Rescoldos
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CAPÍTULO
PRIMERO: SHUN Y HYOGA.
El sol está despertando. Asoma tímidamente por entre las oscuras y
escalpadas montañas y, tras dar un bostezo de fuego, emerge grandioso entre
ellas. Su luz daña mis ojos cansados y vuelvo la mirada hacia ti que,
acurrucado en el asiento de al lado, duermes profundamente.
Yo apenas he podido dormir. Ese ronroneo del motor del avión me inquieta. Es
como el gruñido amenazador de una bestia salvaje. Por suerte, me cediste la
plaza privilegiada junto a la ventanilla y de tanto en tanto, cuando mis párpados
no se cierran bajo el peso del sopor, observo los matices cambiantes del
cielo, desde el índigo profundo hasta el ardiente carmesí, pasando por el pálido
malva. Los amaneceres son todos igual de espléndidos, tanto en Japón como en
Siberia, tu tierra natal, que yo visito por primera vez.
Todavía no estoy seguro de cuál es la razón por la cual me has pedido que
te acompañe en esta ocasión. Todos los años ocurre lo mismo. Al acercarse
estas fechas, haces tu equipaje y desapareces unos días, sin despedirte ni
dar explicaciones; tampoco son necesarias, porque todos sabemos a dónde vas.
Es siempre el mismo ritual...
Los días precedentes estás más callado (¡más todavía!) y te deslizas
silencioso por la casa. Rehuyes nuestra compañía, y yo me siento tan dolido
que me dan ganas de sacudirte por los hombros y hacerte entrar en razón a
gritos: “¡Ella no va a volver! ¡Deja de castigarte!”.
Esos días tienes la mirada llena de ella. La “Ella” de tus
pensamientos... Casi puedo sentir cómo me corroe el alma una desazón que tal
vez pueda llamarse celos. Y me siento tan mal... Después de todo, ella te dio
la vida, te dio amor, te hizo como eres, te lo dio todo... incluso aquella última
plaza en el bote salvavidas. Pero yo... yo no sé lo que es el cariño de una
madre...
Hasta donde alcanza mi memoria, siempre ha sido el de Ikki el pecho en el que
me he cobijado. Han sido sus manos las que guiaron mis primeros pasos, y sus
ojos los que me dieron confianza cuando más la necesitaba. Y luego llegaste tú...
Sigues durmiendo profundamente... Tu rostro tan serio resulta extraño en una
persona tan joven. No sé qué estarás soñando ahora, pero sé que a veces
las pesadillas sobre aquel fatal día te atormentan por la noche hasta hacerte
gemir como una criatura asustada.
La vida no ha sido nada fácil para nosotros, los caballeros, pero debemos
seguir adelante, con la cabeza bien alta. Abre los ojos, Hyoga, contempla el
amanecer... El mundo está lleno de cosas bellas...
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Tengo frío... apenas puedo caminar, y mi voz hace ya rato que se apagó. Mi
paso es torpe, inseguro... Mis sentidos me van abandonando poco a poco... No
hay nada frente a mí, sólo oscuridad y ese frío que me hiela el alma.
Siento la garra de la angustia atenazar mi corazón. Quiero gritar... pero no
puedo...¡¡¡Qué alguien me ayude!!!
* * * * * * *
“Señores pasajeros: les informamos que el vuelo 423 con destino a
Siberia tomará tierra en breves momentos. Hagan el favor de abrocharse los
cinturones y mantengan apagados sus móviles, cámaras y demás aparatos
electrónicos hasta el completo aterrizaje. Siberian Airlines les agradece su
compañía y les desea que hayan tenido un buen viaje. Gracias”.
Abro mis ojos y miro aturdido a mi alrededor. La clara luz de un nuevo día
ilumina el interior del avión, y el ruido de los motores acaba de despertarme
por completo. Doy un fuerte bostezo y me desperezo estirándome groseramente,
con toda la mala educación del mundo. Pero entonces caigo en la cuenta de que
esta vez tengo compañía y, avergonzado, recobro la compostura. Shun, sentado
a mi lado, me mira con una dulce sonrisa.
- ¡Buenos días, Hyoga! Ya casi llegamos...
- Estupendo. Prepárate bien, porque vas a pasar más frío que en toda tu
vida.
- Sin embargo, esto es precioso...
Shun gira su rostro y contempla embelesado las altas montañas nevadas, que
relucen bajo los rayos del sol. Sí, este país siempre impresiona la primera
vez que lo ves. Kilómetros y kilómetros de valles y llanuras cubiertos de un
blanco inmaculado, imperecedero. Es una belleza tan monótona que acaba por
adormecerte el cerebro...
No sé exactamente qué me impulsó a pedirte que me acompañaras en esta
ocasión. Tal vez fuera porque este fin de semana todos tenían planes fuera
de la ciudad y sé lo mucho que aborreces la soledad. O tal vez soy yo el que
está harto de llorar a solas mi desdicha, sin un hombro en el que apoyarme y
una voz dulce que acaricie mi alma ajada. Resulta agotador mantener la
entereza durante tantos años, esa máscara de frialdad que me hace parecer
tan severo y que os aleja de mí cuando más os necesito... cuando más te
necesito...
Ahora que tienes la mirada pérdida en el horizonte nevado, yo mismo me
permito contemplarte a placer. Tu brillante cabellera, que yo quisiera
acariciar, hundir mi rostro en ella y aspirar su perfume; la blanca piel de tu
cuello, que me atrae poderosamente; tu pequeña mano, que desearía atrapar
entre las mías, tan toscas, y llevarla hasta mis labios... Todo tú me
hechizas, Shun, hasta el punto de hacerme olvidar los reveses que me han dado
la vida.
Vuelves tu dulce rostro hacia mí y aparto la vista rápidamente, avergonzado.
Me siento como un ladrón cuando te observo sin que te des cuenta. Tal vez algún
día reúna el valor necesario para decirte todo lo que siento. Mientras
tanto, me contento con mirarte de lejos, como quien mira la luna deseando sin
embargo poderla poseer. Algún día, Shun, algún día...
El avión adopta un ángulo inclinado y se dispone a tomar tierra. Por la
ventanilla veo cómo atravesamos las nubes más bajas y, por unos momentos,
pierdo de vista el paisaje.
CAPÍTULO
SEGUNDO. LOS HIELOS ETERNOS DE SIBERIA.
Tengo frío...
Creo que nunca había sentido las piernas tan pesadas... Mi paso se ve
entorpecido por la densa capa de nieve, que envuelve mis pies y parece tirar
de ellos, como intentando retenerme. A cada rato me llevo las manos
enguantadas al cuello, con la intención de subir más la cremallera de mi
abrigo y resguardarme del horrible frío. Y cada vez caigo en la cuenta de que
es imposible, pues no da más de sí.
A mi derecha, un par de metros por delante, Hyoga camina ligero, incansable,
envuelto en su gastado abrigo pardo que tan bien le conozco. De tanto en tanto
mira hacia atrás, como tratando de asegurarse de que le sigo los pasos. Yo le
sonrío avergonzado, disculpándome por ser tan lento y torpe. Entonces él
reduce su marcha y, con una sonrisa de condescesdencia, espera a que yo llegue
a su altura.
Hombro con hombro, continuamos con nuestro camino. Tú pareces estar muy
seguro del lugar a que nos dirigimos, pero yo miro a mi alrededor y me
confunde la homogeneidad del paisaje. Es un desierto azul salpicado de montañas
de hielo. La blancura deslumbrante de estas tierras deforma la perspectiva, y
distancias que parecen eternas se tornan cortas o viceversa.
Llevamos tres horas caminando y apenas hemos intercambiado unas pocas
palabras. De tanto en tanto y, sin que te des cuenta, te observo por el
rabillo del ojo, furtivamente. Como siempre, tu fría belleza me corta la
respiración. Esa indómita cabellera dorada agitándose suavemente al viento;
esos ojos profundos, oceánicos; ese perfil griego y esa piel de bronce, esos
labios... A pesar del frío que nos envuelve, noto mis mejillas arder con el
fuego del rubor.
Aparto mi mirada, avergonzado. No está bien tener esos pensamientos en un
momento tan inapropiado como este. Sé que sufres; lo veo en tu mirada perdida
y anhelante. No es el Hyoga al que yo estoy acostumbrado, poderoso y firme
ante la adversidad, pero es el mismo a fin de cuentas.
Acompañarte en tu sufrimiento me acerca más a ti, me hace redescubrirte...
Sin embargo, me siento incómodo, extraño... Como si estuviera a punto de
violar el secreto de un rito ancestral que sólo a ti te pertenece. Pero
permaneceré firme detrás de ti, tan quieto y mudo como esas altas montañas
que, a lo lejos, nos vigilan como centinelas. Con mi silencio respetaré tu
dolor, y si te giras buscando una presencia amiga allí me encontrarás
siempre. Por que yo... yo solo deseo estar a tu lado, Hyoga...
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- Es aquí...
Shun, que por enésima vez se había quedado rezagado tras de mí, llega a mi
altura y contempla solemnemente, en silencio, el extenso entrante del mar ártico
que, cristalizado, se extiende ante nosotros. Inmensa llanura de hielo sumida
en una quietud de sepulcro...
Vuelvo a escuchar en mi mente, como los ecos lejanos de una horrible
pesadilla, los gritos de horror de los navegantes que contemplan impotentes,
apiñados en un único bote, la tragedia. Escucho de nuevo el llanto infantil,
desolado, de una versión más joven de mí mismo. Y aquella voz dulce,
melodiosa, amada... que se hunde entre las gélidas aguas para no volver a oírse
nunca más.
Caminamos despacio, con cuidado de no resbalar sobre la lisa superficie, hasta
el punto indicado. Allí, bajo la gruesa capa de hielo, se vislumbra la oscura
sombra de un navío fantasmal.
Me quito el abrigo, recibiendo de lleno en mi pecho y en mis brazos el golpe gélido
del frío ártico. Saco del bolsillo interior la rosa roja de mi ofrenda y le
paso la prenda a Shun, que la recibe con un suave gesto.
Le miro fijamente. Sus ojos irradian serenidad, y continúa tan silencioso
como un ángel de porcelana. En cierto modo, hecho de menos su alegre parloteo
habitual, tan inocente y despreocupado como el canto de un pajarillo. Pero
ahora agradezco su mudo apoyo y su presencia reconfortante, llena de paz...
Me vuelvo y me arrodillo sobre el hielo, que rozo suavemente con la palma de
mi mano. Una vez más, apelo a todas mis fuerzas para enfrentarme de nuevo a
tu presencia torturadora; a tu belleza imperecedera de estatua de la Grecia clásica;
a tu recuerdo, que me quema en la memoria... Concentro mi cosmos en el puño
y, con un único golpe, quiebro el hielo que se va desquebrajando hasta abrir
un boquete.
Miro una vez más a Shun, que permanece en el mismo punto, abrazando mi abrigo
contra su pecho. Esta vez, me dedica una sonrisa y yo, como siempre, me quedo
helado en el sitio, completamente hipnotizado. Su sonrisa es tan cálida que
podría derretir los hielos eternos de Siberia.
CAPÍTULO
TERCERO. LA TORMENTA.
Hyoga tardó diez interminables minutos en emerger a la superficie helada.
Diez...
La capacidad pulmonar de un ser humano corriente le permite contener la
respiración una media de minuto y medio, dos a lo sumo. Pero nuestra especial
preparación física y mental como caballeros puede aumentar nuestras
posibilidades vitales más allá de lo normal, permitiéndonos así sobrevivir
en condiciones extremas. Y aún así...
Aún así, en dos o tres ocasiones, estuve a punto de zambullirme en busca de
Hyoga, desafiando la gelidez y oscuridad de aquellas aguas malditas. ¿Le habría
ocurrido algo? Me arrodillé junto al boquete abierto por su puño en el hielo
y observé con atención la superficie líquida... Nada... ni una señal de
vida...
Empecé a inquietarme y a especular negros desenlaces. ¿Y si la madera
podrida del casco había cedido y le había aplastado? ¿Y si su pie quedó
atorado en una grieta del arrecife y forcejeó hasta morir asfixiado? ¿Y
si...?
Un súbito roce en la mejilla me arrancó de mis oscuros pensamientos. Frío...
Levanté la vista al cielo, que en la última media hora había cobrado un
tono grisáceo, como de hielo sucio. Copos de nieve de una pureza etérea caían
danzando a mi alrededor como si de ángeles en vuelo se tratara. Una vez más,
quedé hechizado ante la belleza que Siberia me ofrecía...
Un súbito chapoteo y una profunda inspiración me hizo volver la vista hacia
el pozo en el hielo. Hyoga emergía de él en todo su esplendor, revueltos sus
cabellos, arrebolado su rostro, endurecido su cuerpo por el efecto del frío...
Las gotas de agua se deslizaban por toda su anatomía como diamantes en eterna
fuga... Creo que volví a sentir el sofocón de la vergüenza...
Sin decir una sola palabra, le tendí su abrigo, que tan celosamente había
custodiado entre mis brazos. Cuando me fije mejor, vi las huellas del llanto
en sus ojos enrojecidos, que miraban atentos al horizonte...
- Debemos apresurarnos – dijo con firmeza mientras se ponía el chaquetón
– Se acerca una tormenta.
- ¿Una tormenta? – me incorporé sin dejar de mirarle - ¿Estás seguro,
Hyoga? Todo está tan tranquilo...
El irreal silencio que nos envolvía disolvió mis palabras en la nada y
pareció darme la razón. Sólo el susurro incomprensible de una suave brisa
perturbaba la quietud de la llanura.
- Es eso lo que me temo... Es la calma que precede a la tempestad. Además, el
cielo se ha oscurecido demasiado en tan poco tiempo. Tenemos que llegar a mi
casa antes de que esto empeore. Vamos...
Tras deslizarnos cuidadosamente sobre la resbaladiza superficie del hielo,
alcanzamos la orilla nevada y nos pusimos rumbo a las lejanas montañas, entre
las que se escondía el hogar de Hyoga.
En mi fuero interno, me moría de impaciencia por conocer el lugar en el que
vio la luz por vez primera; en el que creció, forjó sueños e ilusiones, y
lloró desdichas; el testigo mudo de sus descansos y convalecencias después
del duro entrenamiento... Me sentía dichoso. Iba a tener la oportunidad de
conocer, un poquito más, al verdadero Hyoga.
No me percaté de que, a cada paso que dábamos, el cielo iba cobrando un
opresor tono plomizo; la capa de nieve se iba volviendo más alta y densa,
entorpeciendo aún más mi paso vacilante, y los antes ligeros copos de hielo
se habían convertido en pequeñas estrellas fugaces, algunas de las cuales se
quedaban prendidas entre nuestros cabellos y sobre nuestros hombros.
Entonces el viento empezó a despertarse...
Media hora después, los temores de Hyoga cobran sentido para mí. La tormenta
ártica es un espectáculo visual que corta la respiración. Me siento como un
niño que contempla lleno de temor el despliegue de furia de un monstruo de
pesadilla.
Los copos helados atraviesan raudos mi campo visual, entorpeciéndome la vista
y haciendo que cierre los ojos con fuerza. Mis piernas se hunden en la nieve
hasta la rodilla, y cada paso que doy me supone un enorme esfuerzo. El viento,
otrora susurrante, ruge ahora amenazas en mis oídos...
Me obligo a abrir los ojos y no perder de vista a Hyoga, que ha vuelto a
tomarme la delantera. Su abrigo de piel salpicado de escarcha se agita al
viento sirviéndome de guía. Se detiene un momento y se gira hacia mí. Su
figura, envuelta en la borrasca, semeja una aparición fantasmal.
- ¡¡¡¿Vas bien, Shun?!!!
- ¡¡¡Síiiii!!!- le grito mientras trato de seguir avanzando.
- ¡Ánimo! ¡Ya no queda muy lejos!
Vuelve a atenazarme el miedo de ser la criatura que siempre se queda atrás
mientras los demás avanzan. El niño del grupo, del que siempre hay que estar
pendiente para que no se meta en líos o se lastime. El eterno estigma del que
intento liberarme desesperadamente...
Aprieto los dientes con fuerza, cierro mis puños y, haciendo un esfuerzo
rabioso, continúo mi camino abriéndome paso entre la nieve. Un paso...
otro... y otro... Mis cabellos se agitan violentamente contra mi rostro y mi
aliento se condensa a mi alrededor como si fuera niebla...
Cuando quiero darme cuenta, la figura de Hyoga ha desaparecido entre la
ventisca...
Tal
como me temía, la tormenta se nos vino encima...
El viento furioso agitando mis cabellos y aullando en mis oídos; el frío ártico
azotándome implacable y atravesando mi cuerpo como miles de cuchillas
heladas; y la nieve veloz y cegadora, envolviéndome como una cortina
enloquecida por el huracán... Siento que he regresado de nuevo a mi hogar...
La crudeza de las tormentas árticas me resulta algo tan íntimo y conocido
que casi puedo decir que forma parte de mi ser, como mi sangre o mis
pensamientos.
Los momentos más importantes de mi vida han tenido como telón de fondo el
violento temporal siberiano: aquella noche de diciembre en que abrí mis ojos
al mundo; el día en que ese mismo mundo se hundió bajo mis pies, al
desaparecer entre las aguas el eje en torno al cual giraba; aquellos seis años
de duro entrenamiento junto con mi maestro, Camus, que se erguía imponente en
medio de la tempestad, como si del Príncipe de los Hielos se tratara...
Camus...
Vuelvo a ver en el ojo de mi mente, como en una cámara, su figura altiva, su
gesto severo, su capa ondeando al viento... Un titán lleno de orgullo que
mira con prepotencia a un jovencísimo e intimidado Hyoga. Su voz, como un
trueno, vuelve a retumbar en mi cabeza...
***Flashback***
- ¿Por qué deseas convertirte en caballero? ¿Acaso quieres ser más fuerte?
Camus observa con curiosidad al rubio muchacho que le han enviado desde Japón
para que haga de él un caballero. El niño, reuniendo valor ante el gigante,
explica su situación con forzada firmeza.
- El barco en el que viajábamos mi madre y yo naufragó cerca de aquí hace
un año. Quedará hundido para siempre en las profundidades del mar, protegido
bajo una gruesa capa de hielo. Sin embargo... me gustaría rescatar el cuerpo
de mi madre con mis propias fuerzas...
- ¿ Y por eso deseas convertirte en caballero? – Camus enarca una ceja con
soberbia.
- Sí, bueno... – El pequeño titubea.
- Morirás...
- ¡¿Cómo?!
- Para llegar a ser un auténtico caballero deberás abandonar esas ideas
infantiles y sentimentales, que no harán más que perjudicarte en tu
entrenamiento.
El caballero se vuelve de espaldas al niño y, haciendo un amplio gesto con
sus manos, señala la inmensidad del valle helado que se extiende a sus pies.
- Mira a tu alrededor... Este glaciar permanecerá inalterable a través de
los siglos porque es inmune a los rayos del sol por más intentos que estos
sean. Tú – dice volviéndose hacia Hyoga – debes ser igual. Frío y
resistente a todo tipo de sentimentalismos, inútiles para un caballero. Sólo
entonces podrás ser el más fuerte...
***Fin del flashback***
Mi rostro se contrae en un gesto involuntario de rabia. Sí... Camus quiso
hacer de mí un clon de sí mismo. Un maldito autómata que destrozara a
cualquier enemigo que se le pusiera por delante sin tan siquiera pestañear.
Un caparazón vacío...
¡Qué equivocado estabas, Maestro! ¡Qué equivocado! Con el tiempo descubrí
que hay sentimientos que pueden elevar mi cosmos hasta límites inimaginables,
y que me proporcionan la fuerza necesaria para levantarme una y otra vez, sin
importar cuantas veces caiga ni cuantos golpes reciba.
Sólo hay que despertar esos sentimientos...
De repente me quedo parado...
Hace rato que he dejado de oír detrás de mí los forcejeos de Shun
intentando abrirse paso entre la nieve... Vuelvo la vista atrás, inquieto. ¿Dónde
está? Hace unos momentos lo tenía detrás de mí, pero iba tan enfrascado en
mis pensamientos que...
Retrocedo unos cuantos pasos, sin dejar de escrutar entre la fuerte ventisca.
Nada...
- ¡¡¡Shuuun!!! – grito a la oscuridad con todas mis fuerzas, haciendo
bocina con las manos.
Pero mi llamada se pierde entre el rugido de la tormenta...
- ¡¡¡SHUUUN!!! – vuelvo a llamarlo de nuevo, gritando, hasta que me
empieza a doler la garganta.
Nada...
Ya desesperado, empiezo a correr de un lado para otro, barriendo la zona sin
dejar de escrutar la noche y aullar su nombre al viento. ¿Se habría quedado
muy atrás? No sé en qué momento nos separamos (maldito sea mi despiste),
pero debo encontrarlo lo antes posible. Él no conoce está región y de
ninguna manera podrá sobrevivir toda la noche fuera, por más caballero que
sea.
- ¡¡¡Shuuun!!! – continúo llamándolo, angustiado, sin dejar de buscar
una señal entre la bruma, aguzando el oído por si su voz llegara a mí...
Mientras corro, empiezo a sentir el pajarillo del pánico aletear en mi pecho,
y me veo obligado a hacer verdaderos esfuerzos para no ponerme a llorar de
rabia. Mi corazón golpea fuerte contra mis costillas, como un martillo...
“Dioses, ayudadme... ayudadme a encontrarlo...”
Para colmo de males, el abrigo de Shun es de un color azul pálido que para
nada ayudaría a localizarlo en medio de tanta blancura... Aprieto los dientes
con fuerza, en un último intento de retener mi llanto... Ya empiezo a notar cómo
un puño invisible me atenaza la garganta y me impide respirar.
-¡¡¡SHUUUN!!!
Por enésima vez, no hay respuesta... Una súbita calidez se derrama por mis
ojos y cristaliza sobre mi mejilla. Sigo corriendo, zigzagueando, el aire quemándome
en los pulmones, los puños prietos, el alma helada...
“Por favor... dioses... no permitáis que Shun...”
Mi mente se rebela ante la idea. No podría soportar que los hielos me
volvieran a arrancar otro pedazo de mi existencia... No este pedazo...
Vuelvo a alzar una súplica desesperada.
“Ayudadme... os lo imploro...”
Un súbito aleteo a mi derecha capta mi atención. Allá a lo lejos, en medio
de la nieve, algo se mueve... Corro como nunca en mi vida he corrido, lleno de
esperanza y de miedo por lo que pueda descubrir... Cuando faltan unos metros
para llegar al punto señalado, me detengo y avanzo despacio...
Medio sepultados por la nieve, empiezo a vislumbrar una pequeña mano
enguantada, un abrigo azulado y un pálido rostro oculto por una cabellera
esmeraldina que se agita furiosa al viento...
- ¡¡¡SHUUUN!!! – un grito casi inhumano brota de mi garganta.
Me arrojo al suelo y empiezo a cavar a su alrededor frenéticamente para
liberar sus piernas. Cuando lo consigo, tiro de él y lo sostengo entre mis
brazos, retirándole el cabello para poder verle el rostro. Entonces, siento
que mi corazón da un vuelco...
Shun tiene el dulce gesto de alguien que está teniendo un bello sueño, pero
el tono azulado que ha adquirido su piel le da la siniestra apariencia de un
cadáver. Y lo siento frío, muy frío... Le abro un poco el abrigo y palpo
desesperadamente el cuello, buscando algún destello de vida. Si él...
entonces yo... nunca me lo perdonaría...
Al cabo de unos instantes, encuentro lo que busco... Bajo mis dedos, helados y
temblorosos, percibo unos débiles aunque esperanzadores latidos. Esbozando
una sonrisa de profundo alivio, intento despertarlo.
- Shun... Shun...
Sus pestañas, cubiertas de escarcha, apenas se agitan. Sus labios se mueven,
como si quisiera hablar...
- ¿Shun?
- ...
Sus ojos se entreabren por un segundo, pero vuelven a cerrarse... Está
completamente exhausto...
Sin pensármelo dos veces, lo tomo entre mis brazos y me dispongo a cargarlo
el resto del camino. Un destello de deja vú me deslumbra... Lo aprieto
contra mi pecho, contra mi corazón, que ya empieza a recobrar su ritmo
normal. Es el peso más dulce que uno pueda imaginar...
CAPÍTULO
CUARTO: EL SUEÑO
- Shun... Shun... despierta... ya ha pasado todo... despierta...
Entre las brumas de mi somnolencia, la voz de Hyoga suena lejana... confusa...
como si llegara hasta mí viajando a través de las épocas y de las
distancias. A medida que me va arrancando de mi sopor, demasiado profundo,
empieza a adquirir tintes de realidad y deja de resonar en mi cabeza como un
eco interminable para convertirse en una clara llamada.
Hago un esfuerzo para abrir los ojos. Los párpados me pesan como si nunca
hubiera visto la luz y siento el cuerpo tan adormecido como si acabase de
despertar de un sueño milenario. Con la visión todavía nublada, empiezo a
distinguir los rasgos confusos de un rostro conocido... amado... Sus labios
continúan invocando mi nombre en un último intento de arrancarme de los
brazos de Morfeo.
Una súbita calidez en mis mejillas acaba de despertarme por completo de mi
letargo. Logro enfocar la vista y el mundo deja de danzar a mi alrededor para
adoptar formas nítidas y estables.
Estoy tumbado en una cama que no es la mía, en una habitación que nunca
antes había visto. La estancia se haya sumida en la penumbra, y la única
iluminación proviene de la llama vacilante de un viejo quinqué.
Hyoga está sentado a mi lado, inclinado sobre mí... Acaricia mis mejillas
con una suavidad y una parsimonia que resultan hechizadoras, balsámicas... Yo
parpadeo aturdido, preguntándome si todavía estaré soñando. Sus ojos
celestes me miran llenos de devoción y ternura, con un deje de preocupación.
- ¿Estás mejor? – Su voz, tan querida, llega a mí clara y suave. No, no
estoy soñando...
- Sí... – Mi propia voz es un débil murmullo. Mi cuerpo se estremece con
un temblor incontrolable. Miro confuso a mi alrededor.- ¿Es... tu casa?
- Sí, es mi casa – Hyoga suspira y agacha la cabeza, tapándose el rostro
con las manos. Tiene el gesto del guerrero derrotado... – Perdóname Shun,
no debí alejarme tanto de ti... con lo peligrosas que son estas tormentas...
lo siento de verás... A veces, los viajeros que no conocen la región acaban
perdiéndose y... al final...
Hyoga calla y me mira fijamente, con gesto solemne... Alarga la mano y, con
sumo cuidado, retira algunos mechones húmedos de mi rostro. Embelesado por el
hechizo de su mirada y de su caricia, apenas me atrevo a parpadear, por miedo
a que el espejismo se desvanezca en la nada...
Su mano vuelve a acariciar mi mejilla y, esta vez, se queda allí quieta,
transmitiéndome un calor abrasador a través de su palma abierta. Mi corazón
empieza a latir con fuerza contra mi pecho, desbocándose como un caballo
enloquecido. El tiempo parece detenerse, y el mundo desaparece a mi alrededor,
se difumina en sombras de irrealidad...
Vuelvo a preguntarme si estaré soñando, o si estoy sufriendo algún tipo de
alucinación causada por la hipotermia... pero... su presencia es demasiado
real... El brillo de sus ojos, su aliento, su sonrisa luminosa, la calidez que
emana de su cuerpo... Inconscientemente, saco una mano temblorosa de debajo de
las cobijas y la poso sobre la suya propia, en un vano intento de retenerla
conmigo para siempre... Cierro los ojos y un suspiro de dicha brota de mis
labios...
“Ahora... ahora puedo morir tranquilo...”
- Esto... Shun... ¿Qué tal si... cenamos algo?
Su propuesta me arranca súbitamente de la ensoñación y me trae de nuevo al
mundo real. Con una sonrisa de condescendencia, asiento aceptando su invitación.
Todavía temblando, retiro la pesada manta y descubro que estoy descalzo y que
no llevo puesto mi abrigo...
- Lo puse a secar, junto con el mío... estaban empapados... – explica
Hyoga. Se levanta de la silla y me tiende aquella mano que me había hecho
estremecer de gozo hacía unos instantes. - ¿Te ayudo?
- ¡No! – me apresuro a contestar – Ehhh... no es necesario... ya puedo
yo.
Ya me resulta bastante penoso que haya tenido que cargarme todo el camino,
como a una criatura... Aborrezco mi debilidad, mi vulnerabilidad... la siento
como un haz de cadenas que aprisionan a los demás y los mantienen cerca de mí,
vigilándome con atención, prestos a saltar ante el más leve quejido por mi
parte. Ansío mostrar fortaleza... y debería empezar ahora mismo.
Pero cuando me incorporo y me dispongo a ponerme en pie, un súbito vértigo
desestabiliza mi equilibrio y el mundo se tambalea ante mis ojos. Me veo
obligado a apoyarme en el brazo de Hyoga, que me recibe en su pecho y me
sujeta por la cintura...
Por un instante, me parece sentir un profundo y cálido suspiro acariciando mi
frente...
Un nuevo escalofrío sacude violentamente mi cuerpo, como una descarga eléctrica...
Semejante remolino de emociones me confunde y sólo atino a quedarme quieto y
esperar a ver qué pasa... Ni siquiera me atrevo a levantar la cabeza... Creo
que moriría de la impresión que me causaría alzar el rostro y encontrarme
tan cerca de esos ojos claros como lagos de montaña y de esos labios suaves
que me atraen con un magnetismo inexplicable...
¿Es esto normal? ¿Hay una lógica oculta en estas oleadas de temor y placer
que van y vienen? No sé que son... y mi mente está demasiado aturdida para
ponerse a descifrar enigmas. Simplemente, sea lo que sea... me gusta...
Reúno todo mi valor, como si fuera a enfrentarme a un enemigo formidable, y
alzo la vista hacia su rostro nimbado de oro.
- Gracias... sí... ayúdame, si eres tan amable...
Por toda respuesta, Hyoga sonríe dulcemente y me sujeta firmemente contra sí.
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Con el paso de los años, la casa en que nací ha ido volviéndose cada vez más
tenebrosa y sombría, hasta parecer la guarida de una bruja de cuento.
Recuerdo tiempos en los que cortinas de brillantes colores ornaban las
ventanas, la brillante luz exorcizaba los rincones de los demonios de la
oscuridad, y las risas resonaban por doquier como una melodía maravillosa. Qué
lejos quedan aquellos días... Ahora miro a mi alrededor y no puedo evitar
sentirme un tanto deprimido y avergonzado por su descuidado aspecto.
La estancia principal es un cuarto de tamaño mediano, en uno de cuyos lados
se levanta una sólida chimenea de roca. Las paredes están revestidas con
tablones de madera de cedro, que temblequean levemente por el empuje del
viento exterior. El suelo, de fría piedra, se haya cubierto por alfombras de
cordón de tonos apagados, descoloridos... Toda la casa en general da la
impresión de ser tan antigua como el mundo.
Son innumerables las veladas que he pasado aquí solo, sin más compañía que
mi soledad y el rugido de la tormenta. Solo con mis pensamientos, mis miedos y
mis desdichas. Solo con mis anhelos... Solo en una vida tan vacía que apenas
tenía sentido.
Pues, ¿qué había más allá de estas paredes desquebrajadas y familiares?
Guerras interminables, sangre y dolor, amenazas de muerte de airados enemigos,
juramentos de lealtad a diosas imperturbables, rencores, glorias, derrotas...
Sólo una luz brillaba en aquel mar de oscuridad, y en cada uno de sus
destellos veía la dulce sonrisa de Shun...
Cargarlo entre mis brazos, tembloroso y frágil, fue como salir victorioso de
una batalla apocalíptica; velar su cuerpo dormido fue como custodiar un
tesoro de valor incalculable; tocar su rostro fue como rozar el nirvana con
los dedos... Todavía noto en mis manos el cosquilleo electrizante de su piel
de satén.
Lo miro... Sentado a mi lado, envuelto en una cálida manta, se lleva a los
labios un tazón de leche caliente que devuelve algo de color a sus pálidas
mejillas. Mientras dormía, me apresuré a encender la lumbre con el fin de
que la casa se caldeara lo antes posible, y ahora las llamas danzan furiosas
en el hogar. Como en un espejo, se reflejan en los ojos de esmeralda de Shun.
- Parece como si la casa fuera a salir volando...
- ¿Cómo? – Su voz de cristal me arranca súbitamente de mis pensamientos.
- ¿Cómo dices?
- Digo que, con este tembleque, parece que la casa vaya a salir volando.
- ¡Oh, no te preocupes! – le tranquilizo – Ha soportado tormentas peores
que esta, créeme.
- ¡¿Peores?! – pone cara de sorpresa - ¡No puede ser!
- Sí, peores. Esta es fea, pero las he visto horribles de verdad. Auténticos
huracanes. Esos días es mejor no salir, por lo que pueda pasar.
Shun se queda callado un momento, con gesto grave, pensativo. Tan sólo el
crepitar del fuego y el murmullo lejano del viento rompen el silencio. Le
observo con disimulo, oculto por las guedejas revueltas de mi flequillo.
- Yo... quería darte las gracias... por haberme sacado de allí – me mira
lleno de ansiedad – No sé qué me pasó. Supongo que tropecé... y no pude
volver a levantarme. Gracias por ayudarme. Te debo una.
- Tú no me debes nada...
En un nuevo arranque de valor, como el que me invadió en mi habitación,
alargo la mano y acaricio su cabeza con dulzura, con mimo... Shun se queda
quieto, mirándome fijamente. Sus cabellos, antes húmedos, han acabado secándose
por el calor del fuego, y ahora forman graciosas ondas en torno a su rostro de
porcelana. Tengo que hacer verdaderos esfuerzos para no atraerlo hacia mí de
un tirón y besarlo con toda la rabia de mi pasión contenida. Vuelvo mi vista
hacia las llamas.
- En realidad, soy yo quien te debe a ti muchas cosas...
- ¿Tú? ¿El qué?
¿Por dónde podría empezar? Cómo podría explicarle a Shun que todo mi
mundo empieza y termina con él, que es su rostro el que invade mi mente en
los momentos de peligro, y que es su nombre el que repito incansable en mi
soledad, como si fuera un niño que ha aprendido su primera palabra. Cómo
explicarle que ha sido él el que me ha conducido a través de las tinieblas y
ha evitado que me convirtiera en una máquina de matar.
La muerte de mi madre acabó conmigo. Me volvió silencioso, introvertido,
cerril... Siempre mirando el mundo con desconfianza, como si cualquier cosa
bella pudiera volatilizarse al primer roce de mis dedos. Me redujo a
cenizas...
Pero supongo que, entre aquellas cenizas, quedaron algunos rescoldos de
humanidad. Rescoldos que Shun encontró y mantuvo vivos, haciéndome sentir
que el mundo puede ser maravilloso a su lado.
CAPÍTULO
QUINTO: LA NOCHE Y EL ALBA.
De entre todas las experiencias vividas en este extraño día, que parece
haber durado una eternidad, ninguna me ha sorprendido tanto como el súbito
cambio de aptitud de Hyoga. Ni el largo y agotador viaje, ni la belleza del
amanecer siberiano, ni la asistencia al rito secreto, ni la furia de la
tormenta... Todos estos acontecimientos pierden su trascendencia ante el
singular espectáculo de ver a Hyoga abrir su corazón.
Pues, ¿de qué extraño y recóndito rincón de su alma han salido esas
palabras? “En realidad, soy yo quien te debe a ti muchas cosas...”.
¿Qué deuda puede tener Hyoga conmigo? Qué puede deberle él, un formidable
y valiente guerrero, a mí, un mocoso lleno de escrúpulos y ansias pacifistas
que me hacen fallar como caballero.
Le miro... Tras haberme mirado y acariciado como nadie jamás lo hizo, sus
ojos vuelven a estar fijos en las furiosas llamas, como si se propusiera
descifrar su danza incomprensible.
Él es el que siempre ha sacado pecho por mí, interponiéndose entre el
enemigo y yo para librarme de todo mal, encajando golpes que iban destinados a
segar mi propia vida. Él, el mudo testigo de mis lágrimas por la eterna
ausencia de mi hermano, o por mi temor a perder a mis amigos en el fragor de
la batalla. Él, mi único consuelo en un mundo al que apenas encuentro
sentido, un mundo en el que debo estar siempre en guardia, presto a enzarzarme
en una nueva lucha cada vez con un rival distinto.
Cúanto anhelo despertarme un día y descubrir que han acabado las guerras,
que ya no es necesario vestir armaduras ni temer por mi vida o la de mis
amigos. Ser libre para ir donde me plazca, para hacer lo que me plazca. Libre
para reír, cantar o llorar. Libre para ir al cine, contemplar una flor,
tomarme un helado de chocolate o leer a la sombra de un árbol... Libre para
imaginar qué sentiría besando los labios de... de esa persona a quien tanto
debo...
- Hyoga...
Él sale de su ensimismamiento y me mira con ojos somnolientos. El cansancio
acumulado a lo largo del día empieza a hacer mella en él. Todavía esboza
una sonrisa interrogativa.
- ¿Sí, Shun?
Yo intento hablar, pero mi voz muere en mi garganta. En realidad, no podría
expresar con palabras todo lo que quiero decirle. Inútil canalizar todos los
sentimientos que Hyoga me inspira a través de mi vocecilla vacilante. Pero
estoy cansado... cansado de anhelar su presencia, de memorizar sus palabras,
de observarlo a hurtadillas, de eternizar los breves instantes en que nuestras
manos se rozan... Cansado de amarlo en la distancia...
....¿Amarlo?...
Sí... Amor... Esa es la solución del enigma. El secreto de estas cosquillas
que recorren mi cuerpo como un batallón de hormigas enfebrecidas.
Sin dejar de mirarlo, me levando de mi silla y abandono la calidez de la
manta. Hyoga se despabila de repente y alarga el brazo hacia mí, como si
temiera que fuese a marearme de nuevo. Pero la debilidad y la timidez han
quedado relegadas a un segundo plano, escondidas en algún rincón de mi
cuerpo, y lo único que siento es el martilleo insistente de una única
palabra, que retumba en mi cabeza como un eco en una caverna: “¡Hazlo! ¡Hazlo!
¡Hazlo!”.
Y lo hago...
Dejando atrás el último rescoldo de duda, tomo impulso y me lanzo entre sus
brazos poderosos, buscando la seguridad y la calidez que su pecho me
proporciona. Un ¡oh! De sorpresa escapa de su boca, y sus manos quedan
suspendidas en el aire, como inseguras de lo que deberían hacer a continuación.
Cierro los ojos con fuerza, esperando que de un momento a otro Hyoga me
pregunte enfadado qué diablos estoy haciendo abalanzándome sobre él de esa
manera. Pero nada dice, y el crepitar del fuego es lo único que rompe el
silencio de la estancia. Arrodillado frente a él, le abrazo con el ansia de
un sentimiento que ha sido reprimido demasiado tiempo y que por fin encuentra
la libertad.
Entonces empiezo a percibir un sonido nuevo, distinto, completamente
inesperado... Contra mi mejilla, apoyada en el fornido pecho, siento el
retumbar furioso de su corazón, que parece haber enloquecido de repente y
pedir a gritos que lo liberen de su prisión.
¿Estará enfadado? ¿Asustado? ¿O tal vez es que...? La idea es tan
maravillosa que parece irreal, imposible.
Me quedaría así hasta el final de los tiempos, acurrucado en este hueco cálido
del pecho de Hyoga, con la caricia de sus cabellos sobre mi frente y la danza
frenética de su corazón inundando mis oídos con su música... Pero no puedo
abstraerme sin más, debo rendir cuentas de mi atrevimiento.
Levanto el rostro y busco su mirada, temiendo encontrar nubes de tormenta en
el cielo de sus ojos. Pero no hay rencor, ni ira, ni odio... Sólo sorpresa,
como si me estuviera viendo por primera vez después de muchos años
combatiendo juntos. Sus labios, tan cercanos ahora, se mueven titubeantes,
como si no atinasen a coordinarse entre sí para formar una sola palabra.
Como veo que ningún rayo me ha fulminado por mi osadía, me atrevo a dar un
paso más... Lentamente, busco con mis labios los de Hyoga y los beso con
suavidad, deleitándome con su calidez, suspirando de pura dicha por el final
de la larga espera.
Al fin, ese beso tan soñado...
No sé si a continuación vendrá un grito, una pregunta o una bofetada, pero
sí sé que viviré el resto de mis días con el recuerdo de este instante
grabado a fuego en mi memoria. ¡Cómo desearía ser Cronos y detener el
tiempo en este segundo de la eternidad!
Una súbita presión en torno a mi cuerpo me arranca bruscamente de mis ensoñaciones.
Los brazos de Hyoga parecen haber reaccionado y cierran su presa en torno a mí,
dificultando mi respiración por un momento. Sus labios despiertan de su
aturdimiento y se mueven sobre los míos, abrasadores, decidiéndose
finalmente a participar en el juego. Mis ojos se abren de pura incredulidad.
“Oh, Hyoga... entonces, tú y yo... ¿podría ser posible?”
Como si hubiera escuchado mis pensamientos, su boca abandona la mía propia y
busca mi oído para verter en él las mieles de esas palabras tan deseadas,
tan esperadas...
- Te quiero, Shun...
Un nuevo suspiro de felicidad brota de mis labios, y conmigo parece suspirar
el resto del Universo.
- Yo también te quiero...
Con la euforia de una libertad recién descubierta, vuelvo a buscar el calor
de sus labios, que se funden con los míos en un beso apasionado, casi
violento. Su lengua de fuego explora cada rincón de mi boca con un furor que
casi me asusta, y sus fuertes manos se pierden entre mis cabellos y sujetan mi
cabeza firmemente, impidiéndome cualquier movimiento mientras Hyoga bebe
insaciable de mí.
Noto mis mejillas tan encendidas como si tuviera fiebre, y una extraña
flojera empieza a apoderarse de mi cuerpo, como un vértigo delicioso.
Deseosas de explorar la perfecta anatomía de Hyoga, mis manos cobran vida de
repente y, con una sabiduría inesperada, revolotean en busca de sus cabellos
de oro, hundiéndose en ellos, deleitándose con su suavidad y movimiento
entre mis dedos. Luego se deslizan por su cuello recio y poderoso, y bajan
hasta su pecho de dureza roqueña, acariciándolo a través de la camiseta.
Una de ellas, llena de curiosidad, se desliza por debajo de la prenda y roza tímidamente
con los dedos su vientre, endurecido y cincelado a base de interminables
sesiones de entrenamiento.
“Dioses, es tan maravilloso, tan sublime...”
Hyoga libera mi cabeza súbitamente y yo me separo de él jadeante, en busca
del aliento que ya empezaba a faltarme. Mi corazón golpea fuerte contra mi
pecho, exaltado por la excitación del momento y por la falta de aire. Noto
como sus manos se deslizan por mi espalda acariciándola suavemente y, tomándome
por el trasero, me levanta hasta dejarme a horcajadas sobres sus fuertes
piernas.
Le miro desde mi posición superior... En la penumbra del cuarto, sus ojos
brillan como estrellas fugaces cargadas de deseos por cumplir. Su pecho se
agita espasmódico, como si a él también le faltara el resuello.
Cielos, ciertamente ha sido un beso increíble, embriagador como un néctar
divino...
En ese momento, en que las distancias se han vuelto tan íntimas, reparo en un
detalle que se me había escapado. A través de la tela del pantalón, noto su
virilidad endurecida contra la mía propia, palpitante, exigente,
abrasadora... No puedo evitar ruborizarme furiosamente...
Ahora es Hyoga el que explora mi cuerpo por debajo del jersey, haciendo que me
estremezca de placer con cada una de sus caricias. Primero, desliza un dedo
desde mi pecho hasta mi vientre, lentamente, con suavidad, como dulce preludio
de lo que vendrá a continuación. Luego es su palma la que explora mi cuerpo,
paseándose por mis costados y rozando levemente mis pezones con la punta de
los dedos, arrancándome suaves suspiros.
“Dioses, Hyoga...”
Finalmente, sus manos agarran con firmeza la prenda y la deslizan sobre mi
cabeza, dejando mi blanco torso al descubierto. Un nuevo escalofrío me
estremece y noto que mi piel se eriza al contacto con el aire.
- Oh, Shun... eres precioso...
Hyoga vuelve a abrazarme con fuerza y nuevas oleadas de fuego recorren mi
cuerpo aullentando al frío, acelerando otra vez mi corazón y explosionando
en mis mejillas. Sus labios recorren mi cuello con avidez, dando suaves
mordiscos que me hacen gemir de placer. Tras plantar una cadena de besos a lo
largo de mi mandíbula, bajan a mi pecho y empiezan a juguetear con uno de mis
pezones, lamiéndolos golosamente, mientras sus manos acarician mi espalda y
mis cabellos.
Un dulce aturdimiento vuelve a apoderarse de mí, como si mis fuerzas se me
escaparan poco a poco de mi cuerpo, dejándome completamente exhausto.
De pronto, Hyoga se levanta de la silla y caemos los dos al suelo con un estrépito
de miembros entrelazados. Pero esta vez es él quien queda encima de mí,
sentado sobre mis caderas, aprisionándome, y desde mi nueva posición me
siento más vulnerable que nunca.
Con una sonrisa de matices diabólicos, Hyoga se quita su camiseta y descubre
su cuerpo de bronce bañado por el fulgor del fuego, que le da tonalidades
doradas. Le miro totalmente hechizado.
- Hyoga... pareces... divino...
Tanta belleza concentrada deslumbra a la vista. Esos cabellos revueltos, esos
ojos chispeantes y ese torso de dios griego... Me siento morir cuando se
abalanza sobre mí y reinicia su dulce tortura de besos y caricias, explorando
y conquistando cada rincón de mi naturaleza.
- Tú sí eres divino, Shun...
Una de sus manos traspasa la frontera de mi vientre y tantea sobre el cierre
del pantalón, abriéndolo y deslizándose en su interior como en busca de un
tesoro oculto. Al primer roce de sus dedos contra mi sexo excitado, lanzo un
gemido de profundo deleite, lo que parece enaltecer a Hyoga, que hurga con
mayor ímpetu en mi entrepierna y me acaricia fervorosamente sobre la tela del
boxer.
Me abandono a esta sensación deliciosa. Me olvido de dónde estoy, de quién
soy, de qué hago aquí... Sólo quiero más... más de este goce
indescriptible, más de sus caricias vivificantes, más de sus besos de
fuego...
A partir de este punto, la ropa empieza a molestar. Con un frenesí casi
enfermizo, Hyoga me arranca de un tirón los pantalones y la ropa interior,
dejándome desnudo y totalmente expuesto a lo que venga a continuación. Jadeo
ruidosamente, como un animal acorralado, mientras él se desprende de sus
propias ropas y descubre ante mí la desnuda exposición física de su deseo,
todo bronce y fuego, tan impaciente como la mía de obtener satisfacción.
Sonriendo con malicia, se abalanza sobre mí y me aprisiona con su cuerpo,
demasiado pesado, mientras sus propios jadeos abrasan mi rostro. Sus manos
vuelven a atrapar mi cabeza y me mira fijamente a los ojos, como si quisiera
llegar al fondo de mi alma.
- Me vuelves loco, Shun...
Su lengua vuelve a penetrarme húmeda, lujuriosa, enredándose con la mía en
un baile delirante y frenético. Se separa un momento para volver a mirarme
con atención. Sus ojos brillan como ascuas en medio de la noche. Sus
cabellos, llameantes a la luz de la lumbre, rozan mi rostro produciéndome
agradables cosquillas. Su voz llega a mí ronca y grave, como contenida.
- Shun, te amo y te deseo con toda mi alma, con cada fibra de mi ser... Sólo
pienso en tomarte y hacerte mío ahora, aquí mismo. Pero... – un suspiro de
ansiedad brota de sus labios- ¿Y tú, Shun? ¿Deseas tú lo mismo?
Yo nada digo. Por toda respuesta, rodeo su cuello con mis brazos y lo atraigo
hacia mí de nuevo, mientras busco desesperado el dulce néctar de sus labios.