es el vecindario en el que se percibe todo conflicto aunque
sus raíces estén muy distantes.
Un centro de comunicación directa es un punto vecinal en el que ha de
discutirse todo problema económico y social, todo problema de salud, de
educación y de calidad de vida. La preocupación política consiste en priorizar
ese vecindario antes que el municipio, o el condado, o la provincia, o la
autonomía, o el país. En verdad, mucho antes de que se formaran los países
existían las personas congregadas como grupos humanos que al radicarse se
convirtieron en vecinos. Luego, y a medida que se fueron montando
superestructuras administrativas, se les fue arrebatando su autonomía y su
poder. De esos habitantes, de esos vecinos, deriva la legitimidad de un orden
dado y desde allí debe levantarse la representatividad de una democracia real.
El municipio debe estar en manos de las unidades vecinales y, si esto es así,
no puede plantearse como objetivo emplazar diputados y representantes de
distintos niveles, como ocurre en la política cupular, sino que ese
emplazamiento debe ser consecuencia
del trabajo de la base social organizada. El concepto de "unidad
vecinal" vale tanto para una población extensa como para una población
concentrada en barrios o edificaciones de altura. La conexión entre unidades
vecinales debe decidir la situación de una comuna dada y esa comuna no puede,
inversamente, depender en sus decisiones de una superestructura que dicta
órdenes. En el momento en que las unidades vecinales pongan en marcha un plan
humanista de acción municipal y ese municipio o comuna organice su democracia
real, el "efecto demostración" se hará sentir mucho más allá de los
límites de ese bastión. No se trata de plantear un gradualismo que deba ir
ganando terreno hasta llegar a todos los rincones de un país, sino de mostrar
en la práctica que en un punto está funcionando un nuevo sistema.
Los
problemas de detalle que presenta todo lo anterior son numerosos, pero su
tratamiento en este escrito parece excesivo.
Reciban
con esta última carta, un gran saludo.
Silo. 15/12/93.
EXPLICACION
PRIMERA CARTA A MIS AMIGOS
1.- La
situación actual.
2.- La
alternativa de un mundo mejor.
3.- La
evolución social.
4.- Los
futuros experimentos.
5.- El cambio
y las relaciones entre las personas.
6.- Un cuento
para aspirantes a ejecutivos.
7.- El cambio
humano.
SEGUNDA CARTA A MIS AMIGOS
1.- Algunas
posturas frente al proceso de cambio actual.
2.- El
individualismo, la fragmentación social y la concentración de poder en las
minorías.
3.-
Características de la crisis.
4.- Los
factores positivos del cambio.
TERCERA CARTA A MIS AMIGOS
1.- El cambio
y la crisis.
2.-
Desorientación.
3.- Crisis en
la vida de las personas.
4.- Necesidad
de dar orientación a la propia vida.
5.- Dirección
y cambio de situación.
6.- El
comportamiento coherente.
7.- Las dos
propuestas.
8.- Llegar a
toda la sociedad a partir del medio inmediato.
9.- El medio
en que se vive.
10.- La
coherencia como dirección de vida.
11.- La
proporción de las acciones como avance hacia la coherencia.
12.- La
oportunidad de las acciones como avance hacia la coherencia.
13.- La
adaptación creciente como avance hacia la coherencia.
CUARTA CARTA A MIS AMIGOS
1.- Arranque
de nuestras ideas.
2.-
Naturaleza, intención y apertura del ser humano.
4.- La acción
transformadora del ser humano.
5.- La
superación del dolor y el sufrimiento como proyectos vitales básicos.
6.- Imagen,
creencia, mirada y paisaje.
7.- Las generaciones
y los momentos históricos.
8.- La
violencia, el Estado y la concentración de poder.
9.- El proceso
humano.
QUINTA CARTA A MIS AMIGOS
1.- El tema
más importante: saber si se quiere vivir y en qué condiciones hacerlo.
2.- La
libertad humana fuente de todo sentido.
3.- La
intención, orientadora de la acción.
4.- ¿Qué
haremos con nuestra vida?
5.- Los
intereses inmediatos y la conciencia moral.
6.- El
sacrificio de los objetivos a cambio de coyunturas exitosas. Algunos defectos
habituales.
7.- El Reino
de lo Secundario.
SEXTA CARTA A MIS AMIGOS
DOCUMENTO DEL
MOVIMIENTO HUMANISTA
I. El Capital Mundial
II. La Democracia Formal Y La Democracia Real
III. La Posición Humanista
IV. Del Humanismo Ingenuo Al Humanismo Consciente
V. El Campo Antihumanista
VI. Los Frentes De Acción Humanista
SEPTIMA CARTA A MIS AMIGOS
1. Caos
destructivo o revolución.
2. ¿De qué
revolución hablamos?
3. Los frentes
de acción en el proceso revolucionario.
4. El proceso
revolucionario y su dirección.
OCTAVA CARTA A MIS AMIGOS
1. Necesidad
de una re-definición del rol de las fuerzas armadas.
2. Permanencia
de factores agresivos en la etapa de distensión.
3. Seguridad
interior y reestructuración militar.
4. Revisión de
los conceptos de soberanía y seguridad.
5. La
legalidad y los límites del poder vigente.
6. La
responsabilidad militar frente al poder político.
7.
Reestructuración militar.
8. La posición
militar en el proceso revolucionario.
9. Consideraciones
en torno a los ejércitos y la revolución.
NOVENA CARTA A MIS AMIGOS
1. Violaciones
a los derechos humanos.
2. Los
derechos humanos, la paz y el humanitarismo, como pretextos de intervención.
3. Los otros
derechos humanos.
4. La
universalidad de los derechos humanos y la tesis cultural.
DECIMA CARTA A MIS AMIGOS
1.- La
desestructuración y sus límites.
2.- Algunos
campos importantes en el fenómeno de la desestructuración.
3. La acción
puntual.
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