Ateos: ¿Por dónde andan?
Hace más de un año, cuando entré en este medio electrónico, me declaré ateo y materialista. No era una "boutade"; era el legítimo instinto que caracteriza a los seres vivos -incluídos los caracoles- para buscarse y agruparse con sus iguales.
El medio en el que entraba, prometía mucho: Se suponía que el nivel de cultura e información así como el carácter académico de la mayor parte de los intervinientes iba a situar el listón de la racionalidad muy, muy alto. Mi portera no estaría en las Redes informáticas. Rappel tampoco estaría.
Parece que estaba en un craso error. Uno a uno, los amiguetes que me iba echando por las distintas áreas iban delatando uno u otro grado de adscripción a lo Místico en cualquiera de sus infinitas variantes.
Los que no se declaraban abiertamente religiosos, se manifestaban creyentes de alguna variedad de lo mismo : budistas, nigromantes, teósofos, cartománticos... Los que, en un alarde de atrevimiento, se declaraban agnósticos evidenciaban tambien, sin saberlo, ese oculto terror a definirse ante la Suprema Autoridad que puede sacar un rayo del bolsillo de la túnica si nos enfrentamos abiertamente a Ella.
Si había ateos, callaban como almejas selladas con el cerrojo de la precaución.
¿Donde estaba esa actitud que arrancaba de los Presocráticos -de algunos de ellos, más bien- y que se asentaba definitivamente en la Ilustración declarando proscritas las supersticiones y aceptando al mundo visible como única realidad?
¿Para qué servía la cultura acumulada siglo tras siglo, si no era para limpiar de telarañas mentales a esta pobre especie a la que, a mi pesar y ante mi vergüenza, sigo perteneciendo?
¿Por qué ese inútil orgullo de especie presuntamente privilegiada, ese antropocentrismo injustificado, sin querer ver que estamos sujetos a las mismas pulsiones que los depredadores, a la misma tendencia gregaria que los rumiantes, al mismo instinto jerárquico de los lobos que -erróneamente interpretado y defectuosamente reconducido- da lugar al lastimoso episodio de las religiones?
¿Por qué esa tremenda miopía en seres humanos que disponen de todos los datos científicos a su alcance, de todas las herramientas mentales, de todos los recursos del Pensamiento y siguen viendo a un dios -con barbas o sin ellas- detrás del ordenador, mientras se ríen con suficiencia del pobre salvaje pintarrajeado que honra a sus diosecillos de madera?
Nunca como ahora, desde hace dos siglos, se percibe una vuelta tan exagerada al mundo oculto de los terrores. Proliferan los adivinos de toda laya y las sectas de sonoros nombres... No basta con que algunos se suiciden de treinta en treinta (márchense los bobos en buena hora); saldrán, como setas, otros tantos para sustituirles.
¿Será que el afán de racionalidad, de visión serena e imparcial del mundo, constituye un esfuerzo exagerado para esta especie?
¿Por qué ya no aparecen los ateos? ¿Somos una raza en extinción?
Comprendo que es muy difícil ser ateo y racionalista. Hay que cargar con la responsabilidad de los propios actos y sus consecuencias, sin poder echarle la culpa a Destinos inevitables, a dioses vengativos, a cartas caídas del revés o a astros que no estaban donde uno esperaba. No puede uno confiar, para que le guíen por los vericuetos de la existencia, en gurús vestidos con el santo color del butano ni en hechiceros apoyados en báculos de bronce que pontifican sobre una vida de la que nada entienden.
No debería uno, después de este vistoso episodio que es la vida, esperar castigos... pero tampoco recompensas. Debe de ser muy duro para quien tiene todo su esquema mental estructurado por una educación inspirada en el premio y en el castigo.
Os comprendo, ateos del mundo: si quedais alguno, mirad en derredor antes de levantar el dedo. Se avecina una Edad Media aún peor que la anterior. La Nueva Inquisición, respaldada por la subespecie de los borregos, ahora armada con Internet y sutiles herramientas que ni imaginamos, terminará con la heterodoxia.
Pero eso no será en las próximas semanas. Aún nos queda algo de tiempo para sacar las cabezas....antes de que nos la corten.
Decid algo, coñe.
Francisco Mercader