REGINA por Ana B. Cintas

 

Un nuevo día amanece, ya es hora de levantarse, ahora es el mejor momento para continuar la visita de ayer, ahora que no habrá nadie paseando por tan lúgubre lugar –pensó- . Para ello se había trasladado hasta allí, para ello había estado preparando tanto tiempo el viaje y la estancia, había sido tan difícil encontrar el lugar y, ¡qué fascinante!, un cementerio cercano al mar; este casi se adentraba en él, como si quisiera mantener esos restos aún con "vida", por lo menos que la gente no se olvidara de ellos, de su historia, porque bajo cada lápida siempre se encontraba una historia.

Había ido hasta allí para continuar con la tesis que estaba preparando. Victor era un investigador interesado en sucesos trágicos ocurridos a lo largo de la historia, en sucesos ocurridos a veces inexplicablemente. Ya había publicado varios libros al respecto y en esta ocasión intentaba dilucidar cual era el dulce rostro de la muerte en personas fallecidas en extrañas circunstancias. Sus investigaciones le habían llevado hasta la isla de Madeira; allí esperaba encontrar datos acerca de un hecho ocurrido en 1865; un naufragio de una goleta que se hundió en extrañas circunstancias. El cementerio que pretendía visitar albergaba al parecer los restos de algunos de los que perecieron en tal suceso; por lo menos, eso contaba la historia. Restos de los que más que nada quedaba el recuerdo y las leyendas que la gente propagaba. Aquel lugar actualmente era un lugar solitario, abandonado, en ruinas...pero en su origen albergó muchas vidas.

Decidido, comenzó su ronda; aún la aurora acariciaba el cielo, ¡clima perfecto!. Poco a poco se fue introduciendo en el mismo. Intentaba recomponer los restos de lápidas que aún eran visibles; poco a poco iba obteniendo una relación más o menos clara de personas que había permanecido enterradas allí, ahora ¿qué quedaba de ellas?. Siguió caminando con dificultad entre la maleza abrupta acumulada por los años de dejadez y abandono de aquel santo lugar; altibajos,... mas maleza,... resto de tumbas, lápidas, cruces... Tal era la dificultad en el desplazamiento que si no llega a ser por un rápido salto que se vio obligado a dar se hubiese caído en un profundo foso que estaba cubierto por maleza; en esta ocasión había estado ágil, pero, no hay que confiarse.

El sol ya asomaba sobre el horizonte; la estampa era expléndida, el mar en calma, nubes livianas en el cielo y un sol majestuoso empezaban a crear un clima diferente en el lugar. ¡Buen lugar para descansar el resto de la vida! -pensó- ¡quizás hubiesen pensado lo mismo los que obligadamente lo tuvieron por última morada!.

Cuando se repuso del susto, decidió continuar con su trabajo. El día anterior apenas si le había dado tiempo a hacerse a la idea de la extensión del lugar; lo había visto de noche y no había podido empezar a plantearse in situ su trabajo. Decidió iniciarlo al día siguiente.

De nuevo, apartando maleza, pero esta vez con cuidado y cerciorándose de donde pisaba. Descubría un nuevo resto de tumba, se paraba ante él, lo intentaba recomponer en su mente, lo analizaba y tomaba sus anotaciones. Mientras hacía esto, de repente sintió algo que le hizo sobresaltarse; no sabía que era, pero le invadió una sensación de frialdad y su piel se puso de gallina. Se giró hacia donde creía procedía tal sonido, hacia el mar, pero no acertaba a ver nada. La sensación de frialdad no le abandonaba, ¡algo va a suceder! –se dijo a sí mismo-. No sabia que hacer. De repente, a lo lejos, creyó vislumbrar una figura femenina, vestida con un traje de época, parecía una elegante dama que paseaba por la playa. ¡Es irreal!, exclamó; ¡es una visión procedente de mi inconsciente!, ¡claro!, en este lugar ¿qué tipo de alucinación se podría producir sino algo parecido?.

Volvió a mirar a lo lejos y ya había desaparecido; pensó en que esto confirmaba su hipótesis, sólo había sido una alucinación.

Volvió a su trabajo, cada vez estaba más interesado en recopilar todos los datos que pudiera. Pasaba más tiempo frente a los restos de tumbas que hallaba, los analizaba con más detenimiento. Tanto se dedicó a ellas que sin haberlo planeado, el mediodía llegó y si no llega a ser porque su estómago se lo indicó, él no se habría dado cuenta. Decidió volver a casa para reponer fuerzas. De vuelta a la misma, de repente se acordó de aquella visión, ¿por qué la había tenido?, ¿qué o quién era aquella mujer tan elegante?, ¡Mejor olvidarlo, habrá sido producto de su imaginación?.

La tarde no se presentó como lo había hecho la mañana. El cielo se había cubierto de nubes y una fuerte tormenta se había desatado. Tal clima daba un aspecto aún más lúgubre al sacrosanto lugar y esa agua lo único que haría era refrescar los sedientos matorrales que cubrían el terreno. ¡En fin! , a trabajar en casa. Tenía material suficiente: libros, fotografías, láminas, diapositivas, películas, facsimiles, grabaciones de la gente, entrevistas...Este sería uno de sus mejores trabajos, por no decir el mejor.

Profundizó en el tema que le había llevado hasta allí, el naufragio. Leyó en libros dedicados a ellos las penurias que sufrieron los viajeros del "MAGNIFIER". Una gran tormenta había provocado el hundimiento del barco y ni la gran pericia del capitán del mismo pudo evitarlo. Murieron alrededor de 250 personas, la mayoría mujeres, niños y ancianos que huían de la enfermedad que se había propagado en forma de epidemia en la isla, rumbo a puerto noble en la costa de Portugal. Como el suceso se produjo frente a la costa de Madeira, el gobierno insular decidió dar sepultura a todas las víctimas en aquel lugar, por lo que se creó ese cementerio al borde del mar y de eso hace ahora más de un siglo. Pocas personas se salvaron de aquel incidente y de las pocas que lo hicieron, algunos críos y ancianos, perecieron a causa de la epidemia al fin. Triste final.

A la mañana siguiente, cuando ya había indagado aún más sobre el tema, volvió al cementerio cercano a seguir con su estudio. Siguió descubriendo tumbas (lo que quedaba de ellas); en algunas se podía leer aunque con dificultad, fechas de nacimiento y un pequeño epitafio alusivo a la trágica muerte acaecida en tal suceso. Poco a poco se fue adentrando en el cementerio hasta que llegó a lo alto del mismo y allí, sobre una especie de colina, cubierto por unos zarzales, apareció una tumba, diferente a las demás, también en estado ruinoso, pero menos que las primeras encontradas, aunque ésta era diferente, era como más señorial. Rápidamente captó su atención e hizo que se interesase especialmente por esta sepultura en cuestión. Pudo descifrar que se trataba de una mujer joven, de unos 30 años, continuó intentando descifrarla, buscando similitud con las demás, pero algo la hacía diferente, aparte de la forma de la misma, algo distinta tenía de las demás. La miró una y otra vez buscando cuál era ese matiz que la diferenciase de la demás hasta que de repente cayó en la cuenta. No aparecía por ningún lado frase alguna alusiva l hundimiento del barco, pero si logró descifrar bajo unas grandes grietas algo así como: "...dueña y señora de mi hogar y de mi vida; mía o de nadie...". Esto llamó poderosamente su atención "...mía o de nadie...". Subrayó en su lista particular esos datos, debía conseguir más información sobre ella.

Por la tarde decidió poner en orden toda la abundante información, como el día anterior, que tenía acerca del hundimiento. Mientras trabajaba su pensamiento se escapaba hacia aquella lápida: "...mía o de nadie...". Pensó –debo conocer más sobre ella, alguien sabrá su historia-. Dejó lo que estaba haciendo, tomó su chaqueta y se dirigió hacia el pueblo en busca de una biblioteca o lugar de documentación de la zona. De camino a ella, entró en un pequeño bar a tomar un refresco, el día era caluroso y él no estaba acostumbrado a tan altas temperaturas. En el bar, mientras disfrutaba del refresco entabló conversación con el camarero. Su aspecto de investigador llamó la atención del mismo y empezó a interrogarle sobre su presencia en el pueblo, sobre dónde vivía, qué estaba haciendo y lo que parecía una trivial conversación, para él fue bastante productiva. Allí pudo saber que su casa alquilada era una casa del siglo XIX que había sido construida por un importante cacique de la época, un noble caballero, tirano, antipático,...muy importante de la isla, casi se podría considerar como el dueño de la misma, el Conde Don Victor Crowel , de origen inglés, afincado en la isla por orden de la realeza británica. La única alegría en su vida había sido su joven esposa, Regina; chica joven de la isla que con su belleza y encanto había encandilado al noble caballero hasta el punto de convertirla en su esposa, pero ella no sabía que en vez de una vida feliz, se iniciaba una vida trágica junto a él.

Ya con estos datos, se dirigió a la biblioteca del lugar; buscó información relativa a dicha pareja; era profusa, ya que al ser un personaje tan importante en la isla había gran cantidad de información referente a él, respecto a ella, también aparecían ciertas notas, en ocasiones triviales (...inauguración de un hospital para niños enfermos...; celebración del baile del día de la amistad...) hasta que empezó a descubrir noticias de otro tinte: "...una repentina enfermedad de la Señora Crowel ...una rápida muerte" que según apuntaba el diário pareció ser en extrañas circunstancias,

Esto llamó poderosamente la atención. Al leer esta última noticia pudo observar eun dibujo de ella, hasta aquel instante no la había visto; realmente parecía muy bella y tan joven. La noticia ralataba que un anochecer apareció muerta en su casa, junto al ventanal del salón, con una daga clavada en su pecho. La muerte fue un misterio, fue un caso sin resolver.

Pidió le fotocopiaran todos los artículos que había encontrado para estudiarlos con más detalle en la tranquilidad de su casa. Una vez allí, y después de una liviana cena retomó los artículos hallados; pensó: "me estoy desviando un pco de mi trabajo, pero es igual, mañana continuaré".

Tomó entre sus manos el dibujo del retrato de la Sra. Crowel; realmente era una mujer bellísima y su trágica muerte había acortado tanto su vida que parecía emanar su rostro. Seguro que fue un personaje interesante en la isla y a la vez querido. "Si esta es su casa, quizás aún quede algún recuerdo de ella" -pensó-. Se dirigió a la biblioteca de la sala contígua, empezó a ojear las estanterías repletas de libros. Él había dedicado una de ellas a sus libros, ya que pretendía pasar una larga temporada en aquella casa; aprovecharía el tiempo en lo que había venido a hacer, su tesis y además, reconciliar un poco su espíritu consigo mismo, tenía que recuperarse del divorcio que recientemente había tenido, había sido tan doloroso. Como hacía poco que se había instalado, casi no había reparado en la cantidad de "pequeñas joyas literarias" que allí se encontraban. Había libros, facsímiles del siglo XIX que probablemente le ayudarían en sus investigaciones. En el contrato que había firmado de alquiler le permitían hacer uso de todos ellos, pero no podría apropiarse de ninguno; todos ellos estaban registrados por el gobierno insular y los consideraban patrimonio cultural.

Salió de la biblioteca y se dirigió a su habitación en el piso superior. Su pensamiento no de jaba de acordarse de la Sra. Crowel, ¿qué misterio encerraría aquella mujer?. Entre sus manos llevaba un libro que había cogido de aquella biblioteca. Se recostó en la cama y comenzó a ojearlo; se trataba de un diario, al parecer escrito por la propia mano de Regina, hablaba de su vida, de su relación con su marido, al que describía como un celoso patológico que disfrutaba poniéndola en situaciones comprometidas para ver cómo reaccionaba ella y después acusarla falsamente de su descarado comportamiento. Continuó leyendo el libro y se quedó dormido.

"...Yo intentaba disimular lo bien que me lo estaba pasando en esa magnífica fiesta que mi marido había preparado para mí; saludaba a sus amistades, tomaba copas con algunas de ellas, todos me decían lo bella que estaba esta noche, ojalá nadie se fijara en mí, ya se el final de esta velada cuál será, esta felicidad tan aparente desaparecerá, seguro que cuando todos se hayan ido mi esposo me recriminará por algo que no habré hecho..."

 

Por la mañana se despertó con el libro entre sus manos. Un vago recuerdo acudió a su mente; su rostro se dibujó en su pensamiento y rápidamente cayó en que había sido un sueño; pero el libro estaba entre sus manos y decidió releer lo último que había leído la noche anterior. Al abrirlo se desprendió del mismo una foto. En ella se veía a Regina elegantemente vestida con un traje blanco muy vaporoso en lo que parecía una fiesta en un hermoso salón; observándola atentamente apreció que ese era el salón de la casa; la foto parecía estar encuadrada junto al ventanal, pero había algo raro en ella, no sabía que. Bajó decidido a averiguarlo y con la foto en la mano escrutó con atención la habitación: el ventanal, una mesa, un sofá una puerta y junto a ella un gran cuadro, ¡un momento!, no había ningún cuadro; en su lugar había un mueble, un pesado mueble cargado de libros y figuras. Si le habían comentado que la casa se mantenía en su estado original, tal como ella la dejó, ¿por qué no estaba tal cuadro allí?. Se acercó al mueble y observó que era de un estilo algo distinto al que predominaba en el resto de la casa, pero hasta hoy no había reparado en ello. Trató de moverlo, pero resultó muy pesado; por la situación, seguro que estaba tapando esa puerta, pero si estaba allí, ¿a dónde conduciría?. Decidió averiguarlo; comenzó a quitar libros y objetos del mueble para que así resultara más fácil moverlo. Una vez aligerado de peso procedió a moverlo, pero parecía estar fijado al suelo, pero no desistió, un nuevo esfuerzo, empujó y cedió. Como pudo lo despegó de la pared y allí estaba la puerta, tal y como aparecía en la foto. Estaba cerrada con llave, ¡como no!. Pensó en como abrirla. "La forzaré" –se dijo-. Rebuscó en la cocina algún instrumento que le ayudase para tal tarea. Encontró una especie de martillo y un destornillador, con ellos se dirigió a la misma para abrirla. Metió el destornillador en la cerradura y ¡zás!, golpe seco al mismo; otra vez y otra, hasta que cedió.

La puerta se abrió ante él, todo era oscuridad y emanaba un fétido olor a humedad; parecía un sótano, pero no podía verlo bien, la oscuridad era prácticamente absoluta. Buscó unas velas o algo para poder alumbrarse. Cuando los encontró se decidió a bajar. Un escalofrío recorrió su cuerpo como premonición de que algo le pudiera pasar. No se amilanó. Decidido empezó a bajar los peldaños de la escalera, apartando telarañas que del techo colgaban, cuando llegó abajo, un chillido le sobresaltó; había pisado a una rata, y no era la única, había varias merodeando por el lugar. Aquello parecía una vieja bodega, cientos y cientos de botellas de vino, barriles, toneles, un pequeño lagar y arcones, cajas, un pequeño armario, biombos... Se dirigió a uno de los arcones, y al abrirlo se llevó la sorpresa de encontrarse con enseres de Regina, vestidos, camisolas, faldas,... en otros, zapatos, complementos y dentro de uno de ellos un pequeño cofre que contenía joyas; una de ellas le llamó poderosamente la atención, era un precioso collar de brillantes; lo tomó en su mano, tuvo la sensación de verla con el puesto, de sentir su olor y calor. Continuó con él y se volvió para ver qué más había y allí al fondo lo vió; descubrió un gran paño de tela que cubría un gran cuadro; fue a destaparlo; una gran nube de polvo se movió con el rápido gesto de descubrirlo, tanto que le hizo toser; era magnífico, ahí es podía ver realmente la belleza de Regina; estaba exultante, radiante, con un hermoso vestido blanco y ¡sí!, ese magnifico collar. Pensó en que habría algún sistema eléctrico que pudiera iluminar el sótano, lo buscó hasta encontrarlo y decidido fue a conectarlo; se volvió para mirar el cuadro al mismo tiempo que bajaba la manivela de la toma de corriente, quería verlo en todo su esplendor, pero sólo sintió un gran calambrazo y cayó al suelo como fulminado.

¿Qué estaba pasando?, ¿qué le sucedía a su cuerpo? sólo siente un estado de ingravidez y calor confortable y alcanza a ver un bellísimo rostro que hasta él se aproximaba y le invitaba a viajar con ella hasta un estado mas agradable; pero había algo de desconcertante en esa mirada azul y fría pero cálida a la vez, algo que aunque deseoso de seguirla le inquietaba y le hacia resistirse a dejarse abrazar entre sus largos y escuálidos brazos, algo que por el momento no lograba comprender, el porque de esa resistencia.

Hubo un momento en que pensó en dejarse llevar, pero en ese momento de decisión fue "ella" quien se retiró. Dejó de seducirle; había perdido interés por él, ya no quería atraerlo a su lado y ésto empezó a desconcertarle. ¿Qué había ocurrido?, ¿por qué perdía la visión de tan agradable imagen?, ¿por qué le rechazaba?.

Instantes después despertaba sólo en una fría habitación de un hospital, rodeado de cables y aparatos que controlaban toda su vida, habitación tan fría y solitaria como había sido su vida hasta esos instantes. En ese momento empezó a darse cuenta de lo que le había ocurrido, sobre todo al notar la cálida mano de una enfermera que se acercaba a comprobar sus constantes vitales. Esta tiernamente le dirigió unas palabras, pero él sólo prestaba atención a vislumbrar su rostro y con decepción comprobó que no era el bellísimo rostro que antes había visto. Ahora lo sabía con certeza. Había mantenido un contacto con la muerte, pero ella se había alejado de él; ¿por qué?. Era tan bella, tanto como Regina, ¿y si hubiese sido ella quien se hubiera acercado hasta él ofreciéndose a que la siguiera?-

Cuando salió del hospital, una vez que le dieron el alta médica, se propuso una meta, una obsesión si se quiere, encontrar a ese ser bellísimo, a esa mujer sensual y casi irreal que se le había acercado y le había contemplado durante algunos instantes con sus hermosos ojos de penetrante mirada. Estaba dispuesto a seguir indagando en la vida de tal personaje hasta encontrar la verdad sobre su muerte, quizás la suya propia estuvo a punto de descifrarle qué le había conducida a la misma.

Al llegar a casa, encontró al cartero que le traía la correspondencia; el día del incidente él fue el que llegó a tiempo de avisar a la ambulancia que le trasladó hasta el hospital, llegaba en el instante en que se produjo la descarga eléctrica a traerle una carta que preferiría no haber recibido: su sentencia definitiva de divorcio. Este se interesó por su salud y victor tuvo la oportunidad de darle las gracias por salvarle la vida.

Una vez que se despidió del cartero, lo primero que hizo fue dirigirse hacia el amplio ventanal desde donde había visto por vez primera el cementerio. Pensó en ir hasta la tumba de ella, pero se sintió cansado; se derrumbó sobre un sofá y se quedó dormido.

Se despertó bruscamente, un extraño ruido se produjo en la habitación contígua, la biblioteca, bruscamente se levantó y se dirigió hacia esa habitación y con la vista intentó adivinar qué podía haberlo producido; se dirigió rápidamente hacia la puerta; todo parecía estar bien, todo en su sitio, se tranquilizó. Al volver sobre sus pasos, de repente algo le sobrecogió. No todo estaba bien, no todo estaba en su sitio. Volvió rápidamente sobre sus pasos y con un rápido movimiento de ojos, lo vio, sí, un libro faltaba de su estantería, sólo quedaba el hueco, se acercó a ella y vio el libro en el suelo ¿cómo podía haberse caído? ¡era prácticamente imposible!.

Cuando lo recogió, estaba abierto por una página donde se mostraban los rostros de cuatro personas que habían fallecido en extrañas circunstancias; era la primera parte del libro que ahora escribía. Las miró detenidamente, vio los rostros y sobreimpresionada en ellas ese bellísimo rostro, el de Regina ¡Esto significa algo! pensó. Rápidamente se dirigió a su escritorio; nervioso revolvió en el mismo los papeles que tenía encima de la mesa buscando las fotos que anteriormente al incidente había seleccionado, algunas estaban sobre la mesa, otras salieron del cajón y con estupefacción comprobó que en todas aparecía la misma imagen, ¡Regina!. Siguió mirando las fotos esta vez más deprisa como esperando encontrar algo, y lo encontró, entre las últimas fotos, apareció una suya y también estaba ella.

Se derrumbó sobre la mesa, cerró los ojos para poner en orden su pensamiento. De nuevo una intensa tormenta se formó fuera, la lluvia golpeaba fuerte los cristales.

No tenía noción de la hora que era, pero cuando abrió los ojos, las sombras invadían la estancia, el tiempo había empeorado aún más, el ulular del viento en el exterior era muy fuerte y la tormenta se hacía más fuerte.

Tanteando en la oscuridad intentó encender la lámpara que tenía encima de la mesa, pero al oprimir el conmutador de la misma no se iluminó. Se acercó torpemente al de la pared, pero las luces del techo tampoco se encendieron. Debía haber una avería eléctrica en la zona ocasionada por la tormenta -pensó-. como pudo se dirigió hacia el escritorio y de un cajón cogió una linterna, sin embargo esta tampoco funcionaba. Esto le dejó perplejo, era imposible, la había recargado pocos días antes, tendría que buscar algunas velas que guardaba en el sótano de la casa, pero toda la operación de tanteo en la oscuridad le había dejado muy cansado, estaba en proceso de convalecencia y el esfuerzo había sido demasiado para el primer día.

Como pudo llegó hasta el sofá y se dejó caer en él y esperó a que sus fuerzas volvieran para iniciar la búsqueda de las velas.

De pronto, un golpe de viento, o así lo creyó él, abrió el ventanal de la vivienda, su primer impulso fue el de levantarse y cerrarla de nuevo, pero se quedó como petrificado cuando iniciaba esta maniobra, a través de la ventana la vio.

Fue como la primera vez, estaba en la playa de cara al mar y de pronto se volvió en la lejanía para mirarle. La lluvia había cesado, pero el fuerte viento continuaba, y ella estaba allí vestida con un vaporoso vestido blanco que parecía se moviera al compás del viento. Era ella. El no sabía como reaccionar, estaba sentado en el sofá y no podía levantarse, la miraba fascinado y el tiempo parecía que se hubiese detenido.

Ella se volvió completamente hacia él y empezó a caminar en la dirección de la casa. Su andar era suave, casi se diría que etéreo. Sus pies descalzos parecía que se deslizaban sobre la arena de la playa. El vestido que llevaba dejaba adivinar un cuerpo de líneas esbeltas y proporcionadas. Conforme estaba más cerca, pudo contemplar mejor su rostro. No cabía duda, era el mismo de la vez anterior. Un rostro de perfectas facciones, con unos ojos claros, rasgados, penetrantes. Unos labios sensuales, entreabiertos, como si esbozara el inicio de una sonrisa, una nariz de líneas perfectas, todo ello enmarcado por el hermoso óvalo de la cara. Con el cabello suelto de color dorado, que parecía resplandecer en la oscuridad, se fue acercando.

Haciendo acopio de un denodado esfuerzo, se incorporó del sofá y se puso de pie, en el centro de la habitación oscura esperándola.

Ella pronunció su nombre, ¡VICTOR!, ésto le estremeció; su voz parecía irreal, como si desde la lejanía y traído por el viento le llegase a sus oídos. Estaba cada vez más cerca, de nuevo pronunció su nombre. El la esperaba con emoción y con temor al mismo tiempo, quizás toda su vida había estado esperando este momento y quizás toda su vida se concretaba aquí y ahora. Sus investigaciones, sus estudios, sus éxitos y sus fracasos, todo eso pasó como un relámpago por su mente. Sintió un estremecimiento y se llevó la mano a la frente, estaba sudorosa, las palpitaciones sacudían su pecho.

Ella estaba en el umbral de la terraza; él instintivamente abrió los brazos como para abrazarla, ella se echó literalmente en ellos. Al contactar su cuerpo con el de ella, sintió un escalofrío interior muy grande y al mismo tiempo desfallecimiento de todo su ser. Sus labios se hundieron en los de ella, y los brazos le rodearon el cuerpo estrechándolo fuertemente. Sus ojos se cerraron y las manos, huesudas, esqueléticas, como garras de muerte se aferraron sobre su espalda para esta vez no dejarlo escapar.

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