PASEO HUMORISTICO A TRAVES DE LAS RELIGIONES Y DE LOS DOGMAS
En los primeros tiempos del mundo bíblico, los frutos debían ser
extraordinariamente caros y rarísimos. Los del Paraíso terrestre, sobre todo,
debían costar un ojo de la cara.
Tal circunstancia, en efecto, es necesaria para explicar la terrible ira en que
se puso el padre eterno, quien, por el robo de un fruto (ese pecadillo
insignificante), condenó al hombre v a la mujer, hasta entonces felices
inmortales, al sufrimiento y a la muerte, y los puso, como a inquilinos, en la
puerta del Paraíso.
Hasta los pobres animales, aunque no hayan comido jamás - como muy
espiritualmente se ha observado - heno prohibido, también, están condenados al
sufrimiento y a la muerte. Su superioridad, sobre el hombre es manifiesta. Ellos
no han imaginado, para explicar sus desgracias, la horrorosa teoría del pecado
original.
Desde luego, debernos rendir justicia a la Biblia, a los Evangelios y a los
escritos de los primeros apóstoles, por el hecho que en ellos no se halla ni
una sola palabra que se refiera a tal monstruosidad.
En la Biblia, el Eterno condena a Adán y sus descendientes a morir y castiga a
la serpiente; pero no habla para nada de un pecado que haría criminales a los
recién nacidos. (Génesis, III).
En fin, los apóstoles, respetuosos de la Biblia, admiran simplemente su versión
y no añaden nada. Aún declarando hasta la saciedad que el género humano había
sido condenado a muerte por el hecho de la manzana; repitiendo continuamente que
Jesús había venido al mundo para rescatar las faltas cometidas individualmente
por los adultos, nunca dijeron una palabra de tal pecado, inherente, según la
Iglesia, a los niños que nacen y que permaneció desconocido tanto de Jesús
como de los apóstoles.
Este dogma, que condena millones y millones de inocentes criaturas a ser puestos
eternamente en el asador como simples perdices, porque una buena mujer comiera
hace miles de años un fruto sin valor, nos viene del Africa.
Fue lanzado, en el IV siglo, por San Agustín, ese pervertido (léase sus «Confesiones»)
quien, bautizado a los 52 años, fue, más tarde, obispo y fanático.
Un amigo de Agustín, llamado Pelagio, muchacho desaprensivo y lleno de sentido
común, le dijo que chocheaba. Violentas controversias se levantaron entre S.
Agustín y los discípulos de Pelagio. Agustín, energúmeno singular como era,
se enfadó y sostuvo furiosamente el dogma, tan feroz como inmoral que él mismo
había parido. Y la Iglesia lo adoptó en los concilios de 416 en Milève (ver página
56) y 417, 424 y 431. Pero la cuestión fue discutida aún durante varios
siglos.
De cuanto precede, dice Larousse (véase «Pecado» y «Agustín»), resulta,
con la última evidencia, que al final del III siglo, incluso en la Iglesia
latina, el dogma del pecado original no había sido aún fijado.
El autor del dogma, el que lo introdujo y podríamos decir que lo impuso a la
Iglesia cristiana, S. Agustín, llegó tarde y en cierta manera para las
necesidades de su polémica, a tal opinión.
La doctrina del pecado original, tal como la había formulado S. Agustín, fue
sancionada antes por diversos sínodos de Africa y en 431, por el concilio ecuménico
de Efeso.
Jesús (¡divina previsión!) se habría hecho crucificar preventivamente para
borrar un pecado inventado 416 años después de su muerte.
Agustín condenaba sin piedad a las llamas eternas a los niños muertos sin
bautizar e incluso a los fetos muertos en el seno le la madre.
Un criminal masacra una familia entera. Irá al infierno si se quiere, pero no
arrastrará con él a toda su descendencia.
Una mujer que roba una manzana, también irá al infierno y, según S. Agustín,
también serán condenados a perpetuidad sus descendientes.
A tal paso, mejor vale comer una familia entera que una manzana.
Otros teólogos, compadecidos, vergonzosos de tal ferocidad, inventaron los
limbos, donde los niños muertos sin bautizo juegan alejados del Eterno, pero no
sufren.
El concilio infalible de Milève (416) había condenado brutalmente los niños
no bautizados al fuego eterno. Pero el Papa, no menos infalible, Inocencio o
Inocente III, en el siglo XII, puso todos los diablos en el asador y restableció
los limbos, que fueron tomados de la religión Romana por los católicos, Mi
efecto, en la entrada del infierno de Roma, existía una especie de parque, en
el que estaban reunidas las almas de los niños, en condiciones parecidas a los
limbos católicos.
Después de haber copiado el paraíso, los purgatorios y los infiernos griegos,
persas y romanos, la Iglesia se apropió los limbos de estos últimos.