Rescoldos
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CAPÍTULO PRIMERO: SHUN Y HYOGA.

El sol está despertando. Asoma tímidamente por entre las oscuras y escalpadas montañas y, tras dar un bostezo de fuego, emerge grandioso entre ellas. Su luz daña mis ojos cansados y vuelvo la mirada hacia ti que, acurrucado en el asiento de al lado, duermes profundamente.

Yo apenas he podido dormir. Ese ronroneo del motor del avión me inquieta. Es como el gruñido amenazador de una bestia salvaje. Por suerte, me cediste la plaza privilegiada junto a la ventanilla y de tanto en tanto, cuando mis párpados no se cierran bajo el peso del sopor, observo los matices cambiantes del cielo, desde el índigo profundo hasta el ardiente carmesí, pasando por el pálido malva. Los amaneceres son todos igual de espléndidos, tanto en Japón como en Siberia, tu tierra natal, que yo visito por primera vez.

Todavía no estoy seguro de cuál es la razón por la cual me has pedido que te acompañe en esta ocasión. Todos los años ocurre lo mismo. Al acercarse estas fechas, haces tu equipaje y desapareces unos días, sin despedirte ni dar explicaciones; tampoco son necesarias, porque todos sabemos a dónde vas. Es siempre el mismo ritual...

Los días precedentes estás más callado (¡más todavía!) y te deslizas silencioso por la casa. Rehuyes nuestra compañía, y yo me siento tan dolido que me dan ganas de sacudirte por los hombros y hacerte entrar en razón a gritos: “¡Ella no va a volver! ¡Deja de castigarte!”.

Esos días tienes la mirada llena de ella. La “Ella” de tus pensamientos... Casi puedo sentir cómo me corroe el alma una desazón que tal vez pueda llamarse celos. Y me siento tan mal... Después de todo, ella te dio la vida, te dio amor, te hizo como eres, te lo dio todo... incluso aquella última plaza en el bote salvavidas. Pero yo... yo no sé lo que es el cariño de una madre...

Hasta donde alcanza mi memoria, siempre ha sido el de Ikki el pecho en el que me he cobijado. Han sido sus manos las que guiaron mis primeros pasos, y sus ojos los que me dieron confianza cuando más la necesitaba. Y luego llegaste tú...

Sigues durmiendo profundamente... Tu rostro tan serio resulta extraño en una persona tan joven. No sé qué estarás soñando ahora, pero sé que a veces las pesadillas sobre aquel fatal día te atormentan por la noche hasta hacerte gemir como una criatura asustada.

La vida no ha sido nada fácil para nosotros, los caballeros, pero debemos seguir adelante, con la cabeza bien alta. Abre los ojos, Hyoga, contempla el amanecer... El mundo está lleno de cosas bellas...


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Tengo frío... apenas puedo caminar, y mi voz hace ya rato que se apagó. Mi paso es torpe, inseguro... Mis sentidos me van abandonando poco a poco... No hay nada frente a mí, sólo oscuridad y ese frío que me hiela el alma. Siento la garra de la angustia atenazar mi corazón. Quiero gritar... pero no puedo...¡¡¡Qué alguien me ayude!!!

* * * * * * *

“Señores pasajeros: les informamos que el vuelo 423 con destino a Siberia tomará tierra en breves momentos. Hagan el favor de abrocharse los cinturones y mantengan apagados sus móviles, cámaras y demás aparatos electrónicos hasta el completo aterrizaje. Siberian Airlines les agradece su compañía y les desea que hayan tenido un buen viaje. Gracias”.


Abro mis ojos y miro aturdido a mi alrededor. La clara luz de un nuevo día ilumina el interior del avión, y el ruido de los motores acaba de despertarme por completo. Doy un fuerte bostezo y me desperezo estirándome groseramente, con toda la mala educación del mundo. Pero entonces caigo en la cuenta de que esta vez tengo compañía y, avergonzado, recobro la compostura. Shun, sentado a mi lado, me mira con una dulce sonrisa.

- ¡Buenos días, Hyoga! Ya casi llegamos...
- Estupendo. Prepárate bien, porque vas a pasar más frío que en toda tu vida.
- Sin embargo, esto es precioso...

Shun gira su rostro y contempla embelesado las altas montañas nevadas, que relucen bajo los rayos del sol. Sí, este país siempre impresiona la primera vez que lo ves. Kilómetros y kilómetros de valles y llanuras cubiertos de un blanco inmaculado, imperecedero. Es una belleza tan monótona que acaba por adormecerte el cerebro...

No sé exactamente qué me impulsó a pedirte que me acompañaras en esta ocasión. Tal vez fuera porque este fin de semana todos tenían planes fuera de la ciudad y sé lo mucho que aborreces la soledad. O tal vez soy yo el que está harto de llorar a solas mi desdicha, sin un hombro en el que apoyarme y una voz dulce que acaricie mi alma ajada. Resulta agotador mantener la entereza durante tantos años, esa máscara de frialdad que me hace parecer tan severo y que os aleja de mí cuando más os necesito... cuando más te necesito...

Ahora que tienes la mirada pérdida en el horizonte nevado, yo mismo me permito contemplarte a placer. Tu brillante cabellera, que yo quisiera acariciar, hundir mi rostro en ella y aspirar su perfume; la blanca piel de tu cuello, que me atrae poderosamente; tu pequeña mano, que desearía atrapar entre las mías, tan toscas, y llevarla hasta mis labios... Todo tú me hechizas, Shun, hasta el punto de hacerme olvidar los reveses que me han dado la vida.

Vuelves tu dulce rostro hacia mí y aparto la vista rápidamente, avergonzado. Me siento como un ladrón cuando te observo sin que te des cuenta. Tal vez algún día reúna el valor necesario para decirte todo lo que siento. Mientras tanto, me contento con mirarte de lejos, como quien mira la luna deseando sin embargo poderla poseer. Algún día, Shun, algún día...

El avión adopta un ángulo inclinado y se dispone a tomar tierra. Por la ventanilla veo cómo atravesamos las nubes más bajas y, por unos momentos, pierdo de vista el paisaje.

 

CAPÍTULO SEGUNDO. LOS HIELOS ETERNOS DE SIBERIA.


Tengo frío...

Creo que nunca había sentido las piernas tan pesadas... Mi paso se ve entorpecido por la densa capa de nieve, que envuelve mis pies y parece tirar de ellos, como intentando retenerme. A cada rato me llevo las manos enguantadas al cuello, con la intención de subir más la cremallera de mi abrigo y resguardarme del horrible frío. Y cada vez caigo en la cuenta de que es imposible, pues no da más de sí.

A mi derecha, un par de metros por delante, Hyoga camina ligero, incansable, envuelto en su gastado abrigo pardo que tan bien le conozco. De tanto en tanto mira hacia atrás, como tratando de asegurarse de que le sigo los pasos. Yo le sonrío avergonzado, disculpándome por ser tan lento y torpe. Entonces él reduce su marcha y, con una sonrisa de condescesdencia, espera a que yo llegue a su altura.

Hombro con hombro, continuamos con nuestro camino. Tú pareces estar muy seguro del lugar a que nos dirigimos, pero yo miro a mi alrededor y me confunde la homogeneidad del paisaje. Es un desierto azul salpicado de montañas de hielo. La blancura deslumbrante de estas tierras deforma la perspectiva, y distancias que parecen eternas se tornan cortas o viceversa.

Llevamos tres horas caminando y apenas hemos intercambiado unas pocas palabras. De tanto en tanto y, sin que te des cuenta, te observo por el rabillo del ojo, furtivamente. Como siempre, tu fría belleza me corta la respiración. Esa indómita cabellera dorada agitándose suavemente al viento; esos ojos profundos, oceánicos; ese perfil griego y esa piel de bronce, esos labios... A pesar del frío que nos envuelve, noto mis mejillas arder con el fuego del rubor.

Aparto mi mirada, avergonzado. No está bien tener esos pensamientos en un momento tan inapropiado como este. Sé que sufres; lo veo en tu mirada perdida y anhelante. No es el Hyoga al que yo estoy acostumbrado, poderoso y firme ante la adversidad, pero es el mismo a fin de cuentas.

Acompañarte en tu sufrimiento me acerca más a ti, me hace redescubrirte... Sin embargo, me siento incómodo, extraño... Como si estuviera a punto de violar el secreto de un rito ancestral que sólo a ti te pertenece. Pero permaneceré firme detrás de ti, tan quieto y mudo como esas altas montañas que, a lo lejos, nos vigilan como centinelas. Con mi silencio respetaré tu dolor, y si te giras buscando una presencia amiga allí me encontrarás siempre. Por que yo... yo solo deseo estar a tu lado, Hyoga...



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- Es aquí...

Shun, que por enésima vez se había quedado rezagado tras de mí, llega a mi altura y contempla solemnemente, en silencio, el extenso entrante del mar ártico que, cristalizado, se extiende ante nosotros. Inmensa llanura de hielo sumida en una quietud de sepulcro...

Vuelvo a escuchar en mi mente, como los ecos lejanos de una horrible pesadilla, los gritos de horror de los navegantes que contemplan impotentes, apiñados en un único bote, la tragedia. Escucho de nuevo el llanto infantil, desolado, de una versión más joven de mí mismo. Y aquella voz dulce, melodiosa, amada... que se hunde entre las gélidas aguas para no volver a oírse nunca más.

Caminamos despacio, con cuidado de no resbalar sobre la lisa superficie, hasta el punto indicado. Allí, bajo la gruesa capa de hielo, se vislumbra la oscura sombra de un navío fantasmal.

Me quito el abrigo, recibiendo de lleno en mi pecho y en mis brazos el golpe gélido del frío ártico. Saco del bolsillo interior la rosa roja de mi ofrenda y le paso la prenda a Shun, que la recibe con un suave gesto.

Le miro fijamente. Sus ojos irradian serenidad, y continúa tan silencioso como un ángel de porcelana. En cierto modo, hecho de menos su alegre parloteo habitual, tan inocente y despreocupado como el canto de un pajarillo. Pero ahora agradezco su mudo apoyo y su presencia reconfortante, llena de paz...

Me vuelvo y me arrodillo sobre el hielo, que rozo suavemente con la palma de mi mano. Una vez más, apelo a todas mis fuerzas para enfrentarme de nuevo a tu presencia torturadora; a tu belleza imperecedera de estatua de la Grecia clásica; a tu recuerdo, que me quema en la memoria... Concentro mi cosmos en el puño y, con un único golpe, quiebro el hielo que se va desquebrajando hasta abrir un boquete.

Miro una vez más a Shun, que permanece en el mismo punto, abrazando mi abrigo contra su pecho. Esta vez, me dedica una sonrisa y yo, como siempre, me quedo helado en el sitio, completamente hipnotizado. Su sonrisa es tan cálida que podría derretir los hielos eternos de Siberia.

 

CAPÍTULO TERCERO. LA TORMENTA.


Hyoga tardó diez interminables minutos en emerger a la superficie helada. Diez...

La capacidad pulmonar de un ser humano corriente le permite contener la respiración una media de minuto y medio, dos a lo sumo. Pero nuestra especial preparación física y mental como caballeros puede aumentar nuestras posibilidades vitales más allá de lo normal, permitiéndonos así sobrevivir en condiciones extremas. Y aún así...

Aún así, en dos o tres ocasiones, estuve a punto de zambullirme en busca de Hyoga, desafiando la gelidez y oscuridad de aquellas aguas malditas. ¿Le habría ocurrido algo? Me arrodillé junto al boquete abierto por su puño en el hielo y observé con atención la superficie líquida... Nada... ni una señal de vida...

Empecé a inquietarme y a especular negros desenlaces. ¿Y si la madera podrida del casco había cedido y le había aplastado? ¿Y si su pie quedó atorado en una grieta del arrecife y forcejeó hasta morir asfixiado? ¿Y si...?

Un súbito roce en la mejilla me arrancó de mis oscuros pensamientos. Frío... Levanté la vista al cielo, que en la última media hora había cobrado un tono grisáceo, como de hielo sucio. Copos de nieve de una pureza etérea caían danzando a mi alrededor como si de ángeles en vuelo se tratara. Una vez más, quedé hechizado ante la belleza que Siberia me ofrecía...

Un súbito chapoteo y una profunda inspiración me hizo volver la vista hacia el pozo en el hielo. Hyoga emergía de él en todo su esplendor, revueltos sus cabellos, arrebolado su rostro, endurecido su cuerpo por el efecto del frío... Las gotas de agua se deslizaban por toda su anatomía como diamantes en eterna fuga... Creo que volví a sentir el sofocón de la vergüenza...

Sin decir una sola palabra, le tendí su abrigo, que tan celosamente había custodiado entre mis brazos. Cuando me fije mejor, vi las huellas del llanto en sus ojos enrojecidos, que miraban atentos al horizonte...

- Debemos apresurarnos – dijo con firmeza mientras se ponía el chaquetón – Se acerca una tormenta.
- ¿Una tormenta? – me incorporé sin dejar de mirarle - ¿Estás seguro, Hyoga? Todo está tan tranquilo...

El irreal silencio que nos envolvía disolvió mis palabras en la nada y pareció darme la razón. Sólo el susurro incomprensible de una suave brisa perturbaba la quietud de la llanura.

- Es eso lo que me temo... Es la calma que precede a la tempestad. Además, el cielo se ha oscurecido demasiado en tan poco tiempo. Tenemos que llegar a mi casa antes de que esto empeore. Vamos...


Tras deslizarnos cuidadosamente sobre la resbaladiza superficie del hielo, alcanzamos la orilla nevada y nos pusimos rumbo a las lejanas montañas, entre las que se escondía el hogar de Hyoga.

En mi fuero interno, me moría de impaciencia por conocer el lugar en el que vio la luz por vez primera; en el que creció, forjó sueños e ilusiones, y lloró desdichas; el testigo mudo de sus descansos y convalecencias después del duro entrenamiento... Me sentía dichoso. Iba a tener la oportunidad de conocer, un poquito más, al verdadero Hyoga.

No me percaté de que, a cada paso que dábamos, el cielo iba cobrando un opresor tono plomizo; la capa de nieve se iba volviendo más alta y densa, entorpeciendo aún más mi paso vacilante, y los antes ligeros copos de hielo se habían convertido en pequeñas estrellas fugaces, algunas de las cuales se quedaban prendidas entre nuestros cabellos y sobre nuestros hombros.

Entonces el viento empezó a despertarse...

Media hora después, los temores de Hyoga cobran sentido para mí. La tormenta ártica es un espectáculo visual que corta la respiración. Me siento como un niño que contempla lleno de temor el despliegue de furia de un monstruo de pesadilla.

Los copos helados atraviesan raudos mi campo visual, entorpeciéndome la vista y haciendo que cierre los ojos con fuerza. Mis piernas se hunden en la nieve hasta la rodilla, y cada paso que doy me supone un enorme esfuerzo. El viento, otrora susurrante, ruge ahora amenazas en mis oídos...

Me obligo a abrir los ojos y no perder de vista a Hyoga, que ha vuelto a tomarme la delantera. Su abrigo de piel salpicado de escarcha se agita al viento sirviéndome de guía. Se detiene un momento y se gira hacia mí. Su figura, envuelta en la borrasca, semeja una aparición fantasmal.

- ¡¡¡¿Vas bien, Shun?!!!
- ¡¡¡Síiiii!!!- le grito mientras trato de seguir avanzando.
- ¡Ánimo! ¡Ya no queda muy lejos!

Vuelve a atenazarme el miedo de ser la criatura que siempre se queda atrás mientras los demás avanzan. El niño del grupo, del que siempre hay que estar pendiente para que no se meta en líos o se lastime. El eterno estigma del que intento liberarme desesperadamente...

Aprieto los dientes con fuerza, cierro mis puños y, haciendo un esfuerzo rabioso, continúo mi camino abriéndome paso entre la nieve. Un paso... otro... y otro... Mis cabellos se agitan violentamente contra mi rostro y mi aliento se condensa a mi alrededor como si fuera niebla...

Cuando quiero darme cuenta, la figura de Hyoga ha desaparecido entre la ventisca...

 

Tal como me temía, la tormenta se nos vino encima...

El viento furioso agitando mis cabellos y aullando en mis oídos; el frío ártico azotándome implacable y atravesando mi cuerpo como miles de cuchillas heladas; y la nieve veloz y cegadora, envolviéndome como una cortina enloquecida por el huracán... Siento que he regresado de nuevo a mi hogar...

La crudeza de las tormentas árticas me resulta algo tan íntimo y conocido que casi puedo decir que forma parte de mi ser, como mi sangre o mis pensamientos.

Los momentos más importantes de mi vida han tenido como telón de fondo el violento temporal siberiano: aquella noche de diciembre en que abrí mis ojos al mundo; el día en que ese mismo mundo se hundió bajo mis pies, al desaparecer entre las aguas el eje en torno al cual giraba; aquellos seis años de duro entrenamiento junto con mi maestro, Camus, que se erguía imponente en medio de la tempestad, como si del Príncipe de los Hielos se tratara...

Camus...

Vuelvo a ver en el ojo de mi mente, como en una cámara, su figura altiva, su gesto severo, su capa ondeando al viento... Un titán lleno de orgullo que mira con prepotencia a un jovencísimo e intimidado Hyoga. Su voz, como un trueno, vuelve a retumbar en mi cabeza...


***Flashback***

- ¿Por qué deseas convertirte en caballero? ¿Acaso quieres ser más fuerte?

Camus observa con curiosidad al rubio muchacho que le han enviado desde Japón para que haga de él un caballero. El niño, reuniendo valor ante el gigante, explica su situación con forzada firmeza.

- El barco en el que viajábamos mi madre y yo naufragó cerca de aquí hace un año. Quedará hundido para siempre en las profundidades del mar, protegido bajo una gruesa capa de hielo. Sin embargo... me gustaría rescatar el cuerpo de mi madre con mis propias fuerzas...
- ¿ Y por eso deseas convertirte en caballero? – Camus enarca una ceja con soberbia.
- Sí, bueno... – El pequeño titubea.
- Morirás...
- ¡¿Cómo?!
- Para llegar a ser un auténtico caballero deberás abandonar esas ideas infantiles y sentimentales, que no harán más que perjudicarte en tu entrenamiento.

El caballero se vuelve de espaldas al niño y, haciendo un amplio gesto con sus manos, señala la inmensidad del valle helado que se extiende a sus pies.

- Mira a tu alrededor... Este glaciar permanecerá inalterable a través de los siglos porque es inmune a los rayos del sol por más intentos que estos sean. Tú – dice volviéndose hacia Hyoga – debes ser igual. Frío y resistente a todo tipo de sentimentalismos, inútiles para un caballero. Sólo entonces podrás ser el más fuerte...

***Fin del flashback***


Mi rostro se contrae en un gesto involuntario de rabia. Sí... Camus quiso hacer de mí un clon de sí mismo. Un maldito autómata que destrozara a cualquier enemigo que se le pusiera por delante sin tan siquiera pestañear. Un caparazón vacío...

¡Qué equivocado estabas, Maestro! ¡Qué equivocado! Con el tiempo descubrí que hay sentimientos que pueden elevar mi cosmos hasta límites inimaginables, y que me proporcionan la fuerza necesaria para levantarme una y otra vez, sin importar cuantas veces caiga ni cuantos golpes reciba.

Sólo hay que despertar esos sentimientos...

De repente me quedo parado...

Hace rato que he dejado de oír detrás de mí los forcejeos de Shun intentando abrirse paso entre la nieve... Vuelvo la vista atrás, inquieto. ¿Dónde está? Hace unos momentos lo tenía detrás de mí, pero iba tan enfrascado en mis pensamientos que...

Retrocedo unos cuantos pasos, sin dejar de escrutar entre la fuerte ventisca. Nada...

- ¡¡¡Shuuun!!! – grito a la oscuridad con todas mis fuerzas, haciendo bocina con las manos.

Pero mi llamada se pierde entre el rugido de la tormenta...

- ¡¡¡SHUUUN!!! – vuelvo a llamarlo de nuevo, gritando, hasta que me empieza a doler la garganta.

Nada...

Ya desesperado, empiezo a correr de un lado para otro, barriendo la zona sin dejar de escrutar la noche y aullar su nombre al viento. ¿Se habría quedado muy atrás? No sé en qué momento nos separamos (maldito sea mi despiste), pero debo encontrarlo lo antes posible. Él no conoce está región y de ninguna manera podrá sobrevivir toda la noche fuera, por más caballero que sea.

- ¡¡¡Shuuun!!! – continúo llamándolo, angustiado, sin dejar de buscar una señal entre la bruma, aguzando el oído por si su voz llegara a mí...

Mientras corro, empiezo a sentir el pajarillo del pánico aletear en mi pecho, y me veo obligado a hacer verdaderos esfuerzos para no ponerme a llorar de rabia. Mi corazón golpea fuerte contra mis costillas, como un martillo...

“Dioses, ayudadme... ayudadme a encontrarlo...”

Para colmo de males, el abrigo de Shun es de un color azul pálido que para nada ayudaría a localizarlo en medio de tanta blancura... Aprieto los dientes con fuerza, en un último intento de retener mi llanto... Ya empiezo a notar cómo un puño invisible me atenaza la garganta y me impide respirar.

-¡¡¡SHUUUN!!!

Por enésima vez, no hay respuesta... Una súbita calidez se derrama por mis ojos y cristaliza sobre mi mejilla. Sigo corriendo, zigzagueando, el aire quemándome en los pulmones, los puños prietos, el alma helada...

“Por favor... dioses... no permitáis que Shun...”

Mi mente se rebela ante la idea. No podría soportar que los hielos me volvieran a arrancar otro pedazo de mi existencia... No este pedazo...

Vuelvo a alzar una súplica desesperada.

“Ayudadme... os lo imploro...”

Un súbito aleteo a mi derecha capta mi atención. Allá a lo lejos, en medio de la nieve, algo se mueve... Corro como nunca en mi vida he corrido, lleno de esperanza y de miedo por lo que pueda descubrir... Cuando faltan unos metros para llegar al punto señalado, me detengo y avanzo despacio...

Medio sepultados por la nieve, empiezo a vislumbrar una pequeña mano enguantada, un abrigo azulado y un pálido rostro oculto por una cabellera esmeraldina que se agita furiosa al viento...

- ¡¡¡SHUUUN!!! – un grito casi inhumano brota de mi garganta.

Me arrojo al suelo y empiezo a cavar a su alrededor frenéticamente para liberar sus piernas. Cuando lo consigo, tiro de él y lo sostengo entre mis brazos, retirándole el cabello para poder verle el rostro. Entonces, siento que mi corazón da un vuelco...

Shun tiene el dulce gesto de alguien que está teniendo un bello sueño, pero el tono azulado que ha adquirido su piel le da la siniestra apariencia de un cadáver. Y lo siento frío, muy frío... Le abro un poco el abrigo y palpo desesperadamente el cuello, buscando algún destello de vida. Si él... entonces yo... nunca me lo perdonaría...

Al cabo de unos instantes, encuentro lo que busco... Bajo mis dedos, helados y temblorosos, percibo unos débiles aunque esperanzadores latidos. Esbozando una sonrisa de profundo alivio, intento despertarlo.

- Shun... Shun...

Sus pestañas, cubiertas de escarcha, apenas se agitan. Sus labios se mueven, como si quisiera hablar...

- ¿Shun?
- ...

Sus ojos se entreabren por un segundo, pero vuelven a cerrarse... Está completamente exhausto...

Sin pensármelo dos veces, lo tomo entre mis brazos y me dispongo a cargarlo el resto del camino. Un destello de deja vú me deslumbra... Lo aprieto contra mi pecho, contra mi corazón, que ya empieza a recobrar su ritmo normal. Es el peso más dulce que uno pueda imaginar...

 

CAPÍTULO CUARTO: EL SUEÑO


- Shun... Shun... despierta... ya ha pasado todo... despierta...


Entre las brumas de mi somnolencia, la voz de Hyoga suena lejana... confusa... como si llegara hasta mí viajando a través de las épocas y de las distancias. A medida que me va arrancando de mi sopor, demasiado profundo, empieza a adquirir tintes de realidad y deja de resonar en mi cabeza como un eco interminable para convertirse en una clara llamada.

Hago un esfuerzo para abrir los ojos. Los párpados me pesan como si nunca hubiera visto la luz y siento el cuerpo tan adormecido como si acabase de despertar de un sueño milenario. Con la visión todavía nublada, empiezo a distinguir los rasgos confusos de un rostro conocido... amado... Sus labios continúan invocando mi nombre en un último intento de arrancarme de los brazos de Morfeo.

Una súbita calidez en mis mejillas acaba de despertarme por completo de mi letargo. Logro enfocar la vista y el mundo deja de danzar a mi alrededor para adoptar formas nítidas y estables.

Estoy tumbado en una cama que no es la mía, en una habitación que nunca antes había visto. La estancia se haya sumida en la penumbra, y la única iluminación proviene de la llama vacilante de un viejo quinqué.

Hyoga está sentado a mi lado, inclinado sobre mí... Acaricia mis mejillas con una suavidad y una parsimonia que resultan hechizadoras, balsámicas... Yo parpadeo aturdido, preguntándome si todavía estaré soñando. Sus ojos celestes me miran llenos de devoción y ternura, con un deje de preocupación.

- ¿Estás mejor? – Su voz, tan querida, llega a mí clara y suave. No, no estoy soñando...
- Sí... – Mi propia voz es un débil murmullo. Mi cuerpo se estremece con un temblor incontrolable. Miro confuso a mi alrededor.- ¿Es... tu casa?
- Sí, es mi casa – Hyoga suspira y agacha la cabeza, tapándose el rostro con las manos. Tiene el gesto del guerrero derrotado... – Perdóname Shun, no debí alejarme tanto de ti... con lo peligrosas que son estas tormentas... lo siento de verás... A veces, los viajeros que no conocen la región acaban perdiéndose y... al final...

Hyoga calla y me mira fijamente, con gesto solemne... Alarga la mano y, con sumo cuidado, retira algunos mechones húmedos de mi rostro. Embelesado por el hechizo de su mirada y de su caricia, apenas me atrevo a parpadear, por miedo a que el espejismo se desvanezca en la nada...

Su mano vuelve a acariciar mi mejilla y, esta vez, se queda allí quieta, transmitiéndome un calor abrasador a través de su palma abierta. Mi corazón empieza a latir con fuerza contra mi pecho, desbocándose como un caballo enloquecido. El tiempo parece detenerse, y el mundo desaparece a mi alrededor, se difumina en sombras de irrealidad...

Vuelvo a preguntarme si estaré soñando, o si estoy sufriendo algún tipo de alucinación causada por la hipotermia... pero... su presencia es demasiado real... El brillo de sus ojos, su aliento, su sonrisa luminosa, la calidez que emana de su cuerpo... Inconscientemente, saco una mano temblorosa de debajo de las cobijas y la poso sobre la suya propia, en un vano intento de retenerla conmigo para siempre... Cierro los ojos y un suspiro de dicha brota de mis labios...

“Ahora... ahora puedo morir tranquilo...”

- Esto... Shun... ¿Qué tal si... cenamos algo?

Su propuesta me arranca súbitamente de la ensoñación y me trae de nuevo al mundo real. Con una sonrisa de condescendencia, asiento aceptando su invitación. Todavía temblando, retiro la pesada manta y descubro que estoy descalzo y que no llevo puesto mi abrigo...

- Lo puse a secar, junto con el mío... estaban empapados... – explica Hyoga. Se levanta de la silla y me tiende aquella mano que me había hecho estremecer de gozo hacía unos instantes. - ¿Te ayudo?
- ¡No! – me apresuro a contestar – Ehhh... no es necesario... ya puedo yo.

Ya me resulta bastante penoso que haya tenido que cargarme todo el camino, como a una criatura... Aborrezco mi debilidad, mi vulnerabilidad... la siento como un haz de cadenas que aprisionan a los demás y los mantienen cerca de mí, vigilándome con atención, prestos a saltar ante el más leve quejido por mi parte. Ansío mostrar fortaleza... y debería empezar ahora mismo.

Pero cuando me incorporo y me dispongo a ponerme en pie, un súbito vértigo desestabiliza mi equilibrio y el mundo se tambalea ante mis ojos. Me veo obligado a apoyarme en el brazo de Hyoga, que me recibe en su pecho y me sujeta por la cintura...

Por un instante, me parece sentir un profundo y cálido suspiro acariciando mi frente...

Un nuevo escalofrío sacude violentamente mi cuerpo, como una descarga eléctrica... Semejante remolino de emociones me confunde y sólo atino a quedarme quieto y esperar a ver qué pasa... Ni siquiera me atrevo a levantar la cabeza... Creo que moriría de la impresión que me causaría alzar el rostro y encontrarme tan cerca de esos ojos claros como lagos de montaña y de esos labios suaves que me atraen con un magnetismo inexplicable...

¿Es esto normal? ¿Hay una lógica oculta en estas oleadas de temor y placer que van y vienen? No sé que son... y mi mente está demasiado aturdida para ponerse a descifrar enigmas. Simplemente, sea lo que sea... me gusta...

Reúno todo mi valor, como si fuera a enfrentarme a un enemigo formidable, y alzo la vista hacia su rostro nimbado de oro.

- Gracias... sí... ayúdame, si eres tan amable...

Por toda respuesta, Hyoga sonríe dulcemente y me sujeta firmemente contra sí.



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Con el paso de los años, la casa en que nací ha ido volviéndose cada vez más tenebrosa y sombría, hasta parecer la guarida de una bruja de cuento. Recuerdo tiempos en los que cortinas de brillantes colores ornaban las ventanas, la brillante luz exorcizaba los rincones de los demonios de la oscuridad, y las risas resonaban por doquier como una melodía maravillosa. Qué lejos quedan aquellos días... Ahora miro a mi alrededor y no puedo evitar sentirme un tanto deprimido y avergonzado por su descuidado aspecto.


La estancia principal es un cuarto de tamaño mediano, en uno de cuyos lados se levanta una sólida chimenea de roca. Las paredes están revestidas con tablones de madera de cedro, que temblequean levemente por el empuje del viento exterior. El suelo, de fría piedra, se haya cubierto por alfombras de cordón de tonos apagados, descoloridos... Toda la casa en general da la impresión de ser tan antigua como el mundo.

Son innumerables las veladas que he pasado aquí solo, sin más compañía que mi soledad y el rugido de la tormenta. Solo con mis pensamientos, mis miedos y mis desdichas. Solo con mis anhelos... Solo en una vida tan vacía que apenas tenía sentido.

Pues, ¿qué había más allá de estas paredes desquebrajadas y familiares? Guerras interminables, sangre y dolor, amenazas de muerte de airados enemigos, juramentos de lealtad a diosas imperturbables, rencores, glorias, derrotas...

Sólo una luz brillaba en aquel mar de oscuridad, y en cada uno de sus destellos veía la dulce sonrisa de Shun...

Cargarlo entre mis brazos, tembloroso y frágil, fue como salir victorioso de una batalla apocalíptica; velar su cuerpo dormido fue como custodiar un tesoro de valor incalculable; tocar su rostro fue como rozar el nirvana con los dedos... Todavía noto en mis manos el cosquilleo electrizante de su piel de satén.

Lo miro... Sentado a mi lado, envuelto en una cálida manta, se lleva a los labios un tazón de leche caliente que devuelve algo de color a sus pálidas mejillas. Mientras dormía, me apresuré a encender la lumbre con el fin de que la casa se caldeara lo antes posible, y ahora las llamas danzan furiosas en el hogar. Como en un espejo, se reflejan en los ojos de esmeralda de Shun.

- Parece como si la casa fuera a salir volando...
- ¿Cómo? – Su voz de cristal me arranca súbitamente de mis pensamientos. - ¿Cómo dices?
- Digo que, con este tembleque, parece que la casa vaya a salir volando.
- ¡Oh, no te preocupes! – le tranquilizo – Ha soportado tormentas peores que esta, créeme.
- ¡¿Peores?! – pone cara de sorpresa - ¡No puede ser!
- Sí, peores. Esta es fea, pero las he visto horribles de verdad. Auténticos huracanes. Esos días es mejor no salir, por lo que pueda pasar.

Shun se queda callado un momento, con gesto grave, pensativo. Tan sólo el crepitar del fuego y el murmullo lejano del viento rompen el silencio. Le observo con disimulo, oculto por las guedejas revueltas de mi flequillo.

- Yo... quería darte las gracias... por haberme sacado de allí – me mira lleno de ansiedad – No sé qué me pasó. Supongo que tropecé... y no pude volver a levantarme. Gracias por ayudarme. Te debo una.
- Tú no me debes nada...

En un nuevo arranque de valor, como el que me invadió en mi habitación, alargo la mano y acaricio su cabeza con dulzura, con mimo... Shun se queda quieto, mirándome fijamente. Sus cabellos, antes húmedos, han acabado secándose por el calor del fuego, y ahora forman graciosas ondas en torno a su rostro de porcelana. Tengo que hacer verdaderos esfuerzos para no atraerlo hacia mí de un tirón y besarlo con toda la rabia de mi pasión contenida. Vuelvo mi vista hacia las llamas.

- En realidad, soy yo quien te debe a ti muchas cosas...
- ¿Tú? ¿El qué?

¿Por dónde podría empezar? Cómo podría explicarle a Shun que todo mi mundo empieza y termina con él, que es su rostro el que invade mi mente en los momentos de peligro, y que es su nombre el que repito incansable en mi soledad, como si fuera un niño que ha aprendido su primera palabra. Cómo explicarle que ha sido él el que me ha conducido a través de las tinieblas y ha evitado que me convirtiera en una máquina de matar.

La muerte de mi madre acabó conmigo. Me volvió silencioso, introvertido, cerril... Siempre mirando el mundo con desconfianza, como si cualquier cosa bella pudiera volatilizarse al primer roce de mis dedos. Me redujo a cenizas...

Pero supongo que, entre aquellas cenizas, quedaron algunos rescoldos de humanidad. Rescoldos que Shun encontró y mantuvo vivos, haciéndome sentir que el mundo puede ser maravilloso a su lado.

 

CAPÍTULO QUINTO: LA NOCHE Y EL ALBA.


De entre todas las experiencias vividas en este extraño día, que parece haber durado una eternidad, ninguna me ha sorprendido tanto como el súbito cambio de aptitud de Hyoga. Ni el largo y agotador viaje, ni la belleza del amanecer siberiano, ni la asistencia al rito secreto, ni la furia de la tormenta... Todos estos acontecimientos pierden su trascendencia ante el singular espectáculo de ver a Hyoga abrir su corazón.

Pues, ¿de qué extraño y recóndito rincón de su alma han salido esas palabras? “En realidad, soy yo quien te debe a ti muchas cosas...”.

¿Qué deuda puede tener Hyoga conmigo? Qué puede deberle él, un formidable y valiente guerrero, a mí, un mocoso lleno de escrúpulos y ansias pacifistas que me hacen fallar como caballero.

Le miro... Tras haberme mirado y acariciado como nadie jamás lo hizo, sus ojos vuelven a estar fijos en las furiosas llamas, como si se propusiera descifrar su danza incomprensible.

Él es el que siempre ha sacado pecho por mí, interponiéndose entre el enemigo y yo para librarme de todo mal, encajando golpes que iban destinados a segar mi propia vida. Él, el mudo testigo de mis lágrimas por la eterna ausencia de mi hermano, o por mi temor a perder a mis amigos en el fragor de la batalla. Él, mi único consuelo en un mundo al que apenas encuentro sentido, un mundo en el que debo estar siempre en guardia, presto a enzarzarme en una nueva lucha cada vez con un rival distinto.

Cúanto anhelo despertarme un día y descubrir que han acabado las guerras, que ya no es necesario vestir armaduras ni temer por mi vida o la de mis amigos. Ser libre para ir donde me plazca, para hacer lo que me plazca. Libre para reír, cantar o llorar. Libre para ir al cine, contemplar una flor, tomarme un helado de chocolate o leer a la sombra de un árbol... Libre para imaginar qué sentiría besando los labios de... de esa persona a quien tanto debo...

- Hyoga...

Él sale de su ensimismamiento y me mira con ojos somnolientos. El cansancio acumulado a lo largo del día empieza a hacer mella en él. Todavía esboza una sonrisa interrogativa.
- ¿Sí, Shun?

Yo intento hablar, pero mi voz muere en mi garganta. En realidad, no podría expresar con palabras todo lo que quiero decirle. Inútil canalizar todos los sentimientos que Hyoga me inspira a través de mi vocecilla vacilante. Pero estoy cansado... cansado de anhelar su presencia, de memorizar sus palabras, de observarlo a hurtadillas, de eternizar los breves instantes en que nuestras manos se rozan... Cansado de amarlo en la distancia...

....¿Amarlo?...

Sí... Amor... Esa es la solución del enigma. El secreto de estas cosquillas que recorren mi cuerpo como un batallón de hormigas enfebrecidas.

Sin dejar de mirarlo, me levando de mi silla y abandono la calidez de la manta. Hyoga se despabila de repente y alarga el brazo hacia mí, como si temiera que fuese a marearme de nuevo. Pero la debilidad y la timidez han quedado relegadas a un segundo plano, escondidas en algún rincón de mi cuerpo, y lo único que siento es el martilleo insistente de una única palabra, que retumba en mi cabeza como un eco en una caverna: “¡Hazlo! ¡Hazlo! ¡Hazlo!”.

Y lo hago...

Dejando atrás el último rescoldo de duda, tomo impulso y me lanzo entre sus brazos poderosos, buscando la seguridad y la calidez que su pecho me proporciona. Un ¡oh! De sorpresa escapa de su boca, y sus manos quedan suspendidas en el aire, como inseguras de lo que deberían hacer a continuación.

Cierro los ojos con fuerza, esperando que de un momento a otro Hyoga me pregunte enfadado qué diablos estoy haciendo abalanzándome sobre él de esa manera. Pero nada dice, y el crepitar del fuego es lo único que rompe el silencio de la estancia. Arrodillado frente a él, le abrazo con el ansia de un sentimiento que ha sido reprimido demasiado tiempo y que por fin encuentra la libertad.

Entonces empiezo a percibir un sonido nuevo, distinto, completamente inesperado... Contra mi mejilla, apoyada en el fornido pecho, siento el retumbar furioso de su corazón, que parece haber enloquecido de repente y pedir a gritos que lo liberen de su prisión.

¿Estará enfadado? ¿Asustado? ¿O tal vez es que...? La idea es tan maravillosa que parece irreal, imposible.

Me quedaría así hasta el final de los tiempos, acurrucado en este hueco cálido del pecho de Hyoga, con la caricia de sus cabellos sobre mi frente y la danza frenética de su corazón inundando mis oídos con su música... Pero no puedo abstraerme sin más, debo rendir cuentas de mi atrevimiento.

Levanto el rostro y busco su mirada, temiendo encontrar nubes de tormenta en el cielo de sus ojos. Pero no hay rencor, ni ira, ni odio... Sólo sorpresa, como si me estuviera viendo por primera vez después de muchos años combatiendo juntos. Sus labios, tan cercanos ahora, se mueven titubeantes, como si no atinasen a coordinarse entre sí para formar una sola palabra.

Como veo que ningún rayo me ha fulminado por mi osadía, me atrevo a dar un paso más... Lentamente, busco con mis labios los de Hyoga y los beso con suavidad, deleitándome con su calidez, suspirando de pura dicha por el final de la larga espera.

Al fin, ese beso tan soñado...

No sé si a continuación vendrá un grito, una pregunta o una bofetada, pero sí sé que viviré el resto de mis días con el recuerdo de este instante grabado a fuego en mi memoria. ¡Cómo desearía ser Cronos y detener el tiempo en este segundo de la eternidad!

Una súbita presión en torno a mi cuerpo me arranca bruscamente de mis ensoñaciones. Los brazos de Hyoga parecen haber reaccionado y cierran su presa en torno a mí, dificultando mi respiración por un momento. Sus labios despiertan de su aturdimiento y se mueven sobre los míos, abrasadores, decidiéndose finalmente a participar en el juego. Mis ojos se abren de pura incredulidad.

“Oh, Hyoga... entonces, tú y yo... ¿podría ser posible?”

Como si hubiera escuchado mis pensamientos, su boca abandona la mía propia y busca mi oído para verter en él las mieles de esas palabras tan deseadas, tan esperadas...

- Te quiero, Shun...

Un nuevo suspiro de felicidad brota de mis labios, y conmigo parece suspirar el resto del Universo.

- Yo también te quiero...

Con la euforia de una libertad recién descubierta, vuelvo a buscar el calor de sus labios, que se funden con los míos en un beso apasionado, casi violento. Su lengua de fuego explora cada rincón de mi boca con un furor que casi me asusta, y sus fuertes manos se pierden entre mis cabellos y sujetan mi cabeza firmemente, impidiéndome cualquier movimiento mientras Hyoga bebe insaciable de mí.

Noto mis mejillas tan encendidas como si tuviera fiebre, y una extraña flojera empieza a apoderarse de mi cuerpo, como un vértigo delicioso.

Deseosas de explorar la perfecta anatomía de Hyoga, mis manos cobran vida de repente y, con una sabiduría inesperada, revolotean en busca de sus cabellos de oro, hundiéndose en ellos, deleitándose con su suavidad y movimiento entre mis dedos. Luego se deslizan por su cuello recio y poderoso, y bajan hasta su pecho de dureza roqueña, acariciándolo a través de la camiseta. Una de ellas, llena de curiosidad, se desliza por debajo de la prenda y roza tímidamente con los dedos su vientre, endurecido y cincelado a base de interminables sesiones de entrenamiento.

“Dioses, es tan maravilloso, tan sublime...”

Hyoga libera mi cabeza súbitamente y yo me separo de él jadeante, en busca del aliento que ya empezaba a faltarme. Mi corazón golpea fuerte contra mi pecho, exaltado por la excitación del momento y por la falta de aire. Noto como sus manos se deslizan por mi espalda acariciándola suavemente y, tomándome por el trasero, me levanta hasta dejarme a horcajadas sobres sus fuertes piernas.

Le miro desde mi posición superior... En la penumbra del cuarto, sus ojos brillan como estrellas fugaces cargadas de deseos por cumplir. Su pecho se agita espasmódico, como si a él también le faltara el resuello.

Cielos, ciertamente ha sido un beso increíble, embriagador como un néctar divino...

En ese momento, en que las distancias se han vuelto tan íntimas, reparo en un detalle que se me había escapado. A través de la tela del pantalón, noto su virilidad endurecida contra la mía propia, palpitante, exigente, abrasadora... No puedo evitar ruborizarme furiosamente...

Ahora es Hyoga el que explora mi cuerpo por debajo del jersey, haciendo que me estremezca de placer con cada una de sus caricias. Primero, desliza un dedo desde mi pecho hasta mi vientre, lentamente, con suavidad, como dulce preludio de lo que vendrá a continuación. Luego es su palma la que explora mi cuerpo, paseándose por mis costados y rozando levemente mis pezones con la punta de los dedos, arrancándome suaves suspiros.

“Dioses, Hyoga...”

Finalmente, sus manos agarran con firmeza la prenda y la deslizan sobre mi cabeza, dejando mi blanco torso al descubierto. Un nuevo escalofrío me estremece y noto que mi piel se eriza al contacto con el aire.

- Oh, Shun... eres precioso...

Hyoga vuelve a abrazarme con fuerza y nuevas oleadas de fuego recorren mi cuerpo aullentando al frío, acelerando otra vez mi corazón y explosionando en mis mejillas. Sus labios recorren mi cuello con avidez, dando suaves mordiscos que me hacen gemir de placer. Tras plantar una cadena de besos a lo largo de mi mandíbula, bajan a mi pecho y empiezan a juguetear con uno de mis pezones, lamiéndolos golosamente, mientras sus manos acarician mi espalda y mis cabellos.

Un dulce aturdimiento vuelve a apoderarse de mí, como si mis fuerzas se me escaparan poco a poco de mi cuerpo, dejándome completamente exhausto.

De pronto, Hyoga se levanta de la silla y caemos los dos al suelo con un estrépito de miembros entrelazados. Pero esta vez es él quien queda encima de mí, sentado sobre mis caderas, aprisionándome, y desde mi nueva posición me siento más vulnerable que nunca.

Con una sonrisa de matices diabólicos, Hyoga se quita su camiseta y descubre su cuerpo de bronce bañado por el fulgor del fuego, que le da tonalidades doradas. Le miro totalmente hechizado.

- Hyoga... pareces... divino...

Tanta belleza concentrada deslumbra a la vista. Esos cabellos revueltos, esos ojos chispeantes y ese torso de dios griego... Me siento morir cuando se abalanza sobre mí y reinicia su dulce tortura de besos y caricias, explorando y conquistando cada rincón de mi naturaleza.

- Tú sí eres divino, Shun...

Una de sus manos traspasa la frontera de mi vientre y tantea sobre el cierre del pantalón, abriéndolo y deslizándose en su interior como en busca de un tesoro oculto. Al primer roce de sus dedos contra mi sexo excitado, lanzo un gemido de profundo deleite, lo que parece enaltecer a Hyoga, que hurga con mayor ímpetu en mi entrepierna y me acaricia fervorosamente sobre la tela del boxer.

Me abandono a esta sensación deliciosa. Me olvido de dónde estoy, de quién soy, de qué hago aquí... Sólo quiero más... más de este goce indescriptible, más de sus caricias vivificantes, más de sus besos de fuego...

A partir de este punto, la ropa empieza a molestar. Con un frenesí casi enfermizo, Hyoga me arranca de un tirón los pantalones y la ropa interior, dejándome desnudo y totalmente expuesto a lo que venga a continuación. Jadeo ruidosamente, como un animal acorralado, mientras él se desprende de sus propias ropas y descubre ante mí la desnuda exposición física de su deseo, todo bronce y fuego, tan impaciente como la mía de obtener satisfacción.

Sonriendo con malicia, se abalanza sobre mí y me aprisiona con su cuerpo, demasiado pesado, mientras sus propios jadeos abrasan mi rostro. Sus manos vuelven a atrapar mi cabeza y me mira fijamente a los ojos, como si quisiera llegar al fondo de mi alma.

- Me vuelves loco, Shun...

Su lengua vuelve a penetrarme húmeda, lujuriosa, enredándose con la mía en un baile delirante y frenético. Se separa un momento para volver a mirarme con atención. Sus ojos brillan como ascuas en medio de la noche. Sus cabellos, llameantes a la luz de la lumbre, rozan mi rostro produciéndome agradables cosquillas. Su voz llega a mí ronca y grave, como contenida.

- Shun, te amo y te deseo con toda mi alma, con cada fibra de mi ser... Sólo pienso en tomarte y hacerte mío ahora, aquí mismo. Pero... – un suspiro de ansiedad brota de sus labios- ¿Y tú, Shun? ¿Deseas tú lo mismo?

Yo nada digo. Por toda respuesta, rodeo su cuello con mis brazos y lo atraigo hacia mí de nuevo, mientras busco desesperado el dulce néctar de sus labios.

 

Silencio... Un silencio tan profundo que casi resulta ruidoso. Una tenue claridad atraviesa mis párpados cerrados y, poco a poco, me libera de la inercia soporífera en la que flotaba soñador.

Abro los ojos...

La suave luz del amanecer se abre paso entre las rendijas de los postigos de las ventanas, aullentando las últimas sombras de la noche e iluminando levemente la estancia.

Estoy en mi habitación... mi antigua habitación, desnuda y fría como la celda de un monje. No hay cuadros, no libros, ni muebles, ni fotos... Nada... Nada que hable de la persona a la que pertenece o que sugiera cuáles son sus intereses o sus ilusiones. Nada... tan sólo la cama en la que estoy acostado y una pequeña mesa en la que reposa un quinqué envejecido. Es una sobriedad que me ha acompañado durante muchos años y a la que estoy bastante acostumbrado.

Y sin embargo... algo ha cambiado...

Tras bostezar profundamente, trato de desperezarme para liberar mi anquilosado cuerpo de su entumecimiento nocturno, y es entonces cuando reparo en el dulce peso que aprisiona mi brazo y parte de mi pecho. Confundido, bajo la mirada buscando la causa de mi inmovilidad. Un cuerpecillo cálido y suave se acurruca contra mí bajo la gruesa manta, mientras que unos revueltos cabellos esmeraldinos me producen un agradable cosquilleo bajo la barbilla.

“Shun...”

Como un sueño que es recordado de repente, vuelven a mi mente las imágenes de la noche anterior, sucediéndose rápidamente una tras otra como en una película muda, hasta convencerme por completo de que fueron reales, y no una travesura de mi subconsciente. Shun lanzándose a mis brazos con un extraño gesto de determinación en su bello rostro; su beso, de una dulzura embriagadora, suave como un susurro y abrasador como las llamas del averno; su cuerpo, territorio virgen explorado por mis manos ansiosas, deslumbrante a la luz de la lumbre que hacía brillar sus ojos llenos de temor y deseo.

“Dioses, todo fue real...”

Tanto tiempo observándolo de lejos, soñándolo en las noches, amándolo en silencio... y en apenas unos instantes toda la fuerza de mi represión quedó destrozada de un zarpazo. A la primera caricia de aquel hermoso niño que se abrazaba a mí como a una tabla de salvación, mi corazón enloqueció de repente y mi raciocinio se esfumó de mi mente para que tomara las riendas un instinto de lo más salvaje.

Lo miro... Su rostro angelical irradia la paz infinita de un sueño reparador. Sus mejillas, pálidas en la noche, relucen ahora con el tono rosado de la flor del cerezo. Su suave respiración escapa de sus labios de nácar y quema mi pecho desnudo.

Lo abrazo fuerte contra mí y hundo mi cara entre sus cabellos, aspirando su perfume, sintiéndolo cercano, mientras mi otra mano se aventura a acariciar de nuevo esa piel de nieve que reluce contra la mía propia, tostada por el sol.

Siento de nuevo que sería capaz de matar por él, de morir por él. Todos los misterios del mundo empiezan y terminan con Shun. El Universo perdería sentido para mí si él no hubiera nacido, si nuestras miradas no se hubieran cruzado, si nuestras almas no se hubieran fundido...

Mi cuerpo se estremece de puro regocijo y mi corazón vuelve a retumbar con fuerza en su cavidad a medida que cierro los ojos y vuelvo a revivir la escena.

Shun, aprisionado bajo mi peso, correspondía a cada uno de mis besos tratando de seguirme el paso en mi pasión desbocada. Su lengua, fina y deliciosa, se unía con la mía y juntas caracoleaban en nuestras bocas en un baile delirante, mientras dulces gemidos de placen inundaban la oscura y tétrica estancia.

Tras saciar mi sed con el néctar de sus besos y, deseoso de explorar cada rincón de aquel bello cuerpo, bajé por su cuello suave y caliente, sintiendo bajo mis labios los latidos de su corazón, tan acelerado como el mío. Luego me deslicé sobre su pecho, besándolo, acariciándolo y lamiendo sus pezones exigentes, deleitándome con su dulzura.

Cuando empecé a invadir los rincones más íntimos de su divina anatomía, los gemidos de Shun se convirtieron en pequeños gritos de placer. Sus caderas se elevaron hacia mí, buscando más. Y yo, deseoso de complacerle, continuaba mi viaje por aquel territorio virgen, deleitándome con la tersura y perfección de cada concavidad y convexidad, deteniéndome para adorar con mis besos cada centímetro de su piel.

Finalmente, le despojé de sus últimas ropas y pude admirarlo en todo el esplendor de sus desnudez rebosante de belleza y juventud, aprisionado bajo mis caderas, revueltos su cabellos, ardientes sus mejillas, temerosos sus ojos...

Lo amé y lo deseé como nunca ame o deseé a nada ni a nadie en esta vida ni en las anteriores. Lo quise con cada uno de mis pensamientos, con cada partícula de mi cosmos, con cada gota de mi sangre...

Me sentí morir ante tanta hermosura.

El instinto de animal salvaje que amenazaba con apoderarse de mí me gritaba que tomara a aquel dulce niño entre mis brazos y lo poseyera con toda la furia de mis sentimientos recién liberados, para saciar al fin mi hambre de su cuerpo.

Pero, haciendo un esfuerzo casi doloroso, opté por aferrarme al último rescoldo de raciocinio que me quedaba. Antes de abandonarme a mi pasión desenfrenada, debía asegurarme de que Shun deseaba lo mismo, de que estaba dispuesto a llegar conmigo hasta el final de este viaje maravilloso.

Con la voz atorada por el miedo a una negativa, le expresé lo mucho que él significa para mí, lo mucho que deseaba sentir su cuerpo contra el mío, poseerlo y gozar de él, y amarlo como nadie jamás lo hizo. Y también le dí la opción de interrumpirlo todo, quedando él intacto y yo hundido bajo el peso de la derrota.

El silencio que se hizo tras mi pregunta fue el del prisionero que espera su sentencia ante el tribunal de justicia. Una palabra de aquellos labios de rosa podía elevarme a las dichas eternas del cielo o arrojarme a la oscuridad del averno.

Él decidía... yo sólo esperaba...

Cuando sus brazos rodearon mi cuello y su boca buscó la mía, ya no quedó sitio para la duda. Las invisibles cadenas de la contención se aflojaron a mi alrededor y yo me olvidé de todos y de todo, incluso de mí mismo. Me lancé a un abismo en el que sólo existíamos Shun y yo, solos en este frío rincón del mundo, amándonos con todo el ardor de nuestras almas, de nuestros cuerpos...

Me abalancé sobre él con el ansia del guerrero que, tras una ardua batalla, reclama su recompensa. Y él ofreció su cuerpo en una enternecedora entrega.

Mis manos acariciaron su rostro con devoción, adorándolo, y volvieron a bajar por su cuello y sus hombros, por sus costados y su vientre, hasta llegar a su sexo enhiesto, ardiente, exigente... Lo tomé con suavidad y un profundo suspiro me quemó la cara. Luego un gemido...

- Oh... Hyoga...

Empecé a masturbarle con suavidad, poco a poco, mientras observaba con atención su dulce rostro sumido en un gesto de profundo éxtasis. Su miembro endureció todavía más en mi mano, abrasador, y lentamente fui aumentando la velocidad de mis fricciones, subiendo y bajando, imprimiendo un ritmo cada vez más frenético. Shun tenía los ojos cerrados fuertemente y cabeceaba de un lado para otro rendido en medio del placer, escarlatas sus mejillas y entreabiertos sus labios.

“Oh, dioses, es tan deseable, tan hermoso...”

Sin interrumpir ni por un instante mi dulce tortura de vaivén, fui bajando poco a poco hasta posicionarme a la altura de su pelvis y, hambriento de su sexo, me apoderé de él y empecé a succionarlo con furiosos lengüetazos, saboreándolo en toda su longitud. El cuerpo de Shun dio un respingo y se incorporó súbitamente con un grito, como si presintiera que algo no iba bien. Sus ojos se abrían llenos de sorpresa y de miedo, mientras me miraban incapaces de creer lo que estaba haciendo con él.

- ¡¡¡Ahhhh!!!!... Hyo... Hyoga... yo no... yo nunca... ¡¡¡Ahhhhh!!!

Apoyando sus antebrazos en el suelo, echó su cabeza hacia atrás hasta que su larga melena rozó sus omoplatos en una maravillosa cascada de bucles esmeralda. Empezó a jadear ruidosamente, como si le faltara el aire y luchara por respirar.

“Sí, lo sé... Tú nunca habías hecho nada de esto, ¿verdad? Lo vi en tus ojos llenos de amor y deseo, pero también de temor e incertidumbre. Pero yo... tengo tantas cosas que enseñarte...”.

Seguí degustando su dulce miembro, cada vez más rígido y húmedo en mi boca, evidenciando un inminente orgasmo que prometía ser alucinante. El frágil cuerpo de Shun se estremecía con cada uno de mis lametazos, y él apretaba con fuerza sus labios de nácar en un intento de retener sus gemidos que ya resultaban casi escandalosos en la quietud de la noche.

Mi propio miembro estaba tan excitado como el suyo, y se alzaba recio sobre mi vello púbico hasta casi rozarme el vientre. Exigía satisfacción inmediata, y el fascinante espectáculo de masturbar a Shun y de verlo gozar retorciéndose bajo mi cuerpo no hacía más que aumentar su impaciencia.

...Ahora...

Liberando momentáneamente su sexo, volvía a subir y busqué de nuevo sus labios, que me correspondieron furiosos e impacientes de más. Acaricié sus cabellos, sus mejillas... y el contacto con su piel de alabastro fue tan electrizante que parecían saltar chispas de entre mis dedos.

Solté su boca y le miré fijamente a los ojos, zozobrando en su profundidad oceánica, perdiéndome en ellos... Su pecho se agitaba espasmódico contra el mío, y sus labios de coral se entreabrían en un gesto de expectación.

- Shun, quiero hacerte mío...

Su mirada reflejó miedo por un instante, pero a continuación se volvió grave y esbozó una leve sonrisa, como si supiera que el guión de lo acontecido esta noche estaba escrito en el libro del destino desde los albores del tiempo, como si fuera imposible que las cosas fueran de otra manera.

Su pequeña mano se deslizó sobre mi mejilla dulcemente, con lentitud, retirando algunas greñas rebeldes para mirarme directamente a los ojos.

- Siempre lo fui...

Con sumo cuidado, separé sus esbeltas piernas mientras acariciaba y besaba con deleite la suave piel del interior de sus muslos. Yo sabía que probablemente le iba a doler, pero sólo durante unos momentos, hasta que su cuerpo se acostumbrara a la invasión. Y sin embargo, me atormentaba dañarlo...

Me posicioné sobre él mientras guiaba mi miembro rígido hacia la entrada entre sus glúteos. Lo miré... Sus dientes castañeteaban entre sí y sus ojos brillaban con la humedad de inminentes lágrimas. Cielos, pacería aterrado...

Lo acaricié una vez más, como si con mis caricias pudiera aullentar los nervios y el temor a lo desconocido, a esta situación a la que se enfrentaba por primera vez... Pero alargar la espera no haría más que acrecentar sus temores.

Cerré los ojos con fuerza y le pedí perdón en silencio por mi sacrilegio.

- Te quiero, Shun...

De una sola embestida, me deslicé en su interior con un suspiro de profundo placer, extasiado por la dulzura y la calidez de aquel cuerpo angelical, que se sacudió como si hubiera recibido un latigazo. Un grito desgarrador brotó de lo más profundo de su ser y se clavó en mi alma como miles de cuchillas de hielo. Dos lágrimas de cristal se deslizaron por sus mejillas y corrieron silenciosas hasta perderse entre sus cabellos.

Por un momento, sentí pánico... pero tenía que continuar...

- Lo siento... Shun... lo siento. Pero... era necesario... Ya no sufrirás más... lo prometo...

Él me miró con los ojos brillantes y enrojecidos, la cara congestionada en un gesto de temor. Parecía una criatura que acababa de sufrir una horrible pesadilla. Enternecido, me incliné y besé sus mejillas húmedas de sal, en un vano intento de eliminar todo el mal que hubiera podido causarle.

Lentamente, comencé a moverme en su interior, y Shun volvió a estremecerse y a ahogar sus gritos en la garganta. En medio de su dolor, me mordió en el hombro con fuerza y me arañó la espalda a la altura del tórax.

Yo soporté en silencio sus ataques y, muy en el fondo de mi ser, me excitaron sobremanera. Un Shun de rostro dulce y arranques salvajes en los momentos de intimidad es una de mis fantasías más secretas. Sería como tener un ángel y un demonio en una misma persona.

Poco a poco, su cuerpo se aflojó y mis avances fueron cada vez más fluidos y placenteros. Shun empezó a moverse al compás de mis movimientos, levantando sus caderas contra mí a la vez que con sus manitas acariciaba mi pecho perlado en sudor.

Al ver que me respondía, agarré sus caderas y las estreché contra mí, profundizando la penetración y arrancándole nuevos gritos de dolor y placer entremezclados. Como una oración que pudiera librarle de todo sufrimiento, le repetía en susurros lo mucho que lo adoraba, lo mucho que significaba para mí.

- Shun, te quiero... mi vida... mi amor...

Cuando pensé que su dolor había vuelto a remitir, tomé su miembro y comencé a masturbarle de nuevo, haciendo que su cuerpecillo se retorciera debajo del mío como una culebra enloquecida. Gritó mi nombre con fuerza, como si quisiera competir con el rugido del vendaval que fuera seguía soplando.

Su cabeza se sacudía de un lado a otro con un revuelo de cabellos verdosos, y sus manitas me agarraban por los hombros con la fuerza de un animal asustado. Volvió a arañarme y, con una sonrisa de satisfacción me dije que, debajo de tanta dulzura, Shun podría llegar a muy apasionado.

Con un último grito, Shun se sacudió como si el látigo invisible hubiera vuelto a flagelarle y su orgasmo llegó como una explosión que hizo brotar a borbotones su ardiente semilla sobre mi mano y su vientre.

Luego fui yo el que notó un río de lava caliente bajar por mi espinal dorsal e inundar mis entrañas con un fuego abrasador. Una maravillosa sensación de vértigo se apoderó de mí. Me sentí poderoso, invencible... Como si volara y surcara el firmamento como una estrella fugaz, hasta expandirme finalmente en pequeñas chispitas de luz...

Cuando me quise dar cuenta, Shun y yo estábamos entrelazados en el suelo alfombrado, bañados por la luz de la lumbre que, poco a poco, iba muriendo en el hogar. Exhaustos, pero dichosos, seguimos besándonos dulcemente, acariciando nuestros cuerpos encendidos hasta que, paulatinamente, fuimos cayendo en el sopor del agotamiento. Antes de que el último destello de mi conciencia se desvaneciera en la nada del sueño, oía la voz de Shun suspirar y resonar en mis oídos como una nana maravillosa.

- Hyoga... fue... fantástico...

Y aquí estamos los dos ahora, solos en los confines de la tierra, unidos en un abrazo que desearía que durara hasta el final de los tiempos. Shun recostado en mi pecho, tranquilo, bañado por los rayos del crepúsculo y latiendo su corazón al compás del mío. Así deberían ser las cosas ahora y siempre, por los siglos de los siglos.

Pero allá afuera hay un mundo al que debemos enfrentarnos, enemigos a los que debemos combatir, y si Shun se queda a mi lado yo estoy dispuesto a luchar hasta el final.

Le miro... Ha despertado y sus ojos verdes relucen en su rostro de marfil como hojas nuevas bailando al viento. Me sonríe suavemente y yo vuelvo a sentir que tengo algo por lo que luchar, algo que es tan importante como el aire que respiro o la luz que me sustenta, algo que acelera mi corazón y confunde mis sentidos como una droga deliciosa... El único de mis sueños que no se desvanece cuando me despierto.

Después de todo, el frío no pudo apagar los rescoldos...


FIN.


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