Charles Darwin
Científico
(1809-1882)

Cuando estaba a bordo del Beagle (octubre de 1836 a enero de 1839) yo era sumamente ortodoxo, y recuerdo que varios de los oficiales se reían cordialmente de mí (aunque ellos también eran ortodoxos) porque yo citaba la Biblia como una fuente irrebatible en algún punto de moral. Supongo que era la novedad del argumento lo que los divertía. Pero yo había llegado gradualmente, por entonces, a ver que el Antiguo Testamento, con su manifiestamente falsa historia del mundo, con la torre de Babel, el arco iris como signo, etc., etc., y al atribuirle a Dios los sentimientos de un tirano vengativo, no era más digno de confianza que los libros sagrados de los hindúes o las creencias de cualquier bárbaro.
Al reflexionar más adelante que para hacer que cualquier hombre cuerdo creyera en los milagros en los que se apoya el Cristianismo sería necesaria la más clara de las evidencias; que mientras más sabemos de las leyes fijas de la naturaleza más increíbles se vuelven los milagros; que los hombres de esos tiempos eran ignorantes y crédulos a un grado casi incomprensible para nosotros; que no es posible probar que los Evangelios fueron escritos simultáneamente a los acontecimientos que narran; que difieren en muchos detalles importantes, demasiado importantes, me parecía, para ser admitidos como las imprecisiones usuales de los testigos presenciales; por reflexiones como éstas, a las que no les concedo la menor novedad o valor, sino el de que influyeron en mí, gradualmente dejé de creer en el Cristianismo como revelación divina. El hecho de que muchas falsas religiones se han extendido por grandes partes de la tierra como un incendio tenía algún peso para mí. Bella como es la moral del Nuevo Testamento, difícilmente se puede negar que su perfección depende en parte de la interpretación que ahora le damos a metáforas y alegorías.
Así la incredulidad crecía en mí con gran lentitud, pero al final fue completa. Fue tan lenta que no sentí angustia, y desde entonces nunca he dudado por un solo segundo de que mi conclusión era correcta.
Verdaderamente apenas puedo ver cómo alguien podría querer que el Cristianismo fuera cierto; pues el lenguaje llano de sus textos parece mostrar que los hombres que no creen, y esto incluye a mi padre, mi hermano y a casi todos mis mejores amigos, serán eternamente castigados. Y ésta es una doctrina condenable.
El viejo argumento del diseño en la naturaleza, tal como lo presenta Paley, que antes me parecía tan concluyente, falla, ahora que la ley de la selección natural ha sido descubierta. No podemos seguir argumentando que, por ejemplo, la hermosa juntura de una concha de bivalvo debe haber sido hecha por un ser inteligente, como la bisagra de una puerta lo es por un hombre. No parece haber más diseño en la variabilidad de los seres orgánicos y en la acción de la selección natural, que en las direcciones en que sopla el viento. Todo en la naturaleza es resultado de leyes fijas.
Nadie discute que existe mucho sufrimiento en el mundo. Algunos han intentado explicarlo por referencia al hombre imaginando que sirve para su mejoramiento moral. Pero el número de hombres en el mundo es una nada comparado con el de todos los demás seres sensibles, y éstos otros sufren grandemente sin ningún provecho moral. Un ser tan poderoso y tan lleno de conocimiento como un Dios que pudo haber creado el universo, es, para nuestras mentes finitas, omnipotente y omnisciente, y nuestro entendimiento se rebela al suponer que su benevolencia no es ilimitada, pues, ¿qué ventaja puede haber en los sufrimientos de millones de animales inferiores con una duración casi interminable? Este muy antiguo argumento a partir de la existencia del sufrimiento contra la existencia de una primera causa inteligente me parece que es muy fuerte; mientras que, como acabo de señalar, la presencia de tanto sufrimiento concuerda bien con el punto de vista de que todos los seres orgánicos se han desarrollado mediante la variación y la selección natural.
En la actualidad (1872) el argumento más común a favor de la existencia de un Dios inteligente se toma de la profunda convicción interior y sentimientos que son experimentados por las personas que lo defienden. Pero no se puede dudar de que los hindúes, mahometanos y otros pueden argumentar lo mismo y con igual fuerza a favor de la existencia de su Dios, o de varios dioses, o, como los budistas, de ningún Dios... Este argumento sería válido si todos los hombres de todas las razas tuvieran la misma convicción interior de la existencia de un Dios: pero sabemos que tal cosa está lejos de ocurrir. Por lo tanto, no puedo considerar que tales convicciones internas y sentimientos tengan peso alguno como evidencias de lo que en realidad existe.
Tampoco debemos pasar por alto la probabilidad de que el constante adoctrinamiento en la creencia en Dios en las mentes de los niños produzca un efecto tan fuerte como quizás heredado en sus cerebros aún no desarrollados, de tal manera que sería tan difícil para ellos deshacerse de su creencia en Dios, como sería para un mono deshacerse de su miedo y odio instintivos hacia las serpientes.
Charles Darwin
Científico creador de la teoría de la evolución.