Robert Green Ingersoll
Abogado y escritor
(1833 - 1899)

Cuando me
convencí de que el Universo es natural, de que todos los espíritus y dioses
son mitos, entró en mi mente, en mi alma, en cada gota de mi sangre, el
sentido, el sentimiento y la alegría de la libertad. Los muros de mi cárcel se
desmoronaron y cayeron, la mazmorra se inundó de luz y todos las cerraduras,
barreras y esposas se hicieron polvo. Ya no era más un servidor, un siervo ni
un esclavo. No había dueño para mí en todo el mundo, ni tampoco en el espacio
infinito. Era libre! Libre para pensar, para expresar mis ideas, libre para
vivir mi propio ideal, libre para vivir por mi mismo y para aquellos a quienes
yo amaba, libre para usar todas mis facultades, todos mis sentidos, libre para
extender las alas de la imaginación, libre para investigar, para dudar, soñar
y esperar, libre para juzgar y determinar por mí mismo, libre para rechazar
todos los credos ignorantes y crueles, todos los libros "inspirados"
que han producido los salvajes, y todas las leyendas bárbaras del pasado, libre
de Papas y sacerdotes, libre de todos los "llamados" y
"elegidos", libre de los errores santificados y de las mentiras
sagradas, libre del miedo al castigo eterno, libre de los monstruos alados de la
noche, libre de demonios, fantasmas y dioses. Por primera vez era libre.
No había lugares prohibidos en todo el dominio de la mente, no había aire ni
espacio en donde la fantasía no pudiera extender sus alas de colores, no habían
cadenas para mis miembros ni azotes para mis espaldas, ni fuegos para mi carne,
no había enfado ni amenaza del dueño, no había que seguir los pasos de otro,
ni necesidad de inclinarse o adular o arrastrarme ni de proferir palabras
mentirosas. Yo era libre.
Permanecí enhiesto, y sin temblar, alegremente, me enfrenté con todos los
mundos. Y entonces mi corazón se llenó con gratitud, con agradecimiento, y
quedé enamorado de todos los héroes, de los pensadores que dieron sus vidas
por la libertad de sus brazos y su mente, por la libertad de trabajo y de
pensamiento, de aquellos que murieron encadenados en sus mazmorras, de aquellos
cuyos huesos fueron quebrantados, cuya carne fue marcada a fuego y arrancada, de
aquellos consumidos por la llamas, de todos los sabios, los buenos, los
valientes en todos los países, cuyas ideas y hechos han dado la libertad a los
hijos de los hombres. Y entonces hice el voto de empuñar la antorcha que ellos
habían llevado y mantenerla en alto, para que su luz pudiera seguir
conquistando la oscuridad.
Robert Green Ingersoll